ESPAÑOL

El jardinero y el señor

DANSK

Gartneren og herskabet


A una milla de distancia de la capital había una antigua residencia señorial rodeada de gruesos muros, con torres y hastiales.
Vivía allí, aunque sólo en verano, una familia rica y de la alta nobleza. De todos los dominios que poseía, esta finca era la mejor y más hermosa. Por fuera parecía como acabada de construir, y por dentro todo era cómodo y agradable. Sobre la puerta estaba esculpido el blasón de la familia. Magníficas rocas se enroscaban en torno al escudo y los balcones, y una gran alfombra de césped se extendía por el patio. Había allí oxiacantos y acerolos de flores encarnadas, así como otras flores raras, además de las que se criaban en el invernadero.
El propietario tenía un jardinero excelente; daba gusto ver el jardín, el huerto y los frutales. Contiguo quedaba todavía un resto del primitivo jardín del castillo, con setos de arbustos, cortados en forma de coronas y pirámides. Detrás quedaban dos viejos y corpulentos árboles, casi siempre sin hojas; por el aspecto se hubiera dicho que una tormenta o un huracán los había cubierto de grandes terrones de estiércol, pero en realidad cada terrón era un nido.
Moraba allí desde tiempos inmemoriales un montón de cuervos y cornejas. Era un verdadero pueblo de aves, y las aves eran los verdaderos señores, los antiguos y auténticos propietarios de la mansión señorial. Despreciaban profundamente a los habitantes humanos de la casa, pero toleraban la presencia de aquellos seres rastreros, incapaces de levantarse del suelo. Sin embargo, cuando esos animales inferiores disparaban sus escopetas, las aves sentían un cosquilleo en el espinazo; entonces, todas se echaban a volar asustadas, gritando «¡rab, rab!».
Con frecuencia el jardinero hablaba al señor de la conveniencia de cortar aquellos árboles, que afeaban al paisaje. Una vez suprimidos, decía, la finca se libraría también de todos aquellos pajarracos chillones, que tendrían que buscarse otro domicilio. Pero el dueño no quería desprenderse de los árboles ni de las aves; eran algo que formaba parte de los viejos tiempos, y de ningún modo quería destruirlo.
- Los árboles son la herencia de los pájaros; haríamos mal en quitársela, mi buen Larsen.
Tal era el nombre del jardinero, aunque esto no importa mucho a nuestra historia.
- ¿No tienes aún bastante campo para desplegar tu talento, amigo mío? Dispones de todo el jardín, los invernaderos, el vergel y el huerto.
Cierto que lo tenía, y lo cultivaba y cuidaba todo con celo y habilidad, cualidades que el señor le reconocía, aunque a veces no se recataba de decirle que, en casas forasteras, comía frutos y veía flores que superaban en calidad o en belleza a los de su propiedad; y aquello entristecía al jardinero, que hubiera querido obtener lo mejor, y ponía todo su esfuerzo en conseguirlo. Era bueno en su corazón y en su oficio.
Un día su señor lo mandó llamar, y, con toda la afabilidad posible, le contó que la víspera, hallándose en casa de unos amigos, le habían servido unas manzanas y peras tan jugosas y sabrosas, que habían sido la admiración de todos los invitados. Cierto que aquella fruta no era del país, pero convenía importarla y aclimatarla, a ser posible. Se sabía que la habían comprado en la mejor frutería de la ciudad; el jardinero debería darse una vuelta por allí, y averiguar de dónde venían aquellas manzanas y peras, para adquirir esquejes.
El jardinero conocía perfectamente al frutero, pues a él le vendía, por cuenta del propietario, el sobrante de fruta que la finca producía.
Se fue el hombre a la ciudad y preguntó al frutero de dónde había sacado aquellas manzanas y peras tan alabadas.
- ¡Si son de su propio jardín! -respondió el vendedor, mostrándoselas; y el jardinero las reconoció en seguida.
¡No se puso poco contento el jardinero! Corrió a decir a su señor que aquellas peras y manzanas eran de su propio huerto.
El amo no podía creerlo.
- No es posible, Larsen. ¿Podría usted traerme por escrito una confirmación del frutero?
Y Larsen volvió con la declaración escrita.
- ¡Es extraño! -dijo el señor.
En adelante, todos los días fueron servidas a la mesa de Su Señoría grandes bandejas de las espléndidas manzanas y peras de su propio jardín, y fueron enviadas por fanegas y toneladas a amistades de la ciudad y de fuera de ella; incluso se exportaron. Todo el mundo se hacía lenguas. Hay que observar, de todos modos, que los dos últimos veranos habían sido particularmente buenos para los árboles frutales; la cosecha había sido espléndida en todo el país.
