ESPAÑOL

Ib y Cristinita

DANSK

Ib og lille Christine


No lejos de Gudenaa, en la selva de Silkeborg, se levanta, semejante a un gran muro, una loma llamada Aasen, a cuyo pie, del lado de Poniente, había, y sigue habiendo aún, un pequeño cortijo, rodeado por una tierra tan árida, que la arena brilla por entre las escuálidas mieses de centeno y cebada.
Desde entonces han transcurrido muchos años. La gente que vivía allí por aquel tiempo cultivaba su mísero terruño y criaba además tres ovejas, un cerdo y dos bueyes; de hecho, vivían con cierta holgura, a fuerza de aceptar las cosas tal como venían.
Incluso habrían podido tener un par de caballos, pero decían, como los demás campesinos: «El caballo se devora a sí mismo».
Un caballo se come todo lo que gana. Jeppe-Jänsen trabajaba en verano su pequeño campo, y en invierno confeccionaba zuecos con mano hábil. Tenía además, un ayudante; un hombre muy ducho en la fabricación de aquella clase de calzado: lo hacía resistente, a la vez que ligero y elegante. Tallaban asimismo cucharas de madera, y el negocio les rendía; no podía decirse que aquella gente fuesen pobres.
El pequeño Ib, un chiquillo de 7 años, único hijo de la casa, se sentaba a su lado a mirarlo; cortaba un bastoncito, y solía cortarse también los dedos, pero un día talló dos trozos de madera que parecían dos zuequitos. Dijo que iba a regalarlos a Cristinita, la hija de un marinero, una niña tan delicada y encantadora, que habría podido pasar por una princesa. Vestida adecuadamente, nadie hubiera imaginado que procedía de una casa de turba del erial de Seis. Allí moraba su padre, viudo, que se ganaba el sustento transportando leña desde el bosque a las anguileras de Silkeborg, y a veces incluso más lejos, hasta Randers. No tenía a nadie a quien confiar a Cristina, que tenía un año menos que Ib; por eso la llevaba casi siempre consigo, en la barca y a través del erial y los arándanos. Cuando tenía que llegarse a Randers, dejaba a Cristinita en casa de Jeppe-Jänsen.
Los dos niños se llevaban bien, tanto en el juego como a las horas de la comida; cavaban hoyos en la tierra, se encaramaban a los árboles y corrían por los alrededores; un día se atrevieron incluso a subirse solos hasta la cumbre de la loma y adentrarse un buen trecho en el bosque, donde encontraron huevos de chocha; fue un gran acontecimiento.
Ib no había estado nunca en el erial de Seis, ni cruzado en barca los lagos de Gudenaa, pero ahora iba a hacerlo: el barquero lo había invitado, y la víspera se fue con él a su casa.
A la madrugada los dos niños se instalaron sobre la leña apilada en la barca y desayunaron con pan y frambuesas. El barquero y su ayudante impulsaban la embarcación con sus pértigas; la corriente les facilitaba el trabajo, y así descendieron el río y atravesaron los lagos, que parecían cerrados por todas partes por el bosque y los cañaverales. Sin embargo, siempre encontraban un paso por entre los altos árboles, que inclinaban las ramas hasta casi tocar el suelo, y los robles que las alargaban a su encuentro, como si, habiéndose recogido las mangas, quisieran mostrarles sus desnudos y nudosos brazos. Viejos alisos que la corriente había arrancado de la orilla, se agarraban fuertemente al suelo por las raíces, formando islitas de bosque. Los nenúfares se mecían en el agua; era un viaje delicioso. Finalmente llegaron a las anguileras, donde el agua rugía al pasar por las esclusas. ¡Cuántas cosas nuevas estaban viendo Ib y Cristina!
En aquel entonces no había allí ninguna fábrica ni ninguna ciudad, y tan sólo se veían la vieja granja, en la que trabajaban unos cuantos hombres. El agua, al precipitarse por las esclusas, y el griterío de los patos salvajes, eran los únicos signos de vida, que se sucedían sin interrupción. Una vez descargada la leña, el padre de Cristina compró un buen manojo de anguilas y un cochinillo recién sacrificado, y lo guardó todo en un cesto, que puso en la popa de la embarcación. Luego emprendieron el regreso, contra corriente, pero como el viento era favorable y pudieron tender las velas, la cosa marchaba tan bien como si un par de caballos tirasen de la barca.
Al llegar a un lugar del bosque cercano a la vivienda del ayudante, éste y el padre de Cristina desembarcaron, después de recomendar a los niños que se estuviesen muy quietecitos y formales. Pero ellos no obedecieron durante mucho rato; quisieron ver el interior del cesto que contenía el lechoncito; sacaron el animal, y, como los dos se empeñaron en sostenerlo, se les cayó al agua, y la corriente se lo llevó. Fue un suceso horrible.
Ib saltó a tierra y echó a correr un trecho; luego saltó también Cristina.
- ¡Llévame contigo! - gritó, y se metieron saltando entre la maleza; pronto perdieron de vista la barca y el río. Continuaron corriendo otro pequeño trecho, pero luego Cristina se cayó y se echó a llorar; Ib acudió a ayudarla.
- Ven conmigo - dijo -, la casa está allá arriba -. Pero no era así. Siguieron errando por un terreno cubierto de hojas marchitas y de ramas secas caídas, que crujían bajo sus piececitos. De pronto oyeron un penetrante grito. Se detuvieron y escucharon. Entonces resonó el chillido de un águila - era un chillido siniestro, - que los asustó en extremo. Sin embargo, delante de ellos, en lo espeso del bosque, crecían en número infinito magníficos arándanos. Era demasiado tentador para que pudieran pasar de largo, y se entretuvieron comiendo las bayas, manchándose de azul la boca y las mejillas. En esto se oyó otra llamada.
