ESPAÑOL

El hijo del portero

DEUTSCH

Des Hauswarts Sohn


El general vivía en el primer piso, y el portero, en el sótano. Había una gran distancia entre las dos familias: primero las separaba toda la planta baja, y luego la categoría social.
Pero las dos moraban bajo un mismo tejado, con la misma vista a la calle y al patio, en el cual había un espacio plantado de césped, con una acacia florida, al menos en la época en que florecen las acacias. Bajo el árbol solía sentarse la emperejilada nodriza con la pequeña Emilia, la hijita del general, más emperejilado todavía. Delante de ellas bailaba, descalzo, el niño del portero. Tenía grandes ojos castaños y oscuro cabello y la niña le sonreía y le alargaba las manitas. Cuando el general contemplaba aquel espectáculo desde su ventana, inclinando la cabeza con aire complacido, decía:
- ¡Charmant!
La generala, tan joven que casi habría podido pasar por hija de un primer matrimonio del militar, no se asomaba nunca a la ventana a mirar al patio, pero tenía mandado que, si bien el pequeño de «la gente del sótano» podía jugar con la niña, no le estaba permitido tocarla, y el ama cumplía al pie de la letra la orden de la señora.
El sol entraba en el primer piso y en el sótano; la acacia daba flores, que caían, y al año siguiente daba otras nuevas. Florecía el árbol, y florecía también el hijo del portero; habríais dicho un tulipán recién abierto.
La hijita del general crecía delicada y paliducha, con el color rosado de la flor de acacia. Ahora bajaba raramente al patio; salía a tomar el aire en el coche, con su mamá, y siempre que pasaba saludaba con la cabeza al pequeño Jorge del portero. Al principio le dirigía incluso besos con la mano, hasta que su madre le dijo que era demasiado mayor para hacerlo.
Una mañana subió el mocito a llevar al general las cartas y los periódicos que habían dejado en la portería. Mientras estaba en la escalera oyó un leve ruido en el cuarto donde guardaban la arena blanca empleada para la limpieza de los suelos. Pensando que sería un pollito allí encerrado, abrió la puerta y se encontró ante la hijita del general, vestida de gasas y encajes.
- No lo digas a mis papás; se enfadarían.
- Pero, ¿qué pasa? ¿Qué sucede, señorita? - preguntó Jorge.
- Todo está ardiendo - respondió ella -. ¡Llamas y llamas!
Jorge abrió la puerta de la habitación de la niña. La cortina de la ventana estaba casi completamente quemada, y el barrote ardía. El niño lo hizo caer de un salto y pidiendo socorro a gritos. De no haber sido por él, la casa entera se hubiera incendiado.
El general y la generala interrogaron a Emilita.
- Sólo cogí una cerilla - dijo la niña -; prendió enseguida, y la cortina también. Escupí para apagar el fuego, escupí cuanto pude, pero no tenía bastante saliva, y entonces salí corriendo de la habitación, pues pensé que mis papás se enfadarían.
- ¡Escupir! - dijo el general -, ¿Qué palabrota es esa? ¿Cuándo la oíste a tu papá o a tu mamá? La aprendería ahí abajo.
A Jorgito, empero, le dieron una moneda de cuatro chelines, que no fue a parar a la pastelería, no, sino a la hucha. Y pronto hubo en ella los chelines suficientes para comprar una caja de lápices de colores, con los cuales pudo iluminar sus numerosos dibujos. Éstos fluían materialmente de los lápices y los dedos. Los primeros los regaló a Emilita.
- ¡Charmant! - exclamó el general. Hasta la generala admitió que se veía perfectamente la idea del chiquillo -. Tiene talento -. Estas palabras fueron comunicadas, para su satisfacción, a la mujer del portero.
El general y su esposa eran personas de la nobleza; tenían sus escudos de armas, cada cual el propio, en la portezuela del coche. La señora había hecho bordar el suyo en todas sus piezas de tela, tanto exteriores como interiores, así como en su gorro de dormir y en el bolso de cama. Era un escudo precioso, y sus buenos florines había costado a su padre, pues no había nacido con él, ni ella tampoco. Había venido al mundo demasiado pronto, siete años antes que el blasón. La mayoría de las personas lo recordaban; sólo la familia lo había olvidado. El escudo del general era antiguo y de gran tamaño; llevarlo encima habría sido como para que rechinaran los huesos, y ahora se le había añadido otro. Y a la señora generala parecía que se le oyeran rechinar los huesos cuando se dirigía en su carroza al baile de la Corte, toda tiesa y envarada.
El general era ya viejo y de cabello entrecano, pero montado en su caballo, hacía aún buena figura. Como estaba convencido de ello, salía todos los días a caballo, con su ordenanza a la distancia conveniente. Cuando entraba en una reunión parecía también hacerlo a caballo, y tenía tantas condecoraciones, que resultaba casi increíble. Pero, ¿qué iba a hacerle? Había entrado muy joven en la carrera militar, y había participado en muchas maniobras, todas en otoño y en tiempo de paz. De aquellos tiempos recordaba una anécdota, la única que sabía contar. Su suboficial cortó una vez la retirada a un príncipe, haciéndolo prisionero, por lo que éste hubo de entrar en la ciudad en calidad de cautivo, junto con un grupo de soldados, detrás del general.
Había sido un acontecimiento inolvidable, que el general narraba año tras año con regularidad, repitiendo siempre las memorables palabras que habla pronunciado al restituir el sable al príncipe:
«Sólo un suboficial pudo hacer prisionero a Vuestra Alteza; yo nunca». Y el príncipe había respondido: «Es usted incomparable». Jamás el general había tomado parte en una campaña de verdad. Cuando la guerra asoló el país, él entró en la carrera diplomática, y fue acreditado, sucesivamente, en tres Cortes extranjeras. Hablaba el francés tan a la perfección, que por esta lengua casi había olvidado la propia; bailaba bien, montaba bien, y las condecoraciones se acumulaban en su pecho en número incontable. Los centinelas le presentaban armas; una lindísima muchacha lo hizo también, y ello le valió ser elevada al rango de generala y tener una hijita encantadora, que parecía caída del cielo. Y el hijo del portero bailaba ante ella en el patio, y le regalaba todos sus dibujos y pinturas, que ella miraba complacida antes de romperlos. ¡Era tan delicada y tan linda!
- ¡Mi pétalo de rosa! - decíale la generala -. ¡Naciste para un príncipe!
El príncipe estaba ya en la puerta, pero nadie lo sabía. Las personas no ven nunca más allá del umbral.
- Hace poco nuestro pequeño partió su merienda con ella - dijo la mujer del portero -. No tenía ni queso ni carne, y, sin embargo, le gustó como si fuese buey asado. Se habría armado la gorda si llegan a verlo los generales; pero no se enteraron.
Jorge había compartido su merienda con Emilita, y muy a gusto habría compartido también su corazón si ello hubiese podido darle gusto. Era un buen muchacho, listo y despierto. A la sazón concurría a la escuela nocturna de la Academia, para perfeccionarse en el dibujo. Emilita también progresaba en sus conocimientos; hablaba francés con su ama, y tenía profesor de baile.

