ESPAÑOL

Los vecinos

ENGLISH

The neighbouring families


Cualquiera habría dicho que algo importante ocurría en la balsa del pueblo, y, sin embargo, no pasaba nada. Todos los patos, tanto los que se mecían en el agua como los que se habían puesto de cabeza - pues saben hacerlo -, de pronto se pusieron a nadar precipitadamente hacia la orilla; en el suelo cenagoso quedaron bien visibles las huellas de sus pies y sus gritos podían oírse a gran distancia. El agua se agitó violentamente, y eso que unos momentos antes estaba tersa como un espejo, en el que se reflejaban uno por uno los árboles y arbustos de las cercanías y la vieja casa de campo con los agujeros de la fachada y el nido de golondrinas, pero muy especialmente el gran rosal cuajado de rosas, que bajaba desde el muro hasta muy adentro del agua. El conjunto parecía un cuadro puesto del revés. Pero en cuanto el agua se agitaba, todo se revolvía, y la pintura se esfumaba. Dos plumas que habían caído de los patos al desplegar las alas, se balanceaban sobre las olas, como si soplase el viento; y, sin embargo, no lo había. Por fin quedaron inmóviles: el agua recuperó su primitiva tersura y volvió a reflejar claramente la fachada con el nido de golondrinas y el rosal con cada una de sus flores, que eran hermosísimas, aunque ellas lo ignoraban porque nadie se lo había dicho. El sol se filtraba por entre las delicadas y fragantes hojas; y cada rosa se sentía feliz, de modo parecido a lo que nos sucede a las personas cuando estamos sumidos en nuestros pensamientos.
- ¡Qué bella es la vida! -decía cada una de las rosas-. Lo único que desearía es poder besar al sol, por ser tan cálido y tan claro.
- Y también quisiera besar las rosas de debajo del agua: ¡se parecen tanto a nosotras! Y besaría también a las dulces avecillas del nido, que asoman la cabeza piando levemente; no tienen aún plumas como sus padres. Son buenos los vecinos que tenemos, tanto los de arriba como los de abajo. ¡Qué hermosa es la vida!
Aquellos pajarillos de arriba y de abajo - los segundos no eran sino el reflejo de los primeros en el agua - eran gurriatos, hijos de gorriones; habían ocupado el nido abandonado por las golondrinas el año anterior, y se encontraban en él como en su propia casa.
- ¿Son patitos los que allí nadan? -preguntaron los gurriatos al ver flotar en el agua las plumas de las palmípedas.
- ¡No preguntéis tonterías! -replicó la madre-. ¿No veis que son plumas, prendas de vestir vivas como las que yo llevo y que vosotros llevaréis también, sólo que las nuestras son más finas? Por lo demás, me gustaría tenerlas aquí en el nido, pues son muy calientes. Quisiera saber de qué se espantaron los patos. Habrá sucedido algo en el agua. Yo no he sido, aunque confieso que he piado un poco fuerte. Esas cabezotas de rosas deberían saberlo, pero no saben nada; mirarse en el espejo y despedir perfume, eso es cuanto saben hacer. ¡Qué vecinas tan aburridas!
- ¡Escuchad los pajarillos de arriba! -dijeron las rosas-, hacen ensayos de canto. No saben todavía, pero ya vendrá. ¡Qué bonito debe ser saber cantar! Es delicioso tener vecinos tan alegres.
En aquel momento llegaron, galopando, dos caballos; venían a abrevar; un zagal montaba uno de ellos, despojado de todas sus prendas de vestir, excepto el sombrero, grande y de anchas alas. El mozo silbaba como si fuese un pajarillo, y se metió con su cabalgadura en la parte más profunda de la balsa; al pasar junto al rosal cortó una de sus rosas, se la prendió en el sombrero, para ir bien adornado, y siguió adelante. Las otras rosas miraban a su hermana y se preguntaban mutuamente: - ¿Adónde va? -pero ninguna lo sabía.
- A veces me gustaría salir a correr mundo -dijo una de las flores a sus compañeras-. Aunque también es muy hermoso este rincón verde en que vivimos. Durante el día brilla el sol y nos calienta, y por la noche, el cielo es aún más bello; podemos verlo a través de los agujeritos que tiene.
Se refería a las estrellas; pensaba que eran agujeros del cielo. ¡No llegaba a más la ciencia de las rosas!
