ESPAÑOL

Los cisnes salvajes

ENGLISH

The wild swans


Lejos de nuestras tierras, allá adonde van las golondrinas cuando el invierno llega a nosotros, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa. Los once hermanos eran príncipes; llevaban una estrella en el pecho y sable al cinto para ir a la escuela; escribían con pizarrín de diamante sobre pizarras de oro, y aprendían de memoria con la misma facilidad con que leían; en seguida se notaba que eran príncipes. Elisa, la hermana, se sentaba en un escabel de reluciente cristal, y tenía un libro de estampas que había costado lo que valía la mitad del reino.
¡Qué bien lo pasaban aquellos niños! Lástima que aquella felicidad no pudiese durar siempre.
Su padre, Rey de todo el país, casó con una reina perversa, que odiaba a los pobres niños. Ya al primer día pudieron ellos darse cuenta. Fue el caso, que había gran gala en todo el palacio, y los pequeños jugaron a «visitas»; pero en vez de recibir pasteles y manzanas asadas como se suele en tales ocasiones, la nueva Reina no les dio más que arena en una taza de té, diciéndoles que imaginaran que era otra cosa.
A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, a vivir con unos labradores, y antes de mucho tiempo le había ya dicho al Rey tantas cosas malas de los príncipes, que éste acabó por desentenderse de ellos.
- ¡A volar por el mundo y apañaros por vuestra cuenta! -exclamó un día la perversa mujer-; ¡a volar como grandes aves sin voz!-. Pero no pudo llegar al extremo de maldad que habría querido; los niños se transformaron en once hermosísimos cisnes salvajes. Con un extraño grito emprendieron el vuelo por las ventanas de palacio, y, cruzando el parque, desaparecieron en el bosque.
Era aún de madrugada cuando pasaron por el lugar donde su hermana Elisa yacía dormida en el cuarto de los campesinos; y aunque describieron varios círculos sobre el tejado, estiraron los largos cuellos y estuvieron aleteando vigorosamente, nadie los oyó ni los vio. Hubieron de proseguir, remontándose basta las nubes, por esos mundos de Dios, y se dirigieron hacia un gran bosque tenebroso que se extendía hasta la misma orilla del mar.
La pobre Elisita seguía en el cuarto de los labradores jugando con una hoja verde, único juguete que poseía. Abriendo en ella un agujero, miró el sol a su través y parecióle como si viera los ojos límpidos de sus hermanos; y cada vez que los rayos del sol le daban en la cara, creía sentir el calor de sus besos.
Pasaban los días, monótonos e iguales. Cuando el viento soplaba por entre los grandes setos de rosales plantados delante de la casa, susurraba a las rosas:
- ¿Qué puede haber más hermoso que vosotras? -. Pero las rosas meneaban la cabeza y respondían: - Elisa es más hermosa -. Cuando la vieja de la casa, sentada los domingos en el umbral, leía su devocionario, el viento le volvía las hojas, y preguntaba al libro: - ¿Quién puede ser más piadoso que tú? - Elisa es más piadosa -replicaba el devocionario; y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad. Porque aquel libro no podía mentir.
Habían convenido en que la niña regresaría a palacio cuando cumpliese los quince años; pero al ver la Reina lo hermosa que era, sintió rencor y odio, y la habría transformado en cisne, como a sus hermanos; sin embargo, no se atrevió a hacerlo en seguida, porque el Rey quería ver a su hija.
Por la mañana, muy temprano, fue la Reina al cuarto de baile, que era todo él de mármol y estaba adornado con espléndidos almohadones y cortinajes, y, cogiendo tres sapos, los besó y dijo al primero:
- Súbete sobre la cabeza de Elisa cuando esté en el baño, para que se vuelva estúpida como tú. Ponte sobre su frente -dijo al segundo-, para que se vuelva como tú de fea, y su padre no la reconozca -. Y al tercero: - Siéntate sobre su corazón e infúndele malos sentimientos, para que sufra -. Echó luego los sapos al agua clara, que inmediatamente se tiñó de verde, y, llamando a Elisa, la desnudó, mandándole entrar en el baño; y al hacerlo, uno de los sapos se le puso en la cabeza, el otro en la frente y el tercero en el pecho, sin que la niña pareciera notario; y en cuanto se incorporó, tres rojas flores de adormidera aparecieron flotando en el agua. Aquellos animales eran ponzoñosos y habían sido besados por la bruja; de lo contrario, se habrían transformado en rosas encarnadas. Sin embargo, se convirtieron en flores, por el solo hecho de haber estado sobre la cabeza y sobre el corazón de la princesa, la cual era, demasiado buena e inocente para que los hechizos tuviesen acción sobre ella.
Al verlo la malvada Reina, frotóla con jugo de nuez, de modo que su cuerpo adquirió un tinte pardo negruzco; untóle luego la cara con una pomada apestosa y le desgreñó el cabello. Era imposible reconocer a la hermosa Elisa.
Por eso se asustó su padre al verla, y dijo que no era su hija. Nadie la reconoció, excepto el perro mastín y las golondrinas; pero eran pobres animales cuya opinión no contaba.
La pobre Elisa rompió a llorar, pensando en sus once hermanos ausentes. Salió, angustiada, de palacio, y durante todo el día estuvo vagando por campos y eriales, adentrándose en el bosque inmenso. No sabía adónde dirigirse, pero se sentía acongojada y anhelante de encontrar a sus hermanos, que a buen seguro andarían también vagando por el amplio mundo. Hizo el propósito de buscarlos.
Llevaba poco rato en el bosque, cuando se hizo de noche; la doncella había perdido el camino. Tendióse sobre el blando musgo, y, rezadas sus oraciones vespertinas, reclinó la cabeza sobre un tronco de árbol. Reinaba un silencio absoluto, el aire estaba tibio, y en la hierba y el musgo que la rodeaban lucían las verdes lucecitas de centenares de luciérnagas, cuando tocaba con la mano una de las ramas, los insectos luminosos caían al suelo como estrellas fugaces.
Toda la noche estuvo soñando en sus hermanos. De nuevo los veía de niños, jugando, escribiendo en la pizarra de oro con pizarrín de diamante y contemplando el maravilloso libro de estampas que había costado medio reino; pero no escribían en el tablero, como antes, ceros y rasgos, sino las osadísimas gestas que habían realizado y todas las cosas que habían visto y vivido; y en el libro todo cobraba vida, los pájaros cantaban, y las personas salían de las páginas y hablaban con Elisa y sus hermanos; pero cuando volvía la hoja saltaban de nuevo al interior, para que no se produjesen confusiones en el texto.
Cuando despertó, el sol estaba ya alto sobre el horizonte. Elisa no podía verlo, pues los altos árboles formaban un techo de espesas ramas; pero los rayos jugueteaban allá fuera como un ondeante velo de oro. El campo esparcía sus aromas, y las avecillas venían a posarse casi en sus hombros; oía el chapoteo del agua, pues fluían en aquellos alrededores muchas y caudalosas fuentes, que iban a desaguar en un lago de límpido fondo arenoso. Había, si, matorrales muy espesos, pero en un punto los ciervos habían hecho una ancha abertura, y por ella bajó Elisa al agua. Era ésta tan cristalina, que, de no haber agitado el viento las ramas y matas, la muchacha habría podido pensar que estaban pintadas en el suelo; tal era la claridad con que se reflejaba cada hoja, tanto las bañadas por el sol como las que se hallaban en la sombra.
Al ver su propio rostro tuvo un gran sobresalto, tan negro y feo era; pero en cuanto se hubo frotado los ojos y la frente con la mano mojada, volvió a brillar su blanquísima piel. Se desnudó y metióse en el agua pura; en el mundo entero no se habría encontrado una princesa tan hermosa como ella.
Vestida ya de nuevo y trenzado el largo cabello, se dirigió a la fuente borboteante, bebió del hueco de la mano y prosiguió su marcha por el bosque, a la ventura, sin saber adónde. Pensaba en sus hermanos y en Dios misericordioso, que seguramente no la abandonaría: El hacía crecer las manzanas silvestres para alimentar a los hambrientos; y la guió hasta uno de aquellos árboles, cuyas ramas se doblaban bajo el peso del fruto. Comió de él, y, después de colocar apoyos para las ramas, adentróse en la parte más oscura de la selva. Reinaba allí un silencio tan profundo, que la muchacha oía el rumor de sus propios pasos y el de las hojas secas, que se doblaban bajo sus pies. No se veía ni un pájaro: ni un rayo de sol se filtraba por entre las corpulentas y densas ramas de los árboles, cuyos altos troncos estaban tan cerca unos de otros, que, al mirar la doncella a lo alto, parecíale verse rodeada por un enrejado de vigas. Era una soledad como nunca había conocido.
