Lo que contaba la vieja Juana







Lo que contaba la vieja Juana Cuento

Un cuento de Hans Christian Andersen
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Lo que contaba la vieja Juana
Silba el viento entre las ramas del viejo sauce.
Diríase que se oye una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, pregunta a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de esto, pues nació en esta parroquia.
Hace muchos años, cuando aún pasaba por aquí el camino real, el árbol era ya alto y corpulento. Estaba donde está todavía, frente a la blanca casa del sastre, con sus paredes entramadas, cerca del estanque; que entonces era lo bastante grande para abrevar el ganado y para que, en verano, se zambulleran y chapotearan desnudos los niños de la aldea.
Junto al árbol habían erigido una piedra miliar; hoy está decaída e invadida por las zarzamoras.
La nueva carretera fue desviada hacia el otro lado de la rica finca; el viejo camino real quedó abandonado, y el estanque se convirtió en una charca, invadida por lentejas de agua. Cuando saltaba una rana, el verde se separaba y aparecía el agua negra; en torno crecían, y siguen creciendo, espadañas, juncos e iris amarillos.
La casa del sastre envejeció y se inclinó, y el tejado se convirtió en un bancal de musgo y siempreviva; derrumbóse el palomar, y el estornino estableció en él su nido; las golondrinas construyeron los suyos alineados bajo el tejado y en el alero, como si aquélla fuese una casa afortunada.
Antaño lo había sido; ahora estaba solitaria y silenciosa. Solo y apático vivía en ella el «pobre Rasmus», como lo llamaban. Había nacido allí, allí había jugado de niño, saltando por campos y setos, chapoteando en el estanque y trepando a la copa del viejo sauce.
Este extendía sus grandes ramas, como las extiende todavía; pero la tempestad había curvado ya el tronco, y el tiempo había abierto una grieta en él, que el viento y la intemperie habían cuidado de llenar de tierra. De aquella tierra habían nacido hierba y verdor; incluso había brotado un pequeño serbal.
Cuando, en primavera, llegaban las golondrinas, volaban en torno al árbol y al tejado, pegaban su barro y construían sus nidos, mientras el pobre Rasmus tenía el suyo completamente abandonado, sin cuidar de repararlo, ni siquiera sustentarlo.
- ¡Qué más da! - exclamaba, lo mismo que decía ya su padre.
Él se quedaba en su casa, mientras las golondrinas se marchaban y volvían, los fieles animalitos. También se marchaba y volvía el estornino, con su canción aflautada. En otro tiempo, Rasmus competía con él en cantar, pero ahora ya no cantaba ni tocaba la flauta.
Silbaba el viento entre el viejo sauce, y sigue silbando; parece como si se oyera una canción; el viento la canta, el árbol la recita. Si no la comprendes, ve a preguntar a la vieja Juana, la del asilo; ella sabe de estas cosas de otros tiempos: es como una crónica con estampas y viejos recuerdos.
Cuando la casa era nueva y estaba en buen estado, se trasladaron a ella Ivar Ulze, el sastre del pueblo, y su mujer Maren, un matrimonio honrado y laborioso. Por aquellas fechas, la vieja Juana era una niña, hija del zuequero, uno de los más pobres de la parroquia. Más de una vez había recibido pan y mantequilla de Maren, a quien no faltaba comida. Estaba en buenas relaciones con la propietaria de la finca, la veían siempre alegre y risueña, no se intimidaba, y si sabía usar la boca, no menos sabía servirse de las manos: la aguja corría tan ligera como la lengua, sin que por eso se olvidase del cuidado de su casa y de sus hijos, casi una docena, pues eran once; el duodécimo no llegó.
- Los pobres tienen siempre el nido lleno de crías - gruñía el propietario de la casa -. Si se pudiesen ahogar como se hace con los gatos, dejando sólo uno o dos de los más robustos, todos saldrían ganando.
- ¡Dios misericordioso! - exclamaba la mujer del sastre -. Los hijos son una bendición divina, son la alegría de la casa. Cada niño, es un padrenuestro más. Si se hace difícil saciar a tantas bocas, uno se esfuerza más y encuentra consejo y apoyo en todas partes. Nuestro Señor no nos abandona si no lo abandonamos nosotros.
La propietaria estaba de acuerdo con Maren, la aprobaba con un gesto de la cabeza y le acariciaba la mejilla; lo había hecho muchas veces, e incluso la había besado, pero entonces la señora era una niña, y Maren, su niñera. Las dos se querían, y siguieron queriéndose.
Cada año, para las Navidades, de la finca del propietario enviaban provisiones a casa del sastre: un barril de harina, un cerdo, dos patos, otro barril de manteca, queso y manzanas. Todo aquello ayudaba a llenar la despensa. Entonces, Ivar Ulze se mostraba satisfecho, pero no tardaba en volver con su estribillo:
- ¡Qué más da!
