La Virgen de los Ventisqueros







La Virgen de los Ventisqueros Cuento

Un cuento de Hans Christian Andersen
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1. El pequeño Rudi

Os voy a llevar a Suiza. Ved estas magníficas montañas, con los sombríos bosques que se encaraman por las abruptas laderas; subid a los deslumbrantes campos de nieve y bajad a las verdes praderas, cruzadas por impetuosos torrentes, que corren raudos como si temiesen no llegar a tiempo para desaparecer en el mar. El sol quema en el fondo de los valles, centellea también en las espesas masas de nieve, que con los años se solidifican en deslumbrantes bloques de hielo, se desprenden vertiginosos aludes, y se amontonan en grandes ventisqueros. Dos de éstos se extienden por las amplias gargantas rocosas situadas al pie del Schreckhorn y del Wetterhorn, junto a la aldea de Grindelwald. Su situación es tan pintoresca, que durante los meses de verano atrae a muchos forasteros, procedentes de todos los países del mundo. Suben durante horas y horas desde los valles profundos, y, a medida que se elevan, el valle va quedando más y más al fondo, y lo contemplan como desde la barquilla de un globo. En las cumbres suelen amontonarse las nubes, como gruesas y pesadas cortinas que cubren la montaña, mientras abajo, en el valle, salpicado de pardas casas de madera, brilla todavía algún rayo de sol que hace resplandecer el verdor del prado como si fuera transparente. El agua se precipita, rugiendo, monte abajo, o desciende mansa, con un leve murmullo; diríanse ondeantes cintas de plata prendidas a la roca.
A ambos lados del camino se alzan casas de troncos, cada una con su pequeño campo de patatas, bien necesario por cierto, pues detrás de la puerta hay muchas bocas, un tropel de chiquillos que las comen con excelente apetito. Salen a montones de todas las casas, y rodean a los viajeros, ya lleguen a pie o en coche. Ejércitos de niños se alinean en los caminos para ofrecer a los forasteros lindas casitas talladas en madera, reproducción en miniatura de las que se encuentran en aquellas montañas. Llueva o luzca el sol, jamás falta el enjambre de niños con sus mercancías.
Hace cosa de treinta años se veía por allí de vez en cuando un niño, siempre aislado de los otros, que, como ellos, ofrecía sus productos a los turistas. Su rostro era extraordinariamente serio, y sus manitas agarraban con fuerza su caja de madera, como dispuesto a no soltarla jamás. Mas precisamente la gravedad del rapaz, llamaba a menudo la atención de los turistas, y no era raro que realizara buenos negocios, sin saber él mismo por qué. Monte arriba vivía su abuelo materno, artífice de aquellas primorosas casitas, y en su cuarto había un viejo armario repleto de obras de talla de todas clases.
Había allí cascanueces, cuchillos, tenedores y estuches con bonitos adornos de hojas y animales...; en fin, había cuanto puede deleitar a los ojos infantiles; pero lo que con mayor avidez miraba el pequeño Rudi - que tal era su nombre - era la vieja escopeta que colgaba de las vigas y que, según decía el abuelo, algún día sería suya; pero antes debía crecer y hacerse fuerte y robusto.
Pese a su poca edad, confiábase ya al niño el cuidado de las cabras, y si una de las cualidades de un buen cabrero consiste en competir con las reses en el arte de trepar, no cabe duda de que Rudi era un buen pastor. Incluso las aventajaba, pues una de sus diversiones consistía en cazar nidos de aves en las copas de los altos árboles. Era atrevido y resuelto, pero sólo se le veía sonreír cuando se hallaba ante la rugiente catarata o cuando oía rodar el alud. Nunca jugaba con los demás niños; sólo se reunía con ellos cuando su abuelo lo enviaba abajo a vender, ocupación que no era muy de su agrado. Prefería vagar sin rumbo fijo por las montañas o permanecer sentado junto al abuelo, escuchando sus narraciones de los tiempos pasados y de las gentes del país de Meiringen, donde el viejo había nacido. Según se decía, esas gentes no eran nativas del país, sino que habían inmigrado en época relativamente reciente. Habían venido de allá del Norte, del país donde viven los suecos. Oyendo al abuelo contar estas cosas, Rudi se iba instruyendo; pero aún era más valioso lo que aprendía de los animales domésticos que compartían su vivienda. Había en la casa un gran perro, llamado Ayola, que había sido del padre de Rudi, y un gato. Por éste último sentía el niño un afecto particular, pues él era quien le había enseñado a trepar por las rocas.
- Vente conmigo al tejado - le había dicho el gato, en lenguaje perfectamente claro e inteligible; pues cuando se es niño y no se sabe hablar todavía, se entiende a los pollos y a los patos, a los gatos y a los perros; se les entiende con la misma claridad que al padre y a la madre; sólo que hace falta ser muy pequeñín. Hasta el bastón del abuelo puede entonces relinchar y transformarse en caballo, con cabeza, patas y cola. Algunos niños tardan más que los otros en perder esta facultad, y se dice de ellos que son muy atrasados, que su desarrollo es muy lento. ¡Tantas cosas se dicen!
- ¡Ven conmigo, Rudi, ven conmigo al tejado! - fue una de las primeras cosas que dijo el gato, y que Rudi entendió -. El peligro de caerse es pura imaginación. Nunca se cae si no se tiene miedo. Ven, pon una patita así, la otra así. Pon las patitas delanteras una delante de la otra. Abre bien los ojos y sé ligero. Si hay una grieta, salta por encima y agárrate fuerte; mira cómo lo hago yo.
Y Rudi le imitaba. Por eso estaban con frecuencia juntos en el tejado, y él se subía a las copas de los árboles y los altos bordes de las peñas, adonde no iba el gato.
- ¡Más arriba, más arriba! - decían los árboles y los arbustos -. ¡Mira cómo nos encaramamos nosotros, y a qué altura llegamos, y con qué seguridad nos sostenemos en las puntas más empinadas de las rocas!
Y Rudi trepaba a la cumbre de la montaña, muchas veces antes de que le dieran los primeros rayos del sol, y allí tomaba su primer refrigerio matinal, el aire puro y confortante de la montaña, una bebida que sólo Dios sabe preparar.
He aquí la receta: mézclese el fresco aroma de las hierbas de montaña con la menta y el tomillo de los valles. Lo que el aroma tiene de pesado, lo absorben las nubes suspendidas en la atmósfera para verterlo luego sobre los bosques vecinos; pero la esencia sutil del perfume se convierte en aire, ligero y puro, cada vez más puro. Aquélla era la bebida matinal de Rudi.
Los rayos del sol, los hijos del astro que nos traen sus bendiciones, besaban las mejillas del niño, y el vértigo, que merodeaba por aquellos parajes acechándolo, no se atrevía a acercarse a él. Las golondrinas de la casa del abuelo, que formaban allá abajo no menos de siete nidos, volaban hasta él y las cabras, trinando alegremente: «¡A mí y a ti, a ti y a mí!». Traían saludos de la casa, incluso de las dos gallinas, las únicas aves con quien Rudi no mantenía relaciones.
Aunque era muy pequeño, había corrido ya bastante mundo. Nacido en el cantón de Wallis, lo habían traído del lado de acá de las montañas. Más tarde había ido a pie hasta la cascada cercana, que, bajando de la Jungfrau, ese pico deslumbrante cubierto de nieves perpetuas, flota en el aire como un velo de plata. También había estado en el gran glaciar de Grindelwald, pero ésta fue una triste historia, pues su madre había encontrado allí la muerte. - Allí terminó la alegría de Rudi - decía el abuelo - En sus primeros años estaba siempre sonriente, y no sabía lo que era llorar, según escribía su madre, pero desde el día en que cayó en la grieta del glaciar, su carácter había cambiado. Por lo demás, al abuelo no le gustaba hablar de aquel episodio, pero todas las gentes de la montaña lo conocían. He aquí cómo fue:
El padre de Rudi era postillón; el perrazo de la casa lo había acompañado regularmente en sus viajes al lago de Ginebra pasando por el Simplón. En el Valle del Ródano, en el Valais, vivía aún la familia de Rudi por línea paterna. El hermano de su padre era un gran cazador de gamos y un guía muy conocido. Rudi tenía un año cuando perdió a su padre, y su madre decidió volverse con su hijito al Oberland bernés, a vivir con su padre, que habitaba a unas horas de Grindelwald; era tallista de madera, y con su trabajo se ganaba lo suficiente para sustentarse. En junio partió la madre con su pequeño, en compañía de dos cazadores de gamos, tomando por la ruta del Gemmi, la distancia más corta hasta su tierra. Habían recorrido ya la mayor parte del camino y salvado la cresta de la montaña eternamente nevada; veían ya el valle natal y distinguían sus diseminadas casas de madera, tan conocidas; sólo faltaba salvar un gran ventisquero. Estaba cubierto de nieve recién caída y debajo de ésta se ocultaba una grieta, que aunque no era muy profunda, pues le faltaba mucho para llegar hasta el suelo, donde se oye murmurar el agua, bastaba para cubrir a un hombre. La joven mujer, con su hijo en brazos, resbaló y desapareció en la grieta. Al principio no se oyó ni un grito, ni un suspiro; pero pronto pudo percibirse el llanto de un niño. Pasó más de una hora antes de que los dos acompañantes pudieran traer cuerdas y pértigas de la casa más próxima, para intentar el salvamento; y después de ímprobos esfuerzos izaron a la superficie dos cuerpos al parecer, cadáveres. Los hombres hicieron cuanto pudieron, y lograron reanimar al niño, mas no a la madre. Llevaron al pequeño a su abuelo, el cual lo crió lo mejor que supo: pero el muchacho ya no era alegre y risueño, como había dicho su madre. Sin duda su carácter había cambiado en la grieta, aquel maravilloso mundo de hielo donde, según cree el campesino suizo, están encerradas las almas de los condenados hasta el día del juicio.
Este mundo es como un río impetuoso, que hubiera quedado petrificado y comprimido en verdes bloques de cristal, con las masas de hielo amontonadas unas sobre otras. Por el fondo fluye precipitadamente la corriente originada por la fusión de la nieve y el hielo. En la superficie hay profundos agujeros y enormes grietas, y el conjunto forma un encantado palacio de cristal en cuyo interior mora la Virgen de los Ventisqueros, la reina de este mundo helado. Esta reina, que se goza en matar y destruir, es hija del aire y señora poderosa del río; por eso puede subir con la rapidez del gamo a las cumbres más altas de la nevada sierra, donde los más audaces montañeros, para afianzar el pie, tienen que excavar peldaños en el hielo. Flota por encima de las finas ramas de los abetos, baja veloz hasta el río y salta en él de roca en roca, envuelta en su ondeante y nívea cabellera y en su manto verdeazulado, que brilla y centellea como las aguas de los profundos lagos.
«¡Detente, déjalo, es mío! - gritaba cuando sacaban al niño de la hendidura -. Me han robado un hermoso niño, un niño al que había besado, pero aún no con el beso de la muerte. Ahora vuelve a estar entre los hombres, guardando las cabras en la montaña, arriba, siempre arriba. Se aparta de los demás, pero no de mí. ¡Es mío y lo cogeré! ».
Y pidió al Vértigo que le trajera al muchacho: Era verano, y allá en los prados, donde crece la menta crespa, el aire era demasiado bochornoso para la Virgen de los Ventisqueros. El Vértigo obedeció. Vino uno, o, mejor dicho, tres, pues el Vértigo tiene una caterva de hermanos: unos viven al aire libre, en plena Naturaleza, y otros en los edificios; se sientan en las barandillas de las escaleras y en las balaustradas de las torres, corren como ardillas por los bordes de las rocas, saltan desde allí al vacío, flotan en el aire como el nadador en el agua y atraen a sus víctimas, situadas a un paso del abismo. Tanto la Virgen de los Ventisqueros como el Vértigo atacan a los humanos, del mismo modo que el pólipo se agarra a todo lo que se mueve a su alcance. Entre la multitud de Vértigos, la Virgen eligió al más fuerte para que se apoderase de Rudi.
- ¡No es poco lo que me pides! - dijo el Vértigo -. A éste no puedo cogerlo, ese maldito gato lo adiestró en sus artes. Además, este hijo de los hombres parece estar protegido por un poder que me rechaza. No consigo alcanzar al chiquillo por mucho que, cogido de una rama, se columpie sobre el abismo, aunque, le haga cosquillas en las plantas de los pies o le envíe mi aliento al rostro. ¡No puedo con él!
- Pues podremos - dijo la Virgen -, tú o yo; ¡si, yo, yo!
- ¡No, no! - se oyó, como si fuera el eco de las campanas de la iglesia. Pero era un canto, eran palabras verdaderas, era el coro armonioso de otros espíritus naturales más clementes, amorosos y bondadosos; las hijas de los rayos del sol. Todas las noches se disponen en círculo en las cumbres montañosas y extienden sus rosadas alas, cuyo rojo resplandor va intensificándose a medida que el astro se oculta bajo el horizonte. Los altos prados naturales brillan con el «arrebol alpestre», que así lo llaman los hombres. Luego, cuando el sol se ha puesto, se refugian en las puntas de las rocas y en la blanca nieve, donde se echan a dormir, hasta que reaparecen con la aurora. Sienten particular preferencia por las flores, las mariposas y los seres humanos, y entre éstos habían hecho a Rudi objeto de especial predilección. «¡No lo cogeréis, no lo cogeréis!», cantaban.
- ¡Otros mayores y más fuertes han caído en mis manos! - respondía la Virgen de los Ventisqueros.
Cantaron entonces las hijas del sol una canción acerca del caminante a quien el huracán había arrebatado el manto y lo arrastraba a velocidad vertiginosa. «El viento se llevó la envoltura, mas no al hombre. Podréis cogerlo, hijos de la fuerza bruta, pero no retenerlo; es más fuerte, más espiritual que nosotras mismas. Sube a mayor altura que el sol, nuestro padre; conoce la palabra mágica que ata al viento y al agua y hace que lo sirvan y obedezcan. Vosotros no hacéis sino disolver el elemento que lo atrae hacia abajo, y así sólo conseguís que se eleve cada vez más alto.
Tal era lo que cantaba el dulce coro, cuya voz resonaba como el eco de las campanas.
Y cada mañana los rayos del sol llegaban hasta el niño a través de la única ventanuca de la choza del abuelo, y lo besaban para derretir, caldear y destruir aquellos otros besos que le había dado la Virgen de los Ventisqueros cuando lo tuvo en el regazo de su madre muerta, en la profunda sima, de la que sólo un milagro pudo salvarlo.

