ESPAÑOL

Un tramo de la sarta de perlas

DANSK

Et stykke perlesnor


I

El ferrocarril va de Copenhague hasta Korsör. Es un tramo de la sarta de perlas que hacen la riqueza de Europa; las más preciosas son París, Londres, Viena, Nápoles. Pero hay quien no tiene a estas grandes ciudades como las perlas más hermosas, sino una pequeña ciudad casi desconocida, que es su pequeña patria natal, donde residen sus seres queridos. A menudo es un simple cortijo, una casita oculta entre verdes setos, un punto que se desvanece rápidamente al paso del tren.
¿Cuántas perlas hay en el tramo de Copenhague a Korsör? Vamos a fijarnos sólo en seis, y muchos aprobarán nuestra elección. Los viejos recuerdos, e incluso la Poesía, realzan estas perlas.
En las proximidades de la colina donde se alza el palacio de Federico VI, hogar de la infancia de Oehlenschläger, reluce, sobre el fondo del bosque de Söndermarken, una de estas perlas, llamada «Choza de Filemón y Baucis», es decir, el hogar de dos ancianos venerables. Allí vivió Rahbek, con su esposa Kamma; allí, bajo su hospitalario techo, se congregaron durante una generación entera los mayores ingenios de la laboriosa Copenhague. Fue un hogar del espíritu. Y hoy ¿qué? No digas: ¡Qué cambio! No, aún sigue siendo el hogar del espíritu, un invernáculo para plantas marchitas. La yema que carece de vigor para desarrollarse, oculta sin embargo todos los gérmenes que han de dar las flores y los frutos. Aquí brilla el sol de la inteligencia en un bien cuidado hogar del espíritu, que da vida. El mundo entorno penetra por los ojos en las profundidades inescrutables del alma: la mansión del débil mental, rodeado de caridad, es un santo lugar, una estufa para las plantas atrofiadas que un día serán trasplantadas y florecerán en el jardín de Dios. Las mentes más débiles se reúnen aquí, donde otrora se reunieron los más grandes y fuertes, intercambiaron ideas y se sintieron exaltados. La llama del alma sigue todavía ardiendo en la «Choza de Filemón y Baucis».
Ante nosotros está la ciudad de las tumbas reales, junto a la fuente de Hroar, la vetusta Roeskilde. Las esbeltas espiras de sus campanarios se alzan sobre la baja ciudad, reflejándose en el fiordo de Ise. Nos limitaremos a buscar una tumba y a contemplarla en el crisol de las perlas. No es la de la poderosa reina de la Unión, Margarita, no; la sepultura está en el interior del cementerio, ante cuyos blancos muros pasamos volando. Encima hay una sencilla losa, y allí descansa el rey de la canción, el renovador del romance danés. Las antiguas sagas se convierten en melodías en nuestras almas; percibimos adónde «ruedan las claras ondas», «En Leire vivía un rey». Roeskilde, ciudad de las tumbas reales, de tus perlas sólo contemplaremos la más humilde sepultura, en cuya piedra están grabadas la lira y el nombre de Weyse
Llegamos luego a Sigersted, cerca de la ciudad de Ringsted. Las aguas del río son someras, la mies crece en el lugar donde fondeó la embarcación de Hagbarth, a poca distancia del aposento de Signe. ¿Quién no conoce la leyenda de Hagbarth, que fue ahorcado en un roble, y de la casa de Signelil, destruida por las llamas, la leyenda del gran amor?
Sorö magnífica, rodeada de bosque, tu silenciosa ciudad claustral se entrevé a través de los árboles cubiertos de musgo. Los ojos jóvenes desde la Academia ven, por encima del mar, la ruta del universo; se oye el resoplido del dragón de la locomotora al atravesar, rauda, el bosque. ¡Sorö, perla de la Poesía, que guardas el polvo de Holberg! Cual poderoso cisne blanco en la margen del profundo lago del bosque, yace tu palacio de la Ciencia, y muy cerca de él brilla - y eso es lo que busca nuestro ojo curioso -, como el blanco narciso de la floresta, una casita, de la que llegan piadosas canciones que resuenan por todo el campo, con palabras que el propio
labrador escucha y por las que conoce los tiempos pretéritos de Dinamarca. El verde bosque y el canto de los pájaros se complementan, como se complementan los nombres de Sorö e Ingemann
¡Vamos a Slagelse! ¿Qué se refleja allí, en el espejo de la perla? Desapareció el convento de Antvorskov, lo mismo que los ricos salones del palacio, incluso su ala solitaria y abandonada. Mas sigue allí un viejo signo, constantemente renovado, una cruz de madera en la cumbre de la colina, donde, en tiempos de la leyenda, San Andrés , el apóstol de Slagelse, despertó, después de ser transportado en una noche desde Jerusalén hasta allí.
Korsör: aquí nació el que nos dio:

Bromas y veras mezcladas
en melodías de Canuto Själlandsfar.

