ESPAÑOL

La hija del rey del pantano

DANSK

Dyndkongens datter


Las cigüeñas cuentan muchísimas leyendas a sus pequeños, y todas ellas suceden en el pantano o el cenagal. Generalmente son historias adaptadas a su edad y a la capacidad de su inteligencia. Las crías más pequeñas se extasían cuando se les dice: «¡Cribel, crabel, plurremurre!». Lo encuentran divertidísimo, pero las que son algo mayores reclaman cuentos más enjundiosos, y sobre todo les gusta oír historias de la familia. De las dos leyendas más largas y antiguas que se han conservado en el reino de las cigüeñas, todos conocemos una, la de Moisés, que, abandonado en las aguas del Nilo por su madre, fue encontrado por la hija del faraón. Diósele una buena educación y llegó a ser un gran personaje, aunque nadie conoce el lugar de su sepultura. Pero esta historia la sabe todo el mundo.
La otra apenas se ha difundido hasta la fecha, acaso por tener un carácter más local. Durante miles de años, las cigüeñas se la han venido transmitiendo de generación en generación, cada una contándola mejor que la anterior, y así nosotros damos ahora la versión más perfecta.
La primera pareja de cigüeñas que la narró, y que había desempeñado personalmente cierto papel en ella, tiene su residencia veraniega en la casa de madera del vikingo, en el pantano de Vendsyssel. Está en el departamento de Hjörring, cerca de Skagen, en Jutlandia, para expresarnos científicamente. Todavía hoy existe allí un pantano enorme, según puede comprobarse leyendo la geografía de la región. Dicen los libros que en tiempos muy remotos aquello era el fondo del mar, que luego se levantó. Se extiende millas y millas en todas direcciones, rodeado de prados húmedos y de suelo movedizo, con turberas, zarzales y árboles raquíticos. Casi siempre flota sobre él una densa niebla, y setenta años atrás se encontraban aún lobos en aquellos parajes. Tiene bien merecido el nombre de «Pantano salvaje», y es fácil imaginar lo inaccesible que debió de ser hace mil años, todo él lleno de ciénagas y lagunas. Cierto que, mirado en conjunto, ya entonces ofrecía el aspecto actual: los cañaverales tenían la misma altura, con las mismas largas hojas y las flores pennadas de color pardomorado. Crecía, lo mismo que hoy, el abedul de blanca corteza y finas hojas sueltas y colgantes. Y en cuanto a los animales que moraban en la región, diremos que la mosca llevaba, su vestido de tul de idéntico corte que ahora, y que el color de la cigüeña era blanco y negro, con medias rojas. En cambio, el atuendo de los hombres era de distinto modelo que el nuestro. Eso sí, los que se aventuraban en aquel suelo pantanoso, ya fuesen siervos o cazadores libres, acababan hace mil años tan miserablemente como en nuestros días: quedaban presos en el fango y se hundían en la mansión del rey del pantano, como era llamado el personaje que reinaba en el fondo de aquel gran imperio. Aunque lo llamaban Rey del pantano, a nosotros nos parece más apropiado decir Rey de la ciénaga, que era el título que le daban las cigüeñas. De su modo de gobernar muy poco se sabía, y tal vez sea mejor así.
En las proximidades del pantano, junto al fiordo de Lim, alzábase la casa de madera del vikingo, con bodega de mampostería, torre y tres pisos. En el tejado, la cigüeña había establecido su nido, donde la madre empollaba tranquilamente sus huevos, segura de que los pequeños saldrían con toda felicidad.
Un anochecer, el padre llegó a casa más tarde que de costumbre, desgreñado y con las plumas erizadas. Venía muy excitado.
- Tengo que contarte algo espantoso - dijo a su esposa.
- ¡No me lo cuentes! - replicó ella -. Piensa que estoy incubando. A lo mejor recibo un susto, y los huevos lo pagarían.
- Pues tienes que saberlo - insistió el padre -. Ha llegado la hija de aquel rey de Egipto que nos da hospedaje. Se ha arriesgado a emprender este largo viaje, y ahora está perdida.
- ¿Cómo? ¿La de la familia de las hadas? ¡Cuéntame, deprisa! Ya sabes que no puedo sufrir que me hagan esperar cuando estoy empollando.
- Pues la niña ha dado fe a lo que dijo el doctor y que tú misma me explicaste. Que la flor de este pantano podía curar a su padre enfermo, y por eso se vino volando en vestido de plumas, acompañada de las otras dos princesas, vestidas igual, que todos los años vienen al Norte para bañarse y rejuvenecerse. Ha llegado y está perdida.
- Cuentas con tanta parsimonia - dijo la madre cigüeña -, que los huevos se enfriarán. Estoy impaciente y no puedo soportarlo.
- He aquí lo que he visto - prosiguió el padre -. Cuando me hallaba esta tarde en el cañaveral, donde el suelo es bastante firme para sostenerme, llegaron de pronto tres cisnes. En su aleteo había algo que me hizo pensar: «Cuidado, ésos no son cisnes de verdad; de cisnes sólo tienen las plumas». En estas cosas, a nosotros no nos la pegan. Tú lo sabes tan bien como yo.
- Desde luego - respondió ella -. Pero háblame de una vez de la princesa. ¡Dale que dale con los cisnes y sus plumas!
- Como sabes muy bien, en el centro del cenagal hay una especie de lago - prosiguió la cigüeña padre -. Si te levantas un poquitín, podrás ver un rincón de él. Allí, en el suelo pantanoso y junto al cañaveral, crece un aliso. Los tres cisnes se posaron en él y miraron a su alrededor aleteando. Uno de ellos se quitó la piel que lo cubría, y entonces reconocí a la princesa de nuestra casa de Egipto. Se sentó, sin más vestido que su larga y negra cabellera. La oí decir a sus dos compañeros que le guardasen el plumaje, mientras ella se sumergía en el agua para coger la flor que creía ver desde arriba. Los otros asintieron con un gesto de la cabeza y se elevaron por los aires, llevándose el vestido de plumas. «¿Qué se llevan entre manos?», pensé yo, y probablemente la princesa pensaría lo mismo. La respuesta me la dieron los ojos, y no los oídos: se remontaron llevándose el vestido de plumas mientras gritaban: «¡Échate al agua! Nunca más volarás disfrazada de cisne, ni volverás a ver Egipto. ¡Quédate en el pantano!». Y diciendo esto, hicieron mil pedazos el vestido de plumas y lo dispersaron por el aire como si fuesen copos de nieve. Luego, las dos perversas princesas se alejaron volando.
- ¡Es horrible! - exclamó la cigüeña madre -. ¡No puedo oírlo..! Pero sigue, ¿qué sucedió después?
- La princesa se deshacía en llanto y lamentos. Sus lágrimas caían sobre el aliso, el cual de pronto empezó a moverse, pues era el rey del cenagal en persona, el que vive en el pantano. Vi cómo el tronco giraba y desaparecía, y unas ramas largas cubiertas de lodo se levantaban al cielo como si fuesen brazos. La pobre niña, asustada, saltó sobre la movediza tierra del pantano. Pero si a mí no puede sostenerme, ¡imagina si podía soportarla a ella! Hundióse inmediatamente, y con ella el aliso; fue él quien la arrastró. En la superficie aparecieron grandes burbujas negras, y luego desapareció todo rastro. Ha quedado sepultada en el pantano, y jamás volverá a Egipto con la flor. ¡Se te hubiera partido el corazón, mujercita mía!
- ¿Por qué vienes a contarme esas cosas en estos momentos? Los huevos pueden salir mal parados. Sea como fuere, la princesa se salvará; alguien saldrá en su ayuda. Si se tratase de ti o de mí, la cosa no tendría remedio, desde luego.
- Sin embargo, iré todos los días a echar un vistazo - dijo el padre, y así lo hizo.
Durante mucho tiempo no observó nada de particular. Mas un buen día vio que salía del fondo un tallo verde, del cual, al llegar a la superficie del agua, brotó una hoja, que se fue ensanchando a ojos vistas. Junto a ella formóse una yema, y una mañana en que la cigüeña pasaba volando por encima, vio que, por efecto de los cálidos rayos del sol, se abría el capullo, y mostraba en su cáliz una lindísima niña, rosada y tierna como si saliera del baño.
Era tan idéntica a la princesa egipcia, que la cigüeña creyó al principio que era ella misma vuelta a la infancia. Mas pensándolo bien, llegó a la conclusión de que debía ser hija de ella y del rey del pantano. Por eso estaba depositada en un lirio de agua.
«Aquí no puede quedarse - pensó la cigüeña -. En mi nido somos ya demasiados, pero se me ocurre una idea. La mujer del vikingo no tiene hijos, y ¡cuántas veces ha suspirado por tener uno! Dicen de mí que traigo los niños pequeños; pues esta vez voy a hacerlo en serio. Llevaré la niña a la esposa del vikingo. ¡Qué alegría tendrá!».
Y la cigüeña cogió la criatura y se echó a volar hacia la casa de madera. Con el pico abrió un agujero en el hueco de la ventana y depositó la pequeñuela en el regazo de la mujer del vikingo. Seguidamente, regresó a su nido, donde explicó a madre cigüeña lo sucedido. Las crías escucharon también el relato, pues eran ya lo bastantes crecidas para comprenderlo.
- ¿Sabes? la princesa no está muerta. Ha enviado arriba a su hijita, y ella habita allá abajo.
- ¿No te lo dije yo? - exclamó mamá cigüeña -. Pero ahora piensa en ocuparte un poco de tus propios hijos. Se acerca el día de la marcha. Siento ya una especie de cosquilleo debajo de las alas. El cuclillo y el ruiseñor han partido ya, y, por lo que oigo, las codornices pronostican un viento favorable. O mucho me engaño, o mis hijos están en disposición de comportarse bravamente durante el viaje.
¡Qué alegría la de la mujer del vikingo cuando, al despertarse por la mañana, encontró a la hermosa niña sobre su pecho! La besó y la acarició, pero ella no cesaba de gritar con todas sus fuerzas y de agitar manos y piernas. Parecía estar de un pésimo humor. Finalmente, a fuerza de llorar, se quedó dormida, y estaba lindísima en su sueño. La mujer estaba loca de contenta. Sólo deseaba que regresara su marido, que había salido a una expedición con sus hombres.
Creyendo próximo su retorno, tanto ella como todos los criados andaban atareados poniendo orden en la casa.
Los largos tapices de colores que ella misma tejiera con ayuda de sus doncellas, y que representaban a sus divinidades principales - Odin, Thor y Freia -, fueron colgados de las paredes. Los siervos pulieron bien los escudos que adornaban las estancias. Sobre los bancos se colocaron almohadones, en el hogar del centro del salón se amontonó leña seca para encender fuego al primer aviso. El ama tomó parte activa en los preparativos, por lo que al llegar la noche se sentía muy cansada y durmió profundamente. Al despertarse, hacia la madrugada, experimentó un terrible sobresalto: la niña había desaparecido. Saltó de la cama, encendió una tea y buscó por todas partes. Y he aquí que al pie del lecho encontró, en vez de la niña, una fea y gorda rana. Su visión le produjo tanto enojo, que, cogiendo un palo, se dispuso a aplastarla. Pero el animal la miró con ojos tan tristes, que la mujer no se sintió con fuerzas para darle muerte. Siguió mirando por la habitación, mientras la rana croaba angustiosamente, como tratando de estimular su compasión.
Sobresaltada, la mujer se fue a la ventana y abrió el postigo. En el mismo momento salió el sol y lanzó sus rayos sobre la gorda rana. De repente pareció como si la bocaza del animal se contrajese, volviéndose pequeña y roja, los miembros se estirasen y tomasen formas delicadas. Y la mujer vio de nuevo en el lecho a su linda pequeñuela, en vez de la fea rana.
- ¿Qué es esto? - dijo -, ¿Acaso he soñado? Sea lo que sea, el hecho es que he recuperado a mi querida y preciosa hijita-. Y la besó y estrechó contra su corazón, pero ella le arañaba y mordía como si fuese un gatito salvaje.
El vikingo no llegó aquel día ni al siguiente, aunque estaba en camino. Pero tenía el viento contrario, pues soplaba a favor del vuelo de las cigüeñas, que emigraban hacia el Sur. Buen viento para unos, es mal viento para otros.
Al cabo de varios días con sus noches, la mujer del vikingo había comprendido lo que ocurría con su niña. Un terrible hechizo pesaba sobre ella. De día era hermosa como un hada de luz, aunque su carácter era reacio y salvaje. En cambio, de noche era una fea rana, plácida y lastimera, de mirada triste. Conjugábanse en ella dos naturalezas totalmente opuestas, que se manifestaban alternativamente, tanto en el aspecto físico como en el espiritual. Durante el día, la chiquilla que trajera la cigüeña tenía la figura de su madre y el temperamento de su padre; de noche, en cambio, su cuerpo recordaba el rey de la ciénaga, su padre, mientras el corazón y el sentir eran los de la madre. ¿Quién podría deshacer aquel embrujo, causado por un poder maléfico? Tal pensamiento obsesionaba a la mujer del vikingo, que, a pesar de todo, seguía encariñada con la pobre criatura. Lo más prudente sería no decir nada a su marido cuando llegase, pues éste, siguiendo la costumbre del país, no vacilaría en abandonar en el camino a la pobre niña, para que la recogiera quien se sintiese con ánimos. La bondadosa mujer no podía resignarse a ello. Era necesario que su esposo sólo viese a la criaturita a la luz del día.
Una mañana pasaron las cigüeñas zumbando por encima del tejado. Durante la noche se habían posado en él más de cien parejas, para descansar después de la gran maniobra. Ahora emprendían el vuelo rumbo al mediodía.
- Preparados todos los machos - sonó la orden -. ¡Mujeres y niños también!
- ¡Qué ligeras nos sentimos! - decían las cigüeñas jóvenes -. Las patas nos pican y cosquillean, como si tuviésemos ranas vivas en el cuerpo. ¡Qué suerte poder viajar por el extranjero!
- Manteneos dentro de la bandada - dijeron el padre y la madre - y no mováis continuamente el pico, que esto ataca el pecho.
Y se echaron a volar.
En el mismo momento se oyó un sonido de cuernos en el erial; era el vikingo, que desembarcaba con sus hombres. Volvía con un rico botín de las costas de Galia, donde las aterrorizadas gentes cantaban, como en Britania: «¡Líbranos, Señor, de los salvajes normandos!».
¡Qué vida y qué bullicio empezó entonces en el pueblo vikingo del pantano! Llevaron el barril de hidromiel a la gran sala, encendieron fuego y sacrificaron caballos. Se preparaba un gran festín. El sacrificador purificó a los esclavos, rociándolos con sangre caliente de caballo. Chisporroteaba el fuego, esparcíase el humo por debajo del techo, y el hollín caía de las vigas, pero todos estaban acostumbrados. Los invitados fueron obsequiados con un opíparo banquete. Olvidándose intrigas y rencillas, bebióse copiosamente, y en señal de franca amistad se arrojaban mutuamente a la cabeza los huesos roídos. El bardo - una especie de juglar, que también era guerrero y había tomado parte en la campaña en la que había presenciado los acontecimientos que ahora narraba - entonó una canción en la que ensalzó los hechos heroicos llevados a cabo por cada uno. Todas las estrofas terminaban con el estribillo: «La hacienda se pierde; los linajes se extinguen; los hombres perecen también, pero un nombre famoso no muere jamás».
Entonces todos golpeaban los escudos y martilleaban con un cuchillo o con un hueso sobre la mesa, provocando un ruido infernal.
La esposa del vikingo permanecía sentada en el banco transversal de la gran sala de fiestas; llevaba vestido de seda, brazaletes de oro y perlas de ámbar. Se había puesto sus mejores galas, y el bardo no dejó de mencionarla en su canto. Habló del tesoro que había aportado a su opulento marido, el cual estaba encantado con la hermosa niña que había visto a la luz del día, en toda su belleza. Le había gustado el carácter salvaje que se manifestaba en la criatura. Pensaba que la pequeña sería, andando el tiempo, una magnífica walkiria, capaz de competir con cualquier héroe; no parpadearía cuando una mano diestra le afeitara en broma las cejas con su espada.
Vacióse el primer barril de hidromiel y trajeron otro. Se bebía de firme, y los comensales eran gentes de gran resistencia. Sin embargo, ya entonces corría el refrán: «Los animales saben cuándo deben salir del prado; pero un hombre insensato nunca conoce la medida de su estómago». No es que no la conocieran, pero del dicho al hecho hay un gran trecho. También conocían este otro proverbio: «La amistad se enfría cuando el invitado tarda demasiado en marcharse». Y, sin embargo, no se movían; eran demasiado apetitosos la carne y el hidromiel. La fiesta discurrió con gran bullicio. Por la noche, los siervos durmieron en las cenizas calientes; untaron los dedos en la grasa mezclada con hollín y se relamieron muy a gusto. Fue una fiesta espléndida.
Aquel año, el vikingo se hizo otra vez a la vela, pese a que se levantaban ya las tormentas otoñales. Dirigióse con sus hombres a las costas británicas, lo cual, según él, era sólo «atravesar el charco». Su mujer quedó en casa con la niña. Ahora la madre adoptiva quería ya más a la pobre rana de dulce mirada y hondos suspiros, que a la belleza que arañaba y mordía.
Bosques y eriales fueron invadidos por las espesas y húmedas nieblas de otoño, que provocan la caída de las hojas. El «pájaro sin plumas», como llaman allí a la nieve, llegó volando en nutridas bandadas; se acercaba el invierno. Los gorriones se incautaron del nido de las cigüeñas, burlándose, a su manera, de las propietarias ausentes. ¿Dónde pararían éstas, con su prole?
Pues a la sazón estaban en Egipto, donde el sol calienta tanto en invierno como lo hace en nuestro país en los más hermosos días del verano. Tamarindos y acacias florecían por doquier. La media luna de Mahoma brillaba radiante en las cúpulas de las mezquitas. Numerosas parejas de cigüeñas descansaban en las esbeltas torres después de su largo viaje. Grandes bandadas habían alineado sus nidos sobre las poderosas columnas, las derruidas bóvedas de los templos y otros lugares abandonados. La palma datilera proyectaba a gran altura su copa protectora, como formando un parasol. Las grises pirámides se dibujaban como siluetas en el aire diáfano sobre el fondo del desierto, donde el avestruz hacía gala de la ligereza de sus patas, y el león contemplaba con sus grandes y despiertos ojos la esfinge marmórea, medio enterrada en la arena. El agua del Nilo se había retirado; en el lecho del río pululaban las ranas, las cuales ofrecían al pueblo de las cigüeñas el más sublime espectáculo que aquella tierra pudiera depararles. Los pequeños creían que se trataba de un engañoso espejismo, de tan hermoso que lo encontraban.
- Así van las cosas, aquí. Ya os lo dije yo que en nuestra tierra cálida se está como en Jauja - dijo la madre cigüeña; y los pequeños sintieron un cosquilleo en el estómago.
- ¿Queda aún mucho por ver? - preguntaron ¿Tenemos que ir más lejos todavía?
- No, ya no hay más que ver - respondió la vieja -. Después de esta bella tierra viene una selva impenetrable, donde los árboles crecen en confusión, enlazados por espinosos bejucos. Es una espesura inaccesible, a cuyo través sólo el elefante puede abrirse camino con sus pesadas patas. Las serpientes son allí demasiado gordas para nosotras, y las ardillas, demasiado rápidas y vivarachas. Por otra parte, si os adentráis en el desierto, se os meterá arena en los ojos; y esto en el mejor de los casos, es decir, si el tiempo es bueno; que si se pone tempestuoso, seréis engullidos por una tromba de arena. No, aquí es donde se está mejor. Hay ranas y langostas. Aquí nos quedaremos.
Y se quedaron. Los viejos se instalaron en su nido, construido en la cúspide del esbelto minarete, y se entregaron al descanso, aunque bastante tenían que hacer con alisarse las plumas y rascarse las rojas medias con el pico. De vez en cuando extendían el cuello, y, saludando gravemente, levantaban la cabeza, de frente elevada y finas plumas. En sus ojos pardos brillaba la inteligencia. Las jovencitas paseaban con aire grave por entre los jugosos juncos, mirando de reojo a sus congéneres. De este modo se trababan amistades, y a cada tres pasos se detenían para zamparse una rana. Luego cogían una culebrina con el pico, la balanceaban de un lado a otro, con movimientos de la cabeza que ellas creían graciosos; en todo caso, el botín les sabía a gloria. Los jóvenes petimetres armaban mil pendencias, golpeándose con las alas, atacándose unos a otros con el pico hasta hacerse sangre. Y así se iban enamorando y prometiendo los señoritos y las damitas. Al fin y al cabo, éste era el objetivo de su vida. Entonces cada pareja pensaba en construir su nido, lo cual daba pie a nuevas contiendas, pues en aquellas tierras cálidas todo el mundo es de temperamento fogoso. Pero, con todo, reinaba la alegría, y los viejos, sobre todo, estaban muy satisfechos. A los ojos de los padres está bien cuanto hacen los hijos. Salía el sol todos los días abundaba la comida, sólo había que pensar en divertirse y pasarlo bien. Pero al rico palacio del que las cigüeñas llamaban su anfitrión, no había vuelto la alegría.
El poderoso y opulento señor, con todos los miembros paralizados, yacía cual una momia en un diván de la espaciosa sala de policromas paredes. Habríase dicho que reposaba en el cáliz de un tulipán. Rodeábanlo parientes y amigos. No estaba muerto, pero tampoco podía decirse que estuviera vivo. Seguía sin llegar la salvadora flor del pantano nórdico, en cuya busca había partido aquella que más lo quería. Su joven y hermosa hija, que había emprendido el vuelo hacia el Norte disfrazada de cisne, cruzando tierras y mares, no regresaría nunca. «Ha muerto», habían comunicado a su vuelta las doncellas-cisnes. He aquí la historia que se habían inventado:
Íbamos las tres volando a gran altura, cuando nos descubrió un cazador y nos disparó una flecha, que hirió a nuestra amiguita. Ésta, entonando su canción de despedida, cayó lentamente como un cisne moribundo al lago del bosque. La enterramos en la orilla, bajo un aromático abedul. Pero la hemos vengado. Pusimos fuego bajo el ala de la golondrina que construía su nido en el techo de cañas del cazador. El fuego prendió, y toda la casa fue pasto de las llamas. El cazador murió abrasado, y la hoguera brilló por encima del lago, hasta el abedul a cuyo pie habíamos sepultado a nuestra amiga. Allí reposa la princesa, tierra que ha vuelto a la tierra. ¡Jamás regresará a Egipto! -. Y las dos se echaron a llorar.
La cigüeña padre, a quien contaron aquella fábula, castañeteó con el pico con tanta fuerza, que el eco resonó a lo lejos.
- ¡Mentira y perfidia! - exclamó -. Me entran ganas de traspasarles el pecho con el pico.
- ¡Sí, para rompértelo! - replicó la madre -. ¡Lo guapo que quedarías! Mejor será que pienses en ti y después en tu familia. ¿Qué te importan los demás?
- Sin embargo, mañana me pondré al borde del tragaluz de la cúpula, cuando se reúnan los sabios y eruditos para tratar del estado del enfermo. Tal vez de este modo se acercarán algo a la verdad.
Y los sabios y eruditos se congregaron. Hubo muchos y elocuentes discursos. Extendiéronse en mil detalles; pero la cigüeña no sacó nada en limpio, ni tampoco salió de la asamblea nada que pudiera aprovechar al enfermo ni a la hija perdida en el pantano. Sin embargo, bueno será que oigamos algo. ¡Tantas cosas hay que oír en este mundo!
Para entender lo ocurrido, conviene ahora que nos remontemos a los principios de esta historia. Así la podremos comprender bien, o al menos tanto como papá cigüeña.
«El amor engendra la vida. El amor más alto engendra la vida más alta», había dicho alguien. Y era una idea muy inteligente y muy bien expresada, al decir de los sabios.
- Es un hermoso pensamiento - afirmó enseguida papá cigüeña. - No acabo de entenderlo bien - replicó la madre -, y la culpa no es mía, sino del pensamiento. Pero me importa un comino, otras cosas tengo en que pensar.
Los sabios se extendieron luego en largas disquisiciones sobre las distintas clases de amor. Hay que distinguir el amor que los novios sienten uno hacia el otro, del amor entre padres e hijos; y también es distinto el amor de la luz por las plantas - y los sabios describieron cómo el rayo del sol besa el cieno y cómo de este beso brota el germen -. Todo ello fue expuesto con grandes alardes de erudición, hasta el extremo de que la cigüeña padre fue incapaz de seguir el hilo del discurso, y no digamos ya de repetirlo. Quedó muy pensativo y, entonando los ojos, pasóse todo el día siguiente de pie sobre una pata. Aquello era demasiado para su inteligencia.