* * *

- Jorge va a recibir la confirmación para Pascuas - dijo la mujer del portero. Tan mayor era ya.
- Convendría ponerlo de aprendiz - observó el padre -. Habría que darle un buen oficio; y sería una carga menos.
- Pero tendrá que venir a dormir a casa - respondió la madre.
No es cosa fácil encontrar un maestro que disponga de dormitorio para aprendices. Igualmente tendremos que vestirlo, y, en cuanto a la comida, no supone un gran sacrificio, ya sabes que se contenta con unas patatas hervidas. Su instrucción no nos cuesta nada; déjalo que siga su camino. No nos pesará, ya lo verás. Lo dice su profesor.
El traje de confirmación estaba listo. La propia madre lo había confeccionado. Se lo había cortado un sastre de la vecindad, que tenía muy buenas manos. Como decía la portera, si hubiese dispuesto de medios y tenido un taller con oficiales, habría sido sastre de la Corte.
Los vestidos estaban listos, y el confirmando también. El día de la ceremonia, uno de los padrinos de Jorge, el más rico de todos un ex-mozo de almacén de edad ya avanzada, regaló a su ahijado un gran reloj de metal barato. Era un reloj viejo y muy usado que siempre adelantaba, pero mejor era eso que atrasar; fue un regalo espléndido. El obsequio de la familia del general consistió en un devocionario encuadernado en tafilete; se lo envió la señorita, a quien Jorge había regalado tantos dibujos. En la portada se leía su nombre y el de ella, con la expresión «afectuosa protectora». Lo había escrito la muchacha al dictado de la generala, y su marido, al leerlo, lo había encontrado charmant
- Verdaderamente es una gran atención, de parte de personas tan distinguidas - dijo la mujer del portero; y Jorge hubo de vestir su traje de confirmación, y, con su devocionario, subir a dar las gracias.
La generala estaba sentada, muy arropada, pues padecía jaqueca siempre que se aburría. Recibió a Jorge muy amablemente, lo felicitó y le deseó que nunca tuviera que sufrir aquel dolor de cabeza. El general iba en bata de noche, gorra de borla y botas rusas de caña roja. Por tres veces recorrió la habitación sumido en sus pensamientos y recuerdos; finalmente, se detuvo y pronunció el siguiente discurso:
- Así ya tenemos al pequeño Jorge hecho un cristiano. Sé también un hombre bueno y respeta a tus superiores. Cuando seas viejo, podrás decir: ¡Lo aprendí del general!
Fue sin duda el discurso más largo de cuantos el bravo militar habla pronunciado en toda su vida; luego volvió a reconcentrarse y adoptó un aire de gran dignidad. Pero de todo lo que Jorge oyó y vio en aquella casa, lo que más se grabó en su recuerdo fue la señorita Emilia. ¡Qué encantadora! ¡Qué dulce, vaporosa y distinguida! Si tuviera que pintarla, tendría que hacerlo en una pompa de jabón. Un fino perfume se exhalaba de todos sus vestidos y de su ensortijado cabello rubio. Habríase dicho un capullo de rosa recién abierto. ¡Y con aquella criatura había partido él un día su merienda! Ella se la había comido con verdadera voracidad, con un gesto de aprobación a cada bocado. ¿Se acordaría aún de aquello? Sí, seguramente; y en recuerdo le había regalado el hermoso devocionario.
A la primera luna nueva del año siguiente, siguiendo una vieja tradición, salió a la calle con un trozo de pan y un chelín, y abrió el libro al azar, buscando una canción que le descubriera su porvenir. Salió un cántico de alabanza y de gracias. Preguntó luego al oráculo por el destino de Emilita. Procedió con extremo cuidado, para no dar con un himno mortuorio, y, a pesar de todo, el libro se abrió en una página que hablaba de la muerte y de la sepultura; pero, ¡quién cree en esas tonterías! Y, sin embargo, experimentó una angustia infinita cuando, poco más tarde, la encantadora muchachita cayó enferma, y el coche del doctor se paraba cada mediodía delante de la puerta.
- No conservarán a la niña - decía la portera -. El buen Dios sabe bien a quién debe llamar a su lado.
No murió, sin embargo, y Jorge siguió componiendo dibujos y enviándoselos. Dibujó el palacio del Zar y el antiguo Kremlin tal y como era, con sus torres y cúpulas, que, en el dibujo del muchacho, parecían enormes calabazas verdes y doradas por el sol. A Emilita le gustaban mucho estas composiciones, y aquella misma semana Jorge le envió otras, representando también edificios, para que la niña pudiera fantasear acerca de lo que había detrás de las puertas y ventanas.
Dibujó una pagoda china, con campanillas en cada uno de sus dieciséis pisos, y dos templos griegos con esbeltas columnas de mármol y grandes escalinatas alrededor. Dibujó asimismo una iglesia noruega de madera; se veía que estaba construida toda ella de troncos y vigas, muy bien tallados y modelados, y encajados unos con otros con un arte singular. Pero lo más bonito de la colección fue un edificio, que él tituló «Palacio de Emilita», porque ella debía habitarlo un día. Era una invención de Jorge y contenía todos los elementos que le habían gustado más en las restantes construcciones. Tenía la viguería de talla, como la iglesia noruega; columnas de mármol, como el templo griego; campanillas en cada piso, y en lo alto, cúpulas verdes y doradas, como el Kremlin del Zar. Era un verdadero palacio infantil, y bajo cada ventana se leía el destino de la sala correspondiente: «Aquí duerme Emilia, aquí Emilia baila y juega a "visitas"». Daba gusto mirarlo, y causó la admiración de todos.
- ¡Charmant! - exclamó el general.
Pero el anciano conde - pues había un conde anciano, más distinguido aún que el general y propietario de un palacio propio y una gran hacienda señorial - no dijo nada. Enteróse de que lo había imaginado y dibujado el hijo del portero. Ya no era un niño, pues había recibido la confirmación. El anciano conde examinó los dibujos y se guardó su opinión.
Una mañana en que hacía un tiempo de perros, gris, húmedo, en una palabra, abominable, significó, sin embargo, para Jorge el principio de uno de los días más radiantes y bellos de su vida. El profesor de la Academia de Arte lo llamó.
- Escucha, amiguito - le dijo -, tenemos que hablar tú y yo. Dios te ha dotado de aptitudes excepcionales, y ha querido al mismo tiempo que no te faltase la ayuda de personas virtuosas. El anciano conde que vive en esta calle ha hablado conmigo. He visto tus dibujos, pero ahora no hablemos de ellos, pues tienen demasiado que corregir. Desde ahora podrás asistir dos veces por semana a mi escuela de dibujo y aprenderás a hacer las cosas como se debe. Creo que es mayor tu disposición para arquitecto que para pintor. Pero tienes tiempo para pensarlo. Preséntate hoy mismo al señor conde de la esquina, y da gracias a Dios por haber puesto a este hombre en tu camino.
Era una hermosa casa la del conde, allá en la esquina de la calle. Las ventanas estaban enmarcadas con relieve de piedra, representando elefantes y dromedarios, todo del tiempo antiguo, pero el anciano conde vivía de cara al nuevo y a todo lo bueno que nos ha traído, lo mismo si ha salido del primer piso como del sótano o de la buhardilla.
- Creo - observó la mujer del portero - que cuanto más de veras son nobles las personas, más sencillas son. Mira el anciano conde, ¡qué llano y amable! Y habla exactamente como tú y como yo; no lo hacen así los generales.
No estaba poco entusiasmado anoche Jorge, después de visitar al conde. Pues lo mismo me ocurre hoy a mí, después de haber sido recibida por este gran señor. ¿Ves lo bien que hicimos al no poner a Jorge de aprendiz? Tiene mucho talento.
- Pero necesita apoyo de los de fuera ­ observó el padre.
- Ya lo tiene - repuso la madre -. El conde habló con palabras muy claras y precisas.
- Pero la cosa salió de casa del general - opinó el portero y también a él debemos estarle agradecidos.
- Desde luego - respondió la madre -, aunque no creo yo que les debamos gran cosa. Daré las gracias a Dios, y se las daré también por el restablecimiento de Emilita.
La niña salía adelante, en efecto, y lo mismo hacía Jorge. Al cabo de un año ganó la segunda medalla de plata, y después, la primera.

* * *

- ¡Más nos hubiera valido ponerlo de aprendiz! - exclamaba llorando la mujer del portero -; así lo hubiéramos tenido a nuestro lado. ¿Qué se le ha perdido en Roma? No volveré a verlo, aunque regrese algún día. ¡Pero nunca volverá mi hijo querido!
- ¡Pero si es por su bien, si es un gran honor para él! - la consolaba el padre.
- Gracias por tus consuelos - protestó la mujer -, pero ni tú mismo crees lo que estás diciendo. ¡Estás tan triste como yo!
La aflicción de los padres era justificada, pero no lo era menos el viaje. Para el muchacho era una gran suerte, decía la gente.
Llegó la hora de despedirse, incluso de la familia del general. La señora no salió, pues sufría de fuerte jaqueca. El general le repitió su única anécdota, lo que había dicho al príncipe y la respuesta de éste: «Es usted incomparable». Luego le tendió la blanda mano. Emilia se la estrechó a su vez, parecía afligida, pero Jorge estaba aún más triste.

* * *

El tiempo pasa deprisa cuando se trabaja; pero también cuando no se hace nada. El tiempo es igual de largo, pero no de útil. Para Jorge era provechoso, pero no largo ni mucho menos, excepto cuando pensaba en los seres queridos que había dejado en casa. ¿Qué tal irían las cosas en el primer piso y en el sótano? Se escribían, naturalmente. ¡Cuántas cosas puede reflejar una carta! Días de sol y otros turbios y difíciles. Así llegó una anunciando que su padre había muerto y que la madre quedaba sola. Emilia se había portado como un ángel de consuelo. Había bajado al sótano, escribía la madre, añadiendo que le permitían continuar de portera.

* * *

La generala llevaba su diario, en el que registraba cada baile y cada tertulia a que había concurrido, así como las visitas de todos los forasteros. El diario estaba ilustrado con las tarjetas de los diplomáticos y de la alta nobleza; la dama estaba orgullosa de su diario. Había ido creciendo a lo largo del tiempo, a costa de horas, bajo fuertes jaquecas, pero también como fruto de claras noches, es decir, de bailes cortesanos. Emilia había asistido ya al primer baile; su madre llevaba un vestido rojo brillante, con encajes negros: traje español. La hija iba de blanco, fina y exquisita. Cintas de seda verde ondeaban como juncos entre sus dorados rizos, coronados por una guirnalda de lirios de agua. Sus ojos despedían un brillo azul y límpido, su boca era roja y delicada; toda ella era comparable a una sirena, hermosa hasta lo indecible. Tres príncipes bailaron con ella, uno tras otro, naturalmente. La generala estuvo luego ocho días sin que le doliera la cabeza.
Mas aquel baile no fue el único, en perjuicio de la salud de Emilia. Por eso fue una suerte que llegase el verano, con su descanso y su vida al aire libre. El anciano conde invitó a la familia a su palacio.
Este palacio tenía un parque admirable. Una parte de él se conservaba como en sus tiempos primitivos, con espesos setos verdes, que no parecía sino que uno anduviese entre verdes mamparas interrumpidas por mirillas. Bojes y tejos estaban cortados en figura de estrellas y pirámides, y el agua brotaba de grutas de concha; en derredor había estatuas de mármoles rasos, de bellos rostros y nobles ropajes. Cada arriate tenía una forma distinta; uno figuraba un pez, otro un escudo de armas, otro unas iniciales. Ésta era la parte francesa del parque. Desde ella se penetraba en el bosque fresco y verde, donde los árboles crecían en plena libertad; por eso eran tan grandes y tan magníficos. El césped era verde y mullido y le pasaban con frecuencia el rodillo, lo segaban y cuidaban para que se pudiera andar sobre él como sobre una alfombra. Era la parte inglesa del jardín.
- La época antigua y la nueva - decía el conde -. Aquí al menos se armonizan, y la una valoriza a la otra. Dentro de dos años el palacio tendrá su auténtico carácter. Van a embellecerlo y mejorarlo a fondo. Les mostraré los dibujos y les presentaré al arquitecto, a quien he invitado a comer.
- ¡Charmant! - respondió el general.
- ¡Un verdadero paraíso! - exclamó la generala -; y allí tiene además un castillo medieval.
- Es mi gallinero - replicó el conde -. Las palomas viven en la torre, los pavos, en el primer piso; pero abajo reina la vieja Elsa. En todos lados tiene habitaciones para huéspedes; las cluecas viven independientes, las gallinas con sus polluelos, también, y los patos tienen una salida especial al agua.
- ¡Charmant! - repitió el general.
Y todos se dirigieron a ver aquella maravilla.
En el centro de la habitación estaba la vieja Elsa, y a su lado su hijo, el arquitecto Jorge. Él y Emilita se volvían a encontrar al cabo de bastantes años, y el encuentro ocurría en el gallinero. Sí, allí estaba él, y de verdad que era un apuesto mozo. Abierta y resuelta era la expresión de su rostro, brillante su negro cabello, y en sus labios se dibujaba una sonrisa, como queriendo significar: a mí no me las dais, os conozco a fondo. La anciana no llevaba zuecos; se había puesto medias en honor de los distinguidos visitantes. Las gallinas cloqueaban, y el gallo cacareaba, y los patos anadeaban con su «rap, rap» camino del agua. Pero la fina muchacha, la amiga de su niñez, la hija del general, permanecía de pie, con un rubor en sus mejillas, de ordinario tan pálidas, los grandes ojos abiertos, la boca tan elocuente, a pesar de que no salía de ella ni una palabra. Y el saludo que él recibió fue el más amable que un joven pudiera esperar de una damita que no perteneciese a una encumbrada familia o hubiese bailado más de una vez con él. Pues ella y el arquitecto nunca habían bailado juntos.
El conde tomó la mano del joven y lo presentó:
- No les es del todo desconocido nuestro joven amigo, don Jorge.
La generala correspondió con una inclinación, la hija estuvo a punto de ofrecerle la mano, pero se retuvo.
- ¡Nuestro pequeño amigo Jorge! - dijo el general -. Viejos amigos de casa. ¡Charmant!
- Viene usted hecho un perfecto italiano - le dijo la generala. - Hablará la lengua como un nativo, ¿verdad?
- Mi señora no habla el italiano, pero lo canta - explicó el general.
En la mesa, Jorge se sentó a la derecha de Emilia; el general había entrado del brazo de ella, mientras el conde lo daba a la generala.
Don Jorge habló y contó, y lo hizo bien; él fue quien ayudado por el anciano conde, animó la mesa con sus relatos y su ingenio. Emilia callaba, atento el oído, la mirada brillante. Pero no dijo nada.
Ella y Jorge se reunieron en la terraza, entre las flores; un rosal los ocultaba. De nuevo Jorge tenía la palabra; fue el primero en hablar.
- Gracias por su amable conducta con mi anciana madre - le dijo -. Sé que la noche en que falleció mi padre, usted bajó a su casa y permaneció a su lado hasta que se cerraron sus ojos. ¡Gracias! -. Y cogiendo la mano de Emilia, la besó; bien podía hacerlo en aquella ocasión. Un vivo rubor cubrió las mejillas de la muchacha, que le respondió apretándole la mano y mirándole con sus expresivos ojos azules.
- Su madre es tan buena persona... ¡Cómo lo quiere! Me dejaba leer todas sus cartas; creo que lo conozco bien. ¡Qué bueno fue usted conmigo cuando yo era niña! Me daba dibujos...
- Que usted rompía - interrumpió Jorge.
- No, conservo aún una obra suya, en mi palacio.
- Ahora voy a construirlos de verdad - dijo Jorge, entusiasmándose con sus propias palabras.
El general y la generala discutían en su habitación acerca del hijo del portero, y convenían en que sabía moverse y expresarse. - Podría ser preceptor - dijo el general.
- Tiene ingenio - se limitó a observar la generala.

