ESPAÑOL

El sapo

DANSK

Skrubtudsen


Érase un pozo muy profundo, y la cuerda era larga en proporción. La polea giraba pesadamente cuando había que subir el cubo lleno de agua; apenas si a uno le quedaban fuerzas para acabar de levantarlo sobre el pretil. Los rayos del sol nunca llegaban a reflejarse en el agua, con ser ésta tan clara; pero hasta donde llegaba el sol, crecían plantas verdes entre las piedras.
En el fondo vivía una familia de sapos; la madre era la primera que llegó allí, bien a pesar suyo, pues se cayó de cabeza en el pozo; era ya muy vieja, pero aún vivía. Las verdes ranas, establecidas en el lugar desde mucho antes y que se pasaban la vida nadando por aquellas aguas, reconocieron el parentesco y llamaron a los nuevos residentes los «huéspedes del pozo». Éstos llevaban el firme propósito de quedarse, vivían muy a gusto en el seco, como llamaban a las piedras húmedas.
Madre sapo había efectuado un viaje; una vez estuvo en el cubo cuando lo subían, y llegó hasta muy cerca del borde, pero el exceso de luz la cegó, y suerte que pudo saltar del balde. Se pegó un terrible batacazo al caer abajo, y tuvo que permanecer tres días en cama con dolores de espalda. No pudo contar muchas cosas del mundo de allá arriba, pero sabía, como ya lo sabían todos, que el mundo no terminaba en el pozo. La señora sapo podría haber explicado algunas cositas, pero nunca contestaba cuando le dirigían preguntas; por eso no le preguntaban nunca.
- Es gorda, patosa y fea - decían las verdes ranillas -. Sus hijos serán tan feos como ella.
- A lo mejor - dijo la madre sapo -, pero uno de ellos tendrá en la cabeza una piedra preciosa, a no ser que la tenga yo misma ya. - Las verdes ranas todo eran ojos y oídos, y como aquello no les gustaba, desaparecieron en las honduras con muchas muecas. En cuanto a los sapos hijos, de puro orgullo estiraron las patas traseras; cada uno creía tener la piedra preciosa, y por eso mantenían la cabeza quieta. Finalmente, uno de ellos preguntó qué había de aquella piedra preciosa de la que estaban tan orgullosos.
- Es algo tan magnífico y valioso - dijo la madre -, que no sabría describíroslo. El que la luce experimenta un gran placer, y es la envidia de todos los demás. Pero no me preguntéis, porque no os responderé.
- Bueno, pues lo que es yo, no tengo la piedra preciosa - dijo el más pequeño de los sapos, el cual era tan feo como sólo un sapo puede ser -. ¿A santo de qué habría de tener yo una cosa tan preciosa? Además, si causa enfado a los otros, no puede alegrarme a mí. Lo único que deseo es poder subir un día al borde del pozo y echar una ojeada al exterior. Debe ser hermosísimo.
- Mejor será que te quedes donde estás - respondió la vieja -. Aquí los conoces a todos y sabes lo que tienes. De una sola cosa has de guardarte: del cubo. Podría aplastarte. Nunca te metas en él, que a lo mejor te caes. No siempre se tiene la suerte que tuve yo, que pude escapar sin ningún hueso roto y con los huevos sanos.
- ¡Croac! - exclamó el pequeño, lo cual equivale, poco más o menos, al «¡ay!» de las personas.
Tenía unas ganas locas de subir al borde del pozo para ver el vasto mundo; lo devoraba un gran anhelo de hallarse en aquel verde de allá arriba. Al día siguiente fue elevado el cubo lleno de agua, y casualmente se paró un momento frente a la piedra donde se encontraba el sapo. El animalito sintió que un estremecimiento recorría todo su cuerpo, y, sin pensarlo dos veces, saltó al recipiente y se sumergió hasta el fondo. El cubo llegó arriba, y fue vertida el agua y el sapo.