La noche siguiente fue muy oscura; ni una diminuta luciérnaga brillaba en el musgo. Ella se echó, triste, a dormir, y entonces tuvo la impresión de que se apartaban las ramas extendidas encima de su cabeza y que Dios Nuestro Señor la miraba con ojos bondadosos, mientras unos angelitos le rodeaban y asomaban por entre sus brazos.
Al despertarse por la mañana, no sabía si había soñado o si todo aquello había sido realidad.
Anduvo unos pasos y se encontró con una vieja que llevaba bayas en una cesta. La mujer le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si por casualidad había visto a los once príncipes cabalgando por el bosque. - No -respondió la vieja-, pero ayer vi once cisnes, con coronas de oro en la cabeza, que iban río abajo.
Acompañó a Elisa un trecho, hasta una ladera a cuyo pie serpenteaba un riachuelo. Los árboles de sus orillas extendían sus largas y frondosas ramas al encuentro unas de otras, y allí donde no se alcanzaban por su crecimiento natural, las raíces salían al exterior y formaban un entretejido por encima del agua.
Elisa dijo adiós a la vieja y siguió por la margen del río, hasta el punto en que éste se vertía en el gran mar abierto.
Frente a la doncella se extendía el soberbio océano, pero en él no se divisaba ni una vela, ni un bote. ¿Cómo seguir adelante? Consideró las innúmeras piedrecitas de la playa, redondeadas y pulimentadas por el agua. Cristal, hierro, piedra, todo lo acumulado allí había sido moldeado por el agua, a pesar de ser ésta mucho más blanda que su mano. «La ola se mueve incesantemente y así alisa las cosas duras; pues yo seré tan incansable como ella. Gracias por vuestra lección, olas claras y saltarinas; algún día, me lo dice el corazón, me llevaréis al lado de mis hermanos queridos».
Entre las algas arrojadas por el mar a la playa yacían once blancas plumas de cisne, que la niña recogió, haciendo un haz con ellas. Estaban cuajadas de gotitas de agua, rocío o lágrimas, ¿quién sabe?. Se hallaba sola en la orilla, pero no sentía la soledad, pues el mar cambiaba constantemente; en unas horas se transformaba más veces que los lagos en todo un año. Si avanzaba una gran nube negra, el mar parecía decir: «¡Ved, qué tenebroso puedo ponerme!». Luego soplaba viento, y las olas volvían al exterior su parte blanca. Pero si las nubes eran de color rojo y los vientos dormían, el mar podía compararse con un pétalo de rosa; era ya verde, ya blanco, aunque por mucha calma que en él reinara, en la orilla siempre se percibía un leve movimiento; el agua se levantaba débilmente, como el pecho de un niño dormido.
A la hora del ocaso, Elisa vio que se acercaban volando once cisnes salvajes coronados de oro; iban alineados, uno tras otro, formando una larga cinta blanca. Elisa remontó la ladera y se escondió detrás de un matorral; los cisnes se posaron muy cerca de ella, agitando las grandes alas blancas.
No bien el sol hubo desaparecido bajo el horizonte, desprendióse el plumaje de las aves y aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de Elisa. Lanzó ella un agudo grito, pues aunque sus hermanos habían cambiado mucho, la muchacha comprendió que eran ellos; algo en su interior le dijo que no podían ser otros. Se arrojó en sus brazos, llamándolos por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y tan hermosa. Reían y lloraban a la vez, y pronto se contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra.
- Nosotros - dijo el hermano mayor- volamos convertidos en cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo; pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura humana; por eso debemos cuidar siempre de tener un punto de apoyo para los pies a la hora del anochecer, pues entonces si volásemos haca las nubes, nos precipitaríamos al abismo al recuperar nuestra condición de hombres. No habitamos aquí; allende el océano hay una tierra tan hermosa como ésta, pero el camino es muy largo, a través de todo el mar, y sin islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge de las aguas, justo para descansar en él pegados unos a otros; y si el mar está muy movido, sus olas saltan por encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios de que la roca esté allí. En ella pasamos la noche en figura humana; si no la hubiera, nunca podríamos visitar nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva dos de los días más largos del año. Una sola vez al año podemos volver a la patria, donde nos está permitido permanecer por espacio de once días, volando por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio en que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Estando allí, nos parece como si árboles y matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos salvajes corren por la estepa, como los vimos en nuestra infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria, que nos atrae y en la que te hemos encontrado, hermanita querida. Tenemos aún dos días para quedarnos aquí, pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte con nosotros? no poseemos ningún barco, ni un mísero bote, nada en absoluto que pueda flotar.
- ¿Cómo podría yo redimiros? -preguntó la muchacha.
Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien pocas horas.
Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban volando sobre su cabeza. Sus hermanos, transformados de nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en tierra; reclinó la cabeza en su regazo y ella le acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el día. Al anochecer regresaron los otros, y cuando el sol se puso recobraron todos su figura natural.
- Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta dentro de un año; pero no podemos dejarte de este modo. ¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo es lo bastante robusto para llevarte a través del bosque, y, ¿no tendremos entre todos la fuerza suficiente para transportarte volando por encima del mar?
- ¡Sí, llevadme con vosotros! -dijo Elisa.
Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente red con juncos y flexible corteza de sauce. Tendióse en ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red con los picos, echaron a volar con su hermanita, que aún dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno de los cisnes se situó volando sobre su cabeza, para hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.
Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despertó. Creía soñar aún, pues tan extraño le parecía verse en los aires, transportada por encima del mar. A su lado tenía una rama llena de exquisitas bayas rojas y un manojo de raíces aromáticas. El hermano menor las había recogido y puesto junto a ella.
Elisa le dirigió una sonrisa de gratitud, pues lo reconoció; era el que volaba encima de su cabeza, haciéndole sombra con las alas.
Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies parecía una blanca gaviota posada sobre el agua. Tenían a sus espaldas una gran nube; era una montaña, en la que se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes: ello demostraba la enorme altura de su vuelo. El cuadro era magnífico, como jamás viera la muchacha; pero al elevarse más el sol y quedar rezagada la nube, se desvaneció la hermosa silueta.
Siguieron volando durante todo el día, raudos como zumbantes saetas; y, sin embargo, llevaban menos velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de la hermanita. Se levantó mal tiempo, y el atardecer se acercaba; Elisa veía angustiada cómo el sol iba hacia su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en la superficie del mar. Dábase cuenta de que los cisnes aleteaban con mayor fuerza. ¡Ah!, ella tenía la culpa de que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al desaparecer el sol se transformarían en seres humanos, se precipitarían en el mar y se ahogarían. Desde el fondo de su corazón elevó una plegaria a Dios misericordioso, pero el acantilado no aparecía. Los negros nubarrones se aproximaban por momentos, y las fuertes ráfagas de viento anunciaban la tempestad. Las nubes formaban un único arco, grande y amenazador, que se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se sucedían sin interrupción.
El sol se hallaba ya al nivel del mar. A Elisa le palpitaba el corazón; los cisnes descendieron bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la sensación de caerse; pero en seguida reanudaron el vuelo. El círculo solar había desaparecido en su mitad debajo del horizonte cuando Elisa distinguió por primera vez el arrecife al fondo, tan pequeño, que habríase dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El sol seguía ocultándose rápidamente, ya no era mayor que una estrella, cuando su pie tocó tierra firme, y en aquel mismo momento el astro del día se apagó cual la última chispa en un papel encendido. Vio a sus hermanos rodeándola, cogidos todos del brazo; había el sitio justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando sobre ellos una lluvia de agua pulverizada; el cielo parecía una enorme hoguera, y los truenos retumbaban sin interrupción. Los hermanos, cogidos de las manos, cantaban salmos y encontraban en ellos confianza y valor.
