ESPAÑOL

Los fuegos fatuos están en la ciudad, dijo la Reina del Pantano

DEUTSCH

Die Irrlichter sind in der Stadt, sagte die Moorfrau


Érase un hombre que había sabido muchos cuentos nuevos, pero se le habían escapado, según él decía. El cuento, que antes se le presentaba por propia iniciativa, había dejado de llamar a su puerta. ¿Y por qué no venía? Cierto es que el hombre llevaba muchísimo tiempo sin pensar en él, sin esperar que se presentara y llamara; se había distraído de los cuentos, pues fuera rugía la guerra, y dentro reinaban la aflicción y la miseria, compañeras inseparables de aquélla.

La cigüeña y la golondrina regresaban de su largo viaje, sin temer nada malo, y he aquí que al llegar se encontraron con sus nidos quemados, lo mismo que las casas de los hombres, y los setos en pleno desorden, cuando no desaparecidos del todo. Los caballos del enemigo piafaban sobre las viejas sepulturas. Eran tiempos duros y tenebrosos, pero todo tiene su fin.

Les ha llegado el fin, decían todos, y, no obstante, el cuento no acudía a llamar a la puerta ni daba noticias de su persona.

- Seguramente habrá muerto o se habrá marchado como tantos otros -dijo el hombre. Pero el cuento nunca muere.

Transcurrió mucho tiempo; y él lo echaba de menos.

- ¿Es posible que no vuelva y llame a la puerta? -. Y se acordaba de él como si lo tuviera delante, en todas las formas con que solía presentársela: ya joven y hermoso como la propia primavera, una encantadora muchacha con una guirnalda de aspérulas en la frente y una rama de haya en la mano, y ojos brillantes cual profundos lagos en el bosque bajo el sol; ya en figura de buhonero, abierta la caja de la que salían cintas de plata que ondeaban al viento, y con poemitas e inscripciones para recordatorios. Pero cuando más bello estaba era cuando venía de abuelita, con el cabello plateado y grandes ojos inteligentes. Entonces sí que sabía cosas de los tiempos más remotos, muy anteriores a aquellos en que las princesas hilaban con husos de oro, y acechaban por ahí dragones y vestigios. Contaba de una manera tan viva, que a los oyentes se les ofuscaba la vista, y el suelo parecía negro de sangre humana; horrible de ver y de oír y, sin embargo, ¡tan agradable!, pues hacía tanto tiempo que había sucedido...

- ¡Y si no volviera a llamar! - exclamaba el hombre, clavando la mirada en la puerta con tanta insistencia, que creía ver manchas negras en el aire y en el suelo. No sabía si era sangre o un crespón de luto por los terribles y lúgubres días vividos.

Un día en que estaba cavilando, ocurriósele la idea de que tal vez el cuento se hubiese escondido, como la princesa de aquellos antiguos cuentos, y quería que lo buscasen. Si lo encontraban, brillaría con nueva luz, más hermosa que antes.

- ¡Quién sabe, a lo mejor se ha ocultado en la paja tirada junto al pretil del pozo! ¡Cuidado, cuidado! Tal vez se esconde en una flor marchita, guardada en uno de aquellos voluminosos libros del anaquel.

Y el hombre, dirigiéndose a la biblioteca, abrió uno de los tomos más nuevos, deseoso de poner las cosas en claro. Mas no había allí ninguna flor: sólo historias de Holger Danske. Y el hombre leyó cómo aquella historia había sido inventada en Francia por un monje, arreglada en forma de novela y «traducida e impresa en lengua danesa». Que Holger Danske no había vivido en realidad y, por tanto, no podía volver, contra lo que creíamos y tan a gusto cantábamos. Con Holger Danske ocurría lo que con Guillermo Tell: todo era pura palabrería, sin nada en que poder apoyarse; y todo eso aparecía escrito en aquel libro, con grandes alardes de erudición.

- Bueno, yo sé lo que tengo que creer - dijo el hombre -. Donde no ha pisado ningún pie, no se trilla camino -. Y cerrando el libro y volviéndolo al estante, dirigióse a las flores que crecían en la ventana. A lo mejor se había escondido en el rojo tulipán de borde dorado, o en la fresca rosa, o en la reluciente camelia. El sol jugaba entre las hojas, pero el cuento no asomaba por ningún lado.

- Las flores que había aquí, en aquellos días tristes, eran mucho más hermosas; pero las cortaron sin dejar una, para trenzar coronas con ellas, coronas que fueron colocadas en el ataúd recubierto con la bandera. Tal vez con las flores enterraron también al cuento. Pero las flores lo habrían sabido, y el ataúd se habría dado cuenta, y la tierra también, y los tallitos de hierba lo habrían dicho al brotar. ¡El cuento no muere jamás!

Quizá vino aquí y llamó, pero ¡quién estaba entonces para él! La gente miraba con ojos sombríos, melancólicos, casi coléricos, el sol de primavera, el revoloteo de los pájaros y el verde esperanzador de los campos; la lengua no soportaba las viejas canciones populares, que habían sido enterradas, como tantas otras cosas tan queridas de nuestro corazón. Es muy posible que el cuento haya venido a llamar a la puerta, pero nadie lo había oído, nadie le había dado la bienvenida, y así se marchó nuevamente.

Iré a buscarlo. ¡Al campo, al bosque, a la anchurosa orilla!

En pleno campo hay una vieja mansión señorial de rojas paredes, frontón dentado y ondeante bandera en la torre. El ruiseñor canta entre las festoneadas hojas del haya, mientras mira los manzanos en flor del jardín, tomándolos por rosas. Aquí y allí, las diligentes abejas revolotean al sol, rodeando a su reina con su zumbido monótono. La tempestad de otoño sabe de la caza salvaje, de las generaciones humanas y del follaje del bosque, que pasan veloces. Por Navidad, al exterior cantan los cisnes salvajes desde las aguas abiertas, mientras los hombres, cómodamente instalados junto al fuego de la chimenea, escuchan canciones y leyendas.

Por el sector antiguo del jardín, con su atrayente y penumbrosa avenida de castaños, paseaba el hombre que había salido en busca del cuento. Una vez el viento le había murmurado allí algo relativo a Waldemar Daae y sus hijas. La dríada del árbol, que era la propia madre de las leyendas, le había contado allí el último sueño del viejo roble. En tiempos de la abuela había allí setos recortados; ahora, en cambio, sólo crecían helechos y ortigas, que se extendían por encima de abandonados restos de antiguas estatuas de piedra. Crecíales musgo en los ojos, a pesar de lo cual veían tan bien como en sus buenos tiempos. Esto no lo sabía el hombre que andaba en busca del cuento y no lo veía. ¿Dónde estaría?

Por sobre su cabeza y los viejos árboles volaban las cornejas a centenares, lanzando su «¡cra, da, cra, da!». Él salió del jardín a la alameda, pasando por los fosos. Había allí una casita de forma hexagonal, con un gallinero y un corral de patos. En la habitación estaba la anciana que cuidaba de la hacienda y que se enteraba de cada huevo que ponían las gallinas y de cada polluelo que salía del cascarón. Pero no era ella el cuento que el hombre andaba buscando, como podía verse por la fe de bautismo y el certificado de vacunación que estaban sobre la cómoda.

