ESPAÑOL

El gollete de botella

DANSK

Flaskehalsen


En una tortuosa callejuela, entre varias míseras casuchas, se alzaba una de paredes entramadas, alta y desvencijada. Vivían en ella gente muy pobre; y lo más mísero de todo era la buhardilla, en cuya ventanuco colgaba, a la luz del sol, una vieja jaula abollada que ni siquiera tenía bebedero; en su lugar había un gollete de botella puesto del revés, tapado por debajo con un tapón de corcho y lleno de agua. Una vieja solterona estaba asomada al exterior; acababa de adornar con prímulas la jaula donde un diminuto pardillo saltaba de uno a otro palo cantando tan alegremente, que su voz resonaba a gran distancia.
«¡Ay, bien puedes tú cantar! -exclamó el gollete. Bueno, no es que lo dijera como lo decimos nosotros, pues un casco de botella no puede hablar, pero lo pensó a su manera, como nosotros cuando hablamos para nuestros adentros -. Sí, tú puedes cantar, pues no te falta ningún miembro. Si tú supieras, como yo lo sé, lo que significa haber perdido toda la parte inferior del cuerpo, sin quedarme más que cuello y boca, y aun ésta con un tapón metido dentro... Seguro que no cantarías. Pero vale más así, que siquiera tú puedas alegrarte. Yo no tengo ningún motivo para cantar, aparte que no sé hacerlo; antes sí sabía, cuando era una botella hecha y derecha, y me frotaban con un tapón. Era entonces una verdadera alondra, me llamaban la gran alondra. Y luego, cuando vivía en el bosque, con la familia del pellejero y celebraron la boda de su hija... Me acuerdo como si fuese ayer. ¡La de aventuras que he pasado, y que podría contarte! He estado en el fuego y en el agua, metida en la negra tierra, y he subido a alturas que muy pocos han alcanzado, y ahí me tienes ahora en esta jaula, expuesta al aire y al sol. A lo mejor te gustaría oír mi historia, aunque no la voy a contar en voz alta, pues no puedo».
Y así el gollete de botella - hablando para sí, o por lo menos pensándolo para sus adentros - empezó a contar su historia, que era notable de verdad. Entretanto, el pajarillo cantaba su alegre canción, y abajo en la calle todo el mundo iba y venía, pensando cada cual en sus problemas o en nada. Pero el gollete de la botella recuerda que recuerda.
Vio el horno ardiente de la fábrica donde, soplando, le habían dado vida; recordó que hacía un calor sofocante en aquel horno estrepitoso, lugar de su nacimiento; que mirando a sus honduras le habían entrado ganas de saltar de nuevo a ellas, pero que, poco a poco, al irse enfriando, se fue sintiendo bien y a gusto en su nuevo sitio, en hilera con un regimiento entero de hermanos y hermanas, nacidas todas en el mismo horno, aunque unas destinadas a contener champaña y otras cerveza, lo cual no era poca diferencia. Más tarde, ya en el ancho mundo, cabe muy bien que en una botella de cerveza se envase el exquisito «lacrimae Christi», y que en una botella de champaña echen betún de calzado; pero siempre queda la forma, como ejecutoria del nacimiento. El noble es siempre noble, aunque por dentro esté lleno de betún.
Después de un rato, todas las botellas fueron embaladas, la nuestra con las demás. No pensaba entonces ella que acabaría en simple gollete y que serviría de bebedero de pájaro en aquellas alturas, lo cual no deja de ser una existencia honrosa, pues siquiera se es algo. No volvió a ver la luz del día hasta que la desembalaron en la bodega de un cosechero, junto con sus compañeras, y la enjuagaron por primera vez, cosa que le produjo una sensación extraña. Quedóse allí vacía y sin tapar, presa de un curioso desfallecimiento. Algo le faltaba, no sabía qué a punto fijo, pero algo. Hasta que la llenaron de vino, un vino viejo y de solera; la taparon y lacraron, pegándole a continuación un papel en que se leía: «Primera calidad». Era como sacar sobresaliente en el examen; pero es que en realidad el vino era bueno, y la botella, buena también. Cuando se es joven, todo el mundo se siente poeta. La botella se sentía llena de canciones y versos referentes a cosas de las que no tenía la menor idea: las verdes montañas soleadas, donde maduran las uvas y donde las retozonas muchachas y los bulliciosos mozos cantan y se besan. ¡Ah, qué bella es la vida! Todo aquello cantaba y resonaba en el interior de la botella, lo mismo que ocurre en el de los jóvenes poetas, que con frecuencia tampoco saben nada de todo aquello.
Un buen día la vendieron. El aprendiz del peletero fue enviado a comprar una botella de vino «del mejor», y así fue ella a parar al cesto, junto con jamón, salchichas y queso, sin que faltaran tampoco una mantequilla de magnífico aspecto y un pan exquisito. La propia hija del peletero vació el cesto. Era joven y linda; reían sus ojos azules, y una sonrisa se dibujaba en su boca, que hablaba tan elocuentemente como sus ojos. Sus manos eran finas y delicadas, y muy blancas, aunque no tanto como el cuello y el pecho. Veíase a la legua que era una de las mozas más bellas de la ciudad, y, sin embargo, no estaba prometida.
Cuando la familia salió al bosque, la cesta de la comida quedó en el regazo de la hija; el cuello de la botella asomaba por entre los extremos del blanco pañuelo; cubría el tapón un sello de lacre rojo, que miraba al rostro de la muchacha. Pero no dejaba de echar tampoco ojeadas al joven marino, sentado a su lado. Era un amigo de infancia, hijo de un pintor retratista. Acababa de pasar felizmente su examen de piloto, y al día siguiente se embarcaba en una nave con rumbo a lejanos países. De ello habían estado hablando largamente mientras empaquetaban, y en el curso de la conversación no se había reflejado mucha alegría en los ojos y en la boca de la linda hija del peletero.