Al amanecer, el cielo, purísimo, estaba en calma; no bien salió el sol, los cisnes reemprendieron el vuelo, alejándose de la isla con Elisa. El mar seguía aún muy agitado; cuando los viajeros estuvieron a gran altura, parecióles como si las blancas crestas de espuma, que se destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones de cisnes nadando entre las olas.
Al elevarse más el sol, Elisa vio ante sí, a lo lejos, flotando en el aire, una tierra montañosa, con las rocas cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se extendía un palacio, que bien mediría una milla de longitud, con atrevidas columnatas superpuestas; debajo ondeaban palmerales y magníficas flores, grandes como ruedas
de molino. Preguntó si era aquél el país de destino, pero los cisnes sacudieron la cabeza negativamente; lo que veía era el soberbio castillo de nubes de la Fata Morgana, eternamente cambiante; no había allí lugar para criaturas humanas. Elisa clavó en él la mirada y vio cómo se derrumbaban las montañas, los bosques y el castillo, quedando reemplazados por veinte altivos templos, todos iguales, con altas torres y ventanales puntiagudos. Creyó oír los sones de los órganos, pero lo que en realidad oía era el rumor del mar. Estaba ya muy cerca de los templos cuando éstos se transformaron en una gran flota que navegaba debajo de ella; y al mirar al fondo vio que eran brumas marinas deslizándose sobre las aguas. Visiones constantemente cambiantes desfilaban ante sus ojos, hasta que al fin vislumbró la tierra real, término de su viaje, con grandiosas montañas azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades y palacios. Mucho antes de la puesta del sol encontróse en la cima de una roca, frente a una gran cueva revestida de delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a bordadas alfombras.
- Vamos a ver lo que sueñas aquí esta noche -dijo el menor de los hermanos, mostrándole el dormitorio.
- ¡Quiera el Cielo que sueñe la manera de salvaros! -respondió ella; aquella idea no se le iba de la mente, y rogaba a Dios de todo corazón pidiéndole ayuda; hasta en sueños le rezaba. Y he aquí que le pareció como si saliera volando a gran altura, hacia el castillo de la Fata Morgana; el hada, hermosísima y reluciente, salía a su encuentro; y, sin embargo, se parecía a la vieja que le había dado bayas en el bosque y hablado de los cisnes con coronas de oro.
- Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero, ¿tendrás tú valor y constancia suficientes? Cierto que el agua moldea las piedras a pesar de ser más blanda que tus finas manos, pero no siente el dolor que sentirán tus dedos, y no tiene corazón, no experimenta la angustia y la pena que tú habrás de soportar. ¿Ves esta ortiga que tengo en la mano? Pues alrededor de la cueva en que duermes crecen muchas de su especie, pero fíjate bien en que únicamente sirven las que crecen en las tumbas del cementerio. Tendrás que recogerlas, por más que te llenen las manos de ampollas ardientes; rompe las ortigas con los pies y obtendrás lino, con el cual tejerás once camisones; los echas sobre los once cisnes, y el embrujo desaparecerá. Pero recuerda bien que desde el instante en que empieces la labor hasta que la termines no te está permitido pronunciar una palabra, aunque el trabajo dure años. A la primera que pronuncies, un puñal homicida se hundirá en el corazón de tus hermanos. De tu lengua depende sus vidas. No olvides nada de lo que te he dicho.
El hada tocó entonces con la ortiga la mano de la dormida doncella, y ésta despertó como al contacto del fuego. Era ya pleno día, y muy cerca del lugar donde había dormido crecía una ortiga idéntica a la que viera en sueños. Cayó de rodillas para dar gracias a Dios misericordioso y salió de la cueva dispuesta a iniciar su trabajo.
Cogió con sus delicadas manos las horribles plantas, que quemaban como fuego, y se le formaron grandes ampollas en manos y brazos; pero todo lo resistía gustosamente, con tal de poder liberar a sus hermanos. Partió las ortigas con los pies descalzos y trenzó el verde lino.
Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se asustaron al encontrar a Elisa muda. Creyeron que se trataba de algún nuevo embrujo de su perversa madrastra; pero al ver sus manos, comprendieron el sacrificio que su hermana se había impuesto por su amor; el más pequeño rompió a llorar, y donde caían sus lágrimas se le mitigaban los dolores y le desaparecían las abrasadoras ampollas.
Pasó la noche trabajando, pues no quería tomarse un momento de descanso hasta que hubiese redimido a sus hermanos queridos; y continuó durante todo el día siguiente, en ausencia de los cisnes; y aunque estaba sola, nunca pasó para ella el tiempo tan de prisa. Tenía ya terminado un camisón y comenzó el segundo.
En esto resonó un cuerno de caza en las montañas, y la princesa se asustó. Los sones se acercaban progresivamente, acompañados de ladridos de perros, por lo que Elisa corrió a ocultarse en la cueva y, atando en un fajo las ortigas que había recogido y peinado, sentóse encima.
En aquel mismo momento apareció en el valle, saltando, un enorme perro, seguido muy pronto de otros, que ladraban y corrían de uno a otro lado. Poco después todos los cazadores estaban delante de la gruta; el más apuesto era el rey del país. Acercóse a Elisa; nunca había visto a una muchacha tan bella.
- ¿Cómo llegaste aquí, preciosa? -dijo. Elisa sacudió la cabeza, pues no podía hablar: iba en ello la redención y la vida de sus hermanos; y ocultó la manos debajo del delantal para que el Rey no viese el dolor que la afligía.
- Vente conmigo -dijo el príncipe-, no puedes seguir aquí. Si eres tan buena como hermosa, te vestiré de seda y terciopelo, te pondré la corona de oro en la cabeza y vivirás en el más espléndido de mis palacios -y así diciendo la subió sobre su caballo.
Ella lloraba y agitaba las manos, pero el Rey dijo:
- Sólo quiero tu felicidad. Un día me lo agradecerás -. Y se alejaron todos por entre las montañas, montada ella delante y escoltada de los demás cazadores.
Al ponerse el sol llegaron a la vista de la hermosa capital del reino, con sus iglesias y cúpulas. El Soberano la condujo a palacio, un soberbio edificio con grandes surtidores en las altas salas de mármol; las paredes y techos estaban cubiertos de pinturas; pero Elisa no veía nada, sus ojos estaban henchidos de lágrimas, y su alma, de tristeza; indiferente a todo, dejóse poner vestidos reales, perlas en el cabello y guantes en las inflamadas manos.
Así ataviada, su belleza era tan deslumbrante, que toda la Corte se inclinó respetuosamente ante ella; y el Rey la proclamó su novia, pese a que el arzobispo sacudía la cabeza y murmuraba que seguramente la doncella del bosque era una bruja, que había ofuscado los ojos y trastornado el corazón del Rey.
Éste, empero, no le hizo caso y mandó que tocase la música, sirviesen los manjares más exquisitos y bailasen las muchachas más lindas; luego la condujo a unos magníficos salones, pasando por olorosos jardines. Pero ni la más leve sonrisa se dibujó en sus labios ni se reflejó en sus ojos, llenos de tristeza. El Rey abrió una pequeña habitación destinada a dormitorio de Elisa; estaba adornada con preciosos tapices verdes, y se parecía sorprendentemente a la gruta que le había servido de refugio. En el suelo había el fajo de lino hilado de las ortigas, y debajo de la manta, el camisón ya terminado. Todo lo había traído uno de los cazadores.
- Aquí podrás imaginarte que estás en tu antiguo hogar -le dijo el Rey-. Ahí tienes el trabajo en que te ocupabas; en medio de todo este esplendor te agradará recordar aquellos tiempos.
Al ver Elisa aquellas cosas tan queridas de su corazón, sintió que una sonrisa se dibujaba en su boca y que la sangre afluía de nuevo a sus mejillas. Pensó en la salvación de sus hermanos y besó la mano del Rey, quien la estrechó contra su pecho y dio orden de que las campanas de las iglesias anunciasen la próxima boda. La hermosa y muda doncella del bosque iba a ser reina del país.