¡Oh, maestro de la palabra y de la gracia! Las ruinosas y viejas paredes de la fortaleza abandonada son el postrer testimonio visible del hogar de tu niñez. Cuando se pone el sol, sus sombras muestran el lugar donde se levantó la casa donde naciste; desde estos muros, que miraban a las alturas de la Isla de Sprogö, viste, de niño, «descender la luna tras la Isla», y la inmortalizaste con tu canto, como más tarde cantarías las montañas de Suiza, tú, que habiéndote aventurado en el laberinto del mundo, encontraste que

en ningún lugar las rosas son tan rojas,
en ningún lugar son las espinas tan pequeñas
y en ningún lugar son tan blandas las plumas
como allí donde, niño inocente, reposaste.

¡Agudísimo cantor de la jovialidad! Trenzamos para ti una corona de aspérulas, la arrojamos al mar, y las olas la llevarán al Golfo de Kiel, en cuyas orillas reposan tus cenizas. Te traerá un saludo de la joven generación, un saludo de tu ciudad natal, Korsör, término de la sarta de perlas.


II

Verdaderamente es un trozo de sarta de perlas el camino entre Copenhague y Korsör - dijo la abuela, que había oído lo que acabamos de leer -. Es una sarta de perlas para mí, y lo fue hace ya más de cuarenta años - añadió -. No teníamos entonces máquinas de vapor, y para recorrer aquel trecho necesitábamos tantos días como hoy horas. Era esto el año 1815; tenía yo a la sazón 21 años, ¡hermosa y bendita edad! En mi juventud era mucho más raro que ahora hacer un viaje a Copenhague, que para nosotros era la ciudad de las ciudades. Mis padres quisieron volver a visitarla tras una ausencia de veinte años, y yo debía ir con ellos. Llevábamos años hablando de aquel viaje, y por fin llegaba la hora de realizarlo. Tenía la impresión de que iba a empezar para mí una vida nueva, y hasta cierto punto así fue.
Cosimos y empaquetamos, y cuando llegó el momento de partir, ¡Dios mío, y cuántos buenos amigos acudieron a despedirnos! Era un largo viaje el que emprendíamos. Por la mañana salimos de Odense en el coche de mis padres, y a lo largo de toda la calle nos acompañaron, desde las ventanas, los saludos de las personas conocidas, casi hasta que hubimos salido por la puerta de Sankt-Jürgens. El tiempo era espléndido, cantaban los pájaros, todo nos resultaba delicioso; el largo y pesado camino hasta Nyborg se nos hizo corto. Entramos en esta ciudad hacia el anochecer. La diligencia no llegaba hasta la noche, y el barco no salía hasta después de su llegada. Subimos a bordo; hasta donde alcanzaba la vista se extendía el mar inmenso, completamente encalmado. Nos echamos sin desnudarnos, y nos dormimos. Cuando me desperté por la mañana y subí a cubierta, no se veía absolutamente nada a mi alrededor, tal era la niebla que nos envolvía. Oí cantar los gallos, tuve la sensación de que salía el sol, las campanas tocaban; ¿dónde estaríamos? Disipóse la niebla y resultó que aún nos hallábamos frente a Nyborg. Entrado el día sopló una ligera brisa, pero contraria; dimos bordadas y bordadas, y al fin tuvimos la suerte de llegar a Korsör poco después de las once de la noche: habíamos invertido veintidós horas para recorrer cuatro millas.
Nos vino muy a gusto volver a pisar tierra. Pero estaba oscuro, las lámparas ardían mal, y todo me resultaba extraño. En mi vida no había visto más ciudad que Odense.
Mira, aquí nació Baggesen - dijo mi padre -, y aquí vivió Birckner. Parecióme entonces como si la antigua ciudad de las pequeñas casas se volviera mayor y más luminosa. Además estábamos contentos de volver a pisar tierra firme. Las emociones en mí suscitadas por todo lo visto y vivido desde que salí de casa, no me dejaron pegar un ojo aquella noche.
A la mañana siguiente tuvimos que madrugar, pues nos aguardaba un mal camino, con horribles cuestas y molestos baches, hasta Slagelse; y no es que pasada esta localidad mejorara gran cosa la ruta. Suspirábamos por estar ya en la «Casa del Cangrejo», para poder entrar en Sorö con luz de día y visitar a Möllers Emil, como lo llamábamos; era vuestro abuelo, mi difunto esposo, el pastor, que entonces estudiaba en Sorö y acababa de sufrir sus segundos exámenes.