Los dos jóvenes se metieron por el verde bosque, enzarzados en un coloquio. ¿De qué hablarían? La botella no lo oyó, pues se había quedado en la cesta. Pasó mucho rato antes de que la sacaran, pero cuando al fin, lo hicieron, habían sucedido cosas muy agradables; todos los ojos estaban sonrientes, incluso los de la hija, la cual apenas abría la boca, y tenía las mejillas encendidas como rosas encarnadas.
El padre cogió la botella llena y el sacacorchos. Es extraño, sí, la impresión que se siente cuando a una la descorchan por vez primera. Jamás olvidó el cuello de la botella aquel momento solemne; al saltar el tapón le había escapado de dentro un raro sonido, «¡plump!», seguido de un gorgoteo al caer el vino en los vasos.
- ¡Por la felicidad de los prometidos! - dijo el padre, y todos los vasos se vaciaron hasta la última gota, mientras el joven piloto besaba a su hermosa novia.
- ¡Dichas y bendiciones! -exclamaron los dos viejos.
El mozo volvió a llenar los vasos. - ¡Por mi regreso y por la boda de hoy en un año! -brindó, y cuando los vasos volvieron a quedar vacíos, levantando la botella, añadió: - ¡Has asistido al día más hermoso de mi vida; nunca más volverás a servir! -. Y la arrojó al aire.
Poco pensó entonces la muchacha que aún vería volar otras veces la botella; y, sin embargo, así fue. La botella fue a caer en el espeso cañaveral de un pequeño estanque que había en el bosque; el gollete recordaba aún perfectamente cómo había ido a parar allí y cómo había pensado:
«Les di vino y ellos me devuelven agua cenagosa; su intención era buena, de todos modos». No podía ya ver a la pareja de novios ni a sus regocijados padres, pero durante largo rato los estuvo oyendo cantar y charlar alegremente. Llegaron en esto dos chiquillos campesinos, que, mirando por entre las cañas, descubrieron la botella y se la llevaron a casa. Volvía a estar atendida.
En la casa del bosque donde moraban los muchachos, la víspera había llegado su hermano mayor, que era marino, para despedirse, pues iba a emprender un largo viaje. Corría la madre de un lado para otro empaquetando cosas y más cosas; al anochecer, el padre iría a la ciudad a ver a su hijo por última vez antes de su partida, y a llevarle el último saludo de la madre. Había puesto ya en el hato una botellita de aguardiente de hierbas aromáticas, cuando se presentaron los muchachitos con la botella encontrada, que era mayor y más resistente. Su capacidad era superior a la de la botellita, y el licor era muy bueno para el dolor de estómago, pues entre otras muchas hierbas, contenía corazoncillo. Esta vez no llenaron la botella con vino, como la anterior, sino con una poción amarga, aunque excelente, para el estómago. La nueva botella reemplazó a la antigua, y así reanudó aquélla sus correrías. Pasó a bordo del barco propiedad de Peter Jensen, justamente el mismo en el que servía el joven piloto, el cual no vio la botella, aparte que lo más probable es que no la hubiera reconocido ni pensado que era la misma con cuyo contenido habían brindado por su noviazgo y su feliz regreso.
Aunque no era vino lo que la llenaba, no era menos bueno su contenido. A Peter Jensen lo llamaban sus compañeros «El boticario», pues a cada momento sacaba la botella y administraba a alguien la excelente medicina - excelente para el estómago, entendámonos -; y aquello duró hasta que se hubo consumido la última gota. Fueron días felices, y la botella solía cantar cuando la frotaban con el tapón. De entonces le vino el nombre de alondra, la alondra de Peter Jensen.
Había transcurrido un largo tiempo, y la botella había sido dejada, vacía, en un rincón; mas he aquí que - si la cosa ocurrió durante el viaje de ida o el de vuelta, la botella no lo supo nunca a punto fijo, pues jamás desembarcó - se levantó una tempestad. Olas enormes negras y densas, se encabritaban, levantaban el barco hasta las nubes y lo lanzaban en todas direcciones; quebróse el palo mayor, un golpe de mar abrió una vía de agua, y las bombas resultaban inútiles. Era una noche oscura como boca de lobo, y el barco se iba a pique; en el último momento, el joven piloto escribió en una hoja de papel: «¡En el nombre de Dios, naufragamos!». Estampó el nombre de su prometida, el suyo propio y el del buque, metió el papel en una botella vacía que encontró a mano y, tapándola fuertemente, la arrojó al mar tempestuoso. Ignoraba que era la misma que había servido para llenar los vasos de la alegría y de la esperanza. Ahora flotaba entre las olas llevando un mensaje de adiós y de muerte.
Hundióse el barco, y con él la tripulación, mientras la botella volaba como un pájaro, llevando dentro un corazón, una carta de amor. Y salió el sol y se puso de nuevo, y a la botella le pareció como si volviese a los tiempos de su infancia, en que veía el rojo horno ardiente. Vivió períodos de calma y nuevas tempestades, pero ni se estrelló contra una roca ni fue tragada por un tiburón.
Más de un año estuvo flotando al azar, ora hacia el Norte, ora hacia Mediodía, a merced de las corrientes marinas. Por lo demás, era dueña de sí, pero al cabo de un tiempo uno llega a cansarse incluso de esto.
La hoja escrita, con el último adiós del novio a su prometida, sólo duelo habría traído, suponiendo que hubiese ido a parar a las manos a que iba destinada. Pero, ¿dónde estaban aquellas manos, tan blancas cuando, allá en el verde bosque, se extendían sobre la jugosa hierba el día del noviazgo? ¿Dónde estaba la hija del peletero? ¿Dónde se hallaba su tierra, y cuál sería la más próxima? La botella lo ignoraba; seguía en su eterno vaivén, y al fin se sentía ya harta de aquella vida; su destino era otro. Con todo, continuó su viaje, hasta que, finalmente, fue arrojada a la costa, en un país extraño. No comprendía una palabra de lo que las gentes hablaban; no era la lengua que oyera en otros tiempos, y uno se siente muy desvalido cuando no entiende el idioma.
