ESPAÑOL

Colás el Chico y Colás el Grande

FRANÇAIS

Grand Claus et petit Claus


Vivían en un pueblo dos hombres que se llamaban igual: Colás, pero el uno tenía cuatro caballos, y el otro, solamente uno. Para distinguirlos llamaban Colás el Grande al de los cuatro caballos, y Colás el Chico al otro, dueño de uno solo. Vamos a ver ahora lo que les pasó a los dos, pues es una historia verdadera.
Durante toda la semana, Colás el Chico tenía que arar para el Grande, y prestarle su único caballo; luego Colás el Grande prestaba al otro sus cuatro caballos, pero sólo una vez a la semana: el domingo.
¡Había que ver a Colás el Chico haciendo restallar el látigo sobre los cinco animales! Los miraba como suyos, pero sólo por un día. Brillaba el sol, y las campanas de la iglesia llamaban a misa; la gente, endomingada, pasaba con el devocionario bajo el brazo para escuchar al predicador, y veía a Colás el Chico labrando con sus cinco caballos; y al hombre le daba tanto gusto que lo vieran así, que, pegando un nuevo latigazo, gritaba: «¡Oho! ¡Mis caballos!»
- No debes decir esto -reprendióle Colás el Grande-. Sólo uno de los caballos es tuyo.
Pero en cuanto volvía a pasar gente, Colás el Chico, olvidándose de que no debía decirlo, volvía a gritar: «¡Oho! ¡Mis caballos!».
- Te lo advierto por última vez -dijo Colás el Grande-. Como lo repitas, le arreo un trastazo a tu caballo que lo dejo seco, y todo eso te habrás ganado.
- Te prometo que no volveré a decirlo -respondió Colás el Chico. Pero pasó más gente que lo saludó con un gesto de la cabeza y nuestro hombre, muy orondo, pensando que era realmente de buen ver el que tuviese cinco caballos para arar su campo, volvió a restallar el látigo, exclamando: «¡Oho! ¡Mis caballos!».
- ¡Ya te daré yo tus caballos! -gritó el otro, y, agarrando un mazo, diole en la cabeza al de Colás el Chico, y lo mató.
- ¡Ay! ¡Me he quedado sin caballo! -se lamentó el pobre Colás, echándose a llorar. Luego lo despellejó, puso la piel a secar al viento, metióla en un saco, que se cargó a la espalda, y emprendió el camino de la ciudad para ver si la vendía.
La distancia era muy larga; tuvo que atravesar un gran bosque oscuro, y como el tiempo era muy malo, se extravió, y no volvió a dar con el camino hasta que anochecía; ya era tarde para regresar a su casa o llegar a la ciudad antes de que cerrase la noche.
A muy poca distancia del camino había una gran casa de campo. Aunque los postigos de las ventanas estaban cerrados, por las rendijas se filtraba luz. «Esa gente me permitirá pasar la noche aquí», pensó Colás el Chico, y llamó a la puerta.
Abrió la dueña de la granja, pero al oír lo que pedía el forastero le dijo que siguiese su camino, pues su marido estaba ausente y no podía admitir a desconocidos.
- Bueno, no tendré más remedio que pasar la noche fuera ­dijo Colás, mientras la mujer le cerraba la puerta en las narices.
Había muy cerca un gran montón de heno, y entre él y la casa, un pequeño cobertizo con tejado de paja.
- Puedo dormir allá arriba -dijo Colás el Chico, al ver el tejadillo-; será una buena cama. No creo que a la cigüeña se le ocurra bajar a picarme las piernas -pues en el tejado había hecho su nido una auténtica cigüeña.
Subióse nuestro hombre al cobertizo y se tumbó, volviéndose ora de un lado ora del otro, en busca de una posición cómoda. Pero he aquí que los postigos no llegaban hasta lo alto de la ventana, y por ellos podía verse el interior.
En el centro de la habitación había puesta una gran mesa, con vino, carne asada y un pescado de apetitoso aspecto. Sentados a la mesa estaban la aldeana y el sacristán, ella le servía, y a él se le iban los ojos tras el pescado, que era su plato favorito.
«¡Quién estuviera con ellos!», pensó Colás el Chico, alargando la cabeza hacia la ventana. Y entonces vio que habla además un soberbio pastel. ¡Qué banquete, santo Dios!
Oyó entonces en la carretera el trote de un caballo que se dirigía a la casa; era el marido de la campesina, que regresaba.
El marido era un hombre excelente, y todo el mundo lo apreciaba; sólo tenía un defecto: no podía ver a los sacristanes; en cuanto se le ponía uno ante los ojos, entrábale una rabia loca. Por eso el sacristán de la aldea había esperado a que el marido saliera de viaje para visitar a su mujer, y ella le había obsequiado con lo mejor que tenía. Al oír al hombre que volvía asustáronse los dos, y ella pidió al sacristán que se ocultase en un gran arcón vacío, pues sabía muy bien la inquina de su esposo por los sacristanes. Apresuróse a esconder en el horno las sabrosas viandas y el vino, no fuera que el marido lo observara y le pidiera cuentas.
- ¡Qué pena! -suspiró Colás desde el tejado del cobertizo, al ver que desaparecía el banquete.
- ¿Quién anda por ahí? -preguntó el campesino mirando a Colás-. ¿Qué haces en la paja? Entra, que estarás mejor.
Entonces Colás le contó que se había extraviado, y le rogó que le permitiese pasar allí la noche.
- No faltaba más -respondióle el labrador-, pero antes haremos algo por la vida.
La mujer recibió a los dos amablemente, puso la mesa y les sirvió una sopera de papillas. El campesino venía hambriento y comía con buen apetito, pero Nicolás no hacía sino pensar en aquel suculento asado, el pescado y el pastel escondidos en el horno.
Debajo de la mesa había dejado el saco con la piel de caballo; ya sabemos que iba a la ciudad para venderla. Como las papillas se le atragantaban, oprimió el saco con el pie, y la piel seca produjo un chasquido.