- ¡Diablos! - exclamó el mozo al descubrirlo -. ¡Qué bicho tan feo! -. Y lanzó violentamente el zueco contra el sapo, que habría muerto aplastado si no se hubiese dado maña para escapar, ocultándose entre unas ortigas. Formaban éstas una espesa enramada, pero al mirar a lo alto se dio cuenta de que el sol brillaba en las hojas y las volvía transparentes. El sapo experimentó una sensación comparable a la que sentimos nosotros al entrar en un gran bosque, donde los rayos del sol se filtran por entre las ramas y las hojas.
- Esto es mucho más hermoso que el fondo del pozo. Me pasaría aquí la vida entera - dijo el sapito. Y se estuvo allí una hora, dos horas -. ¿Qué debe de haber allá fuera? Ya que he llegado hasta aquí, es cosa de ver si voy más lejos -. Y, arrastrándose lo más rápidamente posible, salió a la carretera, donde lo inundó el sol y lo cubrió el polvo al atravesarla.
- Esto sí es estar en seco - dijo el sapo -. Casi diría que lo es demasiado; siento un cosquilleo en el cuerpo que me molesta.
Llegó a la cuneta, donde crecían nomeolvides y lirios; muy cerca había un seto de saúcos y oxiacantos, con enredaderas cuajadas de flores blancas, que eran un encanto de ver. También revoloteaba una mariposa; el sapo la tomó por una flor que se había desprendido de la planta para poder ver mejor el mundo; lo encontraba muy natural.
«¡Quién pudiera volar tan rápidamente como ella! - pensó el sapo -. ¡Croac! ¡qué maravilla!».
Permaneció en la cuneta por espacio de ocho días con sus noches; la comida era buena y abundante. Al día noveno dijo: «¡Adelante, adelante!». ¿Qué podía esperar mejor que aquel paraíso? En realidad, lo que deseaba era encontrar compañía, una familia de sapos o, cuando menos, de ranas verdes. La noche anterior había resonado aquello de lo lindo, como si habitasen «primos» por aquellos alrededores.
«Aquí se vive muy bien, fuera del pozo. Puedes yacer entre ortigas, arrastrarte por el camino polvoriento y descansar en la húmeda cuneta. Pero sigamos adelante, a ver si damos con ranas y con un sapito. Echo de menos la compañía. La Naturaleza sola acaba aburriéndome». Y con este pensamiento continuó su peregrinación.
Llegó, en plena campiña, a una charca muy grande, cubierta de cañaverales y se dio un paseo por ella.
- ¿No es demasiado húmedo para usted? - le preguntaron las ranas -. Sin embargo, sea bienvenido. ¿Es usted sapo o sapa? Pero es igual, sea lo que fuere, ¡bienvenido!
Y aquella noche lo invitaron al concierto familiar: gran entusiasmo y voces débiles, ya las conocemos. Banquete no hubo, sólo bebida gratis; toda la charca, si a uno le apetecía.
- Seguiré adelante - dijo el sapito; lo dominaba el afán de descubrir cosas cada vez mejores.
Vio centellear las estrellas, grandes y límpidas; vio brillar la Luna, y salir el Sol, y remontarse en el cielo.
- Por lo visto, sigo estando en un pozo, sólo que mucho mayor. Me gustaría subir más arriba. Este anhelo me corroe y devora -. Y cuando la Luna brilló llena y redonda, el pobre animal pensó: «¿Será acaso el cubo? Si lo bajaran podría saltar en él para, seguir remontándome. ¿O tal vez es el Sol el gran cubo? ¡Qué enorme y brillante! Todos cabríamos en él. Sólo es cuestión de aguardar la oportunidad. ¡Oh, qué claridad se hace en mi cabeza! No creo que pueda brillar más la piedra preciosa. Pero no la tengo y no lloraré por eso. Quiero seguir subiendo, hacia el esplendor y la alegría. Tengo confianza, y, sin embargo, siento miedo. Es un paso difícil, pero no hay más remedio que darlo. ¡Adelante, de cabeza a la carretera!».
Avanzó a saltitos, como hacen los de su especie, y se encontró en una gran calle habitada por hombres. Había allí jardines y huertos, y el sapo se quedó a descansar en uno de éstos.