- ¡Nos pegarán por lo del lechón! - dijo Cristina.
- Vámonos a casa - respondió Ib -; está aquí en el bosque.
Se pusieron en marcha y llegaron a un camino de carros, pero que no conducía a su casa. Mientras tanto había oscurecido, y los niños tenían miedo. El singular silencio que los rodeaba era sólo interrumpido por el feo grito del búho o de otras aves que no conocían los niños. Finalmente se enredaron entre la maleza. Cristina rompió a llorar e Ib hizo lo mismo, y cuando hubieron llorado por espacio de una hora, se tumbaron sobre las hojas y se quedaron dormidos.
El sol se hallaba ya muy alto en el cielo cuando despertaron; tenían frío, pero Ib pensó que subiéndose a una loma cercana a poca distancia, donde el sol brillaba por entre los árboles, podrían calentarse y, además, verían la casa de sus padres. Pero lo cierto es que se encontraban muy lejos de ella, en el extremo opuesto del bosque. Treparon a la cumbre del montículo y se encontraron en una ladera que descendía a un lago claro y transparente; los peces aparecían alineados, visibles a los rayos del sol. Fue un espectáculo totalmente inesperado, y por otra parte descubrieron junto a ellos un avellano muy cargado de frutos, a veces siete en un solo manojo. Cogieron las avellanas, rompieron las cáscaras y se comieron los frutos tiernos, que empezaban ya a estar en sazón. Luego vino una nueva sorpresa, mejor dicho, un susto: del espesor de bosque salió una mujer vieja y alta, de rostro moreno y cabello negro y brillante; el blanco de sus ojos resaltaba como en los de un moro. Llevaba un lío a la espalda y un nudoso bastón en la mano; era una gitana. Los niños, al principio, no comprendieron lo que dijo, pero entonces la mujer se sacó del bolsillo tres gruesas avellanas, en cada una de las cuales, según dijo, se contenían las cosas más maravillosas; eran avellanas mágicas.
Ib la miró; la mujer parecía muy amable, y el chiquillo, cobrando ánimo, le preguntó si le daría las avellanas. Ella se las dio, y luego se llenó el bolsillo de las que había en el arbusto.
Ib y Cristina contemplaron con ojos abiertos las tres avellanas maravillosas.
- ¿Habrá en ésta un coche con caballos? - preguntó Ib.
- Hay una carroza de oro con caballos de oro también - contestó la vieja.
- ¡Entonces dámela! - dijo Cristinita. Ib se la entregó, y la mujer la ató en la bufanda de la niña.
- ¿Y en ésta, no habría una bufanda tan bonita como la de Cristina? - inquirió Ib.
- ¡Diez hay! - contestó la mujer - y además hermosos vestidos, medias y un sombrero.
- ¡Pues también la quiero! - dijo Cristina; e Ib le dio la segunda avellana. La tercera era pequeña y negra.
- Tú puedes quedarte con ésta - dijo Cristina -, también es bonita.
- ¿Y qué hay dentro? - preguntó el niño.
- Lo mejor para ti - respondió la gitana.
Y el pequeño se guardó la avellana. Entonces la mujer se ofreció a enseñarles el camino que conducía a su casa, y, con su ayuda, Ib y Cristina regresaron a ella, encontrando a la familia angustiada por su desaparición. Los perdonaron, pese a que se habían hecho acreedores a una buena paliza, en primer lugar por haber dejado caer al agua el lechoncito, y después por su escapada.
Cristina se volvió a su casita del erial, mientras Ib se quedaba en la suya del bosque. Al anochecer lo primero que hizo fue sacar la avellana que encerraba «lo mejor». La puso entre la puerta y el marco, apretó, y la avellana se partió con un crujido; pero dentro no tenía carne, sino que estaba llena de una especie de rapé o tierra negra. Estaba agusanada, como suele decirse.
«¡Ya me lo figuraba! - pensó Ib -. ¿Cómo en una avellana tan pequeña, iba a haber sitio para lo mejor de todo? Tampoco Cristina encontrará en las suyas ni los lindos vestidos ni el coche de oro».
Llegó el invierno y el Año Nuevo.
Pasaron otros varios años. El niño tuvo que ir a la escuela de confirmandos, y el párroco vivía lejos. Por aquellos días presentóse el barquero y dijo a los padres de Ib que Cristina debía marcharse de casa, a ganarse el pan. Había tenido la suerte de caer en buenas manos, es decir, de ir a servir a la casa de personas excelentes, que eran los ricos fondistas de la comarca de Herning. Entraría en la casa para ayudar a la dueña, y si se portaba bien, seguiría con ellos una vez recibida la confirmación.
Ib y Cristina se despidieron; todo el mundo los llamaba «los novios». Al separarse le enseñó ella las dos nueces que él le diera el día en que se habían perdido en el bosque, y que todavía guardaba; y le dijo, además, que conservaba asimismo en su baúl los zuequitos que él le había hecho y regalado. Y luego se separaron.
Ib recibió la confirmación, pero se quedó en casa de su madre; era un buen oficial zuequero, y en verano cuidaba de la buena marcha de la pequeña finca. La mujer sólo lo tenía a él, pues el padre había muerto.
Raras veces - y aun éstas por medio de un postillón o de un campesino de Aal - recibía noticias de Cristina. Estaba contenta en la casa de los ricos fondistas, y el día de su confirmación escribió a su padre, y en la carta, enviaba saludos para Ib y su madre. Algo decía también de seis camisas nuevas y un bonito vestido que le habían regalado los señores. Realmente eran buenas noticias.