Transcurrió algún tiempo; un día el señor fue invitado a comer en la Corte. A la mañana siguiente, Su Señoría mandó llamar al jardinero. Habían servido unos melones producidos en el invernadero de Su Majestad, jugosos y sabrosísimos.
- Mi buen Larsen, vaya usted a ver al jardinero de palacio y pídale semillas de estos exquisitos melones.
- ¡Pero si el jardinero de palacio recibió las semillas de aquí! -respondió Larsen, satisfecho.
- En este caso, el hombre ha sabido obtener un fruto mejor que el nuestro -replicó Su Señoría-. Todos los melones resultaron excelentes.
- Pues me siento muy orgulloso de ello -dijo el jardinero-. Debo manifestar a Vuestra Señoría, que este año el hortelano de palacio no ha tenido suerte con los melones, y al ver lo hermosos que eran los nuestros, y después de haberlos probado, encargó tres de ellos para palacio.
- ¡No, no Larsen! No vaya usted a imaginarse que aquellos melones eran de esta propiedad.
- Pues estoy seguro de que lo eran -. Y se fue a ver al jardinero de palacio, y volvió con una declaración escrita de que los melones servidos en la mesa real procedían de la finca de Su Señoría.
Aquello fue una nueva sorpresa para el señor, quien divulgó la historia, mostrando la declaración. Y de todas partes vinieron peticiones de que se les facilitaran pepitas de melón y esquejes de los árboles frutales.
Recibiéronse noticias de que éstos habían cogido bien y de que daban frutos excelentes, hasta el punto de que se les dio el nombre de Su Señoría, que, por consiguiente, pudo ya leerse en francés, inglés y alemán.
¡Quién lo hubiera pensado!
«¡Con tal de que al jardinero no se le suban los humos a la cabeza!», pensó el señor.
Pero el hombre se lo tomó de modo muy distinto. Deseoso de ser considerado como uno de los mejores jardineros del país, esforzóse por conseguir año tras año los mejores productos. Mas con frecuencia tenía que oír que nunca conseguía igualar la calidad de las peras y manzanas de aquel año famoso. Los melones seguían siendo buenos, pero ya no tenían aquel perfume. Las fresas podían llamarse excelentes, pero no superiores a las de otras fincas, y un año en que no prosperaron los rábanos, sólo se habló de aquel fracaso, sin mencionarse los productos que habían constituido un éxito auténtico.
El dueño parecía experimentar una sensación de alivio cuando podía decir: - ¡Este año no estuvo de suerte, amigo Larsen! -. Y se le veía contentísimo cuando podía comentar: - Este año sí que hemos fracasado.
Un par de veces por semana, el jardinero cambiaba las flores de la habitación, siempre con gusto exquisito y muy bien dispuestas; las combinaba de modo que resaltaran sus colores.
- Tiene usted buen gusto, Larsen - decíale Su Señoría -. Es un don que le ha concedido Dios, no es obra suya.
Un día se presentó el jardinero con una gran taza de cristal que contenía un pétalo de nenúfar; sobre él, y con el largo y grueso tallo sumergido en el agua, había una flor radiante, del tamaño de un girasol.
- ¡El loto del Indostán! - exclamó el dueño.
Jamás habían visto aquella flor; durante el día la pusieron al sol, y al anochecer a la luz de una lámpara. Todos los que la veían la encontraban espléndida y rarísima; así lo manifestó incluso la más distinguida de las señoritas del país, una princesa, inteligente y bondadosa por añadidura.
Su Señoría tuvo a honor regalársela, y la princesa se la llevó a palacio.
Entonces el propietario se fue al jardín con intención de coger otra flor de la especie, pero no encontró ninguna, por lo que, llamando al jardinero, le preguntó de dónde había sacado el loto azul.
- La he estado buscando inútilmente - dijo el señor -. He recorrido los invernaderos y todos los rincones del jardín.
- No, desde luego allí no hay - dijo el jardinero -. Es una vulgar flor del huerto. Pero, ¿verdad que es bonita? Parece un cacto azul y, sin embargo, no es sino la flor de la alcachofa.
- Pues tenía que habérmelo advertido -exclamó Su Señoría-. Creímos que se trataba de una flor rara y exótica. Me ha hecho usted tirarme una plancha con la princesa. Vio la flor en casa, la encontró hermosa; no la conocía, a pesar de que es ducha en Botánica, pero esta Ciencia nada tiene de común con las hortalizas. ¿Cómo se le ocurrió, mi buen Larsen, poner una flor así en la habitación? ¡Es ridículo!
Y la hermosa flor azul procedente del huerto fue desterrada del salón de Su Señoría, del que no era digna, y el dueño fue a excusarse ante la princesa, diciéndole que se trataba simplemente de una flor de huerto traída por el jardinero, el cual había sido debidamente reconvenido.