Alguien recogió la botella y la examinó. Vieron que contenía un papel y lo sacaron; pero, por muchas vueltas que le dieron nadie supo interpretar las líneas escritas. Estaba claro que la botella había sido arrojada al mar deliberadamente, y que en la hoja se explicaba el motivo de ello, pero nadie supo leerlo, por lo que volvieron a introducir el pliego en el frasco, el cual fue colocado en un gran armario de una espaciosa habitación de una casa grandiosa.
Cada vez que llegaba un forastero sacaban la hoja, la desdoblaban y manoseaban, con lo que el escrito, trazado a lápiz, iba borrándose progresivamente y volviéndose ilegible; al fin nadie podía reconocer que aquello fueran letras. La botella permaneció todavía otro año en el armario; luego la llevaron al desván, donde se cubrió, de telarañas y de polvo. Allí recordaba ella los días felices en que, en el bosque, contenía vino tinto, y aquellos otros en que vagaba mecida por las olas, portadoras de un misterio, una carta, un suspiro de despedida.
En el desván pasó veinte años, y quién sabe hasta cuándo hubiera seguido en él, de no haber sido porque reconstruyeron la casa. Al quitar el techo salió la botella; algo dijeron de ella los presentes, ¡pero cualquiera lo entendía! No se aprende nada viviendo en el desván, aunque se esté en él veinte años.
«Si me hubiesen dejado en la habitación de abajo -pensó- de seguro que habría aprendido la lengua»,
La levantaron y enjuagaron, y bien que lo necesitaba. Se sintió, entonces diáfana y transparente, joven de nuevo como en días pretéritos; pero la hoja escrita que estaba encerrada en su interior se estropeó completamente con él lavado.
Llenaron el frasco de semillas, no sabía ella de qué clase. La taparon y envolvieron, con lo que no vio ni un resquicio de luz, y no hablemos ya de sol y luna; «cuando se va de viaje hay que poder ver algo», pensaba la botella. Pero no pudo ver nada, aunque de todos modos hizo lo principal: viajar y llegar a destino. Allí la desenvolvieron.
- ¡Menudo trabajo se han tomado con ella en el extranjero -exclamó alguien-. Y, a pesar de todo, seguramente se habrá rajado -. Pero no, no se había rajado. La botella comprendía todas las palabras que se decían, pues lo hacían en la lengua que oyera en el horno vidriero, en casa del bodeguero, en el verde bosque y luego en el barco: la única vieja y buena lengua que ella podía comprender. Había llegado a su tierra natal, que saludó alborozada. De puro gozo, por poco salta de las manos que la sostenían; apenas se dio cuenta de que la descorchaban y vaciaban. La llevaron después a la bodega, para que no estorbase, y allí se quedó, olvidada del todo. En casa es donde se está mejor, aunque sea en la bodega. Jamás se le ocurrió. pensar cuánto tiempo pasó en ella; llevaba ya allí varios años, bien apoltronada, cuando un buen día bajaron unos individuos y se llevaron todas las botellas.
El jardín ofrecía un aspecto brillantísimo: lámparas encendidas colgaban en guirnaldas, y faroles de papel relucían a modo de grandes tulipanes transparentes. La noche era magnífica, y la atmósfera, quieta y diáfana; brillaban las estrellas en un cielo de luna nueva; ésta se veía como una bola de color grisazulado ribeteada de oro. Para quien tenía buena vista, resultaba hermosísima.
Los senderos laterales estaban también algo iluminados, lo suficiente para no andar por ellos a ciegas. Entre los setos habían colocado botellas, cada una con una luz, y de su número formaba parte nuestra antigua conocida, destinada a terminar un día en simple gollete, bebedero de pájaros. En aquel momento le parecía todo infinitamente hermoso, pues volvía a estar en medio del verdor, tomaba parte en la fiesta y el regocijo, oía el canto y la música, el rumor y el zumbido de muchas voces humanas, especialmente las que llegaban de la parte del jardín adornada con linternas de papel de colores. Cierto que ella estaba en uno de los caminos laterales, pero justamente aquello daba oportunidad para entregarse a los recuerdos. La botella, puesta de pie y sosteniendo la luz, prestaba una utilidad y un placer, y así es como debe ser. En horas semejantes se olvida uno hasta de los veinte años de reclusión en el desván.
Muy cerca de ella pasó una pareja solitaria, cogida del brazo, -como aquellos novios del bosque, el piloto y la hija del peletero. La botella tuvo la impresión de que revivía la escena. Por el jardín paseaban los invitados, y también gentes del pueblo deseosas de admirar aquella magnificencia. Entre éstas paseaba una vieja solterona que había visto morir a todos sus familiares, aunque no le faltaban amigos. Por su cabeza pasaban los mismos pensamientos que por la mente de la botella: pensaba en el verde bosque y en una joven pareja de enamorados; de todo había gozado, puesto que la novia era ella misma. Había sido la hora más feliz de su vida, hora que no se olvida ya nunca, ni cuando se llega a ser una vieja solterona. Pero ni ella reconoció la botella ni ésta a la ex-prometida, y así es como andamos todos por el mundo, pasando unos al lado de otros, hasta que volvemos a encontrarnos; eso les ocurrió a ellas, que vinieron a encontrarse en la misma ciudad.