La casa estaba hecha un primor, con cortinas en las ventanas y también flores: claveles y balsaminas. Un alfabeto de bordadora colgaba, bien enmarcado, en la pared, y a su lado una «dedicatoria» en verso, obra de la propia Maren Ulze, que tenía maña en componer rimas. No estaba poco orgullosa de su apellido de «Ulze»; era la única palabra de la lengua que rimaba con «Sülze», que significa gelatina.
- ¡No deja de ser una ventaja! - decía riendo. Estaba siempre de buen humor, y nunca se le oía decir, como a su marido: «¡Para qué!». Su expresión habitual era: «¡A Dios rogando y con el mazo dando!». Ella lo hacía así, y las cosas marchaban bien. Los hijos crecieron, dejaron el nido, se fueron a tierras lejanas y salieron todos de buena índole. Rasmus era el menor, tan hermoso de niño, que uno de los más renombrados pintores de la ciudad se brindó a pintarlo, tal como había venido al mundo. El retrato estaba ahora en el palacio real; la propietaria lo había visto allí, y reconoció al pequeño Rasmus a pesar de ir en cueros.
Pero llegaron malos tiempos. El sastre sufría de artritismo en las dos manos, se le formaron gruesos nódulos, y tanto los médicos como la curandera Stine se declararon impotentes.
- ¡No hay que desanimarse! - decía Maren -. De nada sirve agachar la cabeza. Puesto que las manos del padre no pueden ayudarnos, procuraré yo dar más ligereza a las mías. El pequeño Rasmus puede también tirar de la aguja.
Se sentaba ya a la mesa de coser, cantando como una flauta; era un chiquillo muy alegre.
Pero no debía quedarse todo el día sentado allí, decía la madre; habría sido un pecado contra el pequeño; tenía también que jugar y saltar.
Juana, la hija del zuequero, era su mejor compañera de juego. Su familia era aún más pobre que la de Rasmus. No era bonita, y andaba descalza; llevaba los vestidos rotos, pues nadie cuidaba de ella, y jamás se le ocurría hacerlo ella misma; no era sino una niña, alegre como el pajarillo al sol de Nuestro Señor.
Rasmus y Juana solían jugar junto a la piedra miliar bajo el corpulento sauce.
El tenía grandes ideas; quería ser un buen sastre y vivir en la ciudad, donde había maestros que tenían diez oficiales en torno a su mesa; lo sabía por su padre. Allí se haría él oficial y luego maestro; Juana iría a visitarlo, y si sabía cocinar, prepararía la comida para los dos y tendría su propia habitación.
A Juana le parecía todo aquello un tanto improbable, pero Rasmus no dudaba de que todo sucedería al pie de la letra.
Y así se pasaban las horas bajo el viejo árbol, mientras el viento silbaba a través de sus ramas y hojas; era como si el viento cantara y el árbol recitara.
En otoño caían las hojas, y la lluvia goteaba de las ramas desnudas.
- ¡Ya reverdecerán! - decía la mujer.
- ¡Qué más da! - replicaba el hombre -. Año Nuevo, nuevas preocupaciones para salir del paso.
- Tenemos la despensa llena - observaba ella -. Y podemos dar gracias a la señora. Yo estoy sana y no me faltan energías. Sería un pecado quejamos.
Las Navidades las pasaban los propietarios en su finca, pero a la semana después de Año Nuevo volvían a la ciudad, donde residían durante el invierno, contentos y satisfechos, asistiendo a bailes y fiestas, invitados incluso a palacio.
La señora había recibido de Francia dos preciosos vestidos. Nunca la sastresa Maren había visto una tela, un corte y una costura como aquéllos. Pidió permiso a la propietaria para ir con su marido a ver los vestidos, pues para un sastre de pueblo era una cosa jamás vista.
El hombre los examinó sin decir palabra, y, ya de vuelta en su casa, no hizo más comentario que su habitual: - ¡Qué más da! -. Y por una vez, sus palabras eran sensatas.
Los señores regresaron a la ciudad, donde se reanudaron los bailes y las fiestas; pero en medio de todas aquellos diversiones murió el anciano señor, y su esposa no pudo ya lucir sus magníficos vestidos. Quedó muy apesadumbrada y se puso de riguroso luto de pies a cabeza; no toleró ni una cinta blanca. Todos los criados iban de negro, e incluso el coche de gala fue recubierto de paño de este color.
Una noche gélida, en que brillaba la nieve y centelleaban las estrellas, llegó de la ciudad la carroza fúnebre conduciendo el cadáver, que debía recibir sepultura en el panteón familiar del cementerio del pueblo.
