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El tesoro dorado

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Golden treasure


La mujer del tambor fue a la iglesia. Vio el nuevo altar con los cuadros pintados y los ángeles de talla. Todos eran preciosos, tanto los de las telas, con sus colores y aureolas, como los esculpidos en madera, pintados y dorados además. Su cabellera resplandecía, como el oro, como la luz del sol; era una maravilla. Pero el sol de Dios era aún más bello; lucía por entre los árboles oscuros con tonalidades rojas, claras, doradas, a la hora de la puesta. ¡Qué hermoso es mirar la cara de Nuestro Señor! Y la mujer contemplaba el sol ardiente, mientras otros pensamientos más íntimos se agitaban en su alma. Pensaba en el hijito que pronto le traería la cigüeña, y esta sola idea la alborozaba. Con los ojos fijos en el horizonte de oro, deseaba que su niño tuviese algo de aquel brillo del sol, que se pareciese siquiera a uno de aquellos angelillos radiantes del nuevo altar.
Cuando, por fin, tuvo en sus brazos a su hijito y lo mostró al padre, era realmente como uno de aquellos ángeles de la iglesia; su cabello dorado brillaba como el sol poniente.
- ¡Tesoro dorado, mi riqueza, mi sol! - exclamó la madre besando los dorados ricitos; y pareció como si en la habitación resonara música y canto. ¡Cuánta alegría, cuánta vida, cuánto bullicio! El padre tocó un redoble en el tambor, un redoble de entusiasmo. Decía:
- ¡Pelirrojo! ¡El chico es pelirrojo! ¡Atiende al tambor y no a lo que dice su madre! ¡Ran, ran, ranpataplán!
Y toda la ciudad decía lo mismo que el tambor.
Llevaron el niño a la iglesia para bautizarlo. Nada había que objetar al nombre que le pusieron: Pedro. La ciudad entera, y con ella el tambor, lo llamó Pedro, el pelirrojo hijo del tambor. Pero su madre le besaba el rojo cabello y lo llamaba su tesoro dorado.
En la hondonada había una ladera arcillosa en la que muchos habían grabado su nombre, como recuerdo.
- La fama - decía el padre de Pedro - no hay que despreciarla - y así grabó el nombre propio junto al de su hijo.
Vinieron las golondrinas; en el curso de sus largos viajes habían visto antiguas inscripciones en las paredes rocosas del Indostán y en los muros de sus templos: grandes gestas de reyes poderosos, nombres inmortales, tan antiguos, que nadie era capaz de leerlos ni pronunciarlos siquiera.
- ¡Gran nombre! ¡Fama!
Las golondrinas construyeron sus nidos en la cañada. Abrían agujeros en la pared de arcilla. El viento y la lluvia descompusieron los nombres y los borraron, incluso los del tambor y su hijito.
- Pero el nombre de Pedro se conservó durante año y medio - dijo el padre.
«¡Tonto!», pensó el instrumento; pero limitóse a decir: ¡Ran, ran, ranpataplán!
El rapazuelo pelirrojo era un chiquillo rebosante de vida y alegría. Tenía una hermosa voz, sabía cantar, y lo hacía como los pájaros del bosque. Eran melodías, y, sin embargo, no lo eran.
- Tendrá que ser monaguillo - decía la madre -. Cantará en la iglesia, debajo de aquellos hermosos ángeles dorados a los que se parece.
- Gato color de fuego - decían los maliciosos de la ciudad. El tambor se lo oyó a las comadres de la vecindad.
- ¡No vayas a casa, Pedro! - gritaban los golfillos callejeros
Si duermes en la buhardilla, se pegará fuego en el piso alto y tu padre tendrá que batir el tambor.
- ¡Pero antes me dejará las baquetas! - replicaba Pedro, y, a pesar de ser pequeño, arremetía valientemente contra ellos y tumbaba al primero de un puñetazo en el estómago, mientras los otros ponían pies en polvorosa.
El músico de la ciudad era un hombre fino y distinguido, hijo de un tesorero real. Le gustaba el aspecto de Pedro, y alguna vez que otra se lo llevaba a su casa; le regaló un violín y le enseñó a tocarlo. El niño tenía gran disposición; la habilidad de sus dedos parecía indicar que iba a ser algo más que tambor, que sería músico municipal.
- Quiero ser soldado - decía, sin embargo. Era todavía un chiquillo, y creía que lo mejor del mundo era llevar fusil, marcar el paso, «¡un, dos, un, dos!», y lucir uniforme y sable.
- Pues tendrás que aprender a obedecer a mi llamada - decía el tambor -. ¡Plan, plan, rataplán!