2. Viaje a la nueva patria

Rudi tenía ya 8 años. Su tío del Valle del Ródano, allá en la vertiente opuesta de la cordillera, llamó al muchachito, diciendo que él tenía más posibilidades de instruirlo y abrirle camino en la vida. El abuelo comprendió la verdad de aquellas razones y no se opuso al proyecto.
Rudi tenía que partir; y no sólo debía despedirse del abuelo,
sino también de Ayola, el viejo perro.
Tu padre fue postillón, y yo, perro de postas - dijo Ayola -. Mucho viajamos por esos mundos de Dios, y yo conozco a los perros y los hombres de allende las montañas.
Nunca he sido muy hablador, pero como ésta es nuestra última conversación, quiero decirte algunas cosas y contarte una historia que desde hace mucho tiempo llevo en el estómago. No la comprendo, ni tú la comprenderás tampoco, pero no importa, puesto que de ella he sacado una cosa en claro: que en este mundo los destinos de los perros, como los de los hombres, no están muy bien repartidos. No todos han sido creados para reposar en un regazo o para saborear leche. A mi no me acostumbraron a ello, pero he visto un perrito que viajaba en la diligencia ocupando el sitio de una persona. La señora, que era su ama - suponiendo que no fuera el perrito el amo de la señora -, llevaba consigo una botella de leche, que le daba a beber. Ofrecióle también mazapán, pero el animalito no se lo podía tragar, por lo que se limitaba a husmearlo, y entonces se lo comía la señora. Yo corría junto al coche, bajo el ardor del sol, hambriento como sólo puede estarlo un perro y rumiando mis propios pensamientos. Aquello no era justo, pero ¡cuántas otras cosas hay que no son justas! ¡Ah, si hubiese podido sentarme en el regazo de una señora y viajar en el coche! Pero eso no depende de uno, o por lo menos yo no lo logré, pese a todos mis ladridos y aullidos.
Tal fue el discurso de Ayola, y Rudi cogió al perro por el cuello y le dio un beso en el húmedo hocico. Después levantó en brazos al gato, pero éste se sustrajo a sus caricias.
- Eres demasiado fuerte para mí, y contra ti no quiero emplear mis garras. Trepa a las montañas, ya te enseñé a hacerlo. Si nunca piensas en que puedes caerte no hay peligro de que lo hagas -. Dichas estas palabras, el gato echó a correr; no quería que Rudi notara que sus ojos brillaban de emoción.
Las dos gallinas correteaban por el aposento; una había perdido la cola. Un viajero que se las daba de cazador la tomó por un ave de rapiña y disparó sobre ella.
- ¡Rudi se va al otro lado de las montañas! - dijo una de las gallinas.
- ¡Siempre tiene prisa! - respondió la otra -, y no me gustan las escenas de despedida -. Y las dos se alejaron con sus saltitos ligeros y apresurados.
Dijo también adiós a las cabras, y ellas gritaron: - ¡Ven, ven! - y su acento era realmente triste.
Dos comarcanos, que eran unos guías excelentes, se disponían a pasar la montaña y habían elegido el camino del Gemmi. Rudi los acompañó a pie, aunque era una marcha agotadora para un chiquillo de su edad; pero se sentía con fuerzas, y nada lo desanimaba.
Las golondrinas lo acompañaron un trecho. «¡A mí y a ti, a ti y a mí!», cantaban. El camino cruzaba el Lütschine, que brota, en numerosos arroyuelos, de la negra garganta del glaciar de Grindelwald. Troncos de árboles derribados, que se balanceaban inseguros, y desmoronados bloques de rocas, servían de puente en aquel lugar. Se encontraban encima del bosquecillo de alisos y comenzaban a subir la montaña muy cerca del punto donde el glaciar se desprende de ella. Luego penetraron en el propio ventisquero, caminando por encima de bloques de hielo o contorneándolos. Rudi tan pronto andaba como avanzaba a gatas, y sus ojos brillaban arrobados. Con sus botas claveteadas pisaba tan firme y recio como si quisiera dejar marcadas sus huellas en el camino recorrido.
Arriba, siempre arriba; en las alturas, el glaciar se extendía como un mar de témpanos superpuestos y aprisionados entre las rocas cortadas a pico. Rudi pensó por un momento en lo que le habían contado, en que había estado con su madre en una de aquellas gélidas hendeduras, pero no tardó en dirigir sus pensamientos hacía otros objetos. Para él, aquel relato era uno de tantos entre los muchos que había oído. De vez en cuando, los hombres pensaban que aquella incesante subida era demasiado fatigosa para el chiquillo y le tendían la mano, pero él seguía incansable, sosteniéndose sobre el liso hielo tan seguro como un gamo. Llegaron a un terreno rocoso; ora avanzaban por entre desnudas piedras, ora lo hacían por entre bajos abetos, para salir de nuevo a verdes pastizales. El camino variaba a cada momento, ofreciendo siempre nuevas perspectivas a la mirada. En derredor se alzaban cumbres nevadas cuyos nombres Rudi conocía, como los conocían todos los niños de la comarca: Jungfrau, Mönch, Eiger.
Jamás había subido tan alto Rudi. A sus pies se extendía un inmenso mar de nieve con sus olas inmóviles, cuyos copos desprendidos se llevaba el viento, lo mismo que se lleva la espuma de las olas del mar. Podría decirse que un glaciar da la mano a otro; cada uno es un palacio de cristal de la Virgen de los Ventisqueros, aquella virgen que se complace en apresar y sepultar. El sol quemaba, y la nieve deslumbrante parecía sembrada de un azulado polvo de diamantes.
Innúmeros insectos, principalmente mariposas y abejas, yacían muertas sobre la nieve, en verdaderas masas; habían osado remontarse a excesiva altura, o bien habían sido arrastrados hasta allí por el viento, y habían sucumbido víctimas del intenso frío. Rodeaba al Wetterhorn una nube amenazadora, semejante a un mechón de negra lana, que se hinchaba por momentos y descendía pesadamente: era la precursora del terrible «föhn», el viento que abate todo lo que encuentra por delante. Cuando estallase, pondría de manifiesto su fuerza destructora. Pero Rudi no pensaba en ello: su memoria estaba ocupada por las incidencias del viaje, el campamento donde pernoctaron, el camino del siguiente día, las profundas grietas abiertas por el agua desde mucho atrás en los duros bloques de hielo.
Una construcción de piedra, abandonada, que se alzaba en el lado opuesto del mar de nieve, ofrecióles un cobijo seguro para la noche. En ella encontraron carbón y ramas de abeto; pronto ardió un buen fuego, y los hombres se sentaron junto a la hoguera, fumando sus pipas y reparando las fuerzas con una bebida caliente y picante que prepararon. Rudi recibió la ración que le correspondía. La conversación giró en torno a la misteriosa naturaleza de las tierras alpinas, de las gigantescas serpientes que pueblan los profundos lagos, de las apariciones nocturnas, los fantasmas que arrebatan a un hombre dormido y lo llevan por el aire, hasta la ciudad de Venecia, que flota milagrosamente sobre el agua; del pastor salvaje que conduce sus negras ovejas a pastar en las cumbres más altas. Nadie lo había visto, es verdad, pero sí se había oído el son de sus cencerros, el lúgubre balar de su rebaño. Rudi escuchaba lleno de curiosidad, pero sin temor alguno, pues no lo conocía; y mientras escuchaba parecíale percibir aquel bramar hueco y fantasmal. Sí, se oía cada vez más fuerte y distinto, los hombres lo oían también; interrumpieron la charla y recomendaron a Rudi que no se durmiese.
Era el «föhn», que se acercaba por momentos, el terrible viento tempestuoso que de las montañas se precipita a los valles, arrancando a su paso los árboles cual si fuesen débiles cañas, y transporta las casas de una orilla del río a la opuesta, como nosotros movemos las piezas en un tablero de ajedrez.
Hasta una hora más tarde no dijeron a Rudi que había pasado el peligro y podía echarse a dormir, y el chiquillo, fatigado de la jornada, se quedó dormido inmediatamente.
A la mañana siguiente partieron de madrugada. El sol mostró al pequeño Rudi nuevas montañas, nuevos glaciares y campos de nieve. Habían franqueado el límite del Valais, y ahora se encontraban en la vertiente opuesta de la montaña que se veía desde Grindelwald; pero aún faltaba mucho para llegar al pueblo a donde iba el pequeño. Otras gargantas, otros prados, otros bosques y rocosos senderos fueron desfilando ante ellos. Pronto encontraron seres humanos, pero, ¡qué hombres eran aquéllos! Todos eran deformes, con caras repugnantemente abultadas y amarillentas, y cuellos que parecían pedazos de carne colgante, pesados y horribles. Eran cretinos, que arrastraban su vida miserable, mirando con ojos inexpresivos a los forasteros que iban de paso. Las mujeres eran las más repulsivas. ¿Serían así los habitantes de la nueva patria de Rudi?



