ENGLISH

Luck may lie in a pin

ESPAÑOL

La suerte puede estar en un palito


A Story Told For My Young American Friends

I'll tell you a story about luck. All of us know what it is to be lucky. Some know good luck day in, day out; others only now and then in their lucky seasons; and there are some people who know it only once in a lifetime. But luck comes at some time or other to us all.

Now I needn't tell you what everyone knows, that it's God who puts little children in their mother's lap; maybe in a nobleman's castle, maybe in a workingman's home, or maybe in the open field where the cold wind blows. What you may not know, though it's just as true, is that when God leaves the child he always leaves it a lucky piece. He doesn't put this where the child is born, but tucks it away in some odd corner of the earth where we least expect it. Yes, you can rest assured that it always turns up, sooner or later, and that is nice to know.

This lucky piece may turn out to be an apple. That was the case with one man, a scholar called Newton. The apple fell into his lap, and his luck came with it. If you don't know the story, get someone to tell it to you. I've a different story to tell, about a pear.

Once there was a man born poor, bred poor, and married without a penny. By the way, he was a turner by trade, but as he made nothing except umbrella handles and umbrella rings, he earned only enough money to live from hand to mouth.

"I'll never find my luck," he used to say.

Now this is a Gospel true story. It really happened. I could name the man's county and his town, but that isn't important. Wild service berries, with their red, sour fruit, grew around his house and garden as if they were the richest ornament. However, in the garden was also a pear tree. It had never borne fruit; yet the man's luck lay hidden in the tree, in the shape of a pear not yet to be seen.

One night the wind blew in a terrible gale. In the next town men said that the great mail coach was lifted from one side of the road to the other as easily as a rag, so it was not to be wondered at that a large branch was torn from the pear tree. The branch was brought into the workshop and, just as a joke, the turner made from it wooden pears, big, little, and middle-sized.

"For once my tree has borne pears," he smiled, and gave them to his children for playthings.

Among the necessities of life are umbrellas, especially in lands where it rains a lot. But the turner's family had only one umbrella between them. When the wind blew hard, their umbrella would blow inside out. Sometimes it would break, and luckily the man knew how to mend it. However, with the button and loop that held the umbrella closed, things went from bad to worse. The button would always fly off just as they thought they had the umbrella neatly folded.

One day it popped off, and the turner hunted for it everywhere. In a crack of the floor he came across one of the smallest pears he had given his children for a toy.

"If I can't find the button," he said, "I'll make this do." He fitted a string through it, and the little pear buttoned up the umbrella to perfection. It was the best umbrella fastener that ever was seen.

The next time the turner sent umbrella handles and umbrella rings to the city, he added several of the small wooden pears. They were fitted to a few new umbrellas, and put with a thousand others on a ship bound for America. Americans catch on very quickly. They saw that the little pears held better than the other umbrella buttons, and the merchant gave orders that all the umbrellas sent to him henceforth should be fastened with little wooden pears.

There was work for you - thousands of pears to be made for all the umbrellas that went to America. The turner turned them out wholesale, until the whole pear tree was used up making little wooden pears. They brought pennies that grew into dollars. There was no end to the money he made.

"My luck was in that pear tree all along," the man said. Soon he had a great factory with plenty of workmen to help him. Now that he always had time for joke he would say, "Good luck may lie in a pin."

And I who tell this story say so too, for it's a true proverb in Denmark that if you put a white pin in your mouth you'll be invisible. But it must be the right sort of pin, a lucky piece from God's own hand. I have one of them, and whenever I come to America, that new world so far away and yet so near me, I'll always carry that pin. Already my words have gone there. The ocean rolls toward America, and the wind blows that way. Any day I can be where my stories are read, and perhaps see the glitter of ringing gold - the gold that is best of all, which shines in children's eyes, or rings from their lips and the lips of their grown-ups. I and in all my friends' homes, even though they don't see me. I have the white pin in my mouth.