- ¡Cuántas cosas nuevas voy descubriendo! ¡Qué grande y hermoso es el mundo! Tengo ganas de verlo todo, darme una vuelta por él, en vez de quedarme quieto en un solo lugar. ¡Qué verdor y qué hermosura!
- ¡Y usted que lo diga! - exclamó la oruga de la col desde la hoja -. Mi hoja es la más grande de todas. Me tapa la mitad del mundo, pero con el resto me basta.
«¡Cloc, cloc!». Eran los pollos que llegaban al huerto, con su menudo trote. La primera gallina tenía muy buena vista; descubrió la oruga en la rizada hoja, y de un picotazo la hizo caer al suelo, donde el bicho empezó a volverse y retorcerse. La gallina la miró primero con un ojo y luego con el otro, insegura de lo que saldría de tanto meneo.
- No lleva buenas intenciones - pensó la gallina, y levantó la cabeza, dispuesta a zampársela. El sapo, lleno de compasión, pegó un saltito hacia la gallina.
- ¡Ah!, ¡conque tienes guardianes! - dijo la gallina -. ¡Qué bicho tan feo! -. Y le volvió la espalda -. Bien pensado ese animalito verde no vale la pena. Es peludo y me haría cosquillas en el cuello -. Las demás gallinas pensaron que tenía razón, y se alejaron presurosas.
- ¡Por fin libre! - suspiró la oruga -. Lo importante es no perder la presencia de ánimo. Pero ahora queda lo más difícil: volver a subirme a la hoja de col. ¿Dónde está?
El sapito se le acercó para expresarle su simpatía, contento de haber asustado a las gallinas con su fealdad.
- ¿Qué se cree usted? - dijo la oruga -. Yo sola me basté para salir de apuros. ¡Uf, qué mala facha tiene usted! ¿Permite que me retire a mi propiedad? Huelo a col. Estoy cerca de mi hoja. Nada hay tan hermoso como estar en casa. Voy a ver si puedo subirme.
- Sí, arriba - dijo el sapo -, siempre arriba. Ésta piensa como yo. Sólo que hoy está de mal temple; será seguramente por el susto que se ha llevado. Todos queremos subir, siempre subir -. Y levantó la mirada hasta donde podía alcanzar.
La cigüeña estaba en su nido, en el tejado de la casa de campo; castañeteó con el pico, y la hembra le respondió en el mismo lenguaje.
«¡Qué altos viven! - pensó el sapo -. ¡Quién pudiera llegar hasta allá».
En la granja vivían dos jóvenes estudiantes, uno de ellos poeta, el otro naturalista. El primero cantaba con alegría todas las maravillas de la Creación; en versos sonoros y armoniosos describía las impresiones que las obras de Dios dejaban en su corazón. El segundo iba a las cosas en sí, cortaba por lo sano cuando era necesario. Consideraba la creación divina como una gran operación de cálculo, restaba, multiplicaba, quería conocerlo todo por dentro y por fuera y hablar de todo con justo criterio, y hacíalo con alegría y talento. Uno y otro eran hombres buenos y piadosos.
- Ahí tenemos un bonito ejemplar de sapo - dijo el naturalista. Voy a ponerlo en alcohol.
- Pero si tienes ya dos - protestó el poeta -. ¿Por qué no lo dejas tranquilo, que goce de su vida?
- ¡Pero es horriblemente feo! - dijo el otro.
- Si pudiésemos dar con la piedra preciosa en su cabeza - observó el poeta -, también yo sería del parecer de abrirlo.
- ¡Una piedra preciosa! - replicó el sabio -. Parece que sabes muy poco de Historia Natural.
- Pues yo encuentro un bello y profundo sentido en la creencia popular de que el sapo, el más feo de todos los animales, a menudo encierra un valiosísimo diamante en la cabeza. ¿No ocurre lo mismo con el hombre? ¿Qué piedra preciosa encerraba en sí Esopo? ¿Y Sócrates?
No oyó más el sapo, y aun de todo aquello no entendió ni la mitad. Los dos amigos siguieron su paseo, y él se libró de ir a parar a un frasco con alcohol.
