ESPAÑOL

Sopa de palillo de morcilla

ENGLISH

Soup from a sausage skewer


1. - Sopa de palillo de morcilla

- ¡Vaya comida la de ayer! - comentaba una vieja dama de la familia ratonil dirigiéndose a otra que no había participado en el banquete -. Yo ocupé el puesto vigésimo-primero empezando a contar por el anciano rey de los ratones, lo cual no es poco honor. En cuanto a los platos, puedo asegurarte que el menú fue estupendo. Pan enmohecido, corteza de tocino, vela de sebo y morcilla; y luego repetimos de todo.
Fue como si comiéramos dos veces. Todo el mundo estaba de buen humor, y se contaron muchos chistes y ocurrencias, como se hace en las familias bien avenidas. No quedó ni pizca de nada, aparte los palillos de las morcillas, y por eso dieron tema a la conversación. Imagínate que hubo quien afirmó que podía prepararse sopa con un palillo de morcilla. Desde luego que todos conocíamos esta sopa de oídas, como también la de guijarros, pero nadie la había probado, y mucho menos preparado. Se pronunció un brindis muy ingenioso en honor de su inventor, diciendo que merecía ser el rey de los pobres. ¿Verdad que es una buena ocurrencia? El viejo rey se levantó y prometió elevar al rango de esposa y reina a la doncella del mundo ratonil que mejor supiese condimentar la sopa en cuestión. El plazo quedó señalado para dentro de un año.
- ¡No estaría mal! - opinó la otra rata -. Pero, ¿cómo se prepara la sopa?
- Eso es, ¿cómo se prepara? - preguntaron todas las damas ratoniles, viejas y jóvenes. Todas habrían querido ser reinas, pero ninguna se sentía con ánimos de afrontar las penalidades de un viaje al extranjero para aprender la receta, y, sin embargo, era imprescindible. Abandonar a su familia y los escondrijos familiares no está al alcance de cualquiera. En el extranjero no todos los días se encuentra corteza de queso y de tocino; uno se expone a pasar hambre, sin hablar del peligro de que se te meriende un gato.
Estas ideas fueron seguramente las que disuadieron a la mayoría de partir en busca de la receta. Sólo cuatro ratitas jóvenes y alegres, pero de casa humilde, se decidieron a emprender el viaje.
Irían a los cuatro extremos del mundo, a probar quién tenía mejor suerte. Cada una se procuró un palillo de morcilla, para no olvidarse del objeto de su expedición; sería su báculo de caminante.
Iniciaron el viaje el primero de mayo, y regresaron en la misma fecha del año siguiente. Pero sólo volvieron tres; de la cuarta nada se sabía, no había dado noticias de sí, y había llegado ya el día de la prueba.
- ¡No puede haber dicha completa! - dijo el rey de los ratones; y dio orden de que se invitase a todos los que residían a muchas millas a la redonda. Como lugar de reunión se fijó la cocina. Las tres ratitas expedicionarias se situaron en grupo aparte; para la cuarta, ausente, se dispuso un palillo de morcilla envuelto en crespón negro. Nadie debía expresar su opinión hasta que las tres hubiesen hablado y el Rey dispuesto lo que procedía.
Vamos a ver lo que ocurrió.