- Nosotros traemos vida y animación a estos parajes -dijo la gorriona-. Los nidos de golondrina son de buen agüero, dice la gente; por eso se alegran de tenernos. Pero aquel vecino, el gran rosal que se encarama por la pared, produce humedad. Espero que se marche pronto, y en su lugar crezca trigo. Las rosas sólo sirven de adorno y para perfumar el ambiente; a lo sumo, para sujetarlas al sombrero. Todos los años se marchitan, lo sé por mi madre. La campesina las conserva en sal, y entonces tienen un nombre francés que no sé pronunciar, ni me importa; luego las esparce por la ventana cuando quiere que huela bien. ¡Y ésta es toda su vida! No sirven más que para alegrar los ojos y el olfato. Ya lo sabéis, pues.
Al anochecer, cuando los mosquitos empezaron a danzar en el aire tibio, y las nubes adquirieron sus tonalidades rojas, presentóse el ruiseñor y cantó a las rosas que en este mundo lo bello se parece a la luz del sol y vive eternamente. Pero las rosas creyeron que el ruiseñor cantaba sus propias loanzas, y cualquiera lo habría pensado también. No se les ocurrió que eran ellas el objeto de su canto; sin embargo, experimentaron un gran placer y se preguntaban si tal vez los gurriatos no se volverían a su vez ruiseñores.
- He comprendido muy bien lo que cantó el pájaro -dijeron los gurriatos-. Sólo una palabra quisiera que me explicasen: ¿qué significa «lo bello»?
- No es nada -respondió la madre-, es una simple apariencia. Allá arriba, en la finca de los señores, donde las palomas tienen su casa propia y todos los días se les reparten guisantes y grano - yo he comido también con ellas, y algún día vendréis vosotros: dime con quién andas y te diré quién eres -, pues en aquella finca tienen dos pájaros de cuello verde y un mechoncito de plumas en la cabeza. Pueden extender la cola como si fuese una gran rueda; tienen todos los colores, hasta el punto de que duelen los ojos de mirarlos. Se llaman pavos reales, y son la belleza. Sólo con que los desplumasen un poquitín, casi no se distinguirían de nosotros. ¡Me entraban ganas de emprenderlas a picotazos con ellos, pero eran tan grandotes!.
- Pues yo los voy a picotear -exclamó el benjamín de los gurriatos; el mocoso no tenía aún plumas.
En el cortijo vivía un joven matrimonio que se quería tiernamente; los dos eran laboriosos y despiertos, y su casa era un primor de bien cuidada. Los domingos por la mañana salía la mujer, cortaba un ramo de las rosas más bellas y las ponía en un florero, en el centro del armario.
- ¡Ahora me doy cuenta de que es domingo! -decía el marido, besando a su esposa; y luego se sentaban y lean un salmo, cogidos de las manos, mientras el sol penetraba por las ventanas, iluminando las frescas rosas y a la enamorada pareja.
- ¡Este espectáculo me aburre! -dijo la gorriona, que lo contemplaba desde su nido de enfrente; y echó a volar.
Lo mismo hizo una semana después, pues cada domingo ponían rosas frescas en el florero, y el rosal seguía floreciendo tan hermoso. Los gorrioncitos, que ya tenían plumas, hubieran querido lanzarse a volar con su madre, pero ésta les dijo: - ¡Quedaos aquí! - y se estuvieron quietecitos. Ella se fue, pero, como suele ocurrir con harta frecuencia, de pronto quedó cogida en un lazo hecho de crines de caballo, que unos muchachos habían colocado en una rama. Las crines aprisionaron fuertemente la pata de la gorriona, tanto, que parecía que iban a partirla. ¡Qué dolor y qué miedo! Los chicos cogieron el pájaro, oprimiéndole terriblemente: - ¡Sólo es un gorrión! -dijeron; pero no lo soltaron, sino que se lo llevaron a casa, golpeándolo en el pico cada vez que chillaba.
En la casa había un viejo entendido en el arte de fabricar jabón para la barba y para las manos, jabón en bolas y en pastillas. Era un viejo alegre y trotamundos; al ver el gorrión que traían los niños, del que, según ellos, no sabían qué hacer, preguntóles:
- ¿Queréis que lo pongamos guapo?
Un estremecimiento de terror recorrió el cuerpo de la gorriona al oír aquellas palabras. El viejo abrió su caja - que contenía colores bellísimos -, tomó una buena porción de purpurina y, cascando un huevo que le proporcionaron los chiquillos, separó la clara y untó con ella todo el cuerpo del avecilla, espolvoreándolo luego con el oro. Y de este modo quedó la gorriona dorada, aunque no pensaba en su belleza, pues se moría de miedo. Después, el jabonero arrancó un trapo rojo del forro de su vieja chaqueta, lo cortó en forma de cresta y lo pegó en la cabeza del pájaro.
- ¡Ahora veréis volar el pájaro de oro! -dijo, soltando al animalito, el cual, presa de mortal terror, emprendió el vuelo por el espacio soleado. ¡Dios mío, y cómo relucía! Todos los gorriones, y también una corneja que no estaba ya en la primera edad, se asustaron al verlo, pero se lanzaron en su persecución, ávidos de saber quién era aquel pájaro desconocido.
