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La Virgen de los Ventisqueros

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The ice maiden


1. El pequeño Rudi

Os voy a llevar a Suiza. Ved estas magníficas montañas, con los sombríos bosques que se encaraman por las abruptas laderas; subid a los deslumbrantes campos de nieve y bajad a las verdes praderas, cruzadas por impetuosos torrentes, que corren raudos como si temiesen no llegar a tiempo para desaparecer en el mar. El sol quema en el fondo de los valles, centellea también en las espesas masas de nieve, que con los años se solidifican en deslumbrantes bloques de hielo, se desprenden vertiginosos aludes, y se amontonan en grandes ventisqueros. Dos de éstos se extienden por las amplias gargantas rocosas situadas al pie del Schreckhorn y del Wetterhorn, junto a la aldea de Grindelwald. Su situación es tan pintoresca, que durante los meses de verano atrae a muchos forasteros, procedentes de todos los países del mundo. Suben durante horas y horas desde los valles profundos, y, a medida que se elevan, el valle va quedando más y más al fondo, y lo contemplan como desde la barquilla de un globo. En las cumbres suelen amontonarse las nubes, como gruesas y pesadas cortinas que cubren la montaña, mientras abajo, en el valle, salpicado de pardas casas de madera, brilla todavía algún rayo de sol que hace resplandecer el verdor del prado como si fuera transparente. El agua se precipita, rugiendo, monte abajo, o desciende mansa, con un leve murmullo; diríanse ondeantes cintas de plata prendidas a la roca.
A ambos lados del camino se alzan casas de troncos, cada una con su pequeño campo de patatas, bien necesario por cierto, pues detrás de la puerta hay muchas bocas, un tropel de chiquillos que las comen con excelente apetito. Salen a montones de todas las casas, y rodean a los viajeros, ya lleguen a pie o en coche. Ejércitos de niños se alinean en los caminos para ofrecer a los forasteros lindas casitas talladas en madera, reproducción en miniatura de las que se encuentran en aquellas montañas. Llueva o luzca el sol, jamás falta el enjambre de niños con sus mercancías.
Hace cosa de treinta años se veía por allí de vez en cuando un niño, siempre aislado de los otros, que, como ellos, ofrecía sus productos a los turistas. Su rostro era extraordinariamente serio, y sus manitas agarraban con fuerza su caja de madera, como dispuesto a no soltarla jamás. Mas precisamente la gravedad del rapaz, llamaba a menudo la atención de los turistas, y no era raro que realizara buenos negocios, sin saber él mismo por qué. Monte arriba vivía su abuelo materno, artífice de aquellas primorosas casitas, y en su cuarto había un viejo armario repleto de obras de talla de todas clases.
Había allí cascanueces, cuchillos, tenedores y estuches con bonitos adornos de hojas y animales...; en fin, había cuanto puede deleitar a los ojos infantiles; pero lo que con mayor avidez miraba el pequeño Rudi - que tal era su nombre - era la vieja escopeta que colgaba de las vigas y que, según decía el abuelo, algún día sería suya; pero antes debía crecer y hacerse fuerte y robusto.
Pese a su poca edad, confiábase ya al niño el cuidado de las cabras, y si una de las cualidades de un buen cabrero consiste en competir con las reses en el arte de trepar, no cabe duda de que Rudi era un buen pastor. Incluso las aventajaba, pues una de sus diversiones consistía en cazar nidos de aves en las copas de los altos árboles. Era atrevido y resuelto, pero sólo se le veía sonreír cuando se hallaba ante la rugiente catarata o cuando oía rodar el alud. Nunca jugaba con los demás niños; sólo se reunía con ellos cuando su abuelo lo enviaba abajo a vender, ocupación que no era muy de su agrado. Prefería vagar sin rumbo fijo por las montañas o permanecer sentado junto al abuelo, escuchando sus narraciones de los tiempos pasados y de las gentes del país de Meiringen, donde el viejo había nacido. Según se decía, esas gentes no eran nativas del país, sino que habían inmigrado en época relativamente reciente. Habían venido de allá del Norte, del país donde viven los suecos. Oyendo al abuelo contar estas cosas, Rudi se iba instruyendo; pero aún era más valioso lo que aprendía de los animales domésticos que compartían su vivienda. Había en la casa un gran perro, llamado Ayola, que había sido del padre de Rudi, y un gato. Por éste último sentía el niño un afecto particular, pues él era quien le había enseñado a trepar por las rocas.
- Vente conmigo al tejado - le había dicho el gato, en lenguaje perfectamente claro e inteligible; pues cuando se es niño y no se sabe hablar todavía, se entiende a los pollos y a los patos, a los gatos y a los perros; se les entiende con la misma claridad que al padre y a la madre; sólo que hace falta ser muy pequeñín. Hasta el bastón del abuelo puede entonces relinchar y transformarse en caballo, con cabeza, patas y cola. Algunos niños tardan más que los otros en perder esta facultad, y se dice de ellos que son muy atrasados, que su desarrollo es muy lento. ¡Tantas cosas se dicen!
- ¡Ven conmigo, Rudi, ven conmigo al tejado! - fue una de las primeras cosas que dijo el gato, y que Rudi entendió -. El peligro de caerse es pura imaginación. Nunca se cae si no se tiene miedo. Ven, pon una patita así, la otra así. Pon las patitas delanteras una delante de la otra. Abre bien los ojos y sé ligero. Si hay una grieta, salta por encima y agárrate fuerte; mira cómo lo hago yo.
Y Rudi le imitaba. Por eso estaban con frecuencia juntos en el tejado, y él se subía a las copas de los árboles y los altos bordes de las peñas, adonde no iba el gato.
- ¡Más arriba, más arriba! - decían los árboles y los arbustos -. ¡Mira cómo nos encaramamos nosotros, y a qué altura llegamos, y con qué seguridad nos sostenemos en las puntas más empinadas de las rocas!
Y Rudi trepaba a la cumbre de la montaña, muchas veces antes de que le dieran los primeros rayos del sol, y allí tomaba su primer refrigerio matinal, el aire puro y confortante de la montaña, una bebida que sólo Dios sabe preparar.
He aquí la receta: mézclese el fresco aroma de las hierbas de montaña con la menta y el tomillo de los valles. Lo que el aroma tiene de pesado, lo absorben las nubes suspendidas en la atmósfera para verterlo luego sobre los bosques vecinos; pero la esencia sutil del perfume se convierte en aire, ligero y puro, cada vez más puro. Aquélla era la bebida matinal de Rudi.
Los rayos del sol, los hijos del astro que nos traen sus bendiciones, besaban las mejillas del niño, y el vértigo, que merodeaba por aquellos parajes acechándolo, no se atrevía a acercarse a él. Las golondrinas de la casa del abuelo, que formaban allá abajo no menos de siete nidos, volaban hasta él y las cabras, trinando alegremente: «¡A mí y a ti, a ti y a mí!». Traían saludos de la casa, incluso de las dos gallinas, las únicas aves con quien Rudi no mantenía relaciones.
Aunque era muy pequeño, había corrido ya bastante mundo. Nacido en el cantón de Wallis, lo habían traído del lado de acá de las montañas. Más tarde había ido a pie hasta la cascada cercana, que, bajando de la Jungfrau, ese pico deslumbrante cubierto de nieves perpetuas, flota en el aire como un velo de plata. También había estado en el gran glaciar de Grindelwald, pero ésta fue una triste historia, pues su madre había encontrado allí la muerte. - Allí terminó la alegría de Rudi - decía el abuelo - En sus primeros años estaba siempre sonriente, y no sabía lo que era llorar, según escribía su madre, pero desde el día en que cayó en la grieta del glaciar, su carácter había cambiado. Por lo demás, al abuelo no le gustaba hablar de aquel episodio, pero todas las gentes de la montaña lo conocían. He aquí cómo fue:
El padre de Rudi era postillón; el perrazo de la casa lo había acompañado regularmente en sus viajes al lago de Ginebra pasando por el Simplón. En el Valle del Ródano, en el Valais, vivía aún la familia de Rudi por línea paterna. El hermano de su padre era un gran cazador de gamos y un guía muy conocido. Rudi tenía un año cuando perdió a su padre, y su madre decidió volverse con su hijito al Oberland bernés, a vivir con su padre, que habitaba a unas horas de Grindelwald; era tallista de madera, y con su trabajo se ganaba lo suficiente para sustentarse. En junio partió la madre con su pequeño, en compañía de dos cazadores de gamos, tomando por la ruta del Gemmi, la distancia más corta hasta su tierra. Habían recorrido ya la mayor parte del camino y salvado la cresta de la montaña eternamente nevada; veían ya el valle natal y distinguían sus diseminadas casas de madera, tan conocidas; sólo faltaba salvar un gran ventisquero. Estaba cubierto de nieve recién caída y debajo de ésta se ocultaba una grieta, que aunque no era muy profunda, pues le faltaba mucho para llegar hasta el suelo, donde se oye murmurar el agua, bastaba para cubrir a un hombre. La joven mujer, con su hijo en brazos, resbaló y desapareció en la grieta. Al principio no se oyó ni un grito, ni un suspiro; pero pronto pudo percibirse el llanto de un niño. Pasó más de una hora antes de que los dos acompañantes pudieran traer cuerdas y pértigas de la casa más próxima, para intentar el salvamento; y después de ímprobos esfuerzos izaron a la superficie dos cuerpos al parecer, cadáveres. Los hombres hicieron cuanto pudieron, y lograron reanimar al niño, mas no a la madre. Llevaron al pequeño a su abuelo, el cual lo crió lo mejor que supo: pero el muchacho ya no era alegre y risueño, como había dicho su madre. Sin duda su carácter había cambiado en la grieta, aquel maravilloso mundo de hielo donde, según cree el campesino suizo, están encerradas las almas de los condenados hasta el día del juicio.
Este mundo es como un río impetuoso, que hubiera quedado petrificado y comprimido en verdes bloques de cristal, con las masas de hielo amontonadas unas sobre otras. Por el fondo fluye precipitadamente la corriente originada por la fusión de la nieve y el hielo. En la superficie hay profundos agujeros y enormes grietas, y el conjunto forma un encantado palacio de cristal en cuyo interior mora la Virgen de los Ventisqueros, la reina de este mundo helado. Esta reina, que se goza en matar y destruir, es hija del aire y señora poderosa del río; por eso puede subir con la rapidez del gamo a las cumbres más altas de la nevada sierra, donde los más audaces montañeros, para afianzar el pie, tienen que excavar peldaños en el hielo. Flota por encima de las finas ramas de los abetos, baja veloz hasta el río y salta en él de roca en roca, envuelta en su ondeante y nívea cabellera y en su manto verdeazulado, que brilla y centellea como las aguas de los profundos lagos.
«¡Detente, déjalo, es mío! - gritaba cuando sacaban al niño de la hendidura -. Me han robado un hermoso niño, un niño al que había besado, pero aún no con el beso de la muerte. Ahora vuelve a estar entre los hombres, guardando las cabras en la montaña, arriba, siempre arriba. Se aparta de los demás, pero no de mí. ¡Es mío y lo cogeré! ».
Y pidió al Vértigo que le trajera al muchacho: Era verano, y allá en los prados, donde crece la menta crespa, el aire era demasiado bochornoso para la Virgen de los Ventisqueros. El Vértigo obedeció. Vino uno, o, mejor dicho, tres, pues el Vértigo tiene una caterva de hermanos: unos viven al aire libre, en plena Naturaleza, y otros en los edificios; se sientan en las barandillas de las escaleras y en las balaustradas de las torres, corren como ardillas por los bordes de las rocas, saltan desde allí al vacío, flotan en el aire como el nadador en el agua y atraen a sus víctimas, situadas a un paso del abismo. Tanto la Virgen de los Ventisqueros como el Vértigo atacan a los humanos, del mismo modo que el pólipo se agarra a todo lo que se mueve a su alcance. Entre la multitud de Vértigos, la Virgen eligió al más fuerte para que se apoderase de Rudi.
- ¡No es poco lo que me pides! - dijo el Vértigo -. A éste no puedo cogerlo, ese maldito gato lo adiestró en sus artes. Además, este hijo de los hombres parece estar protegido por un poder que me rechaza. No consigo alcanzar al chiquillo por mucho que, cogido de una rama, se columpie sobre el abismo, aunque, le haga cosquillas en las plantas de los pies o le envíe mi aliento al rostro. ¡No puedo con él!
- Pues podremos - dijo la Virgen -, tú o yo; ¡si, yo, yo!
- ¡No, no! - se oyó, como si fuera el eco de las campanas de la iglesia. Pero era un canto, eran palabras verdaderas, era el coro armonioso de otros espíritus naturales más clementes, amorosos y bondadosos; las hijas de los rayos del sol. Todas las noches se disponen en círculo en las cumbres montañosas y extienden sus rosadas alas, cuyo rojo resplandor va intensificándose a medida que el astro se oculta bajo el horizonte. Los altos prados naturales brillan con el «arrebol alpestre», que así lo llaman los hombres. Luego, cuando el sol se ha puesto, se refugian en las puntas de las rocas y en la blanca nieve, donde se echan a dormir, hasta que reaparecen con la aurora. Sienten particular preferencia por las flores, las mariposas y los seres humanos, y entre éstos habían hecho a Rudi objeto de especial predilección. «¡No lo cogeréis, no lo cogeréis!», cantaban.
- ¡Otros mayores y más fuertes han caído en mis manos! - respondía la Virgen de los Ventisqueros.
Cantaron entonces las hijas del sol una canción acerca del caminante a quien el huracán había arrebatado el manto y lo arrastraba a velocidad vertiginosa. «El viento se llevó la envoltura, mas no al hombre. Podréis cogerlo, hijos de la fuerza bruta, pero no retenerlo; es más fuerte, más espiritual que nosotras mismas. Sube a mayor altura que el sol, nuestro padre; conoce la palabra mágica que ata al viento y al agua y hace que lo sirvan y obedezcan. Vosotros no hacéis sino disolver el elemento que lo atrae hacia abajo, y así sólo conseguís que se eleve cada vez más alto.
Tal era lo que cantaba el dulce coro, cuya voz resonaba como el eco de las campanas.
Y cada mañana los rayos del sol llegaban hasta el niño a través de la única ventanuca de la choza del abuelo, y lo besaban para derretir, caldear y destruir aquellos otros besos que le había dado la Virgen de los Ventisqueros cuando lo tuvo en el regazo de su madre muerta, en la profunda sima, de la que sólo un milagro pudo salvarlo.

2. Viaje a la nueva patria

Rudi tenía ya 8 años. Su tío del Valle del Ródano, allá en la vertiente opuesta de la cordillera, llamó al muchachito, diciendo que él tenía más posibilidades de instruirlo y abrirle camino en la vida. El abuelo comprendió la verdad de aquellas razones y no se opuso al proyecto.
Rudi tenía que partir; y no sólo debía despedirse del abuelo,
sino también de Ayola, el viejo perro.
Tu padre fue postillón, y yo, perro de postas - dijo Ayola -. Mucho viajamos por esos mundos de Dios, y yo conozco a los perros y los hombres de allende las montañas.
Nunca he sido muy hablador, pero como ésta es nuestra última conversación, quiero decirte algunas cosas y contarte una historia que desde hace mucho tiempo llevo en el estómago. No la comprendo, ni tú la comprenderás tampoco, pero no importa, puesto que de ella he sacado una cosa en claro: que en este mundo los destinos de los perros, como los de los hombres, no están muy bien repartidos. No todos han sido creados para reposar en un regazo o para saborear leche. A mi no me acostumbraron a ello, pero he visto un perrito que viajaba en la diligencia ocupando el sitio de una persona. La señora, que era su ama - suponiendo que no fuera el perrito el amo de la señora -, llevaba consigo una botella de leche, que le daba a beber. Ofrecióle también mazapán, pero el animalito no se lo podía tragar, por lo que se limitaba a husmearlo, y entonces se lo comía la señora. Yo corría junto al coche, bajo el ardor del sol, hambriento como sólo puede estarlo un perro y rumiando mis propios pensamientos. Aquello no era justo, pero ¡cuántas otras cosas hay que no son justas! ¡Ah, si hubiese podido sentarme en el regazo de una señora y viajar en el coche! Pero eso no depende de uno, o por lo menos yo no lo logré, pese a todos mis ladridos y aullidos.
Tal fue el discurso de Ayola, y Rudi cogió al perro por el cuello y le dio un beso en el húmedo hocico. Después levantó en brazos al gato, pero éste se sustrajo a sus caricias.
- Eres demasiado fuerte para mí, y contra ti no quiero emplear mis garras. Trepa a las montañas, ya te enseñé a hacerlo. Si nunca piensas en que puedes caerte no hay peligro de que lo hagas -. Dichas estas palabras, el gato echó a correr; no quería que Rudi notara que sus ojos brillaban de emoción.
Las dos gallinas correteaban por el aposento; una había perdido la cola. Un viajero que se las daba de cazador la tomó por un ave de rapiña y disparó sobre ella.
- ¡Rudi se va al otro lado de las montañas! - dijo una de las gallinas.
- ¡Siempre tiene prisa! - respondió la otra -, y no me gustan las escenas de despedida -. Y las dos se alejaron con sus saltitos ligeros y apresurados.
Dijo también adiós a las cabras, y ellas gritaron: - ¡Ven, ven! - y su acento era realmente triste.
Dos comarcanos, que eran unos guías excelentes, se disponían a pasar la montaña y habían elegido el camino del Gemmi. Rudi los acompañó a pie, aunque era una marcha agotadora para un chiquillo de su edad; pero se sentía con fuerzas, y nada lo desanimaba.
Las golondrinas lo acompañaron un trecho. «¡A mí y a ti, a ti y a mí!», cantaban. El camino cruzaba el Lütschine, que brota, en numerosos arroyuelos, de la negra garganta del glaciar de Grindelwald. Troncos de árboles derribados, que se balanceaban inseguros, y desmoronados bloques de rocas, servían de puente en aquel lugar. Se encontraban encima del bosquecillo de alisos y comenzaban a subir la montaña muy cerca del punto donde el glaciar se desprende de ella. Luego penetraron en el propio ventisquero, caminando por encima de bloques de hielo o contorneándolos. Rudi tan pronto andaba como avanzaba a gatas, y sus ojos brillaban arrobados. Con sus botas claveteadas pisaba tan firme y recio como si quisiera dejar marcadas sus huellas en el camino recorrido.
Arriba, siempre arriba; en las alturas, el glaciar se extendía como un mar de témpanos superpuestos y aprisionados entre las rocas cortadas a pico. Rudi pensó por un momento en lo que le habían contado, en que había estado con su madre en una de aquellas gélidas hendeduras, pero no tardó en dirigir sus pensamientos hacía otros objetos. Para él, aquel relato era uno de tantos entre los muchos que había oído. De vez en cuando, los hombres pensaban que aquella incesante subida era demasiado fatigosa para el chiquillo y le tendían la mano, pero él seguía incansable, sosteniéndose sobre el liso hielo tan seguro como un gamo. Llegaron a un terreno rocoso; ora avanzaban por entre desnudas piedras, ora lo hacían por entre bajos abetos, para salir de nuevo a verdes pastizales. El camino variaba a cada momento, ofreciendo siempre nuevas perspectivas a la mirada. En derredor se alzaban cumbres nevadas cuyos nombres Rudi conocía, como los conocían todos los niños de la comarca: Jungfrau, Mönch, Eiger.
Jamás había subido tan alto Rudi. A sus pies se extendía un inmenso mar de nieve con sus olas inmóviles, cuyos copos desprendidos se llevaba el viento, lo mismo que se lleva la espuma de las olas del mar. Podría decirse que un glaciar da la mano a otro; cada uno es un palacio de cristal de la Virgen de los Ventisqueros, aquella virgen que se complace en apresar y sepultar. El sol quemaba, y la nieve deslumbrante parecía sembrada de un azulado polvo de diamantes.
Innúmeros insectos, principalmente mariposas y abejas, yacían muertas sobre la nieve, en verdaderas masas; habían osado remontarse a excesiva altura, o bien habían sido arrastrados hasta allí por el viento, y habían sucumbido víctimas del intenso frío. Rodeaba al Wetterhorn una nube amenazadora, semejante a un mechón de negra lana, que se hinchaba por momentos y descendía pesadamente: era la precursora del terrible «föhn», el viento que abate todo lo que encuentra por delante. Cuando estallase, pondría de manifiesto su fuerza destructora. Pero Rudi no pensaba en ello: su memoria estaba ocupada por las incidencias del viaje, el campamento donde pernoctaron, el camino del siguiente día, las profundas grietas abiertas por el agua desde mucho atrás en los duros bloques de hielo.
Una construcción de piedra, abandonada, que se alzaba en el lado opuesto del mar de nieve, ofrecióles un cobijo seguro para la noche. En ella encontraron carbón y ramas de abeto; pronto ardió un buen fuego, y los hombres se sentaron junto a la hoguera, fumando sus pipas y reparando las fuerzas con una bebida caliente y picante que prepararon. Rudi recibió la ración que le correspondía. La conversación giró en torno a la misteriosa naturaleza de las tierras alpinas, de las gigantescas serpientes que pueblan los profundos lagos, de las apariciones nocturnas, los fantasmas que arrebatan a un hombre dormido y lo llevan por el aire, hasta la ciudad de Venecia, que flota milagrosamente sobre el agua; del pastor salvaje que conduce sus negras ovejas a pastar en las cumbres más altas. Nadie lo había visto, es verdad, pero sí se había oído el son de sus cencerros, el lúgubre balar de su rebaño. Rudi escuchaba lleno de curiosidad, pero sin temor alguno, pues no lo conocía; y mientras escuchaba parecíale percibir aquel bramar hueco y fantasmal. Sí, se oía cada vez más fuerte y distinto, los hombres lo oían también; interrumpieron la charla y recomendaron a Rudi que no se durmiese.
Era el «föhn», que se acercaba por momentos, el terrible viento tempestuoso que de las montañas se precipita a los valles, arrancando a su paso los árboles cual si fuesen débiles cañas, y transporta las casas de una orilla del río a la opuesta, como nosotros movemos las piezas en un tablero de ajedrez.
Hasta una hora más tarde no dijeron a Rudi que había pasado el peligro y podía echarse a dormir, y el chiquillo, fatigado de la jornada, se quedó dormido inmediatamente.
A la mañana siguiente partieron de madrugada. El sol mostró al pequeño Rudi nuevas montañas, nuevos glaciares y campos de nieve. Habían franqueado el límite del Valais, y ahora se encontraban en la vertiente opuesta de la montaña que se veía desde Grindelwald; pero aún faltaba mucho para llegar al pueblo a donde iba el pequeño. Otras gargantas, otros prados, otros bosques y rocosos senderos fueron desfilando ante ellos. Pronto encontraron seres humanos, pero, ¡qué hombres eran aquéllos! Todos eran deformes, con caras repugnantemente abultadas y amarillentas, y cuellos que parecían pedazos de carne colgante, pesados y horribles. Eran cretinos, que arrastraban su vida miserable, mirando con ojos inexpresivos a los forasteros que iban de paso. Las mujeres eran las más repulsivas. ¿Serían así los habitantes de la nueva patria de Rudi?



