ESPAÑOL

El abeto

DANSK

Grantræet


Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
«¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? - suspiraba el arbolillo -. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros».
Éranle indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:
- ¿No sabéis adónde los llevaron? ¿No los habéis visto en alguna parte?
Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:
- Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
- ¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?
- ¡Sería muy largo de contar! - exclamó la cigüeña, y se alejó.
- Alégrate de ser joven - decían los rayos del sol -; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.
Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos - y eran siempre los más hermosos - conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde irán éstos? - preguntábase el abeto -. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».
- ¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! - piaron los gorriones -. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
- ¿Y después? - preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas -. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?
- Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
- ¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? - exclamó gozoso el abeto -. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.
- ¡Gózate con nosotros! - le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.
Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: - ¡Hermoso árbol! -. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
- ¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes - nunca había visto el árbol cosa semejante - flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.
- Esta noche - decían todos -, esta noche sí que brillará.
«¡Oh! - pensaba el árbol -, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».
Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.
Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
- ¡Dios nos ampare! - exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? - pensaba el abeto -. ¿Qué ocurrirá ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.
- ¡Un cuento, un cuento! - gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa. - Pues así estamos en el bosque - dijo -, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Preferís el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
- ¡Ivede-Avede! - pidieron unos, mientras los otros gritaban: - ¡Klumpe-Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: - ¡Otro, otro! -. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» - pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable -. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.
«Mañana no voy a temblar - pensó -. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de Klumpe­Dumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? - preguntóse el árbol -. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera - pensó -. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
- ¡Hace un frío de espanto! - dijeron -. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
- ¡Yo no soy viejo! - protestó el árbol -. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
- ¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? - preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos -. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo; donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
- No lo conozco - respondió el árbol -; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: - ¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
- ¿Yo? - replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles -. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
- ¡Oh! - repitieron los ratones -, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
- ¡Digo que no soy viejo! - repitió el árbol -. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
- ¡Y qué bien sabes contar! - prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
- ¿Quién es Klumpe-Dumpe? - preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.
- ¿Y no sabe usted más que un cuento? - inquirieron las ratas.
- Sólo sé éste - respondió el árbol -. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.
- Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
- No - confesó el árbol.
- Entonces, muchas gracias - replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡Había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
- ¡Mirad lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! - exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! - dijo el pobre abeto -. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en Klumpe­Dumpe - el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar - y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡Adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.
Ude i skoven stod der sådant et nydeligt grantræ; det havde en god plads, sol kunne det få, luft var der nok af, og rundt om voksede mange større kammerater, både gran og fyr; men det lille grantræ var så ilter med at vokse; det tænkte ikke på den varme sol og den friske luft, det brød sig ikke om bønderbørnene der gik og småsnakkede, når de var ude at samle jordbær eller hindbær; tit kom de med en hel krukke fuld eller havde jordbær trukket på strå, så satte de sig ved det lille træ og sagde: "Nej! Hvor det er nydeligt lille!" Det ville træet slet ikke høre.

Året efter var det en lang stilk større, og året efter igen var det endnu en meget længere; thi på et grantræ kan man altid, efter de mange led, det har, se hvor mange år det har vokset.

"Oh, var jeg dog sådant et stort træ, som de andre!" sukkede det lille træ, "så kunne jeg brede mine grene så langt omkring og med toppen se ud i den vide verden! Fuglene ville da bygge rede imellem mine grene, og når det blæste kunne jeg nikke så fornemt, ligesom de andre der!"

Det havde slet ingen fornøjelse af solskinnet, af fuglene eller de røde skyer, som morgen og aften sejlede hen over det.

Var det nu vinter, og sneen rundt omkring lå gnistrende hvid, så kom tit en hare springende, og satte lige over det lille træ, - oh, det var så ærgerligt! - Men to vintre gik, og ved den tredje var træet så stort, at haren måtte gå uden om det. Oh, vokse, vokse, blive stor og gammel, det var dog det eneste dejlige i denne verden, tænkte træet.

I efteråret kom altid brændehuggerne og fældede nogle af de største træer, det skete hvert år, og det unge grantræ, som nu var ganske godt voksent, skælvede derved, thi de store, prægtige træer faldt med en knagen og bragen til jorden; grenene blev hugget fra, de så ganske nøgne, lange og smalle ud; de var næsten ikke til at kende, men så blev de lagt på vogne, og heste trak dem af sted ud af skoven.

Hvor skulle de hen? Hvad forestod dem?

I foråret, da svalen og storken kom, spurgte træet dem: "Ved I ikke, hvor de førtes hen? Har I ikke mødt dem?"

Svalerne vidste ikke noget, men storken så betænkelig ud, nikkede med hovedet og sagde: "Jo, jeg tror det! Jeg mødte mange nye skibe da jeg fløj fra Ægypten; på skibene var prægtige mastetræer, jeg tør sige, at det var dem, de lugtede af gran; jeg kan hilse mange gange, de knejste, de knejste!"

"Oh, var jeg dog også stor nok til at flyve hen over havet! Hvorledes er det egentligt dette hav, og hvad ligner det?"

"Ja det er så vidtløftigt at forklare!" sagde storken, og så gik den.

"Glæd dig ved din ungdom!" sagde solstrålerne; "glæd dig ved din friske vækst, ved det unge liv, som er i dig!"

Og vinden kyssede træet, og duggen græd tårer over det, men det forstod grantræet ikke.

Når det var ved juletid, da blev ganske unge træer fældet, træer som tit ikke engang var så store eller i alder med dette grantræ, der hverken havde rast eller ro, men altid ville af sted; disse unge træer, og de var just de allersmukkeste, beholdt altid alle deres grene, de blev lagt på vogne og heste trak dem af sted ud af skoven.

"Hvorhen skal de?" spurgte grantræet. "De er ikke større end jeg, der var endogså et, der var meget mindre; hvorfor beholder de alle deres grene? Hvor kører de hen?"

"Det ved vi! Det ved vi!" kvidrede gråspurvene. "Vi har nede i byen kigget ind ad ruderne! Vi ved, hvor de kører hen! Oh, de kommer til den største glans og herlighed, der kan tænkes! Vi har kigget ind af vinduerne og set at de bliver plantet midt i den varme stue og pyntet med de dejligste ting, både forgyldte æbler, honningkager, legetøj og mange hundrede lys!"

"Og så -?" spurgte grantræet og bævede i alle grene. "Og så? Hvad sker så?"

"Ja, mere har vi ikke set! Det var mageløst!"

"Mon jeg er blevet til for at gå denne strålende vej?" jublede træet. "Det er endnu bedre, end at gå over havet! Hvor jeg lider af længsel! Var det dog jul! Nu er jeg høj og udstrakt, som de andre, der førtes af sted sidste år! - Oh, var jeg alt på vognen! Var jeg dog i den varme stue med al den pragt og herlighed! Og da -? Ja, da kommer noget endnu bedre, endnu skønnere, hvorfor skulle de ellers således pynte mig! Der må komme noget endnu større, endnu herligere –! Men hvad? Oh, jeg lider! Jeg længes! Jeg ved ikke selv, hvorledes det er med mig!"

"Glæd dig ved mig!" sagde luften og sollyset; "glæd dig ved din friske ungdom ude i det fri!"

Men det glædede sig slet ikke; det voksede og voksede, vinter og sommer stod det grønt; mørkegrønt stod det; folk, som så det, sagde: "Det er et dejligt træ!" og ved juletid blev det fældet først af alle. Øksen huggede dybt igennem marven, træet faldt med et suk hen ad jorden, det følte en smerte, en afmagt, det kunne slet ikke tænke på nogen lykke, det var bedrøvet ved at skilles fra hjemmet, fra den plet, hvor det var skudt frem; det vidste jo, at det aldrig mere så de kære gamle kammerater, de små buske og blomster rundt om, ja måske ikke engang fuglene. Afrejsen var slet ikke noget behageligt.

Træet kom først til sig selv, da det i gården, afpakket med de andre træer, hørte en mand sige: "Det dér er prægtigt! Vi bruger ikke uden det!"

Nu kom to tjenere i fuld stads og bar grantræet ind i en stor, dejlig sal. Rundt om på væggene hang portrætter, og ved den store flisekakkelovn stod store kinesiske vaser med løver på låget; der var gyngestole, silkesofaer, store borde fulde af billedbøger, og med legetøj for hundrede gange hundrede rigsdaler - i det mindste sagde børnene det. Og grantræet blev rejst op i en stor fjerding, fyldt med sand, men ingen kunne se, at det var en fjerding, thi der blev hængt grønt tøj rundt om, og den stod på et stort broget tæppe. Oh, hvor træet bævede! Hvad ville der dog ske? Både tjenere og frøkener gik og pyntede det. På en gren hang de små net, udklippet af kulørt papir; hvert net var fyldt med sukkergodt; forgyldte æbler og valnødder hang, som om de var vokset fast, og over hundrede røde, blå og hvide smålys blev stukket fast i grenene. Dukker, der så livagtig ud som mennesker, - træet havde aldrig set sådanne før - svævede i det grønne, og allerøverst oppe i toppen blev sat en stor stjerne af flitterguld; det var prægtigt, ganske mageløst prægtigt.

"I aften," sagde de alle sammen, "i aften skal det stråle!"

"Oh!" tænkte træet, "var det dog aften! Var bare lysene snart tændt! Og hvad mon da sker? Mon der kommer træer fra skoven og ser på mig? Mon gråspurvene flyver ved ruden? Mon jeg her vokser fast og skal stå pyntet vinter og sommer?"

Jo, det vidste god besked; men det havde ordentligt barkepine af bare længsel, og barkepine er lige så slem for et træ, som hovedpine for os andre.

Nu blev lysene tændt. Hvilken glans, hvilken pragt, træet bævede i alle grene derved, så at et af lysene stak ild i det grønne; det sved ordentligt.

"Gud bevare os!" skreg frøknerne og slukkede i en hast.

Nu turde træet ikke engang bæve. Oh, det var en gru! Det var så bange for at tabe noget af al sin stads; det var ganske fortumlet i al den glans, – – og nu gik begge fløjdøre op, og en mængde børn styrtede ind, som om de ville vælte hele træet; de ældre folk kom besindige bag efter; de små stod ganske tavse, - men kun et øjeblik, så jublede de igen så at det rungede efter; de dansede rundt om træet, og den ene present efter den anden blev plukket af.

"Hvad er det, de gør?" tænkte træet. "Hvad skal der ske?" Og lysene brændte lige ned til grenene, og eftersom de brændte ned, slukkede man dem, og så fik børnene lov til at plyndre træet. Oh, de styrtede ind på det, så at det knagede i alle grene; havde det ikke ved snippen og guldstjernen været bundet fast til loftet, så var det styrtet om.

Børnene dansede rundt med deres prægtige legetøj, ingen så på træet uden den gamle barnepige, der gik og tittede ind imellem grenene, men det var bare for at se, om der ikke var glemt endnu en figen eller et æble.

"En historie! En historie!" råbte børnene og trak en lille tyk mand hen imod træet, og han satte sig lige under det, "for så er vi i det grønne," sagde han, "og træet kan have besynderligt godt af at høre med! Men jeg fortæller kun én historie. Vil I høre den om Ivede-Avede eller den om Klumpe-Dumpe, som faldt ned af trapperne og kom dog i højsædet og fik prinsessen!"

"Ivede-Avede!" skreg nogle, "Klumpe-Dumpe!" skreg andre; der var en råben og skrigen, kun grantræet tav ganske stille og tænkte: "Skal jeg slet ikke med, slet ikke gøre noget!" det havde jo været med, havde gjort hvad det skulle gøre.

Og manden fortalte om "Klumpe-Dumpe der faldt ned af trapperne og kom dog i højsædet og fik prinsessen." Og børnene klappede i hænderne og råbte: "Fortæl! Fortæl!" De ville også have "Ivede-Avede," men de fik kun den om "Klumpe-Dumpe." Grantræet stod ganske stille og tankefuld, aldrig havde fuglene ude i skoven fortalt sligt. "Klumpe-Dumpe faldt ned af trapperne og fik dog prinsessen! Ja, ja, således går det til i verden!" tænkte grantræet og troede at det var virkeligt, fordi det var sådan en net mand, som fortalte. "Ja, ja! Hvem kan vide! Måske falder jeg også ned af trapperne og får en prinsesse!" og det glædede sig til næste dag at blive klædt på med lys og legetøj, guld og frugter.

"I morgen vil jeg ikke ryste!" tænkte det. "Jeg vil ret fornøje mig i al min herlighed. I morgen skal jeg igen høre historien om "Klumpe-Dumpe" og måske den med om "Ivede-Avede."" Og træet stod stille og tankefuld den hele nat.

Om morgnen kom karl og pige ind.

"Nu begynder stadsen igen!" tænkte træet, men de slæbte det ud af stuen, op ad trappen, ind på loftet, og her, i en mørk krog, hvor ingen dag skinnede, stillede de det hen. "Hvad skal det betyde!" tænkte træet. "Hvad mon jeg her skal bestille? Hvad mon jeg her skal få at høre?" og det hældede sig op til muren og stod og tænkte og tænkte. – – Og god tid havde det, thi der gik dage og nætter; ingen kom herop, og da der endelig kom nogen, så var det for at stille nogle store kasser hen i krogen; træet stod ganske skjult, man skulle tro, at det var rent glemt.

"Nu er det vinter derude!" tænkte træet. "Jorden er hård og dækket med sne, menneskene kan ikke plante mig; derfor skal jeg nok her stå i læ til foråret! Hvor det er velbetænkt! Hvor dog menneskene er gode! - Var her kun ikke så mørkt og så skrækkeligt ensomt! - Ikke engang en lille hare! - Det var dog så artigt der ude i skoven, når sneen lå, og haren sprang forbi; ja, selv da den sprang hen over mig, men det holdt jeg ikke af dengang. Her oppe er dog skrækkeligt ensomt!"

"Pi, pi!" sagde en lille mus i det samme og smuttede frem; og så kom der nok en lille. De snusede til grantræet og smuttede mellem grenene på det.

"Det er en gruelig kulde!" sagde de små mus. "Ellers er her velsignet at være! Ikke sandt, du gamle grantræ?"

"Jeg er slet ikke gammel!" sagde grantræet, "der er mange, der er meget ældre end jeg!"

"Hvor kommer du fra?" spurgte musene, "og hvad ved du?" de var nu så grueligt nysgerrige. "Fortæl os dog om det dejligste sted på jorden! Har du været der? Har du været i spisekammeret, hvor der ligger oste på hylderne og hænger skinker under loftet, hvor man danser på tællelys, og går mager ind og kommer fed ud!"

"Det kender jeg ikke!" sagde træet, "men skoven kender jeg, hvor solen skinner, og hvor fuglene synger!" og så fortalte det alt fra sin ungdom, og de små mus havde aldrig før hørt sådant noget, og de hørte sådan efter og sagde: "Nej, hvor du har set meget! Hvor du har været lykkelig!"

"Jeg!" sagde grantræet og tænkte over, hvad det selv fortalte; "ja, det var, i grunden, ganske morsomme tider!" - men så fortalte det om juleaften, da det var pyntet med kager og lys.

"Oh!" sagde de små mus, "hvor du har været lykkelig, du gamle grantræ!"

"Jeg er slet ikke gammel!" sagde træet, "det er jo i denne vinter, jeg er kommet fra skoven! Jeg er i min allerbedste alder, jeg er bare sat i væksten!"

"Hvor du fortæller dejligt!" sagde de små mus, og næste nat kom de med fire andre småmus, der skulle høre træet fortælle, og jo mere det fortalte, desto tydeligere huskede det selv alt og syntes: "Det var dog ganske morsomme tider! Men de kan komme, de kan komme! Klumpe-Dumpe faldt ned af trapperne og fik dog prinsessen, måske jeg kan også få en prinsesse," og så tænkte grantræet på sådant et lille nydeligt birketræ, der voksede ude i skoven, det var for grantræet en virkelig dejlig prinsesse.

"Hvem er Klumpe-Dumpe?" spurgte de små mus. Og så fortalte grantræet hele eventyret, det kunne huske hvert evige ord; og de små mus var færdige ved at springe op i toppen på træet af bare fornøjelse. Næste nat kom der mange flere mus, og om søndagen endogså to rotter; men de sagde, at historien var ikke morsom, og det bedrøvede de små mus, thi nu syntes de også mindre om den.

"Kan De kun den ene historie?" spurgte rotterne.

"Kun den ene!" svarede træet, "den hørte jeg min lykkeligste aften, men dengang tænkte jeg ikke på, hvor lykkelig jeg var!"

"Det er en overmåde dårlig historie! Kan De ingen med flæsk og tællelys? Ingen spisekammerhistorier?"

"Nej!" sagde træet.

"Ja, så skal De have tak!" svarede rotterne og gik ind til deres.

De små mus blev til sidst også borte, og da sukkede træet: "Det var dog ganske rart, da de sad omkring mig de vævre småmus og hørte, hvad jeg fortalte! Nu er også det forbi! - Men jeg skal huske at fornøje mig, når jeg nu tages frem igen!"

Men når skete det? - Jo! det var en morgenstund, da kom der folk og rumsterede på loftet; kasserne blev flyttet, træet blev trukket frem; de kastede det rigtignok lidt hårdt mod gulvet, men straks slæbte en karl det hen imod trappen, hvor dagen skinnede.

"Nu begynder livet igen!" tænkte træet; det følte den friske luft, den første solstråle, - og nu var det ude i gården. Alt gik så gesvindt, træet glemte rent at se på sig selv, der var så meget at se rundt om. Gården stødte op til en have, og alt blomstrede derinde; roserne hang så friske og duftende ud over det lille rækværk, lindetræerne blomstrede, og svalerne fløj om og sagde "kvirre-virre-vit, min mand er kommet!" men det var ikke grantræet, de mente.

"Nu skal jeg leve!" jublede det og bredte sine grene vidt ud; ak, de var alle visne og gule; det var i krogen mellem ukrudt og nælder, at det lå. Guldpapirsstjernen sad endnu oppe i toppen og glimrede i det klare solskin.

I gården selv legede et par af de lystige børn, der ved juletid havde danset om træet og været så glade ved det. En af de mindste fór hen og rev guldstjernen af.

"Se, hvad der sidder endnu på det ækle, gamle juletræ!" sagde han og trampede på grenene, så de knagede under hans støvler.

Og træet så på al den blomsterpragt og friskhed i haven, det så på sig selv, og det ønskede, at det var blevet i sin mørke krog på loftet; det tænkte på sin friske ungdom i skoven, på den lystige juleaften og på de små mus, der så glade havde hørt på historien om Klumpe-Dumpe.

"Forbi! forbi!" sagde det stakkels træ. "Havde jeg dog glædet mig, da jeg kunne! forbi! forbi!"

Og tjenestekarlen kom og huggede træet i små stykker, et helt bundt lå der; dejligt blussede det op under den store bryggerkedel; og det sukkede så dybt, hvert suk var som et lille skud; derfor løb børnene, som legede, ind og satte sig foran ilden, så ind i den og råbte: "Pif! Paf!" Men ved hvert knald, der var et dybt suk, tænkte træet på en sommerdag i skoven, en vinternat derude, når stjernerne skinnede; det tænkte på juleaften og Klumpe-Dumpe, det eneste eventyr, det havde hørt og vidste at fortælle, og så var træet brændt ud.

Drengene legede i gården, og den mindste havde på brystet guldstjernen, som træet havde båret sin lykkeligste aften; nu var den forbi, og træet var forbi og historien med; forbi, forbi, og det bliver alle historier!




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