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La Musa del nuevo siglo

DEUTSCH

Die Muse des neuen Jahrhunderts


¿Cuándo se revelará la Musa del nuevo siglo, tal como la conocerán los hijos de nuestros nietos, o quizá la generación que les siga, pero no nosotros? ¿Qué aspecto tendrá? ¿Qué cantará? ¿Qué cuerdas del alma hará vibrar? ¿A qué altura levantará su época?
Cuántas preguntas en nuestro atareado tiempo, en que la Poesía es casi un estorbo y sabemos de manera cierta que muchas cosas «inmortales» escritas por los poetas actuales sólo existirán en lo futuro reproducidas al carbón en los muros de algunas cárceles, y serán leídas por contados curiosos.
Pero la Poesía debe intervenir; por lo menos ayudar a cargar el fusil en las luchas de partidos, en las que corre la sangre o la tinta.
Ésta es una opinión parcial, dicen algunos; en nuestro tiempo, la Poesía no está olvidada ni mucho menos.
No; todavía hay personas que en su «lunes azul» se sienten atraídas por ella, y entonces, al experimentar este prurito en las partes más nobles de su ser, envían un criado a la librería a comprarles cuatro chelines de poesía, con recado de que les sirvan la más recomendada. Algunos se contentan con la que reciben de regalo, o se dan por satisfechos con la lectura de un trozo de bolsa de la tienda. Es mucho más barato, y en nuestra ajetreada época hay que pensar en la economía. Sólo es necesario lo positivo, conservar lo que tenemos, y con esto basta. La poesía futurista, como la música del porvenir, son quijotismos; es como proyectar viajes de descubrimiento al planeta Urano.
El tiempo es demasiado breve y valioso para gastarlo en fantasías. Pongámonos en razón: ¿qué es Poesía? Estas explosiones de la mente y la sensibilidad no son sino expansiones y vibraciones de los nervios. El entusiasmo, la alegría, el dolor, incluso la ambición material, son, según los sabios, vibraciones nerviosas. Todos somos instrumentos de cuerda. Pero, ¿quién toca estos instrumentos? ¿Quién los hace vibrar y estremecerse? El espíritu, el espíritu invisible de la divinidad, que se manifiesta por sus sentimientos y pensamientos, y que es comprendido por los demás instrumentos, los cuales funden con ellos sus propias notas, y suenan en fuertes disonancias y contrastes. Así fue y así sigue siendo en el gran progreso que la Humanidad hace en su conciencia de libertad.
Cada siglo, o también cabría decir cada milenio, tiene su punto culminante de expresión poética; nacida dentro de su propio período, se ve destacar y dominar desde el nuevo que empieza.
Así pues, en nuestra época atareada, dominada por el estrépito de las máquinas, ha nacido ya la Musa del nuevo siglo. ¡Vaya a ella nuestro saludo! Que ella la oiga o la lea algún día, tal vez en aquellos garabatos al carbón de que hablamos antes.
Los cercos de su cuna alcanzan desde el punto extremo pisado por el pie humano en los viajes al Polo, hasta donde el ojo viviente penetra en el «negro saco de carbón» del cielo polar. El trepidar de las máquinas, el silbar de las locomotoras, la voladura de rocas materiales y de viejos prejuicios espirituales, nos ha ensordecido, ahogando con su estrépito sus primeros vagidos.
Ha nacido en nuestra gran fábrica de hoy, donde el vapor emplea su fuerza, donde el «maestro sin sangre» y sus operarios se afanan día y noche.
Posee el gran corazón amoroso de la mujer, con la llama de la vestal y el fuego de la pasión. Recibió el rayo de la inteligencia en todos los colores del prisma, cambiantes al correr de los milenios y apreciarlos según la moda. Su magnificencia y su fuerza es el poderoso plumaje de cisne de la fantasía, tejido por la Ciencia, impulsado por «las fuerzas elementales».
Es hija del pueblo por línea paterna, sana en sus sentidos y pensamientos, grave de mirada, con el humor en los labios. Su madre es hija de emigrantes, de alta cuna y educada según las normas académicas, mecida en los dorados recuerdos del rococó. La Musa del nuevo siglo lleva en sí sangre y alma de los dos.
