ESPAÑOL

El cerro de los elfos

ENGLISH

The elfin hill


Varios lagartos gordos corrían con pie ligero por las grietas de un viejo árbol; se entendían perfectamente, pues hablaban todos la lengua lagarteña.
- ¡Qué ruido y alboroto en el cerro de los ellos! -dijo un lagarto-. Van ya dos noches que no me dejan pegar un ojo. Lo mismo que cuando me duelen las muelas, pues tampoco entonces puedo dormir.
- Algo pasa allí adentro -observó otro-. Hasta que el gallo canta, a la madrugada, sostienen el cerro sobre cuatro estacas rojas, para que se ventile bien, y sus muchachas han aprendido nuevas danzas. ¡Algo se prepara!
- Sí -intervino un tercer lagarto-. He hecho amistad con una lombriz de tierra que venía de la colina, en la cual había estado removiendo la tierra día y noche. Oyó muchas cosas. Ver no puede, la infeliz, pero lo que es palpar y oír, en esto se pinta sola. Resulta que en el cerro esperan forasteros, forasteros distinguidos, pero, quiénes son éstos, la lombriz se negó a decírmelo, acaso ella misma no lo sabe. Han encargado a los fuegos fatuos que organicen una procesión de antorchas, como dicen ellos, y todo el oro y la plata que hay en el cerro - y no es poco - lo pulen y exponen a la luz de la luna.
- ¿Quiénes podrán ser esos forasteros? -se preguntaban los lagartos-. ¿Qué diablos debe suceder? ¡Oíd, qué manera de zumbar!
En aquel mismo momento se partió el montículo, y una señorita elfa, vieja y anticuada, aunque por lo demás muy correctamente vestida, salió andando a pasitos cortos. Era el ama de llaves del anciano rey de los elfos, estaba emparentada de lejos con la familia real y llevaba en la frente un corazón de ámbar. ¡Movía las piernas con una agilidad!: trip, trip. ¡Vaya modo de trotar! Y marchó directamente al pantano del fondo, a la vivienda del chotacabras.
- Están ustedes invitados a la colina esta noche -dijo-. Pero quisiera pedirles un gran favor, si no fuera molestia para ustedes. ¿Podrían transmitir la invitación a los demás? Algo deben hacer, ya que ustedes no ponen casa. Recibimos a varios forasteros ilustres, magos de distinción; por eso hoy comparecerá el anciano rey de los elfos.
- ¿A quién hay que invitar? -preguntó el chotacabras.
- Al gran baile pueden concurrir todos, incluso las personas, con tal que hablen durmiendo o sepan hacer algo que se avenga con nuestro modo de ser. Pero en nuestra primera fiesta queremos hacer una rigurosa selección; sólo asistirán personajes de la más alta categoría. Hasta disputé con el Rey, pues yo no quería que los fantasmas fuesen admitidos. Ante todo, hay que invitar al Viejo del Mar y a sus hijas. Tal vez no les guste venir a tierra seca, pero les prepararemos una piedra mojada para asiento o quizás algo aún mejor; supongo que así no tendrán inconveniente en asistir, siquiera por esta vez. Queremos que vengan todos los viejos trasgos de primera categoría, con cola, el Genio del Agua y el Duende y, a mi entender, no debemos dejar de lado al Cerdo de la Tumba, al Caballo de los Muertos y al Enano de la Iglesia, todos los cuales pertenecen al elemento clerical y no a nuestra clase. Pero ése es su oficio; por lo demás, están emparentados de cerca con nosotros y nos visitan con frecuencia.
- ¡Muy bien! -dijo el chotacabras, emprendiendo el vuelo para cumplir el encargo.
Las doncellas elfas bailaban ya en el cerro, cubiertas de velos, y lo hacían con tejidos de niebla y luz de la luna, de un gran efecto para los aficionados a estas cosas. En el centro de la colina, el gran salón había sido adornado primorosamente; el suelo, lavado con luz de luna, y las paredes, frotadas con grasa de bruja, por lo que brillaban como hojas de tulipán. En la colina había, en el asador, gran abundancia de ranas, pieles de caracol rellenas de dedos de niño y ensaladas de semillas de seta y húmedos hocicos de ratón con cicuta, cerveza de la destilería de la bruja del pantano, amén de fosforescente vino de salitre de las bodegas funerarias. Todo muy bien presentado. Entre los postres figuraban clavos oxidados y trozos de ventanal de iglesia.
El anciano Rey mandó bruñir su corona de oro con pizarrín machacado (entiéndase pizarrín de primera); y no se crea que le es fácil a un rey de los elfos procurarse pizarrín de primera. En el dormitorio colgaron cortinas, que fueron pegadas con saliva de serpiente. Se comprende, pues, que hubiera allí gran ruido y alboroto.
- Ahora hay que sahumar todo esto con orines de caballo y cerdas de puerco; entonces yo habré cumplido con mi tarea -dijo la vieja señorita.
- ¡Dulce padre mío! -dijo la hija menor, que era muy zalamera-, ¿no podría saber quiénes son los ilustres forasteros?