La botella salió del jardín para volver a la tienda del cosechero, donde otra vez la llenaron de vino para el aeronauta que el próximo domingo debía elevarse en globo. Un enorme hormiguero de personas se apretujaban para asistir al espectáculo. Resonó la música de la banda militar y se efectuaron múltiples preparativos; la botella lo vio todo desde una cesta donde se hallaba junto con un conejo vivo, aunque medio muerto de miedo, porque sabía que se lo llevaban a las alturas con el exclusivo objeto de soltarlo en paracaídas. La botella no sabía de subidas ni de bajadas; vio cómo el globo iba hinchándose gradualmente, y cuando ya alcanzó el máximo de volumen, comenzó a levantarse y a dar muestras de inquietud. De pronto, cortaron las amarras que lo sujetaban, y el aeróstato se elevó en el aire con el aeronauta, el cesto, la botella y el conejo. La música rompió a tocar, y todos los espectadores gritaron «¡hurra!».
«¡Es gracioso esto de volar por los aires! -pensó la botella­ es otra forma de navegar. No hay peligro de choques aquí arriba».
Muchos millares de personas seguían la aeronave con la mirada, entre ellas, la vieja solterona, desde la abierta ventana de su buhardilla, de cuya pared colgaba la jaula con el pardillo, que no tenía aún bebedero y debía contentarse con una diminuta escudilla de madera. En la misma ventana había un tiesto con un arrayán, que habían apartado algo para que no cayera a la calle cuando la mujer se asomaba. Esta distinguía perfectamente al aeronauta en su globo, y pudo ver cómo soltaba el conejo con el paracaídas y luego arrojaba la botella proyectándola hacia lo alto. La vieja solterona poco sospechaba que la había visto volar ya otra vez, aquel día feliz en el bosque, cuando era ella aún muy jovencita.
A la botella no le dio tiempo de pensar; ¡fue tan inopinado aquello de encontrarse de repente en el punto crucial de su existencia! Al fondo se vislumbraban campanarios y tejados, y las personas no eran mayores que hormigas.
Luego se precipitó, a una velocidad muy distinta de la del conejo. Volteaba en el aire, sintiéndose joven y retozona - estaba aún llena de vino hasta la mitad -, aunque por muy poco tiempo. ¡Qué viaje! El sol le comunicaba su brillo, toda la gente seguía con la vista su vuelo; el globo había desaparecido ya, y pronto desapareció también la botella. Fue a caer sobre uno de los tejados, haciéndose mil pedazos; pero los cascos llevaban tal impulso, que no se quedaron en el lugar de la caída, sino que siguieron saltando y rodando hasta dar en el patio, donde acabaron de desmenuzarse y desparramarse por el suelo. Sólo el gollete quedó entero, cortado en redondo, como con un diamante.
- Podría servir de bebedero para un pájaro -dijo el hombre que habitaba en el sótano; pero él no tenía pájaro ni jaula, y tampoco era cosa de comprarse uno y otra sólo por el mero hecho de tener un cuello de botella apropiado para bebedero. La vieja solterona de la buhardilla le encontraría aplicación, y he aquí cómo el gollete fue a parar arriba, donde le pusieron un tapón de corcho, y la parte que antes miraba al cielo fue ahora colocada hacia abajo. ¡Cambios bien frecuentes en la vida! Lo llenaron de agua fresca y lo colgaron de la reja de la jaula, por el exterior; y la avecilla se puso a cantar con tanto brío y regocijo, que sus trinos resonaban a gran distancia.
- ¡Ay, bien puedes tú cantar! -fue lo que dijo el gollete de la botella, el cual no dejaba de ser una notabilidad, ya que había estado en el globo. Era todo lo que se sabía de su historia. Colgado ahora en calidad de bebedero, oía los rumores y los gritos de los transeúntes y las conversaciones de la vieja solterona en su cuartucho. Es el caso que acababa de llegar una visita, una amiga de su edad, y ambas se pusieron a charlar - no del gollete de la botella, sino del mirto de la ventana.
- No te gastes dos escudos por la corona de novia de tu hija -decía la solterona-; yo te daré una que he conservado, con flores magníficas. ¿Ves aquel arbolillo de la ventana? Es un esqueje del arrayán que me regalaste el día en que me prometí, para que al cabo de un año me tejiera la corona de novia; pero ese día jamás llegó. Cerráronse los ojos destinados a iluminar mis gozos y mi dicha en esta vida. Reposa ahora dulcemente en el fondo del mar, pobre alma mía. El arbolillo se convirtió en un árbol viejo, pero yo envejecí más aún, y cuando aquél se marchitó, corté la última de sus ramas verdes y la planté, y aquella ramita se ha vuelto este arbolillo, que, al fin, será un adorno de novia, la corona de tu hija.
Mientras pronunciaba estas palabras, gruesas lágrimas resbalaban por las mejillas de la vieja solterona; hablaba del amigo de su juventud, de su noviazgo en el bosque. Pensaba en el momento en que todos habían brindado por los prometidos, pensaba en el primer beso - pero todo esto se lo callaba; ahora no era sino una vieja solterona. ¡En tantas cosas pensó! -, pero ni por un momento le vino a la imaginación que en la ventana había un recuerdo de aquellos días venturosos, el gollete de la botella que había dicho «¡plump!» al saltar el tapón con un estampido. Por su parte, él no la reconoció tampoco, pues aunque hubiera podido seguir perfectamente la narración, no lo hizo. ¿Para qué? Estaba sumido en sus propios pensamientos.
Inde i den snævre krogede gade, mellem flere fattige huse stod et hus så smalt og så højt, opført af bindingsværk, der havde givet sig i alle ender og kanter; fattige folk boede her, og fattigst så her ud på kvisten, hvor der udenfor det lille vindue hang i solskinnet et gammelt bulet fuglebur, som ikke engang havde et ordentligt fugleglas, men kun en omvendt flaskehals med prop i forneden og fyldt med vand. En gammel pige stod ved det åbne vindue, hun havde lige nu pyntet med fuglegræs buret, hvori en lille irisk hoppede fra pind til pind og sang, så det klang efter.