El arzobispo no cesaba de murmurar palabras malévolas a los oídos del Rey, pero no penetraban en su corazón, pues estaba firmemente decidido a celebrar la boda. El propio arzobispo tuvo que poner la corona a la nueva soberana; en su enojo, se la encasquetó hasta la frente, con tal violencia que le hizo daño. Pero mayor era la opresión que la nueva reina sentía en el pecho: la angustia por sus hermanos; y esta pena del alma le impedía notar los sufrimientos del cuerpo. Su boca seguía muda, pues una sola palabra habría costado la vida a sus hermanos; mas sus ojos expresaban un amor sincero por aquel rey bueno y apuesto, que se desvivía por complacerla. De día en día iba queriéndolo más tiernamente, y sólo deseaba poder comunicarle sus penas. Pero no tenía más remedio que seguir muda, y muda debía terminar su tarea. Por eso, durante la noche se deslizaba de su lado y, yendo al pequeño aposento adornado como la gruta, confeccionaba los camisones, uno tras otro; pero al disponerse a empezar el séptimo, vio que se le había terminado el lino.
No ignoraba que en el cementerio crecían las ortigas que necesitaba; pero debía cogerlas ella misma. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo salir sin ser observada?
«¡Ah, qué representa el dolor de mis dedos comparado con el tormento que sufre mi corazón! -pensaba-. Es necesario que me aventure. Nuestro Señor no retirará de mí su mano bondadosa». Angustiada, como si fuese a cometer una mala acción, salió a hurtadillas al jardín. A la luz de la luna, siguió por las largas avenidas y por las calles solitarias, dirigiéndose al cementerio. Sentadas en una gran losa funeraria vio un corro de feas brujas; y presenció cómo se despojaban de sus harapos, cual si se dispusieran a bañarse, y con los dedos largos y escuálidos extraía la tierra de las sepulturas recientes, sacaban los cadáveres y devoraban su carne. Elisa hubo de pasar cerca de ellas y fue blanco de sus malas miradas, pero la muchacha, orando en silencio, recogió sus ortigas y las llevó a palacio.
Una sola persona la había visto, el arzobispo, el cual velaba mientras los demás dormían. Así, pues, había tenido razón al sospechar que la Reina era una bruja; por eso había hechizado al Rey y a todo el pueblo.
En el confesionario comunicó al Rey lo que había visto y lo que temía; y cuando las duras palabras salieron de su boca, los santos de talla menearon las cabezas, como diciendo: «No es verdad, Elisa es inocente». Pero el arzobispo interpretó el gesto de modo distinto; pensó que declaraban contra ella y que eran sus pecados los que hacían agitar las cabezas de los santos. Dos gruesas lágrimas rodaron por 1as mejillas del Rey, y volvió a palacio con la duda en el corazón. A la noche siguiente simuló dormir, aunque el sueño no había acudido a sus ojos, vio cómo Elisa se levantaba, y lo mismo se repitió en las noches siguientes; y, siguiéndola, la veía desaparecer en el aposento.
Su semblante se tornaba cada día más sombrío. Elisa se daba cuenta, sin comprender el motivo, y, angustiada, sufría cada vez más en su corazón por sus hermanos. Sus ardientes lágrimas fluían por el terciopelo y la púrpura reales, depositándose cual diamantes purísimos; y todos los que veían el rico esplendor de sus ropas la envidiaban por ser Reina. Estaba ya a punto de terminar su tarea; y sólo le faltaba un camisón; pero no le quedaba ya ni lino ni ortigas. Por tanto, tuvo que dirigirse por última vez al cementerio a recoger unos manojos. Pensó con angustia en la solitaria expedición y en las horribles brujas, pero su voluntad seguía firme, como su confianza en Dios.
Salió Elisa, seguida por el Rey y el arzobispo, quienes la vieron desaparecer tras la reja, y al acercarse vieron también las brujas sentadas en las losas sepulcrales; y el Rey se volvió, convencido de que era una de ellas la que aquella misma noche había reclinado aún la cabeza sobre su pecho.
- ¡Que el pueblo la juzgue! -dijo; y el pueblo sentenció que fuese quemada viva.
De los lujosos salones de palacio la condujeron a un calabozo oscuro y húmedo, donde el viento silbaba a través de la reja. En vez de terciopelo y seda, diéronle el montón de ortigas que había recogido, para que le sirviesen de almohada; los burdos y ardorosos camisones que había confeccionado serían sus mantas; y, sin embargo, aquello era lo mejor que podían darle; reanudó su trabajo y elevó sus preces a Dios. Fuera, los golfos callejeros le cantaban canciones insultantes; ni un alma acudía a prodigarle palabras de consuelo.
Hacia el anochecer oyó delante de la reja el rumor de las alas de un cisne; era su hermano menor, que había encontrado a su hermana. Prorrumpió ésta en sollozos de alegría, a pesar de saber que aquella noche sería probablemente la última de su existencia. Pero tenía el trabajo casi terminado, y sus hermanos estaban allí.
Presentóse el arzobispo para asistirla en su última hora, como había prometido al Rey; mas ella meneó la cabeza, y con la mirada y el gesto le pidió que se marchase. Aquella noche debía terminar su tarea; de otro modo, todo habría sido inútil: el dolor, las lágrimas, las largas noches en vela. El prelado se alejó dirigiéndole palabras de enojo, mas la pobre Elisa sabía que era inocente y prosiguió su labor.
Los ratoncillos corrían por el suelo, acercándole las ortigas a sus pies, deseosos de ayudarla, y un tordo se posó en la reja de la cárcel y estuvo cantando toda la noche sus más alegres canciones, para infundir valor a Elisa.
Rayaba ya el alba; faltaba una hora para salir el sol, cuando los once hermanos se presentaron a la puerta de palacio, suplicando ser conducidos a presencia del Rey. Imposible -se les respondió-, era de noche todavía, el Soberano estaba durmiendo y no se le podía despertar. Rogaron, amenazaron, vino la guardia, y el propio Rey salió preguntando qué significaba aquello. En aquel momento salió el sol y desaparecieron los hermanos, pero once cisnes salvajes volaron encima del palacio.
Por la puerta de la ciudad afluía una gran multitud; el pueblo quería asistir a la quema de la bruja. Un viejo jamelgo tiraba de la carreta en que ésta era conducida, cubierta con una túnica de ruda arpillera, suelto el hermoso cabello alrededor de la cabeza, una palidez de muerte pintada en las mejillas. Sus labios se movían levemente, mientras los dedos seguían tejiendo el verde lino. Ni siquiera camino del suplicio interrumpía Elisa su trabajo; a sus pies se amontonaban diez camisones, y estaba terminando el último. El populacho la escarnecía:
- ¡Mirad la bruja cómo murmura! No lleva en la mano un devocionario, no, sigue con sus brujerías. ¡Destrozadla en mil pedazos!
Lanzáronse hacia ella para arrancarle los camisones, y en el mismo momento acudieron volando once blancos cisnes, que se posaron a su alrededor en la carreta, agitando las grandes alas. Al verlo, la muchedumbre retrocedió aterrorizada.
- ¡Es un signo del cielo! ¡No cabe duda de que es inocente! -decían muchos en voz baja; pero no se atrevían a expresarse de otro modo.
El verdugo la agarró de la mano, y entonces ella echó rápidamente los once camisones sobre los cisnes, que en el acto quedaron transformados en otros tantos gallardos príncipes; sólo el menor tenía un ala en lugar de un brazo, pues faltaba una manga a su camisón; la muchacha no había tenido tiempo de terminarlo.
- Ahora ya puedo hablar -exclamó-. ¡Soy inocente! El pueblo, al ver lo ocurrido, postróse ante ella como ante una santa; pero Elisa cayó desmayada en brazos de sus hermanos, no pudiendo resistir tantas emociones, angustias y dolores.
- ¡Sí, es inocente! -gritó el hermano mayor, y contó al pueblo todo lo sucedido, y mientras hablaba esparcióse una fragancia como de millones de rosas, pues cada pedazo de leña de la hoguera había echado raíces y proyectaba ramas. Era un seto aromático, alto y cuajado de rosas encarnadas, con una flor en la cumbre, blanca y brillante como una estrella. Cortóla el Rey y la puso en el pecho de Elisa, la cual volvió en sí, lleno el corazón de paz y felicidad,
Las campanas de todas las iglesias se pusieron a repicar por sí mismas y los pájaros acudieron en grandes bandadas; para regresar a palacio se organizó una cabalgata como, jamás la viera un rey.
Far away in the land to which the swallows fly when it is winter, dwelt a king who had eleven sons, and on daughter, named Eliza. The eleven brothers were princes, and each went to school with a star on his breast, and a sword by his side. They wrote with diamond pencils on gold slates, and learnt their lessons so quickly and read so easily that every one might know they were princes. Their sister Eliza sat on a little stool of plate-glass, and had a book full of pictures, which had cost as much as half a kingdom.