* * *

Durante los dulces días de verano, don Jorge iba con frecuencia al palacio del conde. Lo echaban de menos si no lo hacía.
- Cuántos dones le ha hecho Dios, con preferencia a nosotros, pobres mortales - le decía Emilia .- ¿No le está muy agradecido?
A Jorge le halagaba oír aquellas alabanzas de labios de la hermosa muchacha, en quien encontraba altísimas aptitudes.
El general estaba cada vez más persuadido de la imposibilidad de que Jorge hubiese nacido en un sótano.
- Por otra parte, la madre era una excelente mujer - decía -. He de reconocerlo, aunque sea sobre su tumba.
Pasó el verano, llegó el invierno y nuevamente se habló de don Jorge. Era bien visto, y se le recibía en los lugares más encumbrados; el general hasta se encontró con él en un baile de la Corte.
Organizaron otro en casa en honor de la señorita Emilia. ¿Sería correcto invitar a don Jorge?
- Cuando el Rey invita, también puede hacerlo el general - dijo éste, creciéndose lo menos una pulgada.
Invitaron a don Jorge, y éste acudió; y acudieron príncipes y condes, y cada uno bailaba mejor que el anterior. Pero Emilia sólo bailó el primer baile; le dolía un pie, no es que fuera una cosa de cuidado, pero tenía que ser prudente, renunciar a bailar y limitarse a mirar a los demás. Y se estuvo sentada, mirando, con el arquitecto a su lado.
- Parece usted dispuesto a darle la basílica de San Pedro toda entera - dijo el general, pasando ante ellos con una sonrisa, muy complacido de sí mismo.
Con la misma sonrisa complaciente recibió a don Jorge unos días más tarde. Probablemente el joven venía a dar las gracias por la invitación al baile. ¿Qué otra cosa, si no? Pero, no: era otra cosa.
La más sorprendente, la más extravagante que cupiera imaginar: de sus labios salieron palabras de locura; el general no podía prestar crédito a sus oídos. «¡Inconcebible!», una petición completamente absurda: don Jorge solicitaba la mano de Emilita.
- ¡Señor mío! - exclamó el general, poniéndose colorado como un cangrejo -. No lo comprendo en absoluto. ¿Qué dice usted? ¿Qué quiere? No lo conozco. ¿Cómo ha podido ocurrírsele venir a mi casa con esta embajada? No sé si debo quedarme o retirarme ­ y andando de espaldas, se fue a su dormitorio y lo cerró con llave, dejando solo a Jorge. Éste aguardó unos minutos y luego se retiró.
En el pasillo estaba Emilia.
- ¿Qué contestó mi padre? - dijo con voz temblorosa.
Jorge le estrechó la mano.
- Me dejó plantado. ¡Otro día estaré de mejor suerte!
Las lágrimas asomaron a los ojos de Emilia. En los del joven brillaban la confianza y el ánimo; el sol brilló sobre los dos, enviándoles su bendición.
Entretanto el general seguía en su habitación, fuera de sí por la ira. Su rabia le hacía desatarse en improperios:
- ¡Qué monstruosa locura! ¡Qué desvaríos de portero!.
Menos de una hora después, la generala había oído la escena de boca de su marido. Llamó a Emilia a solas.
- ¡Pobre criatura! ¡Ofenderte de este modo! ¡Ofendernos a todos!
Veo lágrimas en tus ojos, pero te favorecen. Estás encantadora llorando. Te pareces a mí el día de mi boda. ¡Llora, llora, Emilia querida!
- Sí, habré de llorar - replicó la muchacha - si tú y papá no decís que sí.
- ¡Hija! - exclamó la generala -. Tú estás enferma, estás delirando, y por tu culpa voy a recaer en mi terrible jaqueca. ¡Qué desgracia ha caído sobre nuestra casa! ¿Quieres la muerte de tu madre, Emilia? Te quedarás sin madre.
Y a la generala se le humedecieron los ojos; no podía soportar la idea de su propia muerte.
En la sección de nombramientos traía el periódico que don Jorge había sido nombrado catedrático, categoría quinta, número ocho.
- Lástima que sus padres estén en la tumba y no puedan leerlo - dijeron los nuevos porteros, que ocupaban a la sazón el sótano de la casa donde residía el general. Sabían que aquel catedrático había nacido y crecido entre aquellas cuatro paredes.
- Ahora tendrá que pagar el impuesto de su categoría - dijo el hombre.
- Debe de ser mucho para un muchacho pobre - asintió la mujer.
- Dieciocho florines anuales - respondió él -. Es mucho dinero. - No hablo de eso, me refiero a su posición - protestó la mujer -. ¡Cómo puedes pensar que le preocupe el dinero! Gana mucho, y seguramente se casará con una muchacha rica. Si nosotros tuviésemos hijos, uno por lo menos tendría que ser catedrático y arquitecto.
En el sótano se hablaba de Jorge con simpatía; también en el primer piso. El anciano conde se hacía lenguas de él.
Dieron ocasión a ello los dibujos de su niñez. Pero, ¿por qué se hablaba de ellos? Hablóse de Rusia, de Moscú, y salió a relucir el Kremlin, que Jorge de niño había dibujado para la señorita Emilia. ¡Había dibujado tantas cosas! Y el anciano conde se acordaba particularmente de una: «el palacio de Emilita», donde ella dormía, donde bailaba y jugaba «a visitas». El profesor tenía gran talento, indudablemente llegaría a consejero; no tenía nada de imposible. Quién sabe si no construirla un palacio de verdad para nuestra damita. ¿Por qué no?
- El conde estaba hoy muy de broma - observó la generala después que aquél se hubo marchado. El general meneó la cabeza con aire dubitativo, salió a dar un paseo a caballo, con el ordenanza siguiéndolo a distancia conveniente, y él más erguido que de costumbre en el soberbio corcel.
El día del cumpleaños de Emilita llegaron a la casa flores y libros, cartas y tarjetas. La generala le dio un beso en la boca, el general se lo dio en la frente. Eran padres cariñosos, y ellos y su hijita recibieron distinguidas visitas, entre ellas dos príncipes. Hablóse de bailes y teatros, de misiones diplomáticas, de países extranjeros y del propio Gobierno. Tratóse de eficiencia, de la eficiencia del propio país, y esto llevó la conversación, a la personalidad del joven catedrático, el señor arquitecto.
- Se está creando un gran nombre - díjose, entre otras cosas indudablemente se construirá también el nido en una de las primeras familias.
- Una de las primeras familias - repitió más tarde el general en presencia de su esposa -. ¿A quién entenderán por una de las primeras familias?
- Ya sé a quién aludían - respondió la generala -, pero me lo callo. No quiero hacer conjeturas. Dios dispone las cosas, pero la verdad es que me sorprendería.
- También yo estoy sorprendido - replicó el general -; no tengo ni la menor idea en la cabeza - y se sumió en profundos pensamientos.
Hay un poder, un poder increíble en la misericordia del cielo, en el favor de la Corte, en la gracia de Dios; y todos estos dones de la gracia habían sido concedidos al pequeño Jorge. Pero nos olvidamos del cumpleaños.
La habitación de Emilia estaba impregnada de perfume de flores, obsequio de amigos y amigas; sobre la mesa yacían hermosos presentes de felicitación y recuerdo, pero no había ni uno solo de Jorge, aunque no era necesario, pues la casa se acordaba de él. Incluso el cuarto de la arena situado al pie de la escalera, mostraba la flor del recuerdo: allí se había escondido Emilia cuando se incendió la cortina, y Jorge fue el primero en acudir. Una mirada por la ventana, y la acacia del patio recordaba los tiempos de la infancia. Las flores y las hojas habían caído, pero el árbol estaba cubierto de escarcha, como una enorme rama de coral. Y la luna llena enviaba su luz clara por entre las ramas, siempre igual dentro de sus metamorfosis, como aquel día en que Jorge compartiera su merienda con Emilita.
La muchacha sacó de un cajón los dibujos del palacio del Zar y del suyo propio, aquellos recuerdos de Jorge. Los contempló, y numerosos pensamientos acudieron a su mente. Recordó el día en que, sin ser vista por sus padres, había ido a la casa de la mujer del portero, que se hallaba moribunda. Sentóse a su vera, le tuvo cogida la mano y escuchó sus últimas palabras: «¡Bendita! ¡Jorge!». La madre pensaba en su hijo. Ahora Emilia les daba su particular significación. Sí, Jorge la acompañaba en su cumpleaños, estaba allí de verdad.
Daba la casualidad de que al día siguiente se celebraba en la casa otro cumpleaños: el del general. Había nacido un día después que su hija, aunque muchos años antes, como es natural. Vinieron más regalos, entre ellos una silla de montar preciosa, cómoda y de gran valor, digna de un príncipe. ¿De quién procedía? El general estaba encantado. La habían traído junto con un billetito en el que se leía: «Muchas gracias por el bello día de ayer». Nosotros tal vez hubiéramos podido adivinar de quién venía. Pero la firma decía: «De alguien a quien el señor general no conoce».
- ¿Acaso hay alguien en el mundo a quien yo no conozca? - dijo el general -. ¡Si conozco a todo el mundo! - y su mente recorría los círculos de la alta sociedad -. Será de mi esposa - dijo al fin - habrá querido gastarme una broma. ¡Charmant! - Pero ella ya no le gastaba bromas. Aquel tiempo había pasado.