Pero una cosa entendió papá cigüeña, una cosa que había oído tanto de labios de los ciudadanos inferiores como de los signatarios más encopetados: que para miles de habitantes y para la totalidad del país era una gran calamidad el hecho de que aquel hombre estuviese enfermo sin esperanzas de restablecerse. Sería una suerte y una bendición el que recuperase la salud. «Pero, ¿dónde crece la flor que posee virtud para devolvérsela?». Todos lo habían preguntado, consultado los libros eruditos, las brillantes constelaciones, los vientos y las intemperies. Habían echado mano de todos los medios posibles, y finalmente la asamblea de eminencias había llegado, según ya se dijo, a aquella conclusión: «El amor engendra vida, vida para el padre», con lo cual dijeron más de lo que ellos mismos comprendían. Y lo repitieron por escrito, en forma de receta: «El amor engendra vida». Ahora bien, ¿cómo preparar aquella receta? Ahí estaba el problema. Por fin convinieron unánimemente en que el auxilio debía partir de la princesa, que amaba a su padre con todo el corazón y toda el alma. Tras muchas discusiones, encontraron también el medio de llevar a cabo la empresa. Hacía ahora exactamente un año que la princesa, una noche de luna creciente, a la hora en que ya el astro declinaba, se dirigió a la esfinge de mármol del desierto. Llegada frente a ella, hubo de quitar la arena que cubría la puerta que había a su pie, y seguir el largo corredor que llevaba al centro de la enorme pirámide, en que reposaba la momia de uno de los poderosos faraones de la Antigüedad, rodeada de pompa y magnificencia. Debería apoyar la cabeza sobre el muerto, y entonces le sería revelada la manera de salvar la vida de su padre.
Todo lo había cumplido la princesa, y en sueños se le había comunicado que debía partir hacia el Norte en busca de un profundo pantano situado en tierra danesa. Le habían marcado exactamente el lugar, y debía traer a su país la flor de loto que tocara su pecho en lo más hondo de sus aguas. Así es como se salvaría su padre.
Por eso había emprendido ella el viaje al pantano salvaje, en figura de cisne. De todo esto se enteraron la pareja de cigüeñas, y ahora también nosotros estamos mucho mejor enterados que antes. Sabemos que el rey del pantano la había atraído hacia sí, y que los suyos la tenían por muerta y desaparecida. Sólo el más sabio de los reunidos añadió, como dijera ya la madre cigüeña: «Ella encontrará la manera de salvarse», y todos decidieron esperar a que se confirmara esta esperanza, a falta de otra cosa mejor.
- Ya sé lo que voy a hacer - dijo cigüeña padre -. Quitaré a las dos malas princesas su vestido de cisnes. Así no podrán volver al pantano y cometer nuevas tropelías. Guardaré los plumajes allá arriba, hasta que les encuentre alguna aplicación.
- ¿Dónde los vas a esconder? - preguntó la madre.
- En nuestro nido del pantano - respondió él -. Yo y nuestros pequeños podemos ayudarnos mutuamente para su transporte, y si resultasen demasiado pesados, siempre habrá algún lugar en ruta donde ocultarlos hasta el próximo viaje. Un plumaje de cisne sería suficiente para la princesa, pero si hay dos, mejor que mejor. Para viajar por el Norte hay que ir bien equipado.
- Nadie te lo agradecerá - dijo la madre -. Pero tú eres el que mandas. Yo sólo cuento durante la incubación.
En el pueblo del vikingo, a orillas del pantano salvaje, donde en primavera vivían las cigüeñas, habían dado nombre a la niña. La llamaron Helga, pero aquel nombre era demasiado dulce para el temperamento que se albergaba en su hermosa figura. Mes tras mes iba la niña creciendo, y así pasaron varios años, en el curso de los cuales las cigüeñas repitieron regularmente su viaje: en otoño rumbo al Nilo, y en primavera, de vuelta al pantano. La pequeña se había convertido en una muchacha, y, antes de que nadie se diese cuenta, en una hermosísima doncella de 16 años. Pero bajo la bella envoltura ocultábase un alma dura e implacable. Era más salvaje que la mayoría de las gentes de aquellos rudos y oscuros tiempos. Su mayor placer era bañar las blancas manos en la sangre humeante del caballo sacrificado. En sus accesos de furor mordía el cuello del gallo negro que el sacerdote se disponía a inmolar, y a su padre adoptivo le decía muy en serio:
- Si viniese tu enemigo y atase una soga a las vigas de nuestro tejado, y lo levantase justamente encima de la habitación donde duermes, yo no te despertaría aunque pudiera hacerlo. No oiría nada, pues aún zumba en mi oído la sangre desde aquel día en que me pegaste una bofetada. ¡Tengo buena memoria!
Pero el vikingo no prestaba crédito a sus palabras; como todos los demás estaba trastornado por su hermosura, y tampoco conocía la transformación interior y exterior que la pequeña Helga sufría todos los días. Montaba a caballo sin silla, como formando una sola pieza con su montura, y partía al galope tendido. No se apeaba cuando el animal se batía con otros de igual fiereza. Completamente vestida se arrojaba a la violenta corriente de la bahía y salía nadando al encuentro del vikingo, cuando el bote de éste avanzaba hacia la orilla. De su largo y hermoso cabello se cortó el rizo más largo, para trenzar con él una cuerda de arco. - Lo mejor es lo que se hace uno mismo - decía.
La mujer del vikingo, que, como correspondía a la época y a las costumbres, era de voluntad firme y carácter recio, en comparación con su hija adoptiva era un ser dulce y tímido. Por otra parte, sabía que aquella criatura terrible era víctima de un embrujo.
Cuando la madre estaba en la azotea o salía al patio, muchas veces Helga se sentía acometida del perverso capricho de sentarse sobre el borde del pozo y, agitando brazos y piernas, precipitarse por el angosto y profundo agujero. Impelida por su naturaleza de rana, se zambullía hasta el fondo. Luego volvía a la superficie, trepaba como un gato hasta la boca del pozo y, chorreando agua, entraba en la sala, donde las hojas verdes que cubrían el suelo eran arrastradas por el arroyuelo.
Pero había un momento en que Helga aceptaba el freno: el crepúsculo vespertino, durante el cual se volvía apacible y pensativa, dejándose guiar y conducir. Entonces, un sentimiento íntimo la acercaba a su madre, y cuando el sol se ponía y se producía su transformación interior y exterior, se quedaba quieta y triste, contraída en su figura de rana. Su cuerpo era entonces mucho más voluminoso que el de este animal, y precisamente esta circunstancia aumentaba su fealdad. Parecía una enana repugnante, con cabeza de rana y manos palmeadas. Una infinita tristeza se reflejaba en sus ojos, cuya mirada paseaba en derredor; en vez de voz emitía un croar apagado, como un niño que solloza en sueños. La mujer del vikingo la tomaba entonces en su regazo, olvidándose de su horrible figura, y mirando únicamente a sus tristes ojos. Y muchas veces le decía:
- Casi preferiría que fueses siempre mi ranita muda. Peor es tu aspecto cuando por fuera pareces tan bella.
Y escribía runas contra los hechizos y las enfermedades, y las echaba sobre la infeliz, pero no lograba ninguna mejoría.
- ¡Quién creería que fue tan pequeña y que reposó en el cáliz de un lirio de agua! - dijo un día la cigüeña padre -. Ahora es toda una moza, fiel retrato de su madre egipcia. Nunca hemos vuelto a verla desde aquel día. No ha conseguido salvarse, como creísteis tú y el sabio. Año tras año he volado sobre el pantano, pero jamás ha dado señal de vida. Te lo voy a confesar: aquellos años en que llegaba unos días antes que tú, para arreglar el nido y poner en orden las cosas, me pasé cada vez una noche entera volando, como una lechuza o un murciélago por encima del pantano, y siempre sin resultado. Hasta ahora los dos plumajes de cisne que traje del Nilo con ayuda de mis pequeños, siguen allí sin servir para nada. Y tanto como costó el transporte: tres viajes completos hubimos de invertir. Ahora llevan ya años en el fondo del nido, y si un día hay un incendio y la casa se quema, se consumirán ellos también.
- Y también nuestro buen nido - suspiró la cigüeña madre -. Tú piensas menos en él que en los plumajes y en tu princesa egipcia. ¿Por qué no bajas al pantano y te quedas a su lado?. Para tu propia familia eres un mal padre; te lo tengo dicho varias veces, desde que empollé por primera vez. ¡Con tal que esa salvaje chiquilla del vikingo no nos largue una flecha a las alas! No sabe lo que hace. Y, sin embargo, esta casa fue nuestra mucho antes que suya, debería tenerlo en cuenta. Nosotros no nos olvidamos nunca de pagar nuestra deuda; cada año traemos nuestra contribución: una pluma, un huevo y una cría, como es justo y equitativo. ¿Crees acaso que cuando la chica ronda por ahí me atrevo a salir como antes y como acostumbro hacer en Egipto, donde estoy en trato de igualdad con las personas, sin privarme de nada, metiendo el pico en escudillas y pucheros? No, aquí me estoy muy quietecita, rabiando por aquella mocosa.
Y rabiando también por su causa. ¿Por qué no la dejaste en el lirio de agua? No nos veríamos ahora en estos apuros.
- Bueno, bueno; eres mejor de lo que harían creer tus discursos - respondió papá cigüeña -. Te conozco mejor de lo que tú misma puedes conocerte.
Y pegando un salto y un par de aletazos y estirando las patas hacia atrás, se puso a volar, o, mejor diríamos, a nadar, sin mover siquiera las alas. Cuando estuvo alejado un buen trecho dio otro vigoroso aletazo, el sol brilló en sus blancas plumas, y cuello y cabeza se alargaron hacia delante. ¡Qué fuerza y qué brío!
- Es el más guapo de todos, esto no hay quien lo niegue - dijo mamá cigüeña -. Pero me guardaré bien de decírselo.
Aquella vez el vikingo llegó antes que de costumbre, en el tiempo de la cosecha, con botín y prisioneros. Entre éstos venía un joven sacerdote cristiano, uno de esos que perseguían a los antiguos dioses de los países nórdicos. En los últimos años se había hablado a menudo en la hacienda y en el aposento de las mujeres, de aquella nueva fe que se había difundido en todas las tierras del Mediodía, y que San Ansgario había llevado ya incluso hasta Hedeby, en el Schlei. Hasta la pequeña Helga había oído hablar de la religión del Cristo blanco, que, por amor a los hombres, había venido a redimirlos. Verdad es que la noticia, como suele decirse, le había entrado por un oído y salido por el otro. La palabra amor sólo parecía tener sentido para ella cuando, en el cerrado aposento, se contraía para transformarse en la mísera rana. Pero la mujer del vikingo no había echado la nueva en saco roto, y los informes y relatos que circulaban sobre aquel Hijo del único Dios verdadero, la habían impresionado profundamente.
Los hombres al volver de la expedición, habían hablado de los magníficos templos, construidos con ricas piedras labradas, en honor de aquel dios cuyo mandamiento era el amor. Habían traído varios vasos de oro macizo, artísticamente trabajados, y que despedían un singular aroma. Eran incensarios, de aquellos que los sacerdotes cristianos agitaban ante el altar, en el que nunca manaba la sangre, sino que el pan y el vino consagrados se transformaban en el cuerpo y la sangre de Aquel que se había ofrecido en holocausto para generaciones aún no nacidas.
El joven sacerdote cautivo fue encerrado en la bodega de piedra de la casa, con manos y pies atados con cuerdas de fibra. Era hermoso, «hermoso como el dios Baldur», había dicho la esposa del vikingo, la cual se compadecía de su suerte, mientras Helga pedía que le pasasen una cuerda a través de las corvas y lo atasen a los rabos de toros salvajes.
- Entonces yo soltaría los perros, y ¡a correr por el pantano y el erial! ¡Qué espectáculo, entonces, y aún sería más divertido seguirlo a la carrera!
Pero el vikingo se negó a someterlo a aquella clase de muerte, y lo condenó a ser sacrificado al día siguiente sobre la piedra sagrada del soto, como embaucador y perseguidor de los altos dioses. No sería la primera vez que se inmolaba allí a un hombre.
La joven Helga pidió que se le permitiese rociar con su sangre las imágenes de los dioses y al pueblo. Afiló su bruñido cuchillo, y al pasar sobre sus pies uno de los grandes y fieros perros, muy numerosos en la hacienda, le clavó el arma en el flanco.
- Esto es sólo un ensayo - dijo. La mujer del vikingo observó con gran pena la conducta de la salvaje y perversa muchacha. Cuando llegó la noche y se produjo la transformación en el cuerpo y el alma de la hermosa doncella, expresó, con el corazón compungido y ardientes palabras, todo el dolor que la embargaba.
La fea rana permanecía inmóvil, con el cuerpo contraído, clavados en la mujer los tristes ojos pardos, escuchándola y pareciendo comprender sus reproches con humana inteligencia.
- Nunca, ni siquiera a mi marido, dijo mi lengua una palabra de lo que por tu causa estoy sufriendo - exclamaba la esposa del vikingo -. Nunca hubiera creído que en mi alma cupiera tanto dolor. Grande es el amor de una madre, pero tu corazón ha sido siempre insensible a él. Tu corazón es como un frío trozo de barro. ¿Por qué viniste a parar a nuestra casa?
Un temblor extraño recorrió el cuerpo de la repugnante criatura, como si aquellas palabras hubiesen tocado un lazo invisible entre el cuerpo y el alma. Gruesas lágrimas asomaron a sus ojos.
- ¡Ya vendrán para ti tiempos duros! - prosiguió la mujer -. Pero también mi vida se hará espantosa. Mejor hubiera sido exponerte en el camino, recién nacida, para que te meciera la helada hasta hacerte morir -. Y la esposa del vikingo lloró amargas lágrimas, y se retiró, airada y afligida, detrás de la cortina de pieles que, colgando de la viga, dividía en dos la habitación.
La arrugada rana quedó sola en una esquina. Aun siendo muda, al cabo de un rato exhaló un suspiro ahogado. Era como si, sumida en profundo dolor, naciese una vida nueva en lo más íntimo de su pecho.
El feo animal avanzó un paso, aguzó el oído, dio luego un segundo paso y, con sus manos torpes, cogió la pesada barra colocada delante de la puerta. Sacóla sin hacer ruido y quitó luego la clavija de debajo de la aldaba. Después cogió la lámpara encendida que había en la parte delantera de la habitación; hubiérase dicho que una voluntad férrea le daba energías. Descorriendo el perno de hierro del escotillón, se deslizó escaleras abajo hasta el prisionero, que estaba dormido. Tocóle la rana con su mano fría y húmeda, y al despertar él y ver ante sí la repelente figura, estremecióse como ante una aparición infernal. El animal se sacó el cuchillo, cortó las ligaduras del cautivo y le hizo señas de que lo siguiera.
Él invocó nombres sagrados, trazó la señal de la cruz y, viendo que aquella figura seguía invariable, dijo:
- Bienaventurado el que tiene compasión del desgraciado. El Señor lo amparará en el día de la tribulación. ¿Quién eres? ¿Cómo tienes el exterior de un animal, y, sin embargo, realizas obras de misericordia?
La rana le hizo una seña y lo guió, entre corredores cerrados sólo por pieles de animales, hasta el establo, donde le señaló un caballo. Montó él de un saltó, pero la rana se subió delante, agarrándose a las crines. El prisionero comprendió su intención, y, emprendiendo un trote ligero, pronto se encontraron, por un camino que él no habría descubierto nunca, en el campo libre.
El hombre se olvidó de la repugnante figura de su compañera, sintiendo sólo la gracia y la misericordia del Señor, que obraba a través de aquel monstruo; y rezó piadosas oraciones y entonó canciones santas. La rana empezó a temblar: ¿se manifestaba en ella el poder de la oración y del canto, o era acaso el fresco de la mañana, que no estaba ya muy lejos? ¿Qué era lo que sentía? Incorporóse y trató de detener el caballo y saltar a tierra, pero el sacerdote la sujetó con todas sus fuerzas y entonó un canto para deshacer el hechizo que mantenía aquel ser en su repugnante figura de rana. El caballo se lanzó a todo galope, el cielo tiñóse de rojo, el primer rayo de sol rasgó las nubes, y el manantial de luz provocó la transformación cotidiana: nuevamente apareció la joven belleza con su alma demoníaca. Él, que tenía fuertemente asida a la hermosa doncella, espantóse y, saltando del caballo, lo detuvo, creyendo que tenía ante los ojos un nuevo y siniestro hechizo. Pero la joven Helga se había apeado también de un brinco; la breve falda sólo le llegaba hasta las rodillas. Sacando el afilado cuchillo del cinturón, arrojóse sobre su sorprendido compañero.
- ¡Deja que te alcance! - gritaba -. Deja que te alcance y te hundiré el cuchillo en el corazón. ¡Estás pálido como la cera! ¡Esclavo! ¡Mujerzuela!
Y se arrojó sobre él. Entablóse una ruda lucha. Parecía como si un poder invisible diese fuerzas al cristiano; sujetó a la doncella, y un viejo roble que allí crecía vino en su ayuda, trabando los pies de su enemiga con las raíces que estaban en parte al descubierto. Allí cerca manaba una fuente; el hombre roció con sus aguas cristalinas el pecho y el rostro de la muchacha, según costumbre cristiana; pero el bautismo no tiene virtud cuando del interior no brota al mismo tiempo el manantial de la fe.
Y, no obstante, este gesto surgió su efecto. En sus brazos obraban fuerzas sobrehumanas en lucha contra el poder del mal; y el cristiano pudo dominarla. Dejó ella caer los brazos, y se quedó contemplando con mirada de asombro las pálidas mejillas de aquel hombre que le parecía un poderoso mago, fuerte en sus artes misteriosas. Leía él en alta voz oscuras y funestas runas, trazando en el aire signos indescifrables. Ni ante el hacha centelleante ni ante un afilado cuchillo blandido ante sus ojos habría ella parpadeado; y, en cambio, lo hizo cuando él trazó la señal de la cruz sobre su frente. Permaneció quieta cual un ave amansada, reclinada la cabeza sobre el pecho.
Él le habló con dulzura de la caritativa acción que había realizado aquella noche cuando, presentándose en su prisión en figura de feísima rana, lo había desatado y vuelto a la luz y a la vida. También ella estaba atada, atada con lazos más duros que los de él, dijo, pero también llegaría, por su mediación, a la luz y la vida. La conduciría a Hedeby, a presencia del santo hombre Ansgario; en aquella ciudad cristiana se desharía el embrujo. Pero no debía llevarla montada delante de él, aunque se comportara con apacibilidad y mansedumbre.
- Montarás a la grupa, no delante. Tu beldad hechicera tiene un poder que procede del demonio, y lo temo. ¡Pero venceré, en el nombre de Cristo!
Hincóse de rodillas y rezó con piedad y fervor. Y fue como si la silenciosa naturaleza se trocase en un templo santo; los pájaros se pusieron a cantar, como si fueran el coro de los fieles, mientras la menta silvestre exhalaba un intenso aroma, como para reemplazar el de ámbar y el incienso. Él anunciaba en voz alta la palabra de las Escrituras: «La luz de lo alto nos ha visitado para iluminar a aquellos que se hallan sumidos en las sombras de la muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».
Y habló del anhelo de la criatura, y mientras hablaba, el caballo, que en veloz carrera lo había llevado hasta allí, permanecía inmóvil, pataleando en los largos zarcillos de la zarzamora, de modo que los jugosos frutos caían en la mano de Helga, ofreciéndole algo con que calmar el hambre.
Dócilmente se dejó subir a las ancas del caballo y quedó sentada como una sonámbulo, que se está quieta pero no despierta. El cristiano ató dos ramas en forma de cruz, que sostuvo en la mano, y emprendieron la ruta a través del bosque, cada vez más espeso e impenetrable, por un camino que se iba estrechando progresivamente, hasta que se perdió en la maleza. Cada zarzal era una barrera que les cerraba el paso y había que rodear; las fuentes no se convertían en arroyuelos, sino en verdaderos pantanos, que obligaban a nuevos rodeos. Mas el aire puro del bosque proporcionaba a los caminantes fuerza y alivio, y un vigor no menos intenso brotaba de las dulces palabras del jinete, en las que resonaban la fe y la caridad cristianas, animadas por el afán de llevar a la embrujada doncella hacia la luz y la vida.
La gota de lluvia perfora, dicen, la dura piedra. En el curso del tiempo, las olas del mar pulimentan y redondean la quebrada roca esquinada; el rocío de la gracia, que por vez primera caía sobre la pequeña Helga, reblandecía la dureza, redondeaba la arista. Ninguna conciencia tenía ella de lo que en sí misma ocurría. ¡Qué sabe la semilla, hundida en la tierra, de la planta y la flor que hay encerradas en ella, y que germinarán con ayuda de la humedad y de los rayos del sol!
Semejante al canto de la madre, que se va insinuando imperceptiblemente en el alma del niño, de manera que éste va imitando poco a poco las palabras sin comprenderlas, así también obraba allí el verbo, esa fuerza divina que santifica a cuantos en ella creen.
Salieron del bosque, cruzaron el erial y se adentraron nuevamente por selvas intransitables. Hacia el anochecer, se toparon con unos bandoleros.
- ¿Dónde raptaste esta preciosa muchacha? ­ le preguntaron los bandidos. Cogieron el caballo por la brida y obligaron a apearse a los dos jinetes; formaban un grupo muy numeroso. El sacerdote no disponía de más arma que el cuchillo que había arrancado a Helga, y con él se defendió valerosamente. Uno de los salteadores blandió su hacha, pero el cristiano saltó de lado, esquivando la herida. El filo del hacha fue a clavarse en el cuello del caballo; brotó un chorro de sangre y el animal se desplomó. Entonces, Helga, como arrancada de un profundo ensimismamiento, se precipitó contra el gimiente caballo. El sacerdote se colocó delante de ella para protegerla, pero uno de los bandidos le asestó un mazazo en la frente, con tal violencia que la sangre y los sesos fueron proyectados al aire, y el cristiano cayó muerto.
Los bandoleros sujetaron a Helga por los blancos brazos, pero en el mismo momento se puso el sol, y la muchacha se transformó en una fea rana. La boca, de un verde blanquecino, se ensanchó hasta cubrir la mitad de su cara, los brazos se le volvieron delgados y viscosos, una ancha mano palmeada se extendió en abanico... Los bandoleros la soltaron, espantados. Ella, convertida en un monstruo repulsivo, empezó a dar saltos, como era propio de su nueva naturaleza, más altos que ella misma, y desapareció entre la maleza. Los bandoleros creyeron que se las habían con las malas artes de Loki o con algún misterioso hechizo, y se apresuraron a alejarse del siniestro lugar.
Salió la luna llena e inundó las tierras con su luz. Entre la maleza apareció Helga en su horrible figura de rana. Se acercó al cadáver del sacerdote cristiano, que yacía junto al caballo, y lo contempló con ojos que parecían verter lágrimas. Su boca emitió un sonido singular, semejante al de un niño que prorrumpe en llanto. Arrojábase ya sobre uno ya sobre el otro y, recogiendo agua en su ancha mano, la vertía sobre los cuerpos. Muertos estaban y muertos deberían quedar; bien lo comprendió ella. No tardarían en acudir los animales de la selva, que devorarían los cadáveres. ¡No, no debía permitirlo! Se puso a excavar un hoyo, lo más hondo posible. Quería prepararles una sepultura, pero no disponía de más instrumentos que sus manos y una fuerte rama de árbol. Con el trabajo se le distendía tanto la membrana que le unía los dedos de batracio, que se desgarró y empezó a manar sangre. Comprendiendo que no lograría dar fin a su tarea, fue a buscar agua, lavó el rostro del muerto, cubrió el cuerpo con hojas verdes y, reuniendo grandes ramas, las extendió encima, tapando con follaje los intersticios. Luego cogió las piedras más voluminosas que pudo encontrar, las acumuló sobre los cuerpos y rellenó con musgo las aberturas. Hecho todo esto, consideró que el túmulo era lo bastante fuerte y protegido. Pero entretanto había llegado la madrugada, salió el sol y Helga recobró su belleza, aunque tenía las manos sangrantes, y por primera vez las lágrimas bañaban sus mejillas virginales.