Al exterior, a poca distancia de la casa, hay un montículo cubierto de acerolo y codeso. Yace allí una antigua losa sepulcral, que había venido a parar a aquel lugar procedente del pequeño cementerio de la villa. Era un monumento de uno de los honorables consejeros de la ciudad. Alrededor de su imagen se veían esculpidas las de su esposa y sus cinco hijas, todas con alzacuellos y con las manos dobladas. Si uno estaba un rato contemplándola, al fin obraba sobre el pensamiento, y éste, a su vez, sobre la losa, haciéndole contar recuerdos de tiempos pretéritos; por lo menos esto le sucedió al hombre que iba en busca del cuento. Al llegar allí vio que una mariposa se había posado sobre la frente del relieve que representaba al consejero. El insecto aleteó, voló un poco más lejos y volvió a posarse, cansado, sobre la losa sepulcral, como queriendo llamar la atención sobre lo que en ella crecía, o sea, tréboles de cuatro hojas, siete de ellos juntos. ¡Si viene la fortuna, bienvenida sea! El hombre recogió los tréboles y se los guardó en el bolsillo. La suerte vale tanto como el dinero contante y sonante. Hubiera preferido un cuento nuevo y bonito, pensó nuestro amigo; pero tampoco estaba allí.

El sol se ponía como un gran globo rojo. Del prado subían vapores: era que la reina del pantano estaba destilando.

Ya anochecido, hallábase nuestro hombre solo en su casa, paseando la mirada por el jardín y el prado, el pantano y la orilla. Brillaba la luna clara, del prado subían vapores, como si fuese un gran lago, y, en efecto, lo había sido en otros tiempos, según la leyenda, y la luz de la luna es lo mejor que hay para las leyendas.

Entonces se acordó el hombre de lo que leyera en la ciudad: que Guillermo Tell y Holger Danske no habían existido nunca, a pesar de lo cual persistían en la creencia del pueblo, como aquel lago lejano, vivas imágenes de la leyenda. ¡Sí, Holger Danske volvía!

Estando así pensativo, algo llamó a la ventana con un fuerte golpe. ¿Sería un ave, un murciélago o un mochuelo? A ésos no los dejan entrar por mucho que llamen. Pero la ventana se abrió por sí sola, y el hombre vio a una anciana que lo miraba.

- ¿Qué desea? - le preguntó -. ¿Quién es usted? ¿Alcanza al primer piso? ¿O se sostiene con una escalera de mano?

- Tienes en el bolsillo un trébol de cuatro hojas - dijo ella ­ o, mejor dicho, tienes siete, uno de los cuales es de seis hojas.

- ¿Quién es usted? - preguntó el hombre.

- La reina del pantano - respondió ella -. La reina del pantano, la destiladora; ahora iba a destilar, precisamente. Tenía puesta ya la espita en el barril, pero un chiquillo hizo una de sus travesuras, la sacó y la echó en dirección al patio, donde vino a dar contra la ventana. Y ahora la cerveza se está saliendo del barril, con perjuicio para todos.

- Cuénteme más cosas - le pidió el hombre.

- Espérate un poco - dijo la mujer -. Ahora tengo cosas más urgentes que hacer - y se marchó.

El hombre se disponía a cerrar la ventana, cuando la vieja se presentó de nuevo.

- Ya está - dijo -. La mitad de la cerveza puedo volver a destilarla mañana, si el tiempo no cambia. Bueno, ¿qué querías preguntarme? He vuelto porque siempre cumplo mi palabra, y porque tú llevas en el bolsillo siete tréboles de cuatro hojas, y uno de seis. Esto impone respeto; es una condecoración que crece en los caminos, pero que no todos encuentran. ¿Qué tenías que preguntarme? No te quedes ahí como un bobo, que debo volver cuanto antes a mi espita y mi barril.

El hombre le preguntó entonces por el cuento, ¿No lo habría encontrado en su camino?

- ¡Mira con lo que me sale ahora! - exclamó la mujer -. ¿Aún no tienes bastantes cuentos? La mayoría están ya hasta la coronilla. Otras cosas hay que hacer y a que atender. ¡Hasta los niños se han emancipado en este punto! Da un cigarro a un mozalbete o un miriñaque nuevo a una niña, y lo preferirán. ¡Escuchar cuentos! ¡Como si no hubiera en qué ocuparse, y problemas mucho más importantes!

- ¿Qué quiere decir con eso? - dijo el hombre -. ¿Qué sabe usted del mundo? ¡Usted sólo ve ranas y fuegos fatuos!

- Sí, pues mucho cuidado con los fuegos fatuos - replicó la vieja -. Andan por ahí sueltos. Tendríamos que hablar de ellos. Ven conmigo al pantano, donde es necesaria mi presencia, y te lo contaré todo. Pero de prisa, mientras estén frescos tus siete tréboles de cuatro hojas y el de seis, y mientras la Luna esté en el cielo.

Y la reina del pantano desapareció.

Dieron las doce en el reloj del campanario, y antes de que se extinguiera el eco de la última campanada, el hombre ya había bajado al patio, salido al jardín y llegado al prado. La niebla se había disipado, y la mujer había cesado de destilar.

- ¡Cuánto has tardado! - dijo -. Las brujas corremos más que los hombres. Estoy muy contenta de haber nacido de la familia de las hechiceras.

- ¿Qué tiene que decirme? - preguntó el hombre -. ¿Puede informarme sobre el cuento?

- ¿No se te ocurre preguntar otra cosa? - dijo la vieja.

- Tal vez podría usted ilustrarme sobre la poesía de lo por venir - inquirió el hombre.

- No te pongas retórico - contestó la mujer -, y te responderé. Sólo piensas en poesía y sólo preguntas por el cuento, como si fuesen los reyes del mundo. Cierto es que el cuento es lo más viejo que hay, y, sin embargo, es considerado siempre como el más joven. ¡Bien lo conozco! También yo fui joven, y no es ésta una enfermedad de infancia. Un día fui una linda elfilla, y bailé a la luz de la luna con las demás; escuché el canto del ruiseñor, fui al bosque y me encontré con el señor cuento, que vagaba por aquellos lugares. Tan pronto establecía su lecho en un tulipán a medio abrir o en una flor del prado, como entraba a hurtadillas en la iglesia y se envolvía en un fúnebre crespón que colgaba de los cirios del altar.

- Está usted muy bien informada - dijo el hombre.

- Al menos he de saber tanto como tú - replicó la vieja Cuento y Poesía, dos pedazos de la misma pieza, pueden echarse donde les apetezca. Toda su obra y toda su charla puede recocerse y sale mejor y más barata. Yo te la daré gratis. Tengo un armario lleno de poesía embotellada. Es la esencia, lo mejor de ella; hierbas, dulces y amargas. Guardo en botellas toda la poesía que utilizan los humanos, para poner unas gotas en el pañuelo los domingos y aspirarla.

- Es maravilloso lo que me explica - dijo el hombre -. ¿Guarda poesía en botellas?

- Más de la que puedas necesitar - respondió la mujer -. Supongo que sabrás aquel cuento de la muchacha que pisoteó el pan para no ensuciarse los zapatos nuevos. Anda por ahí escrito e impreso.

- Yo mismo lo conté - dijo el hombre.

- En ese caso sabrás también que la muchacha se hundió en el suelo y fue a parar a la morada de la reina del pantano en el preciso momento en que se hallaba en ella la abuela del diablo, que quería presenciar las operaciones de la destilación. Vio caer a la chica y pidió que se le diese para pedestal, como un recuerdo de su visita, y se lo di. A cambio me obsequió con una cosa que no me sirve para nada: un botiquín de viaje, todo un armario lleno de poesía embotellada. La abuela me indicó el lugar donde debía colocar el armario y allí está todavía. ¡Mira! Tienes en el bolsillo tus siete tréboles de cuatro hojas, uno de los cuales es de seis. Si los guardas, aún podrás verlo, seguramente.