- ¡Chit! -dijo Colás al saco, al mismo tiempo que volvía a pisarlo y producía un chasquido más ruidoso que el primero.
- ¡Oye! ¿Qué llevas en el saco? -preguntó el dueño de la casa. - Nada, es un brujo -respondió el otro-. Dice que no tenemos por qué comer papillas, con la carne asada, el pescado y el pastel que hay en el horno.
- ¿Qué dices? -exclamó el campesino, corriendo a abrir el horno, donde aparecieron todas las apetitosas viandas que la mujer había ocultado, pero que él supuso que estaban allí por obra del brujo. La mujer no se atrevió a abrir la boca; trajo los manjares a la mesa, y los dos hombres se regalaron con el pescado, el asado, y el dulce. Entonces Colás volvió a oprimir el saco, y la piel crujió de nuevo.
- ¿Qué dice ahora? -preguntó el campesino.
- Dice -respondió el muy pícaro- que también ha hecho salir tres botellas de vino para nosotros; y que están en aquel rincón, al lado del horno.
La mujer no tuvo más remedio que sacar el vino que había escondido, y el labrador bebió y se puso alegre. ¡Qué no hubiera dado, por tener un brujo como el que Colás guardaba en su saco!
- ¿Es capaz de hacer salir al diablo? -preguntó-. Me gustaría verlo, ahora que estoy alegre.
- ¡Claro que sí! -replicó Colás-. Mi brujo hace cuanto le pido. ¿Verdad, tú? -preguntó pisando el saco y produciendo otro crujido-. ¿Oyes? Ha dicho que sí. Pero el diablo es muy feo; será mejor que no lo veas.
- No le tengo miedo. ¿Cómo crees que es?
- Pues se parece mucho a un sacristán.
- ¡Uf! -exclamó el campesino-. ¡Sí que es feo! ¿Sabes?, una cosa que no puedo sufrir es ver a un sacristán. Pero no importa. Sabiendo que es el diablo, lo podré tolerar por una vez. Hoy me siento con ánimos; con tal que no se me acerque demasiado...
- Como quieras, se lo pediré al brujo -, dijo Colás, y, pisando el saco, aplicó contra él la oreja.
- ¿Qué dice?
- Dice que abras aquella arca y verás al diablo; está dentro acurrucado. Pero no sueltes la tapa, que podría escaparse.
- Ayúdame a sostenerla -pidióle el campesino, dirigiéndose hacia el arca en que la mujer había metido al sacristán de carne y hueso, el cual se moría de miedo en su escondrijo.
El campesino levantó un poco la tapa con precaución y miró al interior.
- ¡Uy! -exclamó, pegando un salto atrás-. Ya lo he visto. ¡Igual que un sacristán! ¡Espantoso!
Lo celebraron con unas copas y se pasaron buena parte de la noche empinando el codo.
- Tienes que venderme el brujo -dijo el campesino-. Pide lo que quieras; te daré aunque sea una fanega de dinero.
- No, no puedo -replicó Colás-. Piensa en los beneficios que puedo sacar de este brujo.
-¡Me he encaprichado con él! ¡Véndemelo! -insistió el otro, y siguió suplicando.
- Bueno -avínose al fin Colás-. Lo haré porque has sido bueno y me has dado asilo esta noche. Te cederé el brujo por una fanega de dinero; pero ha de ser una fanega rebosante.
- La tendrás -respondió el labriego-. Pero vas a llevarte también el arca; no la quiero en casa ni un minuto más. ¡Quién sabe si el diablo está aún en ella!.
Colás el Chico dio al campesino el saco con la piel seca, y recibió a cambio una fanega de dinero bien colmada. El campesino le regaló todavía un carretón para transportar el dinero y el arca.
- ¡Adiós! -dijo Colás, alejándose con las monedas y el arca que contenía al sacristán.
Por el borde opuesto del bosque fluía un río caudaloso y muy profundo; el agua corría con tanta furia, que era imposible nadar a contra corriente. No hacía mucho que habían tendido sobre él un gran puente, y cuando Colás estuvo en la mitad dijo en voz alta, para que lo oyera el sacristán:
- ¿Qué hago con esta caja tan incómoda? Pesa como si estuviese llena de piedras. Ya me voy cansando de arrastrarla; la echaré al río, Si va flotando hasta mi casa bien, y si no, no importa.
Y la levantó un poco con una mano, como para arrojarla al río.
- ¡Detente, no lo hagas! -gritó el sacristán desde dentro. Déjame salir primero.
- ¡Dios me valga! -exclamó Colás, simulando espanto-. ¡Todavía está aquí! ¡Echémoslo al río sin perder tiempo, que se ahogue!
- ¡Oh, no, no! -suplicó el sacristán-. Si me sueltas te daré una fanega de dinero.
- Bueno, esto ya es distinto -aceptó Colás, abriendo el arca. El sacristán se apresuró a salir de ella, arrojó el arca al agua y se fue a su casa, donde Colás recibió el dinero prometido. Con el que le había entregado el campesino tenía ahora el carretón lleno.
«Me he cobrado bien el caballo», se dijo cuando de vuelta a su casa, desparramó el dinero en medio de la habitación.
«¡La rabia que tendrá Colás el Grande cuando vea que me he hecho rico con mi único caballo!; pero no se lo diré».
Y envió a un muchacho a casa de su compadre a pedirle que le prestara una medida de fanega.
«¿Para qué la querrá?», preguntóse Colás el Grande; y untó el fondo con alquitrán para que quedase pegado algo de lo que quería medir. Y así sucedió, pues cuando le devolvieron la fanega había pegadas en el fondo tres relucientes monedas de plata de ocho chelines.
«¿Qué significa esto?», exclamó, y corrió a casa de Colás el Chico.
- ¿De dónde sacaste ese dinero? -preguntó.
- De la piel de mi caballo. La vendí ayer tarde.
- ¡Pues si que te la pagaron bien! - dijo el otro, y, sin perder tiempo, volvió a su casa, mató a hachazos sus cuatro caballos y, después de desollarlos, marchóse con las pieles a la ciudad.
- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? - iba por las calles, gritando. Acudieron los zapateros y curtidores, preguntándole el precio.
- Una fanega de dinero por piel - respondió Colás.
- ¿Estás loco? -gritaron todo -. ¿Crees que tenemos el dinero a fanegas?
- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? -repitió a voz en grito; y a todos los que le preguntaban el precio respondíales: - Una fanega de dinero por piel.
- Este quiere burlarse de nosotros -decían todos, y, empuñando los zapateros sus trabas y los curtidores sus mandiles, pusiéronse a aporrear a Colás.
- ¡Pieles, pieles! -gritaban, persiguiéndolo-. ¡Ya verás cómo adobamos la tuya, que parecerá un estropajo! ¡Echadle de la ciudad!-. Y Colás no tuvo más remedio que poner los pies en polvorosa. Nunca le habían zurrado tan lindamente.
«¡Ahora es la mía!», dijo al llegar a casa. «¡Ésta me la paga Colás el Chico! ¡Le partiré la cabeza!».
Sucedió que aquel día, en casa del otro Colás, había fallecido la abuela, y aunque la vieja había sido siempre muy dura y regañona, el nieto lo sintió, y acostó a la difunta en una cama bien calentita, para ver si lograba volverla a la vida. Allí se pasó ella la noche, mientras Colás dormía en una silla, en un rincón. No era la primera vez.
Estando ya a oscuras, se abrió la puerta y entró Colás el Grande, armado de un hacha. Sabiendo bien dónde estaba la cama, avanzó directamente hasta ella y asentó un hachazo en la cabeza de la abuela, persuadido de que era el nieto.
- ¡Para que no vuelvas a burlarte de mí! -dijo, y se volvió a su casa.
«¡Es un mal hombre!», pensó Colás el Chico. «Quiso matarme! Suerte que la abuela ya estaba muerta; de otro modo, esto no lo cuenta».
Vistió luego el cadáver con las ropas del domingo, pidió prestado un caballo a un vecino y, después de engancharlo a su carro, puso el cadáver de la abuela, sentado, en el asiento trasero, de modo que no pudiera caerse con el movimiento del vehículo, y partió bosque a través. Al salir el sol llegó a una gran posada, y Colás el Chico paró en ella para desayunarse.
El posadero era hombre muy rico. Bueno en el fondo, pero tenía un genio, pronto e irascible, como si hubiese en su cuerpo pimienta y tabaco.
- ¡Buenos días! -dijo a Colás-. ¿Tan temprano y ya endomingado?
- Sí, respondió el otro -. Voy a la ciudad con la abuela. La llevo en el carro, pero no puede bajar. ¿Queréis llevarle un vaso de aguamiel? Pero tendréis que hablarle en voz alta, pues es dura de oído.
- No faltaba más -respondió el ventero, y, llenando un vaso de aguamiel, salió a servirlo a la abuela, que aparecía sentada, rígida, en el carro.
- Os traigo un vaso de aguamiel de parte de vuestro hijo -le dijo el posadero. Pero la mujer, como es natural, permaneció inmóvil y callada.
- ¿No me oís? -gritó el hombre con toda la fuerza de sus pulmones-. ¡Os traigo un vaso de aguamiel de parte de vuestro hijo!
Y como lo repitiera dos veces más, sin que la vieja hiciese el menor movimiento, el hombre perdió los estribos y le tiró el vaso a la cara, de modo que el liquido se le derramó por la nariz y por la espalda.
- ¡Santo Dios! -exclamó Colás el Chico, saliendo de un brinco y agarrando al posadero por el pecho-. ¡Has matado a mi abuela! ¡Mira qué agujero le has hecho en la frente!
- ¡Oh, qué desgracia! -gritó el posadero llevándose las manos a la cabeza-. ¡Todo por la culpa de mi genio! Colás, amigo mío, te daré una fanega de monedas y enterraré a tu abuela como si fuese la mía propia; pero no digas nada, pues me costaría la vida y sería una lástima.
Así, Colás el Chico cobró otra buena fanega de dinero, y el posadero dio sepultura a la vieja como si hubiese sido su propia abuela.
Al regresar nuestro hombre con todo el dinero, envió un muchacho a casa de Colás el Grande a pedir prestada la fanega.
«¿Qué significa esto?», pensó el otro. «Pues, ¿no lo maté? Voy a verlo yo mismo». Y, cargando con la medida, se dirigió a casa de Colás el Chico.
- ¿De dónde sacaste tanto dinero? -preguntó, abriendo unos ojos como naranjas al ver toda aquella riqueza.
- No me mataste a mí, sino a mi abuela -replicó Colás el Chico-. He vendido el cadáver y me han dado por él una fanega de dinero.
- ¡Qué bien te lo han pagado! -exclamó el otro, y, corriendo a su casa, cogió el hacha, mató a su abuela y, cargándola en el carro, la condujo a la ciudad donde residía el boticario, al cual preguntó si le compraría un muerto.
- ¿Quién es y de dónde lo has sacado? -preguntó el boticario.
- Es mi abuela -respondió Colás-. La maté para sacar de ella una fanega de dinero.
- ¡Dios nos ampare! -exclamó el boticario- ¡Qué disparate! No digas eso, que pueden cortarte la cabeza -. Y le hizo ver cuán perversa había sido su acción, diciéndole que era un hombre malo y que merecía un castigo. Asustóse tanto Colás que, montando en el carro de un brinco y fustigando los caballos, emprendió la vuelta a casa sin detenerse. El boticario y los demás presentes, creyéndole loco, le dejaron marchar libremente.
«¡Me la vas a pagar!», dijo Colás cuando estuvo en la carretera. «Ésta no te la paso, compadre». Y en cuanto hubo llegado a su casa cogió el saco más grande que encontró, fue al encuentro de Colás el Chico y le dijo:
- Por dos veces me has engañado; la primera maté los caballos, y la segunda a mi abuela. Tú tienes la culpa de todo, pero no volverás a burlarte de mí -. Y agarrando a Colás el Chico, lo metió en el saco y, cargándoselo a la espalda le dijo:
