ESPAÑOL

Los fuegos fatuos están en la ciudad, dijo la Reina del Pantano

ENGLISH

The Will-o'-the-Wisps are in town, says the Moor-woman


Érase un hombre que había sabido muchos cuentos nuevos, pero se le habían escapado, según él decía. El cuento, que antes se le presentaba por propia iniciativa, había dejado de llamar a su puerta. ¿Y por qué no venía? Cierto es que el hombre llevaba muchísimo tiempo sin pensar en él, sin esperar que se presentara y llamara; se había distraído de los cuentos, pues fuera rugía la guerra, y dentro reinaban la aflicción y la miseria, compañeras inseparables de aquélla.

La cigüeña y la golondrina regresaban de su largo viaje, sin temer nada malo, y he aquí que al llegar se encontraron con sus nidos quemados, lo mismo que las casas de los hombres, y los setos en pleno desorden, cuando no desaparecidos del todo. Los caballos del enemigo piafaban sobre las viejas sepulturas. Eran tiempos duros y tenebrosos, pero todo tiene su fin.

Les ha llegado el fin, decían todos, y, no obstante, el cuento no acudía a llamar a la puerta ni daba noticias de su persona.

- Seguramente habrá muerto o se habrá marchado como tantos otros -dijo el hombre. Pero el cuento nunca muere.

Transcurrió mucho tiempo; y él lo echaba de menos.

- ¿Es posible que no vuelva y llame a la puerta? -. Y se acordaba de él como si lo tuviera delante, en todas las formas con que solía presentársela: ya joven y hermoso como la propia primavera, una encantadora muchacha con una guirnalda de aspérulas en la frente y una rama de haya en la mano, y ojos brillantes cual profundos lagos en el bosque bajo el sol; ya en figura de buhonero, abierta la caja de la que salían cintas de plata que ondeaban al viento, y con poemitas e inscripciones para recordatorios. Pero cuando más bello estaba era cuando venía de abuelita, con el cabello plateado y grandes ojos inteligentes. Entonces sí que sabía cosas de los tiempos más remotos, muy anteriores a aquellos en que las princesas hilaban con husos de oro, y acechaban por ahí dragones y vestigios. Contaba de una manera tan viva, que a los oyentes se les ofuscaba la vista, y el suelo parecía negro de sangre humana; horrible de ver y de oír y, sin embargo, ¡tan agradable!, pues hacía tanto tiempo que había sucedido...

- ¡Y si no volviera a llamar! - exclamaba el hombre, clavando la mirada en la puerta con tanta insistencia, que creía ver manchas negras en el aire y en el suelo. No sabía si era sangre o un crespón de luto por los terribles y lúgubres días vividos.

Un día en que estaba cavilando, ocurriósele la idea de que tal vez el cuento se hubiese escondido, como la princesa de aquellos antiguos cuentos, y quería que lo buscasen. Si lo encontraban, brillaría con nueva luz, más hermosa que antes.

- ¡Quién sabe, a lo mejor se ha ocultado en la paja tirada junto al pretil del pozo! ¡Cuidado, cuidado! Tal vez se esconde en una flor marchita, guardada en uno de aquellos voluminosos libros del anaquel.

Y el hombre, dirigiéndose a la biblioteca, abrió uno de los tomos más nuevos, deseoso de poner las cosas en claro. Mas no había allí ninguna flor: sólo historias de Holger Danske. Y el hombre leyó cómo aquella historia había sido inventada en Francia por un monje, arreglada en forma de novela y «traducida e impresa en lengua danesa». Que Holger Danske no había vivido en realidad y, por tanto, no podía volver, contra lo que creíamos y tan a gusto cantábamos. Con Holger Danske ocurría lo que con Guillermo Tell: todo era pura palabrería, sin nada en que poder apoyarse; y todo eso aparecía escrito en aquel libro, con grandes alardes de erudición.

- Bueno, yo sé lo que tengo que creer - dijo el hombre -. Donde no ha pisado ningún pie, no se trilla camino -. Y cerrando el libro y volviéndolo al estante, dirigióse a las flores que crecían en la ventana. A lo mejor se había escondido en el rojo tulipán de borde dorado, o en la fresca rosa, o en la reluciente camelia. El sol jugaba entre las hojas, pero el cuento no asomaba por ningún lado.

- Las flores que había aquí, en aquellos días tristes, eran mucho más hermosas; pero las cortaron sin dejar una, para trenzar coronas con ellas, coronas que fueron colocadas en el ataúd recubierto con la bandera. Tal vez con las flores enterraron también al cuento. Pero las flores lo habrían sabido, y el ataúd se habría dado cuenta, y la tierra también, y los tallitos de hierba lo habrían dicho al brotar. ¡El cuento no muere jamás!

Quizá vino aquí y llamó, pero ¡quién estaba entonces para él! La gente miraba con ojos sombríos, melancólicos, casi coléricos, el sol de primavera, el revoloteo de los pájaros y el verde esperanzador de los campos; la lengua no soportaba las viejas canciones populares, que habían sido enterradas, como tantas otras cosas tan queridas de nuestro corazón. Es muy posible que el cuento haya venido a llamar a la puerta, pero nadie lo había oído, nadie le había dado la bienvenida, y así se marchó nuevamente.

Iré a buscarlo. ¡Al campo, al bosque, a la anchurosa orilla!

En pleno campo hay una vieja mansión señorial de rojas paredes, frontón dentado y ondeante bandera en la torre. El ruiseñor canta entre las festoneadas hojas del haya, mientras mira los manzanos en flor del jardín, tomándolos por rosas. Aquí y allí, las diligentes abejas revolotean al sol, rodeando a su reina con su zumbido monótono. La tempestad de otoño sabe de la caza salvaje, de las generaciones humanas y del follaje del bosque, que pasan veloces. Por Navidad, al exterior cantan los cisnes salvajes desde las aguas abiertas, mientras los hombres, cómodamente instalados junto al fuego de la chimenea, escuchan canciones y leyendas.