- A la primavera siguiente, un hermoso día llamaron a la puerta de Ib y su madre. Eran el barquero y Cristina. Le habían dado permiso para hacer una breve visita a su casa, y, habiendo encontrado una oportunidad para ir a Tem y regresar el mismo día, la había aprovechado. Era linda y elegante como una auténtica señorita, y llevaba un hermoso vestido, confeccionado con gusto extremo y que le sentaba a las mil maravillas. Allí estaba ataviada como una reina, mientras Ib la recibía en sus viejos indumentos de trabajo. No supo decirle una palabra; cierto que le estrechó la mano y, reteniéndola, sintióse feliz, pero sus labios no acertaban a moverse. No así Cristina, que habló y contó muchas cosas y dio un beso a Ib.
- ¿Acaso no me conoces? - le preguntó. Pero incluso cuando estuvieron solos él, sin soltarle la mano, no sabía decirle sino:
- ¡Te has vuelto una señorita, y yo voy tan desastrado! ¡Cuánto he pensado en ti y en aquellos tiempos de antes!
Cogidos del brazo subieron al montículo y contemplaron, por encima del Gudenaa, el erial de Seis con sus grandes colinas; pero Ib permanecía callado. Sin embargo, al separarse vio bien claro en el alma que Cristina debía ser su esposa; ya de niños los habían llamado los novios; le pareció que eran prometidos, a pesar de que ni uno ni otro habían pronunciado la promesa.
Muy pocas horas pudieron permanecer juntos, pues ella debía regresar a Tem para emprender el viaje de vuelta al día siguiente. Su padre e Ib la acompañaron hasta Tem; era luna llena, y cuando llegaron, el mozo, que retenía aún la mano de Cristina, no podía avenirse a soltarla; tenía los ojos serenos, pero las palabras brotaban lentas y torpes, aunque cada una le salía del corazón:
- Si no te has acostumbrado al lujo - le dijo - y puedes resignarte a vivir conmigo en la casa de mi madre, algún día seremos marido y mujer. Pero podemos esperar todavía un poquitín.
- Sí, esperemos un poco, Ib - respondió ella, estrechándole la mano, mientras él la besaba en la boca -. ¡Confío en ti, Ib! ­ dijo Cristina - y creo que te quiero; pero déjame que lo piense bien.
Y se despidieron. Ib explicó al barquero que él y Cristina estaban como quien dice prometidos, y el hombre contestó que siempre había pensado que la cosa terminaría de aquel modo. Acompañó a Ib a su casa y durmió en su misma cama, y ya no se habló más del noviazgo.
Había transcurrido un año; entre Ib y Cristina se habían cruzado dos cartas, con las palabras «fiel hasta la muerte» por antefirma. Un día el barquero se presentó en casa de Ib, trayéndole saludos de la muchacha y un encargo algo más peliagudo. Resultó que a Cristina le iban muy bien las cosas, más que bien incluso; era una joven muy guapa, apreciada y estimada. El hijo del fondista había estado en su casa, de visita. Vivía en Copenhague, con un buen empleo en una gran casa comercial. Se prendó de Cristina, a ella le gustó también, y los padres no veían la cosa con malos ojos. Pero a la muchacha le remordía la conciencia, sabiendo que Ib seguía pensando en ella, y por eso estaba dispuesta a renunciar a su felicidad, dijo el barquero.
De momento Ib no contestó una palabra, pero se puso pálido como la cera; luego, sacudiendo la cabeza, exclamó:
- No quiero que Cristina renuncie a su felicidad.
- Escríbele unas palabras - dijo el barquero.
Ib escribió, sólo que no encontraba las palabras a propósito, por lo que rasgó muchas hojas; pero al día siguiente había conseguido, redactar la carta dirigida a la muchacha: «He leído la carta que escribiste a tu padre, y por ella veo que las cosas te van espléndidamente y que puedes esperar todavía otras mejores. Pregunta a tu propio corazón, Cristina, y reflexiona en lo que te espera si te casas conmigo. Muy poco es lo que puedo ofrecerte. No pienses en mí ni en lo que de mí haya de ser, piensa sólo en tu felicidad. No estás ligada a mí por ninguna promesa, y si acaso me la diste en tu corazón, te desligo de ella. Que toda la ventura del mundo acuda a ti, Cristinita. Dios sabrá encontrar consuelo para mi corazón. Para siempre tu sincero amigo Ib».
La carta fue expedida, y Cristina la recibió.
Se publicaron las amonestaciones en la iglesia del erial y en Copenhague, donde residía el novio, y allí se trasladó la moza con su suegra, pues los negocios impedían al novio emprender el largo viaje hasta Jutlandia. Según lo convenido, Cristina se encontró con su padre en el pueblo de Funder; estaba en el camino a la capital, y era el más cómodo para él; allí se despidieron padre e hija. Cambiaron algunas palabras, pero no había noticias de Ib; se había vuelto muy ensimismado, según decía su anciana madre. Sí, se había vuelto caviloso y retraído; por eso le vinieron a la memoria las tres avellanas que de niño le diera la gitana, de las cuales había cedido dos a Cristina. Eran avellanas mágicas, y en una de ellas se encerraba una carroza de oro con caballos dorados, y en la otra hermosísimos vestidos. Sí, había resultado verdad. Ahora le esperaba una vida magnífica en la capital del reino, Copenhague. Para ella se había cumplido el vaticinio... En cambio, la nuez de Ib contenía sólo tierra negra. «Lo mejor para él», como dijera la gitana; sí, y también esto se había cumplido; para él, lo mejor era la negra tierra. Ahora comprendía claramente lo que la mujer quiso significar: para él, lo mejor era la negra tierra, la tumba.