- ¡Ahora voy a ahogarte!
El trecho hasta el río era largo, y Colás el Chico pesaba lo suyo. El camino pasaba muy cerca de la iglesia, desde la cual llegaban los sones del órgano y los cantos de los fieles. Colás depositó el saco junto a la puerta, pensando que no estaría de más entrar a oír un salmo antes de seguir adelante. El prisionero no podría escapar, y toda la gente estaba en el templo; y así entró en él.
- ¡Dios mío, Dios mío! -suspiraba Colás el Chico dentro del saco, retorciéndose y volviéndose, sin lograr soltarse. Mas he aquí que acertó a pasar un pastor muy viejo, de cabello blanco y que caminaba apoyándose en un bastón. Conducía una manada de vacas y bueyes, que al pasar, volcaron el saco que encerraba a Colás el Chico.
- ¡Dios mío! -continuaba suspirando el prisionero-. ¡Tan joven y tener que ir al cielo!
- En cambio, yo, pobre de mí -replicó el pastor-, no puedo ir, a pesar de ser tan viejo.
- Abre el saco -gritó Colás-, métete en él en mi lugar, y dentro de poco estarás en el Paraíso.
- ¡De mil amores! -respondió el pastor, desatando la cuerda. Colás el Chico salió de un brinco de su prisión.
- ¿Querrás cuidar de mi ganado? -preguntóle el viejo, metiéndose a su vez en el saco. Colás lo ató fuertemente, y luego se alejó con la manada.
A poco, Colás el Grande salió de la iglesia, y se cargó el saco a la espalda. Al levantarlo parecióle que pesaba menos que antes, pues el viejo pastor era mucho más desmirriado que Colás el Chico. «¡Qué ligero se ha vuelto!», pensó. «Esto es el premio de haber oído un salmo». Y llegándose al río, que era profundo y caudaloso, echó al agua el saco con el viejo pastor, mientras gritaba, creído de que era su rival:
- ¡No volverás a burlarte de mí!
Y emprendió el regreso a su casa; pero al llegar al cruce de dos caminos topóse de nuevo con Colás el Chico, que conducía su ganado.
- ¿Qué es esto? -exclamó asombrado-. ¿Pero no te ahogué?
- Sí -respondió el otro-. Hace cosa de media hora que me arrojaste al río.
- ¿Y de dónde has sacado este rebaño? -preguntó Colás el Grande.
- Son animales de agua -respondió el Chico-. Voy a contarte la historia y a darte las gracias por haberme ahogado, pues ahora sí soy rico de veras. Tuve mucho miedo cuando estaba en el saco, y el viento me zumbó en los oídos al arrojarme tú desde el puente, y el agua estaba muy fría. Enseguida me fui al fondo, pero no me lastimé, pues está cubierto de la más mullida hierba que puedas imaginar. Tan pronto como caí se abrió el saco y se me presentó una muchacha hermosísima, con un vestido blanco como la nieve y una diadema verde en torno del húmedo cabello. Me tomó la mano y me dijo: «¿Eres tú, Colás el Chico?. De momento ahí tienes unas cuantas reses; una milla más lejos, te aguarda toda una manada; te la regalo». Entonces vi que el río era como una gran carretera para la gente de mar. Por el fondo hay un gran tránsito de carruajes y peatones que vienen del mar, tierra adentro, hasta donde empieza el río. Había flores hermosísimas y la hierba más verde que he visto jamás. Los peces pasaban nadando junto a mis orejas, exactamente como los pájaros en el aire. ¡Y qué gente más simpática, y qué ganado más gordo, paciendo por las hondonadas y los ribazos!
- ¿Y por qué has vuelto a la tierra? -preguntó Colás el Grande. Yo no lo habría hecho, si tan bien se estaba allá abajo.
- Sí -respondió el otro-, pero se me ocurrió una gran idea. Ya has oído lo que te dije: la doncella me reveló que una milla camino abajo - y por camino entendía el río, pues ellos no pueden salir a otro sitio - me aguardaba toda una manada de vacas. Pero yo sé muy bien que el río describe muchas curvas, ora aquí, ora allá; es el cuento de nunca acabar. En cambio, yendo por tierra se puede acertar el camino; me ahorro así casi media milla, y llego mucho antes al lugar donde está el ganado.
- ¡Qué suerte tienes! -exclamó Colás el Grande-. ¿Piensas que me darían también ganado, si bajase al fondo del río?
- Seguro -respondió Colás el Chico-, pero yo no puedo llevarte en el saco hasta el puente, pesas demasiado. Si te conformas, con ir allí a pie y luego meterte en el saco, te arrojare al río con mucho gusto.
- Muchas gracias -asintió el otro-. Pero si cuando esté abajo no me dan nada, te zurraré de lo lindo; y no creas que hablo en broma.
- ¡Bah! ¡No te lo tomes tan a pecho! - y se encaminaron los dos al río. Cuando el ganado, que andaba sediento, vio el agua, echó a correr hacia ella para calmar la sed.
- ¡Fíjate cómo se precipitan! -observó Colás el Chico-. Bien se ve que quieren volver al fondo.
- Sí, ayúdame -dijo el tonto-; de lo contrario vas a llevar palo -. Y se metió en un gran saco que venía atravesado sobre el dorso de uno de los bueyes.
- Ponle dentro una piedra, no fuera caso que quedase flotando -añadió.
- Perfectamente -dijo el Chico, e introduciendo en el saco una voluminosa piedra, lo ató fuertemente y, ¡pum!, Colás el Grande salió volando por los aires, y en un instante se hundió en el río. «Me temo que no encuentres el ganado», dijo el otro Colás, emprendiendo el camino de casa con su manada.
Dans une ville demeuraient deux hommes qui s'appelaient du même nom, Claus; mais l'un avait quatre chevaux, et l'autre n'en avait qu'un seul: donc, pour les distinguer, l'on appelait le premier grand Claus. et l'autre petit Claus. Écoutez bien maintenant ce qui leur arriva, car c'est une histoire véritable!