- ¿De dónde, de dónde? -gritaba la corneja.
- ¡Espera un poco, espera un poco! -decían los gorriones. Pero ella no estaba para aguardar; dominada por el miedo y la angustia, se dirigió en línea recta hacia su casa. Poco le faltaba para desplomarse rendida, pero cada vez era mayor el número de sus perseguidores, grandes y chicos; algunos se disponían incluso a atacarla.
- ¡Fijaos en ése, fijaos en ése! -gritaban todos.
- ¡Fijaos en ése, Fijaos en ése! -gritaron también sus crías cuando a madre llegó al nido-. Seguramente es un pavito, tiene todos los colores, y hace daño a los ojos, como dijo madre. ¡Pip! ¡Es la belleza! -. Y arremetieron contra ella a picotazos, impidiéndole posarse en el nido; y estaba la gorriona tan aterrorizada, que no fue capaz de decir ¡pip!, y mucho menos, claro está, ¡soy vuestra madre! Las otras aves la agredieron también, le arrancaron todas las plumas, y la pobre cayó ensangrentada en medio del rosal.
- ¡Pobre animal! -dijeron las rosas-. ¡Ven, te ocultaremos! ¡Apoya la cabecita sobre nosotras!
La gorriona extendió por última vez las alas, luego las oprimió contra el cuerpo y expiró en el seno de la familia vecina de las frescas y perfumadas rosas.
- ¡Pip! -decían los gurriatos en el nido -, no entiendo dónde puede estar nuestra madre. ¿No será una treta suya, para que nos despabilemos por nuestra cuenta y nos busquemos la comida? Nos ha dejado en herencia la casa, pero, ¿quién de nosotros se quedará con ella, cuando llegue la hora de constituir una familia?
- Pues ya veréis cómo os echo de aquí, el día en que amplíe mi hogar con mujer e hijos - dijo el más pequeño.
- ¡Yo tendré mujer e hijos antes que tú! -replicó el segundo.- ¡Yo soy el mayor! -gritó un tercero. Todos empezaron a increparse, a propinarse aletazos y picotazos, y, ¡paf!, uno tras otro fueron cayendo del nido; pero aún en el suelo seguían peleándose. Con la cabeza de lado, guiñaban el ojo dirigido hacia arriba: era su modo de manifestar su enfado.
Sabían ya volar un poquitín; luego se ejercitaron un poco más y por último, convinieron en que, para reconocerse si alguna vez se encontraban por esos mundos de Dios, dirían tres veces ¡pip! y rascarían otras tantas con el pie izquierdo.
El más pequeño, que había quedado en el nido, se instaló a sus anchas, pues había quedado como único propietario; pero no duró mucho su satisfacción. Aquella misma noche se incendió la casa: las rojas llamas estallaron a través de las ventanas, prendieron en la paja seca del techo y, en un momento, el cortijo entero quedó reducido a cenizas. El matrimonio pudo salvarse, pero el gurriato murió abrasado.
Cuando salió el sol a la mañana siguiente y todo parecía despertar de un sueño tranquilo y reparador, de la casa no quedaban más que algunas vigas carbonizadas, que se sostenían contra la chimenea, lo único que seguía en pie. De entre los restos salía aún una densa humareda; pero delante se alzaba, lozano y florido, el rosal, cuyas ramas y flores se reflejaban en el agua límpida y tranquila.
- ¡Qué bellas son las rosas frente a la casa incendiada! -exclamó un hombre que acertaba a pasar por allí-. Voy a tomar un apunte -. Sacó del bolsillo un lápiz y un cuaderno de hojas blancas - pues era pintor - y dibujó los escombros humeantes, los maderos calcinados sobre la chimenea, que se inclinaba cada vez más, y, en primer término, el gran rosal florido, que era verdaderamente hermoso y costituía el motivo central del cuadro.
Pocas horas más tarde pasaron por el lugar dos de los gorriones que hablan nacido allí. - ¿Dónde está la casa? -preguntaron-. ¿Dónde está el nido? ¡Pip! Todo se ha consumido, y nuestro valiente hermano habrá muerto achicharrado. Le está bien empleado por haberse querido quedar con el nido. Las rosas han escapado con vida; helas ahí con sus mejillas coloradas. La desgracia del vecino las deja tan frescas. No quiero dirigirles la palabra. Este sitio se me hace insoportable. - Y se echaron a volar.
En un hermoso y soleado día del siguiente otoño, que parecía de verano, bajaron las palomas al seco y limpio suelo del patio que se extendía frente a la gran escalera de la hacienda señorial. Las había negras y blancas y abigarradas, sus plumas brillaban al sol, y las viejas madres decían a los pichones: - ¡Agruparse, chicos, agruparse! - pues así parecían mejor.