2. De lo que había visto y aprendido la primera ratita en el curso de su viaje

- Cuando salí por esos mundos de Dios - dijo la viajera - iba creída, como tantas de mi edad, que llevaba en mí toda la ciencia del universo. ¡Qué ilusión! Hace falta un buen año, y algún día de propina, para aprender todo lo que es menester. Yo me fui al mar y embarqué en un buque que puso rumbo Norte. Me habían dicho que en el mar conviene que el cocinero sepa cómo salir de apuros; pero no es cosa fácil, cuando todo está atiborrado de hojas de tocino, toneladas de cecina y harina enmohecida. Se vive a cuerpo de rey, pero de preparar la famosa sopa ni hablar. Navegamos durante muchos días y noches; a veces el barco se balanceaba peligrosamente, v otras las olas saltaban sobre la borda y nos calaban hasta los huesos. Cuando al fin llegamos a puerto, abandoné el buque; estábamos muy al Norte.
Produce una rara sensación eso de marcharse de los escondrijos donde hemos nacido, embarcar en un buque que viene a ser como un nuevo escondrijo, y luego, de repente, hallarte a centenares de millas y en un país desconocido. Había allí bosques impenetrables de pinos y abedules, que despedían un olor intenso, desagradable para mis narices. De las hierbas silvestres se desprendía un aroma tan fuerte, que hacía estornudar y pensar en morcillas, quieras que no. Había grandes lagos, cuyas aguas parecían clarísimas miradas desde la orilla, pero que vistas desde cierta distancia eran negras como tinta. Blancos cisnes nadaban en ellos; al principio los tomé por espuma, tal era la suavidad con que se movían en la superficie; pero después los vi volar y andar; sólo entonces me di cuenta de lo que eran. Por cierto que cuando andan no pueden negar su parentesco con los gansos. Yo me junté a los de mi especie, los ratones de bosque y de campo, que, por lo demás, son de una ignorancia espantosa, especialmente en lo que a economía doméstica se refiere; y, sin embargo, éste era el objeto de mi viaje. El que fuera posible hacer sopa con palillos de morcilla resultó para ellos una idea tan inaudita, que la noticia se esparció por el bosque como un reguero de pólvora; pero todos coincidieron en que el problema no tenía solución. Jamás hubiera yo pensado que precisamente allí, y aquella misma noche, tuviese que ser iniciada en la preparación del plato. Era el solsticio de verano; por eso, decían, el bosque exhalaba aquel olor tan intenso, y eran tan aromáticas las hierbas, los lagos tan límpidos, y, no obstante, tan oscuros, con los blancos cisnes en su superficie. A la orilla del bosque, entre tres o cuatro casas, habían clavado una percha tan alta como un mástil, y de su cima colgaban guirnaldas y cintas: era el árbol de mayo. Muchachas y mozos bailaban a su alrededor, y rivalizaban en quién cantaría mejor al son del violín del músico. La fiesta duró toda la noche, desde la puesta del sol, a la luz de la Luna llena, tan intensa casi como la luz del día, pero yo no tomé parte. ¿De qué le vendría a un ratoncito participar en un baile en el bosque? Permanecí muy quietecita en el blando musgo, sosteniendo muy prieto mi palillo. La luna iluminaba principalmente un lugar en el que crecía un árbol recubierto de musgo, tan fino, que me atrevo a sostener que rivalizaba con la piel de nuestro rey, sólo que era verde, para recreo de los ojos.
De pronto llegaron, a paso de marcha, unos lindísimos y diminutos personajes, que apenas pasaban de mi rodilla; parecían seres humanos, pero mejor proporcionados. Llamábanse elfos y llevaban vestidos primorosos, confeccionados con pétalos de flores, con adornos de alas de moscas y mosquitos, todos de muy buen ver. Parecía como si anduviesen buscando algo, no sabía yo qué, hasta que algunos se me acercaron. El más distinguido señaló hacia mi palillo y dijo:
«¡Uno así es lo que necesitamos! ¡Qué bien tallado! ¡Es espléndido!», y contemplaba mi palillo con verdadero arrobo.
«Os lo prestaré, pero tenéis que devolvérmelo», les dije.
«¡Te lo devolveremos!», respondieron a la una; lo cogieron y saltando y brincando, se dirigieron al lugar donde el musgo era más fino, y clavaron el palillo en el suelo. Querían también tener su árbol de mayo, y aquél resultaba como hecho a medida. Lo limpiaron y acicalaron; ¡parecía nuevo!.
Unas arañitas tendieron a su alrededor hilos de oro y lo adornaron con ondeantes velos y banderitas, tan sutilmente tejidos y de tal inmaculada blancura a los rayos lunares, que me dolían los ojos al mirarlos. Tomaron colores de las alas de la mariposa, y los espolvorearon sobre las telarañas, que quedaron cubiertas como de flores y diamantes maravillosos, tanto, que yo no reconocía ya mi palillo de morcilla. En todo el mundo no se habrá visto un árbol de mayo como aquél. Y sólo entonces se presentó la verdadera sociedad de los elfos; iban completamente desnudos, y aquello era lo mejor de todo. Me invitaron a asistir a la fiesta, aunque desde cierta distancia, porque yo era demasiado grandota.
Empezó la música. Era como si sonasen millares de campanitas de cristal, con sonido lleno y fuerte; creí que eran cisnes los que cantaban, y parecióme distinguir también las voces del cuclillo y del tordo. Finalmente, fue como si el bosque entero se sumase al concierto; era un conjunto de voces infantiles, sonido de campanas y canto de pájaros. Cantaban melodías bellísimas, y todos aquellos sones salían del árbol de mayo de los elfos. Era un verdadero concierto de campanillas y, sin embargo, allí no había nada más que mi palillo de morcilla. Nunca hubiera creído que pudiesen encerrarse en él tantas cosas; pero todo depende de las manos a que va uno a parar. Me emocioné de veras; lloré de pura alegría, como sólo un ratoncillo es capaz de llorar.
La noche resultó demasiado corta, pero allí arriba, y en este tiempo, el sol madruga mucho. Al alba se levantó una ligera brisa; rizóse la superficie del agua de los lagos, y todos los delicados y ondeantes velos y banderas volaron por los aires. Las balanceantes glorietas de tela de araña, los puentes colgantes y balaustradas, o como quiera que se llamen, tendidos de hoja a hoja, quedaron reducidos a la nada. Seis ellos volvieron a traerme el palillo y me preguntaron si tenía yo algún deseo que pudieran satisfacer. Entonces les pedí que me explicasen la manera de preparar la sopa de palillo de morcilla.
«Ya habrás visto cómo hacemos las cosas - dijo el más distinguido, riéndose -. ¿A que apenas reconocías tu palillo?».
«¡La verdad es que sois muy listos!», respondí, y a continuación les expliqué, sin más preámbulos, el objeto de mi viaje y lo que en mi tierra esperaban de él.
«¿Qué saldrán ganando el rey de los ratones y todo nuestro poderoso imperio - dije - con que yo haya presenciado estas maravillas? No podré reproducirlas sacudiendo el palillo y decir: Ved, ahí está la maderita, ahora vendrá la sopa. Y aunque pudiera, sería un espectáculo bueno para la sobremesa, cuando la gente está ya harta».
Entonces el elfo introdujo sus minúsculos dedos en el cáliz de una morada violeta y me dijo:
«Fíjate; froto tu varita mágica. Cuando estés de vuelta a tu país y en el palacio de tu rey, toca con la vara el pecho cálido del Rey. Brotarán violetas y se enroscarán a lo largo de todo el palo, aunque sea en lo más riguroso del invierno. Así tendrás en tu país un recuerdo nuestro y aún algo más por añadidura».
Pero antes de dar cuenta de lo que era aquel «algo más», la ratita tocó con el palillo el pecho del Rey, y, efectivamente, brotó un espléndido ramillete de flores, tan deliciosamente olorosas, que el Soberano ordenó a los ratones que estaban más cerca del fuego, que metiesen en él sus rabos para provocar cierto olor a chamusquina, pues el de las violetas resultaba irresistible. No era éste precisamente el perfume preferido de la especie ratonil.
- Pero, ¿qué hay de ese «algo más» que mencionaste? - preguntó el rey de los ratones.
- Ahora viene lo que pudiéramos llamar el efecto principal - respondió la ratita - y haciendo girar el palillo, desaparecieron todas las flores y quedó la varilla desnuda, que entonces se empezó a mover a guisa de batuta.
«Las violetas son para el olfato, la vista y el tacto - dijo el elfo -; pero tendremos que darte también algo para el oído y el gusto».
Y la ratita se puso a marcar el compás, y empezó a oírse una música, pero no como la que había sonado en la fiesta de los elfos del bosque, sino como la que se suele oír en las cocinas. ¡Uf, qué barullo! Y todo vino de repente; era como si el viento silbara por las chimeneas; cocían cazos y pucheros, la badila aporreaba los calderos de latón, y de pronto todo quedó en silencio. Oyóse el canto del puchero cuando hierve, tan extraño, que uno no sabía si iba a cesar o si sólo empezaba. Y hervía la olla pequeña, y hervía la grande, ninguna se preocupaba de la otra, como si cada cual estuviese distraída con sus pensamientos. La ratita seguía agitando la batuta con fuerza creciente, las ollas espumeaban, borboteaban, rebosaban, bufaba el viento, silbaba chimenea. ¡Señor, la cosa se puso tan terrible, que la propia ratita perdió el palo!
- ¡Vaya receta complicada! - exclamó el rey -. ¿Tardará mucho en estar preparada la sopa?
- Eso fue todo - respondió la ratita con una reverencia.
- ¿Todo? En este caso, oigamos lo que tiene que decirnos la segunda - dijo el rey.