«Hablaban también de la piedra preciosa - pensó el sapo ¡Qué suerte que no la tenga! ¡Menudos disgustos me produciría el poseerla!».
Oyóse un castañeteo en el tejado de la granja. Era el padre cigüeña que dirigía un discurso a su familia, la cual miraba de reojo a los dos jóvenes del huerto.
- El hombre es la más presuntuosa de las criaturas - decía la cigüeña -. Fijaos cómo mueve la boca, y ni siquiera sabe castañetear como es debido. Se jactan de sus dotes oratorias, de su lenguaje. ¡Valiente lenguaje! Una sola jornada de viaje y ya no se entienden entre sí. Nosotros, con nuestra lengua, nos entendemos en todo el mundo, lo mismo en Dinamarca que en Egipto. Además de que tampoco saben volar. Para correr se sirven de un invento que llaman «ferrocarril», pero con frecuencia se rompen la crisma con él. Me dan escalofríos en el pico sólo de pensarlo. El mundo puede prescindir de los hombres; a nosotros no nos hacen ninguna falta. Mientras tengamos ranas y lombrices...
«Prudente discurso - pensó el sapito -. Es un gran personaje, y está tan alto como no había visto aún a nadie. ¡Y cómo nada!» - añadió al ver a la cigüeña volar por los aires con las alas desplegadas.
Y madre cigüeña se puso a contar en el nido, hablando de Egipto, de las aguas del Nilo y del cieno inolvidable que había en aquel lejano país. Al sapito le pareció todo aquello nuevo y maravilloso.
- Tendré que ir a Egipto - dijo para sí -. Si quisieran llevarme con ellos la cigüeña o uno de sus pequeños... Procuraría agradecérselo el día de su boda. Estoy seguro de que llegaré a Egipto; la suerte me es favorable. Este anhelo, este afán que siento, valen mucho más que tener en la cabeza una piedra preciosa.
Y justamente era aquélla la piedra preciosa: aquel eterno afán y anhelo de elevarse, de subir más y más. En su cabeza brillaba una mágica lucecita.
De repente se presentó la cigüeña. Había descubierto el sapo en la hierba, bajó volando y cogió al animalito sin muchos miramientos. El pico apretaba, el viento silbaba; no era nada agradable, pero subía arriba, hacia Egipto; de ello estaba seguro el sapo; por eso le brillaban los ojos, como si despidiesen chispas.
- ¡Croac! ¡Ay!
El cuerpo había muerto, había muerto el sapo. Pero, ¿y aquella chispa de sus ojos, dónde estaba?
Se la llevó el rayo de sol, se llevó la piedra preciosa de la cabeza del sapo. ¿Adónde?
No lo preguntes al naturalista; mejor será que te dirijas al poeta. Él te lo contará como si fuese un cuento; y figurarán en él la oruga de la col y la familia de las cigüeñas. ¡Imagínate! La oruga se transforma, se metamorfosea en una bellísima mariposa. La familia de las cigüeñas vuela por encima de montañas y mares hacia la remota África desde donde volverá por el camino más corto a su casa, la tierra danesa, al mismo lugar y el mismo tejado. Parece un cuento, y, sin embargo, es la verdad pura. Pregúntalo al naturalista; verás cómo te lo confirma. Y tú lo sabes también, pues lo has visto.
- Pero, ¿y la piedra preciosa de la cabeza del sapo?
Búscala en el Sol. Vela si puedes.
El resplandor es demasiado vivo. Nuestros ojos no tienen aún la fuerza necesaria para mirar la magnificencia que Dios ha creado, pero un día la tendrá, y aquél será el más bello de los cuentos, pues nosotros figuraremos en él.
Brønden var dyb, derfor var snoren lang; vinden gik trangt om, når man skulle have spanden med vand over brøndkanten. Solen kunne aldrig nå ned at spejle sig i vandet, hvor klart det end var, men så langt den nåede at skinne, voksede grønt mellem stenene.