- ¿Quién es ese pequeñín pardusco que salta entre nosotras? ­preguntó una paloma cuyos ojos despedían destellos rojos y verdes.
- ¡Pequeñín, pequeñín! -dijo.
- ¡Son gorriones, pobrecillos! Siempre hemos tenido fama de ser bondadosas, dejémosles que se lleven unos granitos. Hablan poco entre ellos, y rascan tan graciosamente con el pie.
Rascaban, en efecto; tres veces lo hicieron con el pie izquierdo, diciendo al mismo tiempo «¡pip!». Y entonces se reconocieron: eran tres gorriones del nido de la casa quemada.
- ¡Qué bien se come aquí! -dijeron los gorriones. Y las palomas se paseaban a su alrededor, pavoneándose y guardándose su opinión.- ¡Fíjate en aquella buchona! -dijo una de las palomas a su vecina-. ¡Qué manera de tragarse los arbejones! Come demasiados y se queda con los mejores además. ¡Curr, curr! Mira cómo se le hincha el buche. ¡Vaya con el bicho feo y asqueroso! ¡Curr, curr! -. Y sus ojos despedían rojas chispas de indignación-. ¡Agruparse, agruparse! ¡Pequeñines, pequeñines!, ¡curr, curr! -. Así discurrían las cosas entre las amables palomas y los pichones; y así es de esperar que sigan discurriendo dentro de mil años.
Los gorriones se trataban a cuerpo de rey, se movían a sus anchas entre las palomas, aunque no se encontraban en su elemento. Hartos al fin, se largaron, mientras intercambiaban opiniones acerca de sus huéspedes. Saltaron luego la valla del jardín y, como estuviese abierta la puerta de la habitación que daba a él, uno saltó al umbral. Había comido muy bien y se sentía animoso. - ¡Pip! -dijo-, me lanzo -. ¡Pip! -dijo el otro-, también yo me lanzo, y más aún que tú -. Y se entró en la habitación. No había nadie en ella, y el tercero al verlo, de una volada se plantó en el centro y dijo: - ¡o dentro del todo o nada! Son curiosos los nidos de los hombres. ¡Toma! ¿Qué es eso?
¡Eran las rosas de la vieja casa, que se reflejaban en el agua, y las vigas carbonizadas, apoyadas contra la ruinosa chimenea! ¿Cómo había ido a parar aquello a la habitación de la hacienda señorial?
Los tres gorriones se alzaron para volar por encima de las rosas y de la chimenea, pero fueron a chocar contra una pared. Era un cuadro, un grande y magnífico cuadro, que el pintor había compuesto a base de su apunte.
- ¡Pip! - dijeron los gorriones-. ¡No es nada, sólo es apariencia! ¡Pip! ¡Esto es la belleza! ¿Lo comprendes? ¡Yo no! -. Y se alejaron volando, pues entraron personas en el cuarto.
Transcurrieron días y aún años; las palomas arrullaron muchas veces, por no decir gruñeron, las muy enredonas. Los gorriones pasaron los inviernos helándose y los veranos dándose la gran vida. Todos estaban ya prometidos o casados, como se quiera. Tenían pequeñuelos y, como es natural, cada uno creía que los suyos eran los más listos y hermosos. Uno volaba por aquí, otro por allá, y cuando se encontraban se reconocían por su ¡Pip! y el triple rascar con el pie izquierdo. La más vieja era una gorriona solterona, que no tenla nido ni polluelos. Deseosa de irse a una gran ciudad, emprendió el vuelo hacia Copenhague.
Había allí, cerca del Palacio, una gran casa pintada de vivos colores, junto al canal, donde amarraban barcos cargados de manzanas y muchas otras cosas. Las ventanas eran más anchas por la parte inferior que por la superior, y si los gorriones miraban dentro del edificio, cada habitación se les aparecía como un tulipán, con mil colores y arabescos; y en el centro de la flor había personajes blancos, de mármol, aunque algunos eran de yeso; pero esto no sabían distinguirlo los ojos de los gorriones. En la cima de la casa había un grupo de bronce, figurando una cuadriga guiada por la diosa de la Victoria; y todo era de metal: el carro, los caballos y la diosa. Era el museo Thorwaldsen.
- ¡Cómo brilla, cómo brilla! -dijo la gorriona-. Seguramente esto es la belleza. ¡Pip! ¡Pero aquí es mucho mayor que en el pavo! -.