* * *

Otra vez era fiesta, aunque no en casa del general. Uno de los príncipes había organizado un baile de disfraces, y se permitía la entrada a las máscaras.
El general se presentó de Rubens, en traje español con alzacuello y daga, muy apuesto; la generala iba de esposa del pintor, en vestido de terciopelo negro cerrado hasta el cuello, horriblemente caluroso, con una rueda de molino alrededor del cuello - quiero decir un gran alzacuello, naturalmente -, reproducción exacta de un retrato flamenco que poseía el general y que solía provocar la admiración por las manos, muy parecidas a las de la generala.
Emilia iba disfrazada de Psiquis, en crespón y encajes. Se podía comparar con un flotante plumaje de cisne. No es que se sirviera de las alas, pero las llevaba porque así lo requería el personaje representado.
Era una escena de esplendor y magnificencia, un mar de luz y flores, de riqueza y gusto raros. Había tanto que ver, que hasta las hermosas manos de la esposa de Rubens pasaron inadvertidas.
Un negro dominó, con una flor de acacia en el gorro, bailó con Psiquis.
- ¿Quién es? - preguntó la generala.
- Su Alteza Real - respondió el general -. No me cabe la menor duda; lo reconocí enseguida en su apretón de manos.
La generala no estaba muy segura de ello.
El general Rubens, convencido de tener razón, se acercó al dominó negro y dibujó en la mano las iniciales del real nombre, pero le fue respondido con una negativa, si bien le dieron una indicación: la divisa de la silla de montar.
- Alguien a quien el general no conoce.
- Pero ahora sí lo conozco - respondió el general -. Usted me envió la silla.
El dominó levantó la mano y desapareció entre la multitud.
- Emilia, ¿quién es el dominó negro con quien bailaste? - preguntó la generala.
- No le he preguntado el nombre - respondió la muchacha.
- Porque ya lo sabías; es el profesor. Su protector, el conde, está también aquí - prosiguió la madre, volviéndose al conde, que estaba al lado -. Dominó negro con la flor de acacia.
- Muy posible, señora - contestó él -, pero uno de los príncipes lleva un disfraz exactamente igual.
- Lo conozco por el apretón de manos - dijo el general -. Recibí una silla de montar del príncipe. Estoy tan seguro de la cosa, que me aventuro a invitarlo a mi casa.
- Pues hágalo. Si es el príncipe, seguro que viene - lo animó el conde.
- Y si es el otro, apuesto a que no viene - añadió el general, acercándose al dominó negro, que estaba justamente hablando con el Rey. El general le dirigió una respetuosísima invitación, expresando su deseo de entablar amistad. El hombre se sonreía, seguro de sí, mientras formulaba la invitación; habló en voz alta y clara.
Entonces el dominó se quitó la máscara: era Jorge.
- ¿Mantiene el señor general la invitación? - preguntó.
El general se irguió altivamente, adoptó una actitud firme, dio dos pasos atrás y uno hacia delante como si bailase un minué, y en sus rasgos se reflejó una expresión como sólo podía reflejar el distinguido rostro del general. Pero luego dijo:
- Jamás retiro mi palabra; el señor catedrático está invitado - y se inclinó, dirigiendo una mirada al Rey, que indudablemente había oído el diálogo.

* * *

Había banquete en casa del general, y sólo el conde y su protegido habían sido invitados.
- Se han echado los cimientos - pensó Jorge; y, en efecto, los cimientos, en la casa de los generales, quedaron puestos con gran solemnidad.
El hombre vino, y, como el general ya sabía, habló como un miembro de la buena sociedad y resultó sumamente interesante, hasta el punto de que el general hubo de exclamar varias veces: «¡Charmant!». La generala comentó luego su «diner», entre otras personas, con una dama de la Corte, y ésta, señora inteligentísima, rogó que la invitasen con motivo de la próxima visita del catedrático. Por eso no hubo más remedio que volver a invitar a éste, y él acudió y se mostró nuevamente «charmant»; hasta resultó que sabía jugar al ajedrez.
- Ése no ha salido del sótano - dijo el general -, no cabe duda de que es de noble alcurnia. Hay muchos como él, y el muchacho no tiene la culpa.
El señor profesor, que era recibido en palacio, bien podía tener entrada en la casa del general, pero que pudiese echar raíces en ella, ¡de esto ni hablar!, a pesar de que en toda la ciudad no se decía otra cosa.
Y echó raíces, sí, señor. El rocío de la gracia descendió de lo alto. Por eso no produjo sorpresa a nadie el hecho de que, al ser nombrado el señor profesor Consejero de Estado, Emilia fuera elevada al rango de señora consejera.
- La vida es una tragedia o una comedia - dijo el general -; en la tragedia, mueren; en la comedia, se casan.
En esta ocasión se casaron. Y tuvieron tres rollizos chiquillos, aunque no de una vez.
Cuando iban a ver a los abuelos, los niños montaban el caballo de madera y corrían por las salas y los dormitorios. Y el general montaba también detrás de ellos, «como un jockey de los pequeños consejeros de Estado».
La generala permanecía sentada en el sofá, sonriente, incluso cuando la molestaba la jaqueca.

* * *

Y de este modo se encumbró Jorge, y llegó mucho más alto todavía; de otro modo no habría valido la pena de contar la historia del hijo del portero.
Der General wohnte im ersten Stockwerk, der Hauswart wohnte im Keller; es war ein großer Abstand zwischen den beiden Familien, das ganze Erdgeschoß und die Rangordnung; aber unter einem Dache wohnten sie und mit der Aussicht auf die Straße und den Hof. Und auf dem Hof war ein Rasenplatz mit einer blühenden Akazie, wenn sie blühte, und darunter saß zuweilen eine geputzte Amme mit dem noch mehr geputzten Kind des Generals, der "kleinen Emilie." Vor ihnen tanzte auf seinen bloßen Beinen des Hauswarts kleiner Junge mit den großen braunen Augen und dem dunklen Haar, und die Kleine lachte ihm zu und streckte die Händchen nach ihm aus, und wenn der General das von seinem Fenster aus sah, so nickte er hinunter und sagte: "Charmant!" Die Generalin selber, die so jung war, daß sie fast ihres Gatten Tochter aus einer frühen Ehe hätte sein können, sah nie zu dem Fenster auf den Hof hinaus, aber sie hatte Befehl gegeben, der kleine Junge aus dem Keller dürfe gern mit dem Kinde spielen, es aber nicht anrühren. Die Amme gehorchte genau dem Befehl der gnädigen Frau.

Und die Sonne schien zu den Bewohnern des ersten Stockwerks und zu denen im Keller hinein, die Akazie setzte Blüten an, und sie fielen wieder ab, und im nächsten Jahr kamen neue; der Baum blühte, und des Hauswarts kleiner Sohn blühte, er sah aus wie eine frische Tulpe.

Die kleine Tochter des Generals blieb fein und bleich wie das blaßrosa Blatt der Akazienblüte. Jetzt kam sie nur noch selten hinunter zu dem Baum, sie schöpfte frische Luft in der Kutsche. Sie fuhr mit Mama spazieren, und dann nickte sie immer Hauswarts Georg zu, ja, warf ihm ein Kußhändchen zu, bis ihre Mutter sagte, daß sie jetzt zu groß dazu sei.

Eines Morgens sollte er dem General die Zeitungen und Briefe hinaufbringen, die der Postbote unten beim Hauswart abgegeben hatte. Als er die Treppe hinauflief und an der Tür zum Sandloch vorbeikam, hörte er etwas da drinnen piepsen; es glaubte, es sei ein Küchlein, das sich dahinein verirrt habe, und statt dessen war es des Generals kleines Töchterchen in Flor und Spitzen.

"Sag es nur ja nicht Papa und Mama, denn dann werden sie böse!"

"Aber was ist denn dies hier, kleines Fräulein?" fragte Georg.

"Es brennt alles zusammen!" sagte sie. "Es brennt lichterloh!"

Georg öffnete die Tür zum Kinderzimmer. Die Gardine am Fenster war fast heruntergebrannt, der Gardinenhalter stand in Flammen. Georg sprang hinauf, riß die Stange herunter, rief Leute herbei; ohne ihn wäre ein Hausbrand entstanden.

Der General und die Generalin examinierten die kleine Emilie.