Der boede en familie af skrubtudseslægten, den var indvandret, den var egentlig kommet der hovedkulds ned ved gamle skrubtudsemor, som levede endnu; de grønne frøer, som langt tidligere var hjemme her og svømmede i vandet, erkendte fætterskabet og kaldte dem "brøndgæsterne." Disse havde nok i sinde at blive der; de levede her meget behageligt på det tørre, som de kaldte de våde stene.

Frømor havde engang rejst, været i vandspanden, da den gik op, men det blev hende for lyst, hun fik øjenklemme, heldigvis slap hun ud af spanden; hun faldt med et forfærdeligt plump i vandet, og lå i tre dage derefter af rygpine. Meget skulle hun ikke kunne fortælle om verden ovenfor, men det vidste hun, og det vidste de alle, at brønden var ikke hele verden skrubtudsemor kunne nok have fortalt et og andet, men hun svarede aldrig, når man spurgte, og så spurgte man ikke.

"Tyk og styg, led og fed er hun!" sagde de unge, grønne frøer. "Hendes unger bliver lige så lede!"

"Kan gerne være!" sagde skrubtudsemor, "men en af dem har en ædelsten i hovedet, eller jeg har den!"

Og de grønne frøer hørte og de gloede, og da de ikke syntes om det, så vrængede de og gik til bunds. Men skrubtudseungerne strakte bagbenene af bare stolthed; enhver af dem troede at have ædelstenen; og så sad de ganske stille med hovedet, men endelig spurgte de om, hvad de var stolte af, og hvad en sådan ædelsten egentlig var.

"Det er noget så herligt og kosteligt!" sagde skrubtudsemor, "at jeg ikke kan beskrive det! Det er noget, man går med for sin egen fornøjelse, og som de andre går og ærgrer sig over. Men spørg ikke, jeg svarer ikke!"

"Ja, jeg har ikke ædelstenen!" sagde den mindste skrubtudse; den var så styg, som den kunne være. "Hvorfor skulle jeg have sådan en herlighed? Og når den ærgrer andre, kan den jo ikke fornøje mig! nej, jeg ønsker kun, at jeg engang måtte komme op til brøndkanten og se ud; der må være yndigt!"

"Bliv du helst hvor du er!" sagde den gamle, "det kender du, det ved du hvad er! Tag dig i agt for spanden, den kvaser dig; og kommer du vel i den, så kan du falde ud, ikke alle falder så heldigt, som jeg, og beholder lemmerne hele og æggene hele!"

"Kvak!" sagde den lille, og det var ligesom når vi mennesker siger "ak!"

Den havde sådan en lyst til at komme op ved brøndkanten og se ud; den følte sådan en længsel efter det grønne deroppe; og da næste morgen, tilfældigt, spanden fyldt med vand, løftedes op, og den et øjeblik blev stående stille foran stenen, hvorpå skrubtudsen sad, bævrede det indeni det lille dyr, den sprang i den fyldte spand, faldt til bunds i vandet, som derefter kom op og hældtes ud.

"Fy, for en ulykke!" sagde karlen, som så den. "Det er da det ledeste jeg har set!" og så sparkede han med sin træsko efter skrubtudsen, der nær var blevet lemlæstet, men slap dog ved at komme ind mellem de høje brændenælder. Den så stilk ved stilk, den så også opad! Solen skinnede på bladene; de var ganske transparente; det var for den, som for os mennesker, når vi med ét kommer ind i en stor skov, hvor solen skinner mellem grene og blade.

"Her er langt dejligere end nede i brønden! Her kan man have lyst til at blive sin hele levetid!" sagde den lille skrubtudse. Den lå der en time, den lå der i to! "Hvad mon der er udenfor? Er jeg kommet så langt, må jeg se at komme videre!" og den krøb så rask den krybe kunne og kom ud på vejen, hvor solen skinnede på den og hvor støvet pudrede den, idet den marcherede tværs over landevejen.

"Her er man rigtig på det tørre!" sagde skrubtudsen, "jeg får næsten for meget af det gode, det kriller i mig!"

Nu nåede den grøften; der voksede forglemmigej og spiræa, der var levende gærde tæt ved med hyld og hvidtjørn; der groede "Marias hvide særkeærmer" som slyngplanter; her var kulører at se; også fløj der en sommerfugl; skrubtudsen troede, at det var en blomst, der havde revet sig løs for des bedre at se sig om i verden, det var jo så rimeligt.

"Kunne man sådan tage fart som den," sagde skrubtudsen, "kvak! ak! hvilken dejlighed!"

Den blev otte nætter og dage her ved grøften og den savnede ikke føde. Den niende dag tænkte den: "Videre frem!" – men hvad dejligere kunne der vel findes? Måske en lille skrubtudse eller nogle grønne frøer. Det havde i den sidste nat lydt i vinden, som var der "fætre" i nærheden

"Det er dejligt at leve! komme op af brønden, ligge i brændenælder, krybe hen ad den støvede vej og hvile ud i den våde grøft! men videre frem! se at finde frøer eller en lille skrubtudse, det kan man dog ikke undvære, naturen er en ikke nok!" Og så tog den igen på vandring.

Den kom i marken til en stor dam med siv om; den søgte derind.

"Her er nok for vådt for Dem?" sagde frøerne; "men De er meget velkommen! – Er De en han eller en hun? Det er nu det samme, De er lige velkommen!"