- Eso estaría bien, si pudieses ascender hasta general - decía el padre -. Mas para eso hace falta que haya guerra.
- ¡Dios nos guarde! - exclamaba la madre.
- Nada tenemos que perder - replicaba el hombre.
- ¿Cómo que no? ¿Y nuestro hijo?
- Mas piensa que puede volver convertido en general.
- ¡Sin brazos ni piernas! - respondía la madre -. No, yo quiero guardar mi tesoro dorado.
¡Ran, ran, ran!, se pusieron a redoblar los tambores. Había estallado la guerra. Los soldados partieron, y el pequeño con ellos.
- ¡Mi cabecita de oro! ¡Tesoro dorado! - lloraba la madre. En su imaginación, el padre se lo veía «famoso». En cuanto al músico, opinaba que en vez de ir a la guerra debía haberse quedado con los músicos municipales.
- ¡Pelirrojo! - lo llamaban los soldados, y Pedro se reía; pero si a alguno se le ocurría llamarle «Piel de zorro», el chico apretaba los dientes y ponía cara de enfado. El primer mote no le molestaba.
Despierto era el mozuelo, de genio resuelto y humor alegre.
- Ésta es la mejor cantimplora - decían los veteranos.
Más de una noche hubo de dormir al raso, bajo la lluvia y el mal tiempo, calado hasta los huesos, pero nunca perdió el buen humor. Aporreaba el tambor tocando diana: «¡Ran, ran, tan, pataplán! ¡A levantarse!». Realmente había nacido para tambor.
Amaneció el día de la batalla. El sol no había salido aún, pero ya despuntaba el alba. El aire era frío; el combate, ardiente. La atmósfera estaba empañada por la niebla, pero más aún por los vapores de la pólvora. Las balas y granadas pasaban volando por encima de las cabezas o se metían en ellas o en los troncos y miembros, pero el avance seguía. Alguno que otro caía de rodillas, las sienes ensangrentadas, la cara lívida. El tamborcito conservaba todavía sus colores sanos; hasta entonces estaba sin un rasguño. Miraba, siempre con la misma cara alegre, el perro del regimiento, que saltaba contento delante de él, como si todo aquello fuese pura broma, como si las balas cayeran sólo para jugar con ellas. «¡Marchen! ¡De frente!», decía la consigna del tambor. Tal era la orden que le daban. Sin embargo, puede suceder que la orden sea de retirada, y a veces esto es lo más prudente, y, en efecto, le ordenaron: «¡Retirada!»; pero el tambor no comprendió la orden y tocó: «Adelante, al ataque!» Así lo había entendido, y los soldados obedecieron a la llamada del parche. Fue un famoso redoble, un redoble que dio la victoria a quienes estaban a punto de ceder.
Fue una batalla encarnizada y que costó muy cara. La granada desgarra la carne en sangrantes pedazos, incendia los pajares en los que ha buscado refugio el herido, donde permanecerá horas y horas sin auxilio, abandonado tal vez hasta la muerte. De nada sirve pensar en todo ello, y, no obstante, uno lo piensa, incluso cuando se halla lejos, en la pequeña ciudad apacible. En ella cavilaban el viejo tambor y su esposa. Pedro estaba en la guerra.
- ¡Ya estoy harto de gemidos! - decía el hombre.
Se trabó una nueva batalla; el sol no había salido aún, pero amanecía. El tambor y su mujer dormían; se habían pasado casi toda la noche en vela, hablando del hijo, que estaba allí - «en manos de Dios » -. Y el padre soñó que la guerra había terminado, los soldados regresaban, y Pedro ostentaba en el pecho la cruz de plata. En cambio, la madre soñaba que iba a la iglesia y contemplaba los cuadros y los ángeles de talla, con su cabello dorado; y he aquí que su hijo querido, el tesoro de su corazón, estaba entre los ángeles vestido de blanco, cantando tan maravillosamente como sólo los ángeles pueden hacerlo, mientras se elevaba al cielo con ellos y, envuelto en el resplandor del sol, enviaba un dulce saludo a su madre.
- ¡Tesoro dorado! - exclamó la mujer, despertando -. ¡Dios se lo ha llevado consigo! - Doblando las manos hundió la cabeza en la cortina estampada y prorrumpió a llorar -. ¿Dónde estará, entre el montón de caídos, en la gran fosa que cavan para los muertos? Tal vez esté en el fondo del pantano. Nadie conoce su tumba, no habrán rezado ninguna oración sobre ella -. Sus labios balbucearon un padrenuestro; agachó la cabeza y se quedó medio dormida. ¡Se sentía tan cansada!