Recordaba que, siendo «niña», su madre le había dicho que la belleza más grande estaba en el pavo. Bajó al patio, donde todo era magnífico, con palmeras y ramas pintadas en las paredes; en el centro crecía un gran rosal lleno de rosas que se extendía hasta el lado opuesto de una tumba. Voló hasta allí y se encontró con varios gorriones que agitaban las alas. Dijeron «¡Pip!» y rascaron tres veces con el pie izquierdo, aquel saludo tan querido que tantas veces dirigió a unos y otros en el curso de su vida sin que nadie lo comprendiera, pues los que una vez se separaron, no suelen volver a encontrarse todos los días. Pero aquella forma de saludar se había convertido en hábito en ella, y he aquí que ahora se topaba con dos viejos gorriones y uno joven, que decían «¡Pip!» y rascaban con el pie izquierdo.
- ¡Ah, hola, buenos días, buenos días! -. Eran tres gorriones del viejo nido, con otro más joven que formaba parte de la familia-. ¿Aquí nos encontramos? -dijeron. - Es un lugar muy distinguido, pero lo que es comida no sobra. ¡Esto es la belleza! ¡Pip!
Entraron muchas personas, que venían de las salas laterales, donde se hallaban las magníficas estatuas de mármol, y se dirigieron a la tumba que guardaba los restos del gran maestro, autor de todas aquellas esculturas. Cuantos se acercaban contemplaban con rostro radiante la sepultura de Thorwaldsen; algunos recogían los pétalos de rosa caídos y los guardaban. Algunos venían de muy lejos, de Inglaterra, Alemania y Francia; y la más hermosa de las señoras cogió una rosa y se la prendió en el pecho. Pensaron entonces los gorriones que allí reinaban las rosas, que la casa había sido construida para ellas, y les pareció un tanto exagerado; pero viendo que los humanos mostraban tanto amor por las flores, no quisieron ellos ser menos. - ¡Pip! ­dijeron, poniéndose a barrer el suelo con el rabo y guiñando el ojo a las rosas. No bien las hubieron visto, quedaron persuadidos de que eran sus antiguas vecinas, y, en efecto, lo eran. El pintor que dibujara el rosal junto a la vieja casa de campo incendiada había obtenido permiso, ya avanzado el año, para trasplantarlo, y lo había regalado al arquitecto, pues en ningún sitio crecían rosas tan hermosas. El arquitecto había plantado el rosal sobre la tumba de Thorwaldsen, donde florecía como símbolo de la Belleza, dando rosas encarnadas y fragantes, que los turistas se llevaban como recuerdo a sus lejanos países.
- ¿Habéis encontrado acomodo en la ciudad? -preguntaron los gorriones. Las rosas contestaron con un gesto afirmativo, y, reconociendo a sus pardos vecinos del estanque campesino, se alegraron de volver a verlos.
- ¡Qué bello es vivir y florecer, encontrarse con antiguos amigos y conocidos y ver siempre caras amables! Aquí es como si todos los días fuese una gran fiesta.
- ¡Pip! -dijeron los gorriones-. Sí, son nuestros antiguos vecinos; sus descendientes de la balsa del pueblo se acuerdan de nosotros. ¡Pip! ¡Qué suerte han tenido! Los hay que hasta durmiendo hacen fortuna. Y la verdad es que no comprendo qué belleza puede haber en una cabeza roja como las suyas. ¡Allí hay una hoja seca, la veo muy bien!
Se pusieron a picotearía hasta que cayó; pero el rosal quedó aún más lozano y más verde, y las rosas siguieron enviando su perfume a la tumba de Thorwaldsen, a cuyo nombre inmortal se había asociado su belleza.
One would have thought that something important was going on in the duck-pond, but it was nothing after all. All the ducks lying quietly on the water or standing on their heads in it– for they could do that– at once swarm to the sides; the traces of their feet were seen in the wet earth, and their cackling was heard far and wide. The water, which a few moments before had been as clear and smooth as a mirror, became very troubled. Before, every tree, every neighbouring bush, the old farmhouse with the holes in the roof and the swallows' nest, and especially the great rose-bush full of flowers, had been reflected in it. The rose-bush covered the wall and hung out over the water, in which everything was seen as if in a picture, except that it all stood on its head; but when the water was troubled everything got mixed up, and the picture was gone. Two feathers which the fluttering ducks had lost floated up and down; suddenly they took a rush as if the wind were coming, but as it did not come they had to lie still, and the water once more became quiet and smooth. The roses were again reflected; they were very beautiful, but they did not know it, for no one had told them. The sun shone among the delicate leaves; everything breathed forth the loveliest fragrance, and all felt as we do when we are filled with joy at the thought of our happiness.