Pasaron años - a Ib no le parecieron muchos, pero en realidad, fueron muchos -; los viejos fondistas murieron con poco tiempo de diferencia, y su hijo heredó toda su fortuna, una porción de miles de escudos. Cristina pudo viajar en carroza dorada y llevar hermosos vestidos.
Durante dos largos años, el padre de Cristina no recibió carta de su hija, y cuando, por fin, llegó la primera, no respiraba precisamente alegría y bienestar. ¡Pobre Cristina! Ni ella ni su marido habían sabido observar moderación en la riqueza; el dinero se había fundido con la misma facilidad con que vino; no les había traído la prosperidad, por su misma culpa.
Florecieron los brezos y se marchitaron; varios inviernos vieron la nieve caer sobre el erial de Seis y sobre el montículo, donde Ib vivía al abrigo del viento. Brillaba el sol de primavera, e Ib estaba arando su campo. De pronto le pareció que la reja del arado chocaba con un pedernal; un objeto extraño, semejante a una viruta negra, salió a la superficie, y al recogerlo Ib vio que era de metal; el punto donde había chocado el arado despedía un intenso brillo. Era un pesado brazalete de oro de la antigüedad pagana. Pertenecía a una tumba antigua, que encerraba valiosos adornos. Ib lo mostró al párroco, quien le reveló el alto valor del hallazgo. Fuese con él al juez comarcal, quien informó a Copenhague y aconsejó a Ib que llevase personalmente el precioso objeto a las autoridades correspondientes.
- Has encontrado en la tierra lo mejor que podías encontrar - le dijo el juez.
«¡Lo mejor! - pensó Ib -. ¡Lo mejor para mí, y en la tierra! Así también conmigo tuvo razón la gitana, suponiendo que sea esto lo mejor».
Ib se embarcó en Aarhus para Copenhague; para él, que sólo había llegado hasta Gudenaa, aquello representaba un viaje alrededor del mundo. Y llegó a Copenhague.
Le pagaron el valor del oro encontrado, una buena cantidad: seiscientos escudos. Nuestro hombre, venido del bosque de Seisheide, se entretuvo vagando por las calles de la capital.
Justamente la víspera del día en que debía embarcar para el viaje de regreso, equivocó la dirección entre la maraña de callejas, y, por el puente de madera, fue a parar a Christianshafen, en lugar de a la Puerta del Oeste. Había seguido hacia Poniente, pero no llegó adonde debiera. En toda la calle no se veía un alma, cuando de pronto una chiquilla salió de una mísera casucha; Ib le pidió que le indicase el camino de su posada. La pequeña se quedó perpleja, lo miró y prorrumpió en amargo llanto. Le preguntó él qué le ocurría; la niña respondió algo ininteligible. Se encontraron debajo de un farol, y al dar la luz en el rostro de la rapazuela, sintió Ib una impresión extraña, pues veía ante sí a Cristinita, su vivo retrato, tal como la recordaba del tiempo en que ambos eran niños.
Siguiendo a la chiquilla a su pobre casucha, subió la estrecha y ruinosa escalera, hasta una reducida buhardilla sesgada, bajo el tejado. Llenaba el cuarto una atmósfera pesada y opresiva, y no había luz. De un rincón llegó un suspiro, seguido de una respiración fatigosa. Ib encendió una cerilla. Era la madre de la criatura, tendida en un mísero lecho.
- ¿Puedo hacer algo por usted? - preguntó Ib -. La pequeña me ha guiado hasta aquí, pero soy forastero en la ciudad. ¿No hay algún vecino o alguien a quien pueda llamar? -. Y levantó la cabeza de la enferma.
Era Cristina, la del erial de Seis.
Hacía años que su nombre no se había mencionado en Jutlandia; sólo hubiera servido para turbar la mente de Ib. Y tampoco eran buenos los rumores que se oían, y que resultaron ser ciertos. El mucho dinero heredado de los padres se le había subido a la cabeza al hijo, volviéndole arrogante. Dejó su buena colocación; por espacio de medio año viajó por el extranjero; a su regreso contrajo deudas, pero sin dejar de vivir rumbosamente. La balanza se inclinaba cada vez más, hasta que cayó del todo. Sus numerosos compañeros de francachelas decían de él que llevaba su merecido, pues había administrado su fortuna como un insensato. Una mañana encontraron su cadáver en el canal del jardín de Palacio.
Cristina llevaba ya la muerte en el corazón; su hijo menor, concebido en la prosperidad, nacido en la miseria, yacía ya en la tumba, tras unas semanas de vida. Enferma de muerte y abandonada de todos, yacía ahora Cristina en una mísera buhardilla, sumida en una miseria que de seguro no hubiera encontrado insoportable en sus años infantiles del erial de Seis. Ahora empero, acostumbrada a cosas mejores, la pobreza le era intolerable. Aquella pequeña era su hija mayor - otra Cristinita, que había sufrido con ella hambre y privaciones -, y ella había traído a Ib a su vera.
- Mi pena es morir dejando a esta pobre criatura - suspiró la madre -. ¿Qué será de ella en el mundo? -. Nada más pudo decir.
Ib encendió otra cerilla y un cabo de vela que encontró, y la luz iluminó la pobre habitación.
El hombre, al mirar a la chiquilla, pensó en Cristina, cuando era niña aún; por amor de la madre recogería a la hija, aquella hija a quien no conocía. La moribunda clavó en él la mirada, y sus ojos se abrieron desmesuradamente: ¿lo habría reconocido? Él jamás lo supo, pues ni una palabra salió ya de sus labios.