Fueron pasando los días, entre la vida y los sueños.
Era al anochecer; un arco iris se dibujaba encima del bosque, desde éste al profundo pantano. Entre el pueblo circula una superstición que pasa por verdad incontrovertible. Existe un gran tesoro en el lugar donde el arco iris toca la tierra. También allí debía de haber uno; pero nadie pensó en el pequeño tambor, aparte su madre, que de continuo soñaba en él.
Y los días fueron pasando entre la vida y los sueños.
No había sufrido el más mínimo rasguño, no había perdido uno solo de sus dorados cabellos. - ¡Plan, plan, rataplán! ¡Es él, es él! - hubiera dicho el tambor y cantado la madre, si lo hubiesen visto o soñado.
Entre cantos y hurras y con los laureles de la victoria, regresaron los soldados a casa, una vez terminada la guerra y concertada la paz. Describiendo grandes círculos marchaba a la cabeza el perro del regimiento, como deseoso de hacer el camino tres veces más largo.
Y pasaron semanas y días, y Pedro se presentó en la casa de sus padres. Venía moreno como un gitano, los ojos brillantes, radiante el rostro como la luz del sol. Su madre lo estrechó entre sus brazos y lo besó en la boca, en los ojos, en el dorado cabello. Volvía a tener al lado a su hijo. No lucía la cruz de plata, como había soñado su padre, pero venía con los miembros enteros, como su madre no había soñado. ¡Qué alegría! Lloraban y reían, y Pedro abrazó el viejo instrumento.
- ¡Todavía está aquí ese trasto viejo! - dijo, y el padre tocó un redoble en él.
- Diríase que acaba de estallar un gran incendio - exclamó el parche -. ¡Fuego en el tejado, fuego en los corazones, tesoro mío! ¡Ran, ran, rataplán!
¿Y después? Sí, ¿y después? Pregúntalo al músico.
- Pedro se emancipará aún del tambor - dijo -. Pedro será más grande que yo - y eso que era hijo de un criado del palacio real. Pero lo que había aprendido en toda una vida, Pedro lo aprendió en medio año. Había tanta franqueza en él, daba una tal impresión de bondad... Sus ojos brillaban, y brillaba su cabello, nadie podía negarlo.
- Debería teñirse el pelo - dijo la vecina -. A la hija del policía le quedó muy bien y pescó novio.
- Pero al cabo de muy poco lo tenía del color de lenteja de agua, y ahora tiene que estárselo tiñendo continuamente.
- No le falta dinero para hacerlo - replicó la vecina -, y tampoco le falta a Pedro. Lo reciben en las casas más distinguidas, incluso en la del alcalde, y da lecciones de piano a la señorita Lotte.
Sí, sabía tocar el piano, e interpretaba melodías deliciosas, no escritas aún en ningún pentagrama. Tocaba en las noches claras, y tocaba también en las oscuras. Era inaguantable, decían los vecinos, y el viejo tambor de alarma también creía que aquello era demasiado.
Tocaba hasta que sus pensamientos levantaban el vuelo, y grandes proyectos para el futuro se arremolinaban en su cabeza: ¡Gloria!
Y Lotte, la hija del alcalde, estaba sentada al piano; sus finos dedos danzaban sobre las teclas, y sus notas percutían en el corazón de Pedro. Parecíale como si aquello fuese demasiado estrecho, y la impresión la tuvo no una vez, sino varias. Por eso un día, cogiéndole los finos dedos y la delicada mano, la miró en los grandes ojos castaños. Dios sólo sabe lo que dijo; nosotros podemos conjeturarlo. Lotte se sonrojó hasta el cuello y los hombros; no le respondió una palabra. En aquel momento entró un forastero en la habitación, un hijo del Consejero de Estado, con una reluciente calva que le llegaba hasta el pescuezo. Pedro permaneció mucho rato con ellos y la dulce mirada de Lotte no se apartó de él.
Aquella noche habló a sus padres de lo grande que es el mundo, y de la riqueza que se encerraba para él en el violín.
¡Gloria!
- ¡Ran, ran, rataplán! - dijo el tambor de alarma -. Este Pedro nos va a volver locos. Me parece que está chiflado.
A la mañana siguiente, la madre se fue a la compra.
- ¿Sabes la última noticia, Pedro? - dijo al volver -. Lotte, la hija del alcalde, se ha prometido con el hijo del Consejero de Estado. Anoche mismo se cerró el compromiso.
- ¡No! - exclamó Pedro, saltando de la silla. Pero su madre insistió en que sí; lo sabía por la mujer del barbero, al cual se lo había comunicado el propio alcalde.