3. - De lo que contó la otra ratita

- Nací en la biblioteca del castillo - comenzó la segunda ratita -. Ni yo ni otros varios miembros de mi familia tuvimos jamás la suerte de entrar en un comedor, y no digamos ya en una despensa. Sólo al partir, y hoy nuevamente, he visto una cocina. En la biblioteca pasábamos hambre, y eso muy a menudo, pero en cambio adquirimos no pocos conocimientos. Llegónos el rumor de la recompensa ofrecida por la preparación de una sopa de palillos de morcilla, y ante la noticia, mi vieja abuela sacó un manuscrito. No es que supiera leer, pero había oído a alguien leerlo en voz alta, y le había chocado esta observación: «Cuando se es poeta, se sabe preparar sopa con palillos de morcilla». Me preguntó si yo era poetisa; díjele yo que ni por asomo, y entonces ella me aconsejó que procurase llegar a serlo. Me informé de lo que hacía falta para ello, pues descubrirlo por mis propios medios se me antojaba tan difícil como guisar la sopa. Pero mi abuela había asistido a muchas conferencias, y enseguida me respondió que se necesitaban tres condiciones: inteligencia, fantasía y sentimiento. «Si logras hacerte con estas tres cosas - añadió - serás poetisa y saldrás adelante con tu palillo de morcilla». Así, me lancé por esos mundos hacia Poniente, para llegar a ser poetisa.
La inteligencia, bien lo sabía, es lo principal para todas las cosas: las otras dos condiciones no gozan de tanto prestigio; por eso fui, ante todo, en busca de ella. Pero, ¿dónde habita? Ve a las hormigas y serás sabio; así dijo un día un gran rey de los judíos. Lo sabía también por la biblioteca, y ya no descansé hasta que hube encontrado un gran nido de hormigas. Me puse al acecho, dispuesta a adquirir la sabiduría.
Las hormigas constituyen, efectivamente, un pueblo muy respetable; son la pura sensatez; todos sus actos son un ejemplo de cálculo, como un problema del que puedes hacer la prueba y siempre te resulta exacto; todo se reduce a trabajar y poner huevos; según ellas, esto es vivir en el tiempo y procurar para la eternidad; y así lo hacen. Se clasifican en hormigas puras e impuras; el rango consiste en un número, la reina es el número uno, y su opinión es la única acertada; se ha tragado toda la ciencia, y esto era de gran importancia para mí. Contaba tantas cosas y se mostraba tan inteligente, que a mí me pareció completamente tonta. Dijo que su nido era lo más alto del mundo; pero contiguo al nido había un árbol mucho más alto, no cabía discusión, y por eso no se hablaba de ello. Un atardecer, una hormiga se extravió y trepó por el tronco; llegó no sólo hasta la copa, sino más arriba de cuanto jamás hubiera llegado una hormiga; entonces se volvió, y encontróse de nuevo en casa. En el nido contó que fuera había algo mucho más alto; pero algunas de sus compañeras opinaron que aquella afirmación era una ofensa para todo el estado, y por eso la hormiga fue condenada a ser amordazada y encerrada a perpetuidad. Poco tiempo después subió al árbol otra hormiga e hizo el mismo viaje e idéntico descubrimiento, del cual habló también, aunque, según dijeron, con circunspección y palabras ambiguas; y como, por añadidura, era una hormiga respetable, de la clase de las puras, le prestaron crédito, y cuando murió le erigieron, por sus méritos científicos, un monumento consistente en una cáscara de huevo. Un día vi cómo las hormigas iban de un lado a otro con un huevo a cuestas. Una de ellas perdió el suyo, y por muchos esfuerzos que hacía para cargárselo de nuevo, no lo lograba. Acercáronsele entonces otras dos y la ayudaron con todas sus fuerzas, hasta el extremo de que estuvieron a punto de perder también los suyos; entonces desistieron de repente, por aquello de que la caridad bien ordenada empieza por uno mismo. La reina, hablando del incidente, declaró que en aquella acción se habían puesto de manifiesto a la par el corazón y la inteligencia. Estas dos cualidades nos sitúan a la cabeza de todos los seres racionales. ¡La razón debe ser en todo momento la predominante, y yo poseo la máxima! - se incorporó sobre sus patas posteriores, destacando sobre todo las demás -; yo no podía errar el golpe, y sacando la lengua, me la zampé. «¡Ve a las hormigas y serás sabio!». ¡Ahora tenía la reina!
Me acerqué al árbol de marras: era un roble de tronco muy alto y enorme copa; ¡los años que tendría! Sabía yo que en él habitaba un ser vivo, una mujer llamada Dríada, que nace con el árbol y con él muere; me lo habían dicho en la biblioteca; y he aquí que me hallaba ahora en presencia de un árbol de aquella especie y veía al hada, que, al descubrirme, lanzó un grito terrible. Como todas las mujeres, siente terror ante los ratones; pero tenía otro motivo, además, pues yo podía roer el árbol del que dependía su vida. Dirigíle palabras amistosas y cordiales, para tranquilizarla, y me tomó en su delicada mano. Al enterarse de por qué recorría yo el mundo, prometióme que tal vez aquella misma noche obtendría yo uno de los dos tesoros que andaba buscando. Me contó que Fantasio era hermoso como el dios del amor, y además muy amigo suyo, y que se pasaba muchas horas descansando entre las frondosas ramas de su árbol, las cuales rumoreaban entonces de modo mucho más intenso y amoroso que de costumbre. Solía llamarla su dríada, dijo, y al roble, su árbol. El roble, corpulento, poderoso y bello, respondía perfectamente a su ideal; las raíces penetran profunda y firmemente en el suelo, el tronco y la copa se elevan en la atmósfera diáfana y entran en contacto con los remolinos de nieve, con los helados vientos y con los calurosos rayos del sol, todo a su debido tiempo. Y dijo también: «Allá arriba los pájaros cantan y cuentan cosas de tierras extrañas. En la única rama que está seca ha hecho su nido una cigüeña; es un bello adorno, y además nos enteramos de las maravillas del país de las pirámides. Todo eso deleita a Fantasio, pero no tiene bastante; yo tengo que hablarle de la vida en el bosque desde el tiempo en que era pequeñita y mi árbol era tan endeble, que una ortiga podía ocultarlo, hasta los días actuales, en que es tan grande y poderoso. Quédate aquí entre las asperillas y presta atención; en cuanto llegue Fantasio, veré la manera de arrancar una pluma de sus alas. Cógela, ningún poeta tuvo otra mejor; ¡tendrás bastante!».
Y llegó Fantasio, fuéle arrancada la pluma y yo me hice con ella; mas primero hube de ponerla en agua para que se ablandase, pues habría costado mucho digerirla; luego la roí. No es cosa fácil llegar a ser poeta, antes hay que digerir muchas cosas. Y he aquí que tenía ya dos condiciones: el entendimiento y la fantasía, y por ellas supe que la tercera se encontraba en la biblioteca, puesto que un gran hombre ha afirmado, de palabra y por escrito, que hay novelas cuyo exclusivo objeto es liberar a los hombres de las lágrimas superfluas, o sea, que son una especie de esponjas que absorben los sentimientos. Me acordé de algunos de esos libros, que me habían parecido siempre en extremo apetitosos; estaban tan desgastados a fuerza de leídos, y tan grasientos, que forzosamente habrían absorbido verdaderos raudales de lágrimas.
Regresé a la biblioteca de mi tierra, devoré casi una novela entera - claro que sólo la parte blanda, o sea, la novela propiamente dicha, dejando la corteza, la encuadernación -. Cuando hube devorado a ésta y una segunda a continuación, noté que algo se agitaba dentro de mí, por lo que me comí parte de una tercera, y quedé ya convertida en poetisa; así me lo dije para mis adentros, y también lo dijeron los demás. Me dolía la cabeza, me dolía la barriga, qué sé yo los dolores que sentía. Púseme a imaginar historias referentes a un palillo de morcilla, y muy pronto tuve tanta madera en la cabeza, que volaban las virutas. Sí, la reina de las hormigas poseía un talento nada común. Acordéme de un hombre que al meterse en la boca una astilla blanca quedó invisible, junto con la astilla. Pensé en aquello de «tocar madera», «ver una viga en el ojo ajeno», «de tal palo tal astilla», en una palabra, todos mis pensamientos se hicieron leñosos, y se descomponían en palillos, tarugos y maderos. Y todos ellos me daban temas para poesías, como es natural cuando una es poetisa, y yo he llegado a serlo. Por eso podré deleitaros cada día con un palillo y una historia. Ésta es mi sopa.
- Oigamos a la tercera - dijo el rey.
- ¡Pip, pip! - oyóse de pronto en la puerta de la cocina, y la cuarta ratita, aquella que habían dado por muerta, entró corriendo, y con su precipitación derribó el palillo envuelto en el crespón de luto. Había viajado día y noche, en un tren de mercancías, aprovechando una ocasión que se le había presentado, y por un pelo no llegó demasiado tarde. Adelantóse; parecía excitadísima; había perdido el palillo, pero no el habla, y tomó la palabra sin titubear, como si la hubiesen estado esperando y sólo a ella desearan oír, sin que les importase un comino el resto del mundo. Habló enseguida y dijo todo lo que tenía en el buche. Llegó tan de improviso, que nadie tuvo tiempo de atajarla, ni a ella ni su discurso. ¡Escuchémosla!