* * *

El escenario era el bosque del Gudenaa, cerca del erial de Seis; la atmósfera era gris, y los brezos estaban marchitos; las tormentas de Poniente barrían las hojas amarillas, arrojándolas al río y al otro lado del erial, donde se levantaba la casa de turba del barquero, habitada ahora por personas desconocidas. Pero bajo el Aas, resguardada del viento por los altos árboles, alzábase la casita, blanqueada y pintada. En el interior ardía la turba en el horno y entraba el sol, que se reflejaba en dos ojos infantiles; el canto primaveral de la alondra resonaba en las palabras que salían de la boquita roja y sonriente: había allí vida y alegría, pues Cristinita estaba presente. Estaba sentada en las rodillas de Ib, que era para ella padre y madre a la vez - aquellos padres que habían desaparecido como se esfuma el sueño para niños y mayores. Ib vivía en la casita linda y bien cuidada, en desahogada posición; la madre de la chiquilla yacía en el cementerio de los pobres de la ciudad de Copenhague.
Ib tenía dinero en su arca, se decía; ¡oro de la negra tierra! Y tenía, además, a Cristinita.
Nær ved Gudenå, inde i Silkeborg Skov, løfter sig en landryg, som en stor vold, den kaldes "åsen" og under den mod vest lå, ja der ligger endnu, et lille bondehus med magre jorder; sandet skinner igennem den tynde rug- og bygager. Det er nu en del år siden; folkene, som boede der, drev deres lille avling, havde dertil tre får, et svin og to stude; kort sagt, de havde det ret vel til føden, når man tager den, som man har den, ja de kunne vel også have bragt det til at holde et par heste, men de sagde, som de andre bønder derovre: "Hesten æder sig selv!" – den tærer for det gode den gør. Jeppe-Jæns drev sin lille jordlod om sommeren, og var om vinteren en flink træskomand. Han havde da også medhjælp, en karl, der forstod at skære træsko, der var både stærke, lette og med facon; ske og slev skar de; det gav skillinger, man kunne ikke kalde Jeppe-Jæns for fattigfolk.

Lille Ib, den syvårs dreng, husets eneste barn sad og så til, skar i en pind, skar sig også i fingrene, men en dag havde han snittet to stykker træ, så at de så ud, som små træsko, de skulle, sagde han, foræres til lille Christine, og det var prammandens lille datter, og hun var så fin og så yndelig, som et herskabsbarn; havde hun klæder skåret, som hun var født og båret, så ville ingen tro at hun var fra lyngtørvhuset på Sejshede. Derovre boede hendes fader, der var enkemand og ernærede sig ved at pramme brænde fra skoven ned til Silkeborg åleværk, ja tit derfra videre op til Randers. Ingen havde han, der kunne tage vare på lille Christine, der var et år yngre end Ib og så var hun næsten altid hos ham, på prammen og mellem lyngen og tyttebærbuskene; skulle han endelig helt op til Randers, ja så kom lille Christine over til Jeppe-Jæns'.

Ib og lille Christine kom godt ud af det ved leg og ved fad; de rodede og de gravede, de krøb og de gik, og en dag vovede de sig ene to næsten helt op på åsen og et stykke ind i skoven, engang fandt de dér sneppeæg, det var en stor begivenhed.

Ib havde endnu aldrig været ovre på Sejshede, aldrig prammet igennem søerne ad Gudenå, men nu skulle han det: Han var indbudt af prammanden og aftnen forud fulgte han hjem med ham.

På de højt opstablede brændestykker i prammen sad tidlig om morgnen de to børn og spiste brød og hindbær. Prammanden og hans medhjælper stagede sig frem, det gik med strømmen, i rask fart ned ad åen, gennem søerne, der syntes at lukke sig ved skov og ved siv, men altid var der dog gennemfart, om endogså de gamle træer hældede sig helt ud og egetræerne strakte frem afskallede grene, ligesom om de havde opsmøgede ærmer og ville vise deres knudrede, nøgne arme; gamle elletræer, som strømmen havde løsnet fra skrænten, holdt sig med rødderne fast ved bunden, og så ud ligesom små skovøer; åkander vuggede på vandet; det var en dejlig fart! – og så kom man til åleværket, hvor vandet brusede gennem sluserne; det var noget for Ib og Christine at se på!

Dengang var endnu hernede hverken fabrik eller by, her stod kun den gamle avlsgård og besætningen der var ikke stor, vandets fald gennem slusen og vildandens skrig, det var dengang den stadigste livlighed. – Da nu brændet var prammet om, købte Christines fader sig et stort knippe ål og en lille slagtet gris, der alt tilsammen i en kurv blev stillet agter ude på prammen. Nu gik det mod strømmen hjem, men vinden var med og da de satte sejl til, var det lige så godt, som om de havde to heste for.

Da de med prammen var så højt oppe under skoven, at de lå ud for hvor manden, der hjalp med at pramme, havde kun et kort stykke hjem, så gik han og Christines fader i land, men pålagde børnene at forholde sig rolige og forsigtige, men det gjorde de ikke længe, de måtte se ned i kurven hvor ålene og grisen gemtes og grisen måtte de løfte på og holde den, og da de begge ville holde den så tabte de den og det lige ud i vandet; der drev den på strømmen, det var en forfærdelig begivenhed.

Ib sprang i land og løb et lille stykke, så kom også Christine; "tag mig med dig!" råbte hun, og nu var de snart inde i buskene, de så ikke længere prammen eller åen; et lille stykke endnu løb de, så faldt Christine og græd; Ib fik hende op.

"Kom med mig!" sagde han. "Huset ligger derovre!" men det lå ikke derovre. De gik og de gik, over vissent løv og tørre nedfaldne grene, der knagede under deres små fødder; nu hørte de en stærk råben – de stod stille og lyttede; nu skreg en ørn, det var et fælt skrig, de blev ganske forskrækket, men foran dem, inde i skoven, voksede de dejligste blåbær, en utrolig mængde; det var alt for indbydende til ikke at blive og de blev og de spiste, og blev ganske blå om mund og kinder. Nu hørtes igen en råben.