Pedro se volvió pálido, y cayó desplomado en la silla.
- ¡Dios santo! ¿Qué te pasa? - gritó la mujer.
- ¡Nada! ¡nada! Dejadme marchar - respondió él; y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
- ¡Hijo mío querido! ¡Tesoro dorado! - exclamó la madre, llorando. Pero el tambor de alarma se puso a tocar: ¡Lotte murió, Lotte murió! ¡Se terminó la canción!
Pero la canción no había terminado todavía; quedaban aún muchas estrofas y muy largas, las más bellas; un tesoro para toda la vida.
- ¡Pues sí que lo ha cogido fuerte! - dijo la vecina -. Todos tienen que leer las cartas que le envía su tesoro, y escuchar lo que los diarios cuentan de él y de su violín. Le manda mucho dinero, y bien que lo necesita la mujer desde que enviudó.
- Toca en presencia de reyes y emperadores - dijo el músico
A mí la suerte no me sonrió. Pero él fue mi discípulo y recuerda a su viejo maestro.
- Su padre soñaba - dijo la mujer - que Pedro regresaba de la guerra con una cruz de plata en el pecho. En campaña no la ganó, allí debe de ser más difícil, obtenerlo. Pero ahora luce la cruz de caballero. ¡Si su padre pudiera verlo!
- ¡Famoso! - gruñía el tambor de alarma, y toda su ciudad natal lo repetía. Aquel tamborcillo, Pedro, el pelirrojo, que de niño calzaba zuecos y a quien de mayor habían visto tocar el tambor y en el baile, era ya famoso.
- Tocó ante nosotros antes de hacerlo ante los reyes - decía la alcaldesa -. Entonces estaba loco por Lotte. Quería subir y siempre subir. Era presumido y extraño. Mi marido se echó a reír cuando se enteró de aquel desatino. Hoy Lotte es la señora consejera.
Se escondía un tesoro en el corazón de aquel pobre niño que de tamborcillo había tocado el «¡Adelante, marchen!», llevando a la victoria a los que estaban a punto de ceder. En su corazón había un tesoro, un manantial de notas divinas que se escapaban de su violín como si en él estuviera encerrado todo un órgano, y como si todos los elfos bailasen en sus cuerdas en una noche de verano. Oíase el canto del tordo y la clara voz humana; por eso hechizaba a todos los corazones y hacía que su nombre corriese de boca en boca. Ardía un gran fuego, el fuego del entusiasmo.
- ¡Y, además, es tan guapo! - decían las damitas, y las viejas les daban la razón. La más vieja de todas abrió un álbum de rizos famosos, sólo para poder procurarse uno del rico y hermoso cabello del joven violinista, un tesoro, un tesoro dorado.
Y un buen día entró en la pobre morada del tambor aquel hijo, bello como un príncipe, más feliz que un rey, llenos de luz los ojos, resplandeciente el rostro como el sol. Y estrechó entre sus brazos a su madre, y ella lo besó en la boca, llorando tan feliz, como sólo de gozo se puede llorar. Dirigió un saludo a cada uno de los viejos muebles: a la cómoda con las tazas de té y el florero; al lecho donde durmiera de pequeño. Sacó el viejo tambor de alarma y lo puso en el centro de la habitación:
- Padre habría tocado ahora un redoble - dijo a su madre -. Lo haré yo por él -. Y se puso a aporrearlo con todas sus fuerzas, armando un estrépito de mil demonios; y el instrumento se sintió tan honrado, que reventó de orgullo.
- ¡Tiene buen puño! - dijo el tambor. - Ahora guardaré de él un recuerdo para toda la vida. Me temo que la vieja estalle también de alegría, con su tesoro.
Y ahí tenéis la historia del tesoro dorado.
The drummer's wife went to church and saw the new altar with painted pictures and carved angels. The angels were very beautiful, both those painted on cloth, in all their colors and glory, and those carved in wood, painted and gilded. Their hair shone like gold and sunshine and was beautiful to look at. But God's sunshine was still more beautiful; it glowed bright and red between the dark trees as the sun was setting. And as the woman gazed on the descending sun, her innermost thoughts were about the little child the stork was bringing her. She was radiantly happy as she gazed, and she wished most fervently that her child might be as bright as a sunbeam, or at least look like one of the shining angels on the altarpiece.