3. El tío

En la casa del tío de Rudi las personas - ¡loado sea Dios! ­ eran como las que el niño estaba acostumbrado a ver y tratar. Un solo cretino residía en ella temporalmente; un pobre muchacho idiota, uno de esos pobres abandonados que las familias del Valais mantienen alternativamente, unos meses cada una. El pobre Saperli estaba allí precisamente cuando llegó Rudi.
El tío era todavía un robusto cazador, y, además, experto en el oficio de tonelero. Su mujer era una personita vivaracha, de cara de pájaro, ojos de águila y cuello cubierto de vello en toda su longitud.
Todo era nuevo para Rudi: vestidos, usos y costumbres, incluso la lengua, si bien su oído infantil tardó muy poco en hacérsela suya. En comparación con la casa del abuelo, veíase en todo un cierto bienestar. El aposento de estar era más espacioso, las paredes estaban adornadas con cuernos de gamo y relucientes escopetas, y sobre la puerta colgaba la imagen de la Virgen María, con frescos rododendros y una lamparilla encendida.
Como ya dijimos, el tío era uno de los más diestros cazadores de gamos de la comarca, y, además, el mejor y más experto de sus guías. Todo hacía pensar que Rudi se convertiría muy pronto en el favorito de la casa. Cierto es, empero, que tenía un rival: un viejo perro de caza ciego y sordo, incapaz ya de prestar servicio, pero que en otros tiempos había sido un fiel y activo servidor. Nadie había olvidado el buen comportamiento del animal en sus años jóvenes; por eso seguía formando parte de la familia y tenía el pan asegurado. Rudi acariciaba al perro, pero éste rehuía a los extraños, y el niño lo era aún. Mas no iba a serlo por mucho tiempo, pues muy pronto echó firmes raíces en la casa y en el corazón de sus habitantes.
No se está mal aquí en el Valais - decía el tío -. Gamos no faltan; la raza no se extingue, como la de las cabras monteses; y ahora lo pasamos mucho mejor que antaño. Digan lo que quieran del tiempo pasado, el nuestro es mejor. Antes vivíamos como en un saco. Ahora en el saco se ha abierto un boquete, y una corriente de aire fresco sopla en el cerrado valle. Cuando se derrumba lo viejo, siempre aparece algo que es mejor.
Los días que le daba por charlar contaba cosas de su juventud, ocurridas cuando su padre estaba aún en posesión de todas sus facultades, cuando el Valais era todavía, como decía él, un saco cerrado y poblado por pobres cretinos.
- Pero vinieron los soldados franceses, y éstos eran los médicos que necesitábamos, pues las emprendieron contra los hombres, pero también contra las enfermedades. Son gente entendida en eso de batirse, los franceses. No hay quien los gane; ¡y tampoco las francesas son mancas! - añadía el tío, riendo y haciendo un guiño a su mujer, francesa de nacimiento -. Cuando hubieron terminado con los hombres, los franceses atacaron a las piedras; cortaron la carretera del Simplón en las rocas, y abrieron un camino, tal, que hoy puedo yo decirle a un niño de tres años: «Vete a Italia sin dejar la carretera». Y el pequeño llegará a Italia si no se separa del camino. Luego entonaba el tío una canción francesa y gritaba un hurra a Napoleón Bonaparte.
En casa de su tío, Rudi oyó hablar por vez primera de Francia, de Lyón, la gran ciudad a orillas del Ródano, que el tío había visitado.
- Me parece - decía a Rudi - que en pocos años llegarás a ser un buen cazador de gamos; aptitudes no te faltan; y le enseñó a apuntar con la escopeta y a disparar. Durante la estación de caza se lo llevaba a la montaña y le daba a beber sangre caliente de gamo - lo cual, según creencia general en el país, inmuniza a los cazadores contra el vértigo -. Con el tiempo lo fue instruyendo acerca de las laderas por donde suelen producirse aludes, a mediodía o al anochecer, según la acción de los rayos del sol. Lo estimuló a observar bien los gamos y a aprender de ellos la manera de caer de pie y sostenerse después del salto. Cuando en la grieta de la roca no se encontraba un apoyo para el pie, había que utilizar el codo, agarrarse con los músculos de las pantorrillas y los muslos. En caso de necesidad, incluso la cerviz podía servir de punto de apoyo. Los gamos eran listos y colocaban centinelas, pero el cazador debía ser más listo que ellos y tratar de acercarse a ellos a contraviento. Sabía engañarlos de una manera muy divertida: colgaba del bastón su sombrero y su chaqueta, y los animales tomaban el vestido por el hombre. El tío les gastó esta broma un día que salió de caza con Rudi.
El rocoso sendero era tan angosto, que apenas podía decirse que existiera, pues se reducía a un reborde casi imperceptible junto al vertiginoso abismo. La nieve estaba allí medio fundida, y la piedra tan desgastada por la erosión, que se desmenuzaba bajo los pies; por eso el tío se tendió cuan largo era y empezó a avanzar a rastras. Cada piedra que se desprendía caía, rebotaba, rodaba y pegaba muchos saltos de roca en roca antes de detenerse en el fondo del tenebroso abismo. A cien pasos detrás del tío estaba Rudi en lo alto de la peña, viendo cómo en el aire, encima del lugar donde se hallaba su tío, un buitre describía lentos círculos, pegando aletazos como para precipitar al abismo aquel gusano que se arrastraba, ávido de convertirlo en carroña para su pitanza. El hombre sólo tenía ojos para el gamo con su cabritilla, visible al otro lado de la sima. Rudi no perdía de vista al ave de rapiña, sabiendo perfectamente lo que quería, el dedo en el gatillo, dispuesto a disparar en el momento crítico. Aprestóse el gamo a saltar, hizo fuego el tío, y el animal cayó mortalmente herido, mientras el cabrito huía a grandes saltos por entre las peñas. La siniestra ave, asustada por el disparo, cambió de dirección, sin que el tío supiera el riesgo que había corrido; después se lo contó Rudi.
Iban de regreso contentos como unas Pascuas, cantando el tío una canción de sus años infantiles, cuando de repente se oyó un extraño ruido a no mucha distancia. Miraron a todos lados, y al levantar los ojos vieron que allá en lo alto, en la inclinada ladera rocosa, se alzaba una masa de nieve ondeante, como un lienzo extendido, por debajo del cual sopla el viento. De pronto, aquellas levantadas olas se desplomaron y descompusieron en un torrente de blanca espuma, y se precipitaron con el fragor de un trueno lejano. Era un alud, que bajaba, no sobre Rudi y su tío, pero sí a muy poca distancia de ellos, demasiado poca.
- ¡Agárrate firme, Rudi! - gritó el hombre -. ¡Agárrate con todas tus fuerzas!
Rudi se abrazó al árbol más cercano; el tío trepó por él hasta las ramas y se agarró a ellas, mientras el alud pasaba rodando a muchos metros de los dos; pero la tempestad por él provocada, el torbellino que lo acompañó, quebraba y desgajaba en derredor árboles y arbustos cual si fuesen cañas secas, esparciéndolos en todas direcciones. Rudi fue arrojado violentamente al suelo; el tronco al que se agarró parecía aserrado, y la copa había sido proyectada a un buen trecho de allí.
Entre las ramas rotas yacía el tío con la cabeza abierta; la mano estaba aún caliente, pero la cara era irreconocible. Rudi lo miraba, lívido y tembloroso; fue el primer espanto de su vida, la primera vez que conoció lo que era el miedo.
Llegó a casa ya bien anochecido con la trágica noticia. Su tía no dijo una palabra ni derramó una lágrima: su dolor no estalló hasta que trajeron el cadáver. El pobre cretino se acostó y no se le vio en todo el día; al atardecer fue en busca de Rudi.
- Escríbeme una carta. Saperli no sabe escribir. Pero Saperli puede llevar la carta a correos.
- ¿Quieres mandar una carta? - preguntó Rudi -. ¿A quién?
- A Nuestro Señor Jesucristo.
- ¿Qué estás diciendo?
El idiota, al que llamaban cretino, dirigió al muchacho una mirada conmovedora, y, doblando las manos, dijo con acento solemne y piadoso:
- A Jesucristo. ¡Saperli quiere mandarle una carta, quiere pedirle que el muerto en esta casa sea Saperli y no aquel hombre.
Rudi le estrechó la mano.
- La carta no llegaría. ¡La carta no nos lo puede devolver!
Le resultaba difícil al niño explicar a Saperli por qué era imposible aquello.
- ¡Ahora eres tú el apoyo de esta casa! - le dijo su madre adoptiva. Y Rudi aceptó la carga.