4. De lo que contó la cuarta ratita, que tomó la palabra antes que la tercera

- Me fui directamente a la gran ciudad - dijo -; no recuerdo cómo se llama, tengo muy mala memoria para nombres. Me metí en un cargamento de mercancías confiscadas, y de la estación me llevaron al juzgado, y me fui a ver al carcelero. Él me habló de sus detenidos, y especialmente de uno que había pronunciado palabras imprudentes que habían sido repetidas y cundido entre el pueblo. «Todo esto no es más que sopa de palillo de morcilla - me dijo -; ¡pero esta sopa puede costarle la cabeza!». Aquello despertó mi interés por el preso, y, aprovechando una oportunidad, me deslicé en su celda. No hay puerta tan bien cerrada que no tenga un agujerillo para un ratón. El hombre estaba macilento, llevaba una larga barba, y tenía los ojos grandes y brillantes. La lámpara humeaba, pero las paredes ya estaban acostumbradas, y no por eso se volvían más negras. El preso mataba el tiempo trazando en ellas versos y dibujos, blanco sobre negro, lo cual hacía muy bonito, pero no los leí. Creo que se aburría, y por eso fui un huésped bienvenido. Me atrajo con pedacitos de pan, silbándome y dirigiéndome palabras cariñosas. Se mostraba tan contento de verme, que le tomé confianza y nos hicimos amigos. Compartía conmigo el pan y el agua, y me daba queso y salchichón. Yo me daba una buena vida, pero debo confesar que lo que más me atraía era la compañía. El hombre permitía que trepara por sus manos y brazos, hasta el extremo de las mangas; dejaba que me paseara por sus barbas y me llamaba su amiguita. Me encariñé con él, pues la simpatía siempre es mutua, hasta el punto de olvidarme del objeto de mi viaje, y dejé el palillo en una grieta del suelo, donde debe seguir todavía. Yo quería quedarme donde estaba; si me iba, el pobre preso no tendría a nadie, y esto es demasiado poco en este mundo. ¡Ay! Yo me quedé, pero él no. La última vez me habló tristemente, me dio ración doble de miga de pan y trocitos de queso, y además me envió un beso con los dedos. Se fue y no volvió; ignoro su historia. «¡Sopa de palillo de morcilla!», exclamó el carcelero; y yo me fui con él. Pero hice mal en confiarme; cierto que me tomó en la mano, pero me encerró en una jaula giratoria. ¡Horrible! Corre una sin parar, sin moverse nunca del mismo sitio, ¡y se ríen de ti, por añadidura!
La nieta del carcelero era una monada de criatura, con un cabello rubio y ondulado, ojos alegres y una eterna sonrisa en la boca.
«¡Pobre ratita!», dijo, y se acercó a mi horrible jaula y descorrió el pestillo de hierro. Y yo salté de un brinco al arco de la ventana, y de allí al canalón del tejado. ¡Libre, libre! Era mi único pensamiento, y no me acordaba en absoluto del objeto de mi viaje.
Oscurecía, era ya noche y busqué refugio en una vieja torre, donde vivían el guardián y una lechuza. No me inspiraban confianza, especialmente la segunda, que se parece a los gatos y tiene la mala costumbre de comerse a los ratones. Pero todo el mundo puede equivocarse, y eso es lo que yo hice, pues se trataba de una vieja lechuza en extremo respetable y muy culta; sabía más que el guardián, y casi tanto como yo. Las lechuzas jóvenes metían gran barullo y se excitaban por las cosas más insignificantes. «¡No hagamos sopa de palillos de morcilla!», les decía ella, y esto era lo más duro que se le ocurría decir; tal era su afecto por la familia. Me pareció tan simpática, que le grité «¡pip!» desde mi escondite. Aquella muestra de confianza le gustó, y me prometió tomarme bajo su protección. Podía estar tranquila: ningún animal me causaría daño ni me mataría; me guardaría para el invierno, cuando llegaran los días de hambre.
Era, desde luego, un animal muy listo; me explicó que el guardián no podía tocar sin ayuda del cuerno que llevaba colgado del cinto. «Se hace el importante y se cree la lechuza de la torre. Piensa que tocar el cuerno es una gran cosa, y, sin embargo, de poco le sirve. ¡Sopa de palillos de morcilla!». Entonces yo le pedí la receta de esta sopa, y me dio la siguiente explicación: «Eso de sopa de palillos de morcilla es una expresión de los humanos, y tiene diversos sentidos, y cada cual cree acertado el que le da. Es, como si dijéramos; nada entre dos platos. Y, de hecho, es esto: nada».
«¡Nada!», exclamé, como herida por un rayo. La verdad no siempre es agradable, pero, después de todo, es lo mejor que hay en el mundo. Y así lo dijo también la vieja lechuza. Yo me puse a reflexionar y comprendí que si os traía lo mejor, os daría algo que vale mucho más que una sopa de palillos de morcilla. Y así me di prisa por llegar a tiempo, trayendo conmigo lo que hay de más alto y mejor: la verdad, Los ratones son un pueblo ilustrado e inteligente, y el rey reina sobre todos. No dudo que, por amor a la verdad, me elevará a la dignidad de reina.
- ¡Tu verdad es mentira! - protestó la ratita que no había podido hablar - ¡Yo sé cocinar la sopa y lo haré!