- Bueno -respondió el Rey, tendré que decírtelo. Dos de mis hijas deben prepararse para el matrimonio; dos de ellas se casarán sin duda. El anciano duende de allá en Noruega, el que reside en la vieja roca de Dovre y posee cuatro palacios acantilados de feldespato y una mina de oro mucho más rica de lo que creen por ahí, viene con sus dos hijos, que viajan en busca de esposa. El duende es un anciano nórdico, muy viejo y respetable, pero alegre y campechano. Lo conozco de hace mucho tiempo, desde un día en que brindamos fraternalmente con ocasión de su estancia aquí en busca de mujer. Ella murió; era hija del rey de los Peñascos gredosos de Möen. Tomó una mujer de yeso, como suele decirse. ¡Ah, y qué ganas tengo de ver al viejo duende nórdico! Dicen que los chicos son un tanto mal criados e impertinentes; pero quizás exageran. Tiempo tendrán de sentar la cabeza. A ver si sabéis portaros con ellos en forma conveniente.
- ¿Y cuándo llegan? -preguntó una de las hijas.
- Eso depende del tiempo que haga -respondió el Rey. Viajan en plan económico. Aprovechan las oportunidades de los barcos. Yo habría querido que fuesen por Suecia, pero el viejo se inclinó del otro lado. No sigue las mudanzas de los tiempos, y esto no se lo perdono.
En esto llegaron saltando dos fuegos fatuos, uno de ellos más rápido que su compañero; por eso llegó antes.
- ¡Ya vienen, ya vienen! -gritaron los dos.
- ¡Dadme la corona y dejad que me ponga a la luz de la luna! -ordenó el Rey.
Las hijas, levantándose los velos, se inclinaron hasta el suelo. Entró el anciano duende de Dovre con su corona de tarugos de hielo duro y de abeto pulido. Formaban el resto de su vestido una piel de oso y grandes botas, mientras los hijos iban con el cuello descubierto y pantalones sin tirantes, pues eran hombres de pelo en pecho.
- ¿Esto es una colina? -preguntó el menor, señalando el cerro de los elfos-. En Noruega lo llamaríamos un agujero.
- ¡Muchachos! -les riñó el viejo-. Un agujero va para dentro, y una colina va para arriba. ¿No tenéis ojos en la cabeza?
Lo único que les causaba asombro, dijeron, era que comprendían la lengua de los otros sin dificultad.
- ¡Es para creer que os falta algún tornillo! -refunfuñó el viejo. Entraron luego en la mansión de los elfos, donde se había reunido la flor y nata de la sociedad, aunque de manera tan precipitada, que se hubiera dicho que el viento los habla arremolinado; y para todos estaban las cosas primorosamente dispuestas. Las ondinas se sentaban a la mesa sobre grandes patines acuáticos, y afirmaban que se sentían como en su casa. En la mesa todos observaron la máxima corrección, excepto los dos duendecitos nórdicos, los cuales llegaron hasta poner las piernas encima. Pero estaban persuadidos de que a ellos todo les estaba bien.
- ¡Fuera los pies del plato! -les gritó el viejo duende, y ellos obedecieron, aunque a regañadientes. A sus damas respectivas les hicieron cosquillas con piñas de abeto que llevaban en el bolsillo; luego se quitaron las botas para estar más cómodos y se las dieron a guardar. Pero el padre, el viejo duende de Dovre, era realmente muy distinto.
Supo contar bellas historias de los altivos acantilados nórdicos y de las cataratas que se precipitan espumeantes con un estruendo comparable al del trueno y al sonido del órgano; y habló del salmón que salta avanzando a contracorriente cuando el Nöck toca su arpa de oro. Les habló de las luminosas noches de invierno, cuando suenan los cascabeles de los trineos, y los mozos corren con antorchas encendidas por el liso hielo, tan transparente, que pueden ver los peces nadando asustados bajo sus pies. Sí, sabía contar con arte tal, que uno creía ver y oír lo que describía. Se oía el ruido de los aserraderos y los cantos de los mozos y las rapazas mientras bailaban las danzas del país. ¡Ohó! De pronto, el viejo duende dio un sonoro beso a la vieja señorita elfa. Fue un beso con todas las de la ley, y eso que no eran parientes.
A continuación las muchachas hubieron de bailar, primero bailes sencillos, luego zapateados, y bien que lo hacían; finalmente, vino el baile artístico. ¡Señores, y qué manera de extender las piernas, que no sabía uno dónde empezaban y dónde terminaban, ni lo que eran piernas y lo que eran brazos! Era aquello como un revoltijo de virutas, y metían tanto ruido, que el Caballo de los Muertos se mareó y hubo de retirarse de la mesa.
- ¡Brrr! -exclamó el viejo duende-, ¡vaya agilidad de piernas! Pero, ¿qué saben hacer, además de bailar, alargar las piernas y girar como torbellinos?