Sus padrinos depositaron en su cuna magníficos presentes. A modo de golosinas, esparcieron sobre ella, en cantidades enormes, los ocultos enigmas de la Naturaleza, cada uno con su solución. La campana del buzo vertió sus maravillosos juguetes sacados del fondo del mar. El mapa del cielo, este tranquilo océano suspendido con sus miríadas de islas, cada una un mundo, fue colocado como un manto en su cuna; el sol pinta sus imágenes; la fotografía le regala juguetes. La nodriza le ha cantado canciones acerca de Eyvind Skaldes­piller y de Firdusi, de los trovadores y de lo que Heine, en su orgullo juvenil, le cantó con su auténtica alma de poeta. Muchas cosas, demasiadas, le ha cantado la nodriza. Conoce los Eddas, las leyendas horribles de los antepasados, en que las maldiciones se precipitan con sangrientos aletazos. Se ha tragado en un cuarto de hora las «Mil y una noches» del Oriente.
La Musa del nuevo siglo es aún niña, y, sin embargo, ha saltado de la cuna, es voluntariosa sin saber lo que quiere.
Juega todavía en el espacioso cuarto del ama, donde abundan los tesoros artísticos del barroco. La tragedia griega y la comedia romana están allí cinceladas en mármol; las canciones populares de las naciones cuelgan de las paredes como plantas secas: un beso, y se hinchan, frescas y perfumadas. Mécenla los acordes eternos de Beethoven, Gluck, Mozart, y los pensamientos de todos los grandes maestros expresados en notas. Al borde están todos aquellos libros que en su tiempo fueron inmortales, y aún queda espacio para muchos otros, cuyos nombres resonarán a través del hilo telegráfico de la inmortalidad y que, sin embargo, morirán con el telegrama.
Ha leído enormemente, demasiado; ha nacido en nuestro tiempo; muchísimo habrá de ser olvidado, y la musa aprenderá a olvidar.
No piensa en su canto, que vivirá en un nuevo milenio, como viven los libros de Moisés y las doradas fábulas de Bidpai sobre la astucia y la suerte de la zorra. No piensa aún en su mensaje, en su vibrante futuro; sigue jugando mientras la lucha de las naciones, que sacude el aire, da figuras sonoras de plumas y cañones sin orden ni concierto, runas de difícil interpretación.
Lleva un gorro garibaldino, de vez en cuando lee su Shakespeare, y por un momento piensa que tal vez lo representen aun cuando ella sea mayor. Que Calderón repose en el sarcófago de sus obras con la leyenda de su fama. A Holberg - pues la Musa es cosmopolita -, lo tiene encuadernado en un tomo con Molière, Plauto y Aristófanes, pero lee sobre todo a Molière.
No tiene la inquietud que da alas a los gamos de los Alpes, y, no obstante, su alma busca la sal de la vida como los gamos buscan la de la montaña. Hay en su corazón una placidez como la de los hebreos de las leyendas antiguas, esta voz de los nómadas en las verdes llanuras durante las silenciosas noches estrelladas, y, sin embargo, en su canto late el corazón con más fuerza que el del exaltado guerrero heleno de las montañas de Tesalia.
¿Y qué hay del Cristianismo?
Ha aprendido la tabla grande y la pequeña de la Filosofía; las materias primeras le han roto uno de los dientes de leche, pero le han salido otros. Y en la cuna mordió en la fruta del conocimiento, la comió y adquirió inteligencia; y su «inmortalidad» fulguró como el pensamiento más genial de la Humanidad.
¿Cuándo brotará el nuevo siglo de la Poesía? ¿Cuándo se dará a conocer su Musa? ¿Cuándo se oirá?
Una bella mañana de primavera llegará montada en el dragón de la locomotora, avanzando a través de túneles y viaductos, o navegando por el anchuroso mar sobre el lomo del delfín, o por los aires en el ave de Montgolfier, y se posará sobre el suelo, desde el que su voz divina saludará a la familia humana. ¿Dónde? ¿Desde el mundo descubierto por Colón, la tierra de libertad donde los indígenas se convirtieron en piezas de caza y los africanos en bestias de trabajo? ¿De la tierra que nos ha enviado la canción de «Hiawatha»?. ¿Del continente de los antípodas, donde nuestro día es noche y donde cisnes negros cantan en los bosques de mimosas? ¿O del país donde las columnas de Memnon resonaron y siguen resonando, sin que hayamos comprendido el canto de la esfinge del desierto? ¿De la isla del carbón de piedra, donde Shakespeare domina desde el tiempo de Isabel? ¿De la patria de Tycho Brahe, que nada quiso saber de él, o de la tierra aventuresca de California, donde el árbol de Wellington alza su copa como rey de los bosques del mundo?