4. Babette

¿Quién es el mejor tirador del cantón del Valais? Bien lo sabían los gamos.
- ¡Guárdate de Rudi! - se decían.
- ¿Quién es el cazador más guapo? - ¡Pues Rudi! - contestaban las mozas; pero éstas no añadían: - ¡Guárdate de Rudi!
No lo decían ni siquiera las madres serias, pues él las saludaba con la misma amabilidad que a las muchachas. Era audaz y de genio alegre, tenía morenas las mejillas, blancos los dientes, y negros y brillantes los ojos; era un guapo mozo de 20 años. El agua helada no le parecía fría cuando nadaba; se revolvía y giraba en ella como un pez, sabía trepar como nadie, y pegarse como un caracol a las paredes de roca; había fibra en él, sus músculos y tendones eran de acero. Bien se le veía al saltar; su primer maestro había sido el gato, y después los gamos. Era el guía más seguro; habría podido reunir una fortuna dedicándose a este oficio. Para el de tonelero, que su tío le había enseñado también, le faltaba disposición. Su anhelo y su placer eran cazar gamos, y esta ocupación no resultaba menos lucrativa. Rudi era un buen partido, decían todos, pero no quería levantar los ojos a una clase social superior a la suya. En el baile era la pareja con quien soñaban todas las muchachas; y eran muchas las que pensaban en él también en las horas de vela.
- Hoy en el baile me ha dado un beso - dijo Anita, la hija del maestro, a su mejor amiga; y, sin embargo, no debiera de haberlo contado, ni a la mejor de sus amigas. Estas cosas son difíciles de guardar; son como arena en un saco agujereado; se van derramando por todas partes. A pesar de lo bueno y formal que era Rudi, pronto corrió la voz de que besaba en el baile; y, en realidad, sólo lo había hecho una vez, y no a la que más le hubiera gustado.
- ¡Cuidado con él! - dijo un viejo cazador -. Ha besado a Anita; ha empezado por la A, y seguirá besando a todo el alfabeto.
Un beso en el baile era, hasta el momento, todo lo que las comadres habían podido murmurar de él; pero había besado a Anita, que no era, ni mucho menos, la flor de su corazón.
Allá abajo, cerca de Bex, entre corpulentos nogales, y a orillas de un torrente impetuoso, vivía el rico molinero. La casa, un gran edificio de tres pisos con pequeñas torres, estaba cubierta con ripias y chapeada de hojalata, por lo que relucía a gran distancia bajo los rayos del sol o de la luna. La torre mayor tenía por veleta un palo brillante que atravesaba una manzana; recordaba la hazaña de Guillermo Tell. Ya por su exterior, el molino revelaba una situación próspera; su aspecto era majestuoso; el pintor que lo veía echaba mano maquinalmente al pincel para pintarlo; pero la hija del molinero no podía ser pintada ni descrita. Por lo menos así lo pensaba Rudi, en cuyo corazón vivía su imagen. Una sola mirada de sus ojos había bastado para inflamar su alma, como basta una antorcha para provocar un pavoroso incendio. Y lo más sorprendente era que la linda Babette, la hijita del molinero, no tenía de ello la menor sospecha; en toda su vida no había cambiado jamás una palabra con Rudi.
El molinero era rico, y su riqueza ponía a Babette fuera del alcance del muchacho. «Pero - pensaba Rudi - nada está tan alto que no pueda alcanzarse. Hay que trepar, y ya es sabido que nadie se cae si está convencido de que no ha de caer». Esta máxima la había aprendido de pequeño en su casa.
Un día, Rudi tuvo que ir a Bex a resolver unos asuntos. Era todo un viaje, pues no existía aún el ferrocarril que hoy enlaza aquellos lugares. Desde el glaciar del Ródano, y a lo largo de la falda del Simplón, se extiende, entre numerosas y alternantes montañas, el amplio valle del Valais, con su caudaloso río, el Ródano, que experimenta frecuentes crecidas, durante las cuales inunda y asola los campos y caminos. Entre las ciudades de Sión y Saint-Maurice, el valle forma un ángulo, tuerce a manera de codo y se estrecha tanto, aguas abajo de Maurice, que sólo deja espacio para el lecho del río y la carretera. Una antigua torre sirve al mismo tiempo de centinela del cantón del Valais, que termina allí, y desde la montaña domina el puente de piedra que lleva a la aduana de la margen opuesta, donde empieza el cantón de Vaud; Bex es la primera ciudad que se encuentra. Desde allí, a cada paso se ve aumentar la riqueza y la feracidad del suelo; el viajero entra en un vergel de nogales y castaños. Aquí y allí destacan cipreses y granados, y en el ambiente se nota un calor meridional que hace presentir Italia.
Rudi llegó a Bex, despachó su negocio y dio una vuelta por la población, pero no vio a ningún molinero, y no hablemos ya de Babette. Las cosas no marchaban como debían.
Al anochecer, el aire se impregnó del aroma del tomillo silvestre y de los tilos en flor. En torno a las montañas verdeazuladas flotaba una especie de velo centelleante, de un etéreo color. Un profundo silencio reinaba por doquier; pero no el silencio del sueño o de la muerte, era como si la Naturaleza entera retuviese la respiración, como si hubiese adoptado aquella actitud de reposo solemne para que su imagen pudiera fotografiarse en el fondo azul del cielo. Entre los árboles, a lo largo de la campiña, se levantaban altos postes que sostenían los hilos del telégrafo, los cuales discurrían a través del silencioso valle. Contra uno de ellos había apoyado un objeto, tan inmóvil, que habría podido tomarse por un tronco seco: era Rudi, que permanecía allí quieto como todo lo que lo rodeaba en aquel momento. No dormía, ni mucho menos estaba muerto; pero del mismo modo que por el alambre vuelan a menudo sucesos trascendentales, noticias de decisiva importancia, sin que el hilo los revele por una vibración o un sonido, así también pasaban por la mente de Rudi pensamientos grandiosos, supremos, la felicidad de toda su vida, pensamientos que en adelante serían los únicos y constantes. Sus ojos se clavaban en un punto situado en medio del follaje: la luz de la casa del molinero, la morada de Babette. Ante la inmovilidad absoluta de Rudi se habría pensado que apuntaba a un gamo, aunque más bien él parecía un gamo estático, como tallado en la roca, que de repente, al rodar una piedra, pegará un salto y echará a correr. Y esto es, efectivamente, lo que hizo Rudi. Un pensamiento había rodado por su alma.
- ¡No hay que desalentarse nunca! - exclamó -. ¡A visitar el molino! ¡A decir buenas noches al molinero, buenas noches a Babette! Nadie cae si no piensa que va a caer. Para llegar a ser el marido de Babette, es necesario que ella me vuelva a ver.
Rudi se echó a reír y se encaminó al molino, muy animado. Sabía lo que quería: ganarse a Babette.
Bramaba el río espumeante con sus aguas amarillentas; tilos y sauces se inclinaban sobre la impetuosa corriente. Rudi se acercó a la casa con paso resuelto, pero, como reza la antigua canción:

... en casa del molinero
no había un alma aquella noche;
sólo el gato miraba por el agujero.

El gato estaba, en efecto, en la escalera, hecho un arco y diciendo: «¡miau!». Pero a Rudi nada le decía aquel lenguaje; llamó, pero no lo oyeron; nadie respondió. «¡Miau!», repitió el gato. Si Rudi hubiese sido niño todavía, habría comprendido el lenguaje de los animales y oído que el gato le decía: «¡No hay nadie en casa!». Hubo de ir al molino para informarse. Allí le explicaron que el dueño estaba de viaje, lejos, en la ciudad de Interlaken - «inter lacus, entre los lagos», como le había explicado el maestro, el padre de Anita -. El molinero se había marchado pues, y, con él, Babette. Se celebraba una gran fiesta de tiro en aquella ciudad; empezaría al día siguiente, e iba a durar una semana; a ella acudían los tiradores de todos los cantones alemanes.
¡Pobre Rudi! No había elegido un buen momento para ir a Bex; no le quedaba más alternativa que volverse, reemprender el camino, por Saint-Maurice y Sión, a su valle, a sus montañas. Mas no se desalentó por ello; cuando salió el sol, a la mañana siguiente, ya había recuperado su buen humor; nunca lo perdía por muchas horas.
- Babette está en Interlaken, a muchas jornadas de aquí - se dijo -. Está muy lejos si se va por la carretera principal, pero el camino es mucho más corto por la montaña, y éste es el camino que conviene a un cazador de gamos. Lo he seguido ya una vez; del otro lado está mi tierra, donde de niño viví en casa de mi abuelo. Además, en Interlaken se celebra la fiesta de los tiradores. Yo seré el primero, y me meteré en el corazón de Babette en cuanto haya hecho amistad con ella.
A la espalda la ligera mochila que contenía su traje dominguero, y la escopeta y el morral colgados del hombro, Rudi emprendió la ascensión de la montaña, tomando por un atajo que, a despecho de su nombre, era bastante largo. Pero la fiesta no empezaba hasta aquella tarde, y duraría más de una semana. Según le habían dicho, el molinero y su hija permanecerían hasta el fin en Interlaken, en casa de unos parientes. Rudi atravesó el Gummi con el propósito de bajar cerca de Grindelwald.
Avanzaba alegre y contento, en el aire fresco y reparador de la montaña. El valle iba quedando abajo, mientras el horizonte se ensanchaba progresivamente: aquí una cumbre nevada, allí otra, y pronto, a lo lejos, toda la blanca y reluciente cadena de los Alpes. Rudi conocía todos los picos, por lo cual tomó directamente el camino del Schreckhorn, que levantaba en el aire azul su empolvado índice de piedra.
Por fin dejó a su espalda la alta cresta; los prados descendían hacia el valle de su infancia. Ligero era el aire, y ligero su corazón. Monte y valle aparecían cuajados de flores y verdor, y su corazón era presa de la embriaguez juvenil: ¡nunca se envejece, la muerte no existe! ¡Vivir, vencer, gozar! Libre como el ave era, y, como ella, ligero. Las golondrinas pasaban volando y cantando, como cuando era niño: «A mí y a ti, a ti y a mí». ¡Todo era vida y alegría!
Abajo se extendía el prado verde aterciopelado, salpicado de pardas casas de madera; el Lütschine serpenteaba murmurador y chapoteante. El mozo veía el glaciar, con sus verdes bordes cristalinos y sus profundas grietas; distinguía los dos glaciares, el superior y el inferior. Las campanas de la iglesia le enviaban sus sonidos, como anunciando su regreso a la patria. Rudi sintió que su corazón latía con más fuerza y se ensanchaba; tan grande se hizo y tan lleno de recuerdos, que por un momento Babette se borró de él.
Volvía a recorrer aquel mismo camino en el que, siendo niño y con otros chiquillos de su edad, había salido a vender casitas de madera tallada. Arriba, detrás del abeto, alzábase todavía la casa del abuelo, habitada hoy por desconocidos. Varios rapaces corrieron a su encuentro, ofreciéndole sus mercancías; uno le brindó un rododendro, que Rudi tomó como signo de buen agüero, pensando en Babette. Pronto llegó al puente del valle, donde se unen los dos brazos del Lütschine. Aumentaba el número de árboles de follaje, y los nogales daban sombra. Vio entonces la ondeante bandera con la cruz blanca sobre fondo rojo, emblema de suizos y daneses. Ante él se hallaba Interlaken.
Jamás había visto Rudi una ciudad tan magnífica. Una ciudad suiza endomingada. No era, como las otras poblaciones menores, un conjunto de pesadas casas de piedra, toscas, ariscas y poco acogedoras. Parecía como si las casas de madera de la montaña hubiesen bajado al verde valle con el río límpido y raudo y, una un poco más entrante y otra un poco más saliente, se hubiesen alineado para formar una calle. Era la más hermosa de todas las calles, y por cierto que había crecido también en altura desde que Rudi estuviera en la ciudad por última vez, siendo aún niño.
Imaginó que todas aquellas lindas casitas de madera que había tallado el abuelo y llenaban el armario de la vivienda, se habían plantado allí y crecido vigorosamente, como los viejos y nobles castaños. Cada casa era un chalet; ventanas y balcones se distinguían por sus primorosos labrados en madera, dando belleza y gracia al conjunto; y delante de cada casa se extendía un magnífico jardín hasta la carretera, ancha y asfaltada. A lo largo de ésta había casas sólo por un lado, para no ocultar los verdes y jugosos prados inmediatos, por donde vagaban las vacas con sus cencerros, que sonaban exactamente como en los pastizales de las alturas. La pradera quedaba rodeada por altas montañas, que se apartaban en el centro para que pudiera contemplarse en toda su grandiosidad la Jungfrau, esa cumbre brillante y nevada, la más hermosa de todas las montañas de Suiza.
¡Qué muchedumbre de elegantes caballeros y damas llegados de tierras extranjeras, y qué hormigueo de campesinos de los diversos cantones suizos! Los tiradores llevaban sus respectivos números en el sombrero. Por todas partes resonaban música y cantos, organillos e instrumentos de viento, griterío y ruido. Las casas y los puentes aparecían adornados con versos y emblemas. Ondeaban banderas y pendones, y las escopetas disparaban sin interrupción. Para los oídos de Rudi, ésta era la música más bella; en medio de tanta magnificencia olvidóse incluso de Babette, a pesar de que sólo por ella había venido.
Los cazadores se concentraron para sus ejercicios; Rudi se mezcló con ellos y se mostró el más diestro y afortunado. Tiro que disparaba, tiro que daba en la diana.
- ¿Quién es ese forastero, ese joven cazador? - se preguntaba la gente.
- Habla francés, y parece del Valais; pero se expresa bastante bien en alemán - observaron algunos -. Seguramente vivió de niño en la región de Grindelwald - dijo alguien.
El mozo rebosaba de vida, sus ojos brillaban, su mirada era tan segura como su brazo. La felicidad infunde valor, y valor no le faltaba nunca a Rudi. Muy pronto se vio rodeado de un gran círculo de amigos, respetado y admirado por todos; Babette casi se había borrado por completo de su mente. De pronto, una pesada mano se posó en su hombro, y una ruda voz le dijo en francés:
- Sois del cantón de Valais, ¿verdad?
Al volverse, Rudi vio ante sí una cara roja y satisfecha, y una recia figura; era el rico molinero de Bex, que, con su corpulencia, ocultaba a la linda Babette, aunque ésta no tardó en asomar con sus radiantes ojos oscuros. Para el rico molinero, la prueba de que el mozo fuese de su cantón era simplemente el hecho de que disparaba como nadie y de que todo el mundo lo agasajaba. En verdad que Rudi era un favorito de la suerte; aquella por quien había venido y a la que casi había olvidado, lo buscaba a su vez.
Siempre que unos paisanos se encuentran lejos de su tierra, se reconocen y entablan conversación. En el concurso de tiro, Rudi había sido sin discusión el primero, del mismo modo que el molinero era el primero en Bex por su riqueza y su hermoso molino. Por eso los dos hombres se estrecharon la mano, cosa que nunca habían hecho hasta entonces. También Babette alargó ingenuamente la suya a Rudi, el cual la estrechó, mientras dirigía a la muchacha una mirada que la hizo ruborizarse.
Contóle el molinero su largo viaje y le habló de las muchas ciudades que habían visitado. Había sido un viaje con todas las de la ley: en vapor, en ferrocarril y en diligencia.
- Pues yo he venido por el camino más corto - dijo Rudi ­ por la montaña. No hay senda tan alta que no pueda pasarse.
- Pero también se puede uno romper el cuello - replicó el molinero -. Y me das la impresión de que algún día te lo vas a romper, por lo temerario que eres.
- ¡Nadie se cae si no piensa que va a caerse! - dijo Rudi.
Los parientes del molinero, en cuya casa se hospedaban él y su hija, invitaron a Rudi a alojarse también con ellos, en vista de que eran del mismo cantón. Para los proyectos que nuestro mozo se había forjado, el ofrecimiento venía al dedillo; la suerte lo acompañaba, como acompaña siempre a aquel que tiene confianza en sí mismo y se acuerda de que «Dios nos da nueces, pero quiere que las casquemos nosotros».
Instalóse Rudi en casa de los parientes del molinero como si fuese de la familia; se pronunció un brindis en honor del mejor tirador; sumóse a él Babette, y Rudi le dio las gracias por la distinción que se le otorgaba.
Al anochecer salieron a pasear por la hermosa calle, delante del lujoso hotel y bajo los viejos castaños. Tal era la multitud y el bullicio, que Rudi hubo de ofrecer el brazo a Babette. Estaba muy contento, le dijo, de haberse encontrado con gente de Vaud, pues Vaud y el Valais eran cantones que vivían en buena vecindad. Expresóle su alegría de un modo tan abierto y sincero, que Babette creyóse obligada a estrecharle la mano. Paseaban juntos, casi como antiguos conocidos, él y la encantadora muchachita. A Rudi le hacían gracia sus observaciones sobre los ridículos y exagerados vestidos y modas que exhibían las damas forasteras. Pero no lo hacía para burlarse de ellas, pues podían ser personas muy conformes y simpáticas; bien lo sabía Babette, que tenía por madrina a una distinguido señora inglesa. Hallóse casualmente en Bex dieciocho años atrás, cuando fue bautizada la niña, y le regaló el hermoso broche que llevaba en el pecho. Dos veces le había ya escrito, y aquel año había proyectado coincidir con ella en Interlaken, adonde pensaba ir en compañía de sus hijas, dos solteronas que iban por los treinta, según se expresaba Babette, que no contaba más de dieciocho abriles.
La dulce boquita no callaba ni un momento, y todo cuanto parloteaba sonaba a los oídos de Rudi como cosas de la mayor importancia. A su vez contó él cuanto tenía por contar; las veces que habla estado en Bex, lo bien que conocía el molino; ella, en cambio, probablemente ni se había fijado en él. La última vez que había estado allí, llevado por mil pensamientos que no podía comunicarle, ella y su padre estaban ausentes, muy lejos, aunque no tanto que no pudiese saltarse el muro que los separaba.
Todo esto dijo, y muchas cosas más. Díjole que la quería mucho, y que sólo por ella, no por la fiesta, había bajado a la ciudad.
Babette se quedó callada; acaso el mozo le había dicho más de lo que ella podía comprender. Y mientras caminaban, se ocultó el sol detrás de la gigantesca muralla rocosa; la Jungfrau se elevó en toda su magnificencia y luminosidad, rodeada de la verde corona formada por los bosques de las montañas vecinas. Mucha gente se había detenido a contemplar el espectáculo, y también Rudi y Babette recrearon sus ojos en aquella majestad.
- Éste es el lugar más hermoso de todos - dijo la muchacha.
- ¡El más hermoso! - repitió Rudi, mirándola - ¡Mañana debo marcharme! - añadió.
- Ve a visitarnos a Bex - susurró ella -. Mi padre se alegrará.