3. El tío

En la casa del tío de Rudi las personas - ¡loado sea Dios! ­ eran como las que el niño estaba acostumbrado a ver y tratar. Un solo cretino residía en ella temporalmente; un pobre muchacho idiota, uno de esos pobres abandonados que las familias del Valais mantienen alternativamente, unos meses cada una. El pobre Saperli estaba allí precisamente cuando llegó Rudi.
El tío era todavía un robusto cazador, y, además, experto en el oficio de tonelero. Su mujer era una personita vivaracha, de cara de pájaro, ojos de águila y cuello cubierto de vello en toda su longitud.
Todo era nuevo para Rudi: vestidos, usos y costumbres, incluso la lengua, si bien su oído infantil tardó muy poco en hacérsela suya. En comparación con la casa del abuelo, veíase en todo un cierto bienestar. El aposento de estar era más espacioso, las paredes estaban adornadas con cuernos de gamo y relucientes escopetas, y sobre la puerta colgaba la imagen de la Virgen María, con frescos rododendros y una lamparilla encendida.
Como ya dijimos, el tío era uno de los más diestros cazadores de gamos de la comarca, y, además, el mejor y más experto de sus guías. Todo hacía pensar que Rudi se convertiría muy pronto en el favorito de la casa. Cierto es, empero, que tenía un rival: un viejo perro de caza ciego y sordo, incapaz ya de prestar servicio, pero que en otros tiempos había sido un fiel y activo servidor. Nadie había olvidado el buen comportamiento del animal en sus años jóvenes; por eso seguía formando parte de la familia y tenía el pan asegurado. Rudi acariciaba al perro, pero éste rehuía a los extraños, y el niño lo era aún. Mas no iba a serlo por mucho tiempo, pues muy pronto echó firmes raíces en la casa y en el corazón de sus habitantes.
No se está mal aquí en el Valais - decía el tío -. Gamos no faltan; la raza no se extingue, como la de las cabras monteses; y ahora lo pasamos mucho mejor que antaño. Digan lo que quieran del tiempo pasado, el nuestro es mejor. Antes vivíamos como en un saco. Ahora en el saco se ha abierto un boquete, y una corriente de aire fresco sopla en el cerrado valle. Cuando se derrumba lo viejo, siempre aparece algo que es mejor.
Los días que le daba por charlar contaba cosas de su juventud, ocurridas cuando su padre estaba aún en posesión de todas sus facultades, cuando el Valais era todavía, como decía él, un saco cerrado y poblado por pobres cretinos.
- Pero vinieron los soldados franceses, y éstos eran los médicos que necesitábamos, pues las emprendieron contra los hombres, pero también contra las enfermedades. Son gente entendida en eso de batirse, los franceses. No hay quien los gane; ¡y tampoco las francesas son mancas! - añadía el tío, riendo y haciendo un guiño a su mujer, francesa de nacimiento -. Cuando hubieron terminado con los hombres, los franceses atacaron a las piedras; cortaron la carretera del Simplón en las rocas, y abrieron un camino, tal, que hoy puedo yo decirle a un niño de tres años: «Vete a Italia sin dejar la carretera». Y el pequeño llegará a Italia si no se separa del camino. Luego entonaba el tío una canción francesa y gritaba un hurra a Napoleón Bonaparte.
En casa de su tío, Rudi oyó hablar por vez primera de Francia, de Lyón, la gran ciudad a orillas del Ródano, que el tío había visitado.
- Me parece - decía a Rudi - que en pocos años llegarás a ser un buen cazador de gamos; aptitudes no te faltan; y le enseñó a apuntar con la escopeta y a disparar. Durante la estación de caza se lo llevaba a la montaña y le daba a beber sangre caliente de gamo - lo cual, según creencia general en el país, inmuniza a los cazadores contra el vértigo -. Con el tiempo lo fue instruyendo acerca de las laderas por donde suelen producirse aludes, a mediodía o al anochecer, según la acción de los rayos del sol. Lo estimuló a observar bien los gamos y a aprender de ellos la manera de caer de pie y sostenerse después del salto. Cuando en la grieta de la roca no se encontraba un apoyo para el pie, había que utilizar el codo, agarrarse con los músculos de las pantorrillas y los muslos. En caso de necesidad, incluso la cerviz podía servir de punto de apoyo. Los gamos eran listos y colocaban centinelas, pero el cazador debía ser más listo que ellos y tratar de acercarse a ellos a contraviento. Sabía engañarlos de una manera muy divertida: colgaba del bastón su sombrero y su chaqueta, y los animales tomaban el vestido por el hombre. El tío les gastó esta broma un día que salió de caza con Rudi.
El rocoso sendero era tan angosto, que apenas podía decirse que existiera, pues se reducía a un reborde casi imperceptible junto al vertiginoso abismo. La nieve estaba allí medio fundida, y la piedra tan desgastada por la erosión, que se desmenuzaba bajo los pies; por eso el tío se tendió cuan largo era y empezó a avanzar a rastras. Cada piedra que se desprendía caía, rebotaba, rodaba y pegaba muchos saltos de roca en roca antes de detenerse en el fondo del tenebroso abismo. A cien pasos detrás del tío estaba Rudi en lo alto de la peña, viendo cómo en el aire, encima del lugar donde se hallaba su tío, un buitre describía lentos círculos, pegando aletazos como para precipitar al abismo aquel gusano que se arrastraba, ávido de convertirlo en carroña para su pitanza. El hombre sólo tenía ojos para el gamo con su cabritilla, visible al otro lado de la sima. Rudi no perdía de vista al ave de rapiña, sabiendo perfectamente lo que quería, el dedo en el gatillo, dispuesto a disparar en el momento crítico. Aprestóse el gamo a saltar, hizo fuego el tío, y el animal cayó mortalmente herido, mientras el cabrito huía a grandes saltos por entre las peñas. La siniestra ave, asustada por el disparo, cambió de dirección, sin que el tío supiera el riesgo que había corrido; después se lo contó Rudi.
Iban de regreso contentos como unas Pascuas, cantando el tío una canción de sus años infantiles, cuando de repente se oyó un extraño ruido a no mucha distancia. Miraron a todos lados, y al levantar los ojos vieron que allá en lo alto, en la inclinada ladera rocosa, se alzaba una masa de nieve ondeante, como un lienzo extendido, por debajo del cual sopla el viento. De pronto, aquellas levantadas olas se desplomaron y descompusieron en un torrente de blanca espuma, y se precipitaron con el fragor de un trueno lejano. Era un alud, que bajaba, no sobre Rudi y su tío, pero sí a muy poca distancia de ellos, demasiado poca.
- ¡Agárrate firme, Rudi! - gritó el hombre -. ¡Agárrate con todas tus fuerzas!
Rudi se abrazó al árbol más cercano; el tío trepó por él hasta las ramas y se agarró a ellas, mientras el alud pasaba rodando a muchos metros de los dos; pero la tempestad por él provocada, el torbellino que lo acompañó, quebraba y desgajaba en derredor árboles y arbustos cual si fuesen cañas secas, esparciéndolos en todas direcciones. Rudi fue arrojado violentamente al suelo; el tronco al que se agarró parecía aserrado, y la copa había sido proyectada a un buen trecho de allí.
Entre las ramas rotas yacía el tío con la cabeza abierta; la mano estaba aún caliente, pero la cara era irreconocible. Rudi lo miraba, lívido y tembloroso; fue el primer espanto de su vida, la primera vez que conoció lo que era el miedo.
Llegó a casa ya bien anochecido con la trágica noticia. Su tía no dijo una palabra ni derramó una lágrima: su dolor no estalló hasta que trajeron el cadáver. El pobre cretino se acostó y no se le vio en todo el día; al atardecer fue en busca de Rudi.
- Escríbeme una carta. Saperli no sabe escribir. Pero Saperli puede llevar la carta a correos.
- ¿Quieres mandar una carta? - preguntó Rudi -. ¿A quién?
- A Nuestro Señor Jesucristo.
- ¿Qué estás diciendo?
El idiota, al que llamaban cretino, dirigió al muchacho una mirada conmovedora, y, doblando las manos, dijo con acento solemne y piadoso:
- A Jesucristo. ¡Saperli quiere mandarle una carta, quiere pedirle que el muerto en esta casa sea Saperli y no aquel hombre.
Rudi le estrechó la mano.
- La carta no llegaría. ¡La carta no nos lo puede devolver!
Le resultaba difícil al niño explicar a Saperli por qué era imposible aquello.
- ¡Ahora eres tú el apoyo de esta casa! - le dijo su madre adoptiva. Y Rudi aceptó la carga.

4. Babette

¿Quién es el mejor tirador del cantón del Valais? Bien lo sabían los gamos.
- ¡Guárdate de Rudi! - se decían.
- ¿Quién es el cazador más guapo? - ¡Pues Rudi! - contestaban las mozas; pero éstas no añadían: - ¡Guárdate de Rudi!
No lo decían ni siquiera las madres serias, pues él las saludaba con la misma amabilidad que a las muchachas. Era audaz y de genio alegre, tenía morenas las mejillas, blancos los dientes, y negros y brillantes los ojos; era un guapo mozo de 20 años. El agua helada no le parecía fría cuando nadaba; se revolvía y giraba en ella como un pez, sabía trepar como nadie, y pegarse como un caracol a las paredes de roca; había fibra en él, sus músculos y tendones eran de acero. Bien se le veía al saltar; su primer maestro había sido el gato, y después los gamos. Era el guía más seguro; habría podido reunir una fortuna dedicándose a este oficio. Para el de tonelero, que su tío le había enseñado también, le faltaba disposición. Su anhelo y su placer eran cazar gamos, y esta ocupación no resultaba menos lucrativa. Rudi era un buen partido, decían todos, pero no quería levantar los ojos a una clase social superior a la suya. En el baile era la pareja con quien soñaban todas las muchachas; y eran muchas las que pensaban en él también en las horas de vela.
- Hoy en el baile me ha dado un beso - dijo Anita, la hija del maestro, a su mejor amiga; y, sin embargo, no debiera de haberlo contado, ni a la mejor de sus amigas. Estas cosas son difíciles de guardar; son como arena en un saco agujereado; se van derramando por todas partes. A pesar de lo bueno y formal que era Rudi, pronto corrió la voz de que besaba en el baile; y, en realidad, sólo lo había hecho una vez, y no a la que más le hubiera gustado.
- ¡Cuidado con él! - dijo un viejo cazador -. Ha besado a Anita; ha empezado por la A, y seguirá besando a todo el alfabeto.
Un beso en el baile era, hasta el momento, todo lo que las comadres habían podido murmurar de él; pero había besado a Anita, que no era, ni mucho menos, la flor de su corazón.
Allá abajo, cerca de Bex, entre corpulentos nogales, y a orillas de un torrente impetuoso, vivía el rico molinero. La casa, un gran edificio de tres pisos con pequeñas torres, estaba cubierta con ripias y chapeada de hojalata, por lo que relucía a gran distancia bajo los rayos del sol o de la luna. La torre mayor tenía por veleta un palo brillante que atravesaba una manzana; recordaba la hazaña de Guillermo Tell. Ya por su exterior, el molino revelaba una situación próspera; su aspecto era majestuoso; el pintor que lo veía echaba mano maquinalmente al pincel para pintarlo; pero la hija del molinero no podía ser pintada ni descrita. Por lo menos así lo pensaba Rudi, en cuyo corazón vivía su imagen. Una sola mirada de sus ojos había bastado para inflamar su alma, como basta una antorcha para provocar un pavoroso incendio. Y lo más sorprendente era que la linda Babette, la hijita del molinero, no tenía de ello la menor sospecha; en toda su vida no había cambiado jamás una palabra con Rudi.
El molinero era rico, y su riqueza ponía a Babette fuera del alcance del muchacho. «Pero - pensaba Rudi - nada está tan alto que no pueda alcanzarse. Hay que trepar, y ya es sabido que nadie se cae si está convencido de que no ha de caer». Esta máxima la había aprendido de pequeño en su casa.
Un día, Rudi tuvo que ir a Bex a resolver unos asuntos. Era todo un viaje, pues no existía aún el ferrocarril que hoy enlaza aquellos lugares. Desde el glaciar del Ródano, y a lo largo de la falda del Simplón, se extiende, entre numerosas y alternantes montañas, el amplio valle del Valais, con su caudaloso río, el Ródano, que experimenta frecuentes crecidas, durante las cuales inunda y asola los campos y caminos. Entre las ciudades de Sión y Saint-Maurice, el valle forma un ángulo, tuerce a manera de codo y se estrecha tanto, aguas abajo de Maurice, que sólo deja espacio para el lecho del río y la carretera. Una antigua torre sirve al mismo tiempo de centinela del cantón del Valais, que termina allí, y desde la montaña domina el puente de piedra que lleva a la aduana de la margen opuesta, donde empieza el cantón de Vaud; Bex es la primera ciudad que se encuentra. Desde allí, a cada paso se ve aumentar la riqueza y la feracidad del suelo; el viajero entra en un vergel de nogales y castaños. Aquí y allí destacan cipreses y granados, y en el ambiente se nota un calor meridional que hace presentir Italia.
Rudi llegó a Bex, despachó su negocio y dio una vuelta por la población, pero no vio a ningún molinero, y no hablemos ya de Babette. Las cosas no marchaban como debían.
Al anochecer, el aire se impregnó del aroma del tomillo silvestre y de los tilos en flor. En torno a las montañas verdeazuladas flotaba una especie de velo centelleante, de un etéreo color. Un profundo silencio reinaba por doquier; pero no el silencio del sueño o de la muerte, era como si la Naturaleza entera retuviese la respiración, como si hubiese adoptado aquella actitud de reposo solemne para que su imagen pudiera fotografiarse en el fondo azul del cielo. Entre los árboles, a lo largo de la campiña, se levantaban altos postes que sostenían los hilos del telégrafo, los cuales discurrían a través del silencioso valle. Contra uno de ellos había apoyado un objeto, tan inmóvil, que habría podido tomarse por un tronco seco: era Rudi, que permanecía allí quieto como todo lo que lo rodeaba en aquel momento. No dormía, ni mucho menos estaba muerto; pero del mismo modo que por el alambre vuelan a menudo sucesos trascendentales, noticias de decisiva importancia, sin que el hilo los revele por una vibración o un sonido, así también pasaban por la mente de Rudi pensamientos grandiosos, supremos, la felicidad de toda su vida, pensamientos que en adelante serían los únicos y constantes. Sus ojos se clavaban en un punto situado en medio del follaje: la luz de la casa del molinero, la morada de Babette. Ante la inmovilidad absoluta de Rudi se habría pensado que apuntaba a un gamo, aunque más bien él parecía un gamo estático, como tallado en la roca, que de repente, al rodar una piedra, pegará un salto y echará a correr. Y esto es, efectivamente, lo que hizo Rudi. Un pensamiento había rodado por su alma.
- ¡No hay que desalentarse nunca! - exclamó -. ¡A visitar el molino! ¡A decir buenas noches al molinero, buenas noches a Babette! Nadie cae si no piensa que va a caer. Para llegar a ser el marido de Babette, es necesario que ella me vuelva a ver.
Rudi se echó a reír y se encaminó al molino, muy animado. Sabía lo que quería: ganarse a Babette.
Bramaba el río espumeante con sus aguas amarillentas; tilos y sauces se inclinaban sobre la impetuosa corriente. Rudi se acercó a la casa con paso resuelto, pero, como reza la antigua canción:

... en casa del molinero
no había un alma aquella noche;
sólo el gato miraba por el agujero.

El gato estaba, en efecto, en la escalera, hecho un arco y diciendo: «¡miau!». Pero a Rudi nada le decía aquel lenguaje; llamó, pero no lo oyeron; nadie respondió. «¡Miau!», repitió el gato. Si Rudi hubiese sido niño todavía, habría comprendido el lenguaje de los animales y oído que el gato le decía: «¡No hay nadie en casa!». Hubo de ir al molino para informarse. Allí le explicaron que el dueño estaba de viaje, lejos, en la ciudad de Interlaken - «inter lacus, entre los lagos», como le había explicado el maestro, el padre de Anita -. El molinero se había marchado pues, y, con él, Babette. Se celebraba una gran fiesta de tiro en aquella ciudad; empezaría al día siguiente, e iba a durar una semana; a ella acudían los tiradores de todos los cantones alemanes.
¡Pobre Rudi! No había elegido un buen momento para ir a Bex; no le quedaba más alternativa que volverse, reemprender el camino, por Saint-Maurice y Sión, a su valle, a sus montañas. Mas no se desalentó por ello; cuando salió el sol, a la mañana siguiente, ya había recuperado su buen humor; nunca lo perdía por muchas horas.
- Babette está en Interlaken, a muchas jornadas de aquí - se dijo -. Está muy lejos si se va por la carretera principal, pero el camino es mucho más corto por la montaña, y éste es el camino que conviene a un cazador de gamos. Lo he seguido ya una vez; del otro lado está mi tierra, donde de niño viví en casa de mi abuelo. Además, en Interlaken se celebra la fiesta de los tiradores. Yo seré el primero, y me meteré en el corazón de Babette en cuanto haya hecho amistad con ella.
A la espalda la ligera mochila que contenía su traje dominguero, y la escopeta y el morral colgados del hombro, Rudi emprendió la ascensión de la montaña, tomando por un atajo que, a despecho de su nombre, era bastante largo. Pero la fiesta no empezaba hasta aquella tarde, y duraría más de una semana. Según le habían dicho, el molinero y su hija permanecerían hasta el fin en Interlaken, en casa de unos parientes. Rudi atravesó el Gummi con el propósito de bajar cerca de Grindelwald.
Avanzaba alegre y contento, en el aire fresco y reparador de la montaña. El valle iba quedando abajo, mientras el horizonte se ensanchaba progresivamente: aquí una cumbre nevada, allí otra, y pronto, a lo lejos, toda la blanca y reluciente cadena de los Alpes. Rudi conocía todos los picos, por lo cual tomó directamente el camino del Schreckhorn, que levantaba en el aire azul su empolvado índice de piedra.
Por fin dejó a su espalda la alta cresta; los prados descendían hacia el valle de su infancia. Ligero era el aire, y ligero su corazón. Monte y valle aparecían cuajados de flores y verdor, y su corazón era presa de la embriaguez juvenil: ¡nunca se envejece, la muerte no existe! ¡Vivir, vencer, gozar! Libre como el ave era, y, como ella, ligero. Las golondrinas pasaban volando y cantando, como cuando era niño: «A mí y a ti, a ti y a mí». ¡Todo era vida y alegría!
Abajo se extendía el prado verde aterciopelado, salpicado de pardas casas de madera; el Lütschine serpenteaba murmurador y chapoteante. El mozo veía el glaciar, con sus verdes bordes cristalinos y sus profundas grietas; distinguía los dos glaciares, el superior y el inferior. Las campanas de la iglesia le enviaban sus sonidos, como anunciando su regreso a la patria. Rudi sintió que su corazón latía con más fuerza y se ensanchaba; tan grande se hizo y tan lleno de recuerdos, que por un momento Babette se borró de él.
Volvía a recorrer aquel mismo camino en el que, siendo niño y con otros chiquillos de su edad, había salido a vender casitas de madera tallada. Arriba, detrás del abeto, alzábase todavía la casa del abuelo, habitada hoy por desconocidos. Varios rapaces corrieron a su encuentro, ofreciéndole sus mercancías; uno le brindó un rododendro, que Rudi tomó como signo de buen agüero, pensando en Babette. Pronto llegó al puente del valle, donde se unen los dos brazos del Lütschine. Aumentaba el número de árboles de follaje, y los nogales daban sombra. Vio entonces la ondeante bandera con la cruz blanca sobre fondo rojo, emblema de suizos y daneses. Ante él se hallaba Interlaken.
Jamás había visto Rudi una ciudad tan magnífica. Una ciudad suiza endomingada. No era, como las otras poblaciones menores, un conjunto de pesadas casas de piedra, toscas, ariscas y poco acogedoras. Parecía como si las casas de madera de la montaña hubiesen bajado al verde valle con el río límpido y raudo y, una un poco más entrante y otra un poco más saliente, se hubiesen alineado para formar una calle. Era la más hermosa de todas las calles, y por cierto que había crecido también en altura desde que Rudi estuviera en la ciudad por última vez, siendo aún niño.
Imaginó que todas aquellas lindas casitas de madera que había tallado el abuelo y llenaban el armario de la vivienda, se habían plantado allí y crecido vigorosamente, como los viejos y nobles castaños. Cada casa era un chalet; ventanas y balcones se distinguían por sus primorosos labrados en madera, dando belleza y gracia al conjunto; y delante de cada casa se extendía un magnífico jardín hasta la carretera, ancha y asfaltada. A lo largo de ésta había casas sólo por un lado, para no ocultar los verdes y jugosos prados inmediatos, por donde vagaban las vacas con sus cencerros, que sonaban exactamente como en los pastizales de las alturas. La pradera quedaba rodeada por altas montañas, que se apartaban en el centro para que pudiera contemplarse en toda su grandiosidad la Jungfrau, esa cumbre brillante y nevada, la más hermosa de todas las montañas de Suiza.
¡Qué muchedumbre de elegantes caballeros y damas llegados de tierras extranjeras, y qué hormigueo de campesinos de los diversos cantones suizos! Los tiradores llevaban sus respectivos números en el sombrero. Por todas partes resonaban música y cantos, organillos e instrumentos de viento, griterío y ruido. Las casas y los puentes aparecían adornados con versos y emblemas. Ondeaban banderas y pendones, y las escopetas disparaban sin interrupción. Para los oídos de Rudi, ésta era la música más bella; en medio de tanta magnificencia olvidóse incluso de Babette, a pesar de que sólo por ella había venido.
Los cazadores se concentraron para sus ejercicios; Rudi se mezcló con ellos y se mostró el más diestro y afortunado. Tiro que disparaba, tiro que daba en la diana.
- ¿Quién es ese forastero, ese joven cazador? - se preguntaba la gente.
- Habla francés, y parece del Valais; pero se expresa bastante bien en alemán - observaron algunos -. Seguramente vivió de niño en la región de Grindelwald - dijo alguien.
El mozo rebosaba de vida, sus ojos brillaban, su mirada era tan segura como su brazo. La felicidad infunde valor, y valor no le faltaba nunca a Rudi. Muy pronto se vio rodeado de un gran círculo de amigos, respetado y admirado por todos; Babette casi se había borrado por completo de su mente. De pronto, una pesada mano se posó en su hombro, y una ruda voz le dijo en francés:
- Sois del cantón de Valais, ¿verdad?
Al volverse, Rudi vio ante sí una cara roja y satisfecha, y una recia figura; era el rico molinero de Bex, que, con su corpulencia, ocultaba a la linda Babette, aunque ésta no tardó en asomar con sus radiantes ojos oscuros. Para el rico molinero, la prueba de que el mozo fuese de su cantón era simplemente el hecho de que disparaba como nadie y de que todo el mundo lo agasajaba. En verdad que Rudi era un favorito de la suerte; aquella por quien había venido y a la que casi había olvidado, lo buscaba a su vez.
Siempre que unos paisanos se encuentran lejos de su tierra, se reconocen y entablan conversación. En el concurso de tiro, Rudi había sido sin discusión el primero, del mismo modo que el molinero era el primero en Bex por su riqueza y su hermoso molino. Por eso los dos hombres se estrecharon la mano, cosa que nunca habían hecho hasta entonces. También Babette alargó ingenuamente la suya a Rudi, el cual la estrechó, mientras dirigía a la muchacha una mirada que la hizo ruborizarse.
Contóle el molinero su largo viaje y le habló de las muchas ciudades que habían visitado. Había sido un viaje con todas las de la ley: en vapor, en ferrocarril y en diligencia.
- Pues yo he venido por el camino más corto - dijo Rudi ­ por la montaña. No hay senda tan alta que no pueda pasarse.
- Pero también se puede uno romper el cuello - replicó el molinero -. Y me das la impresión de que algún día te lo vas a romper, por lo temerario que eres.
- ¡Nadie se cae si no piensa que va a caerse! - dijo Rudi.
Los parientes del molinero, en cuya casa se hospedaban él y su hija, invitaron a Rudi a alojarse también con ellos, en vista de que eran del mismo cantón. Para los proyectos que nuestro mozo se había forjado, el ofrecimiento venía al dedillo; la suerte lo acompañaba, como acompaña siempre a aquel que tiene confianza en sí mismo y se acuerda de que «Dios nos da nueces, pero quiere que las casquemos nosotros».
Instalóse Rudi en casa de los parientes del molinero como si fuese de la familia; se pronunció un brindis en honor del mejor tirador; sumóse a él Babette, y Rudi le dio las gracias por la distinción que se le otorgaba.
Al anochecer salieron a pasear por la hermosa calle, delante del lujoso hotel y bajo los viejos castaños. Tal era la multitud y el bullicio, que Rudi hubo de ofrecer el brazo a Babette. Estaba muy contento, le dijo, de haberse encontrado con gente de Vaud, pues Vaud y el Valais eran cantones que vivían en buena vecindad. Expresóle su alegría de un modo tan abierto y sincero, que Babette creyóse obligada a estrecharle la mano. Paseaban juntos, casi como antiguos conocidos, él y la encantadora muchachita. A Rudi le hacían gracia sus observaciones sobre los ridículos y exagerados vestidos y modas que exhibían las damas forasteras. Pero no lo hacía para burlarse de ellas, pues podían ser personas muy conformes y simpáticas; bien lo sabía Babette, que tenía por madrina a una distinguido señora inglesa. Hallóse casualmente en Bex dieciocho años atrás, cuando fue bautizada la niña, y le regaló el hermoso broche que llevaba en el pecho. Dos veces le había ya escrito, y aquel año había proyectado coincidir con ella en Interlaken, adonde pensaba ir en compañía de sus hijas, dos solteronas que iban por los treinta, según se expresaba Babette, que no contaba más de dieciocho abriles.
La dulce boquita no callaba ni un momento, y todo cuanto parloteaba sonaba a los oídos de Rudi como cosas de la mayor importancia. A su vez contó él cuanto tenía por contar; las veces que habla estado en Bex, lo bien que conocía el molino; ella, en cambio, probablemente ni se había fijado en él. La última vez que había estado allí, llevado por mil pensamientos que no podía comunicarle, ella y su padre estaban ausentes, muy lejos, aunque no tanto que no pudiese saltarse el muro que los separaba.
Todo esto dijo, y muchas cosas más. Díjole que la quería mucho, y que sólo por ella, no por la fiesta, había bajado a la ciudad.
Babette se quedó callada; acaso el mozo le había dicho más de lo que ella podía comprender. Y mientras caminaban, se ocultó el sol detrás de la gigantesca muralla rocosa; la Jungfrau se elevó en toda su magnificencia y luminosidad, rodeada de la verde corona formada por los bosques de las montañas vecinas. Mucha gente se había detenido a contemplar el espectáculo, y también Rudi y Babette recrearon sus ojos en aquella majestad.
- Éste es el lugar más hermoso de todos - dijo la muchacha.
- ¡El más hermoso! - repitió Rudi, mirándola - ¡Mañana debo marcharme! - añadió.
- Ve a visitarnos a Bex - susurró ella -. Mi padre se alegrará.