¿Cuándo brillará la estrella, la estrella en la frente de la Musa, la flor en cuyos pétalos esté escrita en forma, color y fragancia, la expresión de la belleza de este siglo?
- ¿Qué programa trae la Musa nueva? - preguntan nuestros expertos diputados en la Dieta -. ¿Qué quiere?
Mejor es que preguntéis qué no quiere.
No quiere presentarse como un fantasma de tiempos pasados. No quiere recomponer obras dramáticas con éxitos teatrales ya olvidados, ni disimular con deslumbrantes ropajes líricos los fallos de la arquitectura teatral. Su vuelo será desde el carro de Tespis hacia el anfiteatro de mármol. No hará pedazos el sano discurso de los hombres, volviendo a pegarlos para formar un juego artificioso de címbalos chinos, con las resonancias halagadoras de los torneos trovadorescos. No quiere entronizar el verso como gentilhombre y constituir la prosa en personaje burgués. Juntos están y a igual altura en sonoridad, plenitud y vigor. No quiere esculpir los antiguos dioses en los bloques de las sagas de Islandia. Están muertos; la nueva época no siente por ellos simpatía ni afinidad. No quiere invitar a sus contemporáneos a alojar sus pensamientos en las tabernas de la novela francesa. No quiere aturdir con el cloroformo de las historias cotidianas. Un elixir de vida es lo que quiere traer. Su canto en versos y en prosa será breve, claro y rico. Cada latido del corazón de los pueblos es sólo una letra en el gran alfabeto del proceso evolutivo, pero acoge cada letra con el mismo amor, las reúne formando palabras y junta éstas en rimas, con las cuales compone un himno a lo presente.
¿Y cuándo llegará esta época a su plenitud?
Para nosotros, para los que estamos rezagados, tardará mucho, pero muy poco para los que nos avancen en su vuelo.
Pronto caerá la muralla china. Los ferrocarriles de Europa llegarán al cerrado archivo de las culturas asiáticas, las dos corrientes culturales se encontrarán. Retumbará tal vez la cascada con su rumor profundo, los viejos del presente temblaremos a sus fuertes acordes, sintiendo en ellos un Ragnarok, el derrumbamiento de los antiguos dioses; olvidaremos que acá abajo los tiempos y los pueblos deben desaparecer, y sólo una pequeña imagen de cada uno, encerrada en la cápsula de la palabra, flotará como flor de loto en el río de la eternidad y nos dirá que todos son y fueron carne de nuestra carne, aunque en ropajes distintos. La imagen de los judíos irradia de la Biblia, la de los griegos lo hace de la Ilíada y la Odisea. ¿Y la nuestra...? Pregúntalo a la Musa del nuevo siglo, en el Ragnarok, cuándo el nuevo Gimle se levantará transfigurado e inteligible.
¡Que todo el poder del vapor, todo el peso de lo presente no sean sino palancas! El «maestro sin sangre» y sus operarios, que parecen los amos poderosos de nuestra época, no son sino criados, esclavos negros que adornan la sala de fiestas, aportan tesoros, ponen las mesas para el gran banquete donde la Musa, con la inocencia del niño y el entusiasmo de la doncella, con la serenidad y la ciencia de la matrona, alzará la lámpara maravillosa de la Poesía, este corazón humano, rico y pleno con su llama divina.
¡Bienvenida, Musa de la Poesía, al nuevo siglo! Nuestro saludo se eleva y será oído como lo es el himno de gracias del gusano, el gusano que es triturado por las reja del arado mientras brilla una nueva primavera y el arado abre surcos, destrozándonos a nosotros, los gusanos, a fin de que la cosecha bendita pueda crecer para la nueva generación que viene.
¡Salud, Musa del nuevo siglo!
Die Muse des neuen Jahrhunderts, die die Kindeskinder unserer Kinder, vielleicht ein noch späteres Geschlecht, nicht aber wir kennenlernen werden, wann wird sie erscheinen? Wie wird sie aussehen? Was wird sie singen? Welche Saiten der Seele wird sie anschlagen? Auf welchen Höhepunkt wird sie ihr Zeitalter erheben?