- ¡Pronto vas a saberlo! -dijo el rey de los elfos, y llamó a la menor de sus hijas. Era ágil y diáfana como la luz de la luna, la más bonita de las hermanas. Metióse en la boca una ramita blanca y al instante desapareció; era su habilidad.
Pero el viejo duende dijo que este arte no lo podía soportar en su esposa, y que no creía que fuese tampoco del gusto de sus hijos.
La otra sabía colocarse de lado como si fuese su propia sombra, pues los duendes no la tienen.
Con la hija tercera la cosa era muy distinta. Había aprendido a destilar en la destilería de la bruja del pantano y sabía mechar nudos de aliso con gusanos de luz.
- ¡Será una excelente ama de casa! -dijo el duende anciano, brindando con la mirada, pues consideraba que ya había bebido bastante.
Acercóse la cuarta elfa. Venía con una gran arpa, y no bien pulsó la primera cuerda, todos levantaron la pierna izquierda, pues los duendes son zurdos, y cuando pulsó la segunda cuerda, todos tuvieron que hacer lo que ella quiso.
- ¡Es una mujer peligrosa! -dijo el viejo duende; pero los dos hijos salieron del cerro, pues se aburrían.
- ¿Qué sabe hacer la hija siguiente? -preguntó el viejo.
- He aprendido a querer a los noruegos, y nunca me casaré si no puedo irme a Noruega.
Pero la más pequeña murmuró al oído del viejo:
- Esto es sólo porque sabe una canción nórdica que dice que, cuando la Tierra se hunda, los acantilados nórdicos seguirán levantados como monumentos funerarios. Por eso quiere ir allá, pues tiene mucho miedo de hundirse.
- ¡Vaya, vaya! -exclamó el viejo-. ¿Esas tenemos? Pero, ¿y la séptima y última?
- La sexta viene antes que la séptima -observó el rey de los elfos, pues sabía contar. Pero la sexta se negó a acudir.
- Yo no puedo decir a la gente sino la verdad -dijo-. De mí nadie hace caso, bastante tengo con coser mi mortaja.
Presentóse entonces la séptima y última. Y, ¿qué sabía? Pues sabía contar cuentos, tantos como se le pidieran.
- Ahí tienes mis cinco dedos -dijo el viejo duende-. Cuéntame un cuento acerca de cada uno.
La muchacha lo cogió por la muñeca, mientras él se reía de una forma que más bien parecía cloquear; y cuando ella llegó al dedo anular, en el que llevaba una sortija de oro, como si supiese que era cuestión de noviazgo, dijo el viejo duende:
- Agárralo fuerte, la mano es tuya. ¡Te quiero a ti por mujer!
La elfa observó que faltaban aún los cuentos del dedo anular y del meñique.
Los dejaremos para el invierno -replicó el viejo-. Nos hablarás del abeto y del abedul, de los regalos de los espíritus y de la helada crujiente. Tú te encargarás de explicar, pues allá arriba nadie sabe hacerlo como tú. Y luego nos entraremos en el salón de piedra, donde arde la astilla de pino, y beberemos hidromiel en los cuernos de oro de los antiguos reyes nórdicos. El Nöck me regaló un par, y cuando estemos allí vendrá a visitarnos el diablo de la montaña, el cual te cantará todas las canciones de las zagalas de la sierra. ¡Cómo nos vamos a divertir! El salmón saltará en la cascada, chocando contra las paredes de roca, pero no entrará. ¡Oh, sí, qué bien se está en la vieja y querida Noruega! Pero, ¿dónde se han metido los chicos?
Eso es, ¿dónde se habían metido? Pues corrían por el campo, apagando los fuegos fatuos que acudían, bonachones, a organizar la procesión de las antorchas.
- ¿Qué significan estas corridas? -gritó el viejo duende-. Acabo de procuraros una madre, y vosotros podéis elegir a la que os guste de las tías.
Pero los jóvenes replicaron que preferían pronunciar un discurso y brindar por la fraternidad. Casarse no les venía en gana. Y pronunciaron discursos, bebieron a la salud de todos e hicieron la prueba del clavo para demostrar que se habían zampado hasta la última gota. Quitándose luego las chaquetas, se tendieron a dormir sobre la mesa, sin preocuparse de los buenos modales. Mientras tanto, el viejo duende bailaba en el salón con su joven prometida e intercambiaba con ella los zapatos, lo cual es más distinguido que intercambiar sortijas.
- ¡Que canta el gallo! -exclamó la vieja elfa, encargada del gobierno doméstico- ¡Hay que cerrar los postigos, para que el sol no nos abrase!
Y se cerró la colina.
En el exterior, los lagartos subían y bajaban por los árboles agrietados, y uno de ellos dijo a los demás.
- ¡Cuánto me ha gustado el viejo duende nórdico!
- ¡Pues yo prefiero los chicos! -objetó la lombriz de tierra; pero es que no veía, la pobre.
A few large lizards were running nimbly about in the clefts of an old tree; they could understand one another very well, for they spoke the lizard language.