- Y, en efecto, en el centro del pantano había un objeto voluminoso, parecido a un cepo de chopo y que en realidad era el armario de la abuela. Estaba abierto para la reina del pantano y para todas las gentes de todas las tierras y de todos los tiempos que supiesen dónde se encontraba. Podría abrirse por delante, por detrás, por los lados y por los bordes; era una verdadera obra de arte, a pesar de su aspecto de cepo de chopo. Se había imitado allí a los poetas de todos los países, especialmente los del nuestro: su espíritu se había examinado, criticado, renovado, concentrado y puesto en botellas. Con certero instinto, como se dice cuando no se quiere decir talento, la abuela había sacado de la Naturaleza cuanto olía a tal o cual poeta, añadiéndole un poquitín de sustancia diabólica, y de este modo tenía la poesía embotellada para toda la eternidad.

- Déjemelo ver - pidió el hombre.

- Sí, pero tienes que oír cosas aún más importantes - replicó la vieja.

- Mas ya que estamos junto al armario - dijo él, mirando al interior - y veo botellas de todos tamaños, dime: ¿qué hay en ésta? ¿Y en ésta?

- Ésta contiene lo que llaman fragancias de mayo. No lo he probado, pero sé que con verter un chorrito en el suelo, enseguida sale un hermoso lago de bosque con nenúfares y mentas rizadas. Echas sólo dos gotas sobre un viejo cuaderno, y por malo que sea se convertirá en una comedia olorosa, muy propia para ser representada e incluso para hacer dormir: ¡tan intenso es su aroma! Seguramente en mi honor pusieron en la etiqueta: «Brebaje de la reina del pantano».

Ahí tienes la botella del escándalo. Parece llena de agua sucia, y, en efecto, así es, pero está mezclada con polvos efervescentes de la chismografía ciudadana; tres onzas de mentiras y dos granos de verdad, todo ello agitado con una rama de abedul; nada de usar vergajos puestos en salmuera y rotos sobre el cuerpo sangrante del pecador, o un pedazo de férula del maestro de escuela; tiene que ser una rama sacada de la escoba que barrió el arroyo.

Ésta es la botella que contiene la poesía piadosa en tono de salmodia. Cada gota suena como el chirrido de la puerta del infierno, y está elaborada con sangre y sudor de los castigados. Algunos afirman que no es sino hiel de paloma; pero las palomas son los animales más piadosos, y no tienen hiel, según dice la gente que no sabe Historia Natural.

Venía luego la botella de las botellas, que ocupaba la mitad del armario, y contenía las «historias cotidianas». Estaba metida en una funda de cuero y una vejiga de cerdo, pues no podía soportar la pérdida de la más mínima parte de su fuerza. Cada nación podía extraer de ella su propia sopa, según la manera de volver y emplear las botellas. Había allí vieja sopa alemana de sangre, con albóndigas de bandido, y también la clara sopa casera, con consejeros de Corte de verdad, puestos allí como raíces, mientras en la superficie flotaban ojos de grasa filosófica. Había sopa de institutriz inglesa y el potaje francés «a la Kock», preparado con huesos de pollo y huevos de gorrión, llamado también «sopa cancán»; pero la mejor de todas era la de Copenhague. Por lo menos eso decían las familias.

Seguía la tragedia en la botella de champaña, capaz de detonar, y esto es lo que debe hacer. La comedia tenía forma de arena fina, para saltar a los ojos de la gente - nos referimos a la comedia refinada -. La más burda estaba también en su botella, pero sólo en forma de anuncios futuristas, y lo más substancioso de ella era el título.

El hombre estaba ensimismado en sus pensamientos, pero la mujer continuó, deseosa de terminar de una vez.

- Ya has mirado bastante lo que contiene el armario - le dijo ­ Ya sabes lo que hay aquí, pero todavía no conoces lo principal, que deberías saber también. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Esto es más importante que la Poesía y el Cuento. Tendría que callarme la boca, pero debe haber una fatalidad, un destino, que cuando llevo algo dentro, se me sube a la garganta y tengo que soltarlo. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Andan sueltos. ¡Cuidado con ellos, hombres!

- No entiendo una palabra - dijo el hombre.

- Haz el favor de sentarte sobre el armario - replicó ella pero cuidado con caerte dentro y romperme las botellas, ya sabes lo que contienen. Te contaré el gran acontecimiento; es muy reciente, sólo de anteayer. Correrá aún durante trescientos sesenta y cuatro días. ¿Sabes cuántos días tiene el año, no?



Y la reina del pantano inició su narración.

- Aquí ocurrió ayer un gran suceso. Fue bautizado un niño. Nació un duendecillo; mejor dicho, nacieron doce duendes, que tienen la facultad de adoptar la figura humana cuando quieren, y obrar y mandar como si fuesen hombres de carne y hueso. En el pantano esto constituye un gran acontecimiento; por eso acudieron a bailar los fuegos fatuos, varones y hembras, por la superficie del agua y por el prado. Hay también mujercitas, pero no se habla de ellas. Yo me senté sobre el armario, con los doce recién nacidos en el regazo. Brillaban como luciérnagas; empezaban ya a dar saltitos y crecían a ojos vistas, tanto, que al cabo de un cuarto de hora todos eran tan talluditos como sus padres o sus tíos. Ahora bien, existe un derecho tradicional, un privilegio, según el cual cuando la luna ocupa la posición que ocupaba ayer en el cielo y el viento sopla como ayer soplaba, se permite a los fuegos fatuos que han nacido en aquella hora y minuto, transformarse en seres humanos y obrar como tales. El fuego fatuo puede vagar por el campo o introducirse en el gran mundo, con tal que no tema caerse al lago o ser arrastrado por el huracán. Puede incluso introducirse en una persona y hablar por ella, y efectuar todos sus movimientos. El duende puede tomar cualquier figura de hombre o de mujer, actuar en su espíritu según se le antoje. Tiene empero la obligación de desencaminar en un año a trescientos sesenta y cinco seres humanos, extraviarles de la senda de la verdad y la justicia, y ello en gran estilo. Entonces alcanza el honor máximo a que puede llegar un duende: el de convertirse en postillón de la carroza del diablo, vestir fulgurante librea amarilla y despedir llamas por la boca. A un duende sencillo la boca se le hace agua ante esta perspectiva. Pero ese trabajo comporta también sus peligros y no pocas fatigas. Si el hombre sabe abrir los ojos y, al darse cuenta de lo que tiene delante, se lo sacude, el otro está perdido y ha de volver al pantano. Y si al duende lo acomete la nostalgia de su familia antes de que haya transcurrido el año y se rinde, está perdido también, ya no seguirá ardiendo con claridad, se apagará y no podrá ser encendido de nuevo. Y si al término del año no ha desencaminado a trescientos sesenta y cinco personas y no se ha llevado todo lo que es bueno y grande, queda condenado a yacer en la madera podrida y brillar sin moverse, lo cual es el castigo más terrible para un duende, tan dinámico por naturaleza. Todo esto lo sabía yo, y se lo dije a los doce duendecillos que tuve en mi regazo, y que estaban como fuera de sí de alegría. Les dije que lo más seguro y cómodo era renunciar al honor y no hacer nada; pero los pequeños no quisieron escucharme; se veían ya en sus fulgurantes ropajes amarillos, despidiendo fuego por la boca. «Quedaos con nosotros», les aconsejaron algunos viejos, mientras otros les decían: «Probad suerte con los hombres. Los hombres secan nuestros prados, los desaguan. ¡Qué será de nuestros descendientes!».