And luck may lie in a pin.
Ahora os voy a contar un cuento sobre la suerte.
Todos conocemos la suerte; algunos la ven durante todo el año, otros sólo ciertos años y en un único día; incluso hay personas que no la ven más que una vez en su vida; pero todos la vemos alguna vez.
No necesito decir, pues todo el mundo lo sabe, que Dios envía al niñito y lo deposita en el seno de la madre, lo mismo puede ser en el rico palacio y en la vivienda de la familia acomodada, que en pleno campo, donde sopla el frío viento. Lo que no saben todos - y, no obstante, es cierto - es que Nuestro Señor, cuando envía un niño, le da una prenda de buena suerte, sólo que no la pone a su lado de modo visible, sino que la deja en algún punto del mundo, donde menos pueda pensarse; pero siempre se encuentra, y esto es lo más alentador. Puede estar en una manzana, como ocurrió en el caso de un sabio que se llamaba Newton: cayó la manzana, y así encontró él la suerte. Si no conoces la historia, pregunta a los que la saben; yo ahora tengo que contar otra: la de una pera.
Érase una vez un hombre pobre, nacido en la miseria, criado en ella y en ella casado. Era tornero de oficio, y torneaba principalmente empuñaduras y anillas de paraguas; pero apenas ganaba para vivir.
- ¡Nunca encontraré la suerte! -decía. Advertid que es una historia verdadera, y que podría deciros el país y el lugar donde residía el hombre, pero esto no hace al caso.
Las rojas y ácidas acerolas crecían en torno a su casa y en su jardín, formando un magnífico adorno. En el jardín había también un peral, pero no daba peras, y, sin embargo, en aquel árbol se ocultaba la suerte, se ocultaba en sus peras invisibles. Una noche hubo una ventolera horrible; en los periódicos vino la noticia de que la gran diligencia había sido volcada y arrastrada por la tempestad como un simple andrajo. No nos extrañará, pues, que también rompiera una de las mayores ramas del peral.
Pusieron la rama en el taller, y el hombre, por pura broma, torneó con su madera una gruesa pera, luego otra menor, una tercera más pequeña todavía y varias de tamaño minúsculo.
De esta manera el árbol hubo de llevar forzosamente fruto por una vez siquiera. Luego el hombre dio las peras de madera a los niños para que jugasen con ellas.
En un país lluvioso, el paraguas es, sin disputa, un objeto de primera necesidad. En aquella casa había uno roto para toda la familia.
Cuando el viento soplaba con mucha violencia, lo volvía del revés, y dos o tres veces lo rompió, pero el hombre lo reparaba. Lo peor de todo, sin embargo, era que el botón que lo sujetaba cuando estaba cerrado, saltaba con mucha frecuencia, o se rompía la anilla que cerraba el varillaje.
Un día se cayó el botón; el hombre, buscándolo por el suelo, encontró en su lugar una de aquellas minúsculas peras de madera que había dado a los niños para jugar.
- No encuentro el botón -dijo el hombre-, pero este chisme, podrá servir lo mismo -. Hizo un agujero en él, pasó una cinta a su través, y la perita se adaptó a la anilla rota. Indudablemente era el mejor sujetador que había tenido el paraguas.
Cuando, al año siguiente, nuestro hombre envió su partida de puños de paraguas a la capital, envió también algunas de las peras de madera torneada con media anilla, rogando que las probasen; y de este modo fueron a parar a América. Allí se dieron muy pronto cuenta de que la perita sujetaba mejor que todos los botones, por lo que solicitaron del comerciante que, en lo sucesivo, todos los paraguas vinieran cerrados con una perita.
¡Cómo aumentó el trabajo! ¡Peras por millares! Peras de madera para todos los paraguas. Al hombre no le quedaba un momento de reposo, tornea que tornea. Todo el peral se transformó en pequeñas peras de madera. Llovían los chelines y los escudos.
- ¡En el peral estaba escondida mi suerte! -dijo el hombre. Y montó un gran taller con oficiales y aprendices. Siempre estaba de buen humor, y decía-: La suerte puede estar en un palito.
Yo, que cuento la historia, digo lo mismo.
Ya conocéis aquel dicho: «Ponte en la boca un palito blanco, y serás invisible». Pero ha de ser el palito adecuado, el que Nuestro Señor nos dio como prenda de suerte. Yo lo recibí, y, como el hombre de la historia, puedo sacar de él oro contante y sonante, oro reluciente, el mejor, el que brilla en los ojos infantiles, resuena en la boca del niño y también en la del padre y la madre. Ellos leen las historias y yo estoy a su lado, en el centro de la habitación, pero invisible, pues tengo en la boca el palito blanco. Si observo que les gusta lo que les cuento, entonces digo a mi vez: «¡La suerte puede estar en un palito!».




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