"What a buzzing and a rumbling there is in the elfin hill," said one of the lizards; "I have not been able to close my eyes for two nights on account of the noise; I might just as well have had the toothache, for that always keeps me awake."

"There is something going on within there," said the other lizard; "they propped up the top of the hill with four red posts, till cock-crow this morning, so that it is thoroughly aired, and the elfin girls have learnt new dances; there is something."

"I spoke about it to an earth-worm of my acquaintance," said a third lizard; "the earth-worm had just come from the elfin hill, where he has been groping about in the earth day and night. He has heard a great deal; although he cannot see, poor miserable creature, yet he understands very well how to wriggle and lurk about. They expect friends in the elfin hill, grand company, too; but who they are the earth-worm would not say, or, perhaps, he really did not know. All the will-o'-the-wisps are ordered to be there to hold a torch dance, as it is called. The silver and gold which is plentiful in the hill will be polished and placed out in the moonlight."

"Who can the strangers be?" asked the lizards; "what can the matter be? Hark, what a buzzing and humming there is!"

Just at this moment the elfin hill opened, and an old elfin maiden, hollow behind, came tripping out; she was the old elf king's housekeeper, and a distant relative of the family; therefore she wore an amber heart on the middle of her forehead. Her feet moved very fast, "trip, trip;" good gracious, how she could trip right down to the sea to the night-raven.

"You are invited to the elf hill for this evening," said she; "but will you do me a great favor and undertake the invitations? you ought to do something, for you have no housekeeping to attend to as I have. We are going to have some very grand people, conjurors, who have always something to say; and therefore the old elf king wishes to make a great display."

"Who is to be invited?" asked the raven.

"All the world may come to the great ball, even human beings, if they can only talk in their sleep, or do something after our fashion. But for the feast the company must be carefully selected; we can only admit persons of high rank; I have had a dispute myself with the elf king, as he thought we could not admit ghosts. The merman and his daughter must be invited first, although it may not be agreeable to them to remain so long on dry land, but they shall have a wet stone to sit on, or perhaps something better; so I think they will not refuse this time. We must have all the old demons of the first class, with tails, and the hobgoblins and imps; and then I think we ought not to leave out the death-horse, or the grave-pig, or even the church dwarf, although they do belong to the clergy, and are not reckoned among our people; but that is merely their office, they are nearly related to us, and visit us very frequently."