Por el sector antiguo del jardín, con su atrayente y penumbrosa avenida de castaños, paseaba el hombre que había salido en busca del cuento. Una vez el viento le había murmurado allí algo relativo a Waldemar Daae y sus hijas. La dríada del árbol, que era la propia madre de las leyendas, le había contado allí el último sueño del viejo roble. En tiempos de la abuela había allí setos recortados; ahora, en cambio, sólo crecían helechos y ortigas, que se extendían por encima de abandonados restos de antiguas estatuas de piedra. Crecíales musgo en los ojos, a pesar de lo cual veían tan bien como en sus buenos tiempos. Esto no lo sabía el hombre que andaba en busca del cuento y no lo veía. ¿Dónde estaría?

Por sobre su cabeza y los viejos árboles volaban las cornejas a centenares, lanzando su «¡cra, da, cra, da!». Él salió del jardín a la alameda, pasando por los fosos. Había allí una casita de forma hexagonal, con un gallinero y un corral de patos. En la habitación estaba la anciana que cuidaba de la hacienda y que se enteraba de cada huevo que ponían las gallinas y de cada polluelo que salía del cascarón. Pero no era ella el cuento que el hombre andaba buscando, como podía verse por la fe de bautismo y el certificado de vacunación que estaban sobre la cómoda.

Al exterior, a poca distancia de la casa, hay un montículo cubierto de acerolo y codeso. Yace allí una antigua losa sepulcral, que había venido a parar a aquel lugar procedente del pequeño cementerio de la villa. Era un monumento de uno de los honorables consejeros de la ciudad. Alrededor de su imagen se veían esculpidas las de su esposa y sus cinco hijas, todas con alzacuellos y con las manos dobladas. Si uno estaba un rato contemplándola, al fin obraba sobre el pensamiento, y éste, a su vez, sobre la losa, haciéndole contar recuerdos de tiempos pretéritos; por lo menos esto le sucedió al hombre que iba en busca del cuento. Al llegar allí vio que una mariposa se había posado sobre la frente del relieve que representaba al consejero. El insecto aleteó, voló un poco más lejos y volvió a posarse, cansado, sobre la losa sepulcral, como queriendo llamar la atención sobre lo que en ella crecía, o sea, tréboles de cuatro hojas, siete de ellos juntos. ¡Si viene la fortuna, bienvenida sea! El hombre recogió los tréboles y se los guardó en el bolsillo. La suerte vale tanto como el dinero contante y sonante. Hubiera preferido un cuento nuevo y bonito, pensó nuestro amigo; pero tampoco estaba allí.

El sol se ponía como un gran globo rojo. Del prado subían vapores: era que la reina del pantano estaba destilando.

Ya anochecido, hallábase nuestro hombre solo en su casa, paseando la mirada por el jardín y el prado, el pantano y la orilla. Brillaba la luna clara, del prado subían vapores, como si fuese un gran lago, y, en efecto, lo había sido en otros tiempos, según la leyenda, y la luz de la luna es lo mejor que hay para las leyendas.

Entonces se acordó el hombre de lo que leyera en la ciudad: que Guillermo Tell y Holger Danske no habían existido nunca, a pesar de lo cual persistían en la creencia del pueblo, como aquel lago lejano, vivas imágenes de la leyenda. ¡Sí, Holger Danske volvía!

Estando así pensativo, algo llamó a la ventana con un fuerte golpe. ¿Sería un ave, un murciélago o un mochuelo? A ésos no los dejan entrar por mucho que llamen. Pero la ventana se abrió por sí sola, y el hombre vio a una anciana que lo miraba.

- ¿Qué desea? - le preguntó -. ¿Quién es usted? ¿Alcanza al primer piso? ¿O se sostiene con una escalera de mano?

- Tienes en el bolsillo un trébol de cuatro hojas - dijo ella ­ o, mejor dicho, tienes siete, uno de los cuales es de seis hojas.

- ¿Quién es usted? - preguntó el hombre.

- La reina del pantano - respondió ella -. La reina del pantano, la destiladora; ahora iba a destilar, precisamente. Tenía puesta ya la espita en el barril, pero un chiquillo hizo una de sus travesuras, la sacó y la echó en dirección al patio, donde vino a dar contra la ventana. Y ahora la cerveza se está saliendo del barril, con perjuicio para todos.

- Cuénteme más cosas - le pidió el hombre.

- Espérate un poco - dijo la mujer -. Ahora tengo cosas más urgentes que hacer - y se marchó.

El hombre se disponía a cerrar la ventana, cuando la vieja se presentó de nuevo.

- Ya está - dijo -. La mitad de la cerveza puedo volver a destilarla mañana, si el tiempo no cambia. Bueno, ¿qué querías preguntarme? He vuelto porque siempre cumplo mi palabra, y porque tú llevas en el bolsillo siete tréboles de cuatro hojas, y uno de seis. Esto impone respeto; es una condecoración que crece en los caminos, pero que no todos encuentran. ¿Qué tenías que preguntarme? No te quedes ahí como un bobo, que debo volver cuanto antes a mi espita y mi barril.

El hombre le preguntó entonces por el cuento, ¿No lo habría encontrado en su camino?

- ¡Mira con lo que me sale ahora! - exclamó la mujer -. ¿Aún no tienes bastantes cuentos? La mayoría están ya hasta la coronilla. Otras cosas hay que hacer y a que atender. ¡Hasta los niños se han emancipado en este punto! Da un cigarro a un mozalbete o un miriñaque nuevo a una niña, y lo preferirán. ¡Escuchar cuentos! ¡Como si no hubiera en qué ocuparse, y problemas mucho más importantes!

- ¿Qué quiere decir con eso? - dijo el hombre -. ¿Qué sabe usted del mundo? ¡Usted sólo ve ranas y fuegos fatuos!