"How beautiful existence is!" said each rose. "The only thing that I wish for is to be able to kiss the sun, because it is so warm and bright. I should also like to kiss those roses down in the water, which are so much like us, and the pretty little birds down in the nest. There are some up above too; they put out their heads and pipe softly; they have no feathers like their father and mother. We have good neighbours, both below and above. How beautiful existence is!"

The young ones above and below– those below were really only shadows in the water– were sparrows; their parents were sparrows too, and had taken possession of the empty swallows' nest of last year, and now lived in it as if it were their own property.

"Are those the duck's children swimming here?" asked the young sparrows when they saw the feathers on the water.

"If you must ask questions, ask sensible ones," said their mother. "Don't you see that they are feathers, such as I wear and you will wear too? But ours are finer. Still, I should like to have them up in the nest, for they keep one warm. I am very curious to know what the ducks were so startled about; not about us, certainly, although I did say 'peep' to you pretty loudly. The thick-headed roses ought to know why, but they know nothing at all; they only look at themselves and smell. I am heartily tired of such neighbours."

"Listen to the dear little birds up there," said the roses; "they begin to want to sing too, but are not able to manage it yet. But it will soon come. What a pleasure that must be! It is fine to have such cheerful neighbours."

Suddenly two horses came galloping up to be watered. A peasant boy rode on one, and he had taken off all his clothes except his large broad black hat. The boy whistled like a bird, and rode into the pond where it was deepest, and as he passed the rose-bush he plucked a rose and stuck it in his hat. Now he looked dressed, and rode on. The other roses looked after their sister, and asked each other, "Where can she be going to?" But none of them knew.

"I should like to go out into the world for once," said one; "but here at home among our green leaves it is beautiful too. The whole day long the sun shines bright and warm, and in the night the sky shines more beautifully still; we can see that through all the little holes in it."

They meant the stars, but they knew no better.

"We make it lively about the house," said the sparrow-mother; "and people say that a swallows' nest brings luck; so they are glad of us. But such neighbours as ours! A rose-bush on the wall like that causes damp. I daresay it will be taken away; then we shall, perhaps, have some corn growing here. The roses are good for nothing but to be looked at and to be smelt, or at most to be stuck in a hat. Every year, as I have been told by my mother, they fall off. The farmer's wife preserves them and strews salt among them; then they get a French name which I neither can pronounce nor care to, and are put into the fire to make a nice smell. You see, that's their life; they exist only for the eye and the nose. Now you know."

In the evening, when the gnats were playing about in the warm air and in the red clouds, the nightingale came and sang to the roses that the beautiful was like sunshine to the world, and that the beautiful lived for ever. The roses thought that the nightingale was singing about itself, and that one might easily have believed; they had no idea that the song was about them. But they were very pleased with it, and wondered whether all the little sparrows could become nightingales.

"I understand the song of that bird very well," said the young sparrows. "There was only one word that was not clear to me. What does 'the beautiful' mean?"

"Nothing at all," answered their mother; "that's only something external. Up at the Hall, where the pigeons have their own house, and corn and peas are strewn before them every day– I have dined with them myself, and that you shall do in time, too; for tell me what company you keep and I'll tell you who you are– up at the Hall they have two birds with green necks and a crest upon their heads; they can spread out their tails like a great wheel, and these are so bright with various colours that it makes one's eyes ache. These birds are called peacocks, and that is 'the beautiful.' If they were only plucked a little they would look no better than the rest of us. I would have plucked them already if they had not been so big."

"I'll pluck them," piped the young sparrow, who had no feathers yet.

In the farmhouse lived a young married couple; they loved each other dearly, were industrious and active, and everything in their home looked very nice. On Sundays the young wife came down early, plucked a handful of the most beautiful roses, and put them into a glass of water, which she placed upon the cupboard.

"Now I see that it is Sunday," said the husband, kissing his little wife. They sat down, read their hymn-book, and held each other by the hand, while the sun shone down upon the fresh roses and upon them.

"This sight is really too tedious," said the sparrow-mother, who could see into the room from her nest; and she flew away.

The same thing happened on the following Sunday, for every Sunday fresh roses were put into the glass; but the rose-bush bloomed as beautifully as ever. The young sparrows now had feathers, and wanted very much to fly with their mother; but she would not allow it, and so they had to stay at home. In one of her flights, however it may have happened, she was caught, before she was aware of it, in a horse-hair net which some boys had attached to a tree. The horse-hair was drawn tightly round her leg– as tightly as if the latter were to be cut off; she was in great pain and terror. The boys came running up and seized her, and in no gentle way either.

"It's only a sparrow," they said; they did not, however, let her go, but took her home with them, and every time she cried they hit her on the beak.

In the farmhouse was an old man who understood making soap into cakes and balls, both for shaving and washing. He was a merry old man, always wandering about. On seeing the sparrow which the boys had brought, and which they said they did not want, he asked, "Shall we make it look very pretty?"

At these words an icy shudder ran through the sparrow-mother.

Out of his box, in which were the most beautiful colours, the old man took a quantity of shining leaf-gold, while the boys had to go and fetch some white of egg, with which the sparrow was to be smeared all over; the gold was stuck on to this, and the sparrow-mother was now gilded all over. But she, trembling in every limb, did not think of the adornment. Then the soap-man tore off a small piece from the red lining of his old jacket, and cutting it so as to make it look like a cock's comb, he stuck it to the bird's head.