En el proceso de su transformación, pareció como si sus dos naturalezas luchasen por conquistar la supremacía; la muchacha temblaba, dirigía miradas a su alrededor como si acabase de despertar de un sueño de pesadilla. Corrió a la esbelta haya para apoyarse en su tronco, y un momento después trepaba como un gato a la cima del árbol, agarrándose fuertemente a él. Allí se quedó semejante a una ardilla asustada, casi todo el día, en la profunda soledad del bosque, donde todo parece muerto y silencioso. ¡Muerto! Verdad es que revoloteaban unas mariposas jugando o peleándose, y que a poca distancia se destacaban varios nidos de hormigas, habitados cada uno por algunos centenares de laboriosos insectos, que iban y venían sin cesar. En el aire danzaban enjambres de innúmeros mosquitos; nubes de zumbadoras moscas pasaban volando, así como libélulas y otros animalillos alados; la lombriz de tierra se arrastraba por el húmedo suelo, los topos construían sus galerías... pero todo lo demás estaba silencioso y muerto. Nadie se fijaba en Helga, a excepción de los grajos, que revoloteaban en torno a la cima del árbol donde ella se hallaba; curiosos, saltaban de rama en rama, hasta llegar a muy poca distancia de la muchacha. Una mirada de sus ojos los ahuyentaba, y ni ellos sacaban nada en claro de la doncella, ni ésta sabía qué pensar de su situación.
Al acercarse la noche y comenzar la puesta del sol, la metamorfosis la movió a dejar su actitud pasiva. Deslizóse del tronco, y no bien se hubo extinguido el último rayo, volvió ella a contraerse y a convertirse en rana, con la piel de las manos desgarrada. Pero esta vez sus ojos tenían un brillo maravilloso, mayor casi que en los de la hermosa doncella. En aquella cabeza de rana brillaban los ojos de muchacha más dulces y piadosos que pueda imaginarse. Eran un testimonio de los sentimientos humanos que albergaba en su pecho. Y aquellos hermosos ojos rompieron a llorar, dando suelta a gruesas lágrimas que aligeraban el corazón.
Junto al túmulo que había levantado estaba aún la cruz hecha con dos ramas, la última labor del que ahora reposaba en el seno de la muerte. Recogióla Helga y, cediendo a un impulso repentino, la clavó entre las piedras, sobre el sacerdote y el caballo muertos. Ante el melancólico recuerdo volvieron a fluir sus lágrimas, y trazó el mismo signo en el suelo, todo alrededor de la tumba, como si quisiera cercarla con una santa valla. Y he aquí que mientras trazaba con ambas manos la señal de la cruz, desprendiósele la membrana que le unía los dedos, como si fuese un guante, y cuando se inclinó sobre la fuente para lavarse, vio, admirada, sus finas y blancas manos, y volvió a dibujar en el aire la señal de la cruz. Y he aquí que temblaron sus labios, movióse su lengua y salió, sonoro, de su boca, el nombre que con tanta frecuencia oyera pronunciar y cantar en el curso de su carrera por el bosque: el nombre de Jesucristo.
Cayóle la envoltura de rana y volvió a ser una joven y espléndida doncella. Pero su cabeza, fatigada, se inclinó; sus miembros pedían descanso, y se quedó dormida.
Su sueño fue breve, pues se despertó a medianoche. Ante ella estaba el caballo muerto, radiante y lleno de vida; de sus ojos y del cuello herido irradiaba un brillo singular. A su lado había el sacerdote cristiano. «¡Más hermoso que Baldur!», habría dicho la mujer del vikingo, y, sin embargo, venía como rodeado de llamas.
El sacerdote la miraba con ojos graves, en los que la dulzura templaba la justicia. El alma de Helga quedó como iluminada por la luz de aquella mirada. Los repliegues más recónditos de su corazón quedaron al descubierto. Helga se estremeció, y su recuerdo se despertó con una intensidad como sólo se dará en el día del juicio. Su memoria revivió todas las bondades recibidas, todas las palabras amorosas que le habían dirigido. Comprendió que era el amor lo que la había sostenido en los días de prueba, en los que la criatura hecha de alma y cieno fermenta y lucha. Se dio cuenta de que no había hecho más que seguir los impulsos de sus instintos, sin hacer nada para dominarlos. Todo le había sido dado, todo lo había dirigido un poder superior. Inclinóse profundamente, llena de humildad y de vergüenza, ante Aquel que sabía leer en cada repliegue de su corazón. Y entonces sintió como una chispa de la llama purificadora, un destello del Espíritu Santo.
- ¡Hija del cenagal! - exclamó el sacerdote cristiano -. Saliste del cieno, de la tierra; de la tierra volverás a nacer. El rayo de sol encerrado en tu cuerpo te devolverá a su manantial primero. No el rayo procedente del cuerpo del sol, sino el rayo de Dios. Ningún alma se perderá, pero el camino a través del tiempo es largo, es el vuelo de la vida hacia la eternidad. Yo vengo de la mansión de los muertos; también tú habrás de cruzar los sombríos valles para alcanzar la luminosa región de las montañas, donde moran la gracia y la perfección. No te conduciré a Hedeby a que recibas el bautismo cristiano; antes debes romper el escudo de agua que cubre el fondo profundo del pantano, debes sacar a la superficie la viva raíz de tu vida y de tu cuna. Has de cumplir esta empresa antes de que descienda sobre ti la bendición.
Montó a Helga sobre el resplandeciente caballo. Puso en sus manos un incensario de oro igual al que había visto en casa del vikingo. Despedía un olor suave e intenso. La abierta herida de la frente del muerto brillaba como una radiante diadema. Cogió él la cruz de la tumba y, levantándola, emprendieron el vuelo por los aires, por encima del rumoroso bosque de las colinas. Cuando volaban sobre los montículos, llamados tumbas, de gigantes, los antiguos héroes que en ellos reposaban, salían de la tierra, vestidos de hierro, montados en sus corceles de batalla. Su casco dorado brillaba a la luz de la luna, y su largo manto flotaba al viento como una negra humareda.
Los dragones que guardaban los tesoros levantaban la cabeza para mirarlos. Los enanos se asomaron en las elevaciones de terreno y en los surcos de los campos, formando un revoltijo de luces rojas azules y verdes; parecían las chispas de las cenizas de un papel quemado.
Por bosques y eriales, a través de torrentes y pantanos, avanzaron volando hasta el cenagal, sobre cuya superficie se pusieron a describir grandes círculos. El sacerdote sostenía la cruz en alto, de la que irradiaba un dorado resplandor, mientras de sus labios salía el canto de la misa. Helga lo acompañaba, a la manera de un niño que imita el cantar de su madre, y seguía agitando el incensario, del que se desprendía un perfume tan fuerte y milagroso, que los juncos y las cañas echaban flores. Todos los gérmenes brotaban del profundo suelo, todo lo que tenía vida subía hacia arriba. Sobre las aguas se extendió un velo de lirios de agua, como una alfombra de flores, y sobre él descansaba dormida, una mujer joven y bella. Helga creyó ver su propio reflejo en la superficie del agua; pero era su madre la que veía, la esposa del rey del pantano, la princesa de las aguas del Nilo.
El sacerdote mandó a Helga que montara a la durmiente sobre el caballo. Éste cedió bajo la nueva carga como si su cuerpo no fuese otra cosa sino una mortaja que ondeaba al viento. Pero la señal de la cruz dio nuevas fuerzas al fantasma aéreo, y los tres siguieron cabalgando hasta llegar a la tierra firme.
Cantó el gallo en el castillo del vikingo. Sacerdote y caballo se disolvieron en niebla que arrastró el viento. La madre y la hija quedaron solas, frente a frente.
- ¿Es mi imagen, la que veo reflejada en estas aguas profundas? - preguntó la madre.
- ¿Es mi imagen la que veo reflejada en esta brillante superficie? - exclamó la hija. Y se acercaron, pecho contra pecho, brazo contra brazo. El corazón de la madre latía violentamente, y comprendió la verdad.
- ¡Hija mía, flor de mi alma! ¡Mi loto del fondo de las aguas!
Y abrazó a la doncella, llorando. Aquellas lágrimas fueron un nuevo bautismo de vida y de amor para Helga.
- Llegué aquí con plumaje de cisne y me despojé de él - dijo la madre -. Me hundí en el movedizo suelo del cenagal, hasta lo más profundo del pantano, que me rodeaba como un muro. Pronto noté la presencia de una corriente más fresca; una fuerza misteriosa me atraía hacia el fondo. Mis párpados experimentaban la opresión del sueño; me dormí y soñé. Parecióme como si estuviese dentro de la pirámide de Egipto, pero ante mí se alzaba aún el cimbreante aliso que tanto me había aterrorizado en la superficie del pantano. Miré las grietas de corteza, que resaltaban en brillantes colores y formaban jeroglíficos. Era la envoltura de la momia que yo buscaba. Desgarróse, y de su interior salió el rey milenario, la momia, negra como pez, reluciente como el caracol de bosque o como el suelo negro de la ciénaga. Era el rey del pantano o la momia de la pirámide, no podía decirlo. Me cogió en sus brazos y tuve la sensación de que iba a morir. No volví a sentir la vida hasta que me vino una especie de calor en el pecho, y un pajarillo me golpeó en él con las alas, piando y cantando. Desde mi pecho remontó el vuelo hacia el oscuro y pesado techo, pero seguía atado a mí por una larga cinta verde. Oí y comprendí las notas de su anhelo: «¡Libertad, sol, ir a mi padre!». Pensé entonces en el mío, allá en la soleada patria. Pensé en mi vida, en mi amor. Y solté el lazo, lo dejé flotar para que fuese a reunirse con el padre. Desde aquella hora no he vuelto a soñar; quedé sumida en un sueño largo y profundo, hasta este momento, en que me despertaron y redimieron unos cánticos y perfumes.
Aquella cinta verde que unía el corazón de la madre a las alas del pajarillo, ¿dónde estaba ahora? ¿Qué había sido de ella? Sólo la cigüeña lo había visto; la cinta era el tallo verde; el nudo, la brillante flor, la cuna de la niña que había crecido y que ahora volvía a descansar sobre el corazón de su madre.
Y mientras estaban así cogidas del brazo, papá cigüeña describía en el aire círculos a su alrededor y, volviendo a su nido, regresó con los plumajes de cisne que guardaba desde hacía tantos años. Los arrojó a las dos mujeres, las cuales se revistieron con las envolturas de plumas, y poco después se elevaban por los aires en figura de cisnes blancos.
- Hablemos ahora - dijo papá cigüeña -. Podremos entendernos, aunque tengamos los picos cortados de modo distinto. Ha sido una gran suerte que hayáis llegado esta noche, pues nos marchamos mañana mismo: la madre, yo y los pequeños. Nos vamos hacia el Sur. Sí, miradme. Soy un viejo amigo de las tierras del Nilo y la vieja lo es también, sólo que ella tiene el corazón mejor que el pico. Siempre creyó que la princesa se salvaría. Yo y los pequeños trajimos a cuestas los plumajes de cisne. ¡Ah, qué contento estoy y qué suerte que no me haya marchado aún! Partiremos al rayar el alba. Hay una gran concentración de cigüeñas. Nosotros vamos en vanguardia. Seguidnos y no os extraviaréis. Los pequeños y yo cuidaremos de no perderos de vista.
- Y la flor de loto que debía llevar - dijo la princesa egipcia ­ va conmigo entre las plumas del cisne; llevo la flor de mi corazón, y así todo se ha salvado. ¡A casa, a casa!
Pero Helga declaró que no podía abandonar la tierra danesa sin ver a su madre adoptiva, la amorosa mujer del vikingo. Cada bello recuerdo, cada palabra cariñosa, cada lágrima que había vertido aquella mujer se presentaba ahora claramente al alma de la muchacha, y en aquel momento le pareció que aquélla era la madre a quien más quería.
- Sí, pasaremos por la casa del vikingo - dijo la cigüeña padre-. Allí nos aguardan la vieja y los pequeños. ¡Cómo abrirán los ojos y soltarán el pico! Mi mujer no habla mucho, es verdad; es taciturna y callada, pero sus sentimientos son buenos. Haré un poco de ruido para que se enteren de nuestra llegada.
Y la cigüeña padre castañeteó con el pico, siguiendo luego el vuelo hacia la mansión de los vikingos, acompañado de los cisnes.
En la hacienda todo el mundo estaba sumido en profundo sueño. La mujer no se había acostado hasta muy avanzada la noche, inquieta por la suerte de Helga, que había desaparecido tres días antes junto con el sacerdote cristiano. Seguramente lo habría ayudado a huir, pues era su caballo el que faltaba en el establo. ¿Qué poder habría dictado su acción? La mujer del vikingo pensó en los milagros que se atribuían al Cristo blanco y a quienes creían en él y lo seguían. Extrañas ideas cobraron forma en su sueño. Parecióle que estaba aún despierta y pensativa en el lecho, mientras en el exterior una profunda oscuridad envolvía la tierra. Llegó la tempestad, oyó el rugir de las olas a levante, y a poniente, viniendo del Mar del Norte y del Kattegatt. La monstruosa serpiente que rodeaba toda la Tierra en el fondo del océano, se agitaba convulsivamente. Acercábase la noche de los dioses, Ragnarök, como llamaban los paganos al juicio final, donde todo perecería, incluso las altas divinidades. Resonaba el cuerno de Gjallar, y los dioses avanzaban montados en el arco iris, vestidos de acero, para trabar la última batalla. Ante ellos volaban las aladas Walkirias, y cerraban la comitiva las figuras de los héroes caídos. Todo el aire brillaba a la luz de la aurora boreal, pero vencieron las tinieblas; fue un momento espantoso.
Y he aquí que junto a la angustiada mujer del vikingo estaba, sentada en el suelo, la pequeña Helga en su figura de fea rana. También ella temblaba y se apretaba contra su madre adoptiva. Ésta la subió a su regazo y la abrazó amorosamente, a pesar de lo repulsiva que era en su envoltura de animal. Atronaba el aire el golpear de espadas y porras y el zumbar de las flechas, que pasaban como una granizada. Había sonado la hora en que iban a estallar el cielo y la Tierra y caer las estrellas en el fuego de Surtur, donde todo se consumiría, Pero sabía también que surgirían un nuevo cielo y una nueva tierra, que las mieses ondearían donde ahora el mar enfurecido se estrellaba contra las estériles arenas de la costa; sabía que el Dios misterioso reinaría, y que Baldur compasivo y amoroso, redimido del reino de los muertos, subiría a Él. Y vino; la mujer del vikingo lo vio y reconoció su faz: era el sacerdote cristiano que habían hecho prisionero.
«¡Cristo blanco!», exclamó; y al pronunciar el nombre estampó un beso en la frente de la rana. Cayó entonces la piel del animal y apareció Helga en toda su belleza, dulce como nunca y con mirada radiante. Besó las manos de su madre adoptiva, bendíjola por todos sus cuidados y por el amor que le mostrara en sus días de miseria y de prueba; diole las gracias por las ideas que había imbuido en ella y por haber pronunciado el nombre que ahora repetía ella: Cristo blanco. Entonces Helga se elevó en figura de un magnífico cisne blanco, y, desplegando majestuosamente las alas, emprendió el vuelo con un rumor parecido al que hacen las bandadas de aves migratorias.
Despertóse entonces la mujer y percibió en el exterior aquel mismo ruido de fuerte aleteo. Era - bien lo sabía - el tiempo en que las cigüeñas se marchaban; las había oído. Quiso verlas otra vez antes de su partida y gritarles adiós. Levantóse del lecho, salió a la azotea y vio las aves alineadas en el remate del tejado del edificio contiguo. Rodeando la hacienda y volando por encima de los altos árboles, se alejaban las bandadas en amplios círculos. Pero justamente delante de ella, en el borde del pozo donde Helga solía posarse y donde tantos sustos le diera, se habían posado ahora dos cisnes que la miraban con ojos inteligentes. Acordóse entonces de su sueño, que seguía viendo en su imaginación como si hubiese sido realidad. Pensó en Helga en figura de cisne, pensó en el sacerdote cristiano y de pronto sintió que una maravillosa alegría le embargaba el corazón. Era algo tan verdaderamente hermoso, que costaba trabajo creerlo.
Los cisnes agitaron las alas e inclinaron el cuello, como saludándola y la mujer del vikingo les tendió los brazos, como si lo entendiese, sonriéndoles entre las lágrimas, y agitada por mil encontrados pensamientos.
Entonces todas las cigüeñas levantaron el vuelo con gran ruido de alas y picos, para iniciar el viaje hacia el Sur.
- No aguardaremos a los cisnes - dijo la cigüeña madre -. Que vengan si quieren, pero no vamos nosotros a seguir aquí esperando la comodidad de esos chorlitos. Lo agradable es viajar en familia, y no como hacen los pinzones y los gallos de pelea, que machos y hembras van cada uno por su lado. Dicho sea entre nosotros, esto no es decente. ¡Toma! ¡Qué manera más rara de aletear la de los cisnes!
- Cada cual vuela como sabe - observó el padre -. Los cisnes lo hacen en línea oblicua; las grullas, en triángulo, y los chorlitos, en línea serpenteante.
- No hables de serpientes mientras estemos arriba - interrumpió la madre -. A los pequeños se les hará la boca agua, y como no podemos satisfacerlos, se pondrán de mal humor.
- ¿Son aquéllas las altas montañas de que oí hablar? - preguntó Helga, en su ropaje de cisne.
- Son nubes de tormenta que avanzan por debajo de nosotras - respondióle la madre.
- ¡Qué nubes más blancas las que se levantan allí! - exclamó Helga.
- Son montañas cubiertas de nieve - dijo la madre, y poco después pasaban por encima de los Alpes y entraban en el azul Mediterráneo.
- ¡África, la costa de África! - gritó alborozada la hija del Nilo en su figura de cisne cuando, desde las alturas, vislumbró una faja ondulada, de color blancoamarillento: su patria.
También las aves descubrieron el objetivo de su peregrinación y apresuraron el vuelo.
- ¡Huelo barro del Nilo y húmedas ranas! -dijo la cigüeña madre-. ¡Siento un cosquilleo y una comezón! Pronto podréis hartaros. Vais a ver también el marabú, el ibis y la grulla. Todos son de la familia, pero no tan guapos como nosotros, ni mucho menos. Se dan mucha importancia, especialmente el ibis. Los egipcios lo malcriaron; incluso lo rellenaban de hierbas aromáticas, a lo cual llaman embalsamar. Yo prefiero llenarme de ranas vivas, y pienso que también vosotros lo preferís; no tardaréis en hacerlo. Vale más tener algo en el buche mientras se está vivo, que servir al Estado una vez muerto. Tal es mi opinión, y no suelo equivocarme.
- ¡Han llegado las cigüeñas! - decían en la opulenta casa de la orilla del Nilo, donde, en la gran sala abierta, yacía, sobre mullidos almohadones y cubiertos con una piel de leopardo, el soberano, ni vivo ni muerto, siempre en espera de la flor de loto que crecía en el profundo pantano del Norte. Lo acompañaban parientes y criados.
Y he aquí que entraron volando en la sala los dos magníficos cisnes llegados con las cigüeñas. Despojáronse de los deslumbrantes plumajes y aparecieron dos hermosas figuras femeninas, parecidas como dos gotas de rocío. Apartándose los largos cabellos se inclinaron sobre el lívido y desfallecido anciano. Helga besó a su abuelo, y entonces se encendieron las mejillas de éste, y en sus ojos se reflejó un nuevo brillo, y nueva vida corrió por sus miembros paralizados. El anciano se incorporó, sano y rejuvenecido. Su hija y su nieta lo sostenían en sus brazos, como en un saludo matinal de alegría tras un largo y fatigoso sueño.
El alborozo se extendió por todo el palacio, y también en el nido de las cigüeñas, aunque en éste era provocado sobre todo por la buena comida y la abundancia de ranas. Y mientras los sabios se apresuraban a escribir a grandes rasgos la historia de las dos princesas y de la flor milagrosa - todo lo cual constituía un gran acontecimiento y una bendición para la casa y el país -, las cigüeñas padres la contaban a su familia a su manera. Naturalmente que esperaron a que todo el mundo estuviese harto, pues en otro caso no habrían estado para historias.
- Ahora vas a ser un personaje -dijo en voz baja la cigüeña madre.
- Es más que probable.
- ¡Bah, qué quieres que sea! - respondió el padre -. Además, ¿qué he hecho? Nada.
- Hiciste más que todos los restantes. Sin ti y sin nuestros pequeños, las dos princesas no habrían vuelto a ver Egipto, y seguramente no habrían podido devolver la salud al viejo. No pueden dejarte sin recompensa. Te otorgarán el título de doctor, y nuestros futuros hijos nacerán doctores, y los suyos aún llegarán más lejos. Siempre has tenido aire de doctor egipcio, al menos a mis ojos.
Los sabios y eruditos se reunieron y expusieron la idea fundamental, como ellos decían, que estaba en el fondo de todo lo sucedido: «El amor engendra la vida», y lo explicaron como sigue:
«El cálido rayo de sol era la princesa egipcia, la cual descendió al pantano, y de la unión con su rey habría nacido la flor...».
- No sé repetir exactamente sus palabras - dijo la cigüeña padre, que había asistido a la asamblea desde el tejado y ahora estaba informando en el nido -. Lo que dijeron era tan alambicado y complicado, tan enormemente talentudo, que en el acto se les concedieron dignidades y regalos. Hasta el cocinero de palacio obtuvo una gran condecoración; es de suponer que sería por la buena sopa.
- ¿Y qué te dieron a ti? - preguntó la cigüeña madre -. No podían dejar de lado al principal, y ese eres tú. A fin de cuentas, los sabios no han hecho sino charlar. Pero tu premio vendrá seguramente.
Ya entrada la noche, cuando la paz del sueño reinaba sobre la dichosa casa, había alguien que velaba aún, y no era precisamente la cigüeña padre, a pesar de que permanecía de pie sobre una pata en su nido y montaba la guardia durmiendo. No; quien velaba era Helga, que, desde la azotea, dirigía la mirada, a través de la diáfana atmósfera, a las grandes estrellas centelleantes, que brillaban con luz más límpida y más pura que en el Norte, a pesar de ser las mismas. Pensaba en la mujer del vikingo, allá en el pantano salvaje, en los dulces ojos de su madre adoptiva, en las lágrimas que había derramado por la pobre niña-rana, que ahora estaba, rodeada de magnificencia y bajo el resplandor de las estrellas, a orillas del Nilo, respirando el delicioso y primaveral aire africano. Pensaba en el amor contenido en el pecho de aquella mujer pagana, aquel amor que había demostrado a la mísera criatura, que en su figura humana era como un animal salvaje, y en su forma de animal era repugnante y repulsiva. Contemplaba las rutilantes estrellas, y entonces le vino a la memoria el brillo que irradiaba de la frente del muerto cuando cabalgaban por encima de bosques y pantanos. En su memoria resonaron notas y palabras que había oído pronunciar mientras avanzaban juntos, y que la habían impresionado hondamente, palabras de la fuente primaria del amor, del amor más sublime, que comprendía a todos los seres.
Sí, todo se lo habían dado, todo lo había alcanzado. Los pensamientos de Helga abarcaban de día y de noche la suma de su felicidad, en cuya contemplación se perdía como un niño que se vuelve presuroso del dador a la dádiva, a todos los magníficos regalos. Abríase al mismo tiempo su alma a la creciente bienaventuranza que podía venir, que vendría. Verdaderos milagros la habían ido elevando a un gozo cada vez mayor, a una felicidad cada vez más intensa. Y en estos pensamientos se absorbió tan completamente, que se olvidó del autor de su dicha. Era la audacia de su ánimo juvenil, a la que se abandonaban sus ambiciosos sueños. Reflejóse en su mirada un brillo inusitado, pero en el mismo momento un fuerte ruido, procedente del patio, la arrancó a sus imaginaciones. Vio dos enormes avestruces que describían rápidamente estrechos círculos. Nunca hasta entonces había visto aquel animal, aquella ave tan torpe y pesada. Parecía tener las alas recortadas, como si alguien le hubiera hecho algún daño. Preguntó qué le había sucedido.
Por primera vez oyó la leyenda que los egipcios cuentan acerca del avestruz.
En otros tiempos, su especie había sido hermosa y de vuelo grandioso y potente. Un anochecer, las poderosas aves del bosque le preguntaron:
- Hermano, mañana, si Dios quiere nos podríamos ir a beber al río.
El avestruz respondió:
- Yo lo quiero.
Al amanecer emprendieron el vuelo. Al principio se remontaron mucho, hacia el sol, que es el ojo de Dios. El avestruz iba en cabeza de las demás, dirigiéndose orgullosa hacia la luz en línea recta, fiando en su propia fuerza y no en quien se la diera. No dijo «si Dios quiere». He aquí que el ángel de la justicia descorrió el velo que cubre el flamígero astro, y en el mismo momento se quemaron las alas del ave, la cual se desplomó miserablemente. Jamás ha recuperado la facultad de elevarse. Aterrorizada, emprende la fuga, describiendo estrechos círculos en un radio limitado, lo cual es una advertencia para nosotros, los humanos, que, en todos nuestros pensamientos y en todos nuestros proyectos, nunca debemos olvidarnos de decir: «Si Dios quiere».
Helga agachó la cabeza, pensativa. Consideró el avestruz, vio su angustia y su estúpida alegría al distinguir su propia y enorme sombra proyectada por el sol sobre la blanca pared. El fervor arraigó profundamente en su corazón y en su alma. Había alcanzado una vida plena y feliz: ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué le esperaba? Lo mejor: si Dios quiere.