5. Cómo fue guisada la sopa

- Yo no salí de viaje - comenzó la tercera ratita, que no pudo hacer uso de la palabra sino en cuarto lugar -. Me quedé en el país, y eso es lo más acertado. ¿Para qué viajar, si aquí se encuentra todo? Me quedé en casa, pues, y no he consultado a seres sobrenaturales, ni me he tragado nada que valga la pena de contar, ni he hablado con lechuzas. Mi saber procede de mi propia capacidad de reflexión. Hagan el favor de disponer el caldero y llenarlo de agua hasta el borde. Luego enciendan fuego y hagan hervir el agua; tiene que hervir. Echen después en ella el palillo de morcilla, y a continuación, que Su Majestad se digne meter el rabo en el agua hirviente y agitar con él el caldo.
Cuanto más tiempo esté agitándolo Su Majestad, más buena saldrá la sopa. No cuesta nada ni requiere más aditamentos, ¡todo está en el agitar!
- ¿No podría hacerlo algún otro ratón? - preguntó el rey.
- No - respondió la ratita -, la virtud se encierra sólo en el rabo del rey de los ratones.
Hirvió el agua, el rey se situó al lado del caldero, cuyo aspecto era verdaderamente peligroso. Alargó el rabo como hacen los ratones en la lechería cuando sacan la nata de un tazón y luego se lamen la cola. Pero se limitó a poner la suya en el vapor ardiente y, pegando un brinco, dijo:
- ¡Desde luego, tú y no otra serás la reina! La sopa puede aguardar a que celebremos las bodas de oro. Entretanto, los pobres de mi reino podrán alegrarse con esta esperanza, y tendrán alegría para largo tiempo.
Y se celebró la boda. Pero muchos ratones dijeron, al regresar a sus casas:
- No debiera llamarse sopa de palillos de morcilla, sino de cola de ratón.
En su opinión, todo lo que habían contado estaba muy bien, pero el conjunto dejaba algo que desear.
- Yo, por ejemplo, lo habría explicado de tal y tal modo...
Era la crítica, siempre tan inteligente... pasada la ocasión.

* * *

La historia dio la vuelta al mundo; las opiniones diferían, pero la narración se conservó. Y esto es lo principal, así en las cosas grandes como en las pequeñas, incluso con la sopa de palillos de morcilla. ¡No esperéis que os la agradezcan!
"We had such an excellent dinner yesterday," said an old mouse of the female sex to another who had not been present at the feast. "I sat number twenty-one below the mouse-king, which was not a bad place. Shall I tell you what we had? Everything was first rate. Mouldy bread, tallow candle, and sausage. And then, when we had finished that course, the same came on all over again; it was as good as two feasts. We were very sociable, and there was as much joking and fun as if we had been all of one family circle. Nothing was left but the sausage skewers, and this formed a subject of conversation, till at last it turned to the proverb, 'Soup from sausage skins;' or, as the people in the neighboring country call it, 'Soup from a sausage skewer.' Every one had heard the proverb, but no one had ever tasted the soup, much less prepared it. A capital toast was drunk to the inventor of the soup, and some one said he ought to be made a relieving officer to the poor. Was not that witty? Then the old mouse-king rose and promised that the young lady-mouse who should learn how best to prepare this much-admired and savory soup should be his queen, and a year and a day should be allowed for the purpose."

"That was not at all a bad proposal," said the other mouse; "but how is the soup made?"

"Ah, that is more than I can tell you. All the young lady mice were asking the same question. They wished very much to be queen, but they did not want to take the trouble of going out into the world to learn how to make soup, which was absolutely necessary to be done first. But it is not every one who would care to leave her family, or her happy corner by the fire-side at home, even to be made queen. It is not always easy to find bacon and cheese-rind in foreign lands every day, and it is not pleasant to have to endure hunger, and be perhaps, after all, eaten up alive by the cat."

Most probably some such thoughts as these discouraged the majority from going out into the world to collect the required information. Only four mice gave notice that they were ready to set out on the journey. They were young and lively, but poor. Each of them wished to visit one of the four divisions of the world, so that it might be seen which was the most favored by fortune. Every one took a sausage skewer as a traveller's staff, and to remind them of the object of their journey. They left home early in May, and none of them returned till the first of May in the following year, and then only three of them. Nothing was seen or heard of the fourth, although the day of decision was close at hand. "Ah, yes, there is always some trouble mixed up with the greatest pleasure," said the mouse-king; but he gave orders that all the mice within a circle of many miles should be invited at once. They were to assemble in the kitchen, and the three travelled mice were to stand in a row before them, while a sausage skewer, covered with crape, was to be stuck up instead of the missing mouse. No one dared to express an opinion until the king spoke, and desired one of them to go on with her story. And now we shall hear what she said.

What the first little mouse saw and heard on her travels

"When I first went out into the world," said the little mouse, "I fancied, as so many of my age do, that I already knew everything, but it was not so. It takes years to acquire great knowledge. I went at once to sea in a ship bound for the north. I had been told that the ship's cook must know how to prepare every dish at sea, and it is easy enough to do that with plenty of sides of bacon, and large tubs of salt meat and mouldy flour. There I found plenty of delicate food, but no opportunity for learning how to make soup from a sausage skewer. We sailed on for many days and nights; the ship rocked fearfully, and we did not escape without a wetting. As soon as we arrived at the port to which the ship was bound, I left it, and went on shore at a place far towards the north. It is a wonderful thing to leave your own little corner at home, to hide yourself in a ship where there are sure to be some nice snug corners for shelter, then suddenly to find yourself thousands of miles away in a foreign land. I saw large pathless forests of pine and birch trees, which smelt so strong that I sneezed and thought of sausage. There were great lakes also which looked as black as ink at a distance, but were quite clear when I came close to them. Large swans were floating upon them, and I thought at first they were only foam, they lay so still; but when I saw them walk and fly, I knew what they were directly. They belong to the goose species, one can see that by their walk. No one can attempt to disguise family descent. I kept with my own kind, and associated with the forest and field mice, who, however, knew very little, especially about what I wanted to know, and which had actually made me travel abroad. The idea that soup could be made from a sausage skewer was to them such an out-of-the-way, unlikely thought, that it was repeated from one to another through the whole forest. They declared that the problem would never be solved, that the thing was an impossibility. How little I thought that in this place, on the very first night, I should be initiated into the manner of its preparation."

