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The days of the week

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Los días de la semana


The days of the week once wanted to be free to get together and have a party. But each of the seven days was so occupied, the year around, that they had no time to spare. They wanted a whole extra day; but then they had that every four years, the intercalary day that comes in February for the purpose of keeping order in chronology.

On the intercalary day they would get together for a party, and, as February is the month of carnivals, they would come in costumes of each one's taste and choice; they would eat well, drink well, make speeches, and be complimentary and disagreeable to one another in unrestrained comradeship. While the vikings of olden times used to throw their gnawed-off bones at each other's heads during mealtime, the days of the week intended to throw jokes and sarcastic witticisms such as might be in keeping with the innocent carnival spirit.

So when it was intercalary day, they assembled.

Sunday, foreman of the days of the week, appeared in a black silk cloak; pious people thought he was dressed for church in a minister's gown, but the worldly minded saw that he was attired in a domino for merriment and that the flashing carnation he wore in his buttonhole was a little red theater lantern on which it said, "All sold our; see now that you enjoy yourselves!"

Monday, a young fellow related to Sunday, and very fond of pleasures, came next. He left his workshop, he said, whenever he heard the music of the parade of the guard.

"I must go out and listen to Offenbach's music; it doesn't go to my head or to my heart; it tickles my leg muscles; I must dance, have a few drinks, get a black eye, sleep it off, and then the next day go to work. I am the new part of the week!"

Tuesday is Tyr's day, the day of strength.

"Yes, that I am," said Tuesday. "I take a firm grip on my work; I fasten Mercury's wings onto the merchant's boots, see that the wheels in the factory are oiled and turning, that the tailor sits at his table, and that the street paver is by his paving stones; each attends to his business, for I keep my eye on all. Accordingly, I am here in a police uniform and call myself Tuesday, a well-used day! If this is a bad joke, then you others try to think of a better one!"

"Then I come," said Wednesday. "I'm in the middle of the week. The Germans call me Herr Mittwoch. I stand like a journeyman in a store and like a flower in the midst of the other esteemed days of the week! If we all march up in order, then I have three days before me and three days behind; they are like an honor guard, so I should think that I am the most prominent day in the week!"

Thursday appeared dressed as a coppersmith, with a hammer and a copper kettle, as a symbol of his noble descent.

"I am of the highest birth," he said, "paganish, godlike! In the Northern countries I am named after Thor, and in the Southern countries after Jupiter, who both knew how to thunder and lighten, and that has remained in the family!"

And then he beat his copper kettle, thereby proving his high birth.

Friday was dressed as a young girl, and called herself Freia, also Venus for a change, depending upon the language of the country in which she appeared. She was of a quiet, cheerful character, she said, but today she felt gay and free, for this was intercalary day, which, according to an old custom, gives a woman the right to dare propose to a man and not have to wait for him to propose to her.

Saturday appeared as an old housekeeper with a broom and other cleaning articles. Her favorite dish was beer soup, though at this festive occasion she did not request that it be served for everyone, only that she get it, and she got it.

And so the days of the week had their party.

Here they are in print, all seven of them, ready for use as tableaux at family parties. There you can make them as funny as you wish; we give them here as a joke on February, the only month with an extra day.
Una vez los días de la semana quisieron divertirse y celebrar un banquete todos juntos. Sólo que los días estaban tan ocupados, que en todo el año no disponían de un momento de libertad; hubieron de buscarse una ocasión especial, en que les quedara una jornada entera disponible, y vieron que esto ocurría cada cuatro años: el día intercalar de los años bisiestos, que lo pusieron en febrero para que el tiempo no se desordenara.
Así, pues, decidieron reunirse en una comilona el día 29 de febrero; y siendo febrero el mes del carnaval, convinieron en que cada uno se disfrazaría, comería hasta hartarse, bebería bien, pronunciaría un discurso y, en buena paz y compañía, diría a los demás cosas agradables y desagradables. Los gigantes de la Antigüedad en sus banquetes solían tirarse mutuamente los huesos mondos a la cabeza, pero los días de la semana llevaban el propósito de dispararse juegos de palabras y chistes maliciosos, como es propio de las inocentes bromas de carnaval.
Llegó el día, y todos se reunieron.
Domingo, el presidente de la semana, se presentó con abrigo de seda negro. Las personas piadosas podían pensar que lo hacía para ir a la iglesia, pero los mundanos vieron en seguida que iba de dominó, dispuesto a concurrir a la alegre fiesta, y que el encendido clavel que llevaba en el ojal era la linternita roja del teatro, con el letrero: «Vendidas todas las localidades. ¡Que os divirtáis!».
Lunes, joven emparentado con el Domingo y muy aficionado a los placeres, llegó el segundo. Decía que siempre salía del taller cuando pasaban los soldados.
- Necesito salir a oír la música de Offenbach. No es que me afecte la cabeza ni el corazón; más bien me cosquillea en las piernas, y tengo que bailar, irme de parranda, acostarme con un ojo a la funerala; sólo así puedo volver al trabajo al día siguiente. Soy lo nuevo de la semana.
Martes, el día de Marte, o sea, el de la fuerza.
- ¡Sí, lo soy! - dijo -. Pongo manos a la obra, ato las alas de Mercurio a las botas del mercader, en las fábricas inspecciono si han engrasado las ruedas y si éstas giran; atiendo a que el sastre esté sentado sobre su mesa y que el empedrador cuide de sus adoquines. ¡Cada cual a su trabajo! No pierdo nada de vista, por eso he venido en uniforme de policía. - Si no os parece adecuado, buscadme un atuendo mejor.
- ¡Ahora voy yo! - dijo Miércoles -. Estoy en el centro de la semana. Soy oficial de la tienda, como una flor entre el resto de honrados días laborables. Cuando dan orden de marcha, llevo tres días delante y otros tres detrás, como una guardia de honor. Tengo motivos para creer que soy el día de la semana más distinguido.
Jueves se presentó vestido de calderero, con el martillo y el caldero de cobre; era el atributo de su nobleza.
- Soy de ilustre cuna - dijo -, ¡gentil, divino! En los países del Norte me han dado un nombre derivado de Donar, y en los del Sur, de Júpiter. Ambos entendieron en el arte de disparar rayos y truenos, y esto ha quedado en la familia.
Y demostró su alta alcurnia golpeando en el caldero de cobre.
Viernes venia disfrazado de señorita, y se llamaba Freia o Venus, según el lenguaje de los países que frecuentaba. Por lo demás, afirmó que era de carácter pacífico y dulce, aunque aquel día se sentía alegre y desenvuelto; era el día bisiesto, el cual da libertad a la mujer, pues, según una antigua costumbre, ella es la que se declara, sin necesidad de que el hombre le haga la corte.
Sábado vino de ama de casa, con escoba, como símbolo de la limpieza. Su plato característico era la sopa de cerveza, mas no reclamó que en ocasión tan solemne la sirviesen a todos los comensales; sólo la pidió para ella, y se la trajeron.
Y todos los días de la semana se sentaron.
Los siete quedan dibujados, utilizables para cuadros vivientes en círculos familiares, donde pueden ser presentados de la manera más divertida. Aquí los damos en febrero sólo en broma, el único mes que tiene un día de propina.




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