«¡Queremos brillar, brillar!», exclamaban los fuegos fatuos recién nacidos; y así fue convenido.

Enseguida empezó el baile del minuto; más breve no podía ser. Las doncellas elfas dieron unas vueltas con todos los demás, para no pasar por orgullosas, aunque preferían bailar solas. Luego vino el reparto de los regalos de los padrinos. Los obsequios volaron como guijarros por encima de las aguas pantanosas. Cada ella dio una punta de su velo. «¡Cógelo! - decían - y sabrás bailar maravillosamente, con los pasos y movimientos más difíciles. Podrás adoptar la actitud correcta y exhibirte en la sociedad más distinguida».

El hombre nocturno enseñó a cada uno de los nuevos fuegos fatuos a decir «¡bra, bra, bravo!», y a decirlo en el lugar apropiado, lo cual es una gran ciencia, y de gran rendimiento.

También la lechuza y la cigüeña soltaron algo, pero no valía la pena hablar de ello, dijeron, y así lo dejaremos. La partida de caza del rey Waldemar pasó corriendo por encima del pantano, y cuando sus señorías se enteraron de la fiesta, enviaron como obsequio un par de excelentes perros, capaces de correr como el viento y de llevar a lomos uno o incluso tres fuegos fatuos. Dos viejas pesadillas, que se alimentan cabalgando, participaron también en el banquete. De ellas aprendieron el arte de introducirse por el ojo de las cerraduras, y esto equivale a tener todas las puertas abiertas. Ofreciéronse además a guiar a los jóvenes fuegos fatuos a la ciudad; la conocían muy bien. Generalmente cabalgan sobre el pelo que les crece en el cogote, que es muy largo y se lo atan en un moño, para sentarse sobre una silla dura, y así cruzan los aires; pero en aquella ocasión montaron los salvajes perros de caza, llevando en el regazo a los jóvenes fuegos fatuos, dispuestos a descarriar y perder a los hombres. ¡Arre, a todo galope! Todo esto sucedió anoche. Ahora los fuegos fatuos están en la ciudad; manos a la obra, pero dónde y cómo, ¡cualquiera lo sabe! Me corre un cosquilleo por el dedo gordo del pie; esto siempre me anuncia algo.

- Esto es todo un cuento - dijo el hombre.

- Sí, pero sólo el principio - respondió la mujer -. ¿Podrías explicarme ahora cómo se las arreglan los fuegos fatuos, cómo se comportan, qué figuras adoptan para descarriar a los hombres?

- Creo - dijo el hombre - que podría componerse toda una novela sobre ellos, una novela en doce partes, una para cada uno; o, mejor aún, toda una comedia popular.

- Deberías escribirla - dijo la mujer -. Aunque más vale quizá que lo dejes correr.

- Sí, eso es lo más cómodo - respondió el hombre -. Así no te calumnian luego en los periódicos, lo cual es tan fastidioso como para un fuego fatuo tener que alojarse en la madera podrida y brillar sin poder decir esta boca es mía.

- A mí me da lo mismo - dijo la mujer -. Pero mejor será que dejes que la escriban otros, tanto si saben como si no. Te daré una vieja espita de mi barril. Con ella podrás abrir el armario de la poesía embotellada y sacar lo que te haga falta. Pero en cuanto a ti, amigo mío, me parece que te has manchado ya bastante los dedos de tinta y que has llegado a una edad en que no está bien correr en busca de cuentos, sobre todo habiendo cosas mucho más importantes que hacer. ¿Sabes a qué me refiero?

- Los fuegos fatuos están en la ciudad - dijo el hombre -. Lo he oído y comprendido. Pero, ¿qué debo hacer? Me molerían a palos si lo viera y dijera a las gentes: «¡Cuidado, ahí va un duende vestido de levita!».

- También van en camisa - dijo la mujer -. El duende puede adoptar todas las formas y presentarse en todos los lugares. Va a la iglesia, aunque no por amor a Dios; a lo mejor se introduce dentro del párroco. Pronuncia discursos los días de elecciones, no con miras al bien del país y del imperio, sino pensando en su propio beneficio. Es artista, lo mismo con la paleta que en el teatro, pero cuando se ha hecho el amo, la olla está vacía. Y yo charla que te charla, pero he de sacar lo que tengo en el buche, en perjuicio de mi propia familia. Por lo visto, debo constituirme ahora en salvadora de los hombres. En realidad no lo hago por buena voluntad o para que me den una medalla. Estoy haciendo la mayor locura que puedo hacer: decirlo a un poeta, con lo cual muy pronto lo sabrá la ciudad entera.

- La ciudad no se lo tomará en serio - dijo el hombre -. Nadie me hará caso, pues todos creerán que les estoy contando un cuento, cuando les diga, con toda la seriedad de que soy capaz: «Los fuegos fatuos están en la ciudad, según me dijo la reina del pantano. ¡Mucho ojo, pues!».
Es war einmal ein Mann, der einst so viele neue Märchen wußte, aber nun seien sie ihm ausgegangen, sagte er; das Märchen, das von selber Besuch machte, kam nicht mehr und klopfte an seine Türe; und weshalb kam es nicht? Ja, das ist freilich war, der Mann hatte in Jahr und Tag nicht daran gedacht, nicht erwartet, daß es kommen sollte, um anzuklopfen, aber es war gewiß auch nicht hier gewesen, denn draußen war Krieg und drinnen Kummer und Not, wie der Krieg sie mitbringt.

Storch und Schwalbe kamen von ihrer langen Reise, sie dachten an keine Gefahr, und als sie kamen waren das Nest verbrannt, die Häuser der Menschen verbrannt, die Hecken zerstört, ja ganz verschwunden; die Rosse der Feinde stampften auf den alten Gräbern, Es waren harte, dunkle Zeiten; aber auch die nehmen ein Ende.

Und nun hatten sie ein Ende, sagte man, doch noch klopfte das Märchen nicht an oder ließ von sich hören.

»Es ist wohl tot und verschollen mit den vielen andern«, sagte der Mann. Aber das Märchen stirbt nie!

Und es verging mehr als ein ganzes Jahr, und er sehnte sich so schrecklich. »Ob das Märchen nicht doch wiederkommen und anklopfen würde!« Und er erinnerte sich seiner so lebhaft in all den vielen Gestalten, in denen es zu ihm gekommen war; bald jung und herrlich, der Frühling selber, ein reizendes kleines Mädchen mit einem Maiglöckchenkranz im Haar und einem Buchenzweig in der Hand; ihre Augen glänzten wie tiefe Waldseen im klaren Sonnenschein, bald war es auch als Hausierer gekommen, hatte den Kramkasten geöffnet und das Seidenband mit Vers und Inschrift voll alter Erinnerungen flattern lassen; aber am allerschönsten war es doch, wenn es als altes Mütterchen mit silberweißem Haar und mit so großen und so klugen Augen kam, da wußte sie recht zu erzählen von den allerältesten Zeiten, lange noch, bevor die Prinzessinnen Gold spannen, während Drachen und Lindwürmer draußen lagen und sie bewachten. Da erzählte sie so lebendig, daß jedem schwarze Flecken vor die Augen kamen, der darauf hörte, der Boden wurde schwarz von Menschenblut, graulich anzusehen und zu hören und doch so vergnüglich, denn es war so lange her, daß es geschehen war.