Og så blev den indbudt til koncert om aftnen, familiekoncert: Stor begejstring og tynde stemmer; det kender vi. Der var ingen beværtning, kun fri drikkevarer, hele dammen, om de kunne.

"Nu rejser jeg videre!" sagde den lille skrubtudse; den følte altid trang til noget bedre.

Den så stjernerne blinke, så store og så klare, den så nymånen lyse, den så solen stå op, højere og højere.

"Jeg er nok endnu i brønden, i en større brønd, jeg må højere op! jeg har en uro og længsel!" og da månen blev hel og rund, tænkte det stakkels dyr: "Mon det er spanden, der trisses ned, og som jeg må springe i for at komme højere op? eller er solen den store spand? hvor den er stor, hvor den er strålende, den kan rumme os alle sammen! jeg må passe på lejligheden! oh, hvor det lyser i mit hoved! jeg tror ikke at ædelstenen kan lyse bedre! men den har jeg ikke og den græder jeg ikke for, nej, højere op i glans og glæde! jeg har en forvisning, og dog en angst, – det er et svært skridt at gøre! men det må man! fremad! lige ud ad landevejen!"

Og den tog skridt, som sådant et kravledyr kan, og så var den på alfarvej, hvor menneskene boede; der var både blomsterhaver og kålhaver. Den hvilede ud ved en kålhave.

"Hvor der dog er mange forskellige skabninger, jeg aldrig har kendt! og hvor verden er stor og velsignet! men man skal også se sig om i den og ikke blive siddende på ét sted." Og så hoppede den ind i kålhaven. "Hvor her er grønt! hvor her er kønt!"

"Det ved jeg nok!" sagde kålormen på bladet. "Mit blad er det største herinde! det skjuler den halve verden, men den kan jeg undvære!"

"Kluk! kluk!" sagde det, der kom høns; de trippede i kålhaven. Den forreste høne var langsynet; hun så ormen på det krusede blad og huggede efter den, så at den faldt på jorden, hvor den vred og vendte sig. Hønen så først med det ene øje, så med det andet, for den vidste ikke hvad der kunne komme ud af den vridning.

"Den gør det ikke godvilligt!" tænkte hønen og løftede hovedet for at hugge til. Skrubtudsen blev så forfærdet, at den kravlede lige hen imod hønen.

"Så den har hjælpetropper!" sagde den. "Se mig til det kravl!" og så vendte hønen om. "Jeg bryder mig ikke om den lille, grønne mundfuld, den giver kun kildren i halsen!" De andre høns var af samme mening, og så gik de.

"Jeg vred mig fra den!" sagde kålormen; "det er godt at have åndsnærværelse; men det sværeste er tilbage, at komme op på mit kålblad. Hvor er det?"

Og den lille skrubtudse kom og ytrede sin deltagelse. Den var glad ved at den i sin styghed havde skræmt hønsene.

"Hvad mener De dermed?" spurgte kålormen. "Jeg vred mig jo selv fra dem. De er meget ubehagelig at se på! må jeg have lov at være i mit eget? Nu lugter jeg kål! Nu er jeg ved mit blad! Der er ikke noget så dejligt, som ens eget. Men højere op må jeg!"

"Ja, højere op!" sagde den lille skrubtudse, "højere op! den føler ligesom jeg! men den er ikke i humør i dag, det kommer af forskrækkelsen. Vi vil alle højere op!" og den så så højt den kunne.

Storken sad i reden på bondens tag; han knebrede og storkemor knebrede.

"Hvor de bor højt!" tænkte skrubtudsen. "Hvem der kunne komme derop!"

Inde i bondehuset boede to unge studenter: Den ene var poet, den anden naturforsker; den ene sang og skrev i glæde om alt, hvad Gud havde skabt, og som det spejlede sig i hans hjerte; han sang det ud, kort, klart og rigt i klangfulde vers; den anden tog fat på tingen selv, ja sprættede den op, når så måtte være. Han tog Vorherres gerning som et stort regnestykke, subtraherede, multiplicerede, ville kende det ud og ind og tale med forstand derom, og det var hel forstand, og han talte i glæde og med klogskab derom. Det var gode, glade mennesker, begge to.

"Der sidder jo et godt eksemplar af en skrubtudse!" sagde naturforskeren; "den må jeg have i spiritus!"