Pendant toute la semaine, petit Claus était obligé de labourer la terre de grand Claus et de lui prêter son unique cheval; en revanche, grand Claus l'aidait avec ses quatre chevaux une fois par semaine, c'est-à-dire tous les dimanches seulement. Hutsch! comme petit Claus faisait alors claquer son fouet au-dessus des cinq chevaux! Il les regardait comme les siens. Le soleil brillait si magnifique! Toutes les cloches appelaient le monde à l'église; les hommes et les femmes revêtus de leurs plus beaux habits passaient devant petit Claus, qui, labourant la terre d'un air joyeux, faisait claquer son fouet en s'écriant: "Hue donc, mes chevaux!"

"Ne dis donc pas mes chevaux," lui cria une fois grand Claus, "il n'y en a qu'un qui est à toi."

Mais petit Claus oublia bientôt cet avertissement, et, en voyant quelques autres personnes passer, il ne put s'empêcher de s'écrier de nouveau: "Hue donc, mes chevaux!"

"Pour la dernière fois, lui dit grand Claus, ne répète plus ces paroles! Si cela t'arrive encore, je porterai un tel coup au front de ton cheval, qu'il tombera mort sur-le-champ.

"Je ne le dirai plus," répondit petit Claus. Mais lorsqu'il passa encore du monde qui le saluait amicalement de la tête, il devint bien content; et fier, de pouvoir labourer son champ avec cinq chevaux, il fit claquer son fouet en s'écriant: "Hue donc, mes chevaux!"

"J'apprendrai le hue donc! à tes chevaux," dit le grand Claus; puis il prit une massue, et appliqua un coup si fort au front du cheval de petit Claus qu'il tomba mort sur-le-champ.

Son maître se prit à pleurer et à se lamenter; ensuite il écorcha la bête morte, fît sécher la peau au vent, la mit dans un sac, et se rendit à la ville pour la vendre.

Le chemin était long et passait par une grande forêt; il faisait un temps affreux. Petit Claus s'égara, et avant qu'il eût retrouvé le bon chemin, la nuit survint; il lui fallut renoncer à rentrer en ville.

Près de la route se trouvait une grande ferme, et, quoique les volets fussent fermés, on y voyait briller de la lumière. "Peut-être j'y pourrai passer la nuit," pensa-t-il, et il frappa à la porte

La femme lui ouvrit; mais, lorsqu'elle apprit ce qu'il voulait, elle lui dit de passer son chemin; son mari était sorti, et elle ne recevait pas d'étrangers.

"Soit, je coucherai dehors," répondit-il. Et la femme referma la porte.

Près de la maison était une grange au toit de chaume remplie de foin.

"J'y coucherai bien," dit petit Claus, "le lit est bon, et il n'y a pas de danger que la cigogne me morde les jambes." Sur le toit perchait une cigogne à côté de son nid.

Il rampa dans la grange, où il se coucha. Il se retourna plusieurs fois pour bien dormir. Les volets de la maison ne se fermant pas entièrement, il put voir ce qui se passait dans la chambre.

Au milieu, se dressait une grande table ornée d'un rôti, d'un poisson et de plusieurs bouteilles de vin. La paysanne et le chantre étaient assis joyeusement et se régalaient.

"Comme ils sont heureux!" dit petit Claus. Et il allongea la tête pour mieux voir. La femme servit un gâteau délicieux. Grand Dieu, quel festin!

Tout à coup un homme à cheval s'approcha de la maison; c'était le mari de la paysanne qui rentrait chez lui.

Tout le monde l'estimait comme un brave homme, mais il avait une maladie étrange: il ne pouvait apercevoir un chantre sans entrer en fureur. Connaissant cette particularité, le chantre avait profité de l'occasion pour rendre une visite à la femme et lui dire bonjour, pendant que le mari était absent; et la bonne femme lui avait fait honneur en lui servant un délicieux repas. Pour éviter des désagréments, lorsqu'elle entendit son mari qui venait, elle pria son convive de se cacher dans un grand coffre vide; ce qu'il fit volontiers, connaissant la maladie du paysan. Puis la femme serra promptement le manger et le vin dans le four, pour que son mari ne lui adressât pas de question embarrassante.