»Ob sie nicht mehr anklopfen würde!« sagte der Mann und starrte nach der Tür, so daß ihm schwarze Flecken vor die Augen kramen, schwarze Flecken auf den Boden; er wußte nicht, ob es Blut war oder Trauerschleier aus den schweren, dunklen Tagen.

Und wie er saß, kam ihm in den Sinn, ob nicht das Märchen sich verborgen halte wie die Prinzessin in den richtigen, alten Märchen und nur aufgesucht werden wollte; wurde sie gefunden, dann strahle sie in neuer Herrlichkeit, schöner als je zuvor.

»Wer weiß, vielleicht liegt sie verborgen in dem weggeworfenen Strohhalm, der am Brunnenrand schaukelt. Vorsichtig! Vorsichtig! Vielleicht hat sie sich in eine verwelkte Blume versteckt, die in einem der großen Bücher auf dem Bücherbord liegt.«

Und der Mann ging hin, öffnete eines der allerneuesten, aus denen man Verstand bekommen soll; aber das lag keine Blume, da stand von Holger Danske zu lesen; und der Mann las, daß die ganze Geschichte erfunden und zusammengesetzt sei von einem Mönch in Frankreich, daß es ein Roman sei, der »übersetzt und gedruckt in der dänischen Sprache« worden war; daß Holger Danske gar nicht existierte und also gar nicht wiederkommen könne, wie wir davon gesungen und so gerne daran geglaubt hatten. Es war mit Holger Danske wie mit Wilhelm Tell, nur Gerede, auf das man sich nicht verlassen konnte, und das war in dem Buch mit großer Gelehrsamkeit dargelegt.

»Ja, ich glaube nun, was ich glaube, sagte der Mann, »es wächst kein Wegerich, wo noch kein Fuß hintrat.«

Und er machte das Buch zu, stellte es auf das Bord und ging dann hin zu den frischen Blumen am Fensterbrett; vielleicht hatte sich dort das Märchen versteckt in die rote Tulpe mit den goldgelben Rändern oder in die frische Rose oder in die starkfarbige Kamelie. Der Sonnenschein lag zwischen den Blättern, aber nicht das Märchen.

»Die Blumen, die hier in der Trauerzeit standen, waren alle weit schöner; aber sie wurden abgeschnitten, jede einzelne, in Kränze gebunden, auf Särge niedergelegt, und über sie wurde die Fahne gebreitet. Vielleicht ist das Märchen mit den Blumen begraben! Aber davon müßten die Blumen gewußt haben, der Sarg hätte es vernommen, die Erde hätte es vernommen, jeder kleine Grashalm, der hervor wuchs, würde es erzählt haben. Das Märchen stirbt niemals!

Vielleicht ist es auch hier gewesen und hat angeklopft, aber wer hatte damals Ohren dafür, Gedanken dafür! Man sah düster, schwermütig, fast böse zu dem Sonnenschein des Frühlings, seinem Vogelgezwitscher und all dem fröhlichen Grün; ja, die Zunge konnte nicht die alten, volksfrischen Lieder singen, wie wurden eingesargt mit so vielem, was unserm Herzen teuer war; das Märchen kann wohl angeklopft haben; aber es wurde nicht gehrt, nicht willkommen geheißen, und so ist es fortgeblieben.

Ich will gehen und es aufsuchen.

Hinaus aufs Land! Hinaus in den Wald, an den offenen Strand!«

Draußen liegt ein alter Herrenhof mit roten Mauern, zackigem Giebel und wehender Fahne auf dem Turm. Die Nachtigall singt unter den feingefransten Buchenblättern, während sie auf des Garten blühende Apfelbäume blickt und glaubt, daß sie Rosen tragen. Hier sind in der Sommersonne die Bienen geschäftig, und mit summendem Gesang schwärmen sie um ihre Königin. Der Herbststurm weiß von der wilden Jagd zu erzahlen, von den Menschengeschlechtern und den Blättern des Waldes, die hinwehen. Zur Weihnachtszeit singen die wilden Schwäne draußen vor dem offenen Wasser, während man drinnen in dem alten Hof am Kaminfeuer Lust hat, Lieder und Sagen zu hören.

Drunten in dem alten Teil des Gartens, wo die große Allee von wilden Kastanien mit ihrem Halbdunkel lockt, ging der Mann, der das Märchen suchte; hier hatte ihm einmal der Wind von Waldemar Daa und seinen Töchtern vorgesaust. Die Dryade im Baum, das war die Märchenmutter selbst, hatte ihm hier von des alten Eichenbaums letztem Traum erzählt, Zu der Großmutter Zeiten standen hier beschnittene Hecken, nun wuchsen nur Farnkräuter und Nesseln; sie breiteten sich aus über hingeworfene Reste alter Steinfiguren; Moos wuchs ihnen in den Augen, aber sie konnten ebenso gut sehen wie früher, das konnte der Mann, der nach dem Märchen suchte, nicht. es sah das Märchen nicht. Wo war es?

Über ihm und die alten Bäume hin flogen Krähen zu Hunderten und schrieen »Fort von Hier! Fort von hier!«

Und er ging aus dem Garten über den Wallgraben des Herrenhofes hin in das Erlenwäldchen hinein; dort stand ein kleines, sechseckiges Haus mit einem Hühnerhof und einem Entenhof; mitten in der Stube saß die alte Frau, die das Ganze leitete und genau von jedem Ei Bescheid wußte, das gelegt wurde, von jedem Küken, das aus dem Ei schlüpfte! Aber sie war nicht das Märchen, das der Mann suchte; das konnte sie beweisen mit einem christlichen Taufschein und einem Impf-Attest, beide lagen in der Truhe.

Draußen, nicht weit von dem Hause, ist ein Hügel mit Rotdorn und Goldregen; hier liegt ein alter Grabstein, der vor vielen Jahren vom Kirchhof eines Landstädtchens hierhergebracht wurde, eine Erinnerung an einen der ehrenhaften Ratsherren der Stadt, seine Frau und seine fünf Töchter, alle mit gefalteten Händen und Halskrausen, stehen, aus Stein gehauen, um ihn herum. Man konnte sie so lange betrachten, daß sie auf die Gedanken wirkten, und diese wieder wirkten auf den Stein, so daß er von alten Zeiten erzählte; wenigstens war es dem Mann so ergangen, der das Märchen suchte. Als er nun dahin kam, sah er einen lebendigen Schmetterling grade auf der Stirn von dem gemeißelten Bilde des Ratsherrn sitzen; der schlug mit den Flügeln, flog eine kleine Strecke und setzt sich wieder dicht neben den Grabstein, gleichsam um zu zeigen, was dort wuchs. Dort wuchs ein Vierklee, dort wuchsen ganze sieben Stück nebeneinander. Kommt das Glück, so kommt es in Fülle! Er pflückte die Kleeblätter und steckte sie in die Tasche. Das Glück ist so gut wie bares Geld, aber ein neues, schönes Märchen wäre doch noch besser, dachte der Mann, aber das fand er dort nicht.

Die Sonne ging unter, rot und groß; die Wiese dampfte, und das Moorweib braute.

Es war spät am Abend; er stand allein in seiner Stube, sah hinaus über den Garten, über Wiese, Moor und Strand, der Mond schien hell, es lag ein Dunst über der Wiese, als sei sie ein großer See, und das war sie auch einmal gewesen, ging die Sage, und im Mondschein trat die Sage in Erscheinung. Da dachte der Mann daran, was er drinnen, in der Stadt gelesen hatte, daß Wilhelm Tell und Hollger Danske nicht gelebt hätten, aber im Volksglauben werden sie doch, wie der See hier draußen, lebende Erscheinungen der Sage. Ja, Holger Danske kommt wieder!