So viele Fragen in unserer emsigen Zeit, wo die Poesie einem fast im Wege ist und man genau weiß, daß das viele "Unsterbliche," welches die Poeten der Gegenwart schreiben, in Zukunft vielleicht nur ein Dasein führen wird wie Kohleinschriften auf Gefängniswänden, gesehen und gelesen nur von einzelnen Neugierigen.

Die Poesie muß Hand anlegen, muß wenigsten die Vorladung hergeben in den Parteikämpfen, in denen hier Blut, dort Tinte fließt.

Das sei ein einseitiges Gerede, sagen viele. Die Poesie sei nicht vergessen.

Nein, es gibt noch Menschen, die an ihrem "blauen Montag" ein Bedürfnis nach Poesie haben und die alsdann gewiß, wenn sie dieses geistige Knurren in ihren betreffenden edleren Teilen wahrnehmen, in den Buchladen schicken und für einen ganzen Groschen Poesie von der bestempfohlenen kaufen lassen; einige begnügen sich mit derjenigen, die sie als Zugabe erhalten, oder sind mit den Stücken zufriedengestellt, das sie auf der Tüte aus dem Kaufladen bekommen; die ist billiger, und in unserer emsigen Zeit muß Rücksicht genommen werden auf Billigkeit. Ein Bedürfnis nach dem, was wir haben, ist vorhanden, und das genügt! Zukunftspoesie gehört wie Zukunftsmusik zu den Donquichotterien; von ihr zu reden, wäre wie von Reiseentdeckungen auf dem Uranus zu sprechen.

Die Zeit ist zu kurz bemessen und zu kostbar für Spiele der Phantasie, und was ist - damit wir einmal recht vernünftig reden - was ist Poesie? Diese klingenden Ergüsse der Gefühle und der Gedanken sind nur Schwingungen und Regungen der Nerven. Alle Begeisterung, alle Freude, jeder Schmerz, selbst das materielle Streben und Ringen sind, so sagen uns die Gelehrten, Nervenschwingungen. Wir sind, ein jeder von uns - ein Saitenspiel!

Allein wer greift in diese Saiten? Wer macht sie schwingen und zittern? Der Geist, der unsichtbare Geist der Gottheit, der läßt durch sie eine Regung, seine Stimmung erklingen, und er wird verstanden von den andern Saitenspielern, so daß sie dabei anklingen in zusammenschmelzenden Tönen und in des Gegensatzes kräftigen Dissonanzen. So war es, so bleibt es in dem freiheitsbewußten Vorwärtsschreiten der großen Menschheit!

Jedes Jahrhundert, jedes Jahrtausend, kann man auch sagen, hat den hohen Ausdruck seiner Größe in der Poesie; geboren in dem abgeschlossenen Zeitraum, tritt sie erst hervor und waltet in dem neuen, kommenden Zeitraum.

Geboren ist sie somit schon inmitten unserer emsigen, maschinenbrausenden Zeit, sie, die Muse des neuen Jahrhunderts. Unsern Gruß senden wir ihr! Sie hört ihn oder liest ihn einst, vielleicht zwischen jenen Kohleinschriften, die wir soeben erwähnten.

Ihre Wiege reichte von dem äußersten Punkt, den der Menschen Fuß bei den Nordpolforschungen betrat, bis dahin, wo das lebendige Auge die "schwarzen Kohlensäcke" des Polarhimmels hineinschaut. Vor lauter klappernden Maschinen, Pfeifen der Lokomotive, Zersprengung wirklicher Felsen und alter Bande des Geistes hörten wir aber ihren Gang nicht. Geboren ist sie in der großen Fabrik der Jetztzeit, in welcher der Dampf seine Gewalt ausübt, wo Meister Blutlos und seine Gesellen Tag und Nacht arbeiten.

Sie besitzt das große, liebeerfüllte Herz des Weibes, mit der Flamme der Vestalin und dem Feuer der Leidenschaft. Der Blitz des Verstandes ward ihr gegeben in allen durch die Jahrtausende wechselnden Farben der Prismen, die nach der Modefarbe geschätzt wurden. Das mächtige Schwanengefieder der Phantasie ist ihre Pracht und ihre Stärke, die Wissenschaft hat es gewebt, die Urkräfte verliehen ihr die Schwungkraft.

Väterlicherseits ist sie das Kind des Volkes, mit gesunden Sinnen und Gedanken, mit Ernst im Blick, Humor auf der Lippe. Die Mutter ist die hochwohlgeborene, akademieerzogene Tochter des Emigranten mit den goldenen Rokokoerinnerungen. Die Muse des neuen Jahrhunderts hat Blut und Seele von diesen beiden.

Herrliche Patengeschenke wurden ihr in die Wiege gelegt. Die verborgenen Rätsel der Natur und deren Lösung wurden ihr als Bonbons in Mengen hingestreut; aus der Taucherglocke sind wunderbare "Nippes" da, aus der Meerestiefe heraufgehört; die Himmelskarte, dieser aufgehängte stille Ozean mit Myriaden von Inseln, jede eine Welt, war abgedruckt auf ihrer Wiegendecke. Die Sonne malte ihr Bilder; die Photographie mußte ihr Spielzeug geben.

Ihre Amme hat ihr vorgesungen aus Eyvind des Skalden nordischen Liedern, aus den Minnegesängen und was Heine in knabenhaftem Übermut aus seiner wirklichen Díchterseele sang. Viel, gar zu viel hat ihre Amme ihr erzählt, sie kennt die Edda, die grausenerweckenden Sagas der alten Urgroßmutter, in welchen mehr denn ein Fluch mit blutigen Flügelschlägen dahinsaust. Sie hat die ganzen Tausendundeine-Nacht-Märchen während einer einzigen Viertelstunde erzählen hören.

Die Muse des neuen Jahrhundert ist noch ein Kind; allein sie ist aus der Wiege herausgesprungen, sie ist starken Willens, ohne zu wissen, was sie will.

Noch spielt sie in ihrer großen Kinderstube bei der Amme, wo es Kunstschätze aus dem Rokoko in Hülle und Fülle gibt. Die griechische Tragödie und das römische Lustspiel stehen dort in Marmor gemeißelt, die Volkslieder der Nationen hängen als getrocknete Pflanzen an den Wänden, durch einen Kuß schwellen sie wieder in Frische und Duft. Sie ist umbraust von ewigen Akkorden von Beethoven, Gluck, Mozart und den tönenden Gedanken aller großen Meister. Auf dem Bücherregal liegen gar viele, die zu ihrer Zeit unsterblich waren, und Platz ist genug für viele andere, deren Namen wir durch den Telegraphendraht der Unsterblichkeit klingen hören, die aber mit dem Telegramm verklingen.