***

En los primeros días de primavera, cuando las cigüeñas reemprendían nuevamente el vuelo hacia el Norte, Helga se sacó el brazalete de oro, grabó en él su nombre y, haciendo seña a la cigüeña padre, le puso el precioso aro alrededor del cuello y le rogó que lo llevase a la mujer del vikingo, la cual vería de este modo que su hija adoptiva vivía, era feliz y la recordaba con afecto.
«Es muy pesado», pensó la cigüeña al sentir en el cuello la carga del anillo. «Pero el oro y el honor son cosas que no deben tirarse a la carretera. Allá arriba no tendrán más remedio que reconocer que la cigüeña trae la suerte».
- Tú pones oro y yo pongo huevos - dijo la madre -; sólo que tú lo haces una sola vez y yo todos los años. Pero ni a ti ni a mí se nos agradece. Y esto mortifica.
- Uno tiene la conciencia de sus buenas obras, madrecita - observó papá cigüeña.
- Pero no puedes hacer gala de ellas - replicó la madre -. Ni te dan vientos favorables ni comida.
Y emprendieron el vuelo.
El pequeño ruiseñor que cantaba en el tamarindo no tardaría tampoco en dirigirse a las tierras septentrionales. Helga lo había oído con frecuencia en el pantano salvaje, y quiso confiarle un mensaje; comprendía el lenguaje de los pájaros desde los tiempos en que viajara en figura de cisne. Desde entonces había hablado a menudo con cigüeñas y golondrinas; sin duda entendería también al ruiseñor. Rogóle que volase hasta el bosque de hayas de la península jutlandesa, donde ella había erigido la tumba de piedras y ramas. Y le pidió solicitase de todas las avecillas que protegiesen aquella tumba y cantasen sobre ella sus canciones.
Y partió el ruiseñor, y transcurrió el tiempo.
En la época de la cosecha, el águila desde la cúspide de la pirámide, vio una magnífica caravana de cargados camellos y hombres armados y ricamente vestidos, que cabalgaban sobre resoplantes caballos árabes. Eran corceles soberbios, con los ollares en perpetuo movimiento, y cuyas espesas melenas les colgaban sobre las esbeltas patas.
Ricos huéspedes, un príncipe real de Arabia, hermoso como debe serlo todo príncipe, hacían su entrada en la soberbia casa donde la cigüeña tenía su nido, ahora vacío. Sus ocupantes se hallaban en un país del Norte, pero no tardarían en regresar. Y regresaron justamente el día en que mayor eran el regocijo y la alegría. Se celebraba una boda: Helga era la novia, vestida de seda y radiante de pedrería. El novio era el joven príncipe árabe; los dos ocupaban los sitios de honor en la mesa, sentados entre la madre y el abuelo.
Pero ella no miraba las mejillas morenas y viriles del prometido, enmarcadas por rizada barba negra, ni sus oscuros ojos llenos de fuego, que permanecían clavados en ella. Miraba fuera, hacia la centelleante estrella que le enviaba sus rayos desde el cielo.
Llegó del exterior un intenso ruido de alas; las cigüeñas regresaban. La vieja pareja, aunque rendida por el viaje y ávida de descanso, fue a posarse en la balaustrada de la terraza, pues se habían enterado ya de la fiesta que se estaba celebrando. En la frontera del país, alguien las había informado de que la princesa las había mandado pintar en la pared, y que las dos formaban parte integrante de su historia.
- Es una gran distinción - exclamó la cigüeña padre.
- Eso no es nada - replicó la madre -. Es el honor más pequeño que podían hacernos.
Al verlas, Helga se levantó de la mesa y salió a la terraza a su encuentro, deseosa de acariciarles el dorso. La pareja bajó el cuello, mientras los pequeños asistían a la escena, muy halagados.
Helga levantó los ojos a la resplandeciente estrella, cuyo brillo se intensificaba por momentos. Y entre las dos se movía una figura más sutil aún que el aire, y, sin embargo, más perceptible. Acercóse a ella flotando: era el sacerdote cristiano. También él acudía a su boda; venía desde el reino celestial.
- El esplendor y la magnificencia de allá arriba supera a cuanto la Tierra conoce - dijo.
Helga rogó con mayor fervor que nunca, pidiendo que se le permitiese contemplar aquella gloria siquiera un minuto, y ver por un solo instante al Padre Celestial.
Y se sintió elevada a la eterna gloria, a la bienaventuranza, arrastrada por un torrente de cantos y de pensamientos. Aquel resplandor y aquella música celeste no la rodeaban sólo por fuera, sino también interiormente. No sería posible explicarlo con palabras.
- Debemos volvernos, te echarán de menos - dijo el sacerdote.
- ¡Otra mirada! - suplicó ella -. ¡Sólo otro instante!
- Tenemos que bajar a la Tierra, todos los invitados se marchan.
- Una mirada, la última.
Y Helga se encontró de nuevo en la terraza... pero todas las antorchas del exterior estaban apagadas, las luces de la cámara nupcial habían desaparecido, así como las cigüeñas. No se veían invitados, ni el novio... todo se había desvanecido en aquellos tres breves instantes.
Helga sintió una gran angustia, y, atravesando la enorme sala desierta, entró en el aposento contiguo. Dormían en él soldados forasteros. Abrió la puerta lateral que conducía a su habitación y cuando creía estar en ella se encontró en el jardín. Toda la casa había cambiado. En el cielo había un brillo rojizo; faltaba poco para despertar el alba.
Sólo tres minutos en el cielo, y en la Tierra había pasado toda una noche.
Entonces descubrió a las cigüeñas, y, llamándolas, les habló en su lengua. La cigüeña padre, volviendo la cabeza, prestó el oído y se acercó.
- ¡Hablas nuestra lengua! - dijo ¿Qué quieres? ¿Qué te trae, mujer desconocida?
- Soy yo, Helga. ¿No me conoces? Hace tres minutos estuvimos hablando allá afuera en la terraza.
- Te equivocas - repuso la cigüeña -. Todo eso lo has soñado.
- ¡No, no! - exclamó ella, y le recordó el castillo del vikingo, el pantano salvaje, el viaje...
La cigüeña padre parpadeó.
- Es una vieja historia que oí en tiempos de mi bisabuela. Es verdad que hubo en Egipto una princesa oriunda de las tierras danesas, pero hace ya muchos siglos que desapareció, en la noche de su boda, y jamás se supo de ella. Tú misma puedes leerlo en este monumento del jardín. En él hay esculpidos cisnes y cigüeñas, y en la cúspide estás tú misma, tallada en mármol blanco.
Y así era. Helga lo vio, y, comprendiendo, cayó de rodillas.
Salió el sol, y como en otra ocasión se desprendiera bajo sus rayos la envoltura de rana dejando al descubierto a la bella figura, así ahora se elevó al Padre, por la acción del bautismo de luz, una figura bellísima, más clara y más pura que el aire: un rayo luminoso.
El cuerpo se convirtió en polvo, y donde había estado apareció una marchita flor de loto.