Während er so stand und dachte, schlug etwas ganz stark an das Fenster. War es ein Vogel? eine Fledermaus oder eine Eule? Ja, die läßt man nicht ein, wenn sie klopfen. Das Fenster sprang von selber auf, ein altes Weib sah herein zu dem Mann.

»Was ist gefällig?« fragte er. »Wer ist Sie? Gleich herein in die erste Etage sieht sie, steht Sie auf einer Leiter?«

»Sie haben ein Vierblatt in der Tasche«, sagte sie, »ja, Sie haben ganze sieben, von denen eines ein Sechsklee ist.«

»Wer ist Sie?« fragte der Mann.

»Das Moorweib:« sagte sie. »Das Moorweib, das braut; ich war gerade in voller Arbeit; der Zapfen saß im Faß, aber einer der kleinen Moorjungen riß ihm Übermut den Zapfen ab und warf ihn gerade bis herauf zum Haus, wo er an das Fenster schlug; nun läuft das Bier aus dem Faß, und damit ist keinem gedient.«

»Erzahle Sie mir doch!« sagte der Mann.

»Ja, wart ein wenig!« sagte das Moorweib. »Jetzt habe ich anderes zu besorgen!« Und da war sie fort.

Der Mann war dabei, das Fenster zu schließen, da stand das Weib wieder da. »Nun ist es geschehen!« sagte sie. »Aber das halbe Bier kann ich morgen wieder brauen, wenn das Wetter danach bleibt. Nun, was haben Sie zu fragen? Ich komme wieder, denn ich halte immer Wort, und Sie haben sieben Vierblätter in der Tasche, von denen eines ein Sechsklee, das ist ein Ordenszeichen, das an der Landstraße wächst, aber nicht von jedem gefunden wird. Wonach haben Sie also zu fragen? Stehen Sie jetzt nicht da wie ein dummes Ende, ich muß bald fort zu meinem Zapfen und meinem Faß!«

Und der Mann fragte nach dem Märchen, fragte, ob das Moorweib es auf seinem Wege gesehen hätte.

»Ih, du großes Brauhaus!« sagte das Weib. »Haben Sie noch nicht genug von Märchen? Das glaube ich doch freilich, daß die meisten genug haben. Hier ist anderes zu besorgen, anderes zu beachten. Selbst die Kinder sind darüber hinausgewachsen. Gebt den kleinen Jungen eine Zigarre und den kleinen Mädchen eine neue Krinoline, das mögen sie lieber! Auf Märchen hören? Nein, hier ist wahrlich anderes zu besorgen, wichtigeres auszurichten!«

»Was meinen Sie damit?« fragte der Mann. »Und was wissen sie von der Welt? Sie sehen ja nur Frösche und Irrlichter.

»Ja, nehmen sie sich in acht vor den Irrlichtern« sagte das Weib, »sie sind aus! Sie sind losgekommen! Von denen wollen wir reden! Kommen sie zu mir in das Moor, wo meine Anwesenheit notwendig ist; dort werde ich Ihnen alles sagen, aber eilen Sie sich ein wenig, solange Ihre sieben Vierblätter mit dem einen Sechser frisch sind und der Mond noch scheint!« Weg war das Moorweib.

Die Glocke schlug zwölf von der Turmuhr, und bevor sie das nächste Viertel schlug, war der Mann draußen auf dem Hof, draußen aus dem Garten und stand in der Wiese. Der Nebel hatte sich gelegt, das Moorweib hörte auf zu brauen.

»Es dauerte lange, bis Sie kamen!« sagte das Moorweib. »Das Zauberzeug kommt schneller vorwärts als die Menschen, und ich bin froh, daß ich als Zauberwesen geboren bin.«

»Was haben Sie mir nun zu sagen?« fragte der Mann. »Ist es ein Wort vom Märchen?«

»Können Sie denn niemals weiter kommen, als danach zu fragen?« sagte das Weib.

»Ist es dann von der Zukunftspoesie, von der Sie sprechen können?« fragte der Mann.

»Werden Sie nur nicht hochtrabend:, sagte das Weib, »dann werde ich wohl antworten. Sie denken nur an die Dichterei, fragen nach dem Märchen, als ob es die Madame über das Ganze wäre!« sie ist freilich schon die Älteste, aber sie gilt immer als Jüngste. Ich kenne sie wohl! Ich bin auch einmal jung gewesen, und das ist keine Kinderkrankheit, Ich bin auch einmal ein ganz niedliches Elfenmädchen gewesen und habe mit den anderen im Mondschein getanzt, auf die Nachtigall gehört, bin in den Wald gegangen und dem Märchenfräulein begegnet, das immer aus war und sich herumtrieb. Bald nahm sie ihr Nachtlager in einer halberblühten Tulpe oder in einer Wiesenblume, bald huscht sie hinein in die Kirche und hüllte sich in den Trauerflor, der von den Altarkerzen herabhing!«

»Sie wissen herrlich Bescheid!« sagte der Mann.

»Ich sollte doch wahrscheinlich ebenso viel wissen wie Sie!« sagte das Moorweib. »Märchen und Poesie, ja, das sind zwei Ellen von einem Stück; die können gehen und sich schlafen legen, wo sie wollen. All ihre Worte und Werke kann man nachbrauen und besser und billiger haben. Sie sollen sie bei mir umsonst bekommen. Ich habe einen ganzen Schrank voll von Poesie auf Flaschen. Es ist die Essenz, das Feine davon, die Bierwürze, das Süße und auch das Bittere. Ich habe auf Flaschen alles, was die Menschen von Poesie brauchen, um an Feststagen etwas auf ihr Sacktuch zu tun, um daran zu riechen.«

»Das sind ganz seltsame Dinge, die Sie da sagen«, sagte der Mann. »Haben Sie Poesie auf Flaschen?«

»Mehr als Sie aushalten können!« sagte das Weib. »Sie kennen wohl die Geschichte von dem Mädchen, welches aufs Brot trat, um seine neuen Schuhe nicht zu beschmutzen? Sie ist sowohl geschrieben wie gedruckt.«

»Die habe ich selber erzählt«, sagte der Mann.

»Ja, dann kennen Sie sie«, sagte das Weib, »und wissen, daß das Mädchen direkt hinab in die Erde sank zur Moorfrau, gerade, als des Teufels Großmutter Besuch machte, um die Brauerei zu sehen. Sie sah das Mädchen, das hereinsank, und bat es sich als Postament aus, als Erinnerung an den Besuch, und sie bekam es, und ich bekam ein Geschenk, für das ich gar keine Verwendung habe, eine Reiseapotheke, einen ganzen Schrank voll Poesie auf Flaschen. Die Großmutter sagte, wo der Schrank stehen sollte, und da steht er noch. Sehen Sie nur! Sie haben ja Ihre sieben Vierblätter in der Tasche, von denen das eine ein Sechsklee ist, da werden Sie es wohl sehen können.«

Und wirklich, mitten im Moor lag wie ein großer Erlenstrunk der Schrank der Großmutter. Er stand offen für das Moorweib und für jeden in allen Ländern und in allen Zeiten, wenn man nur wußte, wo der Schrank stand. Er war vorne und hinten zu öffnen, auf allen Seiten und Ecken, ein ganzes Kunstwerk, und sah doch nur wie ein alter Erlenstrunk aus. Die Poeten aller Länger, besonders die unseres eigenen Landes, waren hier nachbereitet; ihr Geist war ausspekuliert, rezensiert, renoviert, konzentriert und auf Flaschen gezogen. Mit großem Instinkt, wie es genannt wird, wenn man nicht Genie sagen will, hatte die Großmutter das in der Natur genommen, was gleichsam nach diesem oder jenem Poeten schmeckte, hatte etwas Teufelei hinzugesetzt, und so hatte sie eine Poesie auf Flaschen für die ganze Zukunft.