Quel dommage! soupira petit Claus dans la grange en voyant disparaître le gâteau.

- Qui est là-haut? s'écria le paysan en se tournant, et il aperçut petit Claus. Pourquoi te coucher là? Viens plutôt dans la chambre"

Petit Claus lui raconta comment il s'était égaré, et lui demanda l'hospitalité pour la nuit.

"Très-volontiers! répondit le paysan, mais mangeons d'abord un morceau."

La femme les reçut tous deux avec amabilité, prépara de nouveau la table, et servit un grand plat de riz. Le paysan, qui avait faim, en mangea de bon appétit; mais petit Claus pensait au délicieux rôti, au gâteau et au vin cachés dans le four.

Il avait jeté sous la table le sac contenant la peau de cheval; comme il ne pouvait supporter le riz, il appuya ses pieds sur le sac, et fit craquer la peau sèche.

"Chut! dit-il à son sac; mais, au même moment, il le fit craquer plus fort.

- Qu'y a-t-il dans le sac? demanda le paysan.

- Un sorcier, répondit Claus; il ne veut pas que nous mangions du riz. Il me dit que, par un effet de sa magie, il se trouve dans le four un rôti, du poisson et un gâteau.

"Ce n'est pas possible," dit le paysan en ouvrant promptement le four; il découvrit les mets superbes que sa femme y avait serrés, et crut que le sorcier avait fait ce prodige. La femme, sans oser rien dire, posa tout sur la table, et ils se mirent à manger du poisson, du rôti et du gâteau. Claus fit de nouveau craquer sa peau.

"Que dit-il à présent? demanda le paysan.

- Il dit que, près du four, il a fait venir trois bouteilles de vin." La femme leur servit le vin, et son mari se mit à boire en s'égayant de plus en plus. Il eût bien voulu posséder un sorcier pareil à celui du sac de petit Claus.

"Je voudrais qu'il me montrât le diable, dit le paysan; cela me ferait plaisir, car je suis tout à fait en train.

- Mon sorcier peut tout ce que je lui demande." Puis il fit craquer le sac: "Entends-tu? il dit que oui. Mais le diable est bien terrible à voir.

- Oh! je n'ai pas peur. Quelle mine a-t-il?

- Il paraîtra devant nous sous la forme d'un chantre.

- Ouf! que c'est vilain! je ne peux pas supporter la vue d'un chantre. N'importe; comme je saurai que c'est le diable, j'aurai du courage. Seulement, qu'il ne m'approche pas!"

Petit Claus approcha son oreille du sac comme pour écouter le sorcier.

"Que dit-il?

- Il dit que, si vous voulez ouvrir ce grand coffre, là-bas au coin, vous y verrez le diable; mais il faut bien tenir le couvercle, pour qu'il ne s'échappe pas.

- Aidez-moi à le tenir," dit le paysan en s'approchant du coffre où la femme avait caché le véritable chantre tout tremblant de frayeur.

Le couvercle fut soulevé. "Ouf! s'écria le paysan en faisant un bond en arrière, je l'ai vu! Il ressemble tout à fait au chantre de notre église; il est horrible!"

Ensuite ils se remirent à boire bien avant dans la nuit.

"Vends-moi ton sorcier, dit le paysan, je t'en donnerai tout ce que tu voudras; tout un boisseau rempli d'argent, si tu l'exiges.

- Je ne le puis, répondit petit Claus. Songe un peu combien il m'est utile.

- Pourtant tu me rendrais bien heureux! dit le paysan en insistant.

- Soit! dit enfin petit Claus, puisque tu m'as donné l'hospitalité, je te céderai le sorcier pour un boisseau rempli d'argent, mais fais-moi bonne mesure.

- Tu seras satisfait; seulement, je te priera d'emporter le coffre; je ne veux pas qu'il reste une heure encore dans la maison. Peut-être le diable y est-il toujours."

Sur ce, petit Claus donna au paysan son sac avec la peau sèche; il reçut en échange tout un boisseau rempli d'argent, et, par-dessus le marché, une grande brouette pour transporter l'argent et le coffre.

"Adieu!" dit-il, et il s'éloigna.

De l'autre côté de la forêt, il s'arrêta sur un pont tout neuf, qui servait à traverser une rivière profonde, et il dit à haute voix:

"Que ferais-je de ce mauvais coffre? Il pèse comme s'il était rempli de pierres. Je suis déjà fatigué de le rouler; il vaut mieux que je le jette dans la rivière. Si l'eau le porte à ma maison, tant mieux, sinon je m'en passerai."

Puis il souleva le coffre d'une main, comme s'il voulait le jeter dans l'eau.

"Attends donc, attends donc! s'écria le chantre dans le coffre, laisse-moi d'abord sortir.

- Ouf! s'écria petit Claus, feignant de s'effrayer le diable y est encore, il faut que je le noie bien vite!

- Non, non! cria le chantre, épargne-moi, et je te donnerai un boisseau d'argent.

"C'est différent," répondit petit Claus en ouvrant le coffre. Le chantre sortit, poussa le coffre vide dans l'eau, et retourna chez lui donner au petit Claus son boisseau d'argent. Claus eut ainsi de quoi remplir sa brouette. Rentré chez lui, dans sa chambre, il fit rouler par terre toutes les pièces de monnaie.

"Voilà une peau de cheval bien vendue! s'écria-t-il. Grand Claus mourra de dépit lorsqu'il apprendra toute la richesse que mon unique cheval m'a rapportée."

Puis il envoya un garçon chez grand Claus, pour le prier de lui prêter un boisseau vide.