"Ja, du kan sagtens synge!" sagde flaskehalsen, ja den sagde det ikke således, som vi kan sige det, for en flaskehals kan ikke tale, men den tænkte det sådan inde i sig, som når vi mennesker taler indvendig. "Ja, du kan sagtens synge! Du, som har dine hele lemmer. Du skulle prøve som jeg at have mistet din nederdel, kun at have hals og mund og det med prop i, således som jeg, så sang du ikke. Men det er da godt, at nogen er fornøjet! Jeg har ingen grund til at synge, og jeg kan det heller ikke! det kunne jeg, dengang jeg var hel flaske og man gned mig med en prop; jeg blev kaldt den rigtige lærke, den store lærke! - og så da jeg var med buntmagerens i skoven, og datteren blev forlovet - ja det husker jeg, som om det var i går! jeg har oplevet meget, når jeg tænker mig om! jeg har været i ild og vand, nede i den sorte jord og højere oppe end de fleste, og nu svæver jeg udenfor fugleburet i luft og solskin! det kunne nok være umagen værd at høre min historie, men jeg taler ikke højt om den, for jeg kan ikke!"

Og så fortalte den inde i sig, eller tænkte inde i sig selv sin historie, der var mærkelig nok, og den lille fugl sang lystelig sin vise og nede på gaden kørte man og gik man, hver tænkte på sit, eller tænkte slet ikke, men det gjorde flaskehalsen.

Den huskede den flammende smelteovn i fabrikken, hvor den var blæst i live; den huskede endnu, at den havde været ganske varm, set ind i den buldrende ovn, dens ophavshjem, og følt sådan lyst til straks at springe lige ind i den igen, men at den lidt efter lidt, alt som den blev kølet af, fandt sig ret vel, hvor den var, den stod i række med et helt regiment af brødre og søstre, alle fra samme ovn, men nogle var blæst til champagneflasker, andre til ølflasker, og det gør en forskel! Siden ude i verden kan rigtignok en ølflaske omfatte den kosteligste Lacrymæ Christi og en champagneflaske være fyldt med sværte, men hvad man er født til, ses dog på skabelonen, adel bliver adel, selv med sværte i livet.

Alle flaskerne blev snart pakket ind, og vor flaske med; da tænkte den ikke på at ende som flaskehals, tjenende sig op til fugleglas, der altid er en hæderlig tilværelse, så er man dog noget! Den så først igen dagslyset, da den med de andre kammerater blev pakket ud i vinhandlerens kælder og første gang blev skyllet, det var en løjerlig fornemmelse. Den lå nu tom og propløs, følte sig så underlig flov, den savnede noget, men vidste ikke selv, hvad den savnede. Nu blev den fyldt med en god, herlig vin, den fik prop og blev lakket, der blev klistret udenpå: "Prima Sort," det var ligesom den havde fået første eksamenskarakter, men vinen var også god, og flasken var god; er man ung, er man lyriker! det sang og klang i den om hvad den slet ikke kendte: de grønne solbelyste bjerge, hvor vinen gror, hvor de muntre piger og lystelige svende synger og kysses; jo, det er dejligt at leve! Om alt det sang og klang det inde i flasken ligesom inde i de unge poeter, der tit heller ikke kender noget til det.