5. El regreso

¡Cuán cargado iba Rudi al día siguiente, cuando volvió a tomar el camino de la montaña, de regreso a casa! Llevaba tres copas de plata, dos magníficas escopetas y una cafetera, también de plata, que podría servir el día que se casase. Pero nada eran estas riquezas comparadas con las palabras de Babette, que llevaba guardadas en su memoria; y más que llevarlas, eran ellas las que le daban alas para franquear las alturas.
Pero el tiempo estaba destemplado, el cielo era gris, torvo, lleno de amenazas, las nubes se cernían sobre las cumbres como sudarios.
Del fondo del bosque llegaban los hachazos de los leñadores, y monte abajo rodaban troncos que, vistos de lejos, parecían palillos, cuando en realidad eran poderosos mástiles. El Lüt­schine fluía con un zumbido monótono, silbaba el viento, y las nubes surcaban el cielo. De pronto apareció una muchacha junto a Rudi, que él no vio hasta tenerla a su lado. Debía también cruzar la montaña, y en sus ojos brillaba una fuerza singular; eran límpidos, profundos e insondables.
- ¿Tienes novio? - le preguntó Rudi, cuyos pensamientos no podían separarse de Babette.
- No - respondió la muchacha, riendo como quien no dice la verdad -. ¡No demos rodeos! - añadió -. Por la izquierda el camino es más corto.
- ¡Sí, para que caigamos en una grieta! - replicó Rudi -. ¿Tal vez tú conoces mejor el camino y quieres hacer de guía?
- Lo conozco muy bien, y además mis pensamientos no divagan. Los tuyos están al parecer en el valle. Aquí arriba hay que pensar en la Virgen de los Ventisqueros. No es muy amiga de los hombres, según se dice.
- No le temo - replicó Rudi -. Tuvo que soltarme cuando era yo muy pequeño, y ahora que soy un hombre estoy seguro de que sabré escapar a sus acechanzas.
Aumentó la oscuridad y empezó a llover, y después de la lluvia vinieron ráfagas de nieve, que cegaban al cazador.
- Dame la mano, te ayudaré a subir - dijo la muchacha, tocándole con los gélidos dedos.
- ¡Ayudarme tú! - exclamó Rudi -. ¡Nunca necesité de la ayuda de una mujer para trepar! -. Y apretó el paso, alejándose de ella. El torbellino de nieve lo envolvió como en una cortina, y por entre los bramidos del viento pudo oír cómo la doncella reía y cantaba. Su voz sonaba de un modo siniestro. La Virgen de los Ventisqueros tenía muchos hechizos a su servicio; Rudi había oído hablar de ello cuando, de niño, había pernoctado en la montaña en el curso de sus expediciones.
La nevada disminuyó de intensidad, las nubes quedaban a sus pies. Miró a su espalda y no vio a nadie; pero seguía oyendo risas y gritos, que no parecían salidos de una garganta humana.
Cuando, por fin, Rudi llegó a la cresta de la montaña, donde comenzaba el sendero que descendía hacia el Valle del Ródano, en la faja de aire azul que se dibujaba hacia Chamonix vio dos estrellas centelleantes y pensó en Babette, en sí mismo y en su felicidad, y aquellos pensamientos le hicieron entrar en calor.



6. La visita al molino

- ¡Qué traes, hijo mío! - exclamó su vieja madre adoptiva - ¡Estas cosas sólo las tienen los potentados! -, y sus ojos de águila brillaban, y la emoción le hacía mover el cuello escuálido, en extrañas contorsiones -. La suerte te acompaña, Rudi. ¡Deja que te bese, hijo mío!
Y Rudi se dejó besar, pero en su cara se reflejaba la pena que le causaba la pobreza de su casa.
- ¡Qué hermoso eres, Rudi! - dijo la anciana.
- ¡No me llenes la cabeza de ilusiones! - replicó Rudi riendo; pero, con todo, le agradaba.
- Pues lo repito - prosiguió la mujer -, la suerte te acompaña.
- ¡Sí, en esto te creo! - respondió él, pensando en Babette. Nunca como en aquel momento había sentido la nostalgia del valle.
«Ya deben estar de regreso - pensó -. Han pasado ya dos días de la fecha que me dijo. No puedo más: me voy a Bex».
Y Rudi se fue a Bex, y encontró el molinero en casa. Lo recibieron muy bien y le dieron recuerdos de la familia de Interlaken. Babette se había vuelto taciturna, pero sus ojos eran elocuentes, y esto le bastaba a Rudi. El molinero, aficionado a llevar siempre la voz cantante, pues estaba acostumbrado a que los demás celebraran sus chistes y ocurrencias - por algo era el rico molinero -, esta vez se complacía, cosa rara, en escuchar a Rudi contar sus aventuras de caza, las fatigas y los peligros que han de afrontar los cazadores de gamos en las rocosas alturas. Escuchó atentamente su relato acerca de las inseguras cornisas de nieve, que el viento y la intemperie labran en el reborde de la roca, y por las que el cazador ha de arrastrarse, como ha de cruzar también los arriesgados puentes levantados por las ventiscas sobre los insondables precipicios. ¡Qué audaz parecía Rudi, y cómo brillaban sus ojos cuando narraba la existencia del cazador, la inteligencia y los hábiles saltos de los gamos y describía la furia del «föhn» y el precipitarse de los aludes vertiginosos! Se daba perfecta cuenta de que cada nuevo relato le hacía subir en la estima del molinero, al cual impresionó especialmente cuanto dijo acerca de los buitres y del águila real.
No lejos de allí, en el cantón del Valais, debajo de un borde colgante de roca, había un nido de águilas muy hábilmente colocado. En él vivía un aguilucho, que nadie se atrevía a ir a capturar; pocos días antes, un inglés había ofrecido a Rudi un puñado de oro si le traía viva la cría. Pero «todo tiene sus límites», había replicado el mozo.
- El aguilucho no dejará que lo saquen del nido; sería una locura intentarlo.
Y fluyó el vino, y fluyeron los discursos, pero la velada se le hizo muy corta a Rudi, a pesar de que era ya más de media noche cuando se despidió de la gente del molino.
Un instante brillaron aún las luces a través de la ventana y entre las verdes ramas. Por el tragaluz del tejado salió el gato del salón en busca del de la cocina, que paseaba a lo largo del canalón.
- ¿Sabes la novedad del molino? - preguntó el primero -. Tenemos noviazgo a la vista. El padre no está enterado aún. Rudi y Babette se han estado dando con los pies por debajo de la mesa durante toda la velada. A mí me pisaron por dos veces, pero no maullé para no llamar la atención. -Pues yo habría maullado -respondió el gato de la cocina. - Lo que está permitido en la cocina no conviene en el salón - replicó el otro -. ¡Sólo quisiera saber lo que dirá el molinero cuando se entere!
Lo mismo hubiera deseado Rudi; pero su impaciencia no le permitió esperar a que el molinero se enterara por sí mismo. Así, unos días después, cuando el ómnibus que hacía el servicio entre el Valais y Vaud cruzaba el puente del Ródano, podía verse en él a nuestro mozo, animoso como siempre y meciéndose en la anticipación de lo que aquella noche le esperaba.
Cuando, al anochecer, el ómnibus emprendió el viaje de regreso, iba también en él Rudi camino de casa. En el molino, el gato del salón tenía una importante noticia que comunicar.
- ¿Sabes qué pasa, cocinero? Pues que el molinero está enterado de todo. La cosa ha acabado de un modo muy raro. Rudi llegó al atardecer, y él y Babette venga cuchichear y hablarse al oído en el corredor, frente a la habitación del molinero. Yo estaba a sus pies, pero ellos tenían los ojos y el pensamiento muy lejos de mí. «Me voy derecho a tu padre - dijo Rudi -, es lo más honrado». «¿Quieres que vaya contigo? - le preguntó Babette -. Quizá pueda darte ánimos». «Ánimos no me faltan - replicó Rudi -; pero si estás tú presente, por lo menos no perderá la calma; yo quiero saber si está conforme o no». Entraron los dos, y al pasar Rudi me pisó la cola; ¡no he visto hombre más torpe! Yo solté un maullido, pero ni él ni Babette repararon en mí. Abrieron la puerta y entraron; yo me adelanté, y salté sobre el respaldo de una silla; estaba curioso por ver cómo Rudi plantearía la cosa. Pero ahora le tocó al molinero utilizar los pies: ¡qué patada dio sobre el piso! «¡A la puerta y a los gamos de la montaña!», gritó encolerizado y razón que tiene. Está bien que Rudi cace gamos, pero no a nuestra pequeña Babette.
- Pero en fin, ¿qué dijeron? - preguntó el gato de la cocina. - ¿Qué dijeron? Pues todo lo que la gente suele decir en una petición de mano: Yo la quiero y ella me quiere; y cuando en el puchero hay leche para uno la hay también para dos. «¡Pero la chica está demasiado alta para ti! - replicó el molinero -. Está en la cima de una montaña, bien lo sabes, de una montaña de oro. ¡No puedes trepar hasta ella!». «Nada está tan alto que no pueda alcanzarse, cuando uno se lo propone seriamente», respondió Rudi, pues es hombre que tiene respuesta para todo. «Sin embargo, no has podido llegar al nido de águilas; tú mismo lo dijiste el otro día. Pues Babette está aún más alta». «¡Los tendré a los dos!», exclamó Rudi. «Te la doy si me traes vivo el aguilucho», respondió el molinero, soltando la carcajada tan a gusto que se le saltaron las lágrimas. «Entretanto, gracias por tu amable visita, Rudi; si vuelves mañana no habrá nadie en casa. Adiós, Rudi». Y Babette le dijo también adiós, con un acento lastimero como el de un gatito que ha perdido a su madre. «Es propio del hombre cumplir lo prometido - dijo Rudi, resuelto -. No llores, Babette; volveré con el aguilucho». «¡Así te rompas la crisma - exclamó el molinero - y nos libremos de ti!». ¡A eso le llamo yo dar una patada! Rudi se marchó, Babette se dejó caer en una silla y allí se quedó llorando, mientras el molinero cantaba una canción alemana que aprendió durante el viaje. Pero yo no voy a perder el sueño por esta historia. ¡De qué serviría, además?
- Todavía pueden suceder muchas cosas - observó el gato de la cocina.