"Ich hab nur ein einziges Streichholz genommen," sagte sie, "da brannte es gleich, und die Gardine brannte auch gleich. Ich spuckte, um zu löschen, ich spuckte, soviel ich nur konnte, aber ich hatte nicht Spucke genug, und da lief ich hinaus und versteckte mich, weil Papa und Mama böse werden."

"Du spucktest!" sagte der General. "Was für ein Wort ist das! Wenn hast du gehört, daß Papa oder Mama "spucken" gesagt haben? Das wirst du unter gehört haben!"

Aber der kleine Georg bekam vier Schilling. Die wurden nicht beim Konditor angelegt, sie wanderten in die Sparkasse, und bald waren da so viele Schillinge, daß er sich einen Malkasten kaufen konnte, und nun malte er alle seine Zeichnungen an. Er hatte eine ganze Menge Zeichnungen, die kamen ihm förmlich aus den Fingern und aus dem Bleistift heraus. Die ersten bunten Bilder schenkte er der kleinen Emilie.

"Charmant!" sagte der General; selbst die Generalin gab zu, daß man deutlich sehen könne, was der Kleine sich gedacht hatte. "Genie hat er!" Die Worte brachte die Frau des Hauswarts mit in den Keller hinab.

Der General und seine Frau waren vornehme Leute; sie hatten zwei Wappen an ihrem Wagen; eins für einen jeden von ihnen; die gnädige Frau hatte das Wappen auf jedem Kleidungsstück, auswendig und inwendig, auf ihrer Nachtmütze und ihrer Nachtzeugtasche. Das eine Wappen, das der Gnädigen, war ein kostbares Wappen, ihr Vater hatte es für blanke Taler gekauft, denn er war nicht damit geboren, sie auch nicht; sie war zu früh gekommen, sieben Jahre vor dem Wappen; dessen erinnerten sich die meisten Leute, nur nicht die Familie. Das Wappen des Generals war alt und groß, es war keine Kleinigkeit, es mit Anstand zu tragen, geschweige denn, zwei Wappen zu tragen. Das sah man der Generalin denn auch an, wenn sie steif und stattlich zum Hofball fuhr.

Der General war alt und grau, aber er saß gut zu Pferd, das wußte er, und jeden Tag ritt er aus, seinen Reitknecht in passendem Abstand hinter sich. Wenn er in Gesellschaft kam, so sah es aus, als komme er auf seinem hohen Roß hereingeritten, und er hatte so viele Orden, daß es fast unbegreiflich war, aber das war nun wirklich nicht seine Schuld. Als ganz junger Mann hatte er die militärische Karriere eingeschlagen und hatte alle die großen Herbstmanöver mitgemacht, die in Friedenszeiten über die Truppen abgehalten wurden. Aus jeder Zeit stammte eine Anekdote, die einzige, die er zu erzählen wußte: sein Unteroffizier schnitt einem der Prinzen den Rückzug ab und machte ihn zum Gefangenen, und nun mußte der Prinz mit seinem kleinen Trupp gefangener Soldaten, selber als Gefangener, hinter dem General her in die Stadt einreichten. Das war ein unvergleichliches Ereignis, das während all der Jahre von dem General wieder erzählt wurde mit genau denselben denkwürdigen Worten, die er gesagt hatte, als er dem Prinzen den Säbel wieder überreicht: "Nur mein Unteroffizier konnte Eure Hoheit gefangennehmen, ich hätte es nie gekonnt!" Und der Prinz hatte ihm darauf geantwortet: "Sie sind unvergleichlich!" In einem wirklichen Krieg war der General niemals gewesen; als es wirklich Krieg gab, war der General zur Diplomatie übergegangen und hielt sich längere Zeit an drei verschiedenen ausländischen Höfen auf. Er sprach die französische Sprache so gut, daß er seine Muttersprache fast ganz vergaß; er tanzte gut, er ritt gut, eine Unmenge von Orden schmückten seine Brust; die Schildwachen präsentierten vor ihm, eins der schönsten Mädchen ward seine Gattin, und sie bekamen ein entzückendes kleines Kind, es war so liebreizend, daß man hätte denken können, es sei vom Himmel gefallen, und der Sohn des Hauswarts tanzte auf dem Hofe vor ihm und schenkte ihm alle seine buntgemalten Zeichnungen, und die Kleine sah sie an und freute sich darüber und zerriß sie. Sie war so fein und so niedlich.

"Mein Rosenblatt!" sagte die Generalin. "Für einen Prinzen bist du geboren!" Der Prinz stand bereits draußen vor der Tür, man wußte es nur nicht; die Menschen sehen nicht weit über die Türschwelle hinaus.

"Neulich hat unser Junge, weiß Gott, sein Butterbrot mit ihr geteilt!" sagte die Frau des Hauswarts. "Es war weder Käse noch Fleisch darauf, aber es hat ihr geschmeckt, als wenn es Rinderbraten gewesen wäre. Das hätte was gegeben, wenn Generals die Mahlzeit gesehen hätten, aber sie haben es gottlob nicht gesehen!"

Georg hatte sein Butterbrot mit der kleinen Emilie geteilt; gern hätte er sein Herz mit ihr geteilt, wenn es ihr nur Vergnügen gemacht hätte. Er war ein guter Junge, er war aufgeweckt und klug, er besuchte jetzt die Abendschule der Akademie, um richtig zeichnen zu lernen. Die kleine Emilie machte ebenfalls Fortschritte in bezug auf Kenntnisse; sie sprach französisch mit ihrer Bonne und hatte Unterricht beim Tanzmeister.

"Zu Ostern soll Georg eingesegnet werden!" sagte die Frau des Hauswarts; so weit war Georg.

"Am richtigsten wäre es wohl, wenn er dann in die Lehre käme," sagte der Vater. "Eine anständige Profession muß es sein! Und dann sind wir ihn aus dem Hause los!"

"Er wird doch bei uns schlafen müssen!" sagte die Mutter. "Es ist nicht leicht, einen Meister zu finden, der Platz hat. Kleiden müssen wir ihn ja auch, das bißchen Essen, was er ißt, werden wir auch schon aufbringen, mit ein paar gekochten Kartoffeln ist er ja zufrieden, freien Unterricht hat er. Laß du ihn nur seinen Weg gehen, du sollst sehen, wir werden Freude an ihm erleben, das hat der Professor auch gesagt!"

Der Konfirmationsanzug war fertig, Mutter hatte ihn selber genäht, aber er war vom Flickschneider zugeschnitten, und der hatte einen guten Schnitt; wäre er anders gestellt gewesen, so daß er eine Werkstatt mit Gesellen hätte halten können, so hätte der Mann sehr wohl Hofschneider werden können, sagte die Frau des Hauswarts.

Die Kleider waren fertig, und der Konfirmand war bereit. Georg erhielt an seinem Konfirmationstag eine große Tombakuhr von seinem Paten, dem alten Gehilfen des Speckhökers. der der wohlhabendste von Georgs Paten war. Die Uhr war alt und erprobt, sie ging immer vor, aber das ist besser, als wenn sie nachgeht. Das war ein kostbares Geschenk; und von Generals kam ein Gesangbuch in Saffianleder, von dem kleinen Fräulein gesandt, dem Georg so oft Bilder geschenkt hatte. Voran im Buch stand sein Name und ihr Name und "Huldvolle Gönnerin." Das war nach dem Diktat der Generalin geschrieben, und der General hatte es durchgelesen und "Charmant!" dazu gesagt.

"Das war wirklich eine große Aufmerksamkeit von einer so vornehmen Herrschaft," sagte die Frau des Hauswarts; und Georg mußte in seinem Konfirmationsanzug und mit dem Gesangbuch hinauf und sich bedanken. Die Generalin saß ganz eingehüllt da und hatte ihre großen Kopfschmerzen, die sie immer hatte, wenn sie sich langweilte. Sie sah Georg sehr freundlich an und wünschte ihm alles Gute und daß er niemals ihre Kopfschmerzen bekommen möchte. Der General war im Schlafrock und Zipfelmütze und hatte russische Stiefel mit roten Schäften an; er ging dreimal im Zimmer auf und nieder, in Gedanken und Erinnerungen versunken, dann blieb er stehen und sagte:

"Lieber Georg, so bist du denn also jetzt in die Christenheit aufgenommen! Sei auch ein braver Mann, der seine Obrigkeit ehrt! Wenn du einstmals ein alter Mann bist, kannst du sagen, daß dir der General diesen Ratschlag mit auf den Weg gegeben hat!"

Dies war eine längere Rede, als wie sie der General sonst hielt, darauf kehrte er wieder zu seinen stillschweigenden Betrachtungen zurück und sah vornehm aus. Doch von allem, was Georg hier oben sah und hörte, haftete das kleine Fräulein Emilie am festesten in seinem Gedächtnis. Wie süß und sanft war sie doch, wie schwebend, wie fein! Wenn sie abgezeichnet werden sollte, mußte es in einer Seifenblase geschehen. Es hing ein Duft in ihren Kleidern, in ihrem blondgelockten Haar, als sei sie ein eben erblühter Rosenstock; und mit ihr hatte er einmal sein Butterbrot geteilt! Sie hatte es mit mächtigem Appetit verzehrt und ihm bei jedem zweiten Bissen zugenickt. Ob sie sich dessen noch entsann? Freilich, sie hatte ihm ja in Erinnerung hieran das schöne Gesangbuch geschenkt, und als zum erstenmal wieder der erste Neumond im neuen Jahr am Himmel stand, ging er mit einem Stück Brot und einem Schilling hinaus und schlug im Gesangbuch auf, um zu sehen, welcher Gesang für ihn bestimmt sei. Es war ein Lob- und Danklied; und dann schlug er auf, um zu sehen, was der kleinen Emilie bestimmt sein würde; er nahm sich recht in acht, daß er nicht dort aufschlug, wo die Sterbelieder standen, und dann geriet er trotzdem zwischen Grab und Tod. Aber es war ja Unsinn, an so etwas zu glauben. Und doch ergriff ihn eine große Angst, als das reizende kleine Mädchen bald darauf das Bett hüten mußte und jeden Mittag der Wagen des Doktors vor der Tür hielt.

"Sie behalten sie nicht!" sagte die Frau des Hauswarts. "Der liebe Gott weiß auch, wen er gerne haben möchte!"