- Sí, pues mucho cuidado con los fuegos fatuos - replicó la vieja -. Andan por ahí sueltos. Tendríamos que hablar de ellos. Ven conmigo al pantano, donde es necesaria mi presencia, y te lo contaré todo. Pero de prisa, mientras estén frescos tus siete tréboles de cuatro hojas y el de seis, y mientras la Luna esté en el cielo.

Y la reina del pantano desapareció.

Dieron las doce en el reloj del campanario, y antes de que se extinguiera el eco de la última campanada, el hombre ya había bajado al patio, salido al jardín y llegado al prado. La niebla se había disipado, y la mujer había cesado de destilar.

- ¡Cuánto has tardado! - dijo -. Las brujas corremos más que los hombres. Estoy muy contenta de haber nacido de la familia de las hechiceras.

- ¿Qué tiene que decirme? - preguntó el hombre -. ¿Puede informarme sobre el cuento?

- ¿No se te ocurre preguntar otra cosa? - dijo la vieja.

- Tal vez podría usted ilustrarme sobre la poesía de lo por venir - inquirió el hombre.

- No te pongas retórico - contestó la mujer -, y te responderé. Sólo piensas en poesía y sólo preguntas por el cuento, como si fuesen los reyes del mundo. Cierto es que el cuento es lo más viejo que hay, y, sin embargo, es considerado siempre como el más joven. ¡Bien lo conozco! También yo fui joven, y no es ésta una enfermedad de infancia. Un día fui una linda elfilla, y bailé a la luz de la luna con las demás; escuché el canto del ruiseñor, fui al bosque y me encontré con el señor cuento, que vagaba por aquellos lugares. Tan pronto establecía su lecho en un tulipán a medio abrir o en una flor del prado, como entraba a hurtadillas en la iglesia y se envolvía en un fúnebre crespón que colgaba de los cirios del altar.

- Está usted muy bien informada - dijo el hombre.

- Al menos he de saber tanto como tú - replicó la vieja Cuento y Poesía, dos pedazos de la misma pieza, pueden echarse donde les apetezca. Toda su obra y toda su charla puede recocerse y sale mejor y más barata. Yo te la daré gratis. Tengo un armario lleno de poesía embotellada. Es la esencia, lo mejor de ella; hierbas, dulces y amargas. Guardo en botellas toda la poesía que utilizan los humanos, para poner unas gotas en el pañuelo los domingos y aspirarla.

- Es maravilloso lo que me explica - dijo el hombre -. ¿Guarda poesía en botellas?

- Más de la que puedas necesitar - respondió la mujer -. Supongo que sabrás aquel cuento de la muchacha que pisoteó el pan para no ensuciarse los zapatos nuevos. Anda por ahí escrito e impreso.

- Yo mismo lo conté - dijo el hombre.

- En ese caso sabrás también que la muchacha se hundió en el suelo y fue a parar a la morada de la reina del pantano en el preciso momento en que se hallaba en ella la abuela del diablo, que quería presenciar las operaciones de la destilación. Vio caer a la chica y pidió que se le diese para pedestal, como un recuerdo de su visita, y se lo di. A cambio me obsequió con una cosa que no me sirve para nada: un botiquín de viaje, todo un armario lleno de poesía embotellada. La abuela me indicó el lugar donde debía colocar el armario y allí está todavía. ¡Mira! Tienes en el bolsillo tus siete tréboles de cuatro hojas, uno de los cuales es de seis. Si los guardas, aún podrás verlo, seguramente.

- Y, en efecto, en el centro del pantano había un objeto voluminoso, parecido a un cepo de chopo y que en realidad era el armario de la abuela. Estaba abierto para la reina del pantano y para todas las gentes de todas las tierras y de todos los tiempos que supiesen dónde se encontraba. Podría abrirse por delante, por detrás, por los lados y por los bordes; era una verdadera obra de arte, a pesar de su aspecto de cepo de chopo. Se había imitado allí a los poetas de todos los países, especialmente los del nuestro: su espíritu se había examinado, criticado, renovado, concentrado y puesto en botellas. Con certero instinto, como se dice cuando no se quiere decir talento, la abuela había sacado de la Naturaleza cuanto olía a tal o cual poeta, añadiéndole un poquitín de sustancia diabólica, y de este modo tenía la poesía embotellada para toda la eternidad.

- Déjemelo ver - pidió el hombre.

- Sí, pero tienes que oír cosas aún más importantes - replicó la vieja.

- Mas ya que estamos junto al armario - dijo él, mirando al interior - y veo botellas de todos tamaños, dime: ¿qué hay en ésta? ¿Y en ésta?

- Ésta contiene lo que llaman fragancias de mayo. No lo he probado, pero sé que con verter un chorrito en el suelo, enseguida sale un hermoso lago de bosque con nenúfares y mentas rizadas. Echas sólo dos gotas sobre un viejo cuaderno, y por malo que sea se convertirá en una comedia olorosa, muy propia para ser representada e incluso para hacer dormir: ¡tan intenso es su aroma! Seguramente en mi honor pusieron en la etiqueta: «Brebaje de la reina del pantano».

Ahí tienes la botella del escándalo. Parece llena de agua sucia, y, en efecto, así es, pero está mezclada con polvos efervescentes de la chismografía ciudadana; tres onzas de mentiras y dos granos de verdad, todo ello agitado con una rama de abedul; nada de usar vergajos puestos en salmuera y rotos sobre el cuerpo sangrante del pecador, o un pedazo de férula del maestro de escuela; tiene que ser una rama sacada de la escoba que barrió el arroyo.

Ésta es la botella que contiene la poesía piadosa en tono de salmodia. Cada gota suena como el chirrido de la puerta del infierno, y está elaborada con sangre y sudor de los castigados. Algunos afirman que no es sino hiel de paloma; pero las palomas son los animales más piadosos, y no tienen hiel, según dice la gente que no sabe Historia Natural.