"Now you will see the gold-jacket fly," said the old man, letting the sparrow go, which flew away in deadly fear, with the sun shining upon her. How she glittered! All the sparrows, and even a crow– and an old boy he was too– were startled at the sight; but still they flew after her to learn what kind of strange bird she was.

Driven by fear and horror, she flew homeward; she was almost sinking fainting to the earth, while the flock of pursuing birds increased, some even attempting to peck at her.

"Look at her! Look at her!" they all cried.

"Look at her! Look at her" cried her little ones, as she approached the nest. "That is certainly a young peacock, for it glitters in all colours; it makes one's eyes ache, as mother told us. Peep! that's 'the beautiful'." And then they pecked at the bird with their little beaks so that it was impossible for her to get into the nest; she was so exhausted that she couldn't even say "Peep!" much less "I am your own mother!" The other birds, too, now fell upon the sparrow and plucked off feather after feather until she fell bleeding into the rose-bush.

"Poor creature!" said all the roses; "only be still, and we will hide you. Lean your little head against us."

The sparrow spread out her wings once more, then drew them closely to her, and lay dead near the neighbouring family, the beautiful fresh roses.

"Peep!" sounded from the nest. "Where can mother be so long? It's more than I can understand. It cannot be a trick of hers, and mean that we are now to take care of ourselves. She has left us the house as an inheritance; but to which of us is it to belong when we have families of our own?"

"Yes, it won't do for you to stay with me when I increase my household with a wife and children," said the smallest.

"I daresay I shall have more wives and children than you," said the second.

"But I am the eldest!" exclaimed the third. Then they all got excited; they hit out with their wings, pecked with their beaks, and flop! one after another was thrown out of the nest. There they lay with their anger, holding their heads on one side and blinking the eye that was turned upwards. That was their way of looking foolish.

They could fly a little; by practice they learned to improve, and at last they agreed upon a sign by which to recognise each other if they should meet in the world later on. It was to be one "Peep!" and three scratches on the ground with the left foot.

The young one who had remained behind in the nest made himself as broad as he could, for he was the proprietor. But this greatness did not last long. In the night the red flames burst through the window and seized the roof, the dry straw blazed up high, and the whole house, together with the young sparrow, was burned. The two others, who wanted to marry, thus saved their lives by a stroke of luck.

When the sun rose again and everything looked as refreshed as if it had had a quiet sleep, there only remained of the farmhouse a few black charred beams leaning against the chimney, which was now its own master. Thick smoke still rose from the ruins, but the rose-bush stood yonder, fresh, blooming, and untouched, every flower and every twig being reflected in the clear water.

"How beautifully the roses bloom before the ruined house," exclaimed a passer-by. "A pleasanter picture cannot be imagined. I must have that." And the man took out of his portfolio a little book with white leaves: he was a painter, and with his pencil he drew the smoking house, the charred beams and the overhanging chimney, which bent more and more; in the foreground he put the large, blooming rose-bush, which presented a charming view. For its sake alone the whole picture had been drawn.

Later in the day the two sparrows who had been born there came by. "Where is the house?" they asked. "Where is the nest? Peep! All is burned and our strong brother too. That's what he has now for keeping the nest. The roses got off very well; there they still stand with their red cheeks. They certainly do not mourn at their neighbours' misfortunes. I don't want to talk to them, and it looks miserable here– that's my opinion." And away they went.

On a beautiful sunny autumn day– one could almost have believed it was still the middle of summer– there hopped about in the dry clean-swept courtyard before the principal entrance of the Hall a number of black, white, and gaily-coloured pigeons, all shining in the sunlight. The pigeon-mothers said to their young ones: "Stand in groups, stand in groups! for that looks much better."

"What kind of creatures are those little grey ones that run about behind us?" asked an old pigeon, with red and green in her eyes. "Little grey ones! Little grey ones!" she cried.

"They are sparrows, and good creatures. We have always had the reputation of being pious, so we will allow them to pick up the corn with us; they don't interrupt our talk, and they scrape so prettily when they bow."

Indeed they were continually making three foot-scrapings with the left foot and also said "Peep!" By this means they recognised each other, for they were the sparrows from the nest on the burned house.

"Here is excellent fare!" said the sparrow. The pigeons strutted round one another, puffed out their chests mightily, and had their own private views and opinions.

"Do you see that pouter pigeon?" said one to the other. "Do you see how she swallows the peas? She eats too many, and the best ones too. Curoo! Curoo! How she lifts her crest, the ugly, spiteful creature! Curoo! Curoo!" And the eyes of all sparkled with malice. "Stand in groups! Stand in groups! Little grey ones, little grey ones! Curoo, curoo, curoo!"