"Vi får bank for grisen!" sagde Christine.

"Lad os gå hjem til vort!" sagde Ib; "det er her i skoven!" og de gik; de kom på en kørevej, men hjem førte den ikke, mørkt blev det og angst var de. Den forunderlige stilhed rundt om afbrødes ved fæle skrig af den store hornugle eller lyd fra fugle, de ikke kendte; endelig stod de begge to fast i en busk, Christine græd og Ib græd, og da de så havde grædt en stund lagde de sig i løvet og faldt i søvn.

Solen var højt oppe da de vågnede, de frøs, men oppe på højden tæt ved, skinnede solen ned mellem træerne, der kunne de varme sig og derfra, mente Ib, måtte de kunne se hans forældres hus; men de var langt fra det, i en ganske anden del af skoven. De kravlede helt op på højden og stod på en skrænt ved en klar, gennemsigtig sø; fiskene i den stod i stime belyst af solstrålerne; det var så uventet hvad de så og tæt ved var en stor busk fuld af nødder, ja sågar syv kløvser; og de plukkede og de knækkede og fik de fine kærner, der havde begyndt at sætte sig, – og så kom der endnu en overraskelse, en forskrækkelse. Fra busken trådte frem en stor, gammel kone, hvis ansigt var så brunt og håret så glinsende og sort; det hvide i hendes øjne skinnede ligesom på en morian; hun havde en bylt på nakken, og en knortekæp i hånden; hun var en taterske. Børnene forstod ikke straks hvad hun sagde; og hun tog tre store nødder op af lommen, inde i hver lå de dejligste ting gemt, fortalte hun, det var ønskenødder.

Ib så på hende, hun var så venlig, og så tog han sig sammen og spurgte, om han måtte have de nødder og konen gav ham dem og plukkede sig en hel lomme fuld af dem på busken.

Og Ib og Christine så med store øjne på de tre ønskenødder.

"Er der i den en vogn med heste for?" spurgte Ib.

"Der er en guldkaret med guldheste!" sagde konen.

"Så giv mig den!" sagde lille Christine, og Ib gav hende den og konen knyttede nødden ind i hendes halstørklæde.

"Er der inde i denne sådant et lille kønt halsklæde, som det Christine dér har?" spurgte Ib.

"Der er ti halsklæder!" sagde konen, "der er fine kjoler, strømper og hat!"

"Så vil jeg også have den!" sagde Christine, og lille Ib gav hende også den anden nød; den tredje var en lille sort en.

"Den skal du beholde!" sagde Christine, "og den er også køn."

"Og hvad er der i den?" spurgte Ib.

"Det allerbedste for dig!" sagde taterkonen.

Og Ib holdt fast på nødden. Konen lovede at føre dem på rette vej hjem, og de gik, men rigtignok i en ganske modsat retning, end de skulle gå, men derfor tør man ikke beskylde hende for, at hun ville stjæle børn.

I den vildsomme skov mødte de skovløberen Chræn, han kendte Ib, og ved ham kom Ib med lille Christine hjem, hvor man var i stor angst for dem, og tilgivelse fik de, skønt de havde begge fortjent et godt livfuldt ris, først fordi de lod grisen falde i vandet og dernæst at de var løbet deres vej.

Christine kom hjem på heden og Ib blev i det lille skovhus; det første han der om aftnen gjorde, var at tage frem nødden, der gemte "det allerbedste"; – han lagde den mellem døren og dørkarmen, klemte så til, nødden knak, men ikke kerne skabt var der at se, den var fyldt ligesom med snus eller muldjord; der var gået orm i den, som det kaldes.

"Ja, det kunne jeg nok tænke!" mente Ib, "hvor skulle der, inde i den lille nød, være plads for det allerbedste! Christine får hverken fine klæder eller guldkaret ud af sine to nødder!"

Og vinteren kom og det nye år kom.

Og der gik flere åringer. Nu skulle Ib gå til præsten og han boede langvejs borte. På den tid kom en dag prammanden og fortalte hos Ibs forældre, at lille Christine skulle nu ud at tjene for sit brød, og at det var en sand lykke for hende, at hun kom i de hænder, hun kom, fik tjeneste hos sådanne brave folk; tænk, hun skulle til de rige krofolk i Herningkanten, vesterpå; der skulle hun gå mor til hånde og siden, når hun skikkede sig og der var konfirmeret, ville de beholde hende.

Og Ib og Christine tog afsked fra hinanden: Kærestefolkene blev de kaldt; og hun viste ham ved afskeden, at hun endnu havde de to nødder, som hun fik af ham da de løb vild i skoven, og hun sagde, at hun i sin klædekiste gemte de små træsko, han som dreng havde skåret og foræret hende. Og så skiltes de.

Ib blev konfirmeret, men i sin moders hus blev han, for han var en flink træskosnider og han passede godt om sommeren den lille avling, hans moder havde kun ham dertil, Ibs fader var død.

Kun sjældent, og det var da ved en postkarl eller en ålebonde, hørte man om Christine: Det gik hende godt hos de rige krofolk og da hun var blevet konfirmeret, skrev hun til faderen brev med hilsen til Ib og hans moder; i brevet stod om seks nye særke og en dejlig klædning, Christine havde fået af husbond og madmor. Det var rigtignok gode tidender.