Venía luego la botella de las botellas, que ocupaba la mitad del armario, y contenía las «historias cotidianas». Estaba metida en una funda de cuero y una vejiga de cerdo, pues no podía soportar la pérdida de la más mínima parte de su fuerza. Cada nación podía extraer de ella su propia sopa, según la manera de volver y emplear las botellas. Había allí vieja sopa alemana de sangre, con albóndigas de bandido, y también la clara sopa casera, con consejeros de Corte de verdad, puestos allí como raíces, mientras en la superficie flotaban ojos de grasa filosófica. Había sopa de institutriz inglesa y el potaje francés «a la Kock», preparado con huesos de pollo y huevos de gorrión, llamado también «sopa cancán»; pero la mejor de todas era la de Copenhague. Por lo menos eso decían las familias.

Seguía la tragedia en la botella de champaña, capaz de detonar, y esto es lo que debe hacer. La comedia tenía forma de arena fina, para saltar a los ojos de la gente - nos referimos a la comedia refinada -. La más burda estaba también en su botella, pero sólo en forma de anuncios futuristas, y lo más substancioso de ella era el título.

El hombre estaba ensimismado en sus pensamientos, pero la mujer continuó, deseosa de terminar de una vez.

- Ya has mirado bastante lo que contiene el armario - le dijo ­ Ya sabes lo que hay aquí, pero todavía no conoces lo principal, que deberías saber también. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Esto es más importante que la Poesía y el Cuento. Tendría que callarme la boca, pero debe haber una fatalidad, un destino, que cuando llevo algo dentro, se me sube a la garganta y tengo que soltarlo. Los fuegos fatuos están en la ciudad. Andan sueltos. ¡Cuidado con ellos, hombres!

- No entiendo una palabra - dijo el hombre.

- Haz el favor de sentarte sobre el armario - replicó ella pero cuidado con caerte dentro y romperme las botellas, ya sabes lo que contienen. Te contaré el gran acontecimiento; es muy reciente, sólo de anteayer. Correrá aún durante trescientos sesenta y cuatro días. ¿Sabes cuántos días tiene el año, no?



Y la reina del pantano inició su narración.

- Aquí ocurrió ayer un gran suceso. Fue bautizado un niño. Nació un duendecillo; mejor dicho, nacieron doce duendes, que tienen la facultad de adoptar la figura humana cuando quieren, y obrar y mandar como si fuesen hombres de carne y hueso. En el pantano esto constituye un gran acontecimiento; por eso acudieron a bailar los fuegos fatuos, varones y hembras, por la superficie del agua y por el prado. Hay también mujercitas, pero no se habla de ellas. Yo me senté sobre el armario, con los doce recién nacidos en el regazo. Brillaban como luciérnagas; empezaban ya a dar saltitos y crecían a ojos vistas, tanto, que al cabo de un cuarto de hora todos eran tan talluditos como sus padres o sus tíos. Ahora bien, existe un derecho tradicional, un privilegio, según el cual cuando la luna ocupa la posición que ocupaba ayer en el cielo y el viento sopla como ayer soplaba, se permite a los fuegos fatuos que han nacido en aquella hora y minuto, transformarse en seres humanos y obrar como tales. El fuego fatuo puede vagar por el campo o introducirse en el gran mundo, con tal que no tema caerse al lago o ser arrastrado por el huracán. Puede incluso introducirse en una persona y hablar por ella, y efectuar todos sus movimientos. El duende puede tomar cualquier figura de hombre o de mujer, actuar en su espíritu según se le antoje. Tiene empero la obligación de desencaminar en un año a trescientos sesenta y cinco seres humanos, extraviarles de la senda de la verdad y la justicia, y ello en gran estilo. Entonces alcanza el honor máximo a que puede llegar un duende: el de convertirse en postillón de la carroza del diablo, vestir fulgurante librea amarilla y despedir llamas por la boca. A un duende sencillo la boca se le hace agua ante esta perspectiva. Pero ese trabajo comporta también sus peligros y no pocas fatigas. Si el hombre sabe abrir los ojos y, al darse cuenta de lo que tiene delante, se lo sacude, el otro está perdido y ha de volver al pantano. Y si al duende lo acomete la nostalgia de su familia antes de que haya transcurrido el año y se rinde, está perdido también, ya no seguirá ardiendo con claridad, se apagará y no podrá ser encendido de nuevo. Y si al término del año no ha desencaminado a trescientos sesenta y cinco personas y no se ha llevado todo lo que es bueno y grande, queda condenado a yacer en la madera podrida y brillar sin moverse, lo cual es el castigo más terrible para un duende, tan dinámico por naturaleza. Todo esto lo sabía yo, y se lo dije a los doce duendecillos que tuve en mi regazo, y que estaban como fuera de sí de alegría. Les dije que lo más seguro y cómodo era renunciar al honor y no hacer nada; pero los pequeños no quisieron escucharme; se veían ya en sus fulgurantes ropajes amarillos, despidiendo fuego por la boca. «Quedaos con nosotros», les aconsejaron algunos viejos, mientras otros les decían: «Probad suerte con los hombres. Los hombres secan nuestros prados, los desaguan. ¡Qué será de nuestros descendientes!».

«¡Queremos brillar, brillar!», exclamaban los fuegos fatuos recién nacidos; y así fue convenido.

Enseguida empezó el baile del minuto; más breve no podía ser. Las doncellas elfas dieron unas vueltas con todos los demás, para no pasar por orgullosas, aunque preferían bailar solas. Luego vino el reparto de los regalos de los padrinos. Los obsequios volaron como guijarros por encima de las aguas pantanosas. Cada ella dio una punta de su velo. «¡Cógelo! - decían - y sabrás bailar maravillosamente, con los pasos y movimientos más difíciles. Podrás adoptar la actitud correcta y exhibirte en la sociedad más distinguida».

El hombre nocturno enseñó a cada uno de los nuevos fuegos fatuos a decir «¡bra, bra, bravo!», y a decirlo en el lugar apropiado, lo cual es una gran ciencia, y de gran rendimiento.