And when she actually lifted up her child in her arms to show her husband, it seemed to her that the infant really did resemble one of the angels in the church; at least it had golden hair, hair that had caught the reflection of that setting sun.

"My Golden Treasure, my wealth, my sunshine!" said the mother as she kissed the bright locks; and this sounded like music and song in the drummer's home; there was joy, and lots of life, and celebrating. The drummer beat a whirlwind on his drum, a whirlwind of happiness; the drum, the fire drum shouted, "Red hair! The young one has red hair! Listen, believe the drum and not the mother! Dr-rum-a-lum! Dr-rum-a-lum!"

And all the town agreed with what the fire drum said.

The boy was taken to church and was christened. There was nothing unusual about the name given him; he was called Peter. Everybody in town called him "Peter, the drummer's red-haired boy," but his mother kissed that red hair and called him "Golden Treasure."

In the clayey embankment along the hollow road, many people had scratched their names to be remembered. "Fame," said the drummer. "That's always important." So he, too, scratched his name there and that of his little son. And in the spring the swallows came; in their long travels they had seen many characters cut into rock cliffs, and on the temple walls of India, telling of the great deeds of mighty kings, immortal names so old that no one could even read them now. Name value! Fame! The swallows built their nests in the hollow road, in holes in the embankment. Rain crumbled it and washed away all the names, the drummer's and his little son's with them. "However, Peter's name stayed there for a year and a half," said the father.

"Fool!" thought the fire drum, but it only said, "Dr-rum, dr-rum, dr-rum! Dr-rum-a-lum!"

"The drummer's son with the red hair" was a lively and high-spirited boy. He had a lovely voice; he could sing, and sing he did, as does the bird in the forest: all melody and no tune. He ought to be a choirboy," said his mother, "and sing in the church, standing under the pretty gilded angels whom he looks like."

"Fire cat!" said the town wits. The drum heard it from the neighbors.

"Don't go home, Peter," cried the street boys. "If they make you sleep in the attic your hair will set the thatch on fire, and that will start the fire drum."

"Look out for the drumsticks!" retorted Peter; although he was only a little fellow, he was courageous, and threw his fist right into the stomach of the boy nearest him, knocking his legs from under him; and the others took to their legs - their own legs!

The state musician was proud and haughty; he was the son of a royal servant. He liked Peter and took him home with him for hours at a time, gave him a violin and taught him to play; it seemed to show in the boy's fingers that he would become more than a drummer, that he would become a state musician.

"I want to be a soldier," said Peter, for he was still a very small fellow and thought it would be the finest thing in the world to shoulder a gun and to march - "One, two! One, two!" - and to wear a uniform and carry a saber.

"You'll learn to obey the drum! Dr-rum-a-lum! Come, come!" said the drum.

"Yes, you may march ahead to become a general," said the father, "but only if there is a war."

"God save us from that!" said the mother.

"We have nothing to lose!" said the drummer.

"Yes, we have my boy!" said she.

"But when he could come home a general!" said the father.

"Without any arms or legs!" said the mother. "No, thank you, I'd rather keep my Golden Treasure whole!"

"Dr-rum! Dr-rum! Dr-rum!" beat the fire drum, and all the drums joined in. War really did come; the soldiers marched out, and the drummer's boy marched with them. "Red-top!" - "Golden Treasure!" The mother wept; the father imagined him coming home famous; the state musician thought he would have been better off staying home and studying music.

"Red-top!" the soldiers said, and Peter laughed, but when some of them called him "Foxy" his mouth tightened and he looked straight ahead, as if that name did not concern him. The boy was smart, carefree, and good-humored, and that made him a favorite with his older comrades. Many nights he had to sleep under the open sky, in rain and mist, wet to the skin; but his good humor never failed. His drumsticks beat, "Dr-rum-a-lum! Everybody up!" Yes, he was certainly a born drummer boy.