Foråret derefter, en smuk dag, bankede det på Ibs og hans moders dør, det var prammanden med Christine; hun var kommet i besøg på en dags tid; der var just en lejlighed til Them og igen tilbage, og den benyttede hun. Smuk var hun, som en fin frøken, og gode klæder havde hun, de var syede vel og de passede til hende. I fuld stads stod hun og Ib var i de daglige, gamle klæder. Han kunne slet ikke komme til mæle; vel tog han hendes hånd, holdt den så fast, var så inderlig glad, men munden kunne han ikke få på gang, det kunne lille Christine, hun talte, hun vidste at fortælle og hun kyssede Ib lige på munden:

"Kender du mig ikke nok!" sagde hun; men selv da de var ene to og han endnu stod og holdt hende i hånden, var alt hvad han kunne sige, alene det: "Du er blevet ligesom en fin dame! og jeg ser så pjusket ud! hvor jeg har tænkt på dig, Christine! og på gamle tider!"

Og de gik arm i arm op på åsen og så over Gudenå til Sejshede med de store lyngbanker, men Ib sagde ikke noget, dog da de skiltes ad, var det klart for ham, at Christine måtte blive hans kone, de var jo fra små kaldt kærestefolk, de var, syntes han, et forlovet par, uagtet ingen af dem selv havde sagt det.

Kun nogle timer endnu kunne de være sammen, for hun skulle igen til Them, hvorfra tidlig næste morgen vognen kørte tilbage vesterpå. Faderen og Ib fulgte med til Them, det var klart måneskin, og da de kom der og Ib endnu holdt Christines hånd, kunne han ikke slippe den, hans øjne de var så klare, men ordene faldt kun småt, men det var hjerteord hvert eneste et: "Er du ikke blevet for fint vant," sagde han, "og kan du finde dig i at leve i vor mors hus med mig, som ægtemand, så bliver vi to engang mand og kone! – – men vi kan jo vente lidt!"

"Ja, lad os se tiden an, Ib!" sagde hun; og så trykkede hun hans hånd og han kyssede hende på hendes mund. "Jeg stoler på dig, Ib!" sagde Christine, "og jeg tror, at jeg holder af dig! men lad mig sove på det!"

Og så skiltes de ad. Og Ib sagde til prammanden, at han og Christine var nu så godt som forlovede, og prammanden fandt, at det var, som han altid havde tænkt om det; og han fulgte hjem med Ib og sov der i seng med ham, og der taltes så ikke mere om forlovelsen.

Et år var gået; to breve var vekslet mellem Ib og Christine; "trofast til døden!" stod der ved underskriften. En dag trådte prammanden ind til Ib, han havde hilsen til ham fra Christine; hvad mere han havde at sige, gik det lidt langsomt med, men det var det, at det gik Christine vel, mere end vel, hun var jo en køn pige, agtet og afholdt. Kromandens søn havde været hjemme på besøg; han var ansat ved noget stort i København, ved et kontor: Han syntes godt om Christine, hun fandt ham også efter sit sind, hans forældre var nok ikke uvillige, men nu lå det dog Christine på hjertet, at nok Ib tænkte så meget på hende, og så havde hun betænkt at skyde lykken fra sig, sagde prammanden.

Ib sagde i førstningen ikke et ord, men han blev lige så hvid, som et klæde, rystede lidt med hovedet og så sagde han: "Christine må ikke skyde sin lykke fra sig!"

"Skriv hende det par ord til!" sagde prammanden.

Og Ib skrev også, men han kunne ikke ret sætte ordene sammen, som han ville, og han slog streg over og han rev itu, – men om morgnen var der et brev i stand til lille Christine, og her er det!

– "Det brev, du har skrevet til din fader, har jeg læst og ser, at det går dig vel i alle måder og at du kan få det endnu bedre! Spørg dit hjerte ad, Christine! og tænk vel over hvad du går ind til, om du tager mig; det er kun ringe hvad jeg har. Tænk ikke på mig og hvordan jeg har det, men tænk på dit eget gavn! Mig er du ikke bundet til ved løfte, og har du i dit hjerte givet mig et, så løser jeg dig fra det. Alverdens glæde være over dig, lille Christine! Vorherre har vel trøst for mit hjerte!

Altid din inderlige ven,
Ib."

Og brevet blev afsendt og Christine fik det.

Ved mortensdagstider blev der lyst fra prædikestolen for hende, i kirken på heden og ovre i København, hvor brudgommen var, og derover rejste hun med sin madmor, da brudgommen, for sine mange forretningers skyld, ikke kunne komme så langt over i Jylland. Christine havde, efter aftale, truffet sammen med sin fader i landsbyen Funder, som vejen går igennem og som var ham det nærmeste mødested; der tog de to afsked. Derom kom til at falde et par ord, men Ib sagde ikke noget; han var blevet så eftertænksom, sagde hans gamle mor; ja eftertænksom var han, og derfor randt ham i tanke de tre nødder, han som barn fik af taterkonen og gav Christine de to af, det var ønskenødder, i hendes den ene lå jo en guldkaret med heste, i den anden de dejligste klæder; det slog til! al den herlighed fik hun nu ovre i kongens København! for hende gik det i opfyldelse –! for Ib var der i nødden kun den sorte muld. "Det allerbedste" for ham, havde taterkonen sagt, – jo, også det gik i opfyldelse! den sorte muld var ham det bedste. Nu forstod han tydeligt hvad konen havde ment: I den sorte jord, i gravens gemme, der var det ham det allerbedste!

Og der gik åringer, – ikke mange, men lange, syntes Ib; de gamle krofolk døde bort, den ene kort efter den anden; al velstanden, mange tusinde rigsdaler gik til sønnen. Ja, nu kunne Christine få guldkaret og fine klæder nok.

I to lange år, som fulgte, kom ikke brev fra Christine, og da så faderen fik et, var det slet ikke skrevet i velstand og fornøjelse. Stakkels Christine! hverken hun eller hendes mand havde vidst at holde måde på rigdommen, den gik, som den kom, der var ingen velsignelse ved den, for de ville det ikke selv.

Og lyngen stod i blomster og lyngen tørrede hen; sneen havde mange vintre fyget over Sejs Hede, over åsen hvor Ib boede i læ; forårssolen skinnede og Ib satte ploven i jorden, da skar den, som han troede, hen af en flintesten, der kom ligesom en stor sort høvlspån op over jorden, og da Ib tog på den, mærkede han, at det var et metal, og hvor ploven havde skåret ind i det, skinnede det blankt. Det var en tung, stor armring af guld fra hedenold; kæmpegraven var blevet jævnet her, dens kostelige smykke fundet. Ib viste det til præsten, der sagde ham hvad herligt det var og derfra gik Ib med det til herredsfogeden, der gav indberetning derom til København og rådede Ib selv at overbringe det kostelige fund.

"Du har fundet i jorden det bedste, du kunne finde!" sagde herredsfogeden.

"Det bedste!" tænkte Ib. "Det allerbedste for mig – og i jorden! så havde taterkvinden dog også ret med mig, når det var det bedste!"

Og Ib gik med smakken fra Århus til kongens København; det var som en rejse over verdenshavet, for ham, som kun havde sat over Gudenå. Og Ib kom til København.

Værdien af det fundne guld blev udbetalt ham, det var en stor sum: seks hundrede rigsdaler. Dér gik i det store, vildsomme København Ib fra skoven ved Sejshede.

Det var netop aftnen før han ville med skipperen tilbage til Århus, da han forvildede sig i gaderne, kom i en ganske anden retning, end den han ville, og var, over Knippelsbro, kommet til Christianshavn i stedet for ned mod volden ved Vesterport! Han styrede ganske rigtigt vesterpå, men ikke hvor han skulle. Der var ikke et menneske at se på gaden. Da kom der en lille bitte pige ud fra et fattigt hus; Ib talte til hende om vejen, han søgte; hun studsede, så op på ham og var i heftig gråd. Nu var hans spørgsmål, hvad hun fejlede, hun sagde noget, som han ikke forstod og idet de begge var lige under en lygte, og lyset fra den skinnede hende lige ind i ansigtet, blev han ganske underlig, for det var livagtig lille Christine han så, ganske, som han huskede hende fra de begge var børn.

Og han gik med den lille pige ind i det fattige hus, op ad den smalle, slidte trappe, højt op til et lille, skråt kammer under taget. Der var en tung, kvalm luft derinde, intet lys tændt; henne i krogen sukkede det og drog vejret trangt. Ib tændte en svovlstik. Det var barnets moder, som lå på den fattige seng.

"Er der noget, jeg kan hjælpe eder med!" sagde Ib. "Den lille fik mig fat, men jeg er fremmed selv her i staden. Er her ingen naboer eller nogen, jeg kan kalde på!" – Og han løftede hendes hoved.

Det var Christine fra Sejshede.

I åringer var derhjemme i Jylland hendes navn ikke blevet nævnt, det ville have rørt op i Ibs stille tankegang, og det var jo ikke heller godt, hvad rygtet og sandheden meldte, at de mange penge, hendes mand fik i arv fra hans forældre, havde gjort ham overmodig og vildsom; sin faste stilling havde han opgivet, rejst et halvt år i fremmede lande, kommet tilbage og gjort gæld og dog flankeret; mere og mere hældede vognen og til sidst væltede den. De mange lystige venner fra hans bord sagde om ham, at han fortjente det, som det gik ham, han havde jo levet, som en gal mand! – Hans lig var en morgen fundet i kanalen i Slotshaven.

Christine gik med døden i sig; hendes yngste lille barn, kun nogle uger gammelt, båret i velstand, født i elendighed, var alt i graven og nu var det så vidt med Christine, at hun lå dødssyg, forladt, på et usselt kammer, usselt, som hun kunne have tålt det i sine unge år på Sejshede, men nu bedre vant, ret følte elendigheden af. Det var hendes ældste, lille barn, også en lille Christine, der led nød og sult med hende, og som havde fået Ib derop.

"Jeg er bange, jeg dør fra det stakkels barn!" fremsukkede hun, "hvor i verden skal hun så hen!" – mere kunne hun ikke sige.

Og Ib fik igen en svovlstik tændt og fandt en stump lys, den brændte og lyste i det usle kammer.

Og Ib så på den lille pige og tænkte på Christine i unge dage; for Christines skyld kunne han være god mod dette barn, som han ikke kendte. Den døende så på ham, hendes øjne blev større og større –! Kendte hun ham? Ikke vidste han det, ikke et ord hørte han hende sige.

––––––––

Og det var i skoven ved Gudenå, nær Sejshede; luften var grå, lyngen stod uden blomster, vestens storme drev det gule løv fra skoven ud i åen og hen over heden hvor græstørvhuset stod, hvor fremmede folk boede; men under åsen, godt i læ bag høje træer stod det lille hus, hvidtet og malet; inde i stuen brændte i kakkelovnen klynetørvene, inde i stuen var solskin, der strålede fra to barneøjne, forårets lærkeslag lød i talen fra dets røde, leende mund; der var liv og lystighed, lille Christine var der; hun sad på Ibs knæ; Ib var hende fader og moder, de var borte, som drømmen er det for barnet og den voksne. Ib sad i det nette, pyntelige hus, en velhavende mand; den lille piges moder lå på de fattiges kirkegård ved kongens København.

Ib havde penge på kistebunden, sagde de, guld fra muld, og han havde jo også lille Christine.




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