- Pues es una lástima y una injusticia -replicó la princesa-. Nos ha abierto los ojos a una flor de adorno que despreciábamos, nos ha mostrado la belleza donde nunca la habíamos buscado. Quiero que el jardinero de palacio me traiga todos los días, mientras estén floreciendo las alcachofas, una de sus flores a mi habitación.
Y la orden se cumplió.
Su Señoría mandó decir al jardinero que le trajese otra flor de alcachofa.
- Bien mirado, es bonita -observó- y muy notable -. Y encomió al jardinero.
«Esto le gusta a Larsen -pensó-. Es un niño mimado».
Un día de otoño estalló una horrible tempestad, que arreció aún durante la noche, con tanta furia que arrancó de raíz muchos grandes árboles de la orilla del bosque y, con gran pesar de Su Señoría - un «gran pesar» lo llamó el señor -, pero con gran contento del jardinero, también los dos árboles pelados llenos de nidos. Entre el fragor de la tormenta pudo oírse el graznar alborotado de los cuervos y cornejas; las gentes de la casa afirmaron que golpeaban con las alas en los cristales.
- Ya estará usted satisfecho, Larsen -dijo Su Señoría-; la tempestad ha derribado los árboles, y las aves se han marchado al bosque. Aquí nada queda ya de los viejos tiempos; ha desaparecido toda huella, toda señal de ellos. Pero a mí esto me apena.
El jardinero no contestó. Pensaba sólo en lo que habla llevado en la cabeza durante mucho tiempo: en utilizar aquel lugar soleado de que antes no disponía. Lo iba a transformar en un adorno del jardín, en un objeto de gozo para Su Señoría.
Los corpulentos árboles abatidos habían destrozado y aplastado los antiquísimos setos con todas sus figuras. El hombre los sustituyó por arbustos y plantas recogidas en los campos y bosques de la región.
A ningún otro jardinero se le había ocurrido jamás aquella idea. Él dispuso los planteles teniendo en cuenta las necesidades de cada especie, procurando que recibiesen el sol o la sombra, según las características de cada una. Cuidó la plantación con el mayor cariño, y el conjunto creció magníficamente.
Por la forma y el color, el enebro de Jutlandia se elevó de modo parecido al ciprés italiano; lucía también, eternamente verde, tanto en los fríos invernales como en el calor del verano, la brillante y espinosa oxiacanta. Delante crecían helechos de diversas especies, algunas de ellas semejantes a hijas de palmeras, y otras, parecidas a los padres de esa hermosa y delicada planta que llamamos culantrillo. Estaba allí la menospreciada bardana, tan linda cuando fresca, que habría encajado perfectamente en un ramillete. Estaba en tierra seca, pero a mayor profundidad que ella y en suelo húmedo crecía la acedera, otra planta humilde y, sin embargo, tan pintoresca y bonita por su talla y sus grandes hojas. Con una altura de varios palmos, flor contra flor, como un gran candelabro de muchos brazos, levantábase la candelaria, trasplantada del campo. Y no faltaban tampoco las aspérulas, dientes de león y muguetes del bosque, ni la selvática cala, ni la acederilla trifolia. Era realmente magnífico.
Delante, apoyadas en enrejados de alambre, crecían, en línea, perales enanos de procedencia francesa. Como recibían sol abundante y buenos cuidados, no tardaron en dar frutos tan jugosos como los de su tierra de origen.
En lugar de los dos viejos árboles pelados erigieron un alta asta de bandera, en cuya cima ondeaba el Danebrog, y a su lado fueron clavadas otras estacas, por las que, en verano y otoño, trepaban los zarcillos del lúpulo con sus fragantes inflorescencias en bola, mientras en invierno, siguiendo una antigua costumbre, se colgaba una gavilla de avena con objeto de que no faltase la comida a los pajarillos del cielo en la venturosa época de las Navidades.
- ¡En su vejez, nuestro buen Larsen se nos vuelve sentimental! -decía Su Señoría-. Pero nos es fiel y adicto.
Por Año Nuevo, una revista ilustrada de la capital publicó una fotografía de la antigua propiedad señorial. Aparecía en ella el asta con la bandera danesa y la gavilla de avena para las avecillas del cielo en los alegres días navideños. El hecho fue comentado y alabado como una idea simpática, que resucitaba, con todos sus honores, una vieja costumbre.
- Resuenan las trompetas por todo lo que hace ese Larsen. ¡Es un hombre afortunado! Casi hemos de sentirnos orgullosos de tenerlo.
Pero no se sentía orgulloso el gran señor. Se sentía sólo el amo que podía despedir a Larsen, pero que no lo hacía. Era una buena persona, y de esta clase hay muchas, para suerte de los Larsen.
Y ésta es la historia «del jardinero y el señor».
Detente a pensar un poco en ella.
En mils vej fra hovedstaden stod en gammel herregård med tykke mure, tårne og takkede gavle.