It was a day of battle; the sun was not yet up, but it was morning; the air was cold and the fight was hot; the morning was foggy, but there was a still heavier fog from gunpowder. Bullets and grenades flew overhead and into heads, bodies, and limbs; still the command was "Forward!" One after another sank to his knees with bleeding temple and pale white face. The little drummer boy's color was still healthy; he wasn't hurt at all. With flashing eyes he watched the regimental dog running before him, and the animal was really happy, as if the whole thing were in fun and they were firing the bullets only to play with him.

"March! Forward, march!" was the command given the drummers; but sometimes orders have to be changed, with good reason, and now the word was, "Retreat!" But the little drummer boy still sounded, "March forward!" not understanding that the orders had been changed. The soldiers obeyed the drum, and it was lucky they did, for the mistake resulted in victory.

Lives and limbs were lost in the battle. The grenade tears away the flesh in bleeding fragments; the grenade sets fire to the straw heap where the poor wounded has dragged himself, to lie forsaken for many hours, forsaken perhaps until dead. It doesn't help to think about it, and yet people do think about it even far away in the peaceful town at home. There the drummer and his wife thought of it, for, of course, Peter was in the war.

It was the day of battle; the sun was not yet up, but it was morning. After a sleepless night spent in talking about their boy, the drummer and his wife had finally fallen asleep, for they knew that wherever he was God's hand was protecting him. And the father dreamed that the war was over, that the soldiers came home, and Peter was wearing a silver cross on his breast; but the mother dreamed that she walked into the church and looked at the painted pictures and the carved angels with the gilded hair and that her own dear boy, her heart's Golden Treasure, stood among the angels clad in white, and sang as sweetly as surely only the angels can sing, and was carried up into the sunshine with them, nodding tenderly to his mother.

"My Golden Treasure!" she cried, and awoke in the same instant. "Now I know that our Lord has taken him!" Then she folded her hands, leaned her head against the cotton bed curtain, and wept. "Where has he found rest? In the wide common grave they dig for so many of the brave dead, or in the deep waters of the marsh? No one will know his grave! No holy words will be read over it!" Silently the Lord's Prayer passed over her lips; her head drooped in fatigue, and she fell asleep.

Days pass by, in wakeful hours and in dreams.

It was toward evening, and a rainbow arched over the battlefield; it touched the edge of the wood and the deep marsh. There is an old saying that where the rainbow touches the earth a treasure lies buried, a golden treasure. And here was one. No one thought about the little drummer except his mother, and that's why she had dreamed of him. Not a hair of his head had been injured, not a single golden hair. "Dr-rum-a-lum, dr-rum-a-lum! There he is, there he is!" would the drum have said, and his mother would have sung, had she seen or dreamed this.

With song and hurrah, and wearing the green leaves of victory, the regiment marched home, when the war was over and peace had come. The regimental dog jumped and ran in wide circles, as though trying to make the journey three times longer.

Days passed and weeks passed, and at last Peter entered his parents' room; he was as brown as a hermit, his eyes bright, and his face as radiant as the sunshine. His mother held him in her arms and kissed his lips, his eyes, his red hair. She had her boy home again; he had no silver decoration on his breast, as his father had dreamed, but then he was unharmed, which his mother had not dreamed. And there was great joy; they laughed and they wept. And Peter embraced the old fire drum. "The old thing is still standing here!" he said. And his father beat a tattoo on it. "There's as much fuss as though there were a big fire in town!" said the drum to itself. "Fire in the roof, fire in the hearts! Golden Treasure! Dr-rum, dr-rum, dr-rum!"

And then? Yes, what then? Just ask the state musician. "Peter has outgrown the drum," he said. "He'll be a bigger man than I." And remember he was the son of a royal servant! But what had taken him a lifetime to learn, Peter had learned in half a year. There was something cheerful about him; his eyes sparkled, and his hair shone - that cannot be denied.

"He ought to dye his hair," said their next-door neighbor. "The policeman's daughter did, and look what it did for her; she was engaged at once!"

"Yes, but a little later her hair turned as green as duckweed, and she has to dye it again and again!"

"Well, she can afford to," said the neighbor woman, "and so can Peter. Doesn't he go into the best houses, even the mayor's, to teach Miss Lotte the harpsichord?"