Erstaunlich viel hat sie gelesen, viel zu viel, ist sie doch in unserer Zeit geboren, sehr viel muß wieder vergessen werden, und die Muse wird es zu vergessen wissen.

Sie denkt nicht an ihren Sang, der sich in einem neuen Jahrtausend emporschwingen und leben wird wie die Dichtung Moses und Bidpais goldgekrönte Fabel vom Glück und der Tücke des Fuchses. Sie denkt nicht an ihre Mission, an die tönende Zukunft, sie spielt noch während die Nationen kämpfen, einen Kampf, der die Luft erzittern macht, der kreuz und quer Klangfiguren von Schreibfedern und Kameen schafft, Runen, die schwer zu entziffern sind. Sie trägt einen Garibaldihut, liest ihren Shakespeare und denkt für einen kurzen Augenblick, er kann noch gespielt werden, wenn ich heranwachse! Calderon ruht im Sarkophag seiner Werke mit der Inschrift des Ruhmes; Holberg, ja, die Muse ist Kosmopolitin, sie hat ihn eingeheftet in ein und denselben Band mit Molière, Plautus und Aristophanes, aber sie liest hauptsächlich Molière.

Sie ist der Unruhe entbunden, die die Gemse der Alpen hetzt, und doch lechzt ihre Seele nach dem Salz des Lebens wie die Gemse nach dem des Berges; in ihrem Herzen wohnt eine Ruhe wie in den alten Sagen der Hebräer, dieser Stimme des Nomaden auf den grünen Auen in stillen, sternenhellen Nächten, und doch schwillt ihr im Herzen das Lied in volleren Tönen als das des begeisterten Kriegers des thessalischen Gebirges im griechischen Altertum.

Wie steht es um ihr Christentum? Sie hat das große und kleine Einmaleins der Philosophie gelernt; an dem Urstoff hat sie einen ihrer Milchzähne ausgebissen, aber sie hat einen neuen bekommen; in den Apfel der Erkenntnis biß sie schon in der Wiege, aß davon und wurde klug, so daß "Unsterblichkeit" ihr als der genialste Gedanke der Menschheit aufblitzte.

Wann erscheint das neue Jahrhundert der Poesie? Wann wird die Muse sich offenbaren, sich zu erkennen geben? Wann wird die Menschheit sie vernehmen?

An einem schönen Frühlingsmorgen kommt sie auf dem Drachen der Lokomotive dahergebraust durch Tunnel und über Viadukte oder über das reiche, stolze Meer auf dem schnaubenden Delphin oder durch die Luft auf dem Vogel Rock des Montgolfière und läßt sich herab in das Land, von dem aus ihre Stimme zum ersten Mal das Menschengeschlecht begrüßen wird. Wo? Wird es von dem Land des Columbus sein, dem Freiheitsland, wo der Eingeborene ein gehetztes Wild und der Afrikaner ein Lasttier wurde, dem Land, aus welchem das Lied von "Hiawatha" zu uns herüberklang? Wird es aus dem Erdteil der Antipoden sein, dem Goldklumpen der Südsee, dem Land der Gegensätze, wo unsere Nacht als Tag strahlt und schwarze Schwäne in Mimosenwäldern singen? Oder aus dem Land, wo die Memnonsäule klang und klingt, wir aber die Sphinx der Wüste nicht verstanden? Wird es von der Steinkohleninsel sein, wo Shakespeare der Herrscher ist seit Elisabeths Zeiten? Aus der Heimat Tycho Brahes. wo sie ihn nicht duldeten. oder aus dem Märchenland Kaliforniens, wo der Wellingtonbaum seine Krone als der Weltwälder König erhebt?

Wann wird der Stern leuchten, der Stern auf der Stirne der Muse, die Blütenkrone, in deren Blättern des Jahrhunderts Ausdruck vom Schönen in Form, in Farbe und Duft eingeschrieben ist?

"Und das Programm der neuen Muse? " fragen kundige Reichstagsabgeordnete unserer Tage. "Was will sie?"

Fragen wir lieber, was sie nicht will!

Sie wird nicht als ein Gespenst der dahingeschwundenen Zeit auftreten; sie wird keine Dramen aus den abgelegten Herrlichkeiten der Szene zusammenzimmern oder die Mängel dramatischer Architektur mit den blendenden Draperien der Lyrik decken; ihr Flug wird sein wie der vom Thespiskarren bis zu dem marmornen Amphitheater. Sie reißt nicht die gesunde Menschenrede in Stücke und nietet sie wieder zusammen zu einem künstlichen Glockenspiel mit einschmeichelndem Klang aus den Troubadour-Turnieren. Sie wird nicht das Versmaß hinstellen als den Adeligen und die Prosa als den Bürgerlichen; ebenbürtig sind sie in Klang, Fülle und Kraft. Wie wird nicht die alten Götter aus Islands Sagafelsen herausmeißeln, die sind tot; die neue Zeit hat keine Sympathie für sie, keine Verwandtschaft mit ihnen. Sie wird ihren Zeitgenossen nicht zumuten, daß sie ihre Gedanken in französischen Romankneipen einlogieren; sie wird nicht sanft betäuben mit dem Chloroform der Alltagsgeschichten; sie wird ein Lebenselixier bringen; ihr Sang in Vers und Prosa wird kurz, klar, reich sein! Der Herzschlag der Nationalitäten - jeder ein Buchstabe in dem großen Entwicklungsalphabet, den wird sie ergreifen, jeden Buchstaben mit derselben Liebe, und zu Worten zusammenstellen und die Worte zu Rhythmen schlingen in der Hymne ihres Zeitalters.

Und wann sind die Zeiten reif, zu kommen?

Uns, die wir noch hier sind, wird die Zeit lang erscheinen, kurz wird sie denjenigen sein, die vorausflogen!

Bald fällt die chinesische Mauer; die Eisenbahnen Europas erreichen das Kulturarchiv Asiens - die zwei Kulturströmungen begegnen sich! Dann vielleicht braust die Flut mit ihrem tiefen Klang, wir Alten der Gegenwart werden zittern bei den starken Tönen, und in dem allen ein Ragnarökkr, den Fall der alten Götter erblicken, werden vergessen, daß hienieden die Zeiten und Geschlechter verschwinden und nur ein kleines Bild von jedem, umschlossen von der Kapsel des Wortes, auf dem Strom der Ewigkeit als Lotosblume schwimmt und uns sagt, daß sie alle Fleisch von unserem Fleisch in verschiedenen Gewändern sind; das Bild der Juden strahlt aus der Bibel, das der Griechen aus der Ilias und Odyssee; und unser Bild? - fragte die Muse des neuen Jahrhunderts im Ragnarökkr, wenn das neue Gimle sich in Verklärung und Verständnis erhebt.

Alle Macht des Dampfes, aller Druck der Gegenwart waren die Hebel! Meister Blutlos und seine rüstigen Gesellen, die unserer Zeit mächtige Herrscher zu sein seinen, sind nur Diener, schwarze Sklaven, welche den Festsaal schmücken, die Schätze herbeitragen, die Tafel decken zu dem großen Fest, bei welchem die Muse mit der Unschuld des Kindes, der Begeisterung der Jungfrau und dem Frieden und Wissen der Matrone, sie, dieses reiche, volle Menschenherz und der Gottesflamme, die wunderbare Aladinslampe der Dichtung zutage fördert.

Sei gegrüßt, du Muse der Poesie des neuen Jahrhunderts! Unser Gruß erhebt sich und wird vernommen werden wie die Gedankenhymne des Wurmes, der unter dem Eisen des Pfluges zerschnitten wird, während ein neuer Frühling strahlt und der Pflug seine Furchen schneidend zieht und Würmer zerschneidet, damit der Segen wachse einem kommenden neuen Geschlecht.

Sei gegrüßt, du Muse des neuen Jahrhunderts!




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