7. El nido de águilas

Una canción tirolesa, alegre y sonora, llegaba del sendero de la montaña; expresaba buen humor y un ánimo inconmovible. Era Rudi que se encaminaba a casa de su amigo Vesinand.
- Tú y Regli tenéis que ayudarme - le dijo -. Quiero coger el aguilucho del nido de la cornisa.
- ¿Por qué no vas a descolgar el hombre de la luna? Vendría a costarte lo mismo - replicó Vesinand -. Estás de muy buen humor hoy.
- Es que pienso en la boda. Pero hablando en serio, voy a explicarte lo que pasa.
Y puso a sus amigos al corriente de la situación.
- Eres demasiado temerario - dijeron los dos -. Lo que te propones es imposible; te romperás la crisma.
- Nadie se cae si no piensa que puede caerse - replicó Rudi.
Salieron a medianoche, bien provistos de pértigas, escaleras y cuerdas. El camino pasaba por entre arbustos, matorrales y piedras desprendidas, siempre subiendo, subiendo en la oscuridad. El río corría impetuoso, se oía el rumor de agua en las alturas, y nubes cargadas de lluvia surcaban el firmamento. Los cazadores llegaron al borde cortado a pico; la oscuridad era allí más profunda, pues las paredes de roca casi se tocaban; sólo en lo alto, por entre la estrecha fisura, se divisaba un tenue resplandor. Ante ellos se abría un profundo abismo, por el que una cascada se despeñaba con gran estrépito. Sentáronse los tres en silencio, para aguardar el alba, hora en que el águila saldría del nido. Si no la mataban primero, no había que pensar en apoderarse de la cría. Rudi permanecía acurrucado, inmóvil como si formase parte de la piedra que le servía de asiento, preparada la escopeta, clavados los ojos en la grieta de arriba, donde se ocultaba el nido bajo las rocas colgantes. Largo rato esperaron los tres cazadores.
De pronto resonó sobre sus cabezas un estridente chillido; la luz que venía de arriba quedó tapada por algo que flotaba en el aire. Dos escopetas encañonaron la negra figura del águila cuando levantó el vuelo desde el nido. Sonó un disparo; un instante se agitaron las desplegadas alas, y luego el ave cayó lentamente, como si con su enorme cuerpo y sus alas extendidas quisiera llenar la sima, arrastrando a los cazadores en su caída. El águila se precipitó en el abismo, y se oyeron crujir las ramas y los arbustos, que se quebraban bajo el peso del animal.
Entonces los cazadores pusieron mano a la obra con febril actividad. En primer lugar ataron fuertemente una con otra las tres escaleras más largas que habían traído, creyendo que llegarían hasta el nido. Las sujetaron luego al borde del precipicio; quedaban cortos, y el trecho que faltaba para llegar al nido, cobijado bajo un saliente de la roca superior, era vertical y liso como una pared. Tras breve deliberación, los jóvenes convinieron en que lo mejor era descolgar desde arriba dos escaleras atadas y unirlas luego con las tres que habían sido ya emplazadas abajo. Con grandes trabajos consiguieron subir las dos escaleras y atar la cuerda; luego lanzaron las escaleras por encima de la roca saliente, con lo que quedaron suspendidas en el abismo. Rudi estaba ya en el escalón inferior. La mañana era glacial; jirones de niebla se levantaban desde el fondo de la negra sima. Rudi estaba suspendido sobre ésta como una mosca en una paja oscilante, desprendida del nido que un pájaro ha construido al borde de la alta chimenea de una fábrica, pero la mosca puede volar si la paja cede, y, en cambio, Rudi sólo podía romperse el cuello. El viento silbaba a su alrededor, y en el fondo rugía, veloz y espumeante, el río nacido de los hielos del glaciar: el palacio de la Virgen de los Ventisqueros.
Dio entonces a las escaleras un movimiento oscilatorio, como la araña que, desde su largo hilo flotante, busca un punto donde agarrarse; al cuarto intento logró tocar las escaleras de abajo, y, cogiéndose a ellas, las ató a las otras con mano fuerte y segura; seguían oscilando como un punto agitado por el viento.
Parecían una caña colgante las cinco largas escaleras que, bajando hasta el nido, se pegaban casi verticalmente a la pared de roca.
Pero el verdadero peligro venía ahora; había de trepar como un gato, arte que conocía bien Rudi, por habérselo enseñado el suyo cuando niño. No se daba cuenta de que a su espalda estaba el Vértigo, alargando hacia él sus tentáculos de pólipo. Hallábase ya en el peldaño más alto, mas no podía ver el interior del nido; sólo podía alcanzarlo con la mano. Con precaución, comprobó la solidez de las gruesas ramas inferiores entrelazadas que formaban la base del nido; se cogió a la más recia y resistente, y con un impulso se desprendió de la escalera, quedando con la cabeza y el pecho dentro del nido; un hedor asfixiante lo obligó a apartar el rostro. Restos de corderos, gamos y aves en estado de descomposición llenaban el lugar. El Vértigo resoplaba a la cara aquellas ponzoñosas emanaciones para aturdirlo, y allá abajo, en las negras profundidades abismales, en las aguas mugientes, estaba la Virgen de los Ventisqueros en persona, con su larga cabellera de un verde pálido, mirándolo con ojos homicidas, como los dos cañones de una escopeta.
- ¡Ahora serás mío!
En una esquina del nido había un aguilucho grande y vigoroso, aunque todavía incapaz de volar. Rudi lo miró, y, sujetándose fuertemente con una mano, le lanzó el lazo con la otra. La cuerda aprisionó al animal por la patas, y Rudi, tirando del nudo corredizo, lo arrojó, con el ave, por encima del hombro; el aguilucho quedó colgado un buen trecho por debajo de él, mientras el cazador se agarraba a una cuerda que le habían tendido los de arriba, hasta que pudo alcanzar con la punta del pie el borde superior de la escalera.
- Cógete fuerte; sí no piensas que puedes caer, no caerás - rezaba la vieja lección. Fiel a ella, Rudi se cogió vigorosamente, avanzó trepando y, como estaba seguro de no caer, no cayó.
Un grito, sonoro y jubiloso, resonó a lo lejos. Rudi pisaba terreno firme con su aguilucho.

8. Las novedades que el gato del salón pudo contar al de la cocina

- ¡He aquí lo que deseabais! - dijo Rudi entrando en la morada del molinero de Bex y depositando en el suelo un gran cuévano. Al levantar la tela que lo cubría, brillaron en su interior dos ojos amarillos bordeados de negro, con fiera expresión. El breve y fuerte pico se abrió para morder; el cuello era rojo, cubierto de plumón.
- ¡El aguilucho! - exclamó el molinero. Babette lanzó un grito y se apartó de un salto, mirando alternativamente a Rudi y al águila. - ¡Nada te espanta! - dijo el molinero.
- Y vos sois un hombre que cumple su palabra - respondió Rudi -. Cada cual tiene su carácter.
- ¿Y cómo lo hiciste para no romperte la crisma? - preguntó el padre.
- Porque me aguanté firme - replicó el mozo -, y ahora hago lo mismo me agarro a Babette.
- No te fíes demasiado - dijo el molinero riendo, lo cual, como sabía la muchacha, era una buena señal.
- Primero retiremos el aguilucho del cesto; es horrible ver cómo nos mira. ¿Cómo lo cazaste?
Y Rudi hubo de contar la hazaña, mientras el molinero lo consideraba con ojos que reflejaban un asombro creciente.
- ¡Con tu valor y tu buena fortuna puedes mantener a tres mujeres! - exclamó al fin.
- ¡Gracias, gracias de todo corazón! - dijo Rudi.
- Pero con todo eso aún no tienes a Babette - contestó el molinero, dando familiarmente con la mano en el hombro del cazador de águilas.
- ¿Sabes la última novedad del molino? - preguntó el gato del salón a su camarada de la cocina -. Rudi nos ha traído el aguilucho, para recibir a Babette a cambio. Se han besado en presencia del padre, y esto significa que el noviazgo es un hecho. El viejo esta vez no ha pateado; al contrario, ha retraído las garras y se ha puesto a echar una siestecita, mientras la pareja se hacía mil arrumacos. Tienen tantas cosas que contarse, que no habrán terminado para Navidades.
Y, en efecto, no habían terminado para Navidades. El viento arremolinaba las hojas mustias, y la nieve caía en el valle y en las altas montañas. La Virgen de los Ventisqueros permanecía en su soberbio palacio, que en invierno es aún más grande y amplio. De las paredes de roca, tapizadas con gruesas capas de hielo, colgaban carámbanos del peso de un elefante, allí donde en verano el torrente dejaba ondear su velo de agua. Guirnaldas de hielo, de fantásticos cristales, centelleaban sobre los abetos, espolvoreados de nieve. La Reina de los Hielos, montada sobre las alas del viento, cabalgaba por encima de los valles más hondos. Hasta Bex se extendía una espesa capa de nieve, y al pasar la Reina por allí, pudo ver detrás de la puerta a Rudi y Babette enlazados de la mano. La boda se celebraría en verano; amigos y conocidos hablaban tanto de ella, que, como suele decirse, les zumbaban los oídos.
Reapareció el sol, y con él las rosas de los Alpes; pero la más resplandeciente era la alegre Babette, hermosa como la primavera que se acercaba, la primavera que haría que todos los pájaros cantasen el verano y el día de la boda.
- No entiendo cómo esos dos pueden estar tanto tiempo juntos con las caras tan cerca - decía el gato del salón -. Sus eternos maullidos acabarán por fastidiarme.