Oh, these children were indeed happy, but it was not to remain so always.

Their father, who was king of the country, married a very wicked queen, who did not love the poor children at all. They knew this from the very first day after the wedding. In the palace there were great festivities, and the children played at receiving company; but instead of having, as usual, all the cakes and apples that were left, she gave them some sand in a tea-cup, and told them to pretend it was cake.

The week after, she sent little Eliza into the country to a peasant and his wife, and then she told the king so many untrue things about the young princes, that he gave himself no more trouble respecting them.

"Go out into the world and get your own living," said the queen. "Fly like great birds, who have no voice." But she could not make them ugly as she wished, for they were turned into eleven beautiful wild swans. Then, with a strange cry, they flew through the windows of the palace, over the park, to the forest beyond.

It was early morning when they passed the peasant's cottage, where their sister Eliza lay asleep in her room. They hovered over the roof, twisted their long necks and flapped their wings, but no one heard them or saw them, so they were at last obliged to fly away, high up in the clouds; and over the wide world they flew till they came to a thick, dark wood, which stretched far away to the seashore.

Poor little Eliza was alone in her room playing with a green leaf, for she had no other playthings, and she pierced a hole through the leaf, and looked through it at the sun, and it was as if she saw her brothers' clear eyes, and when the warm sun shone on her cheeks, she thought of all the kisses they had given her.

One day passed just like another; sometimes the winds rustled through the leaves of the rose-bush, and would whisper to the roses, "Who can be more beautiful than you!" But the roses would shake their heads, and say, "Eliza is." And when the old woman sat at the cottage door on Sunday, and read her hymn-book, the wind would flutter the leaves, and say to the book, "Who can be more pious than you?" and then the hymn-book would answer "Eliza." And the roses and the hymn-book told the real truth.

At fifteen she returned home, but when the queen saw how beautiful she was, she became full of spite and hatred towards her. Willingly would she have turned her into a swan, like her brothers, but she did not dare to do so yet, because the king wished to see his daughter.

Early one morning the queen went into the bath-room; it was built of marble, and had soft cushions, trimmed with the most beautiful tapestry. She took three toads with her, and kissed them, and said to one, "When Eliza comes to the bath, seat yourself upon her head, that she may become as stupid as you are." Then she said to another, "Place yourself on her forehead, that she may become as ugly as you are, and that her father may not know her." - "Rest on her heart," she whispered to the third, "then she will have evil inclinations, and suffer in consequence." So she put the toads into the clear water, and they turned green immediately. She next called Eliza, and helped her to undress and get into the bath. As Eliza dipped her head under the water, one of the toads sat on her hair, a second on her forehead, and a third on her breast, but she did not seem to notice them, and when she rose out of the water, there were three red poppies floating upon it. Had not the creatures been venomous or been kissed by the witch, they would have been changed into red roses. At all events they became flowers, because they had rested on Eliza's head, and on her heart. She was too good and too innocent for witchcraft to have any power over her.

When the wicked queen saw this, she rubbed her face with walnut-juice, so that she was quite brown; then she tangled her beautiful hair and smeared it with disgusting ointment, till it was quite impossible to recognize the beautiful Eliza.

When her father saw her, he was much shocked, and declared she was not his daughter. No one but the watch-dog and the swallows knew her; and they were only poor animals, and could say nothing.

Then poor Eliza wept, and thought of her eleven brothers, who were all away. Sorrowfully, she stole away from the palace, and walked, the whole day, over fields and moors, till she came to the great forest. She knew not in what direction to go; but she was so unhappy, and longed so for her brothers, who had been, like herself, driven out into the world, that she was determined to seek them.

She had been but a short time in the wood when night came on, and she quite lost the path; so she laid herself down on the soft moss, offered up her evening prayer, and leaned her head against the stump of a tree. All nature was still, and the soft, mild air fanned her forehead. The light of hundreds of glow-worms shone amidst the grass and the moss, like green fire; and if she touched a twig with her hand, ever so lightly, the brilliant insects fell down around her, like shooting-stars.