"Croak," said the night-raven as he flew away with the invitations.

The elfin maidens we're already dancing on the elf hill, and they danced in shawls woven from moonshine and mist, which look very pretty to those who like such things. The large hall within the elf hill was splendidly decorated; the floor had been washed with moonshine, and the walls had been rubbed with magic ointment, so that they glowed like tulip-leaves in the light. In the kitchen were frogs roasting on the spit, and dishes preparing of snail skins, with children's fingers in them, salad of mushroom seed, hemlock, noses and marrow of mice, beer from the marsh woman's brewery, and sparkling salt-petre wine from the grave cellars. These were all substantial food. Rusty nails and church-window glass formed the dessert. The old elf king had his gold crown polished up with powdered slate-pencil; it was like that used by the first form, and very difficult for an elf king to obtain. In the bedrooms, curtains were hung up and fastened with the slime of snails; there was, indeed, a buzzing and humming everywhere.

"Now we must fumigate the place with burnt horse-hair and pig's bristles, and then I think I shall have done my part," said the elf man-servant.

"Father, dear," said the youngest daughter, "may I now hear who our high-born visitors are?"

"Well, I suppose I must tell you now," he replied; "two of my daughters must prepare themselves to be married, for the marriages certainly will take place. The old goblin from Norway, who lives in the ancient Dovre mountains, and who possesses many castles built of rock and freestone, besides a gold mine, which is better than all, so it is thought, is coming with his two sons, who are both seeking a wife. The old goblin is a true-hearted, honest, old Norwegian graybeard; cheerful and straightforward. I knew him formerly, when we used to drink together to our good fellowship: he came here once to fetch his wife, she is dead now. She was the daughter of the king of the chalk-hills at Moen. They say he took his wife from chalk; I shall be delighted to see him again. It is said that the boys are ill-bred, forward lads, but perhaps that is not quite correct, and they will become better as they grow older. Let me see that you know how to teach them good manners."

"And when are they coming?" asked the daughter.

"That depends upon wind and weather," said the elf king; "they travel economically. They will come when there is the chance of a ship. I wanted them to come over to Sweden, but the old man was not inclined to take my advice. He does not go forward with the times, and that I do not like."

Two will-o'-the-wisps came jumping in, one quicker than the other, so of course, one arrived first. "They are coming! they are coming!" he cried.

"Give me my crown," said the elf king, "and let me stand in the moonshine."

The daughters drew on their shawls and bowed down to the ground. There stood the old goblin from the Dovre mountains, with his crown of hardened ice and polished fir-cones. Besides this, he wore a bear-skin, and great, warm boots, while his sons went with their throats bare and wore no braces, for they were strong men.

"Is that a hill?" said the youngest of the boys, pointing to the elf hill, "we should call it a hole in Norway."

"Boys," said the old man, "a hole goes in, and a hill stands out; have you no eyes in your heads?"

Another thing they wondered at was, that they were able without trouble to understand the language.

"Take care," said the old man, "or people will think you have not been well brought up."

Then they entered the elfin hill, where the select and grand company were assembled, and so quickly had they appeared that they seemed to have been blown together. But for each guest the neatest and pleasantest arrangement had been made. The sea folks sat at table in great water-tubs, and they said it was just like being at home. All behaved themselves properly excepting the two young northern goblins; they put their legs on the table and thought they were all right.

"Feet off the table-cloth!" said the old goblin. They obeyed, but not immediately. Then they tickled the ladies who waited at table, with the fir-cones, which they carried in their pockets. They took off their boots, that they might be more at ease, and gave them to the ladies to hold. But their father, the old goblin, was very different; he talked pleasantly about the stately Norwegian rocks, and told fine tales of the waterfalls which dashed over them with a clattering noise like thunder or the sound of an organ, spreading their white foam on every side. He told of the salmon that leaps in the rushing waters, while the water-god plays on his golden harp. He spoke of the bright winter nights, when the sledge bells are ringing, and the boys run with burning torches across the smooth ice, which is so transparent that they can see the fishes dart forward beneath their feet. He described everything so clearly, that those who listened could see it all; they could see the saw-mills going, the men-servants and the maidens singing songs, and dancing a rattling dance,– when all at once the old goblin gave the old elfin maiden a kiss, such a tremendous kiss, and yet they were almost strangers to each other.