En morgen blev den købt. Buntmagerens dreng skulle bringe en flaske vin af den bedste slags; og den kom med i madkurven hos skinke, ost og pølse; der var det dejligste smør, det fineste brød; buntmagerens datter selv pakkede det ind; hun var så ung, så smuk; de brune øjne lo, der var et smil om munden, der sagde lige så meget som øjnene; hun havde fine, bløde hænder, de var så hvide, dog var hals og bryst endnu hvidere, man så straks at hun var én af byens smukkeste piger og dog endnu ikke forlovet.

Og madkurven stod på hendes skød, da familien kørte ud i skoven; flaskehalsen stak frem mellem snipperne af den hvide dug; der var rødt lak på proppen, og den så lige ind i pigebarnets ansigt; den så også på den unge styrmand, der sad ved siden af hende; han var en barndomsven, portrætmalerens søn; sin styrmandseksamen havde han så flink og hæderligt nylig taget og skulle i morgen af sted med fartøj, langt bort til fremmede lande; herom var talt meget ved indpakningen, og medens der taltes herom, var der just ikke megen fornøjelse at se i øjne og om mund hos buntmagerens smukke datter.

De to unge folk gik i den grønne skov, de talte sammen -, hvad talte de om? Ja, det hørte flasken ikke, den stod i madkurven. Det varede forunderligt længe, før den blev taget frem, men da den så blev det, var der også sket fornøjelige ting, alle øjne lo, også buntmagerens datter lo, men hun talte mindre, og hendes kinder blussede som to røde roser.

Fader tog den fyldte flaske og proptrækkeren. - Ja, det er underligt således første gang at skulle trækkes op! Flaskehalsen havde aldrig siden kunnet glemme dette højtidelige øjeblik, det havde ordentligt sagt svup inde i den, da proppen gik, og så klukkede det, da vinen strømmede ud i glassene.

"De forlovedes skål!" sagde fader, og hvert glas blev tømt til bunden og den unge styrmand kyssede sin smukke brud.

"Lykke og velsignelse!" sagde begge de gamle. Og den unge mand fyldte endnu engang glassene: "Hjemkomst og bryllup i dag et år!" råbte han, og da glassene var tømt, tog han flasken, løftede den højt i vejret: "Du har været med på den dejligste dag i mit liv, du skal ikke tjene nogen længere!"

Og han kastede den højt i vejret. Da tænkte mindst buntmagerens datter på, at hun oftere skulle se den flyve, men det skulle hun; nu faldt den ned mellem de tætte rør ved den lille skovsø; flaskehalsen huskede endnu så lyslevende, hvorledes den lå der og tænkte efter. "Jeg gav dem vin og de giver mig sumpvand, men det er velment!" Den kunne ikke mere se de forlovede og de fornøjede gamle, men den hørte dem endnu længe jubilere og synge. Så kom to små bønderdrenge, kiggede ind i rørene, så flasken og tog den, nu var den forsørget.

Hjemme i skovhuset, hvor de boede, havde deres ældste broder, som var sømand, i går været og sagt farvel, da han skulle på en af de større rejser; moder stod nu og pakkede ind ét og andet, det fader skulle gå ind til byen med i aften for endnu engang at se sønnen før afrejsen og give ham sin og moders hilsen. En lille flaske med krydret brændevin var lagt i pakken, nu kom drengene med en større, stærkere flaske, den de havde fundet; i den kunne der gå mere end i den lille, og det var just sådan en god snaps for en dårlig mave; der var sat hypericum på. Det var ikke den røde vin som før, flasken fik, den fik de bitre dråber, men de er også gode - for maven. Den nye flaske og ikke den lille skulle med; - og så kom flasken igen på vandring, den kom ombord til Peter Jensen, og det var netop på det samme skib, hvor den unge styrmand var, men han så ikke flasken og havde heller ikke kendt den igen eller tænkt: det er den, hvoraf vi drak forlovelsens og hjemkomstens skål.

Der var rigtignok ikke længere vin i den, men der var noget lige så godt; den blev også altid, når Peter Jensen tog den frem, af kammeraterne kaldt: "Apotekeren;" den skænkede den gode medicin, den der hjalp for maven; og den hjalp så længe der var en dråbe i den. Det var en fornøjelig tid, og flasken sang, når man strøg den med proppen, den fik da navn af den store lærke, "Peter Jensens lærke."

Lang tid var gået, den stod tom i en krog, da skete det - ja, om det var på udrejsen eller hjemrejsen, vidste flasken ikke så nøje, den havde ikke været i land: Da rejste sig en storm; store søer væltede sorte og tunge, de løftede og kastede fartøjet; masten knækkede, en sø slog en planke ind, pumperne kunne ikke mere gøre nytte; det var bælgmørk nat; skibet sank, men i det sidste minut skrev den unge styrmand på et blad: "I Jesu navn! vi forliser!" han skrev sin bruds navn, sit og skibets, stak sedlen ind i en tom flaske der stod, pressede proppen fast og kastede flasken ud i det stormende hav; han vidste ikke, at det var den flaske, hvoraf var skænket glædens og håbets skål for ham og hende; den gyngede nu på bølge med hilsen og dødsbud.