Llegamos por la tarde a la «Casa del Cangrejo», una posada muy renombrada en aquellos tiempos, la mejor de todo el viaje, situada en una campiña preciosa. Y hoy lo es todavía, no podréis negarlo. La patrona era una mujer muy dispuesta, llamada Madam Plambek; todo en la casa relucía como un sol. De la pared, enmarcada y protegida con un cristal, colgaba la carta que le había escrito Baggesen. Era una cosa digna de ver, y me interesó enormemente. Después subimos a Sorö y vimos a Emilio; ya podéis figuramos que se alegró mucho de nuestra visita, y nosotros también de verlo, siempre tan bueno y atento. Nos acompañó a visitar la iglesia, con la tumba de Absalón, el sarcófago de Holberg y las antiguas inscripciones monacales. Luego cruzamos por mar al «Parnaso». Fue la tarde más maravillosa que recuerdo. Si había en el mundo un lugar digno de inspirar a un poeta, éste me parecía Sorö, en medio de aquel paisaje sereno y grandioso. Luego, a la luz de la luna, seguimos el «Paseo de los Filósofos», como lo llaman, el magnífico y solitario sendero que discurre junto al mar y el Flammen, y desemboca en el camino que conducía a la «Casa del Cangrejo». Emilio se quedó a cenar con nosotros; mis padres lo encontraron muy inteligente y bien parecido. Nos prometió que para Pascua, o sea, dentro de cinco días, estaría en Copenhague, con su familia y con nosotros. Aquellas horas de Sorö y de la «Casa del Cangrejo» figuran entre las perlas más bellas de mi vida.
También madrugamos mucho el día siguiente, pues la jornada era larga antes de llegar de Roeskilde; queríamos visitar la iglesia, y por la tarde mi padre pensaba ir a ver también a un antiguo condiscípulo. Cumplido el programa, dormimos en Roeskilde, y al otro día llegamos a Copenhague, aunque no hasta el mediodía; fue el trecho peor por lo intenso del tránsito. Habíamos empleado unos tres días para ir de Korsör a la capital; hoy se cubre la misma distancia en tres horas. No es que las perlas se hayan vuelto más preciosas, esto sería imposible; pero el cordón es nuevo y maravilloso. Yo permanecí con mis padres tres semanas en Copenhague. Emilio estuvo ocho días con nosotros, y, al regresar a Fionia, él nos acompañó hasta Korsör. Allí, antes de separarnos, nos prometimos; comprenderéis, pues, que el trayecto de Copenhague a Korsör sea también para mí un fragmento de la sarta de perlas, una verdadera página de felicidad en el libro de mi vida.
Más adelante, cuando Emilio obtuvo un empleo en Assens, nos casamos. A menudo hablábamos de aquel viaje a Copenhague y hacíamos proyectos para repetirlo; mas entonces vino al mundo primero vuestra madre, y luego sus hermanos, con mil cosas a las que atender; después vuestro abuelo fue ascendido a propósito. La vida era toda alegría y bendición, pero nunca volvimos a Copenhague. No he vuelto a estar allí, a pesar de haberlo proyectado tantas veces; y ahora soy demasiado vieja y no me siento con fuerzas para viajar en tren. Pero me alegro de que exista el ferrocarril; es una gran ventaja. Gracias a él, llegáis antes a mi casa. Ahora Odense no está más lejos de Copenhague que lo estaba de Nyborg en mi juventud. Hoy os plantáis en Italia en el mismo tiempo que nosotros empleábamos para ir a Copenhague. ¡Es un progreso, no hay duda! Sin embargo, yo me quedo en casita. Que viajen los otros, que vengan a verme los demás. Pero no os sonriáis porque me esté tan quietecita aquí; me espera otro viaje muy largo y mucho más rápido que en tren. Cuando Dios Nuestro Señor lo disponga, iré a reunirme con abuelito, y vosotros, una vez terminada vuestra tarea en este mundo bendito, vendréis también a nuestro lado y hablaremos de los días de nuestra existencia terrena. No lo dudéis, chiquillos. Allí os diré lo que os digo ahora. El trecho de Copenhague a Korsör es realmente una sarta de perlas.
Jernbanen i Danmark strækker sig endnu kun fra København til Korsør, den er et stykke perlesnor, dem Europa har en rigdom af; de kosteligste perler der nævnes: Paris, London, Wien, Neapel –; dog mangen én udpeger ikke disse store stæder som sin skønneste perle, men derimod viser hen til en lille umærkelig stad, der er hjemmets hjem, der bor de kære; ja, tit er det kun en enkelt gård, et lille hus, skjult mellem grønne hække, et punkt, der flyver hen idet banetoget jager forbi.