Then the elfin girls had to dance, first in the usual way, and then with stamping feet, which they performed very well; then followed the artistic and solo dance. Dear me, how they did throw their legs about! No one could tell where the dance begun, or where it ended, nor indeed which were legs and which were arms, for they were all flying about together, like the shavings in a saw-pit! And then they spun round so quickly that the death-horse and the grave-pig became sick and giddy, and were obliged to leave the table.

"Stop!" cried the old goblin," is that the only house-keeping they can perform? Can they do anything more than dance and throw about their legs, and make a whirlwind?"

"You shall soon see what they can do," said the elf king. And then he called his youngest daughter to him. She was slender and fair as moonlight, and the most graceful of all the sisters. She took a white chip in her mouth, and vanished instantly; this was her accomplishment. But the old goblin said he should not like his wife to have such an accomplishment, and thought his boys would have the same objection. Another daughter could make a figure like herself follow her, as if she had a shadow, which none of the goblin folk ever had. The third was of quite a different sort; she had learnt in the brew-house of the moor witch how to lard elfin puddings with glow-worms.

"She will make a good housewife," said the old goblin, and then saluted her with his eyes instead of drinking her health; for he did not drink much.

Now came the fourth daughter, with a large harp to play upon; and when she struck the first chord, every one lifted up the left leg (for the goblins are left-legged), and at the second chord they found they must all do just what she wanted.

"That is a dangerous woman," said the old goblin; and the two sons walked out of the hill; they had had enough of it. "And what can the next daughter do?" asked the old goblin.

"I have learnt everything that is Norwegian," said she; "and I will never marry, unless I can go to Norway."

Then her youngest sister whispered to the old goblin, "That is only because she has heard, in a Norwegian song, that when the world shall decay, the cliffs of Norway will remain standing like monuments; and she wants to get there, that she may be safe; for she is so afraid of sinking."

"Ho! ho!" said the old goblin, "is that what she means? Well, what can the seventh and last do?"

"The sixth comes before the seventh," said the elf king, for he could reckon; but the sixth would not come forward.

"I can only tell people the truth," said she. "No one cares for me, nor troubles himself about me; and I have enough to do to sew my grave clothes."

So the seventh and last came; and what could she do? Why, she could tell stories, as many as you liked, on any subject.

"Here are my five fingers," said the old goblin; "now tell me a story for each of them."

So she took him by the wrist, and he laughed till he nearly choked; and when she came to the fourth finger, there was a gold ring on it, as if it knew there was to be a betrothal. Then the old goblin said, "Hold fast what you have: this hand is yours; for I will have you for a wife myself."

Then the elfin girl said that the stories about the ring-finger and little Peter Playman had not yet been told.

"We will hear them in the winter," said the old goblin, "and also about the fir and the birch-trees, and the ghost stories, and of the tingling frost. You shall tell your tales, for no one over there can do it so well; and we will sit in the stone rooms, where the pine logs are burning, and drink mead out of the golden drinking-horn of the old Norwegian kings. The water-god has given me two; and when we sit there, Nix comes to pay us a visit, and will sing you all the songs of the mountain shepherdesses. How merry we shall be! The salmon will be leaping in the waterfalls, and dashing against the stone walls, but he will not be able to come in. It is indeed very pleasant to live in old Norway. But where are the lads?"

Where indeed were they? Why, running about the fields, and blowing out the will-o'-the-wisps, who so good-naturedly came and brought their torches.

"What tricks have you been playing?" said the old goblin. "I have taken a mother for you, and now you may take one of your aunts."

But the youngsters said they would rather make a speech and drink to their good fellowship; they had no wish to marry. Then they made speeches and drank toasts, and tipped their glasses, to show that they were empty. Then they took off their coats, and lay down on the table to sleep; for they made themselves quite at home. But the old goblin danced about the room with his young bride, and exchanged boots with her, which is more fashionable than exchanging rings.

"The cock is crowing," said the old elfin maiden who acted as housekeeper; "now we must close the shutters, that the sun may not scorch us."

Then the hill closed up. But the lizards continued to run up and down the riven tree; and one said to the other, "Oh, how much I was pleased with the old goblin!"

"The boys pleased me better," said the earth-worm. But then the poor miserable creature could not see.




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