Aber sie behielten sie; und Georg zeichneten Bilder und schickte sie ihr; er zeichnete das Schloß des Zaren, den alten Kreml in Moskau, genau so, wie er dastand mit Kuppeln und Türmen, sie sahen aus wie sieben große grüne und vergoldete Gurken, wenigstens auf Georgs Zeichnung. Sie machten der kleinen Emilie so viel Vergnügen, und deswegen schickte ihr Georg im Laufe der Woche noch ein paar Bilder, alles Gebäude, denn dabei konnte er selber sich so viel denken hinter den Türen und Fenstern.

Er zeichnete ein chinesisches Haus mit einem Glockenspiel durch alle sechzehn Stockwerke; er zeichnete zwei griechische Tempel mit schlanken Marmorsäulen und einer Treppe ringsherum; er zeichnete eine Kirche aus Norwegen, man konnte sehen, daß sie ganz aus Balken war, ausgehauen und wunderlich zusammengestellt, jedes Stockwerk sah so aus, als habe es Wiegenkufen. Am schönsten war aber doch auf einem Blatt das Schloß, das er "Der kleinen Emilie Schloß" nannte. So sollte sie wohnen; das hatte sich Georg ganz genau ausgedacht, und er hatte zu diesem Schloß alles genommen, was er an den andern Gebäuden am schönsten fand. Es hatte geschnitzte Balken wie die norwegische Kirche, Marmorsäulen wie ein griechischer Tempel, ein Glockenspiel in jedem Stockwerk und ganz oben Kuppeln, grüne und vergoldete, wie am Kreml des Zaren. Es war ein richtiges Kinderschloß, und unter jedem Fenster stand geschrieben, wozu dieser Saal oder jenes Zimmer dienen sollte: hier schläft Emilie, hier tanzt Emilie, und hier spielt sie: Es kommt Besuch! Das war amüsant anzusehen, und es wurde gründlich angesehen.

"Charmant!" sagte der General.

Aber der alte Graf, denn da war ein alter Graf, der noch vornehmer war als der General und selber ein Schloß und ein Rittergut hatte, der sagte nichts; er hörte, daß es von dem kleinen Sohn des Hauswarts ersonnen und gezeichnet sei. Nun, so klein war er ja freilich nicht mehr; er war ja schon eingesegnet. Der alte Graf betrachtete die Bilder und hatte so seine eigenen, stillen Gedanken dabei.

Eines Tages, als das Wetter so recht grau und naß und gräßlich war, sollte sich der Tag für den kleinen Georg zu einem der lichtesten und besten gestalten. Der Professor der Kunstakademie ließ ihn zu sich kommen.

"Höre einmal, mein Freund, laß uns ein wenig miteinander plaudern! Der liebe Gott ist in Bezug auf Fähigkeiten sehr gut gegen dich gewesen, er ist auch in Bezug auf gute Menschen gut gegen dich. Der alte Graf dort von der Ecke hat mir von dir gesprochen; ich habe auch deine Bilder gesehen, darunter wollen wir einen Strich machen, es ist viel daran auszusetzen. Nun kannst du zweimal wöchentlich in meinen Zeichenunterricht kommen, dann wird es damit schon besser werden. Ich glaube, du hast mehr Anlage zum Baumeister als zum Maler; aber du hast ja Zeit genug, um dir das zu überlegen! Du mußt jedenfalls noch heute zu dem alten Grafen im Eckhaus gehen, und danke du deinem Schöpfer, daß er dir den Mann gesandt hat!"

Der Graf wohnte in einem großen Eckhaus; da waren ausgehauene Elefanten und Dromedare um die Fenster herum, alles aus alten Zeiten; aber der alte Graf interessierte sich am meisten für die neue Zeit und alles gute, was sie brachte, mochte es aus dem ersten Stockwerk, aus dem Keller oder der Mansarde kommen.

"Ich glaube," sagte die Frau des Hauswarts, "daß, je vornehmer die Leute wirklich sind, je weniger stellen sie sich an. Wie reizend und natürlich der alte Graf ist! Und er spricht, weiß Gott, geradeso wie du und ich; das können Generals nicht. Georg war ja gestern auch ganz aus dem Häuschen, weil der Graf so freundlich gegen ihn gewesen war; und heute, wo ich mit dem mächtigen Mann gesprochen hat, geht es mir geradeso! War es nun nicht ein Glück, daß wir den Jungen nicht in die Handwerkerlehre gegeben hatten! Talent hat er!"

"Aber das nützt alles nichts, wenn man keine Unterstützung von außen hat!" sagte der Vater.

"Die hat er jetzt!" sagte die Mutter. "Der Graf sprach sich ganz klar und deutlich darüber aus!"

"Von Generals ist das Ganze aber doch ausgegangen!" sagte der Vater. "Bei denen müssen wir uns auch bedanken."

"Das können wir ja gern tun," sagte die Mutter, "wenn ich auch gerade nicht einsehen kann, was wir denen groß zu verdanken haben. Aber dem lieben Gott will ich danken, und ich will mich auch bei ihm dafür bedanken, daß die kleine Emilie wieder besser wird!"

Die kleine Emilie machte wirklich Fortschritte, und Georg machte auch Fortschritte; im Lauf des Jahres bekam er die kleine silberne Medaille und später auch die große.

"Es wäre doch besser gewesen, wenn wir ihn in die Handwerkerlehre gegeben hätten," sagte die Frau des Hauswarts und weinte, "dann hätten wir ihn jetzt behalten. Was soll er in Rom? Ich krieg ihn nie wieder zu sehen, selbst wenn er je wieder nach Hause kommt, aber er kommt nie wieder nach Hause, das süße Kind!"

"Das ist aber doch sein Glück und sein Ruhm!" sagte der Vater.

"Ja, das sagst du wohl!" entgegnete die Mutter. "Du sagst auch vieles, was du gar nicht meinst! du bist ebenso betrübt wie ich!"

Und es hatte seine Richtigkeit mit der Betrübnis und mit der Abreise. Es sei ein großes Glück für den jungen Menschen, sagten alle Leute.

Und nun ging es ans Abschiednehmen. Auch beim General; aber die Gnädige ließ sich nicht blicken, sie hatte ihre großen Kopfschmerzen. Der General erzählte zum Abschied seine einzige Anekdote, was er zu dem Prinzen gesagt hatte und was der Prinz zu ihm gesagt hatte: "Sie sind unvergleichlich!" Und dann reichte er Georg die Hand.

Auch Emilie reichte Georg ihre Hand und sah beinahe betrübt aus, aber am allerbetrübtesten war doch Georg.

Die Zeit vergeht, wenn man etwas tut, sie vergeht auch, wenn man nichts tut. Die Zeit ist gleich lang, aber nicht gleich nützlich. Für Georg war sie nützlich und gar nicht lang, außer wenn er an die Lieben in der Heimat dachte. Wie mochte es untern und oben aussehen? Ja, darüber ward geschrieben; und man kann so viel in einen Brief hineinlegen, den lichten Sonnenschein und die schweren, trüben Tage. Die lagen im Brief, sie meldeten, daß der Vater gestorben und die Mutter allein zurückgeblieben war. Die kleine Emilie sei ein wahrer Engel des Trostes gewesen, sie sei zu ihr in die Kellerwohnung gekommen, schrieb die Mutter, und über sich selber fügte sie hinzu, daß man ihr erlaubt habe, den Hauswartposten zu behalten.

Die Generalin führte Tagebuch; darin waren jede Gesellschaft, jeder Ball, den sie besucht hatte, aufgeführt, auch alle Visiten, die sie erhielt. Das Tagebuch war mit den Visitenkarten der Diplomaten und des höchsten Adels illustriert. Sie war stolz auf ihr Tagebuch, es wuchs im Laufe langer Jahre, vieler Jahre, unter vielen großen Kopfschmerzen, aber auch in vielen hellen Nächten, das heißt auf Hofbällen. Emilie war zum erstenmal auf einem Hofball gewesen; die Mutter war in Rosa mit schwarzen Spitzen: spanisch! Die Tochter in Weiß, so klar und fein. Grüne, seidene Bänder flatterten wie Schilf in dem blonden Lockenhaar, auf dem ein Kranz von weißen Seerosen ruhte; die Augen waren so blau und klar, der Mund so fein und rot, sie glich einer kleinen Seejungfrau, so lieblich, wie man sie sich nur denken kann. Drei Prinzen tanzten mit ihr, daß heißt, erst der eine und dann der andere; die Generalin hatte acht Tage lang keine Kopfschmerzen.

Aber der erste Ball blieb nicht der letzte, das konnte Emilie nicht aushalten, daher war es gut, daß der Sommer mit Ruhe und Aufenthalt in der frischen Luft kam. Die Familie war auf das Schloß des alten Grafen eingeladen.

Das war ein Schloß und ein Garten, die es sich zu sehen verlohnte. Ein Teil davon war ganz wie in alten Zeiten mit steifen, grünen Hecken, als gehe man zwischen grünen Schirmwänden, in denen Gucklöcher waren. Buchsbaum und Taxus standen zu Sternen und Pyramiden ausgeschnitten da, das Wasser sprang aus großen Grotten, die mit Muschelschalen belegt waren; ringsumher standen steinerne Figuren aus allerschwerstem Stein, das konnte man den Gesichtern und auch den Kleidern ansehen; jedes Blumenbeet hatte seine Gestalt, als Fisch, Wappenschild oder Namenszug, das war der französische Teil des Garten; aus dem gelangte man gleichsam in den freien, frischen Wald hinein, wo die Bäume wachsen duften, wie sie wollten, und daher so groß und prächtig waren; das Gras war grün, und man durfte darauf gehen, es wurde auch gewalzt, geschnitten, gepflegt und gehütet; das war der englische Teil des Garten.

"Alte Zeit und neue Zeit!" sagte der Graf. "Hier gleiten sie auch so gut ineinander hinein! In zwei Jahren wird das Schloß selber sein richtiges Aussehen bekommen, das wird eine ganze Verwandlung zu etwas Schönem und Besserm werden; ich werde Ihnen die Zeichnungen zeigen, und auch den Baumeister werde ich Ihnen zeigen, er ist heute zu Tische hier!"