All night long she dreamt of her brothers. She and they were children again, playing together. She saw them writing with their diamond pencils on golden slates, while she looked at the beautiful picture-book which had cost half a kingdom. They were not writing lines and letters, as they used to do; but descriptions of the noble deeds they had performed, and of all they had discovered and seen. In the picture-book, too, everything was living. The birds sang, and the people came out of the book, and spoke to Eliza and her brothers; but, as the leaves turned over, they darted back again to their places, that all might be in order.

When she awoke, the sun was high in the heavens; yet she could not see him, for the lofty trees spread their branches thickly over her head; but his beams were glancing through the leaves here and there, like a golden mist. There was a sweet fragrance from the fresh green verdure, and the birds almost perched upon her shoulders. She heard water rippling from a number of springs, all flowing in a lake with golden sands. Bushes grew thickly round the lake, and at one spot an opening had been made by a deer, through which Eliza went down to the water. The lake was so clear that, had not the wind rustled the branches of the trees and the bushes, so that they moved, they would have appeared as if painted in the depths of the lake; for every leaf was reflected in the water, whether it stood in the shade or the sunshine.

As soon as Eliza saw her own face, she was quite terrified at finding it so brown and ugly; but when she wetted her little hand, and rubbed her eyes and forehead, the white skin gleamed forth once more; and, after she had undressed, and dipped herself in the fresh water, a more beautiful king's daughter could not be found in the wide world.

As soon as she had dressed herself again, and braided her long hair, she went to the bubbling spring, and drank some water out of the hollow of her hand. Then she wandered far into the forest, not knowing whither she went. She thought of her brothers, and felt sure that God would not forsake her. It is God who makes the wild apples grow in the wood, to satisfy the hungry, and He now led her to one of these trees, which was so loaded with fruit, that the boughs bent beneath the weight. Here she held her noonday repast, placed props under the boughs, and then went into the gloomiest depths of the forest. It was so still that she could hear the sound of her own footsteps, as well as the rustling of every withered leaf which she crushed under her feet. Not a bird was to be seen, not a sunbeam could penetrate through the large, dark boughs of the trees. Their lofty trunks stood so close together, that, when she looked before her, it seemed as if she were enclosed within trellis-work. Such solitude she had never known before.

The night was very dark. Not a single glow-worm glittered in the moss. Sorrowfully she laid herself down to sleep; and, after a while, it seemed to her as if the branches of the trees parted over her head, and that the mild eyes of angels looked down upon her from heaven.

When she awoke in the morning, she knew not whether she had dreamt this, or if it had really been so.

Then she continued her wandering; but she had not gone many steps forward, when she met an old woman with berries in her basket, and she gave her a few to eat. Then Eliza asked her if she had not seen eleven princes riding through the forest.

"No," replied the old woman, "But I saw yesterday eleven swans, with gold crowns on their heads, swimming on the river close by.

" Then she led Eliza a little distance farther to a sloping bank, and at the foot of it wound a little river. The trees on its banks stretched their long leafy branches across the water towards each other, and where the growth prevented them from meeting naturally, the roots had torn themselves away from the ground, so that the branches might mingle their foliage as they hung over the water.

Eliza bade the old woman farewell, and walked by the flowing river, till she reached the shore of the open sea.

And there, before the young maiden's eyes, lay the glorious ocean, but not a sail appeared on its surface, not even a boat could be seen. How was she to go farther? She noticed how the countless pebbles on the sea-shore had been smoothed and rounded by the action of the water. Glass, iron, stones, everything that lay there mingled together, had taken its shape from the same power, and felt as smooth, or even smoother than her own delicate hand. "The water rolls on without weariness," she said, "till all that is hard becomes smooth; so will I be unwearied in my task. Thanks for your lessons, bright rolling waves; my heart tells me you will lead me to my dear brothers."

On the foam-covered sea-weeds, lay eleven white swan feathers, which she gathered up and placed together. Drops of water lay upon them; whether they were dew-drops or tears no one could say. Lonely as it was on the sea-shore, she did not observe it, for the ever-moving sea showed more changes in a few hours than the most varying lake could produce during a whole year. If a black heavy cloud arose, it was as if the sea said, "I can look dark and angry too;" and then the wind blew, and the waves turned to white foam as they rolled. When the wind slept, and the clouds glowed with the red sunlight, then the sea looked like a rose leaf. But however quietly its white glassy surface rested, there was still a motion on the shore, as its waves rose and fell like the breast of a sleeping child.

When the sun was about to set, Eliza saw eleven white swans with golden crowns on their heads, flying towards the land, one behind the other, like a long white ribbon. Then Eliza went down the slope from the shore, and hid herself behind the bushes. The swans alighted quite close to her and flapped their great white wings.

As soon as the sun had disappeared under the water, the feathers of the swans fell off, and eleven beautiful princes, Eliza's brothers, stood near her. She uttered a loud cry, for, although they were very much changed, she knew them immediately. She sprang into their arms, and called them each by name. Then, how happy the princes were at meeting their little sister again, for they recognized her, although she had grown so tall and beautiful. They laughed, and they wept, and very soon understood how wickedly their mother had acted to them all.

"We brothers," said the eldest, "fly about as wild swans, so long as the sun is in the sky; but as soon as it sinks behind the hills, we recover our human shape. Therefore must we always be near a resting place for our feet before sunset; for if we should be flying towards the clouds at the time we recovered our natural shape as men, we should sink deep into the sea. We do not dwell here, but in a land just as fair, that lies beyond the ocean, which we have to cross for a long distance; there is no island in our passage upon which we could pass, the night; nothing but a little rock rising out of the sea, upon which we can scarcely stand with safety, even closely crowded together. If the sea is rough, the foam dashes over us, yet we thank God even for this rock; we have passed whole nights upon it, or we should never have reached our beloved fatherland, for our flight across the sea occupies two of the longest days in the year. We have permission to visit out home once in every year, and to remain eleven days, during which we fly across the forest to look once more at the palace where our father dwells, and where we were born, and at the church, where our mother lies buried. Here it seems as if the very trees and bushes were related to us. The wild horses leap over the plains as we have seen them in our childhood. The charcoal burners sing the old songs, to which we have danced as children. This is our fatherland, to which we are drawn by loving ties; and here we have found you, our dear little sister., Two days longer we can remain here, and then must we fly away to a beautiful land which is not our home; and how can we take you with us? We have neither ship nor boat."

"How can I break this spell?" said their sister.

And then she talked about it nearly the whole night, only slumbering for a few hours.

Eliza was awakened by the rustling of the swans' wings as they soared above. Her brothers were again changed to swans, and they flew in circles wider and wider, till they were far away; but one of them, the youngest swan, remained behind, and laid his head in his sister's lap, while she stroked his wings; and they remained together the whole day. Towards evening, the rest came back, and as the sun went down they resumed their natural forms.

"To-morrow," said one, "we shall fly away, not to return again till a whole year has passed. But we cannot leave you here. Have you courage to go with us? My arm is strong enough to carry you through the wood; and will not all our wings be strong enough to fly with you over the sea?"

"Yes, take me with you," said Eliza.

Then they spent the whole night in weaving a net with the pliant willow and rushes. It was very large and strong. Eliza laid herself down on the net, and when the sun rose, and her brothers again became wild swans, they took up the net with their beaks, and flew up to the clouds with their dear sister, who still slept. The sunbeams fell on her face, therefore one of the swans soared over her head, so that his broad wings might shade her.