Her boede, men dog kun i sommertiden, et rigt, højadeligt herskab; denne gård var den bedste og smukkeste af alle de gårde, det ejede; den stod som nystøbt udenpå, og med hygge og bekvemmelighed indeni. Slægtens våben var hugget i sten over porten, dejlige roser slyngede sig om våben og karnap, et helt græstæppe bredte sig ud foran gården; der var rødtjørn og hvidtjørn, der var sjældne blomster, selv uden for drivhuset.

Herskabet havde også en dygtig gartner; det var en lyst at se blomsterhaven, frugt- og køkkenhaven. Op til denne var endnu en rest af gårdens oprindelige gamle have: nogle buksbomhække, beklippet så at de dannede kroner og pyramider. Bag disse stod to mægtige gamle træer; de var altid næsten bladløse, og man kunne let falde på at tro, at en stormvind eller en skypumpe havde strøet dem over med store klumper gødning, men hver klump var en fuglerede.

Her byggede fra umindelige tider en vrimmel skrigende råger og krager: Det var en hel fugleby, og fuglene var herskabet, ejendomsbesidderne, herresædets ældste slægt, det egentlige herskab på gården. Ingen af menneskene dernede kom dem ved, men de tålte disse lavt gående skabninger, uagtet disse imellem knaldede med bøsse, så det krillede i fuglenes rygrad, så at hver fugl fløj op derved i forskrækkelse og skreg: "Rak! Rak!"