Hvor mange perler er der på snoren fra København til Korsør? Vi vil betragte seks, som de fleste må lægge mærke til, gamle minder og poesien selv giver disse perler en glans, så at de stråler ind i vor tanke.

Nær ved bakken, hvor Frederik den Sjettes slot ligger, Oehlenschlägers barndomshjem, skinner i læ af Søndermarkens skovgrund én af perlerne, man kaldte den "Filemons og Baukis' hytte," det ville sige: to elskelige gamles hjem. Her boede Rahbek med sin hustru Camma, her, under deres gæstfrie tag, samlede sig i en menneskealder alt åndens dygtige fra det travle København, her var et åndens hjem, – – og nu! sig ikke, "ak, hvor forandret!" – nej, endnu er det åndens hjem, drivhuset for den sygnende plante! Blomsterknoppen, der ikke er mægtig nok til at udfolde sig, gemmer dog, skjult, alle spirer til blad og frø. Her skinner åndens sol ind i et fredet åndens hjem, opliver og levendegør. Verden rundt om stråler ind gennem øjnene i sjælens ugranskelige dybde: Idiotens Hjem, omsvævet af menneskekærligheden, er et helligt sted, et drivhus for den sygnende plante, der skal engang omplantes og blomstre i Guds urtegård. De svageste i ånden samles nu her, hvor engang de største og kraftigste mødtes, vekslede tanker og løftedes opad – opad blusser end her sjælenes flamme i "Filemons og Baukis' Hytte."

Kongegravenes by ved Hroars væld, det gamle Roskilde, ligger for os; kirkens slanke tårnspir løfter sig over den lave by og spejler sig i Isefjorden; én grav kun vil vi her søge, betragte den i perlens glar; det er ikke den mægtige uniondronning Margrethes – nej, inde på kirkegården, hvis hvide mur vi tæt ved flyver forbi, er graven, en ringe sten er lagt hen over den, orglets drot, den danske romances fornyer, hviler her; melodier i vor sjæl blev de gamle sagn, vi fornam hvor: "De klare bølger rulled'," - "der boede en konge i Lejre!" – Roskilde, kongegravenes by, i din perle vil vi se på den ringe grav, hvor i stenen er hugget lyren og navnet: Weyse.

Nu kommer vi til Sigersted ved Ringsted by; ålejet er lavt; det gule korn vokser, hvor Hagbarths båd lagde an, ikke langt fra Signes jomfrubur. Hvem kender ikke sagnet om Hagbarth, der hang i egen og Signelils bur stod i lue, sagnet om den stærke kærlighed.

"Dejlige Sorø omkranset af skove!" din stille klosterby har fået udkig mellem de mosgroede træer; med ungdomsblik ser den fra akademiet ud over søen til verdenslandevejen, hører lokomotivets drage puste, idet den flyver gennem skoven. Sorø, du digtningens perle, der gemmer Holbergs støv! Som en mægtig, hvid svane ved den dybe skovsø ligger dit lærdoms slot, og op til den, og derhen søger vort øje, skinner, som den hvide stjerneblomst i skovgrunden, et lille hus, fromme salmer klinger derfra ud gennem landet, ord mæles derinde, bonden selv lytter dertil og kender svundne tider i Danmark. Den grønne skov og fuglens sang hører sammen, således navnene Sorø og Ingemann.