They were far from the land when Eliza woke. She thought she must still be dreaming, it seemed so strange to her to feel herself being carried so high in the air over the sea. By her side lay a branch full of beautiful ripe berries, and a bundle of sweet roots; the youngest of her brothers had gathered them for her, and placed them by her side. She smiled her thanks to him; she knew it was the same who had hovered over her to shade her with his wings.

They were now so high, that a large ship beneath them looked like a white sea-gull skimming the waves. A great cloud floating behind them appeared like a vast mountain, and upon it Eliza saw her own shadow and those of the eleven swans, looking gigantic in size. Altogether it formed a more beautiful picture than she had ever seen; but as the sun rose higher, and the clouds were left behind, the shadowy picture vanished away.

Onward the whole day they flew through the air like a winged arrow, yet more slowly than usual, for they had their sister to carry. The weather seemed inclined to be stormy, and Eliza watched the sinking sun with great anxiety, for the little rock in the ocean was not yet in sight. It appeared to her as if the swans were making great efforts with their wings. Alas! she was the cause of their not advancing more quickly. When the sun set, they would change to men, fall into the sea and be drowned. Then she offered a prayer from her inmost heart, but still no appearance of the rock. Dark clouds came nearer, the gusts of wind told of a coming storm, while from a thick, heavy mass of clouds the lightning burst forth flash after flash.

The sun had reached the edge of the sea, when the swans darted down so swiftly, that Eliza's head trembled; she believed they were falling, but they again soared onward. Presently she caught sight of the rock just below them, and by this time the sun was half hidden by the waves. The rock did not appear larger than a seal's head thrust out of the water. They sunk so rapidly, that at the moment their feet touched the rock, it shone only like a star, and at last disappeared like the last spark in a piece of burnt paper. Then she saw her brothers standing closely round her with their arms linked together. There was but just room enough for them, and not the smallest space to spare. The sea dashed against the rock, and covered them with spray. The heavens were lighted up with continual flashes, and peal after peal of thunder rolled. But the sister and brothers sat holding each other's hands, and singing hymns, from which they gained hope and courage.

In the early dawn the air became calm and still, and at sunrise the swans flew away from the rock with Eliza. The sea was still rough, and from their high position in the air, the white foam on the dark green waves looked like millions of swans swimming on the water.

As the sun rose higher, Eliza saw before her, floating on the air, a range of mountains, with shining masses of ice on their summits. In the centre, rose a castle apparently a mile long, with rows of columns, rising one above another, while, around it, palm-trees waved and flowers bloomed as large as mill wheels. She asked if this was the land to which they were hastening. The swans shook their heads, for what she beheld were the beautiful ever-changing cloud palaces of the "Fata Morgana," into which no mortal can enter. Eliza was still gazing at the scene, when mountains, forests, and castles melted away, and twenty stately churches rose in their stead, with high towers and pointed gothic windows. Eliza even fancied she could hear the tones of the organ, but it was the music of the murmuring sea which she heard. As they drew nearer to the churches, they also changed into a fleet of ships, which seemed to be sailing beneath her; but as she looked again, she found it was only a sea mist gliding over the ocean. So there continued to pass before her eyes a constant change of scene, till at last she saw the real land to which they were bound, with its blue mountains, its cedar forests, and its cities and palaces. Long before the sun went down, she sat on a rock, in front of a large cave, on the floor of which the over-grown yet delicate green creeping plants looked like an embroidered carpet.

"Now we shall expect to hear what you dream of to-night," said the youngest brother, as he showed his sister her bedroom.

"Heaven grant that I may dream how to save you," she replied. And this thought took such hold upon her mind that she prayed earnestly to God for help, and even in her sleep she continued to pray. Then it appeared to her as if she were flying high in the air, towards the cloudy palace of the "Fata Morgana," and a fairy came out to meet her, radiant and beautiful in appearance, and yet very much like the old woman who had given her berries in the wood, and who had told her of the swans with golden crowns on their heads.

"Your brothers can be released," said she, "if you have only courage and perseverance. True, water is softer than your own delicate hands, and yet it polishes stones into shapes; it feels no pain as your fingers would feel, it has no soul, and cannot suffer such agony and torment as you will have to endure. Do you see the stinging nettle which I hold in my hand? Quantities of the same sort grow round the cave in which you sleep, but none will be of any use to you unless they grow upon the graves in a churchyard. These you must gather even while they burn blisters on your hands. Break them to pieces with your hands and feet, and they will become flax, from which you must spin and weave eleven coats with long sleeves; if these are then thrown over the eleven swans, the spell will be broken. But remember, that from the moment you commence your task until it is finished, even should it occupy years of your life, you must not speak. The first word you utter will pierce through the hearts of your brothers like a deadly dagger. Their lives hang upon your tongue. Remember all I have told you."

And as she finished speaking, she touched her hand lightly with the nettle, and a pain, as of burning fire, awoke Eliza. It was broad daylight, and close by where she had been sleeping lay a nettle like the one she had seen in her dream. She fell on her knees and offered her thanks to God. Then she went forth from the cave to begin her work with her delicate hands.

She groped in amongst the ugly nettles, which burnt great blisters on her hands and arms, but she determined to bear it gladly if she could only release her dear brothers. So she bruised the nettles with her bare feet and spun the flax.

At sunset her brothers returned and were very much frightened when they found her dumb. They believed it to be some new sorcery of their wicked step-mother. But when they saw her hands they understood what she was doing on their behalf, and the youngest brother wept, and where his tears fell the pain ceased, and the burning blisters vanished.

She kept to her work all night, for she could not rest till she had released her dear brothers. During the whole of the following day, while her brothers were absent, she sat in solitude, but never before had the time flown so quickly. One coat was already finished and she had begun the second, when she heard the huntsman's horn, and was struck with fear.

The sound came nearer and nearer, she heard the dogs barking, and fled with terror into the cave. She hastily bound together the nettles she had gathered into a bundle and sat upon them.

Immediately a great dog came bounding towards her out of the ravine, and then another and another; they barked loudly, ran back, and then came again. In a very few minutes all the huntsmen stood before the cave, and the handsomest of them was the king of the country. He advanced towards her, for he had never seen a more beautiful maiden.

"How did you come here, my sweet child?" he asked. But Eliza shook her head. She dared not speak, at the cost of her brothers' lives. And she hid her hands under her apron, so that the king might not see how she must be suffering.

"Come with me," he said; "here you cannot remain. If you are as good as you are beautiful, I will dress you in silk and velvet, I will place a golden crown upon your head, and you shall dwell, and rule, and make your home in my richest castle." And then he lifted her on his horse. She wept and wrung her hands, but the king said, "I wish only for your happiness. A time will come when you will thank me for this." And then he galloped away over the mountains, holding her before him on this horse, and the hunters followed behind them.

As the sun went down, they approached a fair royal city, with churches, and cupolas. On arriving at the castle the king led her into marble halls, where large fountains played, and where the walls and the ceilings were covered with rich paintings. But she had no eyes for all these glorious sights, she could only mourn and weep. Patiently she allowed the women to array her in royal robes, to weave pearls in her hair, and draw soft gloves over her blistered fingers.

As she stood before them in all her rich dress, she looked so dazzingly beautiful that the court bowed low in her presence. Then the king declared his intention of making her his bride, but the archbishop shook his head, and whispered that the fair young maiden was only a witch who had blinded the king's eyes and bewitched his heart.