Gartneren talte tit til sit herskab om at lade fælde de gamle træer, de så ikke godt ud, og kom de bort blev man rimeligvis fri for de skrigende fugle, de ville søge andetsteds hen. Men herskabet ville hverken af med træerne eller med fuglevrimlen, det var noget, gården ikke kunne miste, det var noget fra den gamle tid, og den skulle man ikke aldeles slette ud.

"De træer er nu fuglenes arvegods, lad dem beholde det, min gode Larsen!"

Gartneren hed Larsen, men det har her nu ikke videre at betyde.

"Har De, lille Larsen, ikke virkeplads nok? hele blomsterhaven, drivhusene, frugt- og køkkenhaven?"

Dem havde han, dem plejede, passede og opelskede han med iver og dygtighed, og det blev erkendt af herskabet, men de dulgte ikke for ham, at de hos fremmede tit spiste frugter og så blomster, som overgik hvad de havde i deres have, og det bedrøvede gartneren, for han ville det bedste og gjorde det bedste. Han var god i hjertet, god i embedet.

En dag lod herskabet ham kalde og sagde i al mildhed og herskabelighed, at de dagen forud hos fornemme venner havde fået en art æbler og pærer, så saftholdige, så velsmagende, at de og alle gæster havde udtalt sig i beundring. Frugterne var vistnok ikke indenlandske, men de burde indføres, blive hjemme her, om vort klima tillod det. Man vidste at de var købt inde i byen hos den første frugthandler, gartneren skulle ride derind og få at vide, hvorfra disse æbler og pærer var kommet og da forskrive podekviste.

Gartneren kendte godt frugthandleren, det var netop til ham, han på herskabets vegne solgte den overflødighed af frugt, der groede i herregårdshaven.

Og gartneren tog til byen og spurgte frugthandleren, hvorfra han havde disse højtpriste æbler og pærer.

"De er fra Deres egen have!" sagde frugthandleren og viste ham både æble og pære, som han kendte igen.

Nå, hvor blev han glad, gartneren; han skyndte sig til herskabet og fortalte, at både æblerne og pærerne var fra deres egen have.

Det kunne herskabet slet ikke tro. "Det er ikke muligt, Larsen! kan De skaffe skriftlig forsikring fra frugthandleren?"

Og det kunne han, skriftlig attest bragte han.

"Det var da mærkeligt!" sagde herskabet.

Nu kom hver dag på herskabsbordet store skåle med disse prægtige æbler og pærer fra deres egen have; der sendtes skæppe- og tøndevis af disse frugter til venner i byen og uden for byen, ja selv til udlandet. Det var en hel fornøjelse! dog måtte de tilføje, at det havde jo også været to mærkelig gode somre for træfrugterne, disse var overalt i landet lykkedes godt.

Nogen tid gik; herskabet spiste en middag ved hoffet. Dagen derpå blev gartneren kaldt til sit herskab. De havde ved taflet fået meloner, så saftfulde, smagfulde, fra majestætens drivhus.

"De må gå til hofgartneren, gode Larsen, og skaffe os nogle af kernerne fra disse kostelige meloner!"

"Men hofgartneren har fået kernerne fra os!" sagde gartneren ganske fornøjet.

"Så har den mand vidst at bringe frugten til en højere udvikling!" svarede herskabet. "Hver melon var udmærket!"

"Ja, så kan jeg være stolt!" sagde gartneren. "Jeg skal sige det nådige herskab, slotsgartneren har i år ikke haft held med sine meloner, og da han så hvor prægtige vore stod og smagte dem, så bestilte han tre af disse op på slottet!"

"Larsen! Bild sig ikke ind, at det var de meloner fra vor have!"

"Jeg tror det!" sagde gartneren, gik til slotsgartneren og fik af ham skriftlig bevidnelse om at melonerne på det kongelige taffel var kommet fra herregården.

Det var virkelig en overraskelse for herskabet, og det fortiede ikke historien, det fremviste attesten, ja der blev sendt melonkerner vidt om, ligesom tidligere podekvistene.