»Lassen Sie mich einmal sehen!« sagte der Mann.

»Ja, aber es gibt wichtigere Dinge zu hören!« sagte das Moorweib.

»Aber jetzt sind wir bei dem Schrank!« sagte der Mann und sah hinein. »Hier sind Flaschen in allen Größen. Was ist in dieser? Und was in dieser?«

»Hier ist das, was sie Maiduft nennen!« sagte das Weib. »Ich habe es nicht versucht, aber ich weiß, wenn man davon nur einen kleinen Tropfen auf den Boden spritzt, dann liegt da gleich ein herrlicher Waldsee mit Wasserlilien, blühendem Rohr und wilder Krauseminze. Man gießt nur zwei Tropfen auf ein altes Heft, selbst aus der untersten Klasse, und dann wird das Buch eine ganze Duftkomödie, die man sehr gut aufführen und bei der man einschlafen kann, so stark durftet sie. Das soll wohl eine Höflichkeit für mich sein, daß auf der Flasche steht: »Gebräu des Moorweibs«.

Hier steht die Skandalflasche. Sie sieht aus, als ob nur schmutziges Wasser darin wäre, und es ist schmutziges Wasser, aber mit Brausepulver von Stadtgeklatsch, drei Lot Lügen und zwei Gran Wahrheit mit einem Birkenzweig umgerührt, nicht aus einer Spießrute, die man in Salzlake gelegt hat und aus dem blutigen Körper des Sünders schnitt, auch nicht eine Gerte von der Rute des Schulmeisters, nein, direkt vom Besen genommen, der den Rinnstein fegte.

Hier steht die Flasche mit der frommen Poesie im Psalmenton. Jeder Tropfen hat einen Klang wie das Quietschen der Höllentüre und ist zubereitet aus dem Blut und Schweiß der Züchtigung; einige sagen, es ist nur Taubengalle, aber die Tauben sind die frömmsten Tiere, sie haben keine Galle, sagen die Leute, die nicht Naturgeschichte kennen.«

Hier stand die Flasche aller Flaschen; sie nahm den halben Schrank ein, die Flasche mit den Alltagsgeschichten; sie war sowohl mit einer Schweinshaut als auch mit einer Blase zugebunden, denn sie durfte nichts von ihrer Kraft verlieren. Jede Nation konnte hier ihre eigene Suppe erhalten, sie kam, je nachdem man die Flasche wandte und drehte. Hier war alte deutsche Blutsuppe mit Räuberklößchen, auch dünne Hausmannssumme mit wirklichen Hofräten, die wie Wurzelwerk darin lagen, und auf der Oberfläche schwammen philosophische Fettaugen. Es gab englische Gouvernantensuppe und die französische Potage à la Kock, mit Hühnerknochen und Spatzeneiern zubereitet, auf dänisch Cancansuppe genannt. Aber die beste von den Suppen war die Kopenhagener. Das sagte die Familie.

Hier stand die Tragödie in Champagnerflaschen; sie konnte knallen, und das soll sie. Das Lustspiel sah aus wie feiner Sand, um ihn den Leuten in die Augen zu werfen, das heißt, das feinere Lustspiel; das gröbere war auch auf Flaschen, aber bestand nur aus Zukunftsplakaten, wo der Name das Kräftigste vom Stück war. Es waren ausgezeichneten Komödiennamen wie: »Willst du herausrücken mit dem Geld?«, »Eins um die Ohren«, »Der süße Esel« und »Sie ist knallvoll!«

Der Mann verfiel in Gedanken dabei, aber das Moorweib dachte weiter, sie wollte ein Ende haben.

»Nun haben Sie wohl genug in dem Kramkasten gesehen!« sagte sie. »Nun wissen Sie, was das ist; aber das Wichtigere, was Sie wissen sollten, wissen Sie noch nicht. Die Irrlichter sind in der Stadt! Das hat mehr zu bedeuten als Poesie und Märchen. Ich sollte nun gerade meinen Mund dabei halten, aber es muß eine Fügung sein, ein Schicksal, etwas, was stärker ist als ich, es drückt mir das Herz ab, es muß heraus. Die Irrlichter sind in der Stadt! Sie sind losgekommen: Nehmt euch in acht, ihr Menschen!«

»Davon verstehe ich kein Wort!« sagte der Mann.

»Seien Sie so gut und setzen Sie sich auf den Schrank«, sagte sie, »aber fallen Sie nicht hinein, daß Sie nicht die Flaschen entzweischlagen; Sie wissen, was darin ist. Ich werde Ihnen das große Ereignis erzählen; es ist nicht länger her als seit gestern; es hat sich schon früher zugetragen. Es hat noch dreihundertvierundsechzig Tage zu dauern. Sie wissen, wieviel Tage ein Jahr hat?«

Und das Moorweib erzählte.

»Hier hat sich gestern etwas Großes in den Sümpfen ereignet: Hier war Kinderfest! Hier wurde ein kleines Irrlicht geboren, hier wurden zwölf geboren von der Gattung, der es gegeben ist, wenn sie wollen, als Menschen auftreten zu können und unter diesen zu agieren und zu kommandieren, als ob sie geborene Menschen wären. Das ist ein großes Ereignis im Sumpf, und deshalb tanzten über Moor und Wiese hin alle Irrlichter und Irrlichterinnen; es gibt auch ein weibliches Geschlecht, aber das ist nicht im Sprachgebrauch. Ich saß da auf meinem Schrank und hatte alle die zwölf kleinen neugeborenen Irrlichter auf meinem Schoß; sie leuchteten wie Johanniswürmchen; sie fingen schon an zu hüpfen, und jede Minute nahmen sie an Größe zu, so daß, ehe eine Viertelstunde um war, jedes von ihnen ebenso groß aussah wie der Vater oder Onkel. Nun ist es ein altes, angeborenes Gesetz und eine Gunst, wenn der Wind so weht, wie er gestern wehte, und der Mond so steht, wie er gestern stand, dann ist es allen Irrlichtern, die in dieser Stunde und Minute geboren werden, gegeben und gegönnt, daß sie Menschen werden können und jedes von ihnen ein ganzes Jahr lang ringsum seine Macht üben kann. Das Irrlicht kann durch das Land und um die Welt ziehen, wenn es nicht Angst hat, in die See zu fallen oder in einem starken Sturm ausgeblasen zu werden. Es kann kerzengerade in einen Menschen hineinfahren, für ihn sprechen und alle Bewegungen machen, die es will. Das Irrlicht kann jede Gestalt annehmen, die es will, von Mann oder Weib, kann in ihrem Geist handeln, aber seinem ganzen Wesen entsprechend, so daß dabei herauskommt, was es will; aber in einem Jahr muß es wissen und verstehen, dreihundertfünfundsechzig Menschen auf falsche Wege zu führen, und dies in großem Stil, sie von dem Recht und der Wahrheit fortzuführen, dann erreicht es das Höchste, wozu es ein Irrlicht bringen kann, nämlich Läufer vor des Teufels Staatskarosse zu werden, glühende, feuergelbe Kleider zu bekommen und Flammen, die ihm zum Hals herausschlagen. Danach kann sich ein einfaches Irrlicht die Finger ablecken. Aber es ist auch Gefahr und große Unannehmlichkeit für ein ehrgeiziges Irrlicht damit verbunden, das gerne eine Rolle spielen will. Gehen dem Menschen die Augen auf und sieht er, wer es ist, und kann es wegblasen, so ist es weg und muß zurück in den Sumpf; und wenn ein Irrlicht, bevor das Jahr um ist, von der Sehnsucht gepackt wird, zu seiner Familie zu kommen, und sich selber aufgibt, so ist es auch weg, kann nicht länger hell brennen, geht bald aus und kann nicht wieder angezündet werden; und ist das Jahr zu Ende und hat es dann noch nicht dreihunderfünfundsechzig Menschen fortgeführt von der Wahrheit und von dem, was schön und gut ist, so ist es verurteilt, in faulem Holz zu liegen und zu leuchten, ohne sich rühren zu können, und das ist die fürchterlichste Strafe für ein lebhaftes Irrlicht. All dies wußte ich, und all dies sagte ich den zwölf kleinen Irrlichtern, die ich auf dem Schoß hatte und die wie toll vor Freude waren. Ich sagte ihnen, daß es das sicherste und bequemste wäre, die Ehre aufzugeben und nichts anzustellen; das wollten die jungen Flammen nicht, sie sahen sich schon glühend, brandgelb, mit der Flamme zum Halse heraus. »Bleibt bei uns!« sagten einige von den Alten. »Treibst Spiel mit den Menschen!« sagten die andern. »Die Menschen trocknen unsere Wiesen aus, die dränieren! Was soll da aus unseren Nachkommen werden!«