Skibet sank, mandskabet sank, den fløj som en fugl, den havde jo hjerte, et kærestebrev inde i sig. Og solen stod op og solen gik ned, det var for flasken at se, ligesom i dens begyndelsestid den røde gloende ovn, den havde længsel efter at flyve igen derind. Den fornam havblik og nye storme; ikke stødte den mod noget klippestykke, ikke blev den slugt af nogen haj; mere end år og dag drev den om, snart mod nord, snart mod syd, som strømningerne førte den. Den var i øvrigt sin egen herre, men det kan man også blive ked af.

Det beskrevne blad, det sidste farvel fra brudgom til brud ville kun bringe sorg, kom det engang i de rette hænder, men hvor var de hænder, de der havde skinnet så hvide da de bredte dugen i det friske græs, i den grønne skov, på forlovelsens dag? Hvor var buntmagerens datter? Ja, hvor var landet, og hvilket land lå vel nærmest? Det vidste flasken ikke; den drev og den drev og var til sidst så også ked af at drive, det var ikke dens bestemmelse, men den drev alligevel, til endelig den nåede land, et fremmed land. Den forstod ikke et ord af hvad her blev talt, det var ikke det tungemål, den før havde hørt tale, og der går én meget tabt, når man ikke forstår sproget.

Flasken blev taget op og betragtet; sedlen inde i den blev set, taget ud, vendt og drejet, men de forstod ikke, hvad der var skrevet der, de begreb nok, at flasken var kastet over bord, og at der stod noget om det på papiret, men hvad stod dér, det var mærkeligheden, - og den blev puttet i flasken igen, og denne stillet op i et stort skab, i en stor stue, i et stort hus.

Hver gang fremmede kom, blev sedlen taget frem, vendt og drejet, så at skriften, der kun var med blyant, blev mere og mere ulæselig; til sidst kunne ingen mere se, at det var bogstaver. Og flasken stod endnu et år i skabet, kom så på loftet og blev skjult af støv og spindelvæv; da tænkte den på bedre dage, da den skænkede rødvin i den friske skov, og da den gyngede på bølgerne og havde en hemmelighed at bære, et brev, et afskedssuk.

Og nu stod den på loftet i tyve år; den kunne have stået længere, skulle ikke huset have været bygget om. Taget blev revet af, flasken set og omtalt, men den forstod ikke sproget; det lærer man ikke af at stå på loftet, selv i tyve år. "Var jeg blevet nede i stuen," mente den rigtignok, "så havde jeg nok lært det!"

Den blev nu vasket og skyllet, den kunne trænge til det; den følte sig ganske klar og gennemsigtig, den var ung igen på sin gamle alder, men sedlen, den havde båret på, den var gået i vasken.

Flasken fyldtes nu med frøkorn, den kendte ikke den slags; den blev tilproppet og svøbt vel ind, den så hverken lygte eller lys, end sige sol eller måne, og noget skal man dog se, når man går på rejser, mente flasken, men den så ikke noget, dog det vigtigste gjorde den - den rejste og kom hen, hvor den skulle, der blev den pakket ud.

"Hvor de der udenlands har gjort dem ulejlighed med den!" blev der sagt, "og så er den dog vel knækket!" men den var ikke knækket. Flasken forstod hvert evige ord, der blev sagt, det var i det tungemål, den havde hørt ved smelteovnen og hos vinhandleren og i skoven og på skibet, det eneste rigtige gode gamle sprog, det man kunne forstå; den var kommet hjem til sit land, den fik velkomsthilsen! den var af bare glæde nær sprunget dem ud af hænderne, den mærkede knap til, at proppen kom af, og den selv blev rystet ud og sat ned i kælderen for at blive gemt og glemt; hjemmet er bedst, selv i kælderen! det faldt den dér aldrig ind at tænke over, hvor længe den dér lå, den lå godt og det i åringer, så kom der en dag folk herned, tog flaskerne og den med.

Udenfor i haven var gjort stor stads; brændende lamper hang i guirlander, papirslygter strålede som store tulipaner i transparent; det var også en dejlig aften, vejret stille og klart; stjernerne skinnede så blanke og nyet var tændt, egentligt så man den hele runde måne som en blågrå kugle med gylden halvkant, det så godt ud, for gode øjne.

I de afsides gange var også nogen illumination, i det mindste så megen, at man kunne se at komme frem; der stod mellem hækkene opstillet flasker, hver med et lys i, dér stod også flasken, som vi kender, den der engang skulle ende som flaskehals, som fugleglas; den fandt i dette øjeblik her alt så mageløst dejligt, den var igen i det grønne, var igen med til glæde og fest, fornam sang og musik, surren og murren af de mange mennesker, især fra den kant af haven, hvor lamperne brændte og papirslygterne viste kulører. Selv stod den vel i en afsides gang, men just det havde noget for tanken, flasken stod og bar sit lys, stod her til nytte og fornøjelse, og det er det rette; i en sådan time glemmer man tyve år på loftet - og det er godt at glemme.