Om disse fik man efterretninger at de slog an, satte frugt, ganske udmærket, og den var kaldt op efter herskabets herregård, så at det navn derved nu var at læse på engelsk, tysk og fransk.

Det havde man aldrig forud tænkt sig.

"Bare gartneren ikke får for store ideer om sig selv!" sagde herskabet.

Han tog det på en anden måde: Han ville just stræbe nu, at hævde sit navn som en af landets bedste gartnere, forsøge hvert år at bringe noget fortrinligt af alle havearter, og det gjorde han; men tit fik han dog at høre, at de allerførste frugter han havde bragt, æblerne og pærerne, var de egentlige bedste, alle senere arter stod langt under. Melonerne havde rigtignok været meget gode, men det var jo et ganske andet slags; jordbærrene kunne kaldes fortræffelige, men dog ikke bedre end de, de andre herskaber havde, og da ræddikerne ét år ikke lykkedes, så taltes kun om de uheldige ræddiker og ikke om hvad andet godt der var bragt.

Det var næsten som om herskabet følte lettelse ved at sige:

"Det gik ikke i år, lille Larsen!" De var ganske glade ved at kunne sige: "Det gik ikke i år!"

Et par gange om ugen bragte gartneren friske blomster op i stuen, altid så smagfuldt ordnet; farverne kom ved sammenstillingen ligesom i et stærkere lys.

"De har smag, Larsen!" sagde herskabet, "det er en gave, der er givet Dem af Vorherre, ikke af Dem selv!"

En dag kom gartneren med en stor krystalskål, i den lå et åkandeblad; hen på dette var lagt, med sin lange, tykke stilk ned i vandet, en strålende, blå blomst, stor som en solsikke.

"Hindustans lotus!" udbrød herskabet.

En sådan blomst havde de aldrig set; og den blev om dagen stillet hen i solskinnet og om aftnen i reflekslys. Enhver som så den, fandt den mærkværdig dejlig og sjælden, ja det sagde selv den fornemste af landets unge damer, og hun var prinsesse; klog og hjertensgod var hun.

Herskabet satte en ære i at overrække hende blomsten, og den kom med prinsessen op på slottet.

Nu gik herskabet ned i haven for selv at plukke en blomst af samme slags, om en sådan endnu fandtes, men den var ikke at finde. Så kaldte de på gartneren og spurgte, hvorfra han havde den blå lotus:

"Vi har søgt forgæves!" sagde de. "Vi har været i drivhusene og rundt om i blomsterhaven!"

"Nej, der er den rigtignok ikke!" sagde gartneren. "Den er kun en ringe blomst fra køkkenhaven! men, ikke sandt, hvor er den smuk! Den ser ud som var den en blå kaktus, og er dog kun blomsten på artiskokken!"

"Det skulle De have sagt os straks!" sagde herskabet. "Vi måtte tro at det var en fremmed, sjælden blomst. De har prostitueret os for den unge prinsesse! Hun så blomsten hos os, fandt den så smuk, kendte den ikke, og hun er ganske inde i botanikken, men den videnskab har ikke med køkkenurter at gøre. Hvor kunne det falde Dem ind, gode Larsen, at sætte en sådan blomst op i stuen. Det er at gøre os latterlige!"

Og den smukke blå pragtblomst, der var hentet fra køkkenhaven, blev sat ud af herskabsstuen, hvor den ikke hørte hjemme, ja herskabet gjorde en undskyldning hos prinsessen, og fortalte at blomsten var kun en køkkenurt, som gartneren havde fundet på at stille frem, men at han derfor havde fået en alvorlig irettesættelse.

"Det var synd og uret!" sagde prinsessen. "Han har jo lukket vore øjne op for en pragtblomst, vi slet ikke lagde mærke til, han har vist os dejligheden der, hvor vi ikke faldt på at søge den! Slotsgartneren skal hver dag, så længe artiskokkerne har blomst, bringe mig én op i min stue!"

Og det skete.

Herskabet lod gartneren sige, at han igen kunne bringe dem en frisk artiskokblomst.

"Den er i grunden smuk!" sagde de, "højst mærkværdig!" og gartneren fik ros.

"Det kan Larsen godt lide!" sagde herskabet. "Han er et forkælet barn!"

I efteråret blev det en forfærdelig storm; den tog til ud på natten, så voldsomt, at mange store træer i udkanten af skoven blev rykket op med rod, og til stor sorg for herskabet, sorg, som de kaldte det, men til glæde for gartneren, blæste de to store træer om med alle fuglerederne. Man hørte i stormen rågers og kragers skrig, de slog med vingerne på ruderne, sagde folkene på gården.

"Nu er De da glad, Larsen!" sagde herskabet; "stormen har fældet træerne, og fuglene har søgt til skoven. Her er ikke mere syn af gammel tid; hvert tegn og hver hentydning er borte! Os har det bedrøvet!"

Gartneren sagde ikke noget, men han tænkte på, hvad han længe havde tænkt, ret at benytte den prægtige solskinsplads, han før ikke rådede over, den skulle blive til havens pryd og herskabets glæde.

De store omblæste træer havde kvast og knust de ældgamle buksbomhække, med hele deres udklipning. Han rejste her en tykning af vækster, hjemlandsplanter fra marken og skoven.

Hvad ingen anden gartner havde tænkt på i rig fylde at plante ind i herskabshaven, satte han her i den jord hver skulle have, og i skygge og i solskin som hver art behøvede det. Han plejede i kærlighed og det voksede i herlighed.

Enebærbusken fra den jyske hede løftede sig, i form og farve som Italiens cypres, den blanke piggede kristtjørn, altid grøn, i vinterkulde og i sommersol, stod dejlig at se. Foran groede bregnerne, mange forskellige arter, nogle så ud som var de børn af palmetræet, og andre, som var de forældre til den fine, dejlige plantevækst, vi kalder venushår. Her stod den ringeagtede burre, der i sin friskhed er så smuk, at den kan tage sig ud i buket. Burren stod på det tørre, men lavere, i den fugtigere grund, groede skræppen, også en ringeagtet plante og dog ved sin højde og sit mægtige blad så malerisk smuk. Favnehøj, med blomst ved blomst, som en mægtig, mangearmet kandelaber, løftede sig kongelyset, plantet ind fra marken. Her stod skovmærker, kodriver og skovliljekonvaller, den vilde calla og den trebladede, fine skovsyre. Det var en dejlighed at se.

Foran, støttede til ståltrådssnore, voksede i række ganske små pæretræer fra fransk jordbund; de fik sol og god pleje og bare snart store, saftfulde frugter, som i landet de kom fra.

I stedet for de to gamle, bladløse træer, blev sat en høj flagstang, hvor Dannebrog vajede, og tæt ved endnu en stang, hvor i sommertid og høstens tid humleranken med sine duftende blomsterkogler snoede sig, men hvor i vinteren, efter gammel skik, blev ophængt en havrekærv, at himlens fugle kunne have måltid i den glade jul.

"Den gode Larsen bliver sentimental i sine ældre år!" sagde herskabet. "Men han er os tro og hengiven!"

Ved nytår kom, i et af hovedstadens illustrerede blade, et billede af den gamle gård; man så flagstangen og havreneget for himlens fugle i den glade jul, og det stod omtalt og fremhævet som en smuk tanke, at en gammel skik her var bragt i hævd og ære, så betegnende just for den gamle gård.

"Alt hvad den Larsen gør," sagde herskabet, "slår man på tromme for. Det er en lykkelig mand! Vi må jo næsten være stolte af at vi har ham!"

Men de var slet ikke stolte deraf! De følte at de var herskabet, de kunne sige Larsen op, men det gjorde de ikke, de var gode mennesker og af deres slags er der så mange gode mennesker, og det er glædeligt for enhver Larsen.

Ja, det er historien om "Gartneren og herskabet."

Nu kan du tænke over den!




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