»Wir wollen flammen in Flammen!« sagten die neugeborenen Irrlichter, und so war es abgemacht.

Hier war nun gleich Minutenball, kürzer konnte es nicht sein! Die Elfenmädchen schwingen sich dreimal herum mit allen den andern, um nicht hochmütig zu seinen; sie tanzen sonst am liebsten mit sich selber. Dann wurden Patengeschenke gegeben, »Rikoschettiert«, wie man es nennt. Geschenke flogen wie Kieselsteine über das Moorwasser hin. Jedes von den Elfenmädchen gab einen Zipfel von ihrem Schleier. »Nimm ihn«, sagten sie, »dann kannst du gleich den höheren Tanz, die schwierigsten Schwingungen und Wendungen, auch wenn es drückt; du bekommst die rechte Haltung und kannst dich in der steifsten Gesellschaft zeigen!« Der Nachtrabe lehrte jedes der jungen Irrlichter »bra, bra, brav!« zu sagen, es am rechten Ort zu sagen und das ist eine große Gabe, die sich selber lohnt. Die Eule und der Storch ließen auch etwas fallen, aber das war nicht der Rede wert, sagten sie, also reden wir nicht davon. König Waldemars wilde Jagd fuhr gerade hin über das Moor, und da diese Herrschaft von dem Fest hörte, sandte sie als Geschenk ein paar feine Hunde, die mit Windeseile jagen und wohl ein Irrlicht tragen können, oder auch drei. Zwei alte Nachtmahre, die sich durch Reiten ernähren, waren mit bei dem Fest; die lehrten sie gleich die Kunst, durch ein Schlüsselloch hineinzuschlüpfen, das ist, als ob einem alle Türen offenstünden. Sie boten sich an, die jungen Irrlichter in die Stadt zu führen, wo sie gut Bescheid wissen. Sie reiten gewöhnlich durch die Luft auf ihrem eigenen langen Nackenhaar, das sie in einen Knoten gebunden haben, um fest zu sitzen. Aber nun setzt sie sich beide quer auf die Hunde der wilden Jagd, nahmen die jungen Irrlichter auf den Schoß, die hineinsollten, um die Menschen zu verleiten und zu verwirren - husch! waren sie fort. Das war alles gestern nacht. Nun sind die Irrlichter in der Stadt, jetzt haben sie die Sache schon angepackt, aber wie und so, ja, sag mir das! Ich habe einen Wetterpropheten in meiner großen Zehe, der mir immer etwas erzählt!«

»Das ist ein ganzes Märchen!« sagte der Mann.

»Ja, das ist doch nur der Anfang zu einem«, sagte das Weib. »Können Sie mir erzahlen, wie sich die Irrlichter nun tummeln und betragen, in welchen Gestalten sie aufgetreten sind, um die Menschen auf falsche Wege zu ringen?« »Ich glaube wohl«, sagte der Mann, »es konnte ein ganzer Roman über die Irrlichter geschrieben werden, ganze zwölf Teile, einen über jedes Irrlicht, oder vielleicht noch besser ein ganzes Volkslustspiel.«

»Das sollten Sie schreiben«, sagte das Weib, »oder lieber es sein lassen.«

»Ja, das ist angenehmer und bequemer«, sagte der Mann, »dann braucht man sich nicht in der Zeitung zerrupfen zu lassen, und dabei wird es einem oft ebenso beklommen zumut wie einem Irrlicht, wenn es in einem Baume liegen, leuchten muß und nicht mucksen darf!«

»Mir ist das ganz gleich«, sagte das Weib, »aber lassen Sie lieber die andern schreiben, die, die es können, und die, die es nicht können! Ich gebe einen alten Zapfen von meinem Faß, der schließt den Schrank mit der Poesie auf Flaschen auf, darauf können sie bekommen, was ihnen fehlt; aber Sie, mein guter Mann, scheinen mir nun Ihre Finger genug mit Tinte beschmiert zu haben, und Sie sollten wohl zu dem Alter und der Gesetztheit gekommen sein, daß Sie nicht jedes Jahr dem Märchen nachlaufen dürfen, nun, wo viel wichtigere Dinge zu tun sind. Sie haben doch wohl verstanden, was los ist=« »Die Irrlichter sind in der Stadt!« sagte der Mann. »Ich habe es gehört, ich habe es verstanden! Aber was wollen Sie, daß ich tun soll? Es wird mir ja doch schlecht ergehen, wenn ich sie sehe und den Leuten sage: »Seht einmal, da geht ein Irrlicht in Staatsuniform!«

»Sie gehen auch in Röcken!« sagte das Weib. »Das Irrlicht kann jede Gestalt annehmen, die es will, und allerorten auftreten. Es geht in die Kirche, nicht um Gottes willen, nein, vielleicht ist es in den Priester gefahren. Es spricht am Wahltag nicht zu des Landes und Reiches Gunsten, nein, nur zu seinen eigenen; es ist Künstler sowohl im Farbentopf als auch im Theatertopf, aber bekommt es ordentlich Macht, dann ist es aus mit dem Topf! Ich schwatze und schwatze, ich muß heraus mit dem, was ich auf dem Herzen habe, zum Schaden meiner eigenen Familie; aber ich werde nun die Retterin der Menschheit sein. Das geschieht wahrlich nicht aus guter Absicht oder um der Medaille willen. Ich tue das Verkehrteste, was ich tun kann, ich sage es einem Poeten und so bekommt es gleich die ganze Stadt zu wissen!«

»Die Stadt nimmt sich das nicht zu Herzen!« sagte der Mann. »Das wird keinen einzigen Menschen bekümmern, sie glauben alle, daß ich ein Märchen erzähle, während ich im tiefsten Ernst ihnen sage: »Die Irrlichter sind in der Stadt«, sagte die Moorfrau, »Nehmt euch in acht.«




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