"Charmant!" sagte der General.

"Es ist paradiesisch hier!" sagte die Generalin. "Und da haben Sie ja eine Ritterburg!"

"Das ist mein Hühnerhaus!" sagte der Graf. "Die Tauben wohnen im Turm, die Kalikuten im ersten Stockwerk, aber im Erdgeschoß regiert die alte Else. Sie hat Fremdenzimmer nach allen Seiten: die Glucken für sich, die Hühner und Küchlein für sich, und die Enten, ja, die haben freien Zutritt zum Wasser!"

"Charmant!" wiederholte der General.

Und sie gingen alle hinein, um diese Herrlichkeit zu sehen.

Die alte Else stand mitten in der Stube, und neben ihr stand Georg; er und die kleine Emilie sahen sich nach mehreren Jahren im Hühnerhaus wieder.

Ja, hier stand er, und er war gar schon vom Aussehen; sein Gesicht war offen und bestimmt, er hatte schwarzes, glänzendes Haar und um den Mund ein Lächeln, das zu sagen schien: hinter meinem Ohr sitzt ein Schelm, der kennt euch aus und ein. Die alte Else hatte ihre Holzschuhe ausgezogen und stand auf Socken da, zu Ehren der vornehmen Gäste. Und die Hühner glucksten, und der Hahn krähte, die Enten watschelten "gack, gack!" Aber das feine, blasse Mädchen, die Tochter des Generals, stand da mit einem Rosenschimmer auf den sonst so bleichen Wangen, ihre Augen wurden so groß, und ihr Mund redete, ohne daß er auch nur ein einziges Wort gesagt hätte, und der Gruß, den Georg erhielt, war der entzückendste Gruß, den ein junger Mann sich von einer jungen Dame wünschen konnte, mit der er nicht verwandt war oder mit der er nicht sehr oft getanzt hatte; sie und der Maumeister hatten aber niemals zusammen getanzt.

Der Graf drückte ihm die Hand und stellte ihn vor. "Ganz fremd ist er Ihnen nicht, unser junger Freund, Herr Georg!"

Die Generalin verneigte sich, die Tochter war kurz davor, ihm die Hand zu reichen, aber sie reichte sie ihm doch nicht.

"Unser lieber Herr Georg!" sagte der General. "Alte Hausfreunde! Charmant!"

"Sie sind ja vollständig Italiener geworden!" sagte die Generalin. "Und Sie sprechen die Sprache wohl wie ein Eingeborener!"

Die Generalin singe die Sprache, spreche sie aber nicht, sagte der General.

Bei Tische saß Georg zu Emiliens Rechten, der General führte sie, der Graf führte die Generalin.

Herr Georg sprach und erzählte, und er erzählte so gut, er war das Wort und der Geist bei Tische, obwohl der alte Graf es auch sein konnte. Emilie saß stumm da, die Ohren hörten, die Augen strahlten.

Aber sie sagte nichts.

Auf der Veranda zwischen den Blumen standen sie und Georg, die Rosenhecke entzog sie den Blicken. Georg hatte wieder das Wort, hatte es zuerst.

"Vielen Dank für Ihre Freundlichkeit gegen meine alte Mutter!" sagte er. "Ich weiß alles, in der Nacht, als mein Vater starb, kamen Sie zu Mutter hinunter und waren bei ihr, bis seine Augen sich geschlossen hatten, ich danke Ihnen!" Er ergriff Emiliens Hand und küßte sie, das konnte er wohl tun bei der Gelegenheit, sie ward dunkelrot, drückte ihm aber die Hand und sah ihn mit ihren blauen, herzensguten Augen an.

"Ihre Mutter war eine liebevolle Seele" Wie hat sie Sie geleibt! Und alle Ihre Briefe ließ sie mich lesen, ich glaube fast, ich kenne Sie! Wie freundlich waren Sie gegen mich, als ich noch klein war, Sie schenkten mir Bilder -!"

"Die Sie zerrissen!" sagte Georg. "Nein, ich habe mein Schloß noch, die Zeichnung!"

"Nun muß ich es wirklich bauen!" sagte Georg, und er wurde selber ganz warm bei dem, was er sagte.

Der General und die Generalin sprachen in ihren eigenen Zimmern über den Sohn des Hauswarts, er wisse sich ja zu bewegen und drücke sich mit Verstand und Kenntnissen aus. Er könnte Informator sein!" sagte der General. "Geist!" sagte die Generalin, und dann sagte sie nichts weiter.

In der schönen Sommerzeit kam Herr Georg häufiger auf das Schloß des Grafen. Er ward vermißt, wenn er nicht kam.

"Wieviel doch der liebe Gott Ihnen vor uns andern armen Menschen voraus gegeben hat!" sagte Emilie zu ihm. "Erkennen Sie das nun auch so recht an?" Es schmeichelte Georg, daß das schöne junge Mädchen zu ihm aufsah, erfand sie so ungewöhnlich begabt.

Und der General gelangte mehr und mehr zu der Überzeugung, daß Georg unmöglich ein Kellerkind sein könne. "Die Mutter war freilich eine sehr anständige Frau," sagte er, "das muß ich ihr im Grabe nachsagen!"

Der Sommer verging, der Winter kam, da sprach man wieder von Herrn Georg; er war selbst höchsten Ortes gern gesehen und gut aufgenommen, der General war ihm auf einem Hofball begegnet.

Jetzt sollte im Hause ein Ball zu Ehren von Emilie stattfinden. Ob man Herrn Georg einladen konnte?

"Wen der König einladet, den kann auch der General einladen!" sagte der General und erhob sich einen ganzen Zoll vom Fußboden in die Höhe.

Herr Georg wurde eingeladen und er kam; und es kamen Grafen und Prinzen und der eine tanzte immer noch besser als der andere; aber Emilie konnte nur den ersten Tanz tanzen; in dem vertrat sie sich den Fuß, nicht schlimm, aber sie fühlte es doch, und da mußte sie vorsichtig sein, mit dem Tanzen innehalten und den andern zusehen. So saß sie denn da und sah zu, und der Baumeister stand neben ihr.

"Sie schildern ihr wohl die ganze Peterskirche?" sagte der General, indem er vorüberging und wohlwollend lächelte.

Mit demselben Lächeln empfing er Herrn Georg einige Tage später. Der junge Mann kam natürlich, um für die Balleinladung zu danken, was sollte ihn sonst auch herführen? Ja, das Überraschendste, Erstaunlichste führte ihn her: mit wahnwitzigen Worten kam er, der General wollte seinen Ohren nicht trauen; "pyramidale Deklamation," ein ganz undenkbares Ansinnen: Herr Georg bat um Emiliens Hand!

"Mensch!" sagte der General und bekam einen dunkelroten Kopf. "Ich begreife Sie nicht! Was sagen Sie? Was wollen Sie? Ich kenne Sie nicht! Mein Herr! Mensch! Wie kommen Sie darauf, in mein Haus einzubrechen! Darf ich hier sein, oder darf ich nicht hier sein?" Und damit ging er rücklings in sein Schlafzimmer, drehte den Schlüssel um und ließ Herrn Georg allein dastehen. Der blieb einige Minuten stehen und drehte sich dann ebenfalls um. Im Korridor stand Emilie.

"Nun, was sagte mein Vater?" fragen sie, und ihre Stimme bebte.

Georg drückte ihr die Hand. Er lief vor mir davon! Aber es werden schon bessere Zeiten kommen!"

In Emiliens Augen standen Tränen; aus des jungen Mannes Augen strahlten Zuversicht und Mut; und die Sonne beschien die beiden und gab ihnen ihren Segen.

Kochend vor Wut saß der General in seinem Zimmer; ja, es kochte noch in ihm, es kochte über in Worten und Ausdrücken: "Wahnsinn! Hauswartsirrsinn!" -

Eine Stunde war vergangen, da hatte die Generalin es aus des Generals eignem Munde vernommen, und sie rief Emilie zu sich und schloß sich mir ihr ein.

"Du armes Kind! Dich so zu beleidigen! Uns so zu beleidigen! Auch du hast Tränen in den Augen, aber das steht dir! Du bist bezaubernd in Tränen! Du gleichst mir an meinem Hochzeitstage. Weine nur, liebe Emilie!"

"Ja, weinen muß ich," sagte Emilie, "falls du und Vater nicht ja sagt!"

"Kind," rief die Generalin, "bist du krank? Du redest im Irrsinn, und ich bekomme meine schrecklichen Kopfschmerzen. Ach, welch Unglück ist über unser Haus gekommen! Du willst doch nicht, daß deine Mutter stirbt! Emilie, dann hast du keine Mutter mehr!"

Und die Augen der Generalin wurden feucht, sie konnte es nicht aushalten, an ihren eignen Tod zu denken.

In der Zeitung stand unter andern Ernennungen zu Lesen: Herr Georg zum Professor ernannt, fünfte Rangklasse Nummer acht.

"Schade, daß seine Eltern im Grabe liegen und das nicht lesen können," sagten die neuen Hauswartsleute, die jetzt im Keller unter dem General wohnten; sie wußten, daß der Professor innerhalb ihrer vier Wände geboren und aufgewachsen war.

"Ja, für den Titel muß er ein gutes Stück Geld bezahlen!" sagte der Mann.

"Ach, was macht der sich aus den paar Talern," sagte die Frau, "die kann er sich leicht wieder verdienen. Und eine reiche Frau kriegt er natürlich auch. Wenn wir Kinder hätten, dann sollte unser Kind auch Baumeister und Professor werden."

Georg bekam eine gute Nachrede im Keller, aber auch im ersten Stockwerk wurde gut von ihr gesprochen, das erlaubte sich der alte Graf.

Die Zeichnungen aus der Kinderzeit gaben den Anlaß dazu. Aber weshalb sprach man von diesen Zeichnungen? Die Rede war auf Rußland gekommen, aus Moskau, und dann lag ja der Kreml so nahe, und en Kreml hatte der kleine Georg einmal für Fräulein Emilie gezeichnet, er hatte so viele Bilder gezeichnet; des einen erinnerte sich der Graf noch ganz besonders: "Emiliens Schloß," wo sie schlief, wo sie tanzte und "Es kommt Besuch" spielte; der Professor besaß große Tüchtigkeit, er würde gewiß als alter Konferenzrat sterben, das war gar nicht unmöglich, und vorher würde er wohl auch ein Schloß für die jetzt noch so junge Dame erbaut haben; warum auch nicht?