"Que veut-il en faire?" pensa grand Claus. Et il enduisit le fond de goudron, afin qu'il y restât quelque chose d'attaché. Lorsque le boisseau lui fut rendu, il y trouva collées trois pièces de dix sous.

"Comment! s'écria-t-il, où diable a-t-il pris tout cela?" Et il courut immédiatement chez petit Claus. "D'où tiens-tu tout cet argent? »

- De ma peau de cheval, que j'ai vendue hier au soir.

- Tu en as tiré un bon prix," dit grand Claus; puis il retourna bien vite chez lui, prit une hache, abattit ses quatre chevaux, les écorcha et porta leur peau à la ville.

"Des peaux! des peaux! qui veut acheter des peaux?" cria-t-il dans toutes les rues.

Tous les cordonniers et les corroyeurs accoururent pour lui en demander le prix.

"Un boisseau d'argent pour chacune, répondit grand Claus.

- Es-tu fou? crois-tu que nous ayons de l'argent par boisseaux?

- Des peaux! des peaux! continua-t-il, qui veut acheter des peaux?" Et, si quelqu'un les marchandait: "Un boisseau d'argent pour chacune, répondait-il toujours.

- Il veut se moquer de nous," s'écria enfin tout le monde. Puis les cordonniers prirent leurs courroies, les corroyeurs leurs tabliers, et ils se mirent à frapper rudement grand Claus.

"Nous arrangerons si bien ta peau, qu'elle deviendra rouge et bleue, dirent-ils; veux-tu te sauver, veux-tu te sauver!" Et grand Claus, au milieu des coups, se sauva hors de la ville.

"Bon! dit-il une fois rentré chez lui; c'est petit Claus qui est la cause de tout cela. Je vais le tuer."

Cependant la vieille nourrice de petit Claus était morte, et, quoiqu'elle se fût montrée bien méchante envers lui, il la pleura. Il coucha la femme morte dans son lit, pour voir s'il ne pourrait pas. la rappeler à la vie, et resta toute la nuit dans un coin, sur une chaise.

Au milieu de la nuit, la porte s'ouvrit, et grand Claus entra avec sa hache. Connaissant l'endroit où était placé le lit de petit Claus, il s'en approcha tout doucement, et appliqua un coup violent au front de la vieille nourrice morte.

"Maintenant, tu ne me tromperas plus! dit-il en s'éloignant, car il croyait avoir tué son ennemi.

- Quel méchant homme! s'écria petit Claus; c'est moi qu'il voulait tuer. Heureusement pour ma vieille nourrice qu'elle était déjà morte."

Il revêtit ensuite la vieille femme de ses habits de dimanche, emprunta un cheval à son voisin et l'attela à sa voiture. Puis il plaça la vieille sur le siège de derrière, de façon qu'elle ne pût tomber, et il traversa ainsi la forêt. Arrivé à une auberge, petit Claus s'arrêta pour demander quelque chose à manger.

L'aubergiste était un homme très-riche, bon diable au fond, mais emporté comme si son corps eût été rempli de poivre et de tabac.

"Bonjour! dit-il à petit Claus; comme tu es endimanché aujourd'hui!

- Oui, répondit Claus en descendant; je vais conduire ma vieille nourrice à la ville. Apporte-lui un verre d'hydromel pour se rafraîchir, et parle-lui bien haut, car elle n'entend presque pas.

- Je n'y manquerai pas, dit l'aubergiste; et il alla verser un grand verre d'hydromel, qu'il porta à la vieille dans la voiture.

"Voici un verre d'hydromel," cria-t-il à la femme morte; mais elle ne bougea pas.

"Est-ce que vous ne m'entendez pas? cria-t-il de toutes ses forces; voici un verre d'hydromel de la part de votre maître."

Mais il avait beau s'épuiser à crier, la vieille ne bougeait pas. Alors, emporté par la colère, il lui jeta le verre à la figure avec une telle violence, qu'elle tomba en arrière dans la voiture n'étant retenue par aucune attache.

En ce moment, petit Claus survint. "Mille malheurs! s'écria-t-il en empoignant l'aubergiste par la poitrine, tu as tué ma nourrice, regarde le trou que tu lui as fait au front.

- Oui! malheur à moi! répondit l'aubergiste en tordant ses mains, j'ai encore une fois cédé à mon emportement. Mon cher petit Claus, je te remplirai un boisseau d'argent, et je ferai enterrer ta nourrice comme si elle était ma mère, si tu veux ne pas me trahir. Le bourreau me couperait la tête que tu n'en serais pas plus avancé, et cela me ferait beaucoup de mal, à moi."

Claus accepta, reçut un troisième boisseau d'argent, et chargea l'aubergiste de l'enterrement.

Revenu chez lui, il envoya un garçon chez grand Claus pour lui emprunter un boisseau vide.

"Qu'est-ce à dire? s'écria celui-ci; je ne l'ai donc pas tué! Il faut que je le voie moi-même." Et il se rendit aussitôt auprès de petit Claus avec le boisseau.

Comme il ouvrit de grands yeux en apercevant tout cet argent! "Comment as-tu gagné ce trésor? demanda-t-il.

- Tu as tué ma nourrice à ma place; j'ai vendu son corps, et l'on m'en a donné un boisseau d'argent.

- C'est un bon prix!" dit grand Claus. Puis il se dépêcha de rentrer chez lui, prit une hache et tua sa vieille nourrice. Ensuite il la plaça dans sa voiture, partit pour la ville, et demanda à l'apothicaire s'il voulait acheter un cadavre.

"Voyons, répondit l'apothicaire; mais d'abord dis-moi d'où tu le tiens.