El administrador y el alcalde esperaban a caballo, sosteniendo antorchas encendidas, ante la puerta del camposanto. La iglesia estaba iluminada, y el sacerdote recibió el cadáver en la entrada del templo. Llevaron el féretro al coro, acompañado de toda la población. Habló el párroco y se cantó un coral. La señora se hallaba también presente en la iglesia; había hecho el viaje en el coche de gala cubierto de crespones; en la parroquia nunca habían presenciado un espectáculo semejante.
Durante todo el invierno se estuvo hablando en el pueblo de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro del señor».
- En él se vio lo importante que era - comentaba la gente del pueblo -. Nació en elevada cuna, y fue enterrado con grandes honores.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre -. Ahora no tiene ni vida ni bienes. A nosotros al menos nos queda una de las dos cosas.
- ¡No hables así! - le riñó Maren -. Ahora goza de vida eterna en el cielo.
- ¿Cómo lo sabes, Maren? - preguntó el sastre -. Un muerto es buen abono. Pero ése era demasiado noble para servir de algo en la tierra; tiene que reposar en la cripta.
- ¡No digas impiedades! - protestó Maren -. Te repito que goza de vida eterna.
- ¿Quién te lo ha dicho, Maren? - repitió el sastre.
Maren echó su delantal sobre el pequeño Rasmus; no quería que oyese aquellos desatinos. Se lo llevó llorando, a la choza, y le dijo:
- Lo que oíste, hijo mío, no fue tu padre quien lo dijo, sino el demonio, que estaría en la habitación e imitó su voz. Reza el Padrenuestro. Lo rezaremos los dos -. Y juntó las manos del niño.
- Ahora vuelvo a estar contenta - dijo -. Confía en ti y en Dios Nuestro Señor.
Pasado un año, la viuda se puso de medio luto; la alegría había vuelto a su corazón.
Corría el rumor de que tenía un pretendiente y pensaba volver a casarse. Maren sabía algo de ello, y el párroco un poco más aún.
El Domingo de Ramos, después del sermón, habían de leerse las amonestaciones de la viuda y su prometido, el cual era algo así como picapedrero o escultor, no se sabía a ciencia cierta por aquellas fechas; Thorwaldsen y su arte no andaban todavía en todas las bocas. El nuevo propietario no era noble, aunque sí hombre de categoría. Nadie entendía a punto fijo en qué se ocupaba, pero se decía que tallaba estatuas, y era muy experto en su trabajo, además de joven y guapo.
- ¡Qué más da! - dijo el sastre Ulze.
El Domingo de Ramos fueron amonestados, luego se cantó un coral y se administró la comunión. El sastre, su mujer y el pequeño Rasmus estaban en la iglesia; los padres comulgaron, pero el pequeño permaneció sentado en el banco, pues aún no había recibido la confirmación. En los últimos tiempos andaban escasos de ropas en casa del sastre; los trajes viejos estaban usadísimos y llenos de remiendos y piezas; pero aquel día los tres llevaban vestidos nuevos, aunque negros, como si asistiesen a un entierro; estaban confeccionados con las telas que habían recubierto el coche fúnebre. Había salido una chaqueta y unos pantalones para el marido, un vestido cerrado hasta el cuello para Maren, y para Rasmus, un traje completo que le serviría para la confirmación cuando llegase la hora; se lo habían hecho holgado, adrede. En toda aquella indumentaria se invirtió la totalidad de la tela que tapizaba el coche, tanto por dentro como por fuera. Nadie tenía por qué saber de dónde procedía aquel paño, y, no obstante, pronto corrió la voz; Stine la curandera y otras comadres de su misma calaña pronosticaron que aquellos vestidos llevarían la peste y la enfermedad a la casa.
- Sólo para bajar a la tumba hay que vestirse con ropas funerarias.
La Juana del zuequero lloraba al oír estos comentarios; y como resultó que desde aquel día fue empeorando la salud del sastre, se echaba de ver a quién le tocaría pronto el turno de llorar.
Y así fue.
El primer domingo después de la Trinidad falleció el sastre Ulze, y Maren quedó sola al cuidado de la casa. Y siguió llevándola y manteniéndola unida, sin perder nunca la confianza en sí misma y en Dios.
Al año siguiente, Rasmus fue confirmado. Había sonado para él la hora de trasladarse a la ciudad como aprendiz en casa de un sastre de renombre, que, si no tenía doce oficiales en su mesa, siquiera tenía uno. El pequeño Rasmus valía por medio, y estaba contento y alegre; pero Juana lloraba, pues lo quería más de lo que ella misma creyera. La mujer del sastre se quedó en la vieja casa, y continuó el negocio de su marido.
Sucedía esto por el tiempo en que se inauguró el nuevo camino real. El antiguo, que pasaba por delante de la vivienda del sastre, quedó como camino vecinal; la vegetación invadió el estanque, que pronto quedó convertido en una charca llena de lentejas de agua. Volcóse la piedra miliar, pues ya no servía de nada, pero el árbol siguió viviendo, robusto y hermoso; el viento silbaba entre sus ramas y hojas.


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