***

Es un nuevo epílogo de la historia - dijo la cigüeña padre -. Jamás lo habría esperado. Pero me gusta. -¿Qué dirán de él los pequeños? - preguntó la madre.
- Sí, claro, esto es lo principal - respondió el padre.
Storkene fortælle for deres Smaa saa mange Eventyr, alle fra Sumpen og Mosen, de ere, almindeligviis, afpassede efter Alder og Fatteevne; de mindste Unger ere fornøiede med at der siges »krible, krable, plurremurre!« det finde de udmærket, men de Ældre ville have en dybere Betydning, eller idetmindste Noget om Familien. Af de to ældste og længste Eventyr, som have holdt sig hos Storkene, kjende vi Alle det ene, det om Moses, der af sin Moder blev sat ud i Nilens Vande, fundet af Kongens Datter, fik en god Opdragelse og blev en stor Mand, som man siden ikke veed om, hvor han blev begravet. Det er ganske almindeligt!

Det andet Eventyr kjendes endnu ikke, maaskee fordi det er næsten indenlandsk. Det Eventyr er gaaet fra Storkemo'er til Storkemo'er i tusinde Aar og hver af dem har fortalt det bedre og bedre, og vi fortælle det nu allerbedst.

Det første Storkepar, som kom med det og levede ind i det, havde deres Sommer-Ophold paa Vikingens Bjælkehuus oppe ved Vildmosen i Vendsyssel; det er i Hjøring Amt, høit mod Skagen i Jylland, naar vi skulle tale med Kundskaber; det er endnu en uhyre stor Mose, man kan læse om den i Amtsbeskrivelsen. Her har været Havbund, men den har hævet sig, staaer der; den strækker sig milevidt til alle Sider omgivet af vaade Enge og gyngende Kjær, med Tørvemoser, Multebær og usle Træer; næsten altid svæver en Taage hen over den og for halvfjerdsindstyve Aar siden fandtes her endnu Ulve; den kan rigtignok kaldes »Vildmosen« og man kan tænke sig hvor vildsomt, hvor megen Sump og Sø, her har været for tusind Aar siden! ja, i det Enkelte saae man den Gang her, hvad man endnu seer: Rørene havde samme Høide, samme Slags lange Blade og violbrune Fjæderblomster, som de bære endnu, Birken stod med hvid Bark og fine, løsthængende Blade ligesom endnu, og hvad de Levende, som kom her, angaae, ja, Fluen bar sin Florsklædning med samme Snit som nu, Storkens Liv-Couleur var Hvidt med Sort og røde Strømper, derimod havde Menneskene paa den Tid et andet Kjolesnit end nu til Dags, men hver af dem, Træl eller Jæger, hvem som helst, der traadte ud paa Hængedyndet, gik det for tusind Aar siden som det endnu gaaer dem, der komme her, de plumpede i, og sank ned til Dyndkongen, som de kaldte ham, der regjerede nede i det store Mose-Rige. Gungekongen kunde han ogsaa kaldes, men vi synes nu bedst om at sige Dyndkongen; og det kaldte Storkene ham ogsaa. Meget lidt veed man om hans Regjering, men det er maaskee det Bedste.

Nær ved Mosen, tæt op til Lümfjorden, laae Vikingens Bjælkehuus med steensat Kjelder, Taarn og tre Sæt Stokværk; øverst paa Taget havde Storken bygget Rede, Storkemoder laae paa Æg og var vis paa, de vilde lykkes.

En Aften blev Storkefader noget længe ude og da han kom hjem, saae han forpjusket og iilfærdig ud.

»Jeg har noget ganske Forfærdeligt at fortælle Dig!« sagde han til Storkemoder.

»Lad være med det!« sagde hun, »husk paa, at jeg ligger paa Æg, jeg kunde have Skade af det og da virker det paa Æggene!«

»Du maa vide det!« sagde han. »Hun er kommen her, Datteren af vor Vert i Ægypten! hun har vovet Reisen herop! og væk er hun!«

»Hun, som er af Feernes Slægt! fortæl dog! Du veed, at jeg kan ikke taale at vente i denne Tid, da jeg ligger!«

»Seer Du, Mo'er! hun har dog troet paa, hvad Doctoren sagde, som Du fortalte mig; hun har troet paa, at Moseblomsten heroppe kunde hjelpe hendes syge Fader og hun er fløiet i Fjæderham med de to andre Fjæderhams-Prindsesser, der hvert Aar skulle her Nord paa for at bade sig og forynges! hun er kommen, og hun er væk!«

»Du gjør det saa vidtløftigt!« sagde Storkemoder, »Æggene kunne blive forkølede! jeg kan ikke taale at være i Spænding!«

»Jeg har passet paa!« sagde Storkefader, »og iaften, jeg gik i Rørene, hvor Hængedyndet kan bære mig, da kom tre Svaner, der var Noget ved Svinget, som sagde mig: pas paa, det er ikke heelt Svane, det er Svaneham kun! Du kjender det paa Følelsen, Mo'er! ligesom jeg, Du veed, hvad der er det Rette!«

»Ja vist!« sagde hun, »men fortæl om Prindsessen! jeg er kjed af at høre om Svaneham!«

»Her midt i Mosen, veed Du, er ligesom en Sø,« sagde Storkefader, »Du kan see et Stykke af den, naar Du vil lette Dig; derop til Rørene og det grønne Hængedynd laae en stor Elletrunte; paa den satte de tre Svaner sig, sloge med Vingerne og saae sig om; den ene af dem kastede Svanehammen, og jeg kjendte i hende vor Huus-Prindsesse fra Ægypten; hun sad nu og havde ingen anden Kappe om sig, end sit lange, sorte Haar; hun bad de to andre, hørte jeg, at passe vel paa Svanehammen, naar hun dukkede ned under Vandet for at plukke Blomsten, som hun troede at see. De nikkede og lettede, løftede paa den løse Fjæderkjole; see hvad mon de vil med den, tænkte jeg, og hun spurgte dem vistnok lige om det samme og Svar fik hun, Syn for Sagen, de fløi iveiret med hendes Fjæderham: »»Dyk Du ned!«« raabte de, »»aldrig flyver Du meer i Svaneham, aldrig seer Du Ægyptens Land! sid Du i Vildmosen!«« og saa reve de hendes Fjæderham i hundrede Stykker, saa at Fjædrene fløi rundt omkring, som om det var et Sneefog! og bort fløi de to Skarns-Prindsesser!«

»Det er rædsomt!« sagde Storkemoder, »jeg kan ikke taale at høre det! - siig mig saa, hvad der skete videre!«

»Prindsessen jamrede og græd! Taarerne trillede ned paa Elletrunten og saa rørte den sig, for det var Dyndkongen selv, ham, der boer i Mosen. Jeg saae, hvor Trunten vendte sig og saa var den ingen Trunte meer, der stak op lange, dyndede Grene, ligesom Arme; da blev det stakkels Barn forskrækket og sprang afsted ind paa det gyngende Hængedynd, men der kan det ikke bære mig, mindre hende, hun sank strax i, og Elletrunten gik ned med, det var ham der halede; der kom store, sorte Bobler og saa var der ikke Spor mere. Nu er hun begravet i Vildmosen, aldrig kommer hun med Blomst til Ægyptens Land. Du havde ikke holdt ud at see paa det, Mo'er!«

»Saadant Noget skulde Du slet ikke fortælle mig i denne Tid! det kan gaae ud over Æggene! - Prindsessen hytter sig nok! hun faaer sagtens Hjelp! havde det været mig eller Dig, een af vore, saa havde det været forbi!«

»Jeg vil dog hver Dag see efter!« sagde Storkefader, og det gjorde han.

Nu gik der en lang Tid.

Da saae han en Dag, at dybt fra Bunden skjød frem en grøn Stilk, og da den naaede op til Vandspeilet, voxte frem et Blad, bredere og altid bredere; tæt ved kom en Knop, og da Storken en Morgenstund fløi hen over den, aabnede sig, ved de stærke Solstraaler, Blomsterknoppen og midt i den laae et deiligt Barn, en lille Pige, ligesom om hun var steget op fra Bad; hun lignede i den Grad Prindsessen fra Ægypten, at Storken først troede at det var hende, der var blevet lille, men da han tænkte sig om, fandt han det rimeligere at det var hendes og Dyndkongens Barn; derfor laae hun i Aakande.

»Der kan hun da ikke blive liggende;« tænkte Storken, »i min Rede ere vi allerede saa mange! men, der falder mig Noget ind! Vikingefruen har ingen Børn, tidt ønskede hun sig en Lille, jeg faaer jo Skyld for at bringe de Smaa, nu vil jeg dog engang gjøre Alvor af det! jeg flyver til Vikingefruen med Barnet; der vil blive en Fornøielse!«

Og Storken tog den lille Pige, fløi til Bjælkehuset, slog med Næbbet Hul paa den Blæreskinds Rude, lagde Barnet ved Vikingefruens Bryst, fløi saa til Storkemo'er og fortalte, og Ungerne hørte paa det; de vare store nok dertil.

»Seer Du, Prindsessen er ikke død! hun har sendt den Lille herop, og nu er den anbragt!«

»Det har jeg jo sagt fra første Færd!« sagde Storkemoder, »tænk nu lidt paa dine egne! det er snart paa Reisetiden; det begynder af og til at krille mig under Vingerne! Gjøgen og Nattergalen ere allerede afsted, og Vagtlerne hører jeg tale om, at vi snart faae god Medvind! vore Unger staae sig nok ved Manoeuveren, kjender jeg dem ret!«

Naa, hvor Vikingefruen blev glad, da hun om Morgenen vaagnede og fandt ved sit Bryst det lille, deilige Barn; hun kyssede og klappede det, men det skreg forfærdeligt og sprællede med Arme og Been, det syntes slet ikke fornøiet; tilsidst græd det sig isøvn og som det da laae der, var det Noget af det Deiligste, man kunde see paa. Vikingefruen var saa glad, saa let, saa karsk, det bares hende for, at nu vilde vist hendes Husbond med alle hans Mænd ligesaa uventet komme, som den Lille, og saa fik hun og hele Huset travlt, for at Alt kunde være istand. De lange, couleurte Tapeter, som hun og Pigerne selv havde, vævet med Billeder af deres Afguder, Odin, Thor og Freia, som de kaldtes, bleve hængte op, Trællene maatte skure de gamle Skjolde, som der pyntedes med, Hynder bleve lagte paa Bænkene og tørt Brænde paa Ildstedet midt i Hallen, for at Baalet strax kunde tændes. Vikingefruen tog selv fat med, saa at hun ud paa Aftenen var betydelig træt og sov godt.

Da hun nu henimod Morgenen vaagnede, blev hun inderlig forskrækket, thi det lille Barn var reent borte; hun sprang op, tændte en Fyrrespaan og saae rundt om, og da laae der, hvor hun strakte sine Fødder i Sengen, ikke det lille Barn, men en stor, hæslig Padde; hun blev ganske ækel ved den, tog en svær Stang og vilde slaae Frøen ihjel, men den saae paa hende med saadanne underlige, bedrøvede Øine, at hun ikke kunde slaae til. Endnu engang saae hun rundt om, Frøen gav et fiint, ynkeligt Qvæk, hun foer sammen derved og sprang fra Sengen hen til Lugen, den smak hun op; Solen kom idetsamme frem, kastede sine Straaler lige ind i Sengen paa den store Padde, og det var med Eet som om Udyrets brede Mund trak sig sammen og blev lille og rød, Lemmerne strakte sig i den nydeligste Skikkelse, det var hendes eget lille, deilige Barn, der laae og ingen hæslig Frø.

»Hvad er dog det!« sagde hun, »har jeg drømt en ond Drøm! det er jo mit eget yndige Alfebarn, der ligger!« og hun kyssede og trykkede det til sit Hjerte, men det rev og bed om sig ligesom en vild Kattekilling.

Ikke den Dag, heller ikke den næste kom Vikingeherren, skjøndt han var paa Veien, men Vinden var imod, den blæste syd paa for Storkene. Medbør for Een er Modbør for en Anden.

I et Par Dage og Nætter blev det Vikingefruen klart, hvordan det stod sig med hendes lille Barn, det var jo en forfærdelig Trolddom, der hvilede over det. Ved Dagen var det deiligt som en Lysalf, men havde en ond, vild Natur, om Natten derimod var det en hæslig Padde, stille og klynkende, med sorrigfulde Øine; her var to Naturer, der skiftede om, baade udad og indad; det kom af, at den lille Pige, som Storken havde bragt, eiede ved Dagen sin rette Moders Ydre, men paa den Tid sin Faders Sindelag; ved Natten derimod fik det Slægtskabet med ham synligt i sit Legems * Skikkelse, derimod straalede da, inde i det, Moderens Sind og Hjerte. Hvo kunde løse denne ved Seidkunst øvede Magt. Vikingefruen havde Angest og Bedrøvelse derover, og dog hang hendes Hjerte ved den stakkels Skabning, om hvis Tilstand hun ikke troede at turde fortælle sin Husbond, naar han nu snart kom hjem, thi da vilde han vist, som Skik og Brug var, lægge det stakkels Barn ud paa Alfarvei og lade det tage af hvem, der vilde. Det nænte den skikkelige Vikingefrue ikke, han skulde kun ved den lyse Dag faae Barnet at see.

En Morgenstund susede Storkevingerne hen over Taget; der havde om Natten over hundrede Storkepar udhvilet sig efter den store Manoeuver, nu fløi de op for at drage Syd paa.

»Alle Mand færdig!« hed det, »Kone og Børn med!«

»Jeg er saa let!« sagde Storkeungerne, »det kribler og krabler mig lige ud i Benene som om jeg var fyldt med levende Frøer! hvor det er deiligt at skulle reise udenlands!«

»Hold Jer i Flokken!« sagde Fader og Moder, »og lad ikke Knebbren gaae saa meget, det tager paa Brystet!«

Og de fløi.

I samme Stund klang Luren hen over Heden, Vikingen var landet med alle sine Mænd; de vendte hjem med rigt Bytte fra den galliske Kyst, hvor Folket, som i Bretland, i deres Skræk sang:

»Fri os fra de vilde Normanner!«


Naa, hvor der blev Liv og Lystighed i Vikingeborgen ved Vildmosen. Mjødkarret kom ind i Hallen, Baalet blev tændt og Heste bleve slagtede; her skulde ordentligt brases op. Offergoden sprængte det varme Hesteblod paa Trællene som Indvielse; Ilden knittrede, Bøgen trak hen under Loftet, Soden dryppede fra Bjælken, men det var man vant til. Gjester vare indbudte, og de fik gode Gaver, glemt var Rænker og Falskhed; drukket blev der, og de kastede hverandre de gnavede Knokler i Ansigtet, det var Tegn paa godt Humeur. Skjalden, - det var saadan en Slags Spillemand, men som ogsaa var Krigsmand, havde været med dem og vidste hvad det var han sang om, - gav dem en Vise, hvori de hørte om alle deres Krigsgjerninger og Mærkeligheder; ved hvert Vers kom det samme Omqvæde: »Formue døer, Frænder døe, selv døer man ligerviis, men aldrig døer et herligt Navn!« og saa sloge de Alle paa Skjolde og hamrede med Kniven eller et Knokkelbeen paa Bordpladen, saa at det kunde høres.

Vikingefruen sad paa Tværbænken i den aabne Gildeshal, hun havde Silkekjole, Guld-Armringe og store Ravperler; hun var i sin bedste Stads, og Skjalden nævnede ogsaa hende i sin Sang, talte om den gyldne Skat, hun havde bragt sin rige Husbond, og denne var rigtig glad i det deilige Barn, han havde kun seet det ved Dagen i al dets Deilighed; Vildskaben, der var ved det, syntes han godt om; hun kunde blive, sagde han, en drabelig Skjoldmø, der slog sin Kæmpe! ikke vilde hun blinke med Øinene, naar øvet Haand, i Spøg, hug med det skarpe Sværd Øienbrynene af hende.

Mjødkarret blev tømt, et nyt kjørt op, ja der blev drukket fyldeligt, det var Folk, der kunde taale fuldt op. Det Ordsprog var der dengang: »Qvæget veed, naar det skal gaae hjem fra Græsning, men uklog Mand kjender aldrig sin Maves Maal«. Ja, det vidste man, men man veed Eet og gjør et Andet! man vidste ogsaa, at »Kjær bliver kjedelig, naar han sidder længe i anden Mands Huus!« men man blev dog her, Suul og Mjød er en god Ting! det gik lysteligt; og til Natten sov Trællene i den varme Aske, dyppede Fingrene i den fede Sod og slikkede dem. Det var en rar Tid!

Endnu engang i Aaret drog Vikingen paa Tog, uagtet Efterhøstens Storme reiste sig; han gik med sine Mænd til Bretlands Kyst, det var jo »bare over Vandet«, sagde han, og hans Huusfrue blev tilbage med sin lille Pige, og vist var det, at Pleiemoderen snart næsten holdt mere af den stakkels Padde med de fromme Øine og de dybe Suk, end af Deiligheden, der rev og bed om sig.

Den raae, vaade Efteraars-Taage, »Mundløs«, der gnaver Bladene af, laae hen over Skov og Hede, »Fugl Fjæderløs«, som de kalde Sneen, fløi tæt paa hinanden, Vinteren var paa Vei; Spurvene toge Storke-Reden i Beslag og raisonnerede paa deres Viis over det fraværende Herskab; dette selv, Storkeparret med alle Ungerne, ja hvor vare de nu?

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Storkene vare nu i Ægyptens Land, hvor Solen skinnede varmt, som hos os paa en deilig Sommerdag, Tamarinder og Akasier blomstrede rundt om, Muhameds Maane straalede blank fra Tempel-Kuplerne; paa de slanke Taarne sad mangt et Storkepar og hvilede ud efter den lange Reise; hele store Flokke havde Rede ved Rede paa de mægtige Søiler og sønderbrudte Buer af Templer og glemte Steder; Daddelpalmen løftede sit Skjærmtag høit op, som om den vilde være Solskjærm. De hvidgraae Pyramider stode som Skyggerids paa den klare Luft henimod Ørkenen, hvor Strudsen viste, den kunde bruge sine Been, og Løven sad med store, kloge Øine og saae paa Marmor-Sphinxen, der laae halv begravet af Sandet. Nilens Vande vare traadte tilbage, hele Flodleiet mylrede med Frøer og det var nu for Storkefamilien det allerdeiligste Skue i dette Land. Ungerne troede, at det var Øien-Forblindelse, saa mageløst fandt de det Hele.

»Saadanne er det her, og saadanne have vi det altid i vort varme Land!« sagde Storkemoder, og det kriblede de Smaa i Maven.

»Faae vi endnu Mere at see?« sagde de, »skal vi meget meget længer ind i Landet?«

»Der er ikke Noget videre at see!« sagde Storkemoder; »ad den frodige Kant er kun vildsom Skov, hvor Træerne voxe i hverandre og filtres sammen af piggede Slyngplanter, kun Elephanten med sine plumpe Been kan der træde sig Vei; Slangerne ere os for store og Fiirbenene for muntre. Ville I ad Ørkenen til, saa faae I Sand i Øinene, gaaer det fiint til og gaaer det grovt til, komme I ind i en Sandhose; nei, her er bedst! her er Frøer og Græshopper! her bliver jeg og I med!«

Og de bleve; de Gamle sade i deres Rede paa den slanke Minaret, hvilede sig og havde dog travlt med at glatte Fjædrene og gnide med Næbbet paa de røde Strømper; saa løftede de Halsene, hilsede gravitetisk og hævede Hovedet med den høie Pande og de fine, glatte Fjædre, og deres brune Øine straalede saa klogt. Hun-Ungerne gik gravitetisk om mellem de saftige Rør, skottede efter de andre Storke-Unger, gjorde Bekjendtskab og slugte ved hvert tredie Skridt en Frø, eller gik og dinglede med en lille Slange, det tog sig godt ud, troede de, og det smagte. Han-Ungerne gjorde Klammeri, baskede hinanden med Vingerne, hug med Næbbet, ja stak til Blods, og saa blev den forlovet og den forlovet, Han-Ungerne og Hun-Ungerne, det var jo det, de levede for; og de byggede Rede, og kom saa igjen i nyt Klammeri, for i de hede Lande ere de nu Alle saa hidsige, men fornøieligt var det, og især en stor Glæde for de Gamle: Alting klæder Ens Unger! hver Dag var her Solskin, hver Dag fuldtop at æde, man kunde kun tænke paa Fornøielse. - Men inde i det rige Slot hos den ægyptiske Husvert, som de kaldte ham, var den slet ikke tilhuse.