"It was the height of summer, which the mice told me was the reason that the forest smelt so strong, and that the herbs were so fragrant, and the lakes with the white swimming swans so dark, and yet so clear. On the margin of the wood, near to three or four houses, a pole, as large as the mainmast of a ship, had been erected, and from the summit hung wreaths of flowers and fluttering ribbons; it was the Maypole. Lads and lasses danced round the pole, and tried to outdo the violins of the musicians with their singing. They were as merry as ever at sunset and in the moonlight, but I took no part in the merry-making. What has a little mouse to do with a Maypole dance? I sat in the soft moss, and held my sausage skewer tight. The moon threw its beams particularly on one spot where stood a tree covered with exceedingly fine moss. I may almost venture to say that it was as fine and soft as the fur of the mouse-king, but it was green, which is a color very agreeable to the eye. All at once I saw the most charming little people marching towards me. They did not reach higher than my knee; they looked like human beings, but were better proportioned, and they called themselves elves. Their clothes were very delicate and fine, for they were made of the leaves of flowers, trimmed with the wings of flies and gnats, which had not a bad effect. By their manner, it appeared as if they were seeking for something. I knew not what, till at last one of them espied me and came towards me, and the foremost pointed to my sausage skewer, and said, 'There, that is just what we want; see, it is pointed at the top; is it not capital?' and the longer he looked at my pilgrim's staff, the more delighted he became. 'I will lend it to you,' said I, 'but not to keep.'"

"'Oh no, we won't keep it!' they all cried; and then they seized the skewer, which I gave up to them, and danced with it to the spot where the delicate moss grew, and set it up in the middle of the green. They wanted a maypole, and the one they now had seemed cut out on purpose for them. Then they decorated it so beautifully that it was quite dazzling to look at. Little spiders spun golden threads around it, and then it was hung with fluttering veils and flags so delicately white that they glittered like snow in the moonshine. After that they took colors from the butterfly's wing, and sprinkled them over the white drapery, which gleamed as if covered with flowers and diamonds, so that I could not recognize my sausage skewer at all. Such a maypole had never been seen in all the world as this. Then came a great company of real elves. Nothing could be finer than their clothes, and they invited me to be present at the feast; but I was to keep at a certain distance, because I was too large for them. Then commenced such music that it sounded like a thousand glass bells, and was so full and strong that I thought it must be the song of the swans. I fancied also that I heard the voices of the cuckoo and the black-bird, and it seemed at last as if the whole forest sent forth glorious melodies– the voices of children, the tinkling of bells, and the songs of the birds; and all this wonderful melody came from the elfin maypole. My sausage peg was a complete peal of bells. I could scarcely believe that so much could have been produced from it, till I remembered into what hands it had fallen. I was so much affected that I wept tears such as a little mouse can weep, but they were tears of joy. The night was far too short for me; there are no long nights there in summer, as we often have in this part of the world. When the morning dawned, and the gentle breeze rippled the glassy mirror of the forest lake, all the delicate veils and flags fluttered away into thin air; the waving garlands of the spider's web, the hanging bridges and galleries, or whatever else they may be called, vanished away as if they had never been. Six elves brought me back my sausage skewer, and at the same time asked me to make any request, which they would grant if in their power; so I begged them, if they could, to tell me how to make soup from a sausage skewer."

"'How do we make it?' said the chief of the elves with a smile. 'Why you have just seen it; you scarcely knew your sausage skewer again, I am sure.'"

"They think themselves very wise, thought I to myself. Then I told them all about it, and why I had travelled so far, and also what promise had been made at home to the one who should discover the method of preparing this soup. 'What use will it be,' I asked, 'to the mouse-king or to our whole mighty kingdom that I have seen all these beautiful things? I cannot shake the sausage peg and say, Look, here is the skewer, and now the soup will come. That would only produce a dish to be served when people were keeping a fast.'"

"Then the elf dipped his finger into the cup of a violet, and said to me, 'Look here, I will anoint your pilgrim's staff, so that when you return to your own home and enter the king's castle, you have only to touch the king with your staff, and violets will spring forth and cover the whole of it, even in the coldest winter time; so I think I have given you really something to carry home, and a little more than something.'"

But before the little mouse explained what this something more was, she stretched her staff out to the king, and as it touched him the most beautiful bunch of violets sprang forth and filled the place with perfume. The smell was so powerful that the mouse-king ordered the mice who stood nearest the chimney to thrust their tails into the fire, that there might be a smell of burning, for the perfume of the violets was overpowering, and not the sort of scent that every one liked.

"But what was the something more of which you spoke just now?" asked the mouse-king.

"Why," answered the little mouse, "I think it is what they call 'effect;'" and thereupon she turned the staff round, and behold not a single flower was to be seen upon it! She now only held the naked skewer, and lifted it up as a conductor lifts his baton at a concert. "Violets, the elf told me," continued the mouse, "are for the sight, the smell, and the touch; so we have only now to produce the effect of hearing and tasting;" and then, as the little mouse beat time with her staff, there came sounds of music, not such music as was heard in the forest, at the elfin feast, but such as is often heard in the kitchen– the sounds of boiling and roasting. It came quite suddenly, like wind rushing through the chimneys, and seemed as if every pot and kettle were boiling over. The fire-shovel clattered down on the brass fender; and then, quite as suddenly, all was still,– nothing could be heard but the light, vapory song of the tea-kettle, which was quite wonderful to hear, for no one could rightly distinguish whether the kettle was just beginning to boil or going to stop. And the little pot steamed, and the great pot simmered, but without any regard for each; indeed there seemed no sense in the pots at all. And as the little mouse waved her baton still more wildly, the pots foamed and threw up bubbles, and boiled over; while again the wind roared and whistled through the chimney, and at last there was such a terrible hubbub, that the little mouse let her stick fall.

"That is a strange sort of soup," said the mouse-king; "shall we not now hear about the preparation?"

"That is all," answered the little mouse, with a bow.

"That all!" said the mouse-king; "then we shall be glad to hear what information the next may have to give us."