"Du har jo allerede to andre!" sagde poeten; "lad den sidde i ro og fornøje sig!"

"Men den er så dejlig grim!" sagde den anden.

"Ja, når vi kan finde ædelstenen i hovedet på den!" sagde poeten, "så ville jeg selv være med at sprætte den op!"

"Ædelstenen!" sagde den anden, "du kan godt naturhistorie!"

"Men er der ikke just noget meget smukt i den folketro, at skrubtudsen, det allergrimmeste dyr, tit gemmer i sit hoved den kosteligste ædelsten! Går det ikke med menneskene ligeså? Hvilken ædelsten havde ikke Æsop, og nu Sokrates?" –

Mere hørte skrubtudsen ikke, og den forstod ikke det halve deraf. De to venner gik, og den slap for at komme i spiritus.

"De talte også om ædelstenen!" sagde skrubtudsen. "Det er godt, at jeg ikke har den, ellers var jeg kommet i ubehagelighed!"

Da knebrede det på bondens tag; storkefar holdt foredrag for familien, og denne så skævt ned på de to unge mennesker i kålhaven.

"Mennesket er det mest indbildske kræ!" sagde storken. "Hør, hvor kneveren går på dem! og så kan de dog ikke slå en rigtig skralde. De kror sig af deres talegaver, deres sprog! det er et rart sprog: Det løber over i det uforståelige for dem ved hver dagrejse, vi gør; den ene forstår ikke den anden. Vort sprog kan vi tale over hele jorden, både i Danmark og i Ægypten. Flyve kan menneskene heller ikke! de tager fart ved en opfindelse, som de kalder 'jernbanen'; men de brækker da også der tit halsen. Jeg får kuldegys i næbbet, når jeg tænker derpå! verden kan bestå uden mennesker. Vi kan undvære dem! Må vi bare beholde frøer og regnorme!"

"Det var da en mægtig tale!" tænkte den lille skrubtudse. "Hvor det er en stor mand! og hvor han sidder højt, som jeg endnu ingen har set sidde! og hvor han kan svømme!" udbrød den, da storken med udbredte vinger tog fart igennem luften.

Og storkemor talte i reden, fortalte om Ægyptens land, om Nilens vand og om al det mageløse mudder, der var i fremmed land; det lød ganske nyt og yndeligt for den lille skrubtudse.

"Jeg må til Ægypten!" sagde den. "Bare storken ville tage mig med, eller en af dens unger. Jeg ville tjene den igen på dens bryllupsdag. Jo, jeg kommer til Ægypten, for jeg er så lykkelig! Al den længsel og lyst jeg har, den er rigtignok bedre end at have en ædelsten i hovedet!"

Og så havde den just ædelstenen: den evige længsel og lyst, opad, altid opad! den lyste derinde, den lyste i glæde, den strålede i lyst.

Da kom i det samme storken; den havde set skrubtudsen i græsset, slog ned og tog just ikke lempeligt på det lille dyr. Næbbet klemte, vinden susede, det var ikke behageligt, men opad gik det, opad til Ægypten, vidste den; og derfor skinnede øjnene, det var, som der fløj en gnist ud af dem:

"Kvak! ak!"

Kroppen var død, skrubtudsen dræbt. Men gnisten fra dens øjne, hvor blev den af?

Solstrålen tog den, solstrålen bar ædelstenen fra skrubtudsens hoved. Hvorhen?

Du skal ikke spørge naturforskeren, spørg helst poeten; han fortæller dig det som et eventyr; og kålormen er med deri, og storkefamilien er med deri. Tænk! kålormen forvandles, og bliver en dejlig sommerfugl! Storkefamilien flyver over bjerge og have bort til det fjerne Afrika, og finder dog den korteste vej hjem igen til det danske land, til det samme sted, det samme tag! ja, det er rigtignok næsten alt for eventyrligt, og dog er det sandt; du kan gerne spørge naturforskeren, han må indrømme det; og du selv ved det også, for du har set det.

– Men ædelstenen i skrubtudsens hoved?

Søg den i solen! se den om du kan!

Glansen der er for stærk. Vi har endnu ikke øjne til at se ind i al den herlighed, Gud har skabt, men vi får dem nok, og det bliver det dejligste eventyr, for vi er selv med deri!




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