But the king would not listen to this; he ordered the music to sound, the daintiest dishes to be served, and the loveliest maidens to dance. After-wards he led her through fragrant gardens and lofty halls, but not a smile appeared on her lips or sparkled in her eyes. She looked the very picture of grief. Then the king opened the door of a little chamber in which she was to sleep; it was adorned with rich green tapestry, and resembled the cave in which he had found her. On the floor lay the bundle of flax which she had spun from the nettles, and under the ceiling hung the coat she had made. These things had been brought away from the cave as curiosities by one of the huntsmen.

"Here you can dream yourself back again in the old home in the cave," said the king; "here is the work with which you employed yourself. It will amuse you now in the midst of all this splendor to think of that time."

When Eliza saw all these things which lay so near her heart, a smile played around her mouth, and the crimson blood rushed to her cheeks. She thought of her brothers, and their release made her so joyful that she kissed the king's hand. Then he pressed her to his heart. Very soon the joyous church bells announced the marriage feast, and that the beautiful dumb girl out of the wood was to be made the queen of the country.

Then the archbishop whispered wicked words in the king's ear, but they did not sink into his heart. The marriage was still to take place, and the archbishop himself had to place the crown on the bride's head; in his wicked spite, he pressed the narrow circlet so tightly on her forehead that it caused her pain. But a heavier weight encircled her heart– sorrow for her brothers. She felt not bodily pain. Her mouth was closed; a single word would cost the lives of her brothers. But she loved the kind, handsome king, who did everything to make her happy more and more each day; she loved him with all her heart, and her eyes beamed with the love she dared not speak. Oh! if she had only been able to confide in him and tell him of her grief. But dumb she must remain till her task was finished. Therefore at night she crept away into her little chamber, which had been decked out to look like the cave, and quickly wove one coat after another. But when she began the seventh she found she had no more flax.

She knew that the nettles she wanted to use grew in the churchyard, and that she must pluck them herself. How should she get out there?

"Oh, what is the pain in my fingers to the torment which my heart endures?" said she. "I must venture, I shall not be denied help from heaven." Then with a trembling heart, as if she were about to perform a wicked deed, she crept into the garden in the broad moonlight, and passed through the narrow walks and the deserted streets, till she reached the churchyard. Then she saw on one of the broad tombstones a group of ghouls. These hideous creatures took off their rags, as if they intended to bathe, and then clawing open the fresh graves with their long, skinny fingers, pulled out the dead bodies and ate the flesh! Eliza had to pass close by them, and they fixed their wicked glances upon her, but she prayed silently, gathered the burning nettles, and carried them home with her to the castle.

One person only had seen her, and that was the archbishop– he was awake while everybody was asleep. Now he thought his opinion was evidently correct. All was not right with the queen. She was a witch, and had bewitched the king and all the people.

Secretly he told the king what he had seen and what he feared, and as the hard words came from his tongue, the carved images of the saints shook their heads as if they would say. "It is not so. Eliza is innocent." But the archbishop interpreted it in another way; he believed that they witnessed against her, and were shaking their heads at her wickedness. Two large tears rolled down the king's cheeks, and he went home with doubt in his heart, and at night he pretended to sleep, but there came no real sleep to his eyes, for he saw Eliza get up every night and disappear in her own chamber.

From day to day his brow became darker, and Eliza saw it and did not understand the reason, but it alarmed her and made her heart tremble for her brothers. Her hot tears glittered like pearls on the regal velvet and diamonds, while all who saw her were wishing they could be queens. In the mean time she had almost finished her task; only one coat of mail was wanting, but she had no flax left, and not a single nettle. Once more only, and for the last time, must she venture to the churchyard and pluck a few handfuls. She thought with terror of the solitary walk, and of the horrible ghouls, but her will was firm, as well as her trust in Providence.

Eliza went, and the king and the archbishop followed her. They saw her vanish through the wicket gate into the churchyard, and when they came nearer they saw the ghouls sitting on the tombstone, as Eliza had seen them, and the king turned away his head, for he thought she was with them– she whose head had rested on his breast that very evening.

"The people must condemn her," said he, and she was very quickly condemned by every one to suffer death by fire.

Away from the gorgeous regal halls was she led to a dark, dreary cell, where the wind whistled through the iron bars. Instead of the velvet and silk dresses, they gave her the coats of mail which she had woven to cover her, and the bundle of nettles for a pillow; but nothing they could give her would have pleased her more. She continued her task with joy, and prayed for help, while the street-boys sang jeering songs about her, and not a soul comforted her with a kind word.

Towards evening, she heard at the grating the flutter of a swan's wing, it was her youngest brother– he had found his sister, and she sobbed for joy, although she knew that very likely this would be the last night she would have to live. But still she could hope, for her task was almost finished, and her brothers were come.

Then the archbishop arrived, to be with her during her last hours, as he had promised the king. But she shook her head, and begged him, by looks and gestures, not to stay; for in this night she knew she must finish her task, otherwise all her pain and tears and sleepless nights would have been suffered in vain. The archbishop withdrew, uttering bitter words against her; but poor Eliza knew that she was innocent, and diligently continued her work.

The little mice ran about the floor, they dragged the nettles to her feet, to help as well as they could; and the thrush sat outside the grating of the window, and sang to her the whole night long, as sweetly as possible, to keep up her spirits.

It was still twilight, and at least an hour before sunrise, when the eleven brothers stood at the castle gate, and demanded to be brought before the king. They were told it could not be, it was yet almost night, and as the king slept they dared not disturb him. They threatened, they entreated. Then the guard appeared, and even the king himself, inquiring what all the noise meant. At this moment the sun rose. The eleven brothers were seen no more, but eleven wild swans flew away over the castle.

And now all the people came streaming forth from the gates of the city, to see the witch burnt. An old horse drew the cart on which she sat. They had dressed her in a garment of coarse sackcloth. Her lovely hair hung loose on her shoulders, her cheeks were deadly pale, her lips moved silently, while her fingers still worked at the green flax. Even on the way to death, she would not give up her task. The ten coats of mail lay at her feet, she was working hard at the eleventh, while the mob jeered her and said,

"See the witch, how she mutters! She has no hymn-book in her hand. She sits there with her ugly sorcery. Let us tear it in a thousand pieces."

And then they pressed towards her, and would have destroyed the coats of mail, but at the same moment eleven wild swans flew over her, and alighted on the cart. Then they flapped their large wings, and the crowd drew on one side in alarm.

"It is a sign from heaven that she is innocent," whispered many of them; but they ventured not to say it aloud.

As the executioner seized her by the hand, to lift her out of the cart, she hastily threw the eleven coats of mail over the swans, and they immediately became eleven handsome princes; but the youngest had a swan's wing, instead of an arm; for she had not been able to finish the last sleeve of the coat.

"Now I may speak," she exclaimed. "I am innocent."

Then the people, who saw what happened, bowed to her, as before a saint; but she sank lifeless in her brothers' arms, overcome with suspense, anguish, and pain.

"Yes, she is innocent," said the eldest brother; and then he related all that had taken place; and while he spoke there rose in the air a fragrance as from millions of roses. Every piece of faggot in the pile had taken root, and threw out branches, and appeared a thick hedge, large and high, covered with roses; while above all bloomed a white and shining flower, that glittered like a star. This flower the king plucked, and placed in Eliza's bosom, when she awoke from her swoon, with peace and happiness in her heart.

And all the church bells rang of themselves, and the birds came in great troops. And a marriage procession returned to the castle, such as no king had ever before seen.




Compare dos idiomas:










Donations are welcomed & appreciated.


Thank you for your support.