También la lechuza y la cigüeña soltaron algo, pero no valía la pena hablar de ello, dijeron, y así lo dejaremos. La partida de caza del rey Waldemar pasó corriendo por encima del pantano, y cuando sus señorías se enteraron de la fiesta, enviaron como obsequio un par de excelentes perros, capaces de correr como el viento y de llevar a lomos uno o incluso tres fuegos fatuos. Dos viejas pesadillas, que se alimentan cabalgando, participaron también en el banquete. De ellas aprendieron el arte de introducirse por el ojo de las cerraduras, y esto equivale a tener todas las puertas abiertas. Ofreciéronse además a guiar a los jóvenes fuegos fatuos a la ciudad; la conocían muy bien. Generalmente cabalgan sobre el pelo que les crece en el cogote, que es muy largo y se lo atan en un moño, para sentarse sobre una silla dura, y así cruzan los aires; pero en aquella ocasión montaron los salvajes perros de caza, llevando en el regazo a los jóvenes fuegos fatuos, dispuestos a descarriar y perder a los hombres. ¡Arre, a todo galope! Todo esto sucedió anoche. Ahora los fuegos fatuos están en la ciudad; manos a la obra, pero dónde y cómo, ¡cualquiera lo sabe! Me corre un cosquilleo por el dedo gordo del pie; esto siempre me anuncia algo.

- Esto es todo un cuento - dijo el hombre.

- Sí, pero sólo el principio - respondió la mujer -. ¿Podrías explicarme ahora cómo se las arreglan los fuegos fatuos, cómo se comportan, qué figuras adoptan para descarriar a los hombres?

- Creo - dijo el hombre - que podría componerse toda una novela sobre ellos, una novela en doce partes, una para cada uno; o, mejor aún, toda una comedia popular.

- Deberías escribirla - dijo la mujer -. Aunque más vale quizá que lo dejes correr.

- Sí, eso es lo más cómodo - respondió el hombre -. Así no te calumnian luego en los periódicos, lo cual es tan fastidioso como para un fuego fatuo tener que alojarse en la madera podrida y brillar sin poder decir esta boca es mía.

- A mí me da lo mismo - dijo la mujer -. Pero mejor será que dejes que la escriban otros, tanto si saben como si no. Te daré una vieja espita de mi barril. Con ella podrás abrir el armario de la poesía embotellada y sacar lo que te haga falta. Pero en cuanto a ti, amigo mío, me parece que te has manchado ya bastante los dedos de tinta y que has llegado a una edad en que no está bien correr en busca de cuentos, sobre todo habiendo cosas mucho más importantes que hacer. ¿Sabes a qué me refiero?

- Los fuegos fatuos están en la ciudad - dijo el hombre -. Lo he oído y comprendido. Pero, ¿qué debo hacer? Me molerían a palos si lo viera y dijera a las gentes: «¡Cuidado, ahí va un duende vestido de levita!».

- También van en camisa - dijo la mujer -. El duende puede adoptar todas las formas y presentarse en todos los lugares. Va a la iglesia, aunque no por amor a Dios; a lo mejor se introduce dentro del párroco. Pronuncia discursos los días de elecciones, no con miras al bien del país y del imperio, sino pensando en su propio beneficio. Es artista, lo mismo con la paleta que en el teatro, pero cuando se ha hecho el amo, la olla está vacía. Y yo charla que te charla, pero he de sacar lo que tengo en el buche, en perjuicio de mi propia familia. Por lo visto, debo constituirme ahora en salvadora de los hombres. En realidad no lo hago por buena voluntad o para que me den una medalla. Estoy haciendo la mayor locura que puedo hacer: decirlo a un poeta, con lo cual muy pronto lo sabrá la ciudad entera.

- La ciudad no se lo tomará en serio - dijo el hombre -. Nadie me hará caso, pues todos creerán que les estoy contando un cuento, cuando les diga, con toda la seriedad de que soy capaz: «Los fuegos fatuos están en la ciudad, según me dijo la reina del pantano. ¡Mucho ojo, pues!».
There was a man who once knew many stories, but they had slipped away from him– so he said. The Story that used to visit him of its own accord no longer came and knocked at his door. And why did it come no longer? It is true enough that for days and years the man had not thought of it, had not expected it to come and knock; and if he had expected it, it would certainly not have come; for without there was war, and within was the care and sorrow that war brings with it.

The stork and the swallows came back from their long journey, for they thought of no danger; and, behold, when they arrived, the nest was burnt, the habitations of men were burnt, the hedges were all in disorder, and everything seemed gone, and the enemy's horses were stamping in the old graves. Those were hard, gloomy times, but they came to an end.

And now they were past and gone– so people said; yet no Story came and knocked at the door, or gave any tidings of its presence.

"I suppose it must be dead, or gone away with many other things," said the man.

But the story never dies. And more than a whole year went by, and he longed– oh, so very much!– for the Story.

"I wonder if the Story will ever come back again and knock?"

And he remembered it so well in all the various forms in which it had come to him, sometimes young and charming, like spring itself, sometimes as a beautiful maiden, with a wreath of thyme in her hair, and a beechen branch in her hand, and with eyes that gleamed like deep woodland lakes in the bright sunshine.

Sometimes it had come to him in the guise of a peddler, and had opened its box and let silver ribbon come fluttering out, with verses and inscriptions of old remembrances.

But it was most charming of all when it came as an old grandmother, with silvery hair, and such large, sensible eyes. She knew so well how to tell about the oldest times, long before the princesses spun with the golden spindles, and the dragons lay outside the castles, guarding them. She told with such an air of truth, that black spots danced before the eyes of all who heard her, and the floor became black with human blood; terrible to see and to hear, and yet so entertaining, because such a long time had passed since it all happened.

"Will it ever knock at my door again?" said the man, and he gazed at the door, so that black spots came before his eyes and upon the floor; he did not know if it was blood, or mourning crape from the dark heavy days.

And as he sat thus, the thought came upon him whether the Story might not have hidden itself, like the princess in the old tale. And he would now go in search of it; if he found it, it would beam in new splendor, lovelier than ever.