5. El regreso

¡Cuán cargado iba Rudi al día siguiente, cuando volvió a tomar el camino de la montaña, de regreso a casa! Llevaba tres copas de plata, dos magníficas escopetas y una cafetera, también de plata, que podría servir el día que se casase. Pero nada eran estas riquezas comparadas con las palabras de Babette, que llevaba guardadas en su memoria; y más que llevarlas, eran ellas las que le daban alas para franquear las alturas.
Pero el tiempo estaba destemplado, el cielo era gris, torvo, lleno de amenazas, las nubes se cernían sobre las cumbres como sudarios.
Del fondo del bosque llegaban los hachazos de los leñadores, y monte abajo rodaban troncos que, vistos de lejos, parecían palillos, cuando en realidad eran poderosos mástiles. El Lüt­schine fluía con un zumbido monótono, silbaba el viento, y las nubes surcaban el cielo. De pronto apareció una muchacha junto a Rudi, que él no vio hasta tenerla a su lado. Debía también cruzar la montaña, y en sus ojos brillaba una fuerza singular; eran límpidos, profundos e insondables.
- ¿Tienes novio? - le preguntó Rudi, cuyos pensamientos no podían separarse de Babette.
- No - respondió la muchacha, riendo como quien no dice la verdad -. ¡No demos rodeos! - añadió -. Por la izquierda el camino es más corto.
- ¡Sí, para que caigamos en una grieta! - replicó Rudi -. ¿Tal vez tú conoces mejor el camino y quieres hacer de guía?
- Lo conozco muy bien, y además mis pensamientos no divagan. Los tuyos están al parecer en el valle. Aquí arriba hay que pensar en la Virgen de los Ventisqueros. No es muy amiga de los hombres, según se dice.
- No le temo - replicó Rudi -. Tuvo que soltarme cuando era yo muy pequeño, y ahora que soy un hombre estoy seguro de que sabré escapar a sus acechanzas.
Aumentó la oscuridad y empezó a llover, y después de la lluvia vinieron ráfagas de nieve, que cegaban al cazador.
- Dame la mano, te ayudaré a subir - dijo la muchacha, tocándole con los gélidos dedos.
- ¡Ayudarme tú! - exclamó Rudi -. ¡Nunca necesité de la ayuda de una mujer para trepar! -. Y apretó el paso, alejándose de ella. El torbellino de nieve lo envolvió como en una cortina, y por entre los bramidos del viento pudo oír cómo la doncella reía y cantaba. Su voz sonaba de un modo siniestro. La Virgen de los Ventisqueros tenía muchos hechizos a su servicio; Rudi había oído hablar de ello cuando, de niño, había pernoctado en la montaña en el curso de sus expediciones.
La nevada disminuyó de intensidad, las nubes quedaban a sus pies. Miró a su espalda y no vio a nadie; pero seguía oyendo risas y gritos, que no parecían salidos de una garganta humana.
Cuando, por fin, Rudi llegó a la cresta de la montaña, donde comenzaba el sendero que descendía hacia el Valle del Ródano, en la faja de aire azul que se dibujaba hacia Chamonix vio dos estrellas centelleantes y pensó en Babette, en sí mismo y en su felicidad, y aquellos pensamientos le hicieron entrar en calor.



6. La visita al molino

- ¡Qué traes, hijo mío! - exclamó su vieja madre adoptiva - ¡Estas cosas sólo las tienen los potentados! -, y sus ojos de águila brillaban, y la emoción le hacía mover el cuello escuálido, en extrañas contorsiones -. La suerte te acompaña, Rudi. ¡Deja que te bese, hijo mío!
Y Rudi se dejó besar, pero en su cara se reflejaba la pena que le causaba la pobreza de su casa.
- ¡Qué hermoso eres, Rudi! - dijo la anciana.
- ¡No me llenes la cabeza de ilusiones! - replicó Rudi riendo; pero, con todo, le agradaba.
- Pues lo repito - prosiguió la mujer -, la suerte te acompaña.
- ¡Sí, en esto te creo! - respondió él, pensando en Babette. Nunca como en aquel momento había sentido la nostalgia del valle.
«Ya deben estar de regreso - pensó -. Han pasado ya dos días de la fecha que me dijo. No puedo más: me voy a Bex».
Y Rudi se fue a Bex, y encontró el molinero en casa. Lo recibieron muy bien y le dieron recuerdos de la familia de Interlaken. Babette se había vuelto taciturna, pero sus ojos eran elocuentes, y esto le bastaba a Rudi. El molinero, aficionado a llevar siempre la voz cantante, pues estaba acostumbrado a que los demás celebraran sus chistes y ocurrencias - por algo era el rico molinero -, esta vez se complacía, cosa rara, en escuchar a Rudi contar sus aventuras de caza, las fatigas y los peligros que han de afrontar los cazadores de gamos en las rocosas alturas. Escuchó atentamente su relato acerca de las inseguras cornisas de nieve, que el viento y la intemperie labran en el reborde de la roca, y por las que el cazador ha de arrastrarse, como ha de cruzar también los arriesgados puentes levantados por las ventiscas sobre los insondables precipicios. ¡Qué audaz parecía Rudi, y cómo brillaban sus ojos cuando narraba la existencia del cazador, la inteligencia y los hábiles saltos de los gamos y describía la furia del «föhn» y el precipitarse de los aludes vertiginosos! Se daba perfecta cuenta de que cada nuevo relato le hacía subir en la estima del molinero, al cual impresionó especialmente cuanto dijo acerca de los buitres y del águila real.
No lejos de allí, en el cantón del Valais, debajo de un borde colgante de roca, había un nido de águilas muy hábilmente colocado. En él vivía un aguilucho, que nadie se atrevía a ir a capturar; pocos días antes, un inglés había ofrecido a Rudi un puñado de oro si le traía viva la cría. Pero «todo tiene sus límites», había replicado el mozo.
- El aguilucho no dejará que lo saquen del nido; sería una locura intentarlo.
Y fluyó el vino, y fluyeron los discursos, pero la velada se le hizo muy corta a Rudi, a pesar de que era ya más de media noche cuando se despidió de la gente del molino.
Un instante brillaron aún las luces a través de la ventana y entre las verdes ramas. Por el tragaluz del tejado salió el gato del salón en busca del de la cocina, que paseaba a lo largo del canalón.
- ¿Sabes la novedad del molino? - preguntó el primero -. Tenemos noviazgo a la vista. El padre no está enterado aún. Rudi y Babette se han estado dando con los pies por debajo de la mesa durante toda la velada. A mí me pisaron por dos veces, pero no maullé para no llamar la atención. -Pues yo habría maullado -respondió el gato de la cocina. - Lo que está permitido en la cocina no conviene en el salón - replicó el otro -. ¡Sólo quisiera saber lo que dirá el molinero cuando se entere!
Lo mismo hubiera deseado Rudi; pero su impaciencia no le permitió esperar a que el molinero se enterara por sí mismo. Así, unos días después, cuando el ómnibus que hacía el servicio entre el Valais y Vaud cruzaba el puente del Ródano, podía verse en él a nuestro mozo, animoso como siempre y meciéndose en la anticipación de lo que aquella noche le esperaba.
Cuando, al anochecer, el ómnibus emprendió el viaje de regreso, iba también en él Rudi camino de casa. En el molino, el gato del salón tenía una importante noticia que comunicar.
- ¿Sabes qué pasa, cocinero? Pues que el molinero está enterado de todo. La cosa ha acabado de un modo muy raro. Rudi llegó al atardecer, y él y Babette venga cuchichear y hablarse al oído en el corredor, frente a la habitación del molinero. Yo estaba a sus pies, pero ellos tenían los ojos y el pensamiento muy lejos de mí. «Me voy derecho a tu padre - dijo Rudi -, es lo más honrado». «¿Quieres que vaya contigo? - le preguntó Babette -. Quizá pueda darte ánimos». «Ánimos no me faltan - replicó Rudi -; pero si estás tú presente, por lo menos no perderá la calma; yo quiero saber si está conforme o no». Entraron los dos, y al pasar Rudi me pisó la cola; ¡no he visto hombre más torpe! Yo solté un maullido, pero ni él ni Babette repararon en mí. Abrieron la puerta y entraron; yo me adelanté, y salté sobre el respaldo de una silla; estaba curioso por ver cómo Rudi plantearía la cosa. Pero ahora le tocó al molinero utilizar los pies: ¡qué patada dio sobre el piso! «¡A la puerta y a los gamos de la montaña!», gritó encolerizado y razón que tiene. Está bien que Rudi cace gamos, pero no a nuestra pequeña Babette.
- Pero en fin, ¿qué dijeron? - preguntó el gato de la cocina. - ¿Qué dijeron? Pues todo lo que la gente suele decir en una petición de mano: Yo la quiero y ella me quiere; y cuando en el puchero hay leche para uno la hay también para dos. «¡Pero la chica está demasiado alta para ti! - replicó el molinero -. Está en la cima de una montaña, bien lo sabes, de una montaña de oro. ¡No puedes trepar hasta ella!». «Nada está tan alto que no pueda alcanzarse, cuando uno se lo propone seriamente», respondió Rudi, pues es hombre que tiene respuesta para todo. «Sin embargo, no has podido llegar al nido de águilas; tú mismo lo dijiste el otro día. Pues Babette está aún más alta». «¡Los tendré a los dos!», exclamó Rudi. «Te la doy si me traes vivo el aguilucho», respondió el molinero, soltando la carcajada tan a gusto que se le saltaron las lágrimas. «Entretanto, gracias por tu amable visita, Rudi; si vuelves mañana no habrá nadie en casa. Adiós, Rudi». Y Babette le dijo también adiós, con un acento lastimero como el de un gatito que ha perdido a su madre. «Es propio del hombre cumplir lo prometido - dijo Rudi, resuelto -. No llores, Babette; volveré con el aguilucho». «¡Así te rompas la crisma - exclamó el molinero - y nos libremos de ti!». ¡A eso le llamo yo dar una patada! Rudi se marchó, Babette se dejó caer en una silla y allí se quedó llorando, mientras el molinero cantaba una canción alemana que aprendió durante el viaje. Pero yo no voy a perder el sueño por esta historia. ¡De qué serviría, además?
- Todavía pueden suceder muchas cosas - observó el gato de la cocina.



7. El nido de águilas

Una canción tirolesa, alegre y sonora, llegaba del sendero de la montaña; expresaba buen humor y un ánimo inconmovible. Era Rudi que se encaminaba a casa de su amigo Vesinand.
- Tú y Regli tenéis que ayudarme - le dijo -. Quiero coger el aguilucho del nido de la cornisa.
- ¿Por qué no vas a descolgar el hombre de la luna? Vendría a costarte lo mismo - replicó Vesinand -. Estás de muy buen humor hoy.
- Es que pienso en la boda. Pero hablando en serio, voy a explicarte lo que pasa.
Y puso a sus amigos al corriente de la situación.
- Eres demasiado temerario - dijeron los dos -. Lo que te propones es imposible; te romperás la crisma.
- Nadie se cae si no piensa que puede caerse - replicó Rudi.
Salieron a medianoche, bien provistos de pértigas, escaleras y cuerdas. El camino pasaba por entre arbustos, matorrales y piedras desprendidas, siempre subiendo, subiendo en la oscuridad. El río corría impetuoso, se oía el rumor de agua en las alturas, y nubes cargadas de lluvia surcaban el firmamento. Los cazadores llegaron al borde cortado a pico; la oscuridad era allí más profunda, pues las paredes de roca casi se tocaban; sólo en lo alto, por entre la estrecha fisura, se divisaba un tenue resplandor. Ante ellos se abría un profundo abismo, por el que una cascada se despeñaba con gran estrépito. Sentáronse los tres en silencio, para aguardar el alba, hora en que el águila saldría del nido. Si no la mataban primero, no había que pensar en apoderarse de la cría. Rudi permanecía acurrucado, inmóvil como si formase parte de la piedra que le servía de asiento, preparada la escopeta, clavados los ojos en la grieta de arriba, donde se ocultaba el nido bajo las rocas colgantes. Largo rato esperaron los tres cazadores.
De pronto resonó sobre sus cabezas un estridente chillido; la luz que venía de arriba quedó tapada por algo que flotaba en el aire. Dos escopetas encañonaron la negra figura del águila cuando levantó el vuelo desde el nido. Sonó un disparo; un instante se agitaron las desplegadas alas, y luego el ave cayó lentamente, como si con su enorme cuerpo y sus alas extendidas quisiera llenar la sima, arrastrando a los cazadores en su caída. El águila se precipitó en el abismo, y se oyeron crujir las ramas y los arbustos, que se quebraban bajo el peso del animal.
Entonces los cazadores pusieron mano a la obra con febril actividad. En primer lugar ataron fuertemente una con otra las tres escaleras más largas que habían traído, creyendo que llegarían hasta el nido. Las sujetaron luego al borde del precipicio; quedaban cortos, y el trecho que faltaba para llegar al nido, cobijado bajo un saliente de la roca superior, era vertical y liso como una pared. Tras breve deliberación, los jóvenes convinieron en que lo mejor era descolgar desde arriba dos escaleras atadas y unirlas luego con las tres que habían sido ya emplazadas abajo. Con grandes trabajos consiguieron subir las dos escaleras y atar la cuerda; luego lanzaron las escaleras por encima de la roca saliente, con lo que quedaron suspendidas en el abismo. Rudi estaba ya en el escalón inferior. La mañana era glacial; jirones de niebla se levantaban desde el fondo de la negra sima. Rudi estaba suspendido sobre ésta como una mosca en una paja oscilante, desprendida del nido que un pájaro ha construido al borde de la alta chimenea de una fábrica, pero la mosca puede volar si la paja cede, y, en cambio, Rudi sólo podía romperse el cuello. El viento silbaba a su alrededor, y en el fondo rugía, veloz y espumeante, el río nacido de los hielos del glaciar: el palacio de la Virgen de los Ventisqueros.
Dio entonces a las escaleras un movimiento oscilatorio, como la araña que, desde su largo hilo flotante, busca un punto donde agarrarse; al cuarto intento logró tocar las escaleras de abajo, y, cogiéndose a ellas, las ató a las otras con mano fuerte y segura; seguían oscilando como un punto agitado por el viento.
Parecían una caña colgante las cinco largas escaleras que, bajando hasta el nido, se pegaban casi verticalmente a la pared de roca.
Pero el verdadero peligro venía ahora; había de trepar como un gato, arte que conocía bien Rudi, por habérselo enseñado el suyo cuando niño. No se daba cuenta de que a su espalda estaba el Vértigo, alargando hacia él sus tentáculos de pólipo. Hallábase ya en el peldaño más alto, mas no podía ver el interior del nido; sólo podía alcanzarlo con la mano. Con precaución, comprobó la solidez de las gruesas ramas inferiores entrelazadas que formaban la base del nido; se cogió a la más recia y resistente, y con un impulso se desprendió de la escalera, quedando con la cabeza y el pecho dentro del nido; un hedor asfixiante lo obligó a apartar el rostro. Restos de corderos, gamos y aves en estado de descomposición llenaban el lugar. El Vértigo resoplaba a la cara aquellas ponzoñosas emanaciones para aturdirlo, y allá abajo, en las negras profundidades abismales, en las aguas mugientes, estaba la Virgen de los Ventisqueros en persona, con su larga cabellera de un verde pálido, mirándolo con ojos homicidas, como los dos cañones de una escopeta.
- ¡Ahora serás mío!
En una esquina del nido había un aguilucho grande y vigoroso, aunque todavía incapaz de volar. Rudi lo miró, y, sujetándose fuertemente con una mano, le lanzó el lazo con la otra. La cuerda aprisionó al animal por la patas, y Rudi, tirando del nudo corredizo, lo arrojó, con el ave, por encima del hombro; el aguilucho quedó colgado un buen trecho por debajo de él, mientras el cazador se agarraba a una cuerda que le habían tendido los de arriba, hasta que pudo alcanzar con la punta del pie el borde superior de la escalera.
- Cógete fuerte; sí no piensas que puedes caer, no caerás - rezaba la vieja lección. Fiel a ella, Rudi se cogió vigorosamente, avanzó trepando y, como estaba seguro de no caer, no cayó.
Un grito, sonoro y jubiloso, resonó a lo lejos. Rudi pisaba terreno firme con su aguilucho.

8. Las novedades que el gato del salón pudo contar al de la cocina

- ¡He aquí lo que deseabais! - dijo Rudi entrando en la morada del molinero de Bex y depositando en el suelo un gran cuévano. Al levantar la tela que lo cubría, brillaron en su interior dos ojos amarillos bordeados de negro, con fiera expresión. El breve y fuerte pico se abrió para morder; el cuello era rojo, cubierto de plumón.
- ¡El aguilucho! - exclamó el molinero. Babette lanzó un grito y se apartó de un salto, mirando alternativamente a Rudi y al águila. - ¡Nada te espanta! - dijo el molinero.
- Y vos sois un hombre que cumple su palabra - respondió Rudi -. Cada cual tiene su carácter.
- ¿Y cómo lo hiciste para no romperte la crisma? - preguntó el padre.
- Porque me aguanté firme - replicó el mozo -, y ahora hago lo mismo me agarro a Babette.
- No te fíes demasiado - dijo el molinero riendo, lo cual, como sabía la muchacha, era una buena señal.
- Primero retiremos el aguilucho del cesto; es horrible ver cómo nos mira. ¿Cómo lo cazaste?
Y Rudi hubo de contar la hazaña, mientras el molinero lo consideraba con ojos que reflejaban un asombro creciente.
- ¡Con tu valor y tu buena fortuna puedes mantener a tres mujeres! - exclamó al fin.
- ¡Gracias, gracias de todo corazón! - dijo Rudi.
- Pero con todo eso aún no tienes a Babette - contestó el molinero, dando familiarmente con la mano en el hombro del cazador de águilas.
- ¿Sabes la última novedad del molino? - preguntó el gato del salón a su camarada de la cocina -. Rudi nos ha traído el aguilucho, para recibir a Babette a cambio. Se han besado en presencia del padre, y esto significa que el noviazgo es un hecho. El viejo esta vez no ha pateado; al contrario, ha retraído las garras y se ha puesto a echar una siestecita, mientras la pareja se hacía mil arrumacos. Tienen tantas cosas que contarse, que no habrán terminado para Navidades.
Y, en efecto, no habían terminado para Navidades. El viento arremolinaba las hojas mustias, y la nieve caía en el valle y en las altas montañas. La Virgen de los Ventisqueros permanecía en su soberbio palacio, que en invierno es aún más grande y amplio. De las paredes de roca, tapizadas con gruesas capas de hielo, colgaban carámbanos del peso de un elefante, allí donde en verano el torrente dejaba ondear su velo de agua. Guirnaldas de hielo, de fantásticos cristales, centelleaban sobre los abetos, espolvoreados de nieve. La Reina de los Hielos, montada sobre las alas del viento, cabalgaba por encima de los valles más hondos. Hasta Bex se extendía una espesa capa de nieve, y al pasar la Reina por allí, pudo ver detrás de la puerta a Rudi y Babette enlazados de la mano. La boda se celebraría en verano; amigos y conocidos hablaban tanto de ella, que, como suele decirse, les zumbaban los oídos.
Reapareció el sol, y con él las rosas de los Alpes; pero la más resplandeciente era la alegre Babette, hermosa como la primavera que se acercaba, la primavera que haría que todos los pájaros cantasen el verano y el día de la boda.
- No entiendo cómo esos dos pueden estar tanto tiempo juntos con las caras tan cerca - decía el gato del salón -. Sus eternos maullidos acabarán por fastidiarme.



9. La Virgen de los Ventisqueros

La primavera había desplegado su verde rosario de nogales y castaños, que, especialmente desde el puente de Saint-Maurice, se extiende cada vez más frondoso a lo largo del Ródano, hasta las orillas del Lago de Ginebra. En rápido curso descendía el río de su fuente, situada debajo del verde glaciar, el palacio de hielo donde reside la Virgen de los Ventisqueros. Esta se hacía llevar por el viento hasta el más elevado de los campos de nieve, y se tendía bajo el tibio sol de verano, sobre sus mullidas almohadas. Desde allí dirigía sus ojos hacia los profundos valles, donde los hombres se agitaban con actividad de hormigas.
- ¡Fuerzas del espíritu, os llaman las Hijas del Sol! - decía con desprecio -. ¡Gusanos sois! Basta hacer rodar una bola de nieve para borraros a vosotros y vuestros hogares -. E irguió más aún la altiva cabeza, mirando con siniestros ojos a su alrededor y a sus pies. Pero del valle le llegaba un estruendo insólito: el tronar de las barrenas que volaban las rocas, obra del hombre. Se construían vías y túneles para los ferrocarriles.
- ¡Topos miserables! - exclamó -; se excavan galerías subterráneas; por eso se oyen detonaciones como disparos de fusil. Cuando yo hago cambios en mis palacios, el estruendo es comparable al retumbar del trueno.
Subió del valle una columna de humo, que avanzaba como un velo flotante; era el penacho ondeante de una locomotora, que arrastraba una serie de vagones por la vía férrea recién inaugurada; una serpiente sinuosa cuyas vértebras son vagones y más vagones. Corría el tren como una flecha.
- Se creen los señores de la Tierra ¡esas fuerzas del espíritu! - prosiguió la Virgen de los Ventisqueros -.
Y, sin embargo, las únicas que dominan son las fuerzas de las potencias de la Naturaleza - y prorrumpió a reír y a cantar, y su voz resonó en el valle.
- ¡Por allí baja un alud! - exclamaron los hombres de abajo. Pero las Hijas del Sol entonaron un canto en loor del espíritu del hombre, que doma los mares, mueve montañas y colma valles; el espíritu del hombre: él es el señor de las fuerzas naturales. Precisamente en aquellos momentos, un grupo de excursionistas atravesaban el campo de nieve donde estaba la Virgen de los Ventisqueros. Iban atados con cuerdas para constituir un único cuerpo más voluminoso sobre la lisa superficie del hielo, al borde de los ingentes abismos.
- ¡Gusanos! - exclamó ella -. ¡Vosotros, los señores de las potencias naturales! - y, volviéndoles la espalda, miró burlona el fondo del valle, por donde corría el ferrocarril.
- Allá van esos pensamientos. Allá van en el ímpetu de las fuerzas; los veo, veo a cada uno de los humanos que van en el tren. Uno va sentado orgulloso como un rey, solo; otros, amontonados; la mitad, dormidos, y cuando se detiene el dragón de vapor, bajan y siguen su camino. ¡Los pensamientos salen a correr mundo! -. Y se echó a reír.
- ¡Otro alud que baja! - dijeron las gentes del valle.
- ¡A nosotros no nos coge! - exclamaron dos que viajaban en el dragón de vapor, «dos almas y un pensamiento», como dice la canción. Eran Rudi y Babette, y los acompañaba el molinero.
- ¡Como una maleta! - decía -. Soy el mal necesario.
- Allá van los dos - dijo la Virgen de los Ventisqueros -. He aplastado mucho gamos, he doblado y quebrado millones de rosas alpinas sin dejar ni la raíz. ¡Aniquilaré los pensamientos, las fuerzas del espíritu! -. Y soltó una nueva carcajada.
- ¡Viene otro alud! - dijeron las gentes del valle.



10. La señora madrina

En Montreux, una de las ciudades más próximas que, junto con Clarens, Vernex y Crin, forma una guirnalda en torno a la parte nordeste del Lago de Ginebra, vivía la madrina de Babette, la noble inglesa, con sus hijas y un joven pariente. No hacía mucho que habían llegado de Inglaterra, pero ya el molinero las había visitado y explicado el noviazgo de la muchacha y la hazaña de Rudi al capturar el aguilucho, precedida de su viaje a Interlaken; en resumen, toda la historia, que había despertado en ellos grandes deseos de conocer a Rudi y ver a Babette y a su padre. Finalmente, invitaron a los tres a hacerles una visita. Babette iba a conocer a su madrina, y ésta a su ahijada.
En la pequeña ciudad de Villeneuve, en el extremo del Lago de Ginebra, estaba anclado el vapor que, en un viaje de media hora, transportaba a los pasajeros a Vernex, más abajo de Montreux. Es una orilla cantada por los poetas; allí, bajo los nogales, junto al lago azuloscuro, Byron escribió sus melódicos versos sobre el prisionero del tétrico castillo roquero de Chillon. Allí, donde Clarens se refleja en el agua con sus sauces llorones, anduvo errante Rousseau, soñando con su Eloísa. El Ródano se desliza al pie de las altas montañas nevadas de Saboya. No lejos de la desembocadura del río hay una islita, tan pequeña, que, vista desde la orilla, parece un barco. Es una isla rocosa que, hace más de un siglo, una dama mandó rodear de un dique y cubrir de tierra; en ella plantó tres acacias, que hoy dan sombra a toda su extensión. Babette quedó encantada del lugar; le parecía el más hermoso de todo el viaje; había que desembarcar allí: ¡debía ser tan maravilloso! Pero el barco pasó de largo, y, de acuerdo con el itinerario, ancló en Vernex.
Los tres viajeros se dirigieron monte arriba, por entre las blancas paredes soleadas que rodean los viñedos situados frente a la pequeña población de Montreux. Ante las casas de campo dan sombra las higueras, y en los jardines crecen laureles y cipreses. A media ladera estaba situado el chalet donde residía la madrina.
Fueron acogidos con la mayor cordialidad. La madrina era una señora alta, amable, de cara redonda y sonriente. De niña debió de haber sido una verdadera cabecita de ángel, de Rafael; ahora era una cabeza de ángel viejo, rodeada de abundante cabellera de plata. Las hijas eran elegantes, altas y esbeltas. El joven primo que las acompañaba - vestido de blanco, de la cabeza a los pies, pelirrojo y con rubias patillas, y tan alto que de él podrían haber salido tres caballeros - demostró enseguida las mayores atenciones a la joven Babette.
Libros lujosamente encuadernados, apuntes y dibujos, yacían desparramados encima de la gran mesa; la puerta del balcón, desde el cual se dominaba un magnífico panorama sobre el extenso lago, estaba abierta. Las aguas eran claras y tranquilas, y en su superficie se reflejaban, invertidas las montañas de Saboya, con sus villas, bosques y nevadas cumbres.
Rudi, siempre atrevido, optimista y sereno, sentíase allí oprimido e incómodo. Se movía como si anduviese sobre guisantes esparcidos por un pavimento liso. ¡Con qué terrible lentitud pasaba el tiempo! Creía encontrarse amarrado a una noria. Si salían de paseo, ¡qué lentitud, Santo Dios! Tenía que dar dos pasos hacia delante y uno hacia atrás para seguir la marcha de los otros. Bajaron a Chillón, el antiguo y lóbrego castillo construido en una isla de roca, para ver el poste del tormento, las mazmorras, las herrumbrosas cadenas clavadas en la pared, el catre destinado a los condenados a muerte y el postillón por donde, según se decía, los in es eran precipitados sobre púas de hierro, al fondo de las aguas. Era un patíbulo que el poema de Byron había llevado al mundo de la poesía. A Rudi le parecía como si el cadalso fuera para él; asomado a los marcos de piedra de las ventanas, estuvo contemplando las aguas verdeazuladas del pie y la diminuta isla solitaria de las tres acacias, ávido de alejarse de aquella gente parlanchina, con la cual, en cambio, tan a gusto se encontraba Babette. Se había divertido la mar, según dijo más tarde. Al primo lo encontraba un perfecto caballero. - Sí, es un perfecto papagayo - repuso Rudi; y fue la primera vez que sus palabras hirieron a Babette. El inglés había regalado a la muchacha un libro como recuerdo del castillo: era el poema de Byron, titulado «El prisionero de Chillon», en traducción francesa, para que Babette pudiera leerlo.
- Es posible que el libro sea bueno - dijo Rudi -, pero al petimetre que te lo ha regalado, francamente no puedo tragarlo.
- Parecía un costal de harina sin harina - observó el molinero, riéndose de su propio chiste. Rudi soltó también la carcajada, y dijo que el retrato no podía ser más acertado.



11. El primo

Cuando Rudi, unos días después, fue de visita a casa del molinero, encontró en ella al joven inglés. Babette le estaba sirviendo un plato de truchas, que había aderezado con perejil, para hacerlas más apetitosas. La verdad es que no tenía necesidad de hacerlo. ¿Qué venía a buscar el inglés, a fin de cuentas? ¿Que Babette lo obsequiase y lo sirviese? El muchacho estaba celoso, y aquello divertía a la muchacha. Le agradaba conocerlo en todos sus aspectos, en sus buenas cualidades y en sus flaquezas. Para ella, hasta entonces el amor había sido sólo un juego, y por esto jugaba con el corazón de Rudi. No obstante, el mozo era el ídolo de su corazón, el único pensamiento de su vida, lo mejor y más sublime de este mundo. Pero cuanto más hosca era su mirada, más reían los ojos de ella; gustosa habría besado al inglés de las rojas patillas, si con ello hubiese podido poner furioso a Rudi y sacarlo de quicio. Habría sido la mejor prueba del amor que por ella sentía su novio. Tal vez no fuera justa ni razonable la conducta de Babette, pero, al fin y a la postre, ¡tenía 19 años! No reflexionaba, y todavía menos pensaba en cómo se interpretaría su conducta al permitir que el inglés la tratase con mayor ligereza y desenvoltura de la que convenía a la hija del molinero, honesta y recién prometida.
En el lugar donde la carretera de Bex discurre al pie de una nevada cima rocosa que las gentes del país llaman el «Diablerets», levantábase el molino, a poca distancia de un torrente impetuoso cuyas aguas eran de una tonalidad gris blanquecina, como de jabón liquido agitado. No era aquel torrente el que accionaba el molino, sino un pequeño afluente que se precipitaba en él por la otra orilla, procedente de las altas rocas y que, por un canal de piedra excavado debajo de la carretera, volvía a elevarse gracias a su fuerza y velocidad, pasando luego sobre el río por una ancha acequia encauzada con fuertes vigas y cerrada por todos los lados. Esta acequia era tan caudalosa, que su agua se salía de cauce, por lo cual la persona que tomaba aquel atajo para ir al molino encontrábase con un camino mojado y resbaladizo. Y esto fue lo que hizo el inglés. Vestido todo él de blanco como mozo de molinero, tomó aquella senda y trepó por las rocas, guiado por la luz que salía de la habitación de Babette. El trepar no era precisamente su fuerte, y se cayó más de una vez, faltándole poco para ir de cabeza al torrente. Empapado de agua y salpicado de lodo llegó al pie de las ventanas de Babette, y, subiéndose a un viejo tilo, imitó el grito de la lechuza, el único que era capaz de remedar hasta cierto punto. Oyólo la muchacha y salió a mirar por detrás de la transparente cortina, mas al ver al hombre blanco e imaginar quién era, su corazón se puso a palpitar de miedo y de cólera a la vez. Rápidamente apagó la luz, y después de comprobar que todas las ventanas estaban bien cerradas, lo dejó que siguiera gritando y aullando.
Hubiera sido terrible que Rudi se encontrara entonces en el molino. Pero era mucho peor: estaba precisamente ante la casa.
Cambiáronse palabras airadas, y pareció que el lance iba a terminar a golpes, si no en algo más grave.
Angustiada, la muchacha abrió la ventana y suplicó a Rudi que se marchase; no podía permitir, dijo, que siguiera allí.
- ¡No permites que me quede! - respondió el mozo airado ¡Es una cita, pues! Esperas a buenos amigos, mejores que yo. ¿No te da vergüenza, Babette?
- ¡Es indigno lo que dices! - replicó ella -. ¡Te detesto! - y rompió a llorar -. ¡Márchate, márchate!
- Yo no he merecido esto - replicó él, alejándose; las mejillas y el corazón le ardían como fuego.
Babette se arrojó sobre la cama, desecha en lágrimas.
- ¡Tanto como te quiero, Rudi, y tú eres capaz de pensar tan mal de mí!
Estaba airada, lo cual era mejor para ella, ya que, de otro modo, se habría desesperado. Así pudo dormir, dormir con el sueño reparador de la juventud.

12. Potencias del mal

Rudi salió de Bex para volver a su casa. Tomó el camino de las montañas, con su aire puro y confortante - las montañas nevadas, mansión de la Virgen de los Ventisqueros. Los árboles de fronda quedaban al fondo, semejantes a hortalizas; los abetos y matorrales se iban empequeñeciendo, las rosas alpinas brotaban entre la nieve, que, en manchones aislados, aparecía como sábanas puestas a secar. Una florecilla blanca se mecía al aire balsámico; él la machacaba con la culata de la escopeta.
Más arriba presentáronse dos gamos; los ojos de Rudi brillaron, y sus pensamientos cobraron nuevo vuelo. Pero no estaba lo bastante cerca para asegurar el tiro, y así continuó subiendo hasta un punto en que sólo una hierba hirsuta crecía entre los bloques de rocas. Los gamos avanzaban tranquilamente por el mar de nieve; él aceleró el paso. Extendíanse a su alrededor jirones de niebla y de pronto se encontró al borde de la pared vertical. Empezó a llover.
Rudi sentía una sed abrasadora; la cabeza le ardía, mientras el resto del cuerpo estaba frío. Sacó la cantimplora, pero estaba vacía; no se había acordado de llenarla al emprender la ascensión. Nunca había estado enfermo, pero ahora le daba la impresión de estarlo. Sentíase cansado, y lo dominaba el deseo de echarse a dormir; pero el agua fluía por todas partes. Trató de concentrar sus fuerzas. Cosa extraña: los objetos temblaban ante sus ojos, y de repente observó algo que antes no había visto: una casa baja, nueva, de madera, adosada a las rocas. Había en la puerta una doncella, a quien tomó de momento por Anita, la hija del maestro, a la que besara una vez bailando. Pero no, no lo era, y, sin embargo, debía de haberla visto antes, tal vez en Grindelwald, la noche en que regresó de la fiesta de los cazadores de Interlaken.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó.
- Es mi casa - respondió ella -. Guardo mi rebaño.
- ¿Tu rebaño? ¿Dónde pace? - replicó él, riendo -. Aquí no hay más que nieve y rocas.
- ¡Sí que conoces el país! - replicó ella riendo -. Ahí detrás, un poco más abajo, hay un prado magnífico. A él llevo mis cabras. Las guardo bien y jamás pierdo una. Lo que es mío, mío queda.
- Eres atrevida - dijo Rudi.
- ¡Tú también! - fue la respuesta.
- Si tienes leche, dame un trago. Tengo una sed insoportable. - Tengo algo mejor que leche - replicó ella -; voy a dártelo. Ayer pasaron por aquí varios turistas con sus guías y se olvidaron media botella de vino, un vino como no has probado en tu vida. No volverán a buscarlo, y yo no lo bebo. ¡Bébelo tú!
Y fue a buscar la botella, vertió parte del contenido en una escudilla de madera y se la ofreció a Rudi.
- ¡Qué rico! - exclamó el mozo. - Nunca había saboreado un vino tan confortante, tan ardiente -. Sus ojos brillaron, y sintió en todo su ser una plenitud de vida, un fuego que hizo desvanecer toda su melancolía y su tristeza. La fogosa naturaleza humana se agitó en él.
¡Pero si es la Anita del maestro! - exclamó de repente-. ¡Dame un beso!
- ¡A condición de que tú me des esa hermosa sortija que llevas en el dedo!
- ¿Mi anillo de prometido?
- ¡Justamente! - afirmó la muchacha, y, echándole más vino en la escudilla, se la acercó a sus labios, y él bebió. Una gran ansia de vivir corrió por su sangre; parecióle que era dueño del
mundo entero. ¿Para qué preocuparse de quimeras? Todo ha sido creado para nuestro gozo. La corriente de la vida es una corriente de placer; en dejarse arrastrar por ella está la bienaventuranza. Miró a la doncella: era Anita. Pero un instante después no lo era, y menos aquel fantasma - como la llamara - con quien se había topado en las cercanías de Grindelwald. Aquella muchacha de la montaña era pura como nieve recién caída, turgente como la rosa de los Alpes y ligera como un corzo, y, sin embargo, creada de la costilla de Adán, una criatura humana como Rudi. La rodeó con los brazos, la miró al fondo de sus claros ojos maravillosos, un solo segundo, y en aquel instante... ¿quién puede explicar lo que ocurrió? ¿Fue el espíritu de la vida o el de la muerte el que se apoderó de él? Sintióse arrastrado hacia el fondo del insondable y mortal abismo de hielo, cada vez más abajo. Vio las paredes de hielo brillar como cristal verdeazulado; innúmeras grietas y simas lo rodearon, mientras el agua goteaba sonora como un carillón, irradiando llamas blancoazuladas. La Virgen de los Ventisqueros lo besó, y su beso lo dejó aterido desde la médula hasta la frente. El joven exhaló un grito de dolor, y, apartándose de ella, tambaleóse y cayó desplomado. Hízose la noche ante sus ojos, pero volvió a abrirlos. Las potencias del mal lo habían hecho víctima de sus tretas.
Había desaparecido la doncella y la cabaña de pastores; el agua caía por la desnuda pared rocosa, y él estaba rodeado de nieve. Tiritaba de frío, estaba empapado hasta el tuétano y no tenía la sortija de prometido que Babette le pusiera en el dedo. La escopeta yacía a su lado en la nieve; la levantó y disparó, pero falló el tiro. Húmedas nubes se posaban cual sólidas masas níveas sobre el precipicio, y dentro de ellas estaba el vértigo acechando su presa impotente, mientras abajo, en el fondo del abismo, se percibían unas resonancias, semejantes a las producidas por una peña que se desploma, destruyendo y aplastando todos los obstáculos que encuentra en su camino.
Entretanto, Babette, en el molino, no cesaba de llorar. La ausencia de Rudi duraba ya seis días. Rudi, que la había ofendido, que hubiera debido pedir perdón y a quien, a pesar de todo, quería con toda su alma.



13. En casa del molinero

- ¡Los hombres están locos de atar! - dijo el gato del salón al de la cocina -. Todo ha terminado de nuevo entre Rudi y Babette. Ella llora, y él probablemente ya no se acuerda de la chica.
- Esto no me gusta - observó el gato de la cocina.
- Ni a mí - dijo su compañero -, pero no voy a hacerme mala sangre por ello. Babette puede casarse con el pelirrojo. Por lo demás, éste no ha vuelto por aquí desde que trató de encaramarse al tejado.
Las potencias del mal ponen en práctica sus artes perversas, dentro y fuera de nosotros. Rudi había sido víctima de ellas, y ahora reflexionaba, ¿Qué le había ocurrido allá en la montaña? ¿Habían sido visiones, o el delirio de la fiebre? Nunca hasta entonces habla conocido la calentura ni la enfermedad. Mientras enjuiciaba a Babette, pensó también en sí mismo. Recordó la tumultuosa tormenta, el ardoroso «föhn» que se había desencadenado en su alma. ¿Podía confesar a Babette todo lo sucedido, cada uno de los pensamientos que hubieran podido convertirse en actos? Había perdido el anillo, y precisamente esta pérdida era lo que lo hacía volver a ella. ¿Podía confesárselo? Parecíale que el corazón le iba a estallar cuando pensaba en su amada. ¡Cuántos recuerdos acudían a su mente! No tenía más remedio que confesárselo todo.
Volvió al molino como quien va al confesionario. La confesión empezó con un beso y terminó con el fallo de que Rudi había sido el verdadero pecador. Su gran falta había consistido en dudar de la fidelidad de Babette. ¡Era un pecado abominable! Semejante desconfianza sólo podían causar la desgracia de ambos. Sí, sí, no podía ser de otro modo, y por eso Babette le echó un sermoncito; se divirtió un poco a costa de él, y estaba encantadora en su papel de predicador. Sin embargo, en un punto daba la razón a Rudi: el primo de la señora madrina era una cotorra. Quemaría el libro que le había regalado; no quería guardar nada que le recordase a aquel hombre.
- ¡Todo se arregló! - dijo el gato del salón -. Rudi vuelve a estar aquí, han hecho las paces y parecen más felices que unas pascuas.
- Anoche - respondió el gato de la cocina - oí decir a los ratones que la mayor felicidad consiste en comer vela de sebo y tener a la mesa una buena ración de tocino. ¿A quién hay que creer, a los ratones o a los enamorados?
- Ni a unos ni a otros - sentenció el gato del salón -. Es lo más seguro.
Para Rudi y Babette, la mayor felicidad estaba en camino. Se acercaba el día de la boda.
Pero el casamiento no se celebraría en la iglesia de Bex ni en la casa del molinero. La señora madrina deseaba que lo hicieran en la linda iglesita de Montreux, y el molinero insistió en que fuera complacida. Sólo él sabía lo que la madrina tenía preparado para los novios; su regalo compensaría sobradamente todas las molestias. Se fijó el día. Decidieron trasladarse a Villeneuve para efectuar la travesía en barco hasta Montreux a la mañana siguiente; así, la madrina podría ataviar a la novia.
- Sin duda habrá aquí fiesta grande después - dijo el gato del salón -; de lo contrario todo eso no valdría un miau.
- ¡Claro que habrá fiesta! - respondió el gato cocinero -. Han matado patos, han pelado pichones, y un gamo entero cuelga de la pared. ¡Sólo de verlo se me hace la boca agua! Mañana emprenden el viaje. Sí, mañana. Aquélla era la última noche que Rudi y Babette pasaban en el molino como prometidos. Fuera brillaba el rosicler de los Alpes, sonaba la campana vespertina, y las Hijas de los rayos del Sol cantaban: «¡Dios les dé ventura!».



14. Espectros nocturnos

El sol se había puesto; las nubes, por entre las altas montañas, descendían hacia el Valle del Ródano; un viento de Mediodía, llegado de los ardientes desiertos arenosos de África, soplaba por encima de los Alpes: el «föhn», que rasgaba las nubes. Una vez hubo pasado su ráfaga impetuosa, prodújose un momento de absoluta calma. Las deshechas nubes se esparcieron en fantásticas figuras por entre las montañas, cubiertas de bosque, que dominan las aguas veloces del Ródano. Adoptaban las formas de los animales marinos del mundo primitivo, del águila que flota en los aires y de las saltadoras ranas del pantano; bajaban sobre la rauda corriente navegando en ella y, sin embargo, surcando el aire. El río arrastraba un abeto arrancado con todas sus raíces, y delante de él el agua formaba violentos remolinos. Era el Vértigo, una tropa de sus hermanos, que giraban en círculo en la rauda corriente. La luna iluminaba la nieve de las cumbres, los oscuros bosques y las blancas y singulares nubes, las caras de la noche, los espíritus de la fuerzas naturales. El campesino las veía a través de los cristales, sus huestes desfilaban por delante de la Virgen de los Ventisqueros. Salida de su palacio de cristal, navegaba en su frágil nave, un abeto arrancado de cuajo; el agua del glaciar la conducía, río abajo, hacia el amplio mar.
- ¡Llegan los invitados a la boda! - bramaban y cantaban el aire y el agua.
Espectros fuera, y espectros dentro. Babette había tenido un sueño muy raro.
Viose casada con Rudi, hacía ya largos años. El había salido a cazar gamos, mientras ella se quedaba en el pueblo, y a su lado estaba el inglés de rojas patillas. ¡Había tanto ardor en sus ojos, tanto hechizo en sus palabras! Le tendió la mano, y ella no tuvo más remedio que seguirlo. Abandonaron su tierra, descendiendo, siempre descendiendo. Babette experimentaba la sensación de llevar un enorme peso en el corazón, un peso cada vez más fatigoso; era un pecado contra Rudi y contra Dios. De pronto se encontró sola; los vestidos, desgarrados por los espinos; el cabello, gris. Dolorida, alzó los ojos a las alturas y vio a Rudi en el borde de la roca. Extendió hacia él los brazos, sin atreverse a llamarlo o suplicarle, aunque tampoco le hubiera servido de nada, pues muy pronto se dio cuenta de que no era él, sino solamente su chaqueta de caza y su sombrero, colgados del bastón de montaña, como solían ponerlos los cazadores para engañar a los gamos. Y en su dolor infinito exclamó Babette: «¡Ojalá hubiese muerto el día de mi boda, el más feliz de mi vida! ¡Señor, Dios mío, habría sido para mí una gracia, una dicha indecible! Nada mejor podía sucedernos, a Rudi y a mí. Nadie sabe qué le guarda lo por venir». Y, en su dolor sacrílego, se arrojó al precipicio. Resonó un acorde de violín, un tono lastimero...
Babette despertó, y el sueño se borró de su memoria, pero ella sabía que acababa de soñar algo horrible, en que había intervenido el joven inglés, a quien no había visto desde hacía meses y en quien no había vuelto a pensar. ¿Estaría en Montreux? ¿Lo vería en su boda? Una leve sombra se dibujó en torno a su linda boca, y sus cejas se contrajeron. Sin embargo, pronto volvió la sonrisa a sus labios y el brillo a sus ojos. El sol lucía maravillosamente en ellos, y mañana se casaría con Rudi.
Él estaba ya en el salón cuando ella bajó, y emprendieron el camino de Villeneuve. Eran felices, y también lo era el molinero, que no cesaba de reírse y dar rienda suelta a su buen humor. Era un buen padre, un alma honrada.
- Ahora somos los dueños de la casa - dijo el gato del salón.

15. Desenlace

No había anochecido aún cuando los tres alegres viajeros llegaron a Villeneuve. Después de cenar, el molinero se sentó con su pipa en una butaca, dispuesto a echar una siestecilla, mientras los novios salían de la ciudad cogidos del brazo y seguían la carretera que discurría por entre rocas cubiertas de vegetación silvestre, a lo largo del lago de aguas verdeazules. El tétrico castillo de Chillon reflejaba en él sus murallas grises y sus negras torres. La islita de las tres acacias se hallaba aún más cerca, como un ramillete sobre el lago.
- ¡Qué precioso debe de ser aquello! - dijo Babette. Volvió a sentir un deseo vehemente de visitar el islote, deseo que esta vez fue satisfecho en el acto. Había un bote a la orilla; el cabo que lo sujetaba era fácil de desatar. No había allí nadie a quien pedir permiso, y se embarcaron sin más preámbulos. Rudi era maestro en el arte de bogar. Los remos se cogían al agua dócil cual aletas de pez; aquella agua era muy dúctil y, al mismo tiempo, muy fuerte, toda ella espalda para cargar, boca para tragar, que sonríe con dulce sonrisa, a suavidad y la placidez mismas; y, sin embargo, puede infundir espanto y aniquilar lo que se pone a su alcance. El agua de la quilla salpicaba espumeante la popa de la embarcación, que en pocos minutos transportó a la pareja a la isla. Desembarcaron; sólo había sitio suficiente para un bailecito de los dos.
- Dieron unas vueltecitas, y luego se sentaron en un banco, bajo las acacias de ramas colgantes, mirándose a los ojos y cogidos de las manos. Todo, a su alrededor, aparecía radiante, bañado por los últimos rayos del sol. Los bosques de abetos de las montañas habían adquirido una tonalidad lila, comparable a la de los brezos en flor; y allí donde cesaban los árboles dejando lugar a la roca desnuda, el brillo era tal que parecía transparente. Las nubes lucían como oro rojo, y todo el lago era como un fresco y llameante pétalo de rosa. A medida que las sombras se elevaban hasta las nevadas montañas de Saboya, éstas iban tomando un color azuloscuro, mientras el borde superior refulgía como lava incandescente. Así debía ser en los primeros días del mundo, cuando las masas ígneas brotaron del seno de la tierra, conservando aún la temperatura del núcleo central. Fue un rosicler de los Alpes como Rudi y Babette no habían contemplado en su vida. La «Dent du Midi», cubierta de nieve, brillaba como el disco de la luna llena cuando aparece detrás del horizonte.
- ¡Cuánta belleza y cuánta dicha! - exclamaron los dos -. ¡Más no puede desearse en el mundo! - añadió Rudi -. Una hora como ésta vale por, una vida entera. Muchas veces me he sentido dichoso, y a menudo he pensado que había agotado toda la felicidad posible. Pero aquel día pasaba, y empezaba otro que aún me parecía más hermoso. Dios es infinitamente bueno, Babette.
- ¡Qué feliz soy! - respondió ella.
- Más no puede desearse en este mundo - repitió Rudi con exaltación.
Y llegó de las montañas de Saboya, de las montañas de Suiza, el tañido de las campanas vespertinas. Aureolado de oro, levantábase a Poniente el macizo azul oscuro del Jura.
- ¡Dios te dé lo más magnífico y lo mejor! - dijo Babette con voz dulce y cariñosa.
- ¡Me lo dará! - repuso Rudi -. Mañana lo tendré. Mañana serás mía del todo, serás mi mujercita querida.
- ¡El bote! - gritó ella de súbito.
La embarcación que debía volverlos a la orilla se había soltado y se alejaba a la deriva.
- ¡Voy a buscarlo! - dijo Rudi, y, quitándose rápidamente la chaqueta y los zapatos, saltó al lago y se puso a nadar con vigorosos movimientos en persecución de la barca.
El agua verdeazulada, procedente del glaciar, era fría, límpida y profunda. Rudi miró al fondo; dirigióle una única mirada, y, sin embargo, le pareció ver en él un anillo de oro que brillaba y rodaba por el suelo. Acordóse de su sortija de noviazgo, y aquélla se agrandó, extendiéndose a modo de círculo fulgurante, en cuyo interior brillaba el glaciar luminoso. A su alrededor abríase pavorosos abismos, en los que el agua goteaba con un sonido como de campanillas y con un resplandor azulado. En un instante vio cosas que nosotros no podríamos relatar sino con un gran número de palabras. Jóvenes cazadores y doncellas, hombres y mujeres, caídos un día en las grietas del glaciar, reaparecían ahora vivos, con los ojos abiertos y las bocas sonrientes.
Desde lo más profundo llegaba el sonido de las campanas de los pueblos sepultados. La comunidad estaba arrodillada bajo las bóvedas de los templos, cilindros de hielo componían los tubos de los órganos, el río de la montaña actuaba de organista. La Virgen de los Ventisqueros aparecía sentada en el suelo claro y transparente; levantábase hasta Rudi besándole los pies, y él sintió en todos sus miembros un estremecimiento de muerte, como una descarga eléctrica: ¡hielo y fuego a la vez!
- ¡Mío, mío! - resonaba en torno suyo y en su interior -. Te besé cuando eras aún muy pequeño, te besé en la boca. Ahora te beso en las plantas de los pies y en los talones; ¡eres mío del todo!
Y Rudi desapareció en el seno de las aguas límpidas y azules.
El silencio era absoluto. Las campanas de las iglesias cesaron de doblar, los últimos sonidos se esfumaron con el brillo de las rojas nubes.
- ¡Eres mío! - oyóse desde el fondo -; ¡eres mío! - repitió el eco en las alturas, en el infinito.
Es hermoso volar de un amor a otro amor, de la Tierra al Cielo. Vibró una cuerda de violín, resonó un triste acorde; el beso helado de la muerte venció lo perecedero. Terminó el prólogo para que pudiese empezar el drama de la vida, la disonancia se disolvió en armonía.
¿Llamas a esto una historia triste?
¡Pobre Babette! Para ella fue una hora de angustia; el bote se alejaba incesantemente. Nadie sabía que los novios se encontraban en la islita. Cerraba la noche, las nubes descendían, llegó la oscuridad, y ella seguía allí, sola y desesperada. Cerníase sobre su cabeza una tempestad; los relámpagos iluminaban las cumbres del Jura, Suiza y la Saboya; de todas las direcciones llegaban los rayos, y los truenos retumbaban incesantes, por espacio de minutos. Las chispas eléctricas rivalizaron pronto con el fulgor del sol, permitiendo contar las vides una por una, como a mediodía, y un instante más tarde reinaban las tinieblas más profundas. Los rayos dibujaban lazos y zigzags y precipitábanse en el lago, mientras el eco centuplicaba el fragor de los truenos. En la orilla, los pescadores sacaban sus barcas a tierra; personas y animales se pusieron a cobijo; la lluvia empezó a caer a torrentes.
- ¿Dónde están Rudi y Babette con este tiempo endiablado? - se preguntaba el molinero.
Babette estaba con las manos dobladas, caída la cabeza sobre el pecho, muda de dolor, exhausta a fuerza de gritar y de lamentarse. - ¡En el fondo de las aguas - se decía para sí -, está en el fondo, como debajo del glaciar!
Vínole entonces a la memoria lo que Rudi le había contado acerca de la muerte de su madre, de su salvación cuando lo sacaron casi cadáver de la grieta del glaciar. «¡La Virgen de los Ventisqueros lo ha recuperado!».
Y un relámpago fulguró con la intensidad del sol sobre la blanca nieve. Babette se puso de pie bruscamente, y en el mismo momento el lago se levantó como un rutilante glaciar, con la Virgen de los Ventisqueros en el centro, majestuosa, radiante, azulada, y a sus pies yacía el cuerpo de Rudi.
- ¡Mío! - gritó, y a su alrededor se extendieron nuevamente las tinieblas y las aguas embravecidas.
- ¡Cruel! - exclamó Babette -. ¿Por qué has tenido que hacerlo morir la víspera del día de nuestra dicha? Dios mío, ilumina mi entendimiento, ilumina mi corazón, pues no comprendo tus designios. Disuelve la oscuridad que me oculta tu sabiduría y tu misericordia.
Y Dios iluminó su corazón. Recorrió su alma un pensamiento instantáneo, un rayo de gracia: el sueño de la noche anterior cobró vida. Acordóse de las palabras que había pronunciado: el deseo de lo mejor para ella y para Rudi.
- ¡Ay de mí! ¿Habría en mi corazón la semilla del pecado? ¿Fue mi sueño una vida futura, cuyas cuerdas debían quebrarse para mi salvación? ¡Mísera de mí!
Seguía lamentándose en el seno de la noche tenebrosa. En medio del silencio profundo resonaban aún en sus oídos las palabras de Rudi, las últimas que le oyera: «¡Más felicidad no puede darme la vida!». Y resonaron con toda la plenitud de gozo, y encontraron eco en el torrente de su dolor. Dios le mostraba lo más conveniente, y esto la llenaba desconsuelo.

* * *

Han transcurrido unos años desde la desgracia. El lago sonríe, sonríen sus orillas; los viñedos hinchan sus jugosos racimos. Pasan vapores con ondeantes gallardetes; lanchas de recreo, con las dos velas desplegadas, vuelan cual mariposas por la superficie del agua. Ha sido inaugurado el ferrocarril que pasa por Chillon y se adentra en el Valle del Ródano. En cada estación se apean viajeros provistos de su guía, encuadernada en rojo, y leen en ella lo que de interesante van a ver. Visitan Chillon, contemplan la islita de las tres acacias y leen en el libro la historia de los novios que desembarcaron en ella un atardecer del año 1856; cómo murió el prometido, y cómo hasta la mañana siguiente no fueron oídos los gritos de socorro de la desesperada muchacha.
Pero la guía turística no habla de la vida retirada de Babette junto a su padre, no en el molino, habitado hoy por desconocidos, sino en la linda casita de las inmediaciones de la estación, desde cuyas ventanas mira la muchacha con frecuencia, a la hora de ponerse el sol, por encima de los castaños, las montañas nevadas recorridas antaño por Rudi. Contempla, al anochecer, el rosicler de los Alpes; las Hijas del Sol, desde allá arriba, repiten la canción del vagabundo a quien el huracán arrebató la capa y se la llevó. ¡Llevóse la envoltura, pero no el hombre!
Hay un brillo rosado en la nieve de la Cordillera como hay un brillo rosado en los corazones que creen que Dios nos da siempre lo que más nos conviene. Pero no siempre nos lo revela, como a Babette en su sueño.
Let us visit Switzerland. Let us take a look at that magnificent land of mountains, where the forests creep up the sides of the steep rocky walls; let us climb to the dazzling snow-fields above, and descend again to the green valleys below, where the rivers and streams rush along as if afraid they will be too late to reach the ocean and disappear. The burning rays of the sun shine in the deep dales and also on the heavy masses of snow above, so that the ice blocks which have been piling for years melt and turn to thundering avalanches or heaped-up glaciers.

Two such glaciers lie in the broad ravines under the Schreckhorn and the Wetterhorn, near the little mountain town of Grindelwald. They are strange to look at, and for that reason, in summertime many travelers come here from all parts of the world. They cross the lofty, snow-capped hills, and they come through the deep valleys; then they have to climb for several hours, and as they ascend, the valleys seem to become deeper and deeper, until they look as if they are being viewed from a balloon. Often the clouds hang around the towering peaks like thick curtains of smoke, while down in the valley dotted with brown wooden houses, a ray of the sun may be shining brightly, throwing into sharp relief a brilliant patch of green, until it seems transparent. The water foams and roars, and rushes along below, but up above the water murmurs and tinkles; it looks as if silver ribbons were streaming down over the rocks.

On both sides of the ascending road are wooden houses. Each house has its little potato garden, and this is a real necessity; for within those doors are many hungry mouths - there are many children, and children are often wasteful with food. From all the cottages they swarm out and besiege travelers, whether these be on foot or in carriages. All the children are little merchants; they offer for sale charming toy wooden houses, replicas of those that are built here in the mountains.

Some twenty years ago there often stood here, but always somewhat apart from the other children, a little boy who was also eager to do some business. He would stand there with an earnest, grave expression, holding his chip-box tightly with both hands, as if afraid of losing it; but it was this seriousness, and the fact that he was so small, that caused him to be noticed and called forward, so that he often sold more than all the others - he didn't exactly know why himself.

His grandfather lived high up on the mountain, where he carved out the neat, pretty little houses. In a room up there he had an old chest full of all sorts of carved things - nutcrackers, knives, forks, boxes with cleverly carved scrollwork, and leaping chamois - everything that would please a child's eye. But little Rudy, as he was called, gazed with greater interest and longing at the old gun that hung under the beams of the roof. "He shall have it some day," his grandfather had said, "but not until he's big and strong enough to use it."

Small as the boy was, he took care of the goats. If knowing how to climb along with the goats meant that he was a good goatherd, then Rudy certainly was an excellent goatherd; he could even go higher than the goats, for he loved to search for birds' nests high up in the tops of the trees. He was bold and daring. No one ever saw him smile, except when he stood near the roaring waterfall or heard the rolling of an avalanche.

He never played with the other children; in fact, he never went near them except when his grandfather sent him down to sell the things he had carved. And Rudy didn't care much for that; he would much rather climb about in the mountains or sit home with his grandfather and hear him tell stories of ancient times and of the people at nearby Meiringen, where he was born. This race, he said, had not always lived there; they were wanderers from other lands; they had come from the far North, where their people still lived, and were called "Swedes." This was a good deal for Rudy to learn, but he learned still more from other teachers - the animals that lived in the house. There was a big dog, Ajola, which had belonged to Rudy's father, and there was a tomcat. Rudy had much to thank the tomcat for - the Cat had taught him to climb.

"Come on out on the roof with me!" the Cat had said one day, very distinctly and intelligibly, too. For to a little child who can hardly speak, the language of hens and ducks, cats and dogs, is almost as easily understood as that of fathers and mothers. But you must be very young indeed then; those are the days when Grandpa's stick neighs and turns into a horse, with head, legs, and tail.

Some children keep these thoughts longer than others, and people say that these are exceedingly backward, and remain children too long. But people say so much!

"Come on out on the roof with me, little Rudy!" was one of the first things the Cat said, and Rudy could understand him.

"It's all imagination to think you'll fall; you won't fall unless you're afraid! Come on! Put one of your paws here, and another there, and then feel your way with your forepaws. Use your eyes and be very active in your limbs. If there's a hole, jump over it the way I do."

And that's what little Rudy did. Very often he sat on the sloping roof of the house with the Cat, and often in the tops of the trees, and even high up among the towering rocks, where the Cat never went.

"Higher! Higher!" the trees and bushes said. "Can't you see how we climb - how high we go, and how tightly we hold on, even on the narrowest ledge of rock?"

And often Rudy reached the top of the hill even before the sun; there he took his morning draught of fresh, strengthening mountain air, that drink which only Our Lord can prepare, and which human beings call the early fragrance from the mountain herbs and the wild thyme and mint in the valley. Everything that is heavy in the air is absorbed by the overhanging clouds and carried by the winds over the pine woods, while the essence of fragrance becomes light and fresh air - and this was Rudy's morning draught.

Sunbeams, daughters of the sun who bring his blessings with them, kissed his cheeks. Dizziness stood nearby watching, but dared not approach him. The swallows from his grandfather's house below (there were at least seven nests) flew up toward him and the goats, singing, "We and you, and you and we!" They brought greetings from his home, even from the two hens, who were the only birds in the house; however, Rudy had never been very intimate with them.

Young as he was he had traveled, and quite a good deal for such a little fellow. He was born in Canton Valais, and brought from there over the hills. He had recently traveled on foot to the near-by Staubbach, that seems to flutter like a silver veil before the snow-clad, glittering white Jungfrau. And he had been to the great glaciers near Grindelwald, but there was a sad story connected with that trip; his mother had met her death there, and it was there, as his grandfather used to say, that "little Rudy had lost all his childish happiness." When he was less than a year old he laughed more than he cried, as his mother had written; but from the time he fell into the crevasse his whole nature had changed. His grandfather didn't talk about this very much, but it was known all over the mountain.

Rudy's father had been a coach driver, and the big dog that now shared the boy's home had always gone with him on his journeys over the Simplon down to Lake Geneva. Rudy's relatives on his father's side lived in the Rhone valley, in Canton Valais, where his uncle was a celebrated chamois hunter and a famous Alpine guide. Rudy was only a year old when he lost his father, and his mother decided to return with the child to her own family in the Berner Oberland. Her father lived a few hours' journey from Grindelwald; he was a wood carver, and his trade enabled him to live comfortably.

With her infant in her arms she set out toward home in June, accompanied by two chamois hunters, over the Gemmi toward Grindelwald. They had made the greater part of the journey, had climbed the highest ridges to the snow fields and could already see her native valley with the familiar scattered cottages; they now had only to cross the upper part of one great glacier. They newly fallen snow concealed a crevasse, not deep enough to reach the abyss below where the water rushed along, but deeper than a man's height.

As she was carrying her child the young woman suddenly slipped, sank down, and instantly disappeared. Not a shriek or groan was heard, only the wailing of a little child. It was over an hour before her two companions could obtain ropes and poles from the nearest house to pull her out; and after tremendous labor they brought from the crevasse what they thought were two dead bodies. Every means of restoring life was tried, and at last they managed to save the child, but not the mother. Thus the old grandfather received in his house, not a daughter, but a daughter's son, the little one who laughed more than he cried. But a change seemed to have come over him since his terrible experience in the glacier crevasse - that cold, strange ice world, where the Swiss peasant believes the souls of the damned are imprisoned till doomsday.

The glacier lies like a rushing stream, frozen and pressed into blocks of green crystal, one huge mass of ice balanced on another; the swelling stream of ice and snow tears along in the depths beneath, while within it yawn deep hollows, immense crevasses. It is a wondrous palace of crystal, and in its dwells the Ice Maiden, queen of the glaciers. She, the slayer, the crusher, is half the mighty ruler of the rivers, half a child of the air. Thus it is that she can soar to the loftiest haunts of the chamois, to the towering summits of the snow-covered hills, where the boldest mountaineer has to cut footrests for himself in the ice; she sails on a light pine twig over the foaming river below, and leaps lightly from one rock to another, with her long, snow-white hair fluttering about her, and her blue-green robe glistening like the water in the deep Swiss lakes.

"To crush! To hold fast! That is my power!" she says. "And yet a beautiful boy was snatched from me - one whom I had kissed, but not yet kissed to death! He is again among human beings - he tends his goats on the mountain peaks; he is always climbing higher and still higher, far, far from other humans, but never from me! He is mine! I will fetch him!"

So she commanded Dizziness to undertake the mission; it was in the summertime and too hot for the Ice Maiden in the valley where the green mint grew; so Dizziness mounted and dived. Now Dizziness has a flock of sisters - first one came, then three of them - and the Ice Maiden selected the strongest of those who wield their power indoors and out. They perch on the banisters of steep staircases and the guard rails of lofty towers; they run like squirrels along the mountain ridges and, leaping away from them, tread the air as a swimmer treads water, luring a victim onward to the abyss beneath.

Dizziness and the Ice Maiden both reach out for mankind, as the polypus reaches after whatever comes near it. The mission of Dizziness was to seize Rudy.

"Seize him, you say!" said Dizziness. "I can't do it. That wretched Cat has taught him its skill. That human child has a power within himself that keeps me away. I can't touch the little fellow when he hangs from branches out over the abyss, or I'd be glad to tickle his feet and send him flying down through the air. I can't do it!"

"We can seize him!" said the Ice Maiden. "Either you or I! I will! I will!"

"No! No!" A whisper, a song, broke upon the air like the echo of church bells pealing; it was the harmonious tones of a chorus of other spirits of Nature, the mild, soft, and loving daughters of the rays of the sun. Every evening they encircle the mountain peaks and spread their rosy wings, which, as the sun sinks, become redder and redder until the lofty Alps seem blazing. Mountaineers call this the Alpine glow. When the sun has set, they retire into the white snow on the peaks and sleep there until they appear again at sunrise. Greatly do they love flowers and butterflies and mankind, and they had taken a great fancy to little Rudy.

"You shall not catch him! You shall not have him!" they sang.

"I have caught greater and stronger ones than he!" said the Ice Maiden.

Then the daughters of the sun sang of the traveler whose cap was torn from his head by the whirlwind, and carried away in stormy flight. The wind had power to take his cap, but not the man himself. "You can seize him, but you cannot hold him, you children of strength. The human race is stronger and more divine even than we are; they alone can mount higher than our mother the sun. They know the magic words that can compel the wind and waves to obey and serve them. Once the heavy, dragging weight of the body is loosened, it soars upward."

Thus sounded the glorious bell-like chorus.

And every morning the sun's rays shone on the sleeping child through the one tiny window of the old man's house. The daughters of the sun kissed the boy; they tried to thaw, to wipe out the ice kiss given him by the queen of the glaciers when, in his dead mother's arms, he lay in the deep ice crevasse from which he had only been rescued as if by a miracle.

THE JOURNEY TO THE NEW HOME

Now Rudy was eight years old. His uncle, who lived in the Rhone valley on the other side of the mountain, wanted to take the boy, so that he could have a better education and be taught to take care of himself. The grandfather thought this would be better for the boy, so agreed to part with him.

As the time for Rudy's departure drew near, there were many others besides Grandfather to take leave of. First there was Ajola, the old dog.

"Your father was the coachman, and I was the coachman's dog," said Ajola. "We often traveled back and forth, and I know both dogs and men on the other side of the mountains. I never had the habit of speaking very much, but now that we have so little time to talk to each other, I'll say a little more than I usually do, and tell you a story that I've been thinking about for a long time. I can't understand it, and you can't either, but that doesn't matter. I have learned this: the good things of this world aren't dealt out equally either to dogs or to men; not everyone is born to lie in someone's lap or to drink milk. I've never been accustomed to such luxury. But I've often seen a puppy dog traveling inside a post carriage, taking up a human being's seat, while the lady to whom he belonged, or rather who belonged to him, carried a bottle of milk from which she fed him. She also offered him sweet candy, but he wouldn't bother to eat it; he just sniffed at it, so she ate it herself. I was running in the mud beside the carriage, about as hungry as a dog could be, but I had only my own bitter thoughts to chew on. Things weren't quite as they ought to be, but then there is much that is not! I hope you get to ride inside carriages, and ride softly, but you can't make all that happen by yourself. I never could either by barking or yawning."

That was Ajola's lecture, and Rudy threw his arms around the dog's neck and kissed his wet nose. Then he took the Cat in his arms, but he struggled to be free, and cried, "You're getting much too strong for me, but I won't use my claws against you. Climb away over the mountains - I've taught you how to climb. Never think about falling, but hold tightly; don't be afraid, and you'll be safe enough."

Then the Cat ran off, for he didn't want Rudy to see how sorry he was.

The hens were hopping about the floor. One of them had lost its tail, for a traveler, who thought himself a sportsman, had shot it off, mistaking the poor hen for a game bird.

"Rudy is going over the mountains," said one of the hens.

"He's in a hurry," said the other, "and I don't like farewells." So they both hopped away.

And the goats also said their farewells. "Maeh! Maeh!" they bleated; it sounded so sad.

Just at that time there happened to be two experienced guides about to cross the mountains; they planned to descend the other side of the Gemmi, and Rudy would go with them on foot. It was a hard trip for such a little fellow, but he had considerable strength, and was untiring and courageous.

The swallows accompanied him a little way, and sang to him, "We and you, and you and we."

The travelers' route led across the foaming Lütschine, which falls in many small rivulets from the dark clefts of the Grindelwald glaciers. Fallen tree trunks made bridges, and pieces of rock served here as steppingstones. Soon they had passed the alder thicket, and began to climb the mountain near where the glaciers had loosened themselves from the cliff. They went around the glacier and over the blocks of ice.

Rudy crept and walked. His eyes sparkled with joy as he firmly placed his iron-tipped mountain shoes; it seemed as if he wished to leave behind him an impression of each footstep. The patches of black earth, tossed onto the glacier by the mountain torrents, gave it a burned look, but still the blue-green, glassy ice shone through. They had to circle the little pools that seemed damned up by detached masses of ice. On this route they approached a huge stone which was balanced on the edge of an ice crevasse. Suddenly the rock lost its balance and toppled into the crevasse; the echo of its thunderous fall resounded faintly from the deep abyss of the glacier, far, far below.

Upward, always upward, they climbed; the glacier stretched up like a solid stream of masses of ice piled in wild confusion, wedged between bare and rugged rocks. For a moment Rudy remembered what had been told him, how he had lain in his mother's arms, buried in one of these terrible crevasses. But he soon threw off such gloomy thoughts, and considered the tale as only one of the many stories he had heard. Occasionally, when the guides thought the way was too difficult for a such a little boy, they held out their hands to help him; but he didn't tire, and he crossed the glacier as sure-footedly as a chamois itself.

From time to time they reached rocky ground; they walked between mossless stones, and sometimes between low pine trees or out on the green pastures - always changing, always new. About them towered the lofty, snow- capped peaks, which every child in the country knows by name - the Jungfrau, the Eiger, and the Mönch.

Rudy had never before been up so high, had never before walked on the wide ocean of snow with its frozen billows of ice, from which the wind occasionally swept little clouds of powdery snow as it sweeps the whitecaps from the waves of the sea. Glacier stretched beside glacier, almost as if they were holding hands; and each is a crystal palace of the Ice Maiden, whose joy and in whose power it is to seize and imprison her victims.

The sun shone warmly, and the snow dazzled the eye as if it were covered with the flashing sparks of pale blue diamonds. Countless insects, especially butterflies and bees, lay dead in heaps on the snow; they had winged their way too high, or perhaps the wind had carried them up to the cold regions that to them meant death. Around the Wetterhorn there hung a threatening cloud, like a large mass of very fine dark wool; it sank, bulging with what was concealed within - a foehn, the Alpine south wind that foretells a storm, fearfully violent in its power when it should break loose.

This whole journey - the stops for the nights high up in the mountains, the wild route, the deep crevasses where the water, during countless ages of time, had cut through the solid stone - made an unforgettable impression on little Rudy's mind.

A deserted stone hut, beyond the snowfields, gave them shelter and comfort for the night. Here they found charcoal and pine branches, and a fire was soon kindled. Sleeping quarters were arranged as well as possible, and the men settled near the blazing fire; they smoked their tobacco and drank some of the warm, spiced beverage they had prepared - and they didn't forget to give Rudy some.

The talk turned to the mysterious creatures who haunt the high Alps: the huge, strange snakes in the deep lakes - the night riders - the spectral host that carry sleepers through the air to the wonderful, floating city of Venice - the wild herdsman, who drives his black sheep over the green pastures: these had never been seen, although men had heard the sound of their bells and the frightful noise of the phantom herd.

Rudy listened to these superstitious tales with intense interest, but with no fear, for that he had never known; yet while he listened he imagined he could hear the roar of that wild, spectral herd. Yes! It became more and more distinct, until the men heard it too. They stopped their talking and listened to it, and then they told Rudy that he must not fall asleep.

It was a foehn that had risen - that violent tempest which whirls down from the mountains into the valley below, and in its fury snaps large trees like reeds, and tosses the wooden houses from one bank of a river to the other, as easily as we would move chessmen.

After an hour they told Rudy the wind had died down and he might go to sleep safely; and, weary from his long walk, he followed their instructions and slept.

Early next morning, they set off again. That day the sun shone for Rudy on new mountains, new glaciers, and new snowfields. They had entered Canton Valais, on the other side of the ridge of mountains visible from Grindelwald; but they still had a long way to go to his new home.

More mountain clefts, pastures, woods, and new paths unfolded themselves; then Rudy saw other houses and other people. But what kind of human beings were these? They were misshapen, with frightful, disgusting, fat, yellowish faces, the hideous flesh of their necks hanging down like bags. They were the cretins- miserable, diseased wretches, who dragged themselves along and stared with stupid, dead eyes at the strangers who crossed their path; the women were even more disgusting than the men. Were these the sort of people who lived in his new home?

THE UNCLE

When Rudy arrived in his uncle's house he thanked God to see people such as he was accustomed to. There was only one cretin, a poor imbecile boy, one of those unfortunate beings who, in their poverty, which amounts to utter destitution, always travel about in Canton Valais, visiting different families in turn and staying a month or two in each house. Poor Saperli happened to be living in the house of Rudy's uncle when the boy arrived.

This uncle was a bold hunter, and a cooper by trade, while his wife was a lively little person, with a face somewhat like a bird's, eyes like an eagle's, and a long, skinny, fuzz-covered neck.

Everything was strange and new to Rudy - dress, customs, employment, even the language, though his young ear would soon learn to understand that. A comparison between his grandfather's little home and his uncle's domicile greatly favored the latter. The room they lived in was larger; the walls were decorated with chamois heads and brightly polished guns; a painting of the Virgin Mary hung over the door, with fresh Alpine roses and a constantly burning lamp before it.

As you have learned, his uncle was one of the most famous chamois hunters of the canton, and also the most experienced and best guide.

Rudy became the pet of the house, but there was another pet too - a blind, lazy old dog, of not much use any more. But he had been useful once, and his value in former years was remembered, so he now lived as one of the family, with every comfort. Rudy patted him, but the dog didn't like strangers and still considered Rudy one. But the boy did not long remain so, for soon he won his way into everyone's heart.

"Things are not so bad here in Canton Valais," said his uncle. "We have plenty of chamois; they don't die off as fast as the wild goats. Things are much better now than in the old days, however much we praise the olden times. A hole has been burst in the bag, so now we have a little fresh air in our cramped valley. When you do away with out-of-date things you always get something better," he said.

When the uncle became really talkative, he would tell the boy about his own and his father's childhood. "In those days Valais was," he called it, "just a closed bag full of too many sick people - miserable cretins. But the French soldiers came, and they made excellent doctors - they soon killed the disease, and the patients too. They knew how to strike - yes, to strike in many different ways; even their girls knew how to strike!" Then he winked at his wife, who was French by birth, and laughed. "The French knew how to split solid stones if they wanted to. It was they who cut out of solid rock the road over the Simplon Pass - yes, and made such a road that I could tell a three-year-old child to go to Italy! You just have to keep on the highway, and there you are!" Then the uncle sang a French song, and ended by shouting "hurrah!" for Napoleon Bonaparte.

It was the first time Rudy had ever heard of France or of Lyons, that great city on the Rhone which his uncle had visited.

In a few years Rudy would become an expert chamois hunter, for he showed quite a flair for it, said the uncle. He taught the boy to hold, load, and fire a gun; in the hunting season he took him up into the hills and made him drink warm chamois blood to ward off hunter's giddiness; he taught him to know the times when, on different slopes of the mountains, avalanches were likely to fall, in the morning or evening, whenever the sun's rays had the greatest effect. He taught him to observe the movements of the chamois and copy their leaps, so that he might light firmly on his feet. He told him that if there was no footing in the rock crevices, he must support himself by the pressure of his elbows, and the muscles, of his thighs and calves; if necessary even the neck could be used.

The chamois is cunning and places sentinels on guard, so the hunter must be still more cunning, and scent them out. Sometimes he could cheat them by arranging his hat and coat on his alpine staff, so that the chamois would mistake the dummy for the man. The uncle played this trick one day when he was out hunting with Rudy.

It was a narrow mountain path - indeed, scarcely a path at all; it was nothing more than a slight ledge close to the yawning abyss. The snow there was half thawed, and the rock crumbled away under the pressure of a boot; so that uncle lay down at full length and inched his way forward. Every fragment of rock that crumbled off fell, knocking and bouncing from one side of the wall to the other, until it came to rest in the depths far below. Rudy stood on the edge of the last point of solid rock, about a hundred paces behind his uncle, and from there he suddenly saw, wheeling through the air and hovering just above his uncle, an enormous vulture, which, with one stroke of its tremendous wings, could easily have hurled the creeping form into the abyss beneath, and there feed on his carcass.

The uncle had eyes for nothing but the chamois, which had appeared with its young kid on the other side of the crevasse. But Rudy kept watching the bird, with his hand on his gun to fire the instant it became necessary, for he understood its intention. Suddenly the chamois leaped upward; the uncle fired, and the animal was hit by the deadly bullet; but the kid escaped as skillfully as if it had had a lifelong experience of danger and flight. The huge bird, frightened by the report, wheeled off in another direction; and the uncle was saved from a danger of which he knew nothing until Rudy told him about it later.

As they were making their way homeward in high good humor, the uncle humming an air he remembered from his childhood; they heard a strange noise very close to them. They looked all around, and then upward; and there, on the slope of the mountain high above, the heavy snow covering was lifted up and heaving as a stretched linen sheet heaves when the wind creeps under it. Then the great mass cracked like a marble slab, broke, and changed into a foaming cataract, rushing down on them with a rumbling noise like distant thunder. An avalanche was coming, not directly toward Rudy and his uncle, but close to them - much too close!

"Hang on, Rudy!" he cried. "Hang on with all your might!"

Rudy threw his arms around the trunk of a near-by tree, while his uncle climbed higher and clung to the branches of the tree. The avalanche roared past a little distance away, but the gale of wind that swept behind it, the tail of a hurricane, snapped trees and bushes all around them as if they had been dry rushes, and hurled them about in wild confusion. Rudy was flung to the ground, for the trunk of his tree looked as if it had been sawed in two, and the upper part was tossed a great distance. And there, among the shattered branches, Rudy found his poor uncle, with a fractured skull! His hands were still warm, but his face was unrecognizable. Rudy turned pale and trembled, for this was the first real shock of his life, the first terror he had ever experienced.

Late that evening he brought the fatal news to his home - his home, which was now to be the home of grief. The wife stood like a statue, uttering no word, shedding no tear; it was not until the corpse was brought home that her sorrow found utterance. The poor cretin crept into his bed, and was not seen throughout the whole next day. But the following evening he came to Rudy.

"Write a letter for me please!" he said. "Saperli can't write. Saperli can only take letter to post office."

"A letter for you?" Rudy asked. "To whom?"

"To our Lord Christ!"

"What do you mean?"

And the half-wit, as he was called, looked at Rudy with a touching expression, clasped his hands, and said solemnly and reverently, "Jesus Christ! Saperli would send Him a letter to pray Him that Saperli lie dead, and not the master of the house here."

And Rudy pressed his hand. "That letter wouldn't reach up there. That letter wouldn't restore him to us."

He found it very difficult to convince Saperli how impossible his request was.

"Now you must be the support of the house," said his aunt. And Rudy became just that.

BABETTE

"Who is the best hunter in Canton Valais?" The chamois knew well. "Beware of Rudy!" they might have said to each other. And, "Who is the handsomest hunter?" - "Oh, it's Rudy!" the girls said. But they didn't add, "Beware of Rudy!" And their serious mothers didn't say so either, for he bowed as politely to them as to the young girls.

He was so brave and happy; his cheeks were so brown, his teeth so white, his dark eyes so sparkling! He was a handsome fellow, just twenty years old. The most icy water never seemed too cold for him to go swimming; in fact, he was like a fish in water. He could outclimb anyone else; he could cling as tightly as a snail to the cliffs. There were steel muscles and sinews in him; that was clear whenever he jumped. He had learned how to leap, first from the Cat, and later from the chamois. Rudy was considered the best mountain guide, and he could have made a great deal of money in that vocation. His uncle had also taught him the trade of a cooper, but he had no inclination for that. He was interested in nothing but chamois hunting; that was his greatest pleasure, and it also brought in good money. Everybody said Rudy would be an excellent match, if only he didn't set his sights too high. He was the kind of graceful dancer that the girls dreamed about; and more than one carried him in her thoughts while she was awake.

"He kissed me while we were dancing!" the schoolmaster's daughter, Annette, told her dearest friend; but she shouldn't have told it, even to her dearest friend. Such secrets are seldom kept; they ooze out, like sand from a bag that has holes in it. Consequently, however well behaved and good Rudy was, the rumor soon spread about that he kissed his dancing partners. And yet he had never kissed the one he really wanted to kiss.

"Watch him!" said an old hunter. "He has kissed Annette. He has begun with A, and he's going to kiss his way through the whole alphabet!"

A kiss in the dance was all the gossips so far could find to bring against Rudy; but he certainly had kissed Annette, and yet she wasn't the real flower of his heart.

Down at Bex, among the great walnut trees near a small rushing mountain stream, there lived a rich miller. His home was a large house, three stories high, with small turrets; it was made of wood, and covered with tin plates, which shone both in sunshine and moonlight. On the highest turret was a weather vane, a shining arrow piercing an apple - an allusion to Wilhelm Tell's famous arrow shot. The mill was prominent and prosperous looking and allowed itself to be sketched and written about, but the miller's daughter did not permit herself to be described in painting or writing, at least so Rudy would have said. Yet her image was engraved on his heart; her eyes sparkled in it so that it was quite on fire. This fire had, like most fires, begun suddenly. The strangest part of it was that the miller's daughter, the lovely Babette, had no suspicion of it, for she and Rudy had never spoken so much as two words to each other.

The miller was rich, and because of his wealth Babette was rather high to hope for. "But nothing is so high," Rudy told himself, "that one may not reach it. You must climb on, and if you have confidence you won't fall." This was how he had been taught as a child.

Now it so happened that Rudy had some business in Bex. It was quite a journey, for in those days there was no railroad. From the Rhone glaciers, at the very foot of the Simplon, the broad valley of Canton Valais stretches among many and often-shifting mountain peaks, with its mighty Rhone River, whose rising waters often overflow its banks, covering fields and roads, destroying everything. Between the towns of Sion and St. Maurice the valley bends sharply like an elbow, and below St. Maurice it narrows until there is room only for the bed of the river and the narrow carriage road. Canton Valais ends here, and an old tower stands on the side of the mountain like the guardian of the canton, commanding a view across the stone bridge to the customhouse on the other side, where Canton Vaud commences. And the closest of the near-by towns is Bex. Fruitfulness and abundance increase here with every step forward; one enters, so to speak, a grove of chestnut and walnut trees. Here and there cypresses and pomegranates peep out; it is as warm here as if one were in Italy.

Rudy reached Bex, and after finishing his business he took a walk about town; but he saw no one belonging to the mill, not even Babette. And that wasn't what he wanted.

Evening came on; the air was heavy with the fragrance of the wild thyme and the blossoming lime trees; a shining veil of skyblue seemed to lie over the wooded green hills; and a stillness was everywhere. It was not the stillness of sleep or of death - no, it was as if nature were holding here breath, as of posing, for her image to be photographed on the blue surface of the heavens above. Here and there among the trees in the green field stood poles that carried the telegraph wires through the silent valley. Against one of them there leaned an object, so motionless that it might have been the dead trunk of a tree; it was Rudy, standing there as still as the world around him at that moment. He wasn't sleeping, nor was he dead; but just as great events of the world, or matters of the highest importance to individuals often are transmitted through the telegraph wires without those wires betraying them by the slightest movement or the faintest sound, so there passed through Rudy's mind the one, mighty, overwhelming thought that now constantly occupied him - the thought of his life's happiness. His eyes were fixed on a single point before him - a light that glimmered through the foliage from the parlor of the miller's house, where Babette lived. Rudy stood as still as if he were taking aim at a chamois; but at that moment he was like the chamois itself, which could stand as if chiseled from rock, and in the next instant, if only a stone rolled past, would spring into life and leave the hunter far behind. And so it was with Rudy, for a thought passed through his mind.

"Never give up!" he said. "Visit the mill; say good evening to the miller, and good day to Babette. You won't fall unless you're afraid of falling. If I'm going to be Babette's husband, she'll have to see me sooner or later!"

Then Rudy laughed, and in good spirits, he went to the mill. He knew what he wanted; he wanted Babette!

The river with its yellowish-white water was rolling along, overhung with willows and lime trees. Rudy went along the path, and, as the old nursery rhyme says,

Found to the miller's house his way;
But no one was at home
Except a pussycat at play!
The cat, which was standing on the steps, arched its back and mewed, but Rudy was not inclined to pay my attention to it. He knocked at the door, but no one heard him; no one opened the door. "Meow!" said the cat. If Rudy had still been a little boy, he would have understood the cat's language, and known that it said, "No one is home!" But now he had to go over to the mill to find out; and there he was told that the miller had gone on a long journey to Interlaken - "Inter Lacus, among the lakes," as the highly learned schoolmaster, Annette's father, had explained the name. There was going to be a great shooting match held there, to begin the next morning and last for eight days. The Swiss from all the German cantons were assembling there, and the miller and Babette had gone too.

"Poor Rudy" we may well say. It wasn't a lucky time for him to have come to Bex. He could only go home again, which he did, taking the road over St. Maurice and Sion to his own valley, his own mountains. But he wasn't disheartened. The next morning when the sun rose he was in good spirits, for they had never been really depressed.

"Babette is in Interlaken, a good many days' journey from here," he said to himself. "It's a long way if you follow the highway, but not so far if you cut across the mountain, and that's the best way for a chamois hunter. I've traveled that route before; over there is my first home, where I lived with my grandfather when I was a little boy. And there are shooting matches at Interlaken; I'll show I'm the best one there, and I'll be with Babette there too, after I've made her acquaintance."

With his musket and gamebag, and his light knapsack packed with his Sunday best, Rudy went up the mountain; it was the shortest way, though still fairly long. But the shooting matches would only begin that day, and were to last more than a week. During all that time, he had been told, the miller and Babette would be staying with their relatives at Interlaken. So Rudy crossed the Gemmi; he planned to descend near Grindelwald.

Happily and in good health he walked along, enjoying the fresh, pure, invigorating mountain air. The valley sank below him; the horizon widened, showing here one snow-capped summit, there another, until the whole of the bright shining Alpine range was visible. Rudy well knew every snow-covered mountain peak. He was now approaching the Schreckhorn, which pointed its white, powdered stone finger high toward the blue vault above.

At last he had crossed the highest mountain ridge. Now the pasture lands sloped down to the valley that was his old home. The air was light, and his thoughts were light; mountain and valley were blooming with flowers and foliage, and his heart was blooming with the bright dreams of youth. He felt as if old age and death would never approach him; life, power, and enjoyment would be before him always. Free as a bird, light as a bird, was Rudy; and as the swallows flew past him they sang as in the days of his childhood, "We and you, and you and we!" Everything was light and happy.

Down below lay the green-velvet meadows, dotted with brown wooden houses; and the river Lütschine murmured and rolled along. He could see the glacier, with its edges like green glass bordering the dirty snow, and looking down into the deep crevasses, he saw both the upper and lower glacier. The pealing of the church bells came to his ears, as if they were welcoming him to his old home. His heart beat faster, and so many old memories filled his mind that for a moment he almost forgot Babette.

He was again passing along the same road where, as a little boy, he had stood with the other children to sell the carved wooden toy houses. His grandfather's house still stood over above the pine trees, but strangers lived there now. As in the olden days, the children came running to sell their wares. One of them offered him an Alpine rose, and Rudy took it as a good omen, thinking of Babette. Soon he came to the bridge where the two Lütschines unite; here the foliage was heavier and the walnut trees gave grateful shade. Then he could make out waving flags, the white cross on the red ground - the standard of Switzerland as of Denmark - and before him lay Interlaken.

To Rudy it certainly seemed like a wonderful town - a Swiss town in its Sunday dress. Unlike other market towns, it was not a heap of heavy stone buildings, stiff, cold, foreign looking. No, it looked as if the wooden chalets from the hills above had moved down into the green valley below, with its clear stream rushing swiftly as an arrow, and had ranged themselves in rows, somewhat unevenly, to be sure, to form a street. And most beautiful of all, the streets, which had been built since Rudy had last been there as a child, seemed to be made up of all the prettiest wooden houses his Grandfather had carved and that had filled the cupboard at home. They seemed to have transplanted themselves down here and to have grown very much in size, as the old chestnut trees had done.

Every house was a so-called hotel, with carved wooden grillwork around the windows and balconies, and with projecting roofs; they were very meat and dainty. Between each house and the wide, hard-surfaced highway was a flower garden. Near these houses, though on only one side of the road, there stood other houses; if they had formed a double row they would have cut off from view the fresh green meadows where cattle grazed, their bells jingling as in the high Alpine pastures. The valley was surrounded by high mountains, with a little break on one side that revealed the glittering, snow-white Jungfrau, in form the most beautiful of all the Swiss mountains.

What a multitude of gayly dressed ladies and gentlemen from foreign countries! What crowds of country people from the near-by cantons! The marksmen carried the number of their posts in a garland round their hats. There were shouting and racket and music of all kinds, from singing to hand organs and wind instruments. The houses and bridges were decorated with flags and verses. Banners waved, and shot after shot was being fired; to Rudy's ears that was the best music. In all this excitement he almost forgot Babette, though it was for her sake alone that he had gone there.

The marksmen were crowding around the targets. Rudy quickly joined them, and he was the best shot of them all, for he always made a bull's-eye.

"Who's that strange fellow, that very young marksman?" people asked. "He speaks the French of Canton Valais; but he can also express himself fluently in our German," said some.

"He is supposed to have lived in the valley, near Grindelwald, when he was a child," someone explained.

The lad was full of life; his eyes sparkled; his aim and his arm were steady, so his shots were always perfect. Good luck brings courage, and Rudy always had courage. Soon a whole circle of admirers was around him; they showed him their esteem and honored him. Babette had almost disappeared from his thoughts. But suddenly a heavy hand was laid on his shoulder, and a deep voice spoke to him in French.

"You're from Canton Valais?"

Rudy turned and saw a fat man with a jolly face. It was the rich miller from Bex, his broad body hiding the slender, lovely Babette; however, she soon came forward, her dark eyes sparkling brightly. The rich miller was very proud that it was a marksman from his own canton who proved to be the best shot, and was so much admired and praised. Rudy was truly the child of good fortune; that which he had traveled so far to find, but had nearly forgotten since his arrival, now sought him out.

When in a far land one meets people from his own part of the country, it is easy to make friends, and people speak as if they were well acquainted. Rudy was the foremost at the shooting matches, as the miller was foremost at Bex, because of his money and his fine mill. So, though they had never met before, the two men shook hands warmly. Babette, too, gave the young man her hand frankly, and he pressed it and gazed at her in such a way that it made her blush.

The miller spoke of the long trip they had made and of the many large towns they had seen; it had been quite a journey, for they had traveled partly by railroad and partly by post.

"I came the shorter way," said Rudy. "I came over the mountains. There's no road so high that you can't try it."

"But you can also break your neck," said the miller. "And you look as if you probably will break your neck some day; you're so daring."

"One never falls so long as one doesn't think of it," said Rudy.

The miller's relatives at Interlaken, with whom he and Babette were staying, invited Rudy to visit them, since he came from the same canton as their kinfolk. It was a wonderful invitation for Rudy. Luck was running with him, as it always does with those who are self-reliant and remember that "Our Lord gives nuts to us, but He does not crack them for us!"

And Rudy sat with the miller's relatives, almost like one of the family. They drank a toast in honor of the best marksman; Babette clinked glasses with Rudy too, and he in return thanked them for the toast.

In the evening the whole party walked on the lovely avenue, past the gay-looking hotels under the walnut trees, and there was such a large crowd that Rudy had to give Babette his arm. He explained to her how happy he was to have met people from Canton Vaud, for Vaud and Valais were good neighbors. He expressed himself so cordially about this that Babette could not keep from squeezing his hand. As they walked there, they seemed almost like old friends, and she was such a lively, pretty little person. Rudy was greatly amused at her remarks about the absurd affectations in the dress of some of the foreign ladies, and the airs they put on; but she really didn't mean to make fun of them, because there must be some nice people among them - yes, some sweet and lovely people, she was sure, for her godmother was a very superior English lady. Eighteen years before, when Babette was christened, that lady had lived in Bex, and had given Babette the valuable brooch she was wearing. Her godmother had written her twice, and this year they were to have met her here at Interlaken, where she was bringing her daughters; they were old maids, almost thirty, said Babette - she herself was just eighteen.

Her pretty little mouth was not still for an instant, and everything she said appeared to Rudy to be of the greatest importance, and he in turn told her all he had to tell, how he had been to Bex, and how well he knew the mill, and how often he had seen her, though, of course, she had never noticed him. He told her he had been too disappointed for words when he found she and her father were far away; but still it wasn't far enough to keep him from climbing the wall that made the road so long.

Yes, he said all this, and a great deal more, too. He told her how fond he was of her, and how it was for her sake, and not because of the shooting matches, that he had come to Interlaken.

Babette became very silent now; all this that he confided to her was almost too much to listen to.

As they walked on, the sun set behind the mighty peaks, and the Jungfrau stood in all her glory, encircled by the dark green woods of the surrounding mountains. The big crowd stopped to gaze at it; even Rudy and Babette enjoyed the magnificent scene.

"Nowhere is it more beautiful than it is here!" said Babette.

"Nowhere!" agreed Rudy, with his eyes fixed on Babette.

"Tomorrow I must leave," he said a little later.

"Come and visit us at Bex," Babette whispered. "My father will be very pleased!"

ON THE WAY HOME

Oh, what a load Rudy had to carry the next day, when he started his return home over the mountains! He had two handsome guns, three silver cups, and a silver coffeepot - this last would be useful when he set up his own home. But these valuable prizes were not the heaviest burden he had to bear; a still weightier load he had to carry - or did it carry him? - across the high mountains.

The weather was dismal, gloomy, and rainy; the clouds hung like a mourning veil over the mountain summits, and shrouded the shining peaks. The last stroke of the axe had resounded from the woods, and down the side of the mountain rolled the great tree trunks. From the vast heights above they looked like matchsticks, but were nevertheless as big as masts of ships. The Lütschine River murmured its monotonous song; the wind whistled, and the clouds sailed swiftly by.

Suddenly there appeared next to Rudy a young girl; he had not noticed her until she was quite near him. She also was planning to cross the mountain. Her eyes had a peculiar power that compelled one to look into them; they were so clear and deep - bottomless.

"Do you have a sweetheart?" asked Rudy, whose thoughts were filled with love.

"I have none," she laughed, but it seemed as if she were not speaking the truth. "Let us not take the long way around; let us keep to the left - it is shorter."

"Yes, and easier to fall into some crevasse," said Rudy. "You ought to know the route better if you're going to be the guide."

"I know the way very well," she said, "and I have my thoughts collected. Your thoughts are down there in the valley; but up here you should think of the Ice Maiden. People say she is not friendly to the human race."

"I'm not a bit afraid of her," said Rudy. "She couldn't keep me when I was a child, and she won't catch me now that I'm a grown-up man."

Now it became very dark. First rain fell, then snow, and its whiteness was quite blinding.

"Give me your hand, and I shall help you climb," said the girl, touching him with her icy fingers.

"You help me?" said Rudy. "I don't yet need a woman's help in climbing!"

Then he walked on away from her quickly. The falling snow thickened about him like a curtain, the wind moaned, and behind him he could hear the girl laughing and singing. It sounded very strange. Surely it must be a specter in the service of the Ice Maiden; Rudy had heard of these things when, as a little boy, he had spent that night on the mountain, during his trip across the mountains.

The snow no longer fell so thickly, and the clouds lay far below him. He looked back, but there was no one to be seen; he could only hear laughing and jeering that did not seem to come from a human being.

When at last he reached the highest part of the mountain, where the path led down into the Rhone valley, he saw in the clear blue heaven, toward Chamonix, two glittering stars. They shone brightly; and he thought of Babette, of himself, and of his good fortune. And these thoughts made him warm.

THE VISIT TO THE MILL

"What grand prizes you have brought home," said his old foster mother. And her strange, birdlike eyes sparkled, as she twisted her thin, wrinkled neck even more strangely and faster than usual. "You carry good luck with you, Rudy. I must kiss you, my dear boy!"

Rudy allowed himself to be kissed, but one could read in his face that he did not enjoy this affectionate greeting.

"How handsome you are, Rudy!" said the old woman.

"Oh, stop your flattery," Rudy laughed; but still the compliment pleased him.

"I repeat it," said the old woman. " And fortune smiles on you."

"Yes, I think you're right there," he said, thinking of Babette. Never before had he longed so for the deep valley.

"They must have come home by now," he told himself. "It's more than two days past the day they intended to return. I must go to Bex!"

So to Bex he went, and the miller and his daughter were home. He was received in friendly fashion, and many messages of remembrance were given him from the family at Interlaken. Babette spoke very little; she had become quite silent, but her eyes spoke, and that was enough for Rudy. The miller, who usually had plenty to say, and was accustomed to making jokes and having them laughed at, for he was "the rich miller," seemed to prefer listening to Rudy's adventures - hearing him tell of the hardships and risks that the chamois hunters had to undergo on the mountain heights, how they had to crawl along the treacherous snowy cornices on the edges of cliffs, attached to the rocks only by the force of wind and weather, and cross the frail bridges cast by the snowstorms over deep ravines.

Rudy looked very handsome, and his eyes flashed as he described the

life of a hunter, the cunning of the chamois and the wonderful leaps they made, the powerful foehn, and the rolling avalanche. He noticed that every new description held the miller's interest more and more, and that he was particularly fascinated by the youth's account of the vulture and the great royal eagle.

Not far from there, in Canton Valais, there was an eagle's nest, built cleverly under a projecting platform of rock, in the face of a cliff; and in it there was an eaglet, but it was impossible to get at it.

A few days before an Englishman had offered Rudy a whole handful of gold if he would bring him the eaglet alive.

"But there is a limit to everything," said Rudy. "You can't get at that eaglet up there; it would be madness to try."

As the wine flowed freely, and the conversation flowed just as freely, Rudy thought the evening was much too short, although it was past midnight when he left the miller's house after this, his first visit.

For a little while the lights shone through the windows, and through the green branches of the trees, while out from the open skylight on the roof crept the Parlor Cat, and along the drainpipe the Kitchen Cat came to meet her.

"Is there any news at the mill?" said the Parlor Cat. "There's some secret love-making in this house! The father doesn't know anything about it yet. Rudy and Babette have been stepping on each other's paws under the table all evening. They trod on me twice, but I didn't mew; that would have aroused suspicion.

"Well, I would have mewed," said the Kitchen Cat.

"What would go in the kitchen wouldn't do in the parlor," said the Parlor Cat. "I certainly would like to know what the miller will say when he hears about this engagement."

Yes, what would the miller say? That Rudy also was most anxious to know; and he couldn't make himself wait very long. Before many days had passed, when the omnibus crossed the bridge between Cantons Valais and Vaud, Rudy sat in it, with his usual self- confidence and happy thoughts of the favorable answer he would hear that evening.

And later that evening, when the omnibus was driving back along the same road, Rudy was sitting in it again, going home, while the Parlor Cat was running over to the mill with the news.

"Look here, you kitchen fellow, the miller knows everything now. The affair has come to a fine end. Rudy came here towards evening, and he and Babette found a great deal to whisper about, as they stood in the hallway outside the miller's room. I lay at their feet, but they had neither eyes nor thoughts for me.

" 'I'll go straight to your father,' said Rudy. 'My proposal is perfectly honorable.'

" 'Do you want me to go with you?' said Babette, 'to give you courage?'

" 'I have enough courage,' said Rudy, 'but if you're with me he'll have to be friendly, whether he likes it or not.'

"So they went in. Rudy stepped hard on my tail - he's awfully clumsy. I mewed, but neither he nor Babette had any ears for me. They opened the door, and went in together, and I too. I jumped up on the back of a chair, for I didn't know if Rudy would kick me. But it was the miller who kicked - and what a kick! Out of the door and back up to the mountains and the chamois! Rudy could take care of them, but not of our little Babette!"

"But what was said?" asked the Kitchen Cat.

"Said? Oh, they said everything that people say when they're wooing! 'I love her, and she loves me; and if there's milk in the can for one, there's milk in the can for two.'

" 'But she's much above you,' said the miller. 'She sits on heaps of grain, golden grain - as you know. You can't reach up to her!'

" 'There's nothing so high that one can't reach it, if one has the will to do it!' said Rudy, for he is a determined fellow.

" 'But you said a little while ago that you couldn't reach the eaglet in its nest! Babette is still higher than that.'

" 'I'll take them both,' said Rudy.

" 'Yes,' said the miller. 'I'll give her to you when you bring me the eaglet alive!"' Then he laughed until the tears stood in his eyes. 'But now, thank you for your visit, Rudy. Come again tomorrow; then you'll find nobody home! Good-by, Rudy!'

"Then Babette said farewell too, as meekly as a little kitten that can't see its mother.

" 'A promise is a promise, and a man's a man!' said Rudy. 'Don't cry, Babette. I'll bring the eaglet.'

" 'I hope you break your neck!' said the miller. 'And then we'll be spared your visits here!' That's what I call kicking him out! Now Rudy's gone, and Babette just sits and cries; but the miller sings German songs he learned in his travels. I'm not going to worry myself about the matter; it wouldn't do any good."

" But it would look better if you pretended," said the Kitchen Cat.

THE EAGLE'S NEST

From the mountain path there sounded lively yodeling that meant good humor and gay courage. The yodeler was Rudy; he was going to see his friend Vesinand.

"You must help me," he said. "We'll take Ragli with us. I have to capture the eaglet up there on the top of the cliff!"

"Better try to capture the moon first. That would be about as easy a job," said Vesinand. "I see you're in good spirits."

"Yes; I'm thinking about marrying. But now, seriously, you must know how things stand with me."

And soon Vesinand and Ragli knew what Rudy wanted.

"You're a daring fellow," they said. "But you won't make it. You'll break your neck."

"One doesn't fall, so long as one doesn't think of it!" said Rudy.

They set out about midnight, with poles, ladders and ropes. The road led through brushwood and over loose stones, up, always up, up through the dark night. The water roared below, and the water trickled down from above; damp clouds swept heavily along. At last the hunters reached the edge of the precipice, where it was even darker, for the rock walls almost met, and the sky could only be seen through the narrow opening above. Close by was a deep abyss, with the hoarsely roaring water far beneath them.

All three sat quite still. They had to await daybreak, for when the parent eagle flew out, they would have to shoot it if they were to have any hopes of capturing the young one. Rudy was as still as if he were a part of the rock on which he was sitting. He held his gun ready; his eyes were fixed steadily on the highest part of the cleft, where the eagle's nest was hidden under the projecting rock. The three hunters had a long time to wait.

But at last they suddenly heard high above them a crashing, whirring sound, and the air was darkened by a huge object. Two guns took aim at the enormous eagle the moment it left the nest. A shot blazed out; for an instant the outspread wings fluttered, and then the bird slowly began to sink. It seemed that with its tremendous size and wingspread it would fill the whole chasm, and in its fall drag the hunters down with it. The eagle disappeared in the abyss below; the hunters could hear the crashing of trees and bushes, crush by the fall of the bird.

And now the men began to get busy. Three of the longest ladders were tied tightly together. They were supposed to reach the last stepping place on the margin of the abyss, but they did not reach far enough; and the perpendicular rock side was smooth as a brick wall on up to where the nest was hidden under the highest projecting rock overhang. After some discussion they agreed that the only thing to do was to tie two more ladders together, let them down into the chasm from above, and attach these to the three already raised. With immense difficulty they dragged the two ladders up, binding them with ropes to the top; they were then let out over the rock and hung there swaying in the air over the bottomless abyss. Rudy was already seated on the lowest rung. It was an icy-cold morning, and the mist was rising heavily from the dark chasm below. Rudy was like a fly sitting on some bit of a straw that a bird, while building its nest, might have dropped on the edge of a tall factory chimney; but the insect could fly if the straw gave way, while Rudy could only break his neck. The wind howled about him, while far below in the abyss the gushing water roared out from the melting glacier - the palace of the Ice Maiden.

He then made the ladder swing to and fro, like the spider swings its body when it wants to catch anything in its slender thread; and when he, for the fourth time touched the top of the ladders set up from below, he got a good hold on them, and bound them together with sure and skillful hands, though they swayed as if they hung on worn-out hinges.

The five long ladders, which now reached the nest, seemed like a swaying reed knocking against the perpendicular cliff. And now the most dangerous part of the job was to be done, for he had to climb as a cat climbs. But Rudy could do that, for a cat had taught him. He never noticed the presence of Dizziness, who floated in the air behind him, and stretched forth her embracing arms toward him. At last he reached the last step of the highest ladder, and then he found that he was still not high enough even to see into the nest. He would have to use his hands to raise himself up to it; he tried the lowest part of the thick, interwoven branches, forming the base of the nest, to learn if it was sufficiently strong; then having secured a firm hold on a heavy, strong branch; he swung himself up from the ladder, until his head and chest were level with the nest. Then there swept over him a horrible stench of carrion, for putrefied lambs, chamois, and birds littered the nest.

Dizziness, who had little power over him, blew the poisonous odor into his face to make him faint; while down below, on the dank, foaming waters of the yawning ravine, sat the Ice Maiden herself, with her long pale-green hair, staring at him with eyes as deadly as two gun barrels. "Now I will catch you!"

In a corner of the nest Rudy could see the eaglet sitting - a big powerful bird, even though it could not yet fly. Staring straight at it, Rudy somehow held on with one hand, while with the other he cast a noose around the bird. Thus it was captured alive; its legs were held by the tightened cord, and Rudy flung the noose over his shoulder, so that the bird hung a good distance below him. Then he held on to a rope, flung out to help him, until his toes at last touched the highest rung of the ladder.

"Hold tightly; don't be afraid of falling and you won't fall!" That was his early training, and Rudy acted on it. He held tightly, climbed down, and believing he couldn't fall, he didn't fall.

Then there arose loud and joyous yodeling. He stood safely on the firm rocky ledge, with his eaglet.

WHAT NEWS THE PARLOR CAT HAD TO TELL

"Here's what you asked for!" said Rudy, as he entered the miller's house at Bex, and placed a large basket on the floor. When he took the lid off two yellow eyes surrounded by dark rings glared out, eyes so flashing, so fierce, that they looked as though they would burn or blast anything they saw. The neck was red and downy; the short strong beak opened to bite.

"The eaglet!" cried the miller. Babette screamed and sprang back, but could not tear her eyes from Rudy and the eaglet.

"Nothing frightens you!" said the miller to Rudy.

"And you always keep your word," said Rudy. "Everyone has his principles."

"But how did it happen that you didn't break your neck?" asked the miller.

"Because I held tightly," said Rudy. "And so I'm doing now - holding tightly to Babette."

"Better wait till you get her!" laughed the miller; and Babette knew that was a good sign.

"Let's take the eaglet out of the basket; it's horrible to see its eyes glaring. How did you manage to capture it?"

And Rudy had to describe his adventure. As he talked the miller's eyes opened wider and wider.

"With your courage and good luck you could take care of three wives!" said the miller.

"Thank you! Thank you!" cried Rudy.

"But you won't get Babette just yet!" said the miller, slapping the young hunter good-humoredly on the shoulder.

"Do you know the latest news at the mill?" said the Parlor Cat to the Kitchen Cat. "Rudy has brought us the eaglet, and takes Babette in exchange. They have actually kissed each other, and her father saw it! That's as good as an engagement! The old man didn't make any fuss at all; he kept his claws pulled in, took his afternoon nap, and left the two of them to sit and spoon. They have so much to tell each other that they won't have finished until Christmas!"

And they hadn't finished by Christmas, either. The wind shook down the yellow leaves; the snow drifted up in the valleys as well as on the high mountains; the Ice Maiden sat in her stately palace, which grew larger during the winter. The cliffs were covered with sleet, and icicles, big and heavy as elephants, hung down. Where in summer the mountain streams poured down, there were now enormous masses of icy tapestry; fantastic garlands of crystal ice hung over the snow-covered pine trees. Over the deepest valleys the Ice Maiden rode the howling wind. The carpet of snow spread down as far as Bex, so she could go there and see Rudy in the house where he spent so much time with Babette. The wedding was to take place the following summer; and their ears often tingled, for their friends often talked about it.

Then everything was sunny, and the most beautiful Alpine rose bloomed. The lovely, laughing Babette was as charming as the early spring itself - the spring which makes all the birds sing of the summertime and weddings.

"How those two do sit and drool over each other!" said the Parlor Cat. "I'm tired of their mewing now!"

THE ICE MAIDEN

Spring has unfolded her fresh green garlands of walnut and chestnut trees which burst into bloom, especially in the country extending from the bridge at St. Maurice to Lake Geneva and along the banks of the Rhone. With wild speed the river rushes from its sources beneath the green glaciers - the Ice Palace, home of the Ice Maiden, from where she allows herself to be carried on the biting wind up to the highest fields of snow, there to recline on their drifting masses in the warm sunshine. Here she sat and gazed down into the deep valleys below where she could see human beings busily bustling about, like ants on a sunlit stone.

" 'Mental giants,' the children of the sun call you," said the Ice Maiden. "You are only vermin! One rolling snowball, and your houses and villages are crushed, wiped out!" Then she raised her proud head still higher, and stared with death-threatening eyes about and below her. Then from the valley there arose a strange sound; it was the blasting of rocks - the labors of men - the building of roadbeds and tunnels for the coming of the railroad.

"They work like moles," she said, "digging passages in the rocks, and therefore are heard these sounds like the reports of guns. If I move my palaces, the noise is stronger than the roar of thunder itself."

Then up from the valley there arose thick smoke - moving forward like a fluttering veil, a waving plume - from the locomotive which on the new railway was drawing a train, carriage linked to carriage, looking like a winding serpent. It shot past with the speed of an arrow.

"They think they're the masters down there, these 'mental giants!'" said the Ice Maiden. "But the powers of nature are still the real rulers!"

And she laughed and sang, and it made the valley tremble.

"It's an avalanche!" the people down there said.

But the children of the sun sang still more loudly of the power of mankind's thought. It commands all, it yokes the wide ocean, levels mountains, fills valleys; the power of thought makes mankind lord over the powers of nature.

At that moment a party of climbers crossed the snow field where the Ice Maiden sat; they had roped themselves together, to form one large body on the slippery ice, near the deep abyss.

"Vermin! she said. "You the lords of the powers of nature!" And she turned from them and gazed scornfully into the deep valley, where the railway train was rushing along.

"There they sit, those thoughts! But they are in the power of nature's force. I see every one of them! One sits alone like a king, others sit in a group, and half of them are asleep! And when the steam dragon stops, they climb out and go their way. Then the thoughts go out into the world!" And she laughed.

"There's another avalanche!" said the people in the valley.

"It won't reach us!" said two who sat together in the train - "two minds with but a single thought," as we say. They were Rudy and Babette, and the miller was going with them.

"Like baggage," he said. "I'm along with them as sort of extra baggage!"

"There sit those two!" said the Ice Maiden. "Many a chamois have I crushed, millions of Alpine flowers have I snapped and broken, leaving no root behind - I destroy them all! Thoughts! 'Mental giants,' indeed!" Again she laughed.

"That's another avalanche!" said those down in the valley.

THE GODMOTHER

At Montreux, one of the near-by towns which, with Clarens, Bernex, and Crin, encircle the northeast shore of Lake Geneva, lived Babette's godmother, the highborn English lady, with her daughters and a young relative. They had been there only a short while, but the miller had already visited them, announced Babette's engagement, and told them about Rudy and the visit to Interlaken and the young eagle - in short, the whole story. It had pleased them greatly, and they felt very kindly toward Rudy and Babette, and even the miller himself. They insisted upon all three of them coming to Montreux, and that's why they went. Babette wanted to see her godmother, and her godmother wanted to see her.

At the little village of Villeneuve, at the end of Lake Geneva, lay the steamboat which, in a voyage of half an hour, went from there to Bernex, a little below Montreux. That coast has often been celebrated by poets in song and story. There, under the walnut trees, beside the deep, blue-green lake Byron sat, and wrote his melodious verses about the prisoner in the dark, mountain Castle of Chillon. There, where Clarens is reflected amid weeping willows in the clear water, Rousseau wandered, dreaming of his Héloïse. The Rhone River glides beneath the lofty, snow-capped hills of Savoy, and near its mouth here there is a small island, so tiny that from the shore it looks as if it were a ship floating in the water. It is just a patch of rocky ground, which a century before a lady had walled around and covered with earth, where three acacia trees were planted, which now overshadowed the whole island. Babette was enchanted with this little spot; to her it was the loveliest place to be seen on the whole trip. She said they ought to land there - they must land there - it would be so charming under those beautiful trees. But the steamer passed by and did not stop until it reached Vernex.

The little party passed up among the white sunlit walls that surrounded the vineyards before the little mountain town of Montreux, where the peasants' cottages are shaded by fig trees, and laurels and cypresses grow in the gardens. Halfway up the mountain was the hotel where the godmother lived.

The meeting was very cordial. The godmother was a stout, pleasant-looking woman, with a smiling, round face. As a child she must certainly have resembled one of Raphael's cherubs; it was still an angel's head, but older, with silver-white hair. The daughters were tall and slender, well-dressed and elegant looking. The young cousin with them, who had enough golden hair and golden whiskers for three gentlemen, was dressed in white from head to foot, and promptly began to pay devoted attention to little Babette.

Beautifully bound books and music and drawings were on the large table. The balcony door was open, and from the balcony there was a lovely view of the calm lake, so bright and clear that the villages, woods, and snow-peaks of Savoy were reflected in it.

Rudy, who was generally so lively and gay, found himself very ill at ease. He moved about as if he were walking on peas over a slippery floor. How slowly the time passed - it was like being in a treadmill! And now they had to go out for a walk! And that was just as tiresome. Rudy had to take two steps forward and one back to keep abreast of the others. They went down to Chillon, the gloomy old castle on the island, to look at dungeons and instruments of torture, rusty chains hanging from rocky walls, stone benches for those condemned to death, trap doors through which the doomed were hurled down onto iron spikes amid the surge. They called it a pleasure to look at these things! It was a dreadful place of execution, elevated by Byron's verse into the world of poetry - but to Rudy still only a place of execution. He leaned out of one of the great windows and gazed down into the blue-green water, and over to the lonely little island with the three acacias. How he longed to be there, free from the whole chattering party!

But Babette was very happy. She had had a wonderful time, she said later; and the cousin she thought was perfect!

"Yes, perfectly flippant!" said Rudy; and that was the first time he had ever said anything to her that did not please her.

The Englishman had given her a little book as s souvenir of Chillon; it was Byron's poem, The Prisoner of Chillon, translated into French so that she could read it.

"The book may be all right," said Rudy, "but the finely combed fellow who gave it to you didn't make a hit with me."

"He looks like a flour sack without any flour!" said the miller, laughing at his own wit.

Rudy laughed too, and said that he was exactly right.

THE COUSIN

When Rudy went to visit the mill a couple of days later, he found the young Englishman there. Babette had just set a plate of boiled trout before him, which she herself had decorated with parsley, to make it look appetizing, no doubt. Rudy thought that was entirely unnecessary. What did he want there? What was his business? To be served and pampered by Babette? Rudy was jealous, and that pleased Babette. It amused her to see revealed all the feelings of his heart - the weak as well as the strong.

Love was still an amusement to her, and she played with Rudy's heart; but it must be said that he was still the center of all her thoughts, the dearest and most cherished in the world. Still, the gloomier he looked the more merrily she laughed at him with her eyes. She would even have kissed the blond Englishman with the golden whiskers if it would have made Rudy rush out in a fury; for it would have shown her how much he loved her.

This was not the fair nor the wise thing for little Babette to do, but she was only nineteen. She had no intention of being unkind to Rudy; still less did she think how her conduct would appear to the young Englishman, or how light and improper it was for the miller's modest, newly betrothed daughter.

Where the road from Bex passes beneath the snow-clad peaks, which in the language of the country are called diablerets, the mill stood, near a rushing, grayish-white mountain stream that looked as if it were covered with soapsuds. It wasn't that stream that turned the mill wheel, but a smaller one which came tumbling down the rocks on the other side of river. It ran through a reservoir dammed up by stones in the road beneath, and forced itself up with violence and speed into an enclosed wooden basin, formed by a wide dam across the rushing river, where it turned the large mill wheel. When the water had piled up behind the dam it overflowed, and made the path so wet and slippery that it was difficult for anyone who wanted to take this short cut to the mill to do so without falling into the water. However, the young Englishman thought he would try it.

Dressed in white like a mill worker, he was climbing the path one evening, following the light that shone from Babette's window. He had never learned to climb, and so almost went head first into the stream, but escaped with wet arms and spattered trousers. Soaking wet and covered with mud, he arrived beneath Babette's window, climbed the old linden tree, and there began to make a noise like an owl, which was the only bird he could even try to imitate. Babette heard it and peeped out through the thin curtains, but when she saw the man in white, and realized who he was, her little heart pounded with fright, but also with anger. Quickly she put out her light, made sure the window was securely fastened, and then left him to his hooting and howling.

How terrible it would be, she thought, if Rudy were now at the mill! But Rudy wasn't at the mill - no, it was much worse - he was standing right under the tree. Loud words were spoken - angry words - they might come to blows, or even murder!

Babette hurried to open her window, and called down to Rudy to go away, adding that she couldn't let him stay there.

"You won't let me stay here!" he cried. "Then this is an appointment! You're expecting some good friend - someone you'd rather see than me! Shame on you, Babette!"

"You are very nasty!" said Babette, and started to cry. "I hate you! Go away! Go away!"

"I haven't deserved anything like this," said Rudy as he went away, his cheeks burning, his heart on fire.

Babette threw herself on her bed and cried. "And you can think that of me, Rudy, of me who loves you so!"

She was angry, very angry, and that was good for her; for otherwise she would have been deeply hurt. As it was, she could fall asleep and enjoy youth's refreshing slumber.

EVIL POWERS

Rudy left Bex, and started homeward, following the mountain path, with its cold fresh air, and where the snow is deep and the Ice Maiden reigns. The trees with their thick foliage were so far below him that they looked like potato tops; the pines and bushes became smaller; the Alpine roses were blanketed with snow, which lay in isolated patches like linen put out to be bleached. A single blue gentian stood in his path, and he crushed it with the butt of his gun. Higher up two chamois became visible, and Rudy's eyes sparkled as his thoughts turned into another course, but he wasn't near enough for a good shot. Still higher he climbed, to where only a few blades of grass grew between the rocks. The chamois passed calmly over the snow fields as Rudy pressed on.

The thick mists enshrouded him, and suddenly he found himself on the brink of a steep rock precipice. Then the rain began to fall in torrents. He felt a burning thirst; his head was hot, and his limbs were cold. He reached for his hunting flask, but found it was empty; he had not given it a thought when he rushed away, up the mountain. He had never been sick in his life, but now he suddenly felt that he was ill. He felt exhausted, and wanted only to lie down and sleep; but the rain was streaming down around him. He tried to pull himself out of it, but every object seemed to dance strangely before his eyes.

Suddenly he became aware of something he had never before seen in that place - a small, newly built hut leaning against the rock; and in the doorway stood a young girl. First he thought she was the schoolmaster's daughter, Annette, whom he had once kissed while dancing with her; but she wasn't Annette. But he was sure he had seen her before, perhaps near Grindelwald the evening he went home from the Interlaken shooting matches.

"How did you get here?" he asked.

"I'm home," she said. "Watching my flocks."

"Your flocks! Where do they find grass? There's nothing here but snow and rocks!"

"You know a lot about it!" she said and laughed. "A little way down behind here is a very nice pasture, where my goats go. I take good care of them, and never lose one. What's mine is mine!"

"You're very brave," said Rudy.

"And so are you," she answered.

"If you have any milk, please give me some; I have a terrible thirst."

"I have something much better than milk," she replied, "and you may have some. Yesterday some travelers came here with guides, and left half a flask of wine behind them, such wine as you have never tasted. They won't come back for it, and I don't drink it, so you may have it."

She brought the wine, poured some into a wooden goblet, and gave it to Rudy.

"That's fine!" he said. "I have never tasted a wine so warming and reviving!" His eyes sparkled with life; a glowing thrill of happiness swept over him, as if every sorrow and vexation had vanished from his mind; a carefree feeling awoke in him.

"But surely you are Annette, the schoolmaster's daughter!" he exclaimed. "Give me a kiss!"

"Yes, but first give me that pretty ring you're wearing on your finger!"

"My engagement ring?"

"Yes, just that ring," said the girl, then refilling the goblet, she held it to his lips, and he drank again. A feeling of joy seemed to flow through his blood. The whole world was his, he seemed to think, so why torture himself! Everything is created for our pleasure and enjoyment. The stream of life is the stream of happiness; let yourself be carried away on it - that is joy. He looked at the young girl. She was Annette, and yet not Annette; but still less was she the magical phantom, as he had called the one he had met near Grindelwald. This girl on the mountain was fresh as newly fallen snow, as blooming as an Alpine rose, as lively as a young lamb; yet still she was formed from Adam's rib, a human being like Rudy himself.

He flung his arms about her and gazed into her marvelously clear eyes. It was only for a second, but how can that second be expressed or described in words? Was it the life of the soul or the life of death that took possessions of his being? Was he carried up high, or did he sink down into the deep and deathly icy crevasse, deeper, always deeper? He beheld the ice walls shining like blue-green glass; bottomless crevasses yawned about him; the waters dripped, sounding like the chimes of bells, and were as clear as a pearl glowing with pale blue flames. Then the Ice Maiden kissed him - a kiss that sent an icy shiver through his whole body. He gave a cry of pain, tore himself away from her, stumbled, and fell; all went dark before his eyes, but he opened them again. The powers of evil had played their game.

The Alpine girl was gone, and the sheltering hut was gone; water streamed down on the bare rocks, and snow lay everywhere. Rudy was shivering with cold, soaked through to the skin, and his ring was gone - the engagement ring Babette had given him. His gun lay on the snow beside him, but when he took it up and tried to fire it as a signal, it missed fire. Damp clouds filled the chasm like thick masses of snow. Dizziness sat there, glaring at her helpless prey, while there rang through the deep crevasse beneath her a sound as if a mass of rock had fallen, and was crushing and carrying away everything that obstructed its course.

Back at the miller's Babette sat and wept. It was six days since Rudy had been there - Rudy, who had been in the wrong, and should ask her pardon, for she loved him with all her heart.

AT THE MILLER'S HOUSE

"It's lot of nonsense with those people!" said the Parlor Cat to the Kitchen Cat. "It's all off now between Babette and Rudy. She just sits and cries, and he doesn't think about her any more."

"I don't like that," said the Kitchen Cat.

"I don't either," said the Parlor Cat. "But I'm not going to mourn about it. Babette can take golden whiskers for her sweetheart. He hasn't been here since the night he tried to climb onto the roof!"

The powers of evil carry out their purposes around us and within us. Rudy understood this, and thought about it. What was it that had gone on about him and inside him up there on the mountain? Was it sin or just a feverish dream? He had never known illness or fever before. While he blamed Babette, he also searched his own heart. He remembered the wild tornado, the hot whirlwind that had broken loose in there. Could he confess everything to Babette - every thought which in that hour of temptation almost brought about his action? He had lost her ring, and by that very loss she had won him back. Would she be able to confess to him? When his thoughts turned to her, so many memories crowded his mind that he felt that his heart was breaking. He saw her as a laughing, happy child, full of life; the many loving words she had addressed to him from the fullness of her heart gladdened his soul like a ray of light, and soon there was only sunshine there for Babette.

However, she would have to confess to him, and he would see that she did so.

So he went to the mill, and there was a confession; it began with a kiss, and ended with Rudy's being the sinner. His great fault was that he could have doubted for one moment Babette's faithfulness - that was very wicked of him! Such distrust, such violence, might bring misery to both of them. Yes, that was very true! Babette preached him a little sermon, which pleased her greatly and which was very becoming to her. But Rudy was right about one thing - the godmother's nephew was a babbler. She'd burn the book he had given her, and wouldn't keep the slightest thing that would remind her of him.

"Now that's all over with," said the Parlor Cat. "Rudy's back again, and they've made up; and they say that's the greatest of happiness."

"Last night," said the Kitchen Cat, "I heard the rats saying that their greatest happiness was to eat candle grease and have plenty of tainted bacon. Which of them should we believe, the lovers or the rats?"

"Neither of them," said the Parlor Cat. "That's always the safest."

Rudy's and Babette's greatest happiness was drawing near, the most beautiful day, as they call it, was coming - their wedding day!

But the wedding was not to take place in the church at Bex, nor in the miller's house; the godmother had asked that the party be held at her house, and that the ceremony be performed in the pretty little church at Montreux. And the miller was very insistent that they should agree to this arrangement, for he alone knew what the godmother intended giving the young couple - her wedding gift would be well worth such a small concession to her wishes. The day was agreed upon. They would go to Villeneuve the evening before, then proceed to Montreux by boat the next morning, so that the godmother's daughters would have time to dress the bride.

"I suppose there'll be a second ceremony in this house," said the Parlor Cat. "Or else I know I wouldn't give a mew for the whole business."

"There's going to be a feast here, too," said the Kitchen Cat. "The ducks have been killed, the pigeons plucked, and a whole deer is hanging on the wall. My mouth waters when I look at all the food. Tomorrow they start their journey."

Yes, tomorrow! That evening Rudy and Babette sat in the miller's house for the last time as an engaged couple. Outside, the evening glow was on the Alps; the vesper bells were chiming; and the daughters of the sun sang, "That which is best shall come to pass!"

VISIONS IN THE NIGHT

The sun had gone down, and the clouds lay low in the valley of the Rhone between the tall mountains; the wind blew from the south, an African wind; it suddenly sprang up over the high summits like a foehn, which swept the clouds away; and when the wind had fallen everything for a moment was perfectly still. The scattered clouds hung in fantastic shapes between the wooded hills skirting the rushing Rhone; they hung in the shapes of sea monsters of the prehistoric world, of eagles hovering in the air, of frogs leaping in a marsh; they settled down on the swift river and seemed to sail on it, yet they were floating in the air. The current swept along an uprooted pine tree, with the water making circles around it. It was Dizziness and some of her sisters dancing in circles on the foaming stream. The moon lighted up the snow-covered mountain peaks, the dark woods, and the strange white clouds - those visions of the night that seemed to be the powers of nature. The mountain peasant saw them through his window; they sailed past in great numbers before the Ice Maiden, who had come from her glacier palace. She was sitting on a frail boat, the uprooted pine, as the waters from the glacier carried her down the river to the open lake.

"The wedding guests are coming!" was sung and murmured in the air and in the water.

There were visions outside and visions inside. And Babette had a very strange dream.

It seemed to her that she had been married to Rudy for many years. He had gone chamois hunting, leaving her at home; and the young Englishman with the golden whiskers was sitting beside her. His eyes were passionate, his words seemed to have a magic power in them. He held out his hand to her, and she was obliged to follow him; they walked away from her home, always downward. And Babette felt a weight in her heart that became heavier every moment. She was committing a sin against Rudy - a sin against God Himself. And suddenly she found herself alone; her dress had been torn to pieces by thorns, and her hair had turned gray. In deep grief she looked upward, and saw Rudy on the edge of a mountainous ridge. She stretched up her arms to him, but dared neither pray nor call out to him; and neither would have been of any avail, for she soon discovered it was not Rudy, but only his cap and shooting jacket hanging on an alpenstock, as hunters often place them to deceive the chamois. In miserable grief Babette cried, "Oh, if I had only died on my wedding day - the happiest day of my life! Oh, Lord, my God, that would have been a blessing! That would have been the best thing that could have happened for me and Rudy. No one knows his future!" Then in godless despair she hurled herself down into the deep chasm. A thread seemed to break, and the echo of sorrowful tones was heard.

Babette awoke; the dream was ended, and although partly forgotten she knew it had been a frightful one, and that she had dreamed about the young Englishman whom she had not seen or thought of for several months. She wondered if he still was at Montreux, and if she would see him at the wedding. A faint shadow passed over Babette's pretty mouth, her brows knitted; but soon there came a smile, and the sparkle returned to her eye. The sun was shining brightly outside, and tomorrow was her and Rudy's wedding day!

When she came down he was already in the parlor, and soon they set off for Villeneuve. They were both so happy, and so was the miller. He laughed and joked, and was in excellent humor, for he was a kind father and an honest soul.

"Now we are the masters of the house," said the Parlor Cat.

THE CONCLUSION

It was not yet evening when the three happy people reached Villeneuve, and sat down to dinner. The miller settled himself in a comfortable armchair with his pipe, and had a little nap. They young bridal couple went out of the town arm in arm, along the highway, under the wooded hills by the side of the deep blue green lake. The clear water reflected the gray walls and heavy towers of gloomy-looking Chillon. The little island with its three acacias seemed quite close, looking like a bouquet lying on the lake.

"How lovely it must be over there!" said Babette, who again felt a great desire to go to the island; and her desire could be satisfied at once, for a boat was lying near the bank, and it was easy to undo the rope securing it. There was no one around of whom they could ask permission, so they got into the boat anyway.

Rudy knew how to use the oars. Like the fins of a fish, the oars divided the water, so pliant and yet so powerful, with a back for carrying and a mouth for swallowing - gentle, smiling, calmness itself, yet terrible and mighty in destruction. Foamy wake stretched out behind the boat, and in a few minutes they arrived at the little island, where they landed. There was just room for the two of them to dance.

Rudy whirled Babette around two or three times. Then they sat on the little bench under the drooping acacia, and held each other's hands and looked deep into each other's eyes, while the last rays of the setting sun streamed about them. The pine forests on the mountains took on a purplish-red tint like that of blooming heather, and where the trees stopped and the bare rocks began, they glowed as if the mountain itself were transparent. The clouds in the sky glowed a brilliant crimson; the whole lake was like a fresh, blushing rose petal. As the shades of evening gathered, the snow-capped mountains of Savoy turned a dark blue, but the highest summits still shone like red lava and for a moment reflected their light on the mountains before the vast masses were lost in darkness. It was the Alpine glow, and Rudy and Babette thought they had never before seen so magnificent a sight. The snow-covered Dent du Midi glistened like the disk of the full moon when it rises above the horizon.

"Oh, what beauty! What happiness!" both of them said.

"Earth can give me no more," said Rudy. "An evening like this is like a whole life. How often have I realized my good fortune, as I realize it now, and thought that if everything ended for me at once now I have still had a happy life! What a blessed world this is! One day passes, and a new one, even more beautiful than the other, begins. Our Lord is infinitely good, Babette!"

"I'm so happy!" she said.

"Earth can give me no more," exclaimed Rudy. Then the vesper bells sounded from the Savoy mountains and the mountains of Switzerland. The dark-blue Jura stood up in golden splendor in the west.

"God give you all that is brightest and best!" exclaimed Babette.

"He will," said Rudy. "Tomorrow I shall have that wish. Tomorrow you'll be wholly mine - my own lovely, little wife!"

"The boat!" Babette suddenly cried.

For the boat that was to take them back had broken loose and was drifting away from the island.

"I'll get it!" said Rudy, and he stripped off his coat and boots, plunged into the lake, and swam with vigorous strokes after the boat.

The clear blue-green water from the mountain glacier was icy and deep. Rudy looked down into the depths; he took only a single glance, and yet, he thought he saw a gold ring trembling, glittering, wavering there! He thought of his lost engagement ring, and the ring became larger and spread out into a glittering circle, within which appeared the clear glacier. Endless deep chasms yawned about it, and the dropping water tinkled like the sound of bells and glowed with pale blue flames. In a second he beheld what will take us many long words to describe!

Young hunters and young girls, men and women who had once fallen into the glacier's crevasses, stood there as in life, with open eyes and smiling lips, while far below them arose from buried villages the chimes of church bells. The congregation knelt beneath the church roofs; icicles made the organ pipes, and the mountain torrents furnished the music. And the Ice Maiden sat on the clear, transparent ground. She stretched herself up toward Rudy and kissed his feet, and there shot through his limbs a deadly chill like an electric shock - ice and fire, one could not be distinguished from the other in that brief touch.

"Mine! Mine!" sounded around him and within him. "I kissed you when you were little - kissed you on the mouth! Now I kiss you on your toes and your heels - now you belong to me!"

And he disappeared in the clear blue water.

All was still. The church bells had ceased their ringing; their last tones had died away with the glow on the red clouds above.

"You are mine!" sounded from the depths below. "You are mine!" resounded from beyond the heights - from infinity itself!

How wonderful to pass from love to love, from earth to heaven!

A thread seemed to break, and sorrowful tones echoed around. The icy kiss of death had conquered what was mortal; the prelude to the drama of life had ended before the play itself had begun. And discord had resolved itself into harmony.

Do you call this a sad story?

Poor Babette! For her it was the hour of anguish. The boat drifted farther and farther away. No one on the mainland knew that the bridal couple had crossed over to the little island. Evening came on, the clouds gathered, and darkness settled down. Alone, despairing and crying, she stood there. A storm broke out; lightning flashed over the Jura mountains and over the peaks of Savoy and Switzerland; from all sides came flash after flash, while one peal of thunder followed the other for minutes at a time. One instant the lightning was so vivid that the surroundings were bright as day - every single vine stem was as distinct as at high noon - and in the next instant everything was plunged back into the blackest darkness. The lightning formed circles and zigzagged, then darted into the lake; and the increasing noise of the rolling thunder echoed from the surrounding mountains. On the mainland the boats had been drawn far up the beach, while all living things sought shelter. And now the rain poured down in torrents.

"Where can Rudy and Babette be in this terrible storm?" said the miller.

Babette sat with folded hands, her head in her lap, utterly worn out by grief, tears, and screams for help.

"In the deep water," she said to herself, "far down there as if under a glacier, he lies!"

Then she thought of what Rudy had told her about his mother's death, and of his escape, how he was lifted up out of the cleft of the glacier almost dead. "The Ice Maiden has him again!"

Then there came a flash of lightning as dazzling as the rays of the sun on white snow. Babette jumped up; at that moment the lake rose like a shining glacier; there stood the Ice Maiden, majestic, bluish, pale, glittering, with Rudy's corpse at her feet.

"Mine!" she said, and again everything was darkness and torrential rain.

"Horrible!" groaned Babette. "Ah, why should he die when our day of happiness was so near? Dear God, make me understand; shed light into my heart! I cannot understand the ways of your almighty power and wisdom!"

And God enlightened her heart. A memory - a ray of mercy - her dream of the night before - all rushed vividly through her mind. She remembered the words she had spoken, the wish for the best for herself and Rudy.

"Pity me! Was it the seed of sin in my heart? Was my dream, a glimpse into the future, whose course had to be violently changed to save me from guilt? How miserable I am!"

In the pitch-black night she sat weeping. And now in the deep stillnes around her she seemed to hear the last words he had spoken here, "Earth can give me no more." They had been spoken in the fullest of joy; they echoed in the depths of great sorrow.

A few years have passed since that night. The lake smiles; its shores are smiling; the vines yield luscious grapes; steamboats with waving pennants glide swiftly by; pleasure boats with their two sails unfurled skim like white butterflies over the mirrored water; the railway beyond Chillon is open now, leading far into the valley of the Rhone. At every station strangers get out, studying in their little red guidebooks what sights they should see. They visit Chillon, see the little island with the three acacias, and read in their books about a bridal couple who in 1856 rowed over to it one evening - how not until the next morning could the bride's despairing cries be heard on the mainland.

But the guidebooks tell nothing about Babette's quiet life in her father's house - not at the mill, for strangers live there now - in the pretty house near the railway station, where many an evening she gazes from her window beyond the chestnut trees to the snowy mountains over which Rudy had loved to range. In the evening hours she can see the Alpine glow - up there where the daughters of the sun settle down, and sing again their song about the traveler whose coat the whirlwind snatched off, taking it, but not the man himself.

There is a rosy glow upon the mountain's snow fields; there is a rosy tint in every heart in which lives the thought, "God wills what is best for us!" But it is not always revealed to us as it was revealed to Babette in her dream.




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