So their chatter ran on, and so it will run on for thousands of years. The sparrows ate lustily; they listened attentively, and even stood in the ranks with the others, but it did not suit them at all. They were full, and so they left the pigeons, exchanging opinions about them, slipped in under the garden palings, and when they found the door leading into the house open, one of them, who was more than full, and therefore felt brave, hopped on to the threshold. "Peep!" said he; "I may venture that."

"Peep!" said the other; "so may I, and something more too!" and he hopped into the room. No one was there; the third sparrow, seeing this, flew still farther into the room, exclaiming, "All or nothing! It is a curious man's nest all the same; and what have they put up here? What is it?"

Close to the sparrows the roses were blooming; they were reflected in the water, and the charred beams leaned against the overhanging chimney. "Do tell me what this is. How comes this in a room at the Hall?" And all three sparrows wanted to fly over the roses and the chimney, but flew against a flat wall. It was all a picture, a great splendid picture, which the artist had painted from a sketch.

"Peep!" said the sparrows, "it's nothing. It only looks like something. Peep! that is 'the beautiful.' Do you understand it? I don't."

And they flew away, for some people came into the room.

Days and years went by. The pigeons had often cooed, not to say growled– the spiteful creatures; the sparrows had been frozen in winter and had lived merrily in summer: they were all betrothed, or married, or whatever you like to call it. They had little ones, and of course each one thought his own the handsomest and cleverest; one flew this way, another that, and when they met they recognised each other by their "Peep!" and the three scrapes with the left foot. The eldest had remained an old maid and had no nest nor young ones. It was her pet idea to see a great city, so she flew to Copenhagen.

There was a large house painted in many gay colours standing close to the castle and the canal, upon which latter were to be seen many ships laden with apples and pottery. The windows of the house were broader at the bottom than at the top, and when the sparrows looked through them, every room appeared to them like a tulip with the brightest colours and shades. But in the middle of the tulip stood white men, made of marble; a few were of plaster; still, looked at with sparrows' eyes, that comes to the same thing. Up on the roof stood a metal chariot drawn by metal horses, and the goddess of Victory, also of metal, was driving. It was Thorwaldsen's Museum.

"How it shines! how it shines!" said the maiden sparrow. "I suppose that is 'the beautiful.' Peep! But here it is larger than a peacock." She still remembered what in her childhood's days her mother had looked upon as the greatest among the beautiful. She flew down into the courtyard: there everything was extremely fine. Palms and branches were painted on the walls, and in the middle of the court stood a great blooming rose-tree spreading out its fresh boughs, covered with roses, over a grave. Thither flew the maiden sparrow, for she saw several of her own kind there. A "peep" and three foot-scrapings– in this way she had often greeted throughout the year, and no one here had responded, for those who are once parted do not meet every day; and so this greeting had become a habit with her. But to-day two old sparrows and a young one answered with a "peep" and the thrice-repeated scrape with the left foot.

"Ah! Good-day! good-day!" They were two old ones from the nest and a little one of the family. "Do we meet here? It's a grand place, but there's not much to eat. This is 'the beautiful.' Peep!"

Many people came out of the side rooms where the beautiful marble statues stood and approached the grave where lay the great master who had created these works of art. All stood with enraptured faces round Thorwaldsen's grave, and a few picked up the fallen rose-leaves and preserved them. They had come from afar: one from mighty England, others from Germany and France. The fairest of the ladies plucked one of the roses and hid it in her bosom. Then the sparrows thought that the roses reigned here, and that the house had been built for their sake. That appeared to them to be really too much, but since all the people showed their love for the roses, they did not wish to be behindhand. "Peep!" they said sweeping the ground with their tails, and blinking with one eye at the roses, they had not looked at them long before they were convinced that they were their old neighbours. And so they really were. The painter who had drawn the rose-bush near the ruined house, had afterwards obtained permission to dig it up, and had given it to the architect, for finer roses had never been seen. The architect had planted it upon Thorwaldsen's grave, where it bloomed as an emblem of 'the beautiful' and yielded fragrant red rose-leaves to be carried as mementoes to distant lands.

"Have you obtained an appointment here in the city?" asked the sparrows. The roses nodded; they recognized their grey neighbours and were pleased to see them again. "How glorious it is to live and to bloom, to see old friends again, and happy faces every day. It is as if every day were a festival." - "Peep!" said the sparrows. "Yes, they are really our old neighbours; we remember their origin near the pond. Peep! how they have got on. Yes, some succeed while they are asleep. Ah! there's a faded leaf; I can see that quite plainly." And they pecked at it till it fell off. But the tree stood there fresher and greener than ever; the roses bloomed in the sunshine on Thorwaldsen's grave and became associated with his immortal name.




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