9. La Virgen de los Ventisqueros

La primavera había desplegado su verde rosario de nogales y castaños, que, especialmente desde el puente de Saint-Maurice, se extiende cada vez más frondoso a lo largo del Ródano, hasta las orillas del Lago de Ginebra. En rápido curso descendía el río de su fuente, situada debajo del verde glaciar, el palacio de hielo donde reside la Virgen de los Ventisqueros. Esta se hacía llevar por el viento hasta el más elevado de los campos de nieve, y se tendía bajo el tibio sol de verano, sobre sus mullidas almohadas. Desde allí dirigía sus ojos hacia los profundos valles, donde los hombres se agitaban con actividad de hormigas.
- ¡Fuerzas del espíritu, os llaman las Hijas del Sol! - decía con desprecio -. ¡Gusanos sois! Basta hacer rodar una bola de nieve para borraros a vosotros y vuestros hogares -. E irguió más aún la altiva cabeza, mirando con siniestros ojos a su alrededor y a sus pies. Pero del valle le llegaba un estruendo insólito: el tronar de las barrenas que volaban las rocas, obra del hombre. Se construían vías y túneles para los ferrocarriles.
- ¡Topos miserables! - exclamó -; se excavan galerías subterráneas; por eso se oyen detonaciones como disparos de fusil. Cuando yo hago cambios en mis palacios, el estruendo es comparable al retumbar del trueno.
Subió del valle una columna de humo, que avanzaba como un velo flotante; era el penacho ondeante de una locomotora, que arrastraba una serie de vagones por la vía férrea recién inaugurada; una serpiente sinuosa cuyas vértebras son vagones y más vagones. Corría el tren como una flecha.
- Se creen los señores de la Tierra ¡esas fuerzas del espíritu! - prosiguió la Virgen de los Ventisqueros -.
Y, sin embargo, las únicas que dominan son las fuerzas de las potencias de la Naturaleza - y prorrumpió a reír y a cantar, y su voz resonó en el valle.
- ¡Por allí baja un alud! - exclamaron los hombres de abajo. Pero las Hijas del Sol entonaron un canto en loor del espíritu del hombre, que doma los mares, mueve montañas y colma valles; el espíritu del hombre: él es el señor de las fuerzas naturales. Precisamente en aquellos momentos, un grupo de excursionistas atravesaban el campo de nieve donde estaba la Virgen de los Ventisqueros. Iban atados con cuerdas para constituir un único cuerpo más voluminoso sobre la lisa superficie del hielo, al borde de los ingentes abismos.
- ¡Gusanos! - exclamó ella -. ¡Vosotros, los señores de las potencias naturales! - y, volviéndoles la espalda, miró burlona el fondo del valle, por donde corría el ferrocarril.
- Allá van esos pensamientos. Allá van en el ímpetu de las fuerzas; los veo, veo a cada uno de los humanos que van en el tren. Uno va sentado orgulloso como un rey, solo; otros, amontonados; la mitad, dormidos, y cuando se detiene el dragón de vapor, bajan y siguen su camino. ¡Los pensamientos salen a correr mundo! -. Y se echó a reír.
- ¡Otro alud que baja! - dijeron las gentes del valle.
- ¡A nosotros no nos coge! - exclamaron dos que viajaban en el dragón de vapor, «dos almas y un pensamiento», como dice la canción. Eran Rudi y Babette, y los acompañaba el molinero.
- ¡Como una maleta! - decía -. Soy el mal necesario.
- Allá van los dos - dijo la Virgen de los Ventisqueros -. He aplastado mucho gamos, he doblado y quebrado millones de rosas alpinas sin dejar ni la raíz. ¡Aniquilaré los pensamientos, las fuerzas del espíritu! -. Y soltó una nueva carcajada.
- ¡Viene otro alud! - dijeron las gentes del valle.



10. La señora madrina

En Montreux, una de las ciudades más próximas que, junto con Clarens, Vernex y Crin, forma una guirnalda en torno a la parte nordeste del Lago de Ginebra, vivía la madrina de Babette, la noble inglesa, con sus hijas y un joven pariente. No hacía mucho que habían llegado de Inglaterra, pero ya el molinero las había visitado y explicado el noviazgo de la muchacha y la hazaña de Rudi al capturar el aguilucho, precedida de su viaje a Interlaken; en resumen, toda la historia, que había despertado en ellos grandes deseos de conocer a Rudi y ver a Babette y a su padre. Finalmente, invitaron a los tres a hacerles una visita. Babette iba a conocer a su madrina, y ésta a su ahijada.
En la pequeña ciudad de Villeneuve, en el extremo del Lago de Ginebra, estaba anclado el vapor que, en un viaje de media hora, transportaba a los pasajeros a Vernex, más abajo de Montreux. Es una orilla cantada por los poetas; allí, bajo los nogales, junto al lago azuloscuro, Byron escribió sus melódicos versos sobre el prisionero del tétrico castillo roquero de Chillon. Allí, donde Clarens se refleja en el agua con sus sauces llorones, anduvo errante Rousseau, soñando con su Eloísa. El Ródano se desliza al pie de las altas montañas nevadas de Saboya. No lejos de la desembocadura del río hay una islita, tan pequeña, que, vista desde la orilla, parece un barco. Es una isla rocosa que, hace más de un siglo, una dama mandó rodear de un dique y cubrir de tierra; en ella plantó tres acacias, que hoy dan sombra a toda su extensión. Babette quedó encantada del lugar; le parecía el más hermoso de todo el viaje; había que desembarcar allí: ¡debía ser tan maravilloso! Pero el barco pasó de largo, y, de acuerdo con el itinerario, ancló en Vernex.
Los tres viajeros se dirigieron monte arriba, por entre las blancas paredes soleadas que rodean los viñedos situados frente a la pequeña población de Montreux. Ante las casas de campo dan sombra las higueras, y en los jardines crecen laureles y cipreses. A media ladera estaba situado el chalet donde residía la madrina.
Fueron acogidos con la mayor cordialidad. La madrina era una señora alta, amable, de cara redonda y sonriente. De niña debió de haber sido una verdadera cabecita de ángel, de Rafael; ahora era una cabeza de ángel viejo, rodeada de abundante cabellera de plata. Las hijas eran elegantes, altas y esbeltas. El joven primo que las acompañaba - vestido de blanco, de la cabeza a los pies, pelirrojo y con rubias patillas, y tan alto que de él podrían haber salido tres caballeros - demostró enseguida las mayores atenciones a la joven Babette.
Libros lujosamente encuadernados, apuntes y dibujos, yacían desparramados encima de la gran mesa; la puerta del balcón, desde el cual se dominaba un magnífico panorama sobre el extenso lago, estaba abierta. Las aguas eran claras y tranquilas, y en su superficie se reflejaban, invertidas las montañas de Saboya, con sus villas, bosques y nevadas cumbres.
Rudi, siempre atrevido, optimista y sereno, sentíase allí oprimido e incómodo. Se movía como si anduviese sobre guisantes esparcidos por un pavimento liso. ¡Con qué terrible lentitud pasaba el tiempo! Creía encontrarse amarrado a una noria. Si salían de paseo, ¡qué lentitud, Santo Dios! Tenía que dar dos pasos hacia delante y uno hacia atrás para seguir la marcha de los otros. Bajaron a Chillón, el antiguo y lóbrego castillo construido en una isla de roca, para ver el poste del tormento, las mazmorras, las herrumbrosas cadenas clavadas en la pared, el catre destinado a los condenados a muerte y el postillón por donde, según se decía, los in es eran precipitados sobre púas de hierro, al fondo de las aguas. Era un patíbulo que el poema de Byron había llevado al mundo de la poesía. A Rudi le parecía como si el cadalso fuera para él; asomado a los marcos de piedra de las ventanas, estuvo contemplando las aguas verdeazuladas del pie y la diminuta isla solitaria de las tres acacias, ávido de alejarse de aquella gente parlanchina, con la cual, en cambio, tan a gusto se encontraba Babette. Se había divertido la mar, según dijo más tarde. Al primo lo encontraba un perfecto caballero. - Sí, es un perfecto papagayo - repuso Rudi; y fue la primera vez que sus palabras hirieron a Babette. El inglés había regalado a la muchacha un libro como recuerdo del castillo: era el poema de Byron, titulado «El prisionero de Chillon», en traducción francesa, para que Babette pudiera leerlo.
- Es posible que el libro sea bueno - dijo Rudi -, pero al petimetre que te lo ha regalado, francamente no puedo tragarlo.
- Parecía un costal de harina sin harina - observó el molinero, riéndose de su propio chiste. Rudi soltó también la carcajada, y dijo que el retrato no podía ser más acertado.