What the second mouse had to tell

"I was born in the library, at a castle," said the second mouse. "Very few members of our family ever had the good fortune to get into the dining-room, much less the store-room. On my journey, and here to-day, are the only times I have ever seen a kitchen. We were often obliged to suffer hunger in the library, but then we gained a great deal of knowledge. The rumor reached us of the royal prize offered to those who should be able to make soup from a sausage skewer. Then my old grandmother sought out a manuscript which, however, she could not read, but had heard it read, and in it was written, 'Those who are poets can make soup of sausage skewers.' She then asked me if I was a poet. I felt myself quite innocent of any such pretensions. Then she said I must go out and make myself a poet. I asked again what I should be required to do, for it seemed to me quite as difficult as to find out how to make soup of a sausage skewer. My grandmother had heard a great deal of reading in her day, and she told me three principal qualifications were necessary– understanding, imagination, and feeling. 'If you can manage to acquire these three, you will be a poet, and the sausage-skewer soup will be quite easy to you.'"

"So I went forth into the world, and turned my steps towards the west, that I might become a poet. Understanding is the most important matter in everything. I knew that, for the two other qualifications are not thought much of; so I went first to seek for understanding. Where was I to find it? 'Go to the ant and learn wisdom,' said the great Jewish king. I knew that from living in a library. So I went straight on till I came to the first great ant-hill, and then I set myself to watch, that I might become wise. The ants are a very respectable people, they are wisdom itself. All they do is like the working of a sum in arithmetic, which comes right. 'To work and to lay eggs,' say they, 'and to provide for posterity, is to live out your time properly;' and that they truly do. They are divided into the clean and the dirty ants, their rank is pointed out by a number, and the ant-queen is number ONE; and her opinion is the only correct one on everything; she seems to have the whole wisdom of the world in her, which was just the important matter I wished to acquire. She said a great deal which was no doubt very clever; yet to me it sounded like nonsense. She said the ant-hill was the loftiest thing in the world, and yet close to the mound stood a tall tree, which no one could deny was loftier, much loftier, but no mention was made of the tree. One evening an ant lost herself on this tree; she had crept up the stem, not nearly to the top, but higher than any ant had ever ventured; and when at last she returned home she said that she had found something in her travels much higher than the ant-hill. The rest of the ants considered this an insult to the whole community; so she was condemned to wear a muzzle and to live in perpetual solitude. A short time afterwards another ant got on the tree, and made the same journey and the same discovery, but she spoke of it cautiously and indefinitely, and as she was one of the superior ants and very much respected, they believed her, and when she died they erected an eggshell as a monument to her memory, for they cultivated a great respect for science. I saw," said the little mouse, "that the ants were always running to and fro with her burdens on their backs. Once I saw one of them drop her load; she gave herself a great deal of trouble in trying to raise it again, but she could not succeed. Then two others came up and tried with all their strength to help her, till they nearly dropped their own burdens in doing so; then they were obliged to stop for a moment in their help, for every one must think of himself first. And the ant-queen remarked that their conduct that day showed that they possessed kind hearts and good understanding. 'These two qualities,' she continued, 'place us ants in the highest degree above all other reasonable beings. Understanding must therefore be seen among us in the most prominent manner, and my wisdom is greater than all.' And so saying she raised herself on her two hind legs, that no one else might be mistaken for her. I could not therefore make an error, so I ate her up. We are to go to the ants to learn wisdom, and I had got the queen."

"I now turned and went nearer to the lofty tree already mentioned, which was an oak. It had a tall trunk with a wide-spreading top, and was very old. I knew that a living being dwelt here, a dryad as she is called, who is born with the tree and dies with it. I had heard this in the library, and here was just such a tree, and in it an oak-maiden. She uttered a terrible scream when she caught sight of me so near to her; like many women, she was very much afraid of mice. And she had more real cause for fear than they have, for I might have gnawed through the tree on which her life depended. I spoke to her in a kind and friendly manner, and begged her to take courage. At last she took me up in her delicate hand, and then I told her what had brought me out into the world, and she promised me that perhaps on that very evening she should be able to obtain for me one of the two treasures for which I was seeking. She told me that Phantaesus was her very dear friend, that he was as beautiful as the god of love, that he remained often for many hours with her under the leafy boughs of the tree which then rustled and waved more than ever over them both. He called her his dryad, she said, and the tree his tree; for the grand old oak, with its gnarled trunk, was just to his taste. The root, spreading deep into the earth, the top rising high in the fresh air, knew the value of the drifted snow, the keen wind, and the warm sunshine, as it ought to be known. 'Yes,' continued the dryad, 'the birds sing up above in the branches, and talk to each other about the beautiful fields they have visited in foreign lands; and on one of the withered boughs a stork has built his nest,– it is beautifully arranged, and besides it is pleasant to hear a little about the land of the pyramids. All this pleases Phantaesus, but it is not enough for him; I am obliged to relate to him of my life in the woods; and to go back to my childhood, when I was little, and the tree so small and delicate that a stinging-nettle could overshadow it, and I have to tell everything that has happened since then till now that the tree is so large and strong. Sit you down now under the green bindwood and pay attention, when Phantaesus comes I will find an opportunity to lay hold of his wing and to pull out one of the little feathers. That feather you shall have; a better was never given to any poet, it will be quite enough for you.'"

"And when Phantaesus came the feather was plucked, and," said the little mouse, "I seized and put it in water, and kept it there till it was quite soft. It was very heavy and indigestible, but I managed to nibble it up at last. It is not so easy to nibble one's self into a poet, there are so many things to get through. Now, however, I had two of them, understanding and imagination; and through these I knew that the third was to be found in the library. A great man has said and written that there are novels whose sole and only use appeared to be that they might relieve mankind of overflowing tears– a kind of sponge, in fact, for sucking up feelings and emotions. I remembered a few of these books, they had always appeared tempting to the appetite; they had been much read, and were so greasy, that they must have absorbed no end of emotions in themselves. I retraced my steps to the library, and literally devoured a whole novel, that is, properly speaking, the interior or soft part of it; the crust, or binding, I left. When I had digested not only this, but a second, I felt a stirring within me; then I ate a small piece of a third romance, and felt myself a poet. I said it to myself, and told others the same. I had head-ache and back-ache, and I cannot tell what aches besides. I thought over all the stories that may be said to be connected with sausage pegs, and all that has ever been written about skewers, and sticks, and staves, and splinters came to my thoughts; the ant-queen must have had a wonderfully clear understanding. I remembered the man who placed a white stick in his mouth by which he could make himself and the stick invisible. I thought of sticks as hobby-horses, staves of music or rhyme, of breaking a stick over a man's back, and heaven knows how many more phrases of the same sort relating to sticks, staves, and skewers. All my thoughts rein on skewers, sticks of wood, and staves; and as I am, at last, a poet, and I have worked terribly hard to make myself one, I can of course make poetry on anything. I shall therefore be able to wait upon you every day in the week with a poetical history of a skewer. And that is my soup."

"In that case," said the mouse-king, "we will hear what the third mouse has to say."

"Squeak, squeak," cried a little mouse at the kitchen door; it was the fourth, and not the third, of the four who were contending for the prize, one whom the rest supposed to be dead. She shot in like an arrow, and overturned the sausage peg that had been covered with crape. She had been running day and night. She had watched an opportunity to get into a goods train, and had travelled by the railway; and yet she had arrived almost too late. She pressed forward, looking very much ruffled. She had lost her sausage skewer, but not her voice; for she began to speak at once as if they only waited for her, and would hear her only, and as if nothing else in the world was of the least consequence. She spoke out so clearly and plainly, and she had come in so suddenly, that no one had time to stop her or to say a word while she was speaking. And now let us hear what she said.

What the fourth mouse, who spoke before the third, had to tell

"I started off at once to the largest town," said she, "but the name of it has escaped me. I have a very bad memory for names. I was carried from the railway, with some forfeited goods, to the jail, and on arriving I made my escape, and ran into the house of the turnkey. The turnkey was speaking of his prisoners, especially of one who had uttered thoughtless words. These words had given rise to other words, and at length they were written down and registered: 'The whole affair is like making soup of sausage skewers,' said he, 'but the soup may cost him his neck.'"

"Now this raised in me an interest for the prisoner," continued the little mouse, "and I watched my opportunity, and slipped into his apartment, for there is a mouse-hole to be found behind every closed door. The prisoner looked pale; he had a great beard and large, sparkling eyes. There was a lamp burning, but the walls were so black that they only looked the blacker for it. The prisoner scratched pictures and verses with white chalk on the black walls, but I did not read the verses. I think he found his confinement wearisome, so that I was a welcome guest. He enticed me with bread-crumbs, with whistling, and with gentle words, and seemed so friendly towards me, that by degrees I gained confidence in him, and we became friends; he divided his bread and water with me, gave me cheese and sausage, and I really began to love him. Altogether, I must own that it was a very pleasant intimacy. He let me run about on his hand, and on his arm, and into his sleeve; and I even crept into his beard, and he called me his little friend. I forgot what I had come out into the world for; forgot my sausage skewer which I had laid in a crack in the floor– it is lying there still. I wished to stay with him always where I was, for I knew that if I went away the poor prisoner would have no one to be his friend, which is a sad thing. I stayed, but he did not. He spoke to me so mournfully for the last time, gave me double as much bread and cheese as usual, and kissed his hand to me. Then he went away, and never came back. I know nothing more of his history."

"The jailer took possession of me now. He said something about soup from a sausage skewer, but I could not trust him. He took me in his hand certainly, but it was to place me in a cage like a tread-mill. Oh how dreadful it was! I had to run round and round without getting any farther in advance, and only to make everybody laugh. The jailer's grand-daughter was a charming little thing. She had curly hair like the brightest gold, merry eyes, and such a smiling mouth."

"'You poor little mouse,' said she, one day as she peeped into my cage, 'I will set you free.' She then drew forth the iron fastening, and I sprang out on the window-sill, and from thence to the roof. Free! free! that was all I could think of; not of the object of my journey. It grew dark, and as night was coming on I found a lodging in an old tower, where dwelt a watchman and an owl. I had no confidence in either of them, least of all in the owl, which is like a cat, and has a great failing, for she eats mice. One may however be mistaken sometimes; and so was I, for this was a respectable and well-educated old owl, who knew more than the watchman, and even as much as I did myself. The young owls made a great fuss about everything, but the only rough words she would say to them were, 'You had better go and make some soup from sausage skewers.' She was very indulgent and loving to her children. Her conduct gave me such confidence in her, that from the crack where I sat I called out 'squeak.' This confidence of mine pleased her so much that she assured me she would take me under her own protection, and that not a creature should do me harm. The fact was, she wickedly meant to keep me in reserve for her own eating in winter, when food would be scarce. Yet she was a very clever lady-owl; she explained to me that the watchman could only hoot with the horn that hung loose at his side; and then she said he is so terribly proud of it, that he imagines himself an owl in the tower;– wants to do great things, but only succeeds in small; all soup on a sausage skewer. Then I begged the owl to give me the recipe for this soup. 'Soup from a sausage skewer,' said she, 'is only a proverb amongst mankind, and may be understood in many ways. Each believes his own way the best, and after all, the proverb signifies nothing.' 'Nothing!' I exclaimed. I was quite struck. Truth is not always agreeable, but truth is above everything else, as the old owl said. I thought over all this, and saw quite plainly that if truth was really so far above everything else, it must be much more valuable than soup from a sausage skewer. So I hastened to get away, that I might be home in time, and bring what was highest and best, and above everything– namely, the truth. The mice are an enlightened people, and the mouse-king is above them all. He is therefore capable of making me queen for the sake of truth."

"Your truth is a falsehood," said the mouse who had not yet spoken; "I can prepare the soup, and I mean to do so."

How it was prepared

"I did not travel," said the third mouse; "I stayed in this country: that was the right way. One gains nothing by travelling– everything can be acquired here quite as easily; so I stayed at home. I have not obtained what I know from supernatural beings. I have neither swallowed it, nor learnt it from conversing with owls. I have got it all from my reflections and thoughts. Will you now set the kettle on the fire– so? Now pour the water in– quite full– up to the brim; place it on the fire; make up a good blaze; keep it burning, that the water may boil; it must boil over and over. There, now I throw in the skewer. Will the mouse-king be pleased now to dip his tail into the boiling water, and stir it round with the tail. The longer the king stirs it, the stronger the soup will become. Nothing more is necessary, only to stir it."

"Can no one else do this?" asked the king.

"No," said the mouse; "only in the tail of the mouse-king is this power contained."

And the water boiled and bubbled, as the mouse-king stood close beside the kettle. It seemed rather a dangerous performance; but he turned round, and put out his tail, as mice do in a dairy, when they wish to skim the cream from a pan of milk with their tails and afterwards lick it off. But the mouse-king's tail had only just touched the hot steam, when he sprang away from the chimney in a great hurry, exclaiming, "Oh, certainly, by all means, you must be my queen; and we will let the soup question rest till our golden wedding, fifty years hence; so that the poor in my kingdom, who are then to have plenty of food, will have something to look forward to for a long time, with great joy."

And very soon the wedding took place. But many of the mice, as they were returning home, said that the soup could not be properly called "soup from a sausage skewer," but "soup from a mouse's tail." They acknowledged also that some of the stories were very well told; but that the whole could have been managed differently. "I should have told it so– and so– and so." These were the critics who are always so clever afterwards.

When this story was circulated all over the world, the opinions upon it were divided; but the story remained the same. And, after all, the best way in everything you undertake, great as well as small, is to expect no thanks for anything you may do, even when it refers to "soup from a sausage skewer."




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