Yes, play he could, play right out of his heart, the most charming pieces that had never been written down in notes. He played on moonlit nights and stormy ones as well. It was difficult to put up with, said the neighbors and the fire drum. He played until his thoughts soared strongly upward, and great plans for the future took shape before him. Fame!

The mayor's daughter, Lotte, sat at the harpsichord, and as her delicate fingers danced over the chords they vibrated in Peter's heart, until it seemed as if it were growing too big for his body. This happened not once, but many times, until one day he seized her delicate hand, kissed it, and gazed into her large brown eyes. Our Lord knows what he said; we others may guess it. Lotte blushed crimson, face and neck, and answered not a word, and just then they were interrupted by strangers, among them the councilor's son, with his high, smooth forehead. But Peter did not go, and Lotte's kindest glances were for him. At home that evening he talked of going abroad and of the golden treasure that his violin would bring him. Fame! "Dr-rum-a-lum! Dr-rum-a-lum! Dr-rum-a-lum!" said the fire drum. "Now something is surely wrong with Peter; I think the house must be on fire!"

The mother went to market the next day. "Have you heard the news, Peter?" she said, when she returned. "Such wonderful news! The mayor's daughter, Lotte, was betrothed to the councilor's son; it happened last evening!"

"No!" said Peter, and sprang up from his chair. But his mother said yes; she had learned it from the barber's wife, and the barber had it from the lips of the mayor himself. And Peter grew as pale as death and sat down again.

"Lord God! How do you feel?" said his mother.

"Fine, fine. Just let me alone!" he said, but the tears were rolling down his cheeks.

"My sweet child! My Golden Treasure!" said the mother, and cried. But the fire drum grumbled to itself, "Lotte is dead! Lotte is dead! Yes, that song is over now!"

The song was not over; it still had many unsung verses, long verses, the most beautiful, about a life's golden treasure. "What a fuss she makes!" said the next-door neighbor. The whole world has to read the letters she gets from her Golden Treasure, and hear what the newspapers say about him and his violin playing. He sends her money, too, for she needs that, now that she's a widow!"

"He plays before kings and emperors," said the state musician. "That was never my good luck, but at least he was my pupil, and he hasn't forgotten his old master."

"My husband dreamed," said his mother, "that Peter came home from the war with a silver cross on his chest. Well, he does wear a cross now, but it's not a decoration earned in the war; it's an order of knighthood. If his father had only lived to see it!"

"Famous!" said the fire drum, and everybody in his home town said the same. Peter, the red-haired boy of the drummer - Peter, whom they had seen wearing wooden shoes as a youngster, and seen as a drummer boy playing at dances - was now famous.

"He played to us before he played before the kings," said the mayor's wife. "Once upon a time he was crazy about our Lotte; he always aimed high! How my husband laughed when he learned that nonsense! Now Lotte is a councilor's wife."

Yes, there was a golden treasure hidden in the heart and soul of the poor child who as a little drummer boy had beaten "Forward!" to troops supposed to retreat; in his breast was a golden treasure indeed, the gift of music. It resounded from his violin as if an organ were inside, as if all the elves of Midsummer Eve danced along its strings, and one could hear the song of the throstle and the human voice together; his playing enraptured people's hearts, and carried his name throughout all lands, like a great fire, a fire of inspiration. "And he's so handsome, too!" said the young ladies and the old ones as well. Yes, the oldest lady bought herself an album for the locks of celebrities, just so she could beg for a tress from the young violinist's abundant and beautiful hair - a treasure, a golden treasure.

And the son returned to the drummer's humble dwelling, as handsome as a prince, happier than a king, his eyes bright, his face like sunshine. He held his mother in his arms, and she kissed his warm mouth and wept as happily as one can weep with joy. He greeted every old piece of furniture in the room, the chest of drawers with the teacups and flower vases on it and the little cot where he had slept as a child. But he dragged the old fire drum into the middle of the room and said, both to his mother and to the drum, "Father would have beaten a welcome on you today; now I must do it instead!"

So he thundered a regular tempest on the drum, and the old drum felt itself so honored that the skin of the drumhead burst.

"He certainly has a fine fist!" said the drum. "Now I'll always have a souvenir of him. I expect that his mother, too, will burst from joy over her Golden Treasure!"

That's the story of Golden Treasure.




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