- C'est ma nourrice que j'ai tuée pour la vendre un boisseau d'argent.

- Grand Dieu! es-tu fou de dire de pareilles choses, au risque de te faire couper la tête?" Mais ayant appris la vérité, il fit comprendre au méchant homme toute l'horreur de sa conduite et la peine qu'il avait méritée. Là-dessus, grand Claus effrayé sauta dans sa voiture, fouetta les chevaux et s'en retourna au galop. Tout le monde le croyait fou.

"Je me vengerai! s'écria-t-il sur la grande route, je me vengerai de petit Claus!" Et, dès qu'il fut rentré, il prit un grand sac, alla chez petit Claus et lui dit: "J'ai été ta dupe une seconde fois! Après avoir abattu mes quatre chevaux, j'ai tué ma nourrice; toi seul es cause de tout le mal, mais tu ne me tromperas plus." Puis, il saisit petit Claus par le milieu du corps, le fourra dans le sac, et le jeta sur ses épaules en disant: "Je m'en vais te noyer!"

Le chemin jusqu'à la rivière était long, et petit Claus lourd à porter: c'est pourquoi le meurtrier entra dans un cabaret pour se rafraîchir, laissant le sac derrière la maison, où personne ne passait.

« Hélas! hélas!" soupira petit Claus dans le sac se tournant et se retournant; mais il ne put arriver à délier la corde. Par hasard, une vache, échappée de la prairie se sauva de ce côté, et un vieux berger courut à sa poursuite pour lui faire rejoindre son troupeau. Voyant le sac qui remuait, il s'arrêta. « Qui est là? s'écria-t-il.

- Un pauvre jeune homme qui doit tout à l'heure entrer au paradis.

- Tu es bien dégoûté! Moi, pauvre vieillard, je serais bien content d'y entrer le plus tôt possible.

- Et bien! mon brave, ouvre le sac et mets-toi à ma place; bientôt tu y seras.

- De tout mon cœur! dit le vieux berger en ouvrant le sac pour faire sortir le petit Claus. « Mais me promets-tu de garder mon troupeau? »

« Certainement!" Et le vieillard entra dans le sac, que petit Claus referma. Après cela, Claus réunit tout le bétail, et s'en alla en le poussant devant lui.

Quelques moments après grand Claus sortit du cabaret et remit le sac sur son dos. Il le trouva bien léger, car le vieux maigre berger pesait bien moins que petit Claus. "C'est l'eau-de-vie qui m'a donné des forces, dit-il, tant mieux." Et arrivé à la rivière, il y jeta le berger en criant: "Maintenant tu ne me tromperas plus!"

Puis il prit le chemin de sa maison; mais, à l'endroit où les routes se croisaient, il rencontra petit Claus poussant devant lui un troupeau de bétail.

"Quoi! s'écria grand Claus, ne t'ai-je pas noyé?

- Si! tu m'as jeté dans la rivière, il y a une demi-heure.

- Et d'où te vient ce beau troupeau de bétail?

- C'est du bétail de la mer! Je vais tout te raconter, en te remerciant d'abord de m'avoir noyé; car maintenant je suis riche pour jamais, comme tu le vois. Enfermé dans le sac, je frémissais de peur; et le vent me sifflait autour des oreilles, lorsque tu me jetas dans l'eau froide. J'allai immédiatement au fond, mais sans me faire de mal, vu qu'il y pousse une longue herbe moelleuse. Bientôt le sac fut ouvert, et une charmante demoiselle, habillée de blanc, portant une couronne de verdure sur la tête, me prit la main en me disant: "Je t'ai attendu, mon petit Claus; regarde quel joli cadeau je vais te faire." Et elle me montra un troupeau de bétail. Je la remerciai bien poliment, en la priant de me montrer le chemin pour retourner à terre; ce qu'elle fit avec la plus grande amabilité. Vois-tu, grand Claus, la rivière n'est pour le peuple de la mer qu'une grande route bordée de beaux arbres, de champs verdoyants et de fleurs parfumées. Je sentais les poissons nager autour de ma tête, comme les oiseaux volent dans l'air; partout dans les vallées paissait un bétail gras et magnifique. Bientôt j'arrivai avec mon troupeau à une montée qui menait à terre, et me voici!

- Tu as bien de la chance! dit grand Claus; crois-tu que moi aussi j'aurai un troupeau de bétail, si je vais au fond de la rivière?

- Sans doute, mais je ne pourrai te porter dans le sac jusque-là, tu es trop lourd: si tu veux y aller et te fourrer dans le sac après, je t'y pousserai volontiers.

- Tu es un bon garçon, petit Claus; mais rappelle-toi bien que, si je ne reviens pas avec un troupeau de bétail de la mer, je t'administrerai une bonne volée de coups de bâton.

- Il n'y a pas de danger," répondit petit Claus; et ils se mirent en route. Lorsque les bêtes, qui avaient soif, aperçurent l'eau, elles coururent de toutes leurs forces pour boire.

"Regarde comme elles se dépêchent, dit petit Claus; il leur tarde de retourner au fond.

- Allons, vite! aide-moi, répondit grand Claus en entrant dans le sac; et, pour plus de sûreté, ajoute une grosse pierre; sans cela, je risquerais peut-être de ne pas arriver au fond.

- Sois tranquille! dit petit Claus, tu y arriveras." Cependant il y ajouta une énorme pierre, ficela le sac, et le poussa dans la rivière. Ploum! voilà grand Claus qui tombe au fond.

"J'ai bien peur qu'il n'y rencontre pas la demoiselle au bétail," dit petit Claus; puis il reconduisit son troupeau sur la grande route, et revint bien content chez lui.




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