"Who knows? Perhaps it has hidden itself in the straw that balances on the margin of the well. Carefully, carefully! Perhaps it lies hidden in a certain flower– that flower in one of the great books on the book-shelf."

And the man went and opened one of the newest books, to gain information on this point; but there was no flower to be found. There he read about Holger Danske; and the man read that the tale had been invented and put together by a monk in France, that it was a romance, 'translated into Danish and printed in that language;' that Holger Danske had never really lived, and consequently could never come again, as we have sung, and have been so glad to believe. And William Tell was treated just like Holger Danske. These were all only myths– nothing on which we could depend; and yet it is all written in a very learned book.

"Well, I shall believe what I believe!" said the man. "There grows no plantain where no foot has trod."

And he closed the book and put it back in its place, and went to the fresh flowers at the window. Perhaps the Story might have hidden itself in the red tulips, with the golden yellow edges, or in the fresh rose, or in the beaming camellia. The sunshine lay among the flowers, but no Story.

"The flowers which had been here in the dark troublous time had been much more beautiful; but they had been cut off, one after another, to be woven into wreaths and placed in coffins, and the flag had waved over them! Perhaps the Story had been buried with the flowers; but then the flowers would have known of it, and the coffin would have heard it, and every little blade of grass that shot forth would have told of it. The Story never dies.

Perhaps it has been here once, and has knocked; but who had eyes or ears for it in those times? People looked darkly, gloomily, and almost angrily at the sunshine of spring, at the twittering birds, and all the cheerful green; the tongue could not even bear the old merry, popular songs, and they were laid in the coffin with so much that our heart held dear. The Story may have knocked without obtaining a hearing; there was none to bid it welcome, and so it may have gone away.

I will go forth and seek it. Out in the country! out in the wood! and on the open sea beach!"

Out in the country lies an old manor house, with red walls, pointed gables, and a red flag that floats on the tower. The nightingale sings among the finely-fringed beech-leaves, looking at the blooming apple trees of the garden, and thinking that they bear roses. Here the bees are mightily busy in the summer-time, and hover round their queen with their humming song. The autumn has much to tell of the wild chase, of the leaves of the trees, and of the races of men that are passing away together. The wild swans sing at Christmas-time on the open water, while in the old hall the guests by the fireside gladly listen to songs and to old legends.

Down into the old part of the garden, where the great avenue of wild chestnut trees lures the wanderer to tread its shades, went the man who was in search of the Story; for here the wind had once murmured something to him of 'Waldemar Daa and his Daughters.' The Dryad in the tree, who was the Story-mother herself, had here told him the 'Dream of the Old Oak Tree.' Here, in the time of the ancestral mother, had stood clipped hedges, but now only ferns and stinging nettles grew there, hiding the scattered fragments of old sculptured figures; the moss is growing in their eyes, but they can see as well as ever, which was more than the man could do who was in search of the Story, for he could not find that. Where could it be?

The crows flew past him by hundreds across the old trees, and screamed, "Krah! da!– Krah! da!"

And he went out of the garden and over the grass-plot of the yard, into the alder grove; there stood a little six-sided house, with a poultry-yard and a duck-yard. In the middle of the room sat the old woman who had the management of the whole, and who knew accurately about every egg that was laid, and about every chicken that could creep out of an egg. But she was not the Story of which the man was in search; that she could attest with a Christian certificate of baptism and of vaccination that lay in her drawer.

Without, not far from the house, is a hill covered with red-thorn and broom. Here lies an old grave-stone, which was brought here many years ago from the churchyard of the provincial town, a remembrance of one of the most honored councillors of the place; his wife and his five daughters, all with folded hands and stiff ruffs, stand round him. One could look at them so long, that it had an effect upon the thoughts, and these reacted upon the stones, as if they were telling of old times; at least it had been so with the man who was in search of the Story.

As he came nearer, he noticed a living butterfly sitting on the forehead of the sculptured councillor. The butterfly flapped its wings, and flew a little bit farther, and then returned fatigued to sit upon the grave-stone, as if to point out what grew there. Four-leaved shamrocks grew there; there were seven specimens close to each other. When fortune comes, it comes in a heap. He plucked the shamrocks and put them in his pocket.

"Fortune is as good as red gold, but a new charming story would be better still," thought the man; but he could not find it here.

And the sun went down, round and large; the meadow was covered with vapor. The moor-woman was at her brewing.

It was evening. He stood alone in his room, and looked out upon the sea, over the meadow, over moor and coast. The moon shone bright, a mist was over the meadow, making it look like a great lake; and, indeed, it was once so, as the legend tells– and in the moonlight the eye realizes these myths.

Then the man thought of what he had been reading in the town, that William Tell and Holger Danske never really lived, but yet live in popular story, like the lake yonder, a living evidence for such myths. Yes, Holger Danske will return again!

As he stood thus and thought, something beat quite strongly against the window. Was it a bird, a bat or an owl? Those are not let in, even when they knock. The window flew open of itself, and an old woman looked in at the man.

"What's your pleasure?" said he. "Who are you? You're looking in at the first floor window. Are you standing on a ladder?"

"You have a four-leaved shamrock in your pocket," she replied. "Indeed, you have seven, and one of them is a six-leaved one."

"Who are you?" asked the man again.

"The Moor-woman," she replied. "The Moor-woman who brews. I was at it. The bung was in the cask, but one of the little moor-imps pulled it out in his mischief, and flung it up into the yard, where it beat against the window; and now the beer's running out of the cask, and that won't do good to anybody."

"Pray tell me some more!" said the man.

"Yes, wait a little," answered the Moor-woman. "I've something else to do just now." And she was gone.

The man was going to shut the window, when the woman already stood before him again.

"Now it's done," she said; "but I shall have half the beer to brew over again to-morrow, if the weather is suitable. Well, what have you to ask me? I've come back, for I always keep my word, and you have seven four-leaved shamrocks in your pocket, and one of them is a six-leaved one. That inspires respect, for that's an order that grows beside the sandy way; but that every one does not find. What have you to ask me? Don't stand there like a ridiculous oaf, for I must go back again directly to my bung and my cask."

And the man asked about the Story, and inquired if the Moor-woman had met it in her journeyings.

"By the big brewing-vat!" exclaimed the woman, "haven't you got stories enough? I really believe that most people have enough of them. Here are other things to take notice of, other things to examine. Even the children have gone beyond that. Give the little boy a cigar, and the little girl a new crinoline; they like that much better. To listen to stories! No, indeed, there are more important things to be done here, and other things to notice!"

"What do you mean by that?" asked the man, "and what do you know of the world? You don't see anything but frogs and Will-o'-the-Wisps!"

"Yes, beware of the Will-o'-the-Wisps," said the Moor-woman, "for they're out– they're let loose– that's what we must talk about! Come to me in the moor, where my presence is necessary, and I will tell you all about it; but you must make haste, and come while your seven four-leaved shamrocks, for which one has six leaves, are still fresh, and the moon stands high!"

And the Moor-woman was gone.

It struck twelve in the town, and before the last stroke had died away, the man was out in the yard, out in the garden, and stood in the meadow. The mist had vanished, and the Moor-woman stopped her brewing.

"You've been a long time coming!" said the Moor-woman. "Witches get forward faster than men, and I'm glad that I belong to the witch folk!"

"What have you to say to me now?" asked the man. "Is it anything about the Story?"

"Can you never get beyond asking about that?" retorted the woman.

"Can you tell me anything about the poetry of the future?" resumed the man.

"Don't get on your stilts," said the crone, "and I'll answer you. You think of nothing but poetry, and only ask about that Story, as if she were the lady of the whole troop. She's the oldest of us all, but she takes precedence of the youngest. I know her well. I've been young, too, and she's no chicken now. I was once quite a pretty elf-maiden, and have danced in my time with the others in the moonlight, and have heard the nightingale, and have gone into the forest and met the Story-maiden, who was always to be found out there, running about. Sometimes she took up her night's lodging in a half-blown tulip, or in a field flower; sometimes she would slip into the church, and wrap herself in the mourning crape that hung down from the candles on the altar."

"You are capitally well-informed," said the man.

"I ought at least to know as much as you," answered the Moor-woman. "Stories and poetry– yes, they're like two yards of the same piece of stuff; they can go and lie down where they like, and one can brew all their prattle, and have it all the better and cheaper. You shall have it from me for nothing. I have a whole cupboard-full of poetry in bottles. It makes essences; and that's the best of it– bitter and sweet herbs. I have everything that people want of poetry, in bottles, so that I can put a little on my handkerchief, on holidays, to smell."

"Why, these are wonderful things that you're telling!" said the man. "You have poetry in bottles?"

"More than you can require," said the woman. "I suppose you know the history of 'the Girl who Trod on the Loaf, so that she might not soil her shoes'? That has been written, and printed too."

"I told that story myself," said the man.

"Yes, then you must know it; and you must know also that the girl sank into the earth directly, to the Moor-woman, just as Old Bogey's grandmother was paying her morning visit to inspect the brewery. She saw the girl gliding down, and asked to have her as a remembrance of her visit, and got her too; while I received a present that's of no use to me– a travelling druggist's shop– a whole cupboard-full of poetry in bottles. Grandmother told me where the cupboard was to be placed, and there it's standing still. Just look! You've your seven four-leaved shamrocks in your pocket, one of which is a six-leaved one, and so you will be able to see it."

And really in the midst of the moor lay something like a great knotted block of alder, and that was the old grandmother's cupboard. The Moor-woman said that this was always open to her and to every one in the land, if they only knew where the cupboard stood. It could be opened either at the front or at the back, and at every side and corner– a perfect work of art, and yet only an old alder stump in appearance. The poets of all lands, and especially those of our own country, had been arranged here; the spirit of them had been extracted, refined, criticised and renovated, and then stored up in bottles. With what may be called great aptitude, if it was not genius the grandmother had taken as it were the flavor of this and of that poet, and had added a little devilry, and then corked up the bottles for use during all future times.

"Pray let me see," said the man.

"Yes, but there are more important things to hear," replied the Moor-woman.

"But now we are at the cupboard!" said the man. And he looked in. "Here are bottles of all sizes. What is in this one? and what in that one yonder?"

"Here is what they call may-balm," replied the woman. "I have not tried it myself. But I have not yet told you the 'more important' thing you were to hear. The Will-O'-The-Wisp's In The Town! That's of much more consequence than poetry and stories. I ought, indeed, to hold my tongue; but there must be a necessity– a fate– a something that sticks in my throat, and that wants to come out. Take care, you mortals!"

"I don't understand a word of all this!" cried the man.

"Be kind enough to seat yourself on that cupboard," she retorted, "but take care you don't fall through and break the bottles– you know what's inside of them. I must tell of the great event. It occurred no longer ago than the day before yesterday. It did not happen earlier. It has now three hundred and sixty-three days to run about. I suppose you know how many days there are in a year?"

And this is what the Moor-woman told:

"There was a great commotion yesterday out here in the marsh! There was a christening feast! A little Will-o'-the-Wisp was born here– in fact, twelve of them were born all together; and they have permission, if they choose to use it, to go abroad among men, and to move about and command among them, just as if they were born mortals. That was a great event in the marsh, and accordingly all the Will-o'-the-Wisps, male and female, went dancing like little lights across the moor. There are some of them of the dog species, but those are not worth mentioning. I sat there on the cupboard, and had all the twelve little new-born Will-o'-the-Wisps upon my lap. They shone like glow-worms; they already began to hop, and increased in size every moment, so that before a quarter of an hour had elapsed, each of them looked just as large as his father or his uncle. Now, it's an old-established regulation and favor, that when the moon stands just as it did yesterday, and the wind blows just as it blew then, it is allowed and accorded to all Will-o'-the-Wisps– that is, to all those who are born at that minute of time– to become mortals, and individually to exert their power for the space of one year.

The Will-o'-the-Wisp may run about in the country and through the world, if it is not afraid of falling into the sea, or of being blown out by a heavy storm. It can enter into a person and speak for him, and make all the movements it pleases. The Will-o'-the-Wisp may take whatever form he likes, of man or woman, and can act in their spirit and in their disguise in such a way that he can effect whatever he wishes to do. But he must manage, in the course of the year, to lead three hundred and sixty-five people into a bad way, and in a grand style, too. To lead them away from the right and the truth; and then he reaches the highest point. Such a Will-o'-the-Wisp can attain to the honor of being a runner before the devil's state coach; and then he'll wear clothes of fiery yellow, and breathe forth flames out of his throat. That's enough to make a simple Will-o'-the-Wisp smack his lips. But there's some danger in this, and a great deal of work for a Will-o'-the-Wisp who aspires to play so distinguished a part. If the eyes of the man are opened to what he is, and if the man can then blow him away, it's all over with him, and he must come back into the marsh; or if, before the year is up, the Will-o'-the-Wisp is seized with a longing to see his family, and so returns to it and gives the matter up, it is over with him likewise, and he can no longer burn clear, and soon becomes extinguished, and cannot be lit up again; and when the year has elapsed, and he has not led three hundred and sixty-five people away from the truth and from all that is grand and noble, he is condemned to be imprisoned in decayed wood, and to lie glimmering there, without being able to move; and that's the most terrible punishment that can be inflicted on a lively Will-o'-the-Wisp.

Now, all this I know, and all this I told to the twelve little Will-o'-the-Wisps whom I had on my lap, and who seemed quite crazy with joy.

I told them that the safest and most convenient course was to give up the honor, and do nothing at all; but the little flames would not agree to this, and already fancied themselves clad in fiery yellow clothes, breathing flames from their throats.

'Stay with us,' said some of the older ones.

'Carry on your sport with mortals,' said the others.

'The mortals are drying up our meadows; they've taken to draining. What will our successors do?'

'We want to flame; we will flame– flame!' cried the new-born Will-o'the-Wisps.

And thus the affair was settled.

And now a ball was given, a minute long; it could not well be shorter. The little elf-maidens whirled round three times with the rest, that they might not appear proud, but they preferred dancing with one another.

'And now the sponsors' gifts were presented, and presents were thrown them. These presents flew like pebbles across the sea-water. Each of the elf-maidens gave a little piece of her veil.

'Take that,' they said, 'and then you'll know the higher dance, the most difficult turns and twists– that is to say, if you should find them necessary. You'll know the proper deportment, and then you can show yourself in the very pick of society.'

The night raven taught each of the young Will-o'-the-Wisps to say, 'Goo-goo-good,' and to say it in the right place; and that's a great gift which brings its own reward.

The owl and the stork– but they said it was not worth mentioning, and so we won't mention it.

King Waldemar's wild chase was just then rushing over the moor, and when the great lords heard of the festivities that were going on, they sent a couple of handsome dogs, which hunt on the spoor of the wind, as a present; and these might carry two or three of the Will-o'-the-Wisps. A couple of old Alpas, spirits who occupy themselves with Alp-pressing, were also at the feast; and from these the young Will-o'-the-Wisps learned the art of slipping through every key-hole, as if the door stood open before them. These Alpas offered to carry the youngsters to the town, with which they were well acquainted. They usually rode through the atmosphere on their own back hair, which is fastened into a knot, for they love a hard seat; but now they sat sideways on the wild hunting dogs, took the young Will-o'-the-Wisps in their laps, who wanted to go into the town to mislead and entice mortals, and, whisk! away they were. Now, this is what happened last night. To-day the Will-o'-the-Wisps are in the town, and have taken the matter in hand– but where and how? Ah, can you tell me that? Still, I've a lightning conductor in my great toe, and that will always tell me something."

"Why, this is a complete story," exclaimed the man.

"Yes, but it is only the beginning," replied the woman. "Can you tell me how the Will-o'-the-Wisps deport themselves, and how they behave? and in what shapes they have aforetime appeared and led people into crooked paths?"

"I believe," replied the man, "that one could tell quite a romance about the Will-o'-the-Wisps, in twelve parts; or, better still, one might make quite a popular play of them."

"You might write that," said the woman, "but it's best let alone."

"Yes, that's better and more agreeable," the man replied, "for then we shall escape from the newspapers, and not be tied up by them, which is just as uncomfortable as for a Will-o'-the-Wisp to lie in decaying wood, to have to gleam, and not to be able to stir."

"I don't care about it either way," cried the woman. "Let the rest write, those who can, and those who cannot likewise. I'll grant you an old bung from my cask that will open the cupboard where poetry's kept in bottles, and you may take from that whatever may be wanting. But you, my good man, seem to have blotted your hands sufficiently with ink, and to have come to that age of satiety that you need not be running about every year for stories, especially as there are much more important things to be done. You must have understood what is going on?"

"The Will-o'-the-Wisp is in town," said the man. "I've heard it, and I have understood it. But what do you think I ought to do? I should be thrashed if I were to go to the people and say, 'Look, yonder goes a Will-o'-the-Wisp in his best clothes!'"

"They also go in undress," replied the woman. "The Will-o'-the-Wisp can assume all kinds of forms, and appear in every place. He goes into the church, but not for the sake of the service; and perhaps he may enter into one or other of the priests. He speaks in the Parliament, not for the benefit of the country, but only for himself. He's an artist with the color-pot as well as in the theatre; but when he gets all the power into his own hands, then the pot's empty! I chatter and chatter, but it must come out, what's sticking in my throat, to the disadvantage of my own family. But I must now be the woman that will save a good many people. It is not done with my good will, or for the sake of a medal. I do the most insane things I possibly can, and then I tell a poet about it, and thus the whole town gets to know of it directly."

"The town will not take that to heart," observed the man; "that will not disturb a single person; for they will all think I'm only telling them a story if I say, 'The Will-o'-the-Wisp is in the town, says the Moor-woman. Take care of yourselves!'"




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