Tæt forbi den gik et enkelt par, arm i arm, som brudeparret ude i skoven: styrmanden og buntmagerens datter; det var for flasken, som om den levede det om igen! I haven gik gæster og der gik folk, som turde se på dem og stadsen, og mellem disse gik en gammel pige, frændeløs, men ikke venneløs, hun tænkte netop på det samme som flasken, hun tænkte på den grønne skov og på et ungt brudepar, der kom hende meget ved, hun var part deri, hun var halvparten, det var i hendes lykkeligste time, og den glemmer man aldrig, selv om man bliver nok så gammel en jomfru. Men hun kendte ikke flasken, og den kendte ikke hende, således går man hinanden forbi i verden - til man mødes igen, og det gjorde de to, de var jo kommet i by sammen.

Flasken kom fra haven til vinhandleren, blev igen fyldt med vin og solgt til luftskipperen, der næste søndag skulle gå op med ballonen. Der var en stimmel af mennesker, for at se til, der var regimentsmusik og mange tilberedelser, flasken så det fra en kurv, hvori den lå ved en levende kanin, der var ganske forknyt, idet den vidste, den skulle op med for at gå ned med faldskærm, flasken vidste hverken om op eller ned, den så, at ballonen bovnede så stor, så stor, og da den ikke kunne blive større, begyndte at løfte sig højere og højere, blive så urolig, tovene, der holdt den, skar man over og den svævede med luftskipperen, kurven, flasken og kaninen; musikken klang, og alle mennesker råbte: Hurra!

"Det er løjerligt sådan at gå til vejrs!" tænkte flasken, "det er en ny sejlads; deroppe kan man da ikke løbe på!"

Og mange tusinde mennesker så efter ballonen, og den gamle jomfru så også efter den; hun stod ved sit åbne kvistvindue, hvor buret hang med den lille irisk, der dengang ikke havde vandglas, men måtte nøjes med en kop. I vinduet selv stod et myrtetræ, det var lidt flyttet til side, for ikke at stødes ud, idet den gamle pige bøjede sig frem for at se; og hun så i ballonen tydeligt luftskipperen, der lod kaninen gå ned med faldskærm og derpå drak alle menneskers skål og kastede så flasken højt i luften; ikke tænkte hun på, at hun havde set just den flyve højt for hende og hendes ven på glædens dag i den grønne skov, i ungdoms tid.

Flasken fik ikke tid til at tænke, det kom den så uventet med ét at være på sit livs højdepunkt. Tårne og tage lå dybt nede, menneskene var så bittesmå at se.

Nu sank den og det med en anderledes fart end kaninen; flasken gjorde kolbøtter i luften, den følte sig så ung, så ellevild, den var halvfuld af vinen, men ikke længe. Hvilken rejse! Solen skinnede på flasken, alle mennesker så efter den, ballonen var alt langt borte, og snart var også flasken borte, den faldt på et af tagene og så var den itu, men der var en sådan flugt i stumperne, at de ikke kunne blive liggende, de sprang og de trillede, til de nåede ned i gården og lå i endnu mindre stykker, kun flaskehalsen holdt, og den var som skåret af med en diamant.

"Den kunne godt bruges til fugleglas!" sagde kældermanden, men han havde selv hverken fugl eller bur og det var for meget at anskaffe sig disse, fordi han nu havde flaskehalsen, der kunne bruges som glas, den gamle jomfru på kvisten kunne have brug for den, og så kom flaskehalsen derop, fik en prop i sig, og hvad der før vendte op, kom nu ned, således som det tit sker ved forandringer, fik frisk vand og blev hængt foran buret til den lille fugl, der sang, så det klang efter.

"Ja, du kan sagtens synge!" var det, flaskehalsen sagde; og den var jo mærkelig, den havde været i ballonen, - mere vidste man ikke af dens historie. Nu hang den som fugleglas, kunne høre folk rumle og tumle nede på gaden, høre den gamle piges tale inde i kamret: der var just besøg, en jævnaldrende veninde, de talte sammen - ikke om flaskehalsen, men om myrtetræet ved vinduet.

"Du skal sandelig ikke kaste to rigsdaler bort for en brudebuket til din datter!" sagde den gamle pige, "du skal hos mig få en nydelig én, fuld af blomster! Ser du, hvor dejligt træet står. Ja, det er såmænd en stikling af det myrtetræ, du gav mig dagen efter min forlovelsesdag, det jeg selv skulle, når året var omme, tage mig min brudebuket af, men den dag kom ikke! de øjne blev lukkede, som skulle have lyst for mig til glæde og velsignelse i dette liv. På havsens bund sover han sødt, den englesjæl! - Træet blev et gammelt træ, men jeg blev endnu ældre, og da træet sygnede hen, tog jeg den sidste friske gren, satte den i jorden, og grenen er nu blevet sådan et stort træ og kommer så dog til sidst til bryllupsstads, bliver brudebuket for din datter!"

Og der stod tårer i den gamle piges øjne; hun talte om sin ungdoms ven, om forlovelsen i skoven; hun tænkte på skålen der blev drukket, tænkte på det første kys, - men det sagde hun ikke, hun var jo en gammel pige; hun tænkte på så meget, men tænkte slet ikke på, at lige udenfor hendes vindue var endnu et minde fra hin tid: halsen af den flaske, der sagde svup, da proppen knaldede af til skålen. Men flaskehalsen kendte heller ikke hende, for den hørte ikke efter hvad hun fortalte - dels og formedelst, at den tænkte alene på sig selv.




Compare dos idiomas:










Donations are welcomed & appreciated.


Thank you for your support.