"Das war ja eine sonderbare Ausgelassenheit!" bemerkte die Generalin, als der Graf gegangen war. Der General schüttelte nachdenklich den Kopf, ritt aus, den Reitknecht in geziemendem Abstand hinter sich, und saß stolzer denn je zu Roß.

Es war Emiliens Geburtstag, Blumen und Bücher, Briefe und Visitenkarten wurden gebracht; die Generalin küßte sie auf den Mund, der General auf die Stirn; es waren liebevolle Eltern. Und es kam hoher Besuch, zwei von den Prinzen. Man sprach von Bällen und vom Theater, von diplomatischen Sendungen, von der Regierung der Länder und Reiche. Man sprach von Tüchtigkeit, von des eignen Landes Tüchtigkeit, und dadurch kam die Rede auf den jungen Professor, den Herrn Baumeister.

"Der baut für seine Unsterblichkeit," wurde gesagt, "er baut sich auch wohl in eine unser ersten Familien hinein!"

"Eine der ersten Familien!" wiederholte später der General der Generalin gegenüber. "Wer ist eine unserer ersten Familien?"

"Ich weiß, worauf angespielt wurde," sagte die Generalin, "aber ich sage es nicht! Gott lenkt die Geschicke! Wundern soll es mich aber doch!"

"Ich möchte mich gern mit dir wundern!" sagte der General. "Ich habe keine Ahnung!" Und er versank in Gedanken.

Es liegt eine Macht, eine unaussprechliche Macht in dem Gnadenquell von oben; Hofgunst, Gottes Gunst - und die Gunst all dieser Gnade besaß der kleine Georg. Aber wir vergessend en Geburtstag.

Emiliens Zimmer duftete von Blumen, die ihr Freunde und Freundinnen gesandt, auf dem Tische lagen schöne Geschenke als Grund und zur Erinnerung, aber nicht die geringste Gabe von Georg. Die konnte nicht kommen, brauchte auch nicht zu kommen, das ganze Haus war eine Erinnerung an ihn. Selbst aus dem Sandloch unter der Treppe guckte die Erinnerungsblume hervor; dort hatte Emilie gepiepst, als die Gardine brannte und Georg als erste Spritze kam. Ein Blick zum Fenster hinaus und der Akazienbaum erinnerte an die Kinderzeit. Blüten und Blätter waren abgefallen, aber der Baum stand mit Reif bedeckt da wie ein ungeheurer Korallenzweig; und der Mond schien klar und groß zwischen den Zweigen hindurch, unverändert in all seiner Veränderlichkeit, ganz so wie damals, als Georg sein Butterbrot mit der kleinen Emilie teilte.

Sie nahm aus der Schublade die Zeichnungen von des Zaren Schloß und von ihrem eigenen Schloß, Erinnerungen an Georg. Und sie sah sie an und hatte ihre Gedanken dabei; sie gedachte des Tages, als sie unbemerkt von Vater und Mutter zu der Frau des Hauswarts hinabging, die in den letzten Zügen lag; sie hatte bei ihr gesessen, ihre Hand gehalten und ihre letzten Worte "Segen! - Georg!" gehört. Die Mutter dachte an ihren Sohn. - Jetzt legte Emilie ihre Bedeutung dahinein. Ja, Georg war an ihrem Geburtstag bei ihr!

An nächsten Tage war wieder ein Geburtstag dort im Hause, der Geburtstag des Generals; er war am Tage nach seiner Tochter geboren, natürlich früher als sie, viele Jahre früher. Und es kamen wieder Geschenke, und unter diesen ein Sattel von prächtigem Aussehen, bequem und köstlich, nur einer von den Prinzen hatte einen ebensolchen. Von wen kam der? Der General war entzückt. Ein kleiner Zettel lag dabei, und darauf stand geschrieben: "Von einem, den der Herr General nicht kennt!"

"Wen in aller Welt kenne ich nicht!" sagte der General. "Alle Menschen kenne ich!" Und sein Gedanke durchschweifte die ganze große Gesellschaft; er kannte sie alle. "Er ist von meiner Frau!" sagte er schließlich. "Sie will mich necken! Charmant!"

Aber die neckte nicht mehr, die Zeiten waren vorüber.

Und es war abermals ein Fest, ein großes Fest, aber diesmal nicht bei Generals; es war ein Kostümball bei einem der Prinzen; Masken waren ebenfalls gestattet.

Der General erschien als Rubens, in spanischer Tracht mit kleinem Tollenkragen, Degen und guter Haltung; die Generalin war Madame Rubens, in schwarzem Sammet, hoch am Halse, schrecklich warm, mit einem Mühlsein um den Hals, das heißt natürlich mit einem großen Tollenkragen, ganz nach einem holländischen Gemälde, das der General besaß und an dem namentlich die Hände bewundert wurden, die sahen ganz so aus wie die der Generalin.

Emile war Psyche, in Flor und Spitzen. Sie war wie eine schwebende Schwanenflaumfeder, sie brauchte gar keine Flügel, sie trug sie nur als Psyche-Abzeichen.

Da war ein Glanz, eine Pracht, da waren Licht und Blumen, Reichtum und Geschmack; da war so viel zu sehen, daß man Madame Rubens' schöne Hände gar nicht beachtete.

Ein schwarzer Domino mit einer Akazienblüte auf der Kapuze tanzte mit Psyche.

"Wer ist das?" fragte die Generalin.

"Seine königliche Hoheit!" sagte der General. "Ich bin meiner Sache ganz sicher, ich habe ihn gleich am Händedruck erkannt!"

Die Generalin zweifelte.

General Rubens zweifelte nicht, näherte sich dem schwarzen Domino und schrieb ihm königliche Buchstaben in die Hand; sie wurden verneint, aber es wurde ein Fingerzeig gegeben:

"Die Devise des Sattels" Einer, den der Herr General nicht kennt!"

"Aber dann kenne ich Sie ja!" sagte der General. "Sie haben mir den Sattel geschenkt!"

Der Domino erhob die Hand und verschwand unter der Menge.

"Wer ist der schwarze Domino, mit dem du tanztest, Emilie?" fragte die Generalin.

"Ich habe nicht nach seinem Namen gefragt," antwortete sie.

"Weil du es wußtest! Es ist der Professor! Ihr Protége, Herr Graf, ist hier!" fuhr sie fort und wandte sich an den Grafen, der in der Nähe stand. "Schwarzer Domino mit Akazienblute!"

"Wohl möglich, meine Gnädige!" antwortete der Graf. "Aber einer der Prinzen ist übrigens ebenso kostümiert."

"Ich kenne den Händedruck!" sagte der General. "Von dem Prinzen habe ich den Sattel. Ich bin meiner Sache so sicher, daß ich ihn zu uns einladen kann."

"Tun Sie das!" sagte der Graf. "Wenn es der Prinz ist, so kommt er sicher!"

"Und ist es ein anderer, so kommt er sicher nicht!" sagte der General und näherte sich dem schwarzen Domino, der gerade dastand und mit dem König redete. Der General bracht eine sehr ehrerbietige Einladung vor, damit sie einander kennenlernen könnten. Er lächelte so sicher in seiner Gewißheit, wen er einlud; er sprach laut und deutlich.

Der Domino lüftete seine Maske: es war Georg.

"Wiederholen der Herr General die Einladung?"

Der General wurde allerdings einen Zoll großer, nahm eine festere Haltung an, trat zwei Schritte zurück und einen Schritt vor wie bei einem Menuett, und es lag Ernst und Ausdruck in des Generals Gesicht, soviel sich hineinlegen ließ.

"Ich nehme niemals mein Wort zurück; der Herr Professor ist eingeladen!" Und er verneigte sich mit einem Blick auf den König, der sicher das Ganze gehört hatte.

Und dann war die Mittagsgesellschaft bei Generals, und es waren nur der alte Graf und sein Protége eingeladen.

"Wenn ich erst den Fuß unterm Tisch habe," meinte Georg, "so ist auch schon der Grundstein gelegt!"

Und der Grundstein wurde wirklich unter großer Feierlichkeit bei dem General und der Generalin gelegt.

Georg war erschienen und hatte sich, wie der General das ja an ihm kannte, ganz wie ein Mann aus der guten Gesellschaft unterhalten, war höchst interessant gewesen, der General hatte mehrmals sein "Charmant" sagen müssen. Die Generalin sprach von ihrem kleinen Diner, sprach auch zu einer der Hofdamen davon, und diese, eine der geistreichsten Hofdamen, bat sich eine Einladung für das nächste Mal aus, wo der Professor kommen würde. Da mußte er ja wieder eingeladen werden, und er wurde eingeladen und kam und war wieder charmant, konnte sogar Schach spielen.

"Der ist nicht aus dem Keller," sagte der General, "er ist ganz sicher von vornehmer Herkunft, und daran ist der junge Mann ganz unschuldig!"

Der Professor, der in des Königs Hause verkehrte, konnte sehr wohl in des Generals Haus verkehren, aber von einem Festwachsen war keine Rede, außer in der ganzen Stadt.

Es wuchs fest. Der Tau der Gnade fiel von oben!

Es war daher gar keine Überraschung, daß, als der Professor Etatsrat wurde, Emilie Etatsrätin wurde.

"Das Leben ist eine Tragödie oder eine Komödie!" sagte der General. "In der Tragödie sterben sie, in der Komödie kriegen sie sich!"

Hier kriegen sie sich. Und sie bekamen drei prächtige Jungen, aber nicht sofort.

Die süßen Kinder ritten auf ihren Steckenpferden durch Stuben und Säle, wenn sie bei Großvater und Großmutter waren. Und der General ritt auch auf dem Steckenpferd, ritt hinter ihnen her, "als Jockey hinter den kleinen Etatsräten!"

Die Generalin saß auf dem Sofa und lächelte, selbst wenn sie ihre großen Kopfschmerzen hatte.

Wie weit brachte Georg es und noch viel weiter, sonst wäre es ja nicht wert gewesen, die Geschichte von des Hauswarts Sohn zu erzählen.




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