Til Slagelse by –! hvad spejler sig her i perlens glar? Forsvundet er Antvorskov kloster, forsvundet slottets rige sale, selv dets ensom stående forladte fløj; dog et gammelt tegn står endnu, fornyet og atter fornyet, et trækors på højen derhenne, hvor i legendens tid Hellig-Anders, den Slagelse-præst, vågnede op, båren i én nat herhid fra Jerusalem.

Korsør – her fødtes du, der gav os:

– "Skæmt med alvor blandet
i viser af Knud Sjællandsfar."

Du mester i ord og vid! de synkende gamle volde af den forladte befæstning er nu her det sidste synlige vidne om dit barndomshjem; når solen går ned, peger deres skygger hen på den plet, hvor dit fødehus stod; fra disse volde, skuende mod Sprogøs højde, så du, da du "var lille," - "månen ned bag øen glide" og besang den udødeligt, som du siden besang Schweiz' bjerge, du, som drog om i verdens labyrint og fandt, at –

"– – ingensteds er roserne så røde,
og ingensteds er tornene så små,
og ingensteds er dunene så bløde
som de, vor barndoms uskyld hvilte på!"

Lunets liflige sanger! vi fletter dig en krans af skovmærker, kaster den i søen, og bølgen vil bære den til Kielerfjord, på hvis kyst dit støv er lagt; den bringer hilsen fra den unge slægt, hilsen fra fødebyen Korsør – hvor perlesnoren slipper!

II.

"Det er rigtignok et stykke perlesnor fra København til Korsør," sagde bedstemoder, der havde hørt læse, hvad vi nu nys læste. "Det er en perlesnor for mig og det blev den mig allerede for nu over fyrretyve år siden!" sagde hun. "Da havde vi ikke dampmaskinerne, vi brugte dage til den vej, hvor I nu kun bruger timer! Det var 1815; da var jeg enogtyve år! det er en dejlig alder! skønt op i de tres, det er også en dejlig alder, så velsignet! – I mine unge dage, ja, da var det en anderledes sjældenhed, end nu, at komme til København, byen for alle byerne, som vi anså den. Mine forældre ville, efter tyve år, engang igen gøre et besøg der, jeg skulle med; den rejse havde vi i åringer talt om og nu skulle den virkelig gå for sig! jeg syntes, at et helt nyt liv ville begynde, og på en måde også begyndte der for mig et nyt liv.

Der blev syet og der blev pakket sammen og da vi nu skulle af sted, ja, hvor mange gode venner kom ikke for at sige os lev vel! det var en stor rejse vi havde for! Op ad formiddag kørte vi ud fra Odense i mine forældres holstenske vogn, bekendte nikkede fra vinduerne hele gaden igennem, næsten til vi var helt ude af Sankt Jørgens Port. Vejret var dejligt, fuglene sang, alt var fornøjelse, man glemte, at det var en svær, lang vej til Nyborg; mod aften kom vi der; posten indtraf først ud på natten og før afgik ikke børtfartøjet; vi tog da om bord; der lå nu ud foran os det store vand, så langt vi kunne øjne, så blikstille. Vi lagde os i vore klæder og sov. Da jeg i morgenstunden vågnede og kom op på dækket, var der ikke det mindste at se til nogen af siderne, sådan en tåge havde vi. Jeg hørte hanerne gale, fornam, at solen kom op, klokkerne klang; hvor mon vi var; tågen lettede, og vi lå såmænd endnu lige uden for Nyborg. Op ad dagen blæste endelig en smule vind, men stik imod; vi krydsede og krydsede, og endelig var vi så heldige, at vi klokken lidt over elve om aftnen nåede Korsør, da havde vi været toogtyve timer om de fire mil.

Det gjorde godt at komme i land; men mørkt var det, dårligt brændte lygterne og alt var så vildtfremmed for mig, der aldrig havde været i nogen anden by end i Odense.

"Se, her blev Baggesen født!" sagde min fader, "og her levede Birckner!"

Da syntes mig, at den gamle by med de små huse blev med ét lysere og større; vi følte os dertil så glade ved at have landjorden under os; sove kunne jeg ikke den nat over alt det meget, jeg allerede havde set og oplevet, siden jeg i forgårs tog hjemmefra.

Næste morgen måtte vi tidligt op, vi havde for os en slem vej med forfærdelige banker og mange huller til vi nåede Slagelse, og videre frem på den anden side var nok ikke stort bedre, og vi ville gerne så betids komme til Krebsehuset, at vi derfra endnu ved dag kunne gå ind i Sorø og besøge Møllers Emil, som vi kaldte ham, ja, det var eders bedstefader, min salig mand, provsten, han var student i Sorø og netop færdig der med sin anden eksamen.

Vi kom efter middag til Krebsehuset, det var et galant sted dengang, det bedste værtshus på hele rejsen og den yndigste egn, ja, det må I da alle indrømme, at den endnu er. Det var en ferm værtinde, madam Plambek, alt i huset som et glatskuret spækbræt. På væggen hang i glas og ramme Baggesens brev til hende, det var nok værd at se! mig var det en stor mærkelighed. – Så gik vi op til Sorø og traf der Emil; I kan tro, han blev glad ved at se os, og vi ved at se ham, han var så god og opmærksom. Med ham så vi da kirken med Absalons grav og Holbergs kiste; vi så de gamle munkeindskrifter, og vi sejlede over søen til "Parnasset," den dejligste aften jeg mindes! jeg syntes rigtignok, at skulle man nogensteds i verden kunne digte, måtte det være i Sorø, i denne naturens fred og dejlighed. Så gik vi i måneskin ad Filosofgangen, som de kalder det, den dejlige ensomme vej langs søen og Flommen ud mod landevejen til Krebsehuset; Emil blev og spiste med os, fader og moder fandt, at han var blevet så klog og så så godt ud. Han lovede os, at han inden fem dage skulle være i København hos sin familie og sammen med os; det var jo pinsen. De timer i Sorø og ved Krebsehuset, ja, de hører til mit livs skønneste perler! –

Næste morgen rejste vi meget tidligt, for vi havde en lang vej før vi nåede Roskilde, og der måtte vi være så betids at kirken kunne ses, og ud på aftnen fader besøge en gammel skolekammerat; det skete også og så lå vi natten over i Roskilde og dagen derpå, men først ved middagstid, for det var den værste, den mest opkørte vej, vi havde tilbage, kom vi til København. Det var omtrent tre dage, vi havde brugt fra Korsør til København, nu gør I den samme vej i tre timer. Perlerne er ikke blevet kosteligere, det kan de ikke, men snoren er bleven ny og vidunderlig. Jeg blev med mine forældre tre uger i København, Emil var vi dér sammen med i hele atten dage, og da vi så rejste tilbage til Fyn, fulgte han os lige fra København til Korsør, der blev vi forlovet før vi skiltes ad; så kan I nok forstå mig, at også jeg kalder fra København til Korsør et stykke perlesnor.

Siden, da Emil fik kald ved Assens, blev vi gift; vi talte tit om Københavnsrejsen, og om at gøre den engang igen, men så kom først eders moder, og så fik hun søskende, og der var meget at passe og tage vare på, og da nu fader forfremmedes og blev provst, ja, alt var en velsignelse og glæde, men til København kom vi ikke! aldrig kom jeg der igen, hvor tit vi tænkte derpå og talte derom, og nu er jeg blevet for gammel, har ikke legeme til at fare på jernbane; men glad ved jernbanerne er jeg! det er en velsignelse at man har dem! så kommer I hurtigere til mig! Nu er Odense jo ikke stort længere fra København, end den i min ungdom var fra Nyborg! I kan nu flyve til Italien lige så hurtigt som vi var om at rejse til København! ja det er noget! – alligevel bliver jeg siddende, jeg lader de andre rejse! lader dem komme til mig! men I skal ikke smile endda, fordi jeg sidder så stille, jeg har en anderledes stor rejse for, end eders, én, meget hurtigere, end den på jernbanerne; når Vorherre vil, rejser jeg op til "Bedstefader," og når så I har udrettet eders gerning og glædet eder her ved denne velsignede verden, så ved jeg, at I kommer op til os, og taler vi da dér om vort jordlivs dage, tro mig, børn! jeg siger også dér som nu: "Fra København til Korsør, ja, det er rigtignok et stykke perlesnor!"




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