Den rige, mægtige Herre laae paa Løibænk, stiv i alle sine Lemmer, udstrakt som en Mumie, midt i den store Sal med de broget malede Vægge; det var ligesom om han laae i en Tulipan. Slægtninge og Tjenere stode om ham, død var han ikke, leve kunde man heller ikke ret sige at han gjorde; den frelsende Moseblomst fra de nordlige Lande, den, der skulde søges og plukkes af Den, som høiest elskede ham, vilde aldrig blive bragt. Hans unge, deilige Datter, som i Svaneham fløi over Hav og Lande, høit mod Norden, skulde aldrig vende tilbage; »hun er død og borte!« havde de to hjemvendte Svane-Jomfruer meldt; de havde sat en heel Historie sammen derom, den fortalte de:

»Vi fløi alle Tre høit i Luften, da saae en Jæger os og afskjød sin Piil; den ramte vor unge Veninde, og langsomt syngende sit Farvel sank hun, som en døende Svane, ned midt i Skovsøen; der ved Bredden under en duftende Hængebirk begravede vi hende! Dog Hævn have vi taget; Ild bandt vi under Vingen paa Svalen, der byggede under Jægerens Rør-Tag, det tændtes, Huset slog op i Lue, han brændte inde, det lyste ud over Søen hen til den heldende Hængebirk, hvor hun nu er Jord i Jorden; aldrig kommer hun til Ægyptens Land!«

Og saa græd de begge To, og Storkefader, den Gang han hørte det, knebbrede med Næbbet, saa at det skraldede efter:

»Løgn og Paafund!« sagde han. »Jeg kunde have Lyst til at jage dem Snabelen lige ind i Brystet!«

»Og brække den af!« sagde Storkemoder, »saa kom Du til at see godt ud! tænk først paa Dig selv og saa paa din Familie, alt Andet ligger udenfor!«

»Jeg vil dog sætte mig paa Randen af den aabne Kuppel imorgen, naar alle de Lærde og Vise samles for at tale om den Syge; maaskee de saa komme Sandheden lidt nærmere!«

Og de Lærde og Vise kom sammen og talte meget, vidt og bredt, som Storken ikke kunde faae Noget ud af, - og der kom heller ikke Noget ud deraf for den Syge, eller for Datteren i Vildmosen; men derfor kunne vi gjerne høre lidt paa det, man maa jo høre paa saa Meget.

Men nu er det rigtigst ogsaa at høre og vide hvad der var gaaet forud, saa ere vi bedre med i Historien, idetmindste ligesaa meget som Storkefader.

»Kjærlighed føder Liv! den høieste Kjærlighed føder det høieste Liv! kun gjennem Kjærlighed er Livets Frelse for ham at vinde!« var der blevet sagt, og det var overmaade klogt og godt sagt, forsikkrede de Lærde.

»Det er en kjøn Tanke!« sagde strax Storke fader.

»Jeg forstaaer den ikke rigtigt!« sagde Storkemoder, »og det er ikke min Skyld, men Tankens, dog det kan da ogsaa være det samme, jeg har Andet at tænke paa!«

Og nu havde de Lærde talt om Kjærligheden mellem Dit og Dat, Forskjellen der var, Kjærligheden, som Kjærestefolk fornam, og den mellem Forældre og Børn, mellem Lyset og Væxterne, hvorledes Solstraalen kyssede Dyndet og at Spiren derved kom frem - det var saa vidtløftigt og lærd sat ud, at det blev umuligt for Storkefader at følge med, end sige at gjentage det; han blev ganske tankefuld derved, lukkede Øinene halvt i og stod paa eet Been en heel Dag derefter; Lærdommen var ham saa svær at bære.

Dog det forstod Storkefader, han havde hørt baade Smaafolk og de Allerfornemste tale lige ud af Hjertebunden, at det var en stor Ulykke for mange Tusinder og for Landet med, at den Mand laae syg og ikke kunde komme sig; Glæde og Velsignelse vilde det være, om han fik sin Sundhed igjen. »Men hvor voxer Sundhedsblomsten for ham?« derom havde de spurgt Allesammen, spurgt i lærde Skrifter, i blinkende Stjerner, i Veir og Vind, spurgt ad alle de Omveie, der vare at finde, og tilsidst havde de Lærde og Vise, som sagt, faaet det ud: »Kjærlighed føder Liv, Livet til Faderen,« og der sagde de mere end de selv forstode; de gjentoge og skrev da op som Recept: »Kjærlighed føder Liv«, men hvorledes hele den Ting efter Recepten skulde laves sammen, ja derved stod man. Tilsidst bleve de enige derom, Hjelpen maatte komme ved Prindsessen, hun, der med hele sin Sjæl og sit Hjerte holdt af denne Fader. Man faldt endeligt ogsaa paa, hvorledes det kunde bringes istand, ja det var nu mere end Aar og Dag siden, hun skulde om Natten, naar Nyet der tændtes, igjen var nede, begive sig ud til Marmor-Sphinxen ved Ørkenen, kaste Sandet bort fra Døren i Fodstykket, og der, gaae gjennem den lange Gang, som førte ind midt i en af de store Pyramider, hvor en af Oldtids mægtige Konger, omgivet af Pragt og Herlighed, laae i Mumie-Hylster; her skulde hun helde sit Hoved til den Døde, og da vilde aabenbares hende, hvor Liv og Frelse for hendes Fader var at vinde.

Alt det havde hun udført, og i Drømme erfaret, at fra den dybe Mose oppe i det danske Land, Stedet var blevet ganske nøiagtigt betegnet, maatte hun hjembringe den Lotus-Blomst, der i Vandets Dyb havde berørt hendes Bryst, da vilde han frelses.

Og derfor fløi hun i Svaneham fra Ægyptens Land op til Vildmosen. See, alt Dette vidste Storkefader og Storkemoder, og nu veed vi det tydeligere, end vi før vidste det. Vi veed, at Dynd-Kongen drog hende ned til sig, veed, at hun for dem i Hjemmet er død og borte; kun den Viseste af dem Alle sagde endnu, ligesom Storkemoder: »hun hytter sig nok!« og det vilde de da vente paa, for de vidste ikke noget Bedre.

»Jeg troer, at jeg rapser Svanehammen fra de to Skarns-Prindsesser!« sagde Storkefader, »saa kunne de da ikke komme til Vildmosen at gjøre Fortræd; Svanehammene selv gjemmer jeg deroppe til der er Brug for dem!«

»Hvor oppe gjemmer Du dem?« spurgte Storkemoder.

»I vor Rede ved Vildmosen!« sagde han. »Jeg og vore yngste Unger kunne hjelpes ad med at føre dem, og blive de os for besværlige, saa er der Steder nok paa Veien til at skjule dem til næste Trækning. Een Svaneham var vel nok for hende, men to ere bedre; det er godt at have meget Reisetøi i et nordligt Land!«

»Du faaer ikke Tak for det!« sagde Storkemoder, »men Du er jo Herre! jeg har ikke Noget at sige uden i Liggetiden!«

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I Vikingeborgen ved Vildmosen, hvorhen Storkene fløi mod Vaaren, havde den lille Pige faaet Navn; Helga havde de kaldt hende, men det Navn var altfor blødt for et saadant Sind, som det, den deiligste Skikkelse her havde; Maaned for Maaned kom det mere frem, og i Aaringer, ja, medens Storkene gjorde samme Reise, i Høst mod Nilen, i Foraar mod Vildmosen, blev det lille Barn en stor Pige, og før man tænkte derover, var hun den deiligste Jomfru i sit sextende Aar; deilig af Skal, men haard og * beesk af Kjærne, vildere end de Fleste i denne haarde, mørke Tid.

Det var hende en Lyst at stænke med sine hvide Hænder det dampende Blod af den slagtede Offerhest; hun bed i Vildskab Halsen over paa den sorte Hane, som Offergoden skulde slagte, og til sin Pleiefader sagde hun i fuld Alvor:

»Kom din Fjende og slog Toug om Bjælkehovederne af Taget, lettede det over dit Kammer, medens Du sov, jeg skulde ikke vække Dig om jeg kunde! jeg hørte det ikke, saaledes surrer Blodet mig endnu om det Øre, hvorpaa Du for Aaringer siden gav mig en Kindhest, Du! Jeg husker!«

Men Vikingen troede ikke paa de Ord, han var, ligesom de Andre, daaret af hendes Deilighed; vidste heller ikke om, hvorledes Sind og Skind skiftede hos liden Helga. Uden Sadel sad hun, som groet fast til Hesten, der jog i fuldt Løb, og ikke sprang hun af, om den bedes med de andre ondsindede Heste. I alle sine Klæder kastede hun sig tidt fra Skrænten ud i Fjordens stærke Strømning, og svømmede Vikingen imøde, naar hans Baad styrede mod Land. Af sit deilige, lange Haar skar hun den længste Lok og flettede sig deraf en Stræng til sin Bue:

»Selvgjort er velgjort!« sagde hun.

Vikingefruen var vel efter Tid og Vane stærk i Villie og Sind, men mod Datteren var hun at ligne som en blød, angest Qvinde; hun vidste jo ogsaa, at det var Trolddom, der hvilede over det forfærdelige Barn.

Det var som om Helga, ret af ond Fornøielse, lidt for ofte fandt paa, naar Moderen stod paa Svalen eller traadte ud i Gaarden, at sætte sig op paa Brøndkanten, slaae med Arme og Been, og derpaa lade sig plumpe ned i det snevre, dybe Hul, hvor hun, med Frø-Naturen, dukkede og løftede sig igjen, kravlede saa, ligesom om hun var en Kat, og kom drivende af Vand ind i Høisalen, saa at de grønne Blade, der vare strøede paa Gulvet, vendte sig i den vaade Strøm.

Dog eet Baand var der, som holdt liden Helga, det var Aftenskumringen; i den blev hun stille og ligesom eftertænksom, lod sig kalde og føre; da ligesom drog en indre Fornemmelse hende til Moderen, og naar Solen sank og Forvandlingen ude og inde fulgte, sad hun der stille, sørgmodig, skrumpet sammen i Padde-Skikkelsen, Kroppen var vel nu langt større end dette Dyrs, men just derved desgrueligere; hun saae ud som en ynkelig Dværg med Frø-Hoved og Svømmehud mellem Fingrene. Der var Noget saa bedrøveligt i de Øine, hun saae med, Stemmen havde hun ikke, kun et huult Qvæk, ret som et Barn, der hulker i Drømme; da kunde Vikingefruen tage hende paa sit Skjød, hun glemte den hæslige Skikkelse, saae kun paa de bedrøvede Øine og sagde meer end eengang:

»Næsten kunde jeg ønske, at Du altid var mit stumme Frø-Barn; Du er mere forfærdelig at see paa, naar Deiligheden vender udad!«

Og hun skrev Runer mod Seid og Syge, kastede dem over den Elendige, men Bedring viste sig ikke.

»Man skulde ikke troe, at hun har været saa lille, at hun har ligget i en Aakande!« sagde Storkefader; »nu er hun et heelt Menneske og hendes ægyptiske Moder opad Dage; hende saae vi aldrig siden! hun hyttede sig ikke, som Du og den Lærdeste troede. Jeg har nu Aar ud, Aar ind fløiet paa kryds og tværs over Vildmosen, men hun gav aldrig Tegn fra sig! Ja, det kan jeg sige Dig, jeg har i de Aaringer, jeg er kommet herop nogle Dage forud for Dig, at jeg kunde bøde paa Reden, sætte Et og Andet i Stand, fløiet en heel Nat, som om jeg var en Ugle eller Flaggermuus, idelig over det aabne Vand, men til ingen Nytte! den fik vi da heller ikke for de to Svanehamme, som jeg og Ungerne slæbte herop fra Nilens Land; det var besværligt nok, i tre Keiser toge vi dem. Nu have de ligget i mange Aar paa Bunden af Reden, og skeer her nu engang Ilds-Ulykke, skeer det, at Bjælkehuset brænder af, saa ere de da væk!«

»Og vor gode Rede er væk!« sagde Storkemoder, »den tænker Du mindre paa, end paa det Fjædertøi og din Mose-Prindsesse! Du skulde engang gaae ned til hende og blive i Dyndet! Du er en daarlig Fader for dine Egne, det har jeg sagt fra jeg laae paa Æg første Gang. Faae vi eller vore Unger bare ikke en Piil i Vingen af den gale Vikingetøs! hun veed jo ikke, hvad hun gjør. Vi ere dog lidt ældre hjemme her end hun, det skulde hun betænke; vi glemme aldrig vore Skyldigheder, vi give vore Afgifter aarlig, en Fjæder, et Æg og en Unge, som Ret er. Troer Du, at naar hun er udenfor, jeg gider gaae derned, som i gamle Dage, og som jeg gjør i Ægypten, hvor jeg er halv Kammerat med dem, uden at glemme mig, kiger i Kar og i Gryde? Nei, jeg sidder heroppe og ærgrer mig over hende - Tøs! - og jeg ærgrer mig over Dig med! Du skulde have ladet hende ligge i Aakanden, saa havde hun været væk!«

»Du er meget agtværdigere end din Tale!« sagde Storkefader - »jeg kjender Dig bedre, end Du kjender Dig selv!«

Og saa gjorde han et Hop, to tunge Vingeslag, strakte Benene bagud og fløi, seilede afsted, uden at røre Vingerne, han var et godt Stykke borte, da tog han et kraftigt Tag, Solen skinnede paa de hvide Fjædre, Hals og Hoved strakte sig fremad! Der var Fart og Sving.

»Han er dog den Deiligste endnu af dem Allesammen!« sagde Storkemoder, »men jeg siger ham det ikke.«

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Tidlig denne Høst kom Vikingen hjem med Bytte og Fanger; mellem disse var en ung, Christen Præst, een af de Mænd, der forfulgte de nordiske Landes Afguder. Ofte i den sidste Tid var i Hal og Fruerstue blevet talt om den nye Tro, der bredte sig vidt om i alle Lande Syd paa, ja ved den hellige Ansgarius endogsaa var naaet op til Hedeby ved Slien; selv liden Helga havde hørt om Troen paa den hvide Christ, der af Kjærlighed til Menneskene havde givet sig hen for at frelse dem; det var for hende, som man siger, gaaet ind ad det ene Øre og ud ad det andet; det Ord Kjærlighed syntes hun kun at have Fornemmelse for, naar hun i den ynkelige Frø-Skikkelse krøb sammen i det aflukkede Kammer; men Vikingefruen havde lyttet til og følt sig forunderlig grebet ved de Sagn og Sagaer, der gik om Sønnen af een eneste sand Gud.

Mændene, komne hjem fra Tog, havde fortalt om de prægtige Templer af hugne kostelige Stene, reiste for ham, hvis Bud var Kjærlighed; et Par svære, gyldne Kar, kunstigt udskaarne og heelt af det pure Guld, vare hjembragte, der var ved hvert en egen krydret Duft, det var Røgelsekar, som de christne Præster svang foran Altret, hvor aldrig Blod flød, men Vinen og det indviede Brød forvandledes i hans Blod, som havde givet sig hen for endnu ufødte Slægter.

I Bjælkehusets dybe, steensatte Kjelder var den fangne, unge christne Præst bragt ned, snørt med Bastbaand om Fødder og Hænder; deilig var han, »som Baldur at see!« sagde Vikingefruen og hun rørtes ved hans Nød, men ung Helga lystede, at der skulde drages et Toug gjennem hans Haser og han bindes til Halerne af de vilde Oxer.

»Saa skulde jeg slippe Hundene løs; hui! afsted over Moser og Kjær, ad Heden til! det vilde være lystigt at see, lystigere endnu at kunne følge ham paa Farten!«

Dog den Død vilde Vikingen ikke han skulde lide, men som Fornægter og Forfølger af de høie Guder, imorgen den Dag offres paa Blodstenen i Lunden, det var første Gang at her et Menneske offredes.

Ung Helga bad om hun maatte bestænke Gudebillederne og Folket med Blodet af ham; hun sleb sin blanke Kniv og da een af de store, glubske Hunde, hvoraf der var nok paa Gaarden, løb hende hen over Fødderne, stak hun den Kniven ind i Siden: »Det er for at prøve den!« sagde hun, og Vikingefruen saae bedrøvet paa den vilde, ondsindede Pige, og da Natten kom og Skjønheds Skikkelsen hos Datteren i Krop og Sjæl skiftede om, talte hun til hende Sorgens varme Ord, ud af en bedrøvet Sjæl.

Den grimme Padde med Troldens Krop stod foran og heftede de brune, sorgfulde Øine paa hende, hørte og syntes at forstaae med Menneskets Tanke.

»Aldrig, selv til min Husbond, er det kommet paa min Tunge om hvad dobbelt jeg lider ved Dig!« sagde Vikingefruen, »der er mere Ynk i mit Hjerte over Dig, end jeg selv troede! stor er en Moders Kjærlighed! men aldrig kom Kjærlighed i dit Sind! Dit Hjerte er som en kold Dyndklump! hvorfra er Du dog kommet i mit Huus!«

Da sittrede forunderligt den ynkelige Skikkelse, det var som om de Ord berørte et usynligt Baand mellem Legem og Sjæl, der kom store Taarer i Øinene.

»Din haarde Tid vil engang komme!« sagde Vikingefruen, »gruelig vil den blive ogsaa for mig! - bedre om Du, som Barn var stillet ud paa Alfarvei, og Nattekulden havde lullet Dig til Døde!« Og Vikingefruen græd de salte Taarer og gik vred og bedrøvet bort, om bag det løse Skindtæppe, der hang over Bjælken og deelte Stuen.

Alene sad i Krogen den sammenskrumpne Padde; der var lydløst, men efter korte Mellemrum kom, inde i hende, et halvqvalt Suk; det var, som om, i Smerte, et Liv fødtes i Hjertets Vraa. Hun gjorde et Skridt frem, lyttede, gik atter et Skridt og greb nu med de ubehjelpelige Hænder om den tunge Stang, der var skudt for Døren; sagte fik hun den fra, stille trak hun bort Pinden, der var stukket ind over Klinken; hun greb den tændte Lampe, der stod i Kamret foran; det var som en stærk Villie gav hende Kræfter; hun drog Jernpinden ud af den stængede Lem, listede sig ned til Fangen; han sov; hun rørte ved ham med sin kolde, klamme Haand, og da han vaagnede og saae den hæslige Skikkelse, gøs han, som for et ondt Syn. Hun drog sin Kniv, overskar hans Baand og vinkede ad ham, at han skulde følge hende.

Han nævnede hellige Navne, gjorde Korsets Tegn, og da Skikkelsen stod uforandret, sagde han Bibelens Ord:

»Salig er Den, som handler forstandigen mod den Ringe; Herren skal redde ham paa en ond Dag! - Hvo er Du? Hvorfra dette Ydre af Dyret og dog fuld af Barmhjertighedens Gjerning!«

Paddeskikkelsen vinkede, og førte ham bag skjulende Tæpper, hen ad en eensom Gang, ud til Stalden, pegede paa en Hest, han svang sig op paa den, men ogsaa hun satte sig der forrest og holdt i Dyrets Manke. Den Fangne forstod hende og i hurtig Trav rede de en Vei, som han aldrig vilde have fundet, ud til den aabne Hede.

Han glemte hendes hæslige Skikkelse, Herrens Naade og Barmhjertighed fornam han virkede gjennem Utysket; fromme Bønner bad han og hellige Sange istemte han; da sittrede hun, var det Bønnens og Sangens Magt, der virkede her, eller var det Kulde-Gyset ved Morgenen, der snart vilde komme? hvad var det vel hun fornam? hun løftede sig høit i Veiret, vilde standse Hesten og springe ned; men den christne Præst holdt hende fast med al sin Kraft, sang høit en Psalme, som mægtede den at løse Trolddommen, der holdt hende i den hæslige Frø-Skikkelse, og Hesten jog vildere frem, Himlen blev rød, den første Solstraale trængte gjennem Skyen, og ved det klare Væld af Lyset kom Omskiftelsen, hun var den unge Deilighed med det dæmoniske, onde Sind; han holdt den skjønneste, unge Qvinde i sine Arme og forfærdedes derover, sprang ned fra Hesten, standsede den, i det han troede at møde en ny ødelæggende Trolddom; men ung Helga var i samme Spring ogsaa paa Jorden, den korte Barnekjole naaede hende kun til Knæet; den skarpe Kniv rev hun af sit Bælte og styrtede ind paa den Overraskede.

»Lad mig naae Dig!« raabte hun, »lad mig naae Dig, og Kniven skal komme op i Dig! Du er jo bleg som Hø! Træl! skjægløs!«

Hun trængte ind paa ham; de brødes i en svær Kamp, men det var som om en usynlig Kraft gav den christne Mand Styrke; han holdt hende fast, og det gamle Egetræ tæt ved kom ham til Hjelp ved ligesom med sine fra Jorden halv løsnede Rødder at binde hendes Fødder, der vare gledne ind under dem. Tæt ved sprudlede en Kilde, han stænkede hende med det friske Væld over Bryst og Ansigt, bød den urene Aand fare ud og signede hende efter christelig Brug, men Daabens Vand har ikke Kraft der, hvor ikke Troens Væld ogsaa strømmer indenfra.

Og dog var han ogsaa heri den Stærke; ja meer end Mands Styrke mod den stridende onde Kraft laae der i hans Gjerning, den ligesom betog hende, hun lod Armene synke, saae med forundrede Blikke og blegnende Kinder paa denne Mand, der syntes en mægtig Troldmand, stærk i Seid og hemmelig Kunst; det var mørke Runer, han læste, Lønstaver, han tegnede i Luften! Ikke for den blinkende Øxe eller skarpe Kniv, om han havde svunget den mod hendes Øine, vilde hun have gjort et Blink, men hun gjorde det, da han skrev Korsets Tegn paa hendes Pande og Bryst; og sad hun nu som en tam Fugl, Hovedet bøiede sig mod Brystet.

Da talte han mildt til hende om den Kjærlighedens Gjerning, hun havde øvet mod ham i denne Nat, da hun i Frøens hæslige Ham var kommen, havde løst hans Baand og ført ham ud til Lys og Liv; hun var ogsaa bunden, bunden med trangere Baand, end han, sagde han, men ogsaa hun skulde, og ved ham, komme til Lys og Liv. Til Hedeby, til den hellige Ansgarius, vilde han bringe hende, der, i den christne Stad, vilde Fortryllelsen hæves; men ikke foran paa Hesten, selv om hun godvillig sad der, turde han føre hende.

»Bag paa Hesten maa du sidde, ikke foran mig! Din Trolddoms Skjønhed har en Magt, som er fra det Onde, jeg frygter den - og dog er Seiren for mig i Christo!«

Han bøiede sine Knæ, bad saa fromt og inderligt! det var som om den tause Skov-Natur indviedes derved til en hellig Kirke; Fuglene begyndte at synge som hørte de med til den nye Menighed, de vilde Krusemynter duftede som vilde de erstatte Ambra og Røgelse; høit forkyndte han Skriftens Ord: »Lyset fra det Høie har besøgt os, for at skinne for dem, som sidde i Mørket og i Dødens Skygge, at styre vore Fødder paa Fredens Vei! -«

Og han talte om Alnaturens Forlængsel, og mens han talte stod Hesten, der havde baaret dem i vildt Løb, stille og ruskede i de store Brombærranker, saa at de modne, saftige Bær faldt paa liden Helgas Haand, bydende sig selv til Vederqvægelse.

Hun lod sig taalmodig løfte op paa Hestens Ryg, sad der som en Søvngjængerske, der ikke vaager og dog ikke vandrer. Den christne Mand bandt to Grene sammen med et Bastbaand, at de dannede et Kors, det holdt han høit i Haanden og saa red de gjennem Skoven, der blev tættere, Veien dybere, eller slet ingen Vei. Slaaentornen stod som Vei-Bom, man maatte ride uden om den; Kilden blev ikke til rindende Bæk, men til staaende Mose, man maatte ride uden om den. Der laae Styrke og Vederqvægelse i den friske Skovluft, der laae en ikke ringere Kraft i Mildhedens Ord, der klang i Tro og Christen-Kjærlighed, i den inderlige Trang til at føre den Betagne til Lys og Liv.

Regndraaben, siger man jo, huler den haarde Steen, Havets Bølger gjøre i Tiden de afrevne kantede Klippe-Stene runde, Naadens Dug, som var oprundet for liden Helga, hulede det Haarde, rundede det Skarpe; vel var det ikke at kjende, hun vidste det ikke selv, hvad veed Spiren i Jorden, ved det qvægende Væde og den varme Solstraale, at den gjemmer i sig Væxt og Blomst.

Som Moderens Sang for Barnet umærkeligt hefter sig i Sindet, og det laller efter de enkelte Ord, uden at forstaae dem, men disse siden samle sig i Tanken og i Tiden blive klarere, saaledes virkede ogsaa her Ordet, der mægter at skabe.

De rede ud af Skoven, hen over Heden, atter igjennem veiløse Skove, da mødte de henimod Aften Røvere.

»Hvor har Du stjaalet den deilige Glut!« raabte de, stoppede Hesten, rev de to Ridende ned, thi mandsstærke vare de. Præsten havde ikke andet Værge end Kniven, som han havde taget fra liden Helga, den stødte han om sig med, een af Røverne svingede sin Øxe, men den unge, christne Mand gjorde et lykkeligt Spring tilside, ellers var han bleven ramt, nu foer Øxens Eg dybt ind i Hestens Hals, saa Blodet strømmede ud og Dyret styrtede til Jorden; da foer liden Helga, som vækket af sin lange, dybe Tanke-Hvile, hen og kastede sig over det gispende Dyr; den christne Præst stillede sig foran hende til Værn og Værge, men een af Røverne svingede sin tunge Jernhammer mod hans Pande, saa at den knustes og Blod og Hjerne sprøitede rundt om, død faldt han til Jorden.

Røverne grebe liden Helga om hendes hvide Arm, da gik Solen i det samme ned, den sidste Solstraale slukkedes og hun forvandledes til en hæslig Padde; den hvidgrønne Mund gik ud over det halve Ansigt, Armene bleve tynde og slimede, en bred Haand med Svømmehud bredte sin Vifte-Form; - da slap Røverne hende forfærdet; hun stod som det hæslige Udyr midt imellem dem og efter Frøens Natur hoppede hun i Veiret, høiere, end hun selv var og forsvandt i Tykningen; da mærkede Røverne, at det var Lokes onde List, eller hemmelig Seid-Kunst og forfærdet skyndte de sig bort derfra.

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Fuldmaanen var alt oppe, snart gav den Glands og Lysning, og frem fra Krattet krøb, i Frøens ynkelige Ham, liden Helga; hun standsede ved Liget af den christne Præst og ved sin dræbte Ganger, hun saae paa dem med Øine, som syntes at græde; Frøhovedet gav et Qvæk, som om et Barn brister i Graad. Hun kastede sig snart over den Ene, snart over den Anden, tog Vand i Haanden, der ved Svømmehuden blev større og mere huul og gød det over dem. Døde vare de, døde vilde de blive! hun forstod det. Snart kunde de vilde Dyr komme og æde deres Krop; nei, det maatte ikke skee! derfor gravede hun i Jorden saa dybt hun mægtede det; en Grav vilde hun aabne for dem, men hun havde kun, til at grave med, en haard Trægreen og begge sine Hænder, men paa dem spændte mellem Fingrene Svømmehuden, den revnede, Blodet flød. Hun begreb, at Arbeidet vilde ikke lykkes hende; da tog hun Vand og af vaskede den Dødes Ansigt, bedækkede det med friske, grønne Blade, bar store Grene hen og lagde over ham, rystede Løv derind imellem, tog saa de sværeste Stene, hun mægtede at løfte, lagde dem over de døde Legemer og tilstoppede Aabningerne med Mos, da troede hun, at Gravhøien var stærk og fredet, men under dette tunge Arbeide var Natten skredet hen, Solen brød frem - og liden Helga stod i al sin Deilighed, med blødende Hænder og for første Gang med Taarer paa de rødmende, jomfruelige Kinder.

Da var det i Forvandlingen, som to Naturer brødes inde i hende; hun sittrede, saae omkring sig, som vaagnede hun af en ængstende Drøm, foer derpaa hen til den slanke Bøg, holdt sig fast ved den, for dog at have en Støtte, og snart, i et Nu, klattrede hun, som en Kat, op i Træets Top, og klamrede sig fast; hun sad der som et ængstet Egern, sad der den lange Dag i den dybe Skov-Eensomhed, hvor Alt er stille og dødt, siger man jo! - dødt, ja der fløi et Par Sommerfugle om hinanden, i Leeg eller Strid; der var tæt ved nogle Myretuer, hver med flere Hundrede travle Smaaskabninger, der mylrede frem og tilbage; i Luften dandsede utallige Myg, Sværm ved Sværm; der joge forbi Skarer af surrende Fluer, Vor Herres Høns, Guldsmede og andre vingede Smaadyr, Regnormen krøb frem fra den vaade Grund, Muldvarpene skjøde op, - forresten var det stille, dødt rundt om, dødt, som man siger og forstaaer det. Ingen lagde Mærke til liden Helga uden Skovskaderne der fløi skrigende om Træets Top, hvor hun sad; de hoppede hen ad Grenene mod hende i dristig Nysgjerrighed; et Blink af hendes Øie var et Blink, der jog dem bort igjen, - men de bleve ikke klogere paa hende og hun ikke heller paa sig selv.

Da Aftenen var nær, og Solen begyndte at synke, kaldte Forvandlingen hende til ny Bevægelse; hun lod sig glide ned af Træet, og idet den sidste Solstraale slukkedes, stod hun der i Frøens sammenkrympede Skikkelse, med Hændernes sønderrevne Svømme-Hinder, men Øinene straalede nu med en Skjønheds-Glands, som de knap eiede før i Deilighedens Skikkelse; det var de mildeste, fromme Pige-Øine, der lyste frem bag Frø-Larven, de vidnede om det dybe Sind, det menneskelige Hjerte; og Skjønheds-Øinene brast i Graad, græd Hjertets tunge Lettelses-Taarer.

Der laae endnu ved den reiste Grav det Kors af Grene, der med Bast-Baand var bundet sammen, det sidste Arbeide af ham, som nu var død og borte; liden Helga tog det, Tanken kom af sig selv, hun plantede det mellem Stenene over ham og den dræbte Hest; ved Erindringens Vemod brøde Taarer frem, og i denne Hjerte-Stemning ridsede hun det samme Tegn ind i Jorden rundt om Graven, det hegnede saa pynteligt om den, - og i det hun med begge Hænder ridsede Korsets Tegn, faldt Svømmehuden, som en sønderreven Handske af, og da hun vaskede sig i Kildens Væld, og undrende saae paa sine fine, hvide Hænder, gjorde hun atter Korsets Tegn i Luften, mellem sig og den Døde, da bævede hendes Læber, da rørte sig hendes Tunge og det Navn, hun oftest paa Ridtet gjennem Skoven havde hørt udsjunget og udtalt, blev lydeligt fra hendes Mund, hun sagde det: »Jesus Christ!«

Da faldt Paddehammen, hun var den unge Deilighed; - dog Hovedet bøiede sig træt, Lemmerne trængte til Hvile, - hun sov.

Men Søvnen var kun kort; ved Midnat blev hun vækket; foran hende stod den døde Hest, saa straalende, fuld af Liv, det lyste ud af Øinene og ud af den saarede Hals; tæt ved den viste sig den dræbte, christne Præst; »skjønnere end Baldur!« vilde Vikingefruen have sagt, og dog kom han som i Ildsluer.

Der var en Alvor i de store, milde Øine, en Retfærdighedens Dom, et saa gjennemtrængende Blik, at det lyste ligesom ind i Hjertets Kroge hos den Prøvede. Liden Helga sittrede derved, og hendes Hukommelse vaktes med en Kraft som paa Dommens Dag. Alt hvad Godt der var ydet hende, hvert kjærligt Ord der var sagt hende, blev ligesom levende gjort; hun forstod, at det var Kjærligheden, der havde holdt hende oppe her i Prøvelsens Dage, i hvilke Afkom af Sjæl og Dynd gjærer og stræber; hun erkjendte, at hun kun havde fulgt Stemningernes Tilskyndelser, og selv Intet gjort for sig; Alt var blevet givet hende, Alt var ligesom blevet ledet; hun bøiede sig ringe, ydmyg, skamfuld for Den, der maatte kunde læse hver Fold i Hjertet; og i dette Øieblik fornam hun som et Lynblink af Luttrelsens Flamme, den hellige Aands Lue.

»Du Dyndets Datter!« sagde den christne Præst: »Af Dynd, af Jord est Du kommen, - af Jord skal Du igjen opstaae! Solstraalen i Dig gaaer legemsbevidst tilbage til sit Ophav, Straalen ikke fra Sol-Legemet, men Straalen fra Gud! Ingen Sjæl skal fortabes, men langt er det Timelige, der er Livsens Flugt i det Evige. - Jeg kommer fra de Dødes Land; ogsaa Du skal engang reise gjennem de dybe Dale ind i det lysende Bjergland, hvor Naaden og Fuldendelsen boer. Jeg fører Dig ikke til Hedeby efter Christen-Daab, først maa Du sprænge Vandskjoldet over den dybe Mosegrund, drage den levende Rod op for dit Liv og din Vugge, øve din Gjerning før Indvielsen tør komme.«

Og han løftede hende op paa Hesten, rakte hende et gyldent Røgelsekar som det, hun før havde seet i Vikingeborgen, der kom en Duft saa sød og stærk derfra. Pandens aabne Vunde paa den Dræbte lyste som et straalende Diadem; Korset tog han fra Graven, løftede det høit i Veiret, og nu foer de afsted gjennem Luften, hen over den susende Skov, hen over Høiene hvor Kæmperne vare jordede, siddende paa deres dræbte Gangere; og de mægtige Skikkelser reiste sig, rede ud og holdt øverst paa Høien; i Maaneskinnet straalede om deres Pande den brede Guldring med Guld-Knude, Kaaben flagrede i Vinden. Lindormen, som rugede over Skatte, løftede sit Hoved og saae efter dem. Dvergfolket kiggede frem fra Høie og Plovfurer, de mylrede med røde, blaae og grønne Lys, en Vrimmel at see som Gnisterne i Asken af det brændte Papir.

Hen over Skov og Hede, Aaer og Kjær fløi de, op mod Vildmosen; hen over den svævede de i store Kredse. Den christne Præst løftede Korset høit, det skinnede som Guld, og fra hans Læber lød Messesangen; liden Helga sang den med, som Barnet synger ved sin Moders Sang; hun svingede Røgelsekarret, der kom en Alterduft, saa stærk, saa under virkende, at Mosens Siv og Rør blomstrede derved; alle Spirer skjøde op fra den dybe Bund, Alt, hvad Liv havde løftede sig, der bredte sig et Flor af Aakander, som var det et indvirket Blomstertæppe og paa dette laae en sovende Qvinde, ung og deilig, liden Helga troede at see sig selv, sit Speilbilled i det stille Vand; det var hendes Moder hun saae, Dyndkongens Viv, Prindsessen fra Nilens Vande.

Den døde, christne Præst bød, at den Sovende løftedes op paa Hesten, men denne sank under Byrden som var dens Legem kun et Liiglagen, der flyver i Vinden, men Korsets Tegn gjorde Luft-Phantomet stærkt, og alle Tre rede de hen til den faste Grund.

Da goel Hanen i Vikingens Borg og Synerne løste sig op i Taage, der foer hen i Vinden, men ud for hinanden stod Moder og Datter.

»Er det mig selv, jeg seer i det dybe Vand!« sagde Moderen. »Er det mig selv, jeg seer i det blanke Skjold!« udbrød Datteren, og de nærmede sig hinanden, Bryst mod Bryst, Favn i Favn, stærkest slog Moderens Hjerte og hun forstod det.

»Mit Barn! mit eget Hjertes Blomst! min Lotus fra de dybe Vande!«

Og hun omarmede sit Barn og græd; Taarerne vare en ny Livsens, Kjærlighedens Daab for liden Helga.

»I Svaneham kom jeg herhid og kastede den!« sagde Moderen, »jeg sank igjennem den gyngende Flom, dybt ned i Mosens Dynd, der som en Muur lukkede sig om mig; men snart fornam jeg en friskere Strømning; en Kraft drog mig dybere, altid dybere, jeg følte Søvnens Tryk paa mine Øienlaage, jeg sov ind, jeg drømte - jeg syntes, jeg igjen laae i Ægyptens Pyramide, men foran mig stod endnu den gyngende Elletrunte, der paa Mosens Flade havde skrækket mig, jeg betragtede Revnerne i Barken, og de lyste frem i Farver og bleve Hieroglypher, det var Mumiens Hylster jeg saae paa, det brast, og ud derfra traadte den tusindaarige Drot, Mumie-Skikkelsen, sort som Beg, sortglindsende som Skovsneglen eller det fede, sorte Dynd, Dyndkongen eller Pyramidens Mumie, jeg vidste det ikke. Han slyngede sine Arme om mig og det var som om jeg maatte døe. Livet fornam jeg først igjen ved at det blev varmt paa mit Bryst og der en lille Fugl slog med Vingerne, qviddrede og sang. Den fløi fra mit Bryst høit mod det mørke, tunge Loft, men et langt, grønt Baand bandt den endnu til mig; jeg hørte og forstod dens Længsels Toner: Frihed! Solskin! til Faderen! - da tænkte jeg paa min Fader i Hjemmets solbelyste Land, mit Liv, min Kjærlighed! og jeg løsnede Baandet, lod den flagre bort - hjem til Faderen. Siden Min Stund har jeg ikke drømt, jeg sov en Søvn, tilvisse saa tung og lang, til i denne Stund Toner og Duft løftede og løste mig!«

Det grønne Baand fra Moderens Hjerte til Fuglens Vinge, hvor flagrede det nu, hvor laae det henkastet? kun Storken havde seet det; Baandet var den grønne Stilk, Sløifen den skinnende Blomst, Vugge for det Barn, som nu var voxet i Deilighed og igjen hvilede ved Moderens Hjerte.

Og mens de stode der Favn i Favn, fløi Storkefader i Kredse om dem, tog saa Fart til sin Rede, hentede de der i Aaringer gjemte Fjæderhamme, kastede een til dem hver, og den sluttede sig om dem og de løftede sig fra Jorden som to hvide Svaner.

»Lad os nu tale!« sagde Storkefader, »nu forstaae vi hinandens Sprog, om end Næbbet er anderledes skaaret paa den ene Fugl end paa den anden! det træffer sig saa heldigt som Noget kan, at I komme denne Nat, imorgen havde vi været afsted, Mutter, jeg og Ungerne! vi flyve Syd paa! ja, see kun paa mig! jeg er jo en gammel Ven fra Nil-Landet og det er Mutter med, hun har det i Hjertet mere end i Knebbren. Hun troede altid, at Prindsessen nok hyttede sig; jeg og Ungerne have baaret Svanehammen herop -! naa, hvor jeg er glad! og hvor det er et Held, at jeg er her endnu; naar det gryer ad Dag trække vi afsted! stort Storke-Selskab! Vi flyve foran, flyv kun bag efter, saa tage I ikke feil af Veien; jeg og Ungerne skal ogsaa nok have et Øie med!«

»Og Lotus-Blomsten jeg skulde bringe!« sagde den ægyptiske Prindsesse, »den flyver i Svaneham ved min Side! mit Hjertes Blomst har jeg med, saaledes har det løst sig. Hjemad, hjemad!«

Men Helga sagde, at hun ikke kunde forlade det danske Land, før hun engang endnu havde seet sin Pleiemoder, den kjærlige Vikingefrue. I Helgas Tanke gik op hver smuk Erindring, hvert kjærligt Ord, hver Taare, Pleiemoderen havde grædt og næsten var det i dette Øieblik, som om hun holdt meest af denne Moder.

»Ja, vi maae til Vikingegaarden!« sagde Storkefader, »der venter jo Mo'er og Ungerne! hvor ville de dreie Øine og lade Knebbren gaae! ja, Mo'er siger nu ikke saa meget! kort og fyndig er hun, og saa mener hun det endnu bedre! jeg vil strax slaae en Skralde, at de kunne høre at vi komme!«

Og saa skraldede Storkefader med Næbbet og han og Svanerne fløi til Vikingeborgen.

Derinde laae Alle endnu i dyb Søvn; først seent paa Natten var Vikingefruen kommen til Ro; hun laae i Angest for liden Helga, der nu i hele tre Døgn havde været forsvundet med den christne Præst; hun maatte have hjulpet ham bort, det var hendes Hest, der savnedes paa Stalden, ved hvilken Magt var alt Dette bevirket. Vikingefruen tænkte paa de Underværker, der hørtes skete ved den hvide Christ og ved dem, som troede paa ham og fulgte ham. De vexlende Tanker fik Skikkelse i Drømmens Liv, det forekom hende, at hun endnu sad vaagen, eftertænkende paa sin Seng, og udenfor rugede Mørket. Stormen kom, hun hørte Havets Rullen i Vest og Øst, fra Nordsøen og Kattegattets Vande; den uhyre Slange, som omspændte Jorden i Havdybet, rystede i Krampetrækninger; det var mod Gudernes Nat, Ragnarok, som Hedningfolket kaldte den yderste Time, da Alt skulde forgaae, selv de høie Guder. Gjallerhornet lød, og hen over Regnbuen rede Guderne, klædte i Staal, for at kæmpe den sidste Kamp; foran dem fløi de vingeklædte Skjoldmøer, og Rækken sluttedes med de døde Kæmpers Skikkelser; den hele Luft lyste om dem med Nordlys-Blink, men Mørket var det seirende. Det var en rædsom Stund.

Og tæt ved den ængstede Vikingefrue sad paa Gulvet liden Helga i Frøens hæslige Skikkelse, ogsaa hun skjælvede og knugede sig op til Pleiemoderen, som tog hende paa sit Skjød og i Kjærlighed holdt hende fast, i hvor hæslig end Paddehammen syntes. Luften gjenlød af Sværd- og Kølle-Slag, af susende Pile, som var det en stormende Hagelbyge, der gik hen over dem. Timen var kommen, da Jord og Himmel vilde briste, Stjernerne falde, Alt gaae tilgrunde i Surturs Ild, men en ny Jord og Himmel, vidste hun, vilde komme, Kornet bølge, hvor Havet nu rullede hen over den golde Sandbund, den unævnelige Gud raade og op til ham steg Baldur, den milde, kjærlige, løst fra de Dødes Rige - han kom - Vikingefruen saae ham, hun kjendte hans Aasyn, - det var den christne, fangne Præst. »Hvide Christ!« raabte hun høit og i Navnets Nævnelse trykkede hun et Kys paa sit hæslige Frøbarns Pande; da faldt Paddehammen, og liden Helga stod der i al sin Deilighed, mild som aldrig før og med straalende Øine; hun kyssede Pleiemoderens Hænder, velsignede hende for al den Omhu og Kjærlighed, hun i Trængselens og Prøvelsens Dage forundte hende; takkede hende for de Tanker, hun havde nedlagt i hende og vakt, takkede hende for Navnets Nævnelse det hun gjentog: hvide Christ! og liden Helga løftede sig som en mægtig Svane, Vingerne bredte sig saa store, med en Susen, som naar Trækfuglenes Skare flyver bort.

Vikingefruen vaagnede derved, og udenfor lød endnu det samme stærke Vingeslag, - det var Tiden vidste hun, at Storkene droge herfra, dem var det hun hørte; endnu engang vilde hun see dem før deres Afreise og sige dem Farvel! Hun stod op, gik ud paa Svalen, og da saae hun paa Sidehusets Tagryg Stork ved Stork, og rundt om Gaarden, hen over de høie Træer, fløi Skarer i store Svingninger, men ligeud for hende, paa Brøndkanten, hvor liden Helga saa tidt havde siddet og skrækket hende ved sin Vildskab, sade nu to Svaner og saae med kloge Øine paa hende; og hun huskede paa sin Drøm, den fyldte hende endnu heel, aldeles som en Virkelighed, hun tænkte paa liden Helga i Svaneskikkelse, hun tænkte paa den christne Præst, og følte sig med Eet forunderlig glad i Hjertet.

Svanerne sloge med Vingerne, bøiede deres Halse, som vilde de ogsaa give deres Hilsen; og Vikingefruen bredte sine Arme ud imod dem, som om hun forstod det, smilede i Graad og mange Tanker.

Da løftede sig med Vinge-Larm og Knebbren alle Storkene til Reisen Syd paa.

»Vi vente ikke paa Svanerne!« sagde Storkemoder, »vil de med, maae de komme! vi kunne ikke blive her til Brokfuglene reise! Der er dog noget kjønt i at reise saaledes familieviis, ikke som Bogfinker og Bruushøns, hvor Hannerne flyve for sig og Hunnerne for sig, det er egentligt talt ikke anstændigt! og hvad er det for et Vingeslag Svanerne gjør?«

»Hver flyver paa sit Sæt!« sagde Storkefader, »Svanerne tage det paa skraa, Tranerne i Trekant og Brokfuglene i Slangelinie!«

»Nævn ikke Slange naar vi flyve heroppe!« sagde Storkemoder, »det giver kun Ungerne Lyster, som ikke kunne tilfredsstilles!«

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»Er det de høie Bjerge dernede, jeg hørte om!« spurgte Helga i Svaneham.

»Det er Tordenskyer, som drive under os!« sagde Moderen.

»Hvad er det for hvide Skyer, som løfte sig saa høit?« spurgte Helga.

»Det er de evigt besneede Bjerge, Du seer!« sagde Moderen, og de fløi over Alperne, ned mod det blaanende Middelhav.

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»Africas Land! Ægyptens Strand!« jublede i Svane-Skikkelse Nilens Datter, idet hun høit fra Luften øinede, som en hvidguul, bølgeformig Stribe, sin Hjemstavn.

Ogsaa Fuglene saae den og fremskyndte deres Flugt.

»Jeg lugter Nil-Dynd og vaade Frøer!« sagde Storkemoder, »det kriller i mig! - Ja, nu skulle I faae at smage, og I skulle see Marabu, Ibis og Traner! de høre alle til Familien, men ere ikke nær saa kjønne, som vi; de stille sig fornemme an, især Ibis; han er nu blevet forvænt af Ægypterne, de gjøre ham til Mumie, stoppe ham med Kryder-Urter. Jeg vil heller stoppes med levende Frøer, det ville I med og det skulle I blive! Bedre Noget i Skrotten mens man lever, end at være til Stads naar man er død! det er min Mening og den er altid den rigtige!«

»Nu ere Storkene komne!« sagde man i det rige Huus ved Nilens Bred, hvor i den aabne Hal, paa bløde * Hynder dækkede med Leopardens Skind, den kongelige Herre laae udstrakt, ikke levende heller ikke død, haabende paa Lotus-Blomsten fra den dybe Mose i Norden. Slægtninge og Tyende stode om ham.

Og ind i Hallen fløi to prægtige, hvide Svaner, de vare komne med Storkene; de kastede den blendende Fjæderham og der stode to deilige Qvinder, hinanden saa liig som to Dugdraaber; de bøiede sig hen over den blege, henvisnede gamle Mand, de kastede deres lange Haar tilbage, og idet liden Helga bøiede sig over Bedstefaderen, rødmede hans Kinder, hans Øine fik Glands, der kom Liv i de stivnede Lemmer. Den Gamle reiste sig karsk og forynget; Datter og Datterdatter holdt ham i deres Arme som til Morgenhilsen i Glæde efter en lang, tung Drøm.

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Og der var Glæde over al den Gaard og i Storkereden med, men der var det dog meest over den gode Føde, de mylrende mange Frøer; og mens de Lærde i Hast optegnede saa løseligt Historien om de to Prindsesser og om Sundheds-Blomsten, der var en stor Begivenhed og Velsignelse for Huus og Land, fortalte Storkeforældrene den paa deres Viis og for deres Familie, men først da de Alle vare mætte, ellers havde de jo Andet at bestille end at høre paa Historier.

»Nu bliver Du da Noget!« hviskede Storkemoder; »det er ikke rimeligt Andet!«

»O, hvad skulde jeg blive!« sagde Storkefader, »og hvad har jeg gjort? Ingenting!«

»Du har gjort mere, end alle de Andre! uden Dig og Ungerne havde de to Prindsesser aldrig seet Ægypten igjen og faaet den Gamle rask. Du bliver Noget! Du faaer bestemt DoctorGraden og vore Unger fødes siden med den, og deres Unger igjen videre frem! Du seer ogsaa allerede ud som en ægyptisk Doctor, - i mine Øine!«

De Lærde og Vise udviklede Grundtanken, som de kaldte det, der gik gjennem den hele Begivenhed: »Kjærlighed føder Liv!« den gav de Forklaring paa forskjellige Maader: »den varme Solstraale var Ægyptens Prindsesse, hun steg ned til Dyndkongen og i deres Møden sprang Blomsten frem -«

»Jeg kan ikke saaledes rigtig gjentage Ordene!« sagde Storkefader, der havde hørt til fra Taget og skulde fortælle derom i Reden. »Det var saa indviklet hvad de sagde, det var saa klogt, at de strax fik Rang og Skjenkads, selv Mundkokken fik et stort Udmærkelses-Tegn - det var nok for Suppen!«

»Og hvad fik Du?« spurgte Storkemoder, »De skulde da ikke glemme den Vigtigste og Den er Du! de Lærde have kun knebbret ved det Hele! men dit kommer vel!«

I den sildige Nat, da Søvnens Fred hvilede over det * rige lykkelige Huus, var der Een, der endnu vaagede, og det var ikke Storkefader, uagtet han paa eet Been stod op i Reden og sov Skildvagt, nei, liden Helga vaagede, heldede sig ud over Altanen og saae paa den klare Luft med de store, lysende Stjerner, større og renere i Glands, end hun havde seet dem i Norden, og dog de samme. Hun tænkte paa Vikingefruen ved Vildmosen, paa Pleiemoderens milde Øine, de Taarer, hun havde grædt over det arme Frøbarn, der nu stod i Glands og Stjernepragt ved Nilens Vande i deilig Foraars-Luft. Hun tænkte paa Kjærligheden i den hedenske Qvindes Bryst, den Kjærlighed, hun havde viist en ynkelig Skabning, der i Menneske-Ham var et ondt Dyr og i Dyrets Ham væmmelig at see og røre ved. Hun saae paa de lysende Stjerner og huskede paa Glandsen fra den Dødes Pande, da de fløi hen over Skov og Mose; der klang Toner i hendes Erindring, Ord, hun havde hørt udtale, da de red afsted og hun sad som den Betagne, Ord om Kjærlighedens store Ophav, den høieste Kjærlighed, der omfattede alle Slægter.

Ja, hvad var ikke givet, vundet, opnaaet! Liden Helgas Tanke omfattede, ved Nat, ved Dag, hele sin Lykke-Sum og stod i Skuet af den som Barnet, der vender sig ilsomt fra Giveren til det Givne, alle de deilige Gaver; hun ligesom gik op i den stigende Lyksalighed, der kunde komme, vilde komme; hun var jo baaren gjennem Underværker til altid høiere Glæde og Lykke og heri fortabte hun sig en Dag, saa ganske, at hun ikke mere tænkte paa Giveren. Det var Ungdoms-Modets Kjækhed, der gjorde sit raske Kast! hendes Øine lyste derved, men øiebliklig reves hun ud derfra ved en stærk Støien nede i Gaarden under sig. Der saae hun to mægtige Strudse løbe ilsomt omkring i enge Kredse; aldrig før havde hun seet dette Dyr, saa stor en Fugl, saa plump og tung, Vingerne saae ud som vare de stækkede, Fuglen selv som var der gjort den Overlast, og hun spurgte om hvad der var skeet med den, og for første Gang hørte hun det Sagn, Ægypterne fortælle om Strudsen.

Deilig havde dens Slægt engang været, dens Vinger store og stærke; da sagde en Aften Skovens mægtige Fugle til den: »Broder! skulle vi imorgen, om Gud vil det, flyve til Floden og drikke?« Og Strudsen svarede: »jeg vil det!« Da det dagedes fløi de afsted, først høit op ad mod Solen, Guds Øie, altid høiere og høiere, Strudsen langt foran alle de Andre; den fløi i Stolthed mod Lyset; den stolede paa sin Kraft og ikke paa Giveren; den sagde ikke: »om Gud vil!« da drog Straffens Engel Sløret bort fra den Flammestraalende, og i dette Nu forbrændte Fuglens Vinger, den sank, elendig, til Jorden. Den og dens Slægt mægter aldrig meer at hæve sig; den flyer i Skræk, stormer om i Kredse i det snevre Rum; en Mindelse er det for os Mennesker, i al vor Tanke, ved hver vor Gjerning at sige: »om Gud vil!«

Og Helga bøiede tankefuld sit Hoved, saae paa den jagende Struds, saae dens Angest, saae dens taabelige Glæde ved Skuet af sin egen store Skygge paa den hvide solbelyste Væg. Og i Sind og Tanke slog Alvoren sin dybe Rod. Et Liv saa rigt, fremad i Lykken, var givet, vundet, - hvad vilde skee, hvad vilde endnu komme -? Det Bedste: »om Gud vil!«

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I det tidlige Foraar, da Storkene atter droge Nord paa, tog liden Helga sit Guld-Armbaand, ridsede deri sit Navn, vinkede ad Storkefader, gav ham Guldringen om Halsen, bad ham bringe den til Vikingefruen, der vilde heraf forstaae, at Pleiedatteren levede, var lykkelig og huskede paa hende.

»Det er svært at bære!« tænkte Storken, da han fik det om Halsen; »men Guld og Ære skal man ikke kaste paa Landeveien! der er Lykke ved Storken vil de sande deroppe!«

»Du lægger Guld, og jeg lægger Æg!« sagde Storkemoder, »men Du lægger kun eengang, jeg gjør det alle Aaringer! men Paaskjønnelse faae Ingen af os! det krænker!«

»Man har Bevidstheden, Mo'er!« sagde Storkefader. »Den kan Du ikke hænge uden paa!« sagde Storkemoder, »den giver hverken Medbør eller Maaltid!«

Og saa fløi de.

Den lille Nattergal, der sang i Tamarindebusken, vilde ogsaa snart drage Nord paa; deroppe ved Vildmosen havde liden Helga tidt hørt den; Bud med vilde hun give den, Fuglenes Sprog kunde hun, fra hun fløi i Svaneham, hun havde tidt siden talt det med Stork og Svale, Nattergalen vilde forstaae hende; og den bad hun at flyve til Bøgeskoven paa den jydske Halvø, hvor Graven var reist af Steen og Grene, hun bad den bede alle Smaafugle der værne om Graven og synge en Sang og atter en Sang.

Og Nattergalen fløi - og Tiden fløi hen!

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Ørnen stod paa Pyramiden og saae i Høst et stadseligt Tog med rigtladte Kameler, med kosteligt klædte, væbnede Mænd paa fnysende, arabiske Heste, skinnende hvide som Sølv, og med røde, bævrende Næsebor, Manken stor og tæt, hængende ned om de fine Been. Rige Gjester, en kongelig Prinds fra Arabiens Land, deilig som en Prinds skal være det, drog ind i det stolte Huus, hvor nu Storkereden stod tom; de som boede oppe i den vare jo i et nordligt Land, men snart vilde de komme tilbage. - Og netop den Dag kom de, da her var rigest paa Glæde og Lystighed. Her var Bryllupsstads, og liden Helga var Bruden, klædt i Silke og Juveler; Brudgommen var den unge Prinds fra Arabiens Land; de sade øverst ved Bordet mellem Moder og Bedstefader.

Men hun saae ikke paa Brudgommens brune, mandige Kind, hvor det sorte Skjæg krusede sig, hun saae ikke paa hans ildfulde, mørke Øine, der fæstede sig paa hende, hun saae ud, op mod den blinkende, funklende Stjerne, der straalede ned fra Himlen.

Da raslede det med stærke Vingeslag derude i Luften, Storkene kom tilbage; og det gamle Storkepar, i hvor træt det end var af Reisen og nok kunde trænge til at hvile ud, fløi dog strax ned paa Rækværket ved Verandaen, de vidste det, hvilken Fest det var. De havde allerede ved Landets Grændse hørt, at liden Helga havde ladet dem afmale paa Muren, de hørte med til hendes Historie.

»Det er meget net betænkt!« sagde Storkefader. »Det er meget lidt!« sagde Storkemoder, »mindre kunde det da ikke være!«

Og da Helga saae dem, reiste hun sig og gik ud i Verandaen til dem, for at klappe dem ned ad Byggen. Det gamle Storkepar neiede med Halsene, og de yngste Unger saae derpaa og følte sig beærede.

Og Helga saae op til den lysende Stjerne, der straalede mere og mere klar; og imellem den og hende bevægede sig en Skikkelse, renere endnu end Luften og derved synlig, den svævede hende ganske nær, det var den døde christne Præst, ogsaa han kom paa hendes Høitidsfest, kom fra Himmeriges Rige. »Glandsen og Herligheden der overgaaer Alt hvad Jorden kjender!« sagde han.

Og liden Helga bad saa blødt, saa inderligt, som hun aldrig før havde bedet, at hun, kun et eneste Minut, turde see derind, kun kaste et eneste Blik ind i Himmeriges Rige, til Faderen.

Og han løftede hende i Glands og Herlighed, i en Strømning af Toner og Tanker; det var ikke blot udenom hende, det lyste og klang, men inden i hende. Ord kan ikke udsige det.

»Nu maae vi tilbage, Du savnes!« sagde han.

»Kun eet Blik endnu!« bad hun; »kun et eneste kort Minut!«

»Vi maae til Jorden, alle Gjester gaae bort!«

»Kun eet Blik! det sidste -!«

Og liden Helga stod atter i Verandaen, - men alle Blus derudenfor vare slukkede, alle Lys i Brudesalen vare borte, Storkene borte, ingen Gjester at see, ingen Brudgom, Alt, som veiret hen i tre korte Minuter.

Da følte Helga Angest, gik igjennem den tomme, store Hal, ind i det næste Kammer, der sov fremmede Soldater, hun aabnede Sidedøren, der førte ind til hendes Stue, og idet hun troede at staae der, stod hun udenfor i Haven, - saaledes var her jo ikke før; rødlig skinnede Himlen, det var mod Daggry.

Tre Minuter i Himlen kun, og en heel Jord-Nat var gaaet!

Da saae hun Storkene; hun raabte til dem, talede deres Sprog, og Storkefader dreiede Hovedet, lyttede og nærmede sig.

»Du taler vort Sprog!« sagde han, »hvad vil Du? Hvorfor kommer Du her, du fremmede Qvinde?«

»Det er jo mig! det er Helga! kjender Du mig ikke? For tre Minuter siden talte vi sammen, derhenne i Verandaen.«

»Det er en Feiltagelse!« sagde Storken; »det har Du drømt Altsammen!«

»Nei, nei!« sagde hun og erindrede ham om Vikingeborgen og om Vildmosen, Reisen herhid -!

Da blinkede Storkefader med Øinene: »Det er jo en gammel Historie, jeg har hørt fra min Tip-tip-Oldemoders Tid! ja vist var her i Ægypten en saadan Prindsesse fra det danske Land, men hun forsvandt paa sin Bryllups-Aften for mange hundrede Aar siden og kom aldrig igjen! det kan Du selv læse Dig til her paa Monumentet i Haven, der er jo hugget baade Svaner og Storke, og øverst staaer Du selv i det hvide Marmor.«

Saaledes var det. Liden Helga saae det, forstod det og sank i Knæ.

Solen straalede frem, og som i Fordumstid ved dens Straaler Frøhammen faldt og den deilige Skikkelse kom tilsyne, saa løftede sig nu ved Lysets Daab en Skjønheds-Skikkelse klarere, renere end Luften, en Lysstraale - til Faderen.

Legemet sank i Støv: der laae en henvisnet Lotus-Blomst, hvor hun havde staaet.

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»Det var da en ny Slutning paa Historien!« sagde Storkefader, »den havde jeg nu slet ikke ventet! men jeg kunde ganske godt lide den!«

»Hvad mon Ungerne ville sige om den?« spurgte Storkemoder.

»Ja, det er rigtignok det Vigtigste!« sagde Storkefader.




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