11. El primo

Cuando Rudi, unos días después, fue de visita a casa del molinero, encontró en ella al joven inglés. Babette le estaba sirviendo un plato de truchas, que había aderezado con perejil, para hacerlas más apetitosas. La verdad es que no tenía necesidad de hacerlo. ¿Qué venía a buscar el inglés, a fin de cuentas? ¿Que Babette lo obsequiase y lo sirviese? El muchacho estaba celoso, y aquello divertía a la muchacha. Le agradaba conocerlo en todos sus aspectos, en sus buenas cualidades y en sus flaquezas. Para ella, hasta entonces el amor había sido sólo un juego, y por esto jugaba con el corazón de Rudi. No obstante, el mozo era el ídolo de su corazón, el único pensamiento de su vida, lo mejor y más sublime de este mundo. Pero cuanto más hosca era su mirada, más reían los ojos de ella; gustosa habría besado al inglés de las rojas patillas, si con ello hubiese podido poner furioso a Rudi y sacarlo de quicio. Habría sido la mejor prueba del amor que por ella sentía su novio. Tal vez no fuera justa ni razonable la conducta de Babette, pero, al fin y a la postre, ¡tenía 19 años! No reflexionaba, y todavía menos pensaba en cómo se interpretaría su conducta al permitir que el inglés la tratase con mayor ligereza y desenvoltura de la que convenía a la hija del molinero, honesta y recién prometida.
En el lugar donde la carretera de Bex discurre al pie de una nevada cima rocosa que las gentes del país llaman el «Diablerets», levantábase el molino, a poca distancia de un torrente impetuoso cuyas aguas eran de una tonalidad gris blanquecina, como de jabón liquido agitado. No era aquel torrente el que accionaba el molino, sino un pequeño afluente que se precipitaba en él por la otra orilla, procedente de las altas rocas y que, por un canal de piedra excavado debajo de la carretera, volvía a elevarse gracias a su fuerza y velocidad, pasando luego sobre el río por una ancha acequia encauzada con fuertes vigas y cerrada por todos los lados. Esta acequia era tan caudalosa, que su agua se salía de cauce, por lo cual la persona que tomaba aquel atajo para ir al molino encontrábase con un camino mojado y resbaladizo. Y esto fue lo que hizo el inglés. Vestido todo él de blanco como mozo de molinero, tomó aquella senda y trepó por las rocas, guiado por la luz que salía de la habitación de Babette. El trepar no era precisamente su fuerte, y se cayó más de una vez, faltándole poco para ir de cabeza al torrente. Empapado de agua y salpicado de lodo llegó al pie de las ventanas de Babette, y, subiéndose a un viejo tilo, imitó el grito de la lechuza, el único que era capaz de remedar hasta cierto punto. Oyólo la muchacha y salió a mirar por detrás de la transparente cortina, mas al ver al hombre blanco e imaginar quién era, su corazón se puso a palpitar de miedo y de cólera a la vez. Rápidamente apagó la luz, y después de comprobar que todas las ventanas estaban bien cerradas, lo dejó que siguiera gritando y aullando.
Hubiera sido terrible que Rudi se encontrara entonces en el molino. Pero era mucho peor: estaba precisamente ante la casa.
Cambiáronse palabras airadas, y pareció que el lance iba a terminar a golpes, si no en algo más grave.
Angustiada, la muchacha abrió la ventana y suplicó a Rudi que se marchase; no podía permitir, dijo, que siguiera allí.
- ¡No permites que me quede! - respondió el mozo airado ¡Es una cita, pues! Esperas a buenos amigos, mejores que yo. ¿No te da vergüenza, Babette?
- ¡Es indigno lo que dices! - replicó ella -. ¡Te detesto! - y rompió a llorar -. ¡Márchate, márchate!
- Yo no he merecido esto - replicó él, alejándose; las mejillas y el corazón le ardían como fuego.
Babette se arrojó sobre la cama, desecha en lágrimas.
- ¡Tanto como te quiero, Rudi, y tú eres capaz de pensar tan mal de mí!
Estaba airada, lo cual era mejor para ella, ya que, de otro modo, se habría desesperado. Así pudo dormir, dormir con el sueño reparador de la juventud.

12. Potencias del mal

Rudi salió de Bex para volver a su casa. Tomó el camino de las montañas, con su aire puro y confortante - las montañas nevadas, mansión de la Virgen de los Ventisqueros. Los árboles de fronda quedaban al fondo, semejantes a hortalizas; los abetos y matorrales se iban empequeñeciendo, las rosas alpinas brotaban entre la nieve, que, en manchones aislados, aparecía como sábanas puestas a secar. Una florecilla blanca se mecía al aire balsámico; él la machacaba con la culata de la escopeta.
Más arriba presentáronse dos gamos; los ojos de Rudi brillaron, y sus pensamientos cobraron nuevo vuelo. Pero no estaba lo bastante cerca para asegurar el tiro, y así continuó subiendo hasta un punto en que sólo una hierba hirsuta crecía entre los bloques de rocas. Los gamos avanzaban tranquilamente por el mar de nieve; él aceleró el paso. Extendíanse a su alrededor jirones de niebla y de pronto se encontró al borde de la pared vertical. Empezó a llover.
Rudi sentía una sed abrasadora; la cabeza le ardía, mientras el resto del cuerpo estaba frío. Sacó la cantimplora, pero estaba vacía; no se había acordado de llenarla al emprender la ascensión. Nunca había estado enfermo, pero ahora le daba la impresión de estarlo. Sentíase cansado, y lo dominaba el deseo de echarse a dormir; pero el agua fluía por todas partes. Trató de concentrar sus fuerzas. Cosa extraña: los objetos temblaban ante sus ojos, y de repente observó algo que antes no había visto: una casa baja, nueva, de madera, adosada a las rocas. Había en la puerta una doncella, a quien tomó de momento por Anita, la hija del maestro, a la que besara una vez bailando. Pero no, no lo era, y, sin embargo, debía de haberla visto antes, tal vez en Grindelwald, la noche en que regresó de la fiesta de los cazadores de Interlaken.
- ¿Qué haces aquí? - preguntó.
- Es mi casa - respondió ella -. Guardo mi rebaño.
- ¿Tu rebaño? ¿Dónde pace? - replicó él, riendo -. Aquí no hay más que nieve y rocas.
- ¡Sí que conoces el país! - replicó ella riendo -. Ahí detrás, un poco más abajo, hay un prado magnífico. A él llevo mis cabras. Las guardo bien y jamás pierdo una. Lo que es mío, mío queda.
- Eres atrevida - dijo Rudi.
- ¡Tú también! - fue la respuesta.
- Si tienes leche, dame un trago. Tengo una sed insoportable. - Tengo algo mejor que leche - replicó ella -; voy a dártelo. Ayer pasaron por aquí varios turistas con sus guías y se olvidaron media botella de vino, un vino como no has probado en tu vida. No volverán a buscarlo, y yo no lo bebo. ¡Bébelo tú!
Y fue a buscar la botella, vertió parte del contenido en una escudilla de madera y se la ofreció a Rudi.
- ¡Qué rico! - exclamó el mozo. - Nunca había saboreado un vino tan confortante, tan ardiente -. Sus ojos brillaron, y sintió en todo su ser una plenitud de vida, un fuego que hizo desvanecer toda su melancolía y su tristeza. La fogosa naturaleza humana se agitó en él.
¡Pero si es la Anita del maestro! - exclamó de repente-. ¡Dame un beso!
- ¡A condición de que tú me des esa hermosa sortija que llevas en el dedo!
- ¿Mi anillo de prometido?
- ¡Justamente! - afirmó la muchacha, y, echándole más vino en la escudilla, se la acercó a sus labios, y él bebió. Una gran ansia de vivir corrió por su sangre; parecióle que era dueño del
mundo entero. ¿Para qué preocuparse de quimeras? Todo ha sido creado para nuestro gozo. La corriente de la vida es una corriente de placer; en dejarse arrastrar por ella está la bienaventuranza. Miró a la doncella: era Anita. Pero un instante después no lo era, y menos aquel fantasma - como la llamara - con quien se había topado en las cercanías de Grindelwald. Aquella muchacha de la montaña era pura como nieve recién caída, turgente como la rosa de los Alpes y ligera como un corzo, y, sin embargo, creada de la costilla de Adán, una criatura humana como Rudi. La rodeó con los brazos, la miró al fondo de sus claros ojos maravillosos, un solo segundo, y en aquel instante... ¿quién puede explicar lo que ocurrió? ¿Fue el espíritu de la vida o el de la muerte el que se apoderó de él? Sintióse arrastrado hacia el fondo del insondable y mortal abismo de hielo, cada vez más abajo. Vio las paredes de hielo brillar como cristal verdeazulado; innúmeras grietas y simas lo rodearon, mientras el agua goteaba sonora como un carillón, irradiando llamas blancoazuladas. La Virgen de los Ventisqueros lo besó, y su beso lo dejó aterido desde la médula hasta la frente. El joven exhaló un grito de dolor, y, apartándose de ella, tambaleóse y cayó desplomado. Hízose la noche ante sus ojos, pero volvió a abrirlos. Las potencias del mal lo habían hecho víctima de sus tretas.
Había desaparecido la doncella y la cabaña de pastores; el agua caía por la desnuda pared rocosa, y él estaba rodeado de nieve. Tiritaba de frío, estaba empapado hasta el tuétano y no tenía la sortija de prometido que Babette le pusiera en el dedo. La escopeta yacía a su lado en la nieve; la levantó y disparó, pero falló el tiro. Húmedas nubes se posaban cual sólidas masas níveas sobre el precipicio, y dentro de ellas estaba el vértigo acechando su presa impotente, mientras abajo, en el fondo del abismo, se percibían unas resonancias, semejantes a las producidas por una peña que se desploma, destruyendo y aplastando todos los obstáculos que encuentra en su camino.
Entretanto, Babette, en el molino, no cesaba de llorar. La ausencia de Rudi duraba ya seis días. Rudi, que la había ofendido, que hubiera debido pedir perdón y a quien, a pesar de todo, quería con toda su alma.



13. En casa del molinero

- ¡Los hombres están locos de atar! - dijo el gato del salón al de la cocina -. Todo ha terminado de nuevo entre Rudi y Babette. Ella llora, y él probablemente ya no se acuerda de la chica.
- Esto no me gusta - observó el gato de la cocina.
- Ni a mí - dijo su compañero -, pero no voy a hacerme mala sangre por ello. Babette puede casarse con el pelirrojo. Por lo demás, éste no ha vuelto por aquí desde que trató de encaramarse al tejado.
Las potencias del mal ponen en práctica sus artes perversas, dentro y fuera de nosotros. Rudi había sido víctima de ellas, y ahora reflexionaba, ¿Qué le había ocurrido allá en la montaña? ¿Habían sido visiones, o el delirio de la fiebre? Nunca hasta entonces habla conocido la calentura ni la enfermedad. Mientras enjuiciaba a Babette, pensó también en sí mismo. Recordó la tumultuosa tormenta, el ardoroso «föhn» que se había desencadenado en su alma. ¿Podía confesar a Babette todo lo sucedido, cada uno de los pensamientos que hubieran podido convertirse en actos? Había perdido el anillo, y precisamente esta pérdida era lo que lo hacía volver a ella. ¿Podía confesárselo? Parecíale que el corazón le iba a estallar cuando pensaba en su amada. ¡Cuántos recuerdos acudían a su mente! No tenía más remedio que confesárselo todo.
Volvió al molino como quien va al confesionario. La confesión empezó con un beso y terminó con el fallo de que Rudi había sido el verdadero pecador. Su gran falta había consistido en dudar de la fidelidad de Babette. ¡Era un pecado abominable! Semejante desconfianza sólo podían causar la desgracia de ambos. Sí, sí, no podía ser de otro modo, y por eso Babette le echó un sermoncito; se divirtió un poco a costa de él, y estaba encantadora en su papel de predicador. Sin embargo, en un punto daba la razón a Rudi: el primo de la señora madrina era una cotorra. Quemaría el libro que le había regalado; no quería guardar nada que le recordase a aquel hombre.
- ¡Todo se arregló! - dijo el gato del salón -. Rudi vuelve a estar aquí, han hecho las paces y parecen más felices que unas pascuas.
- Anoche - respondió el gato de la cocina - oí decir a los ratones que la mayor felicidad consiste en comer vela de sebo y tener a la mesa una buena ración de tocino. ¿A quién hay que creer, a los ratones o a los enamorados?
- Ni a unos ni a otros - sentenció el gato del salón -. Es lo más seguro.
Para Rudi y Babette, la mayor felicidad estaba en camino. Se acercaba el día de la boda.
Pero el casamiento no se celebraría en la iglesia de Bex ni en la casa del molinero. La señora madrina deseaba que lo hicieran en la linda iglesita de Montreux, y el molinero insistió en que fuera complacida. Sólo él sabía lo que la madrina tenía preparado para los novios; su regalo compensaría sobradamente todas las molestias. Se fijó el día. Decidieron trasladarse a Villeneuve para efectuar la travesía en barco hasta Montreux a la mañana siguiente; así, la madrina podría ataviar a la novia.
- Sin duda habrá aquí fiesta grande después - dijo el gato del salón -; de lo contrario todo eso no valdría un miau.
- ¡Claro que habrá fiesta! - respondió el gato cocinero -. Han matado patos, han pelado pichones, y un gamo entero cuelga de la pared. ¡Sólo de verlo se me hace la boca agua! Mañana emprenden el viaje. Sí, mañana. Aquélla era la última noche que Rudi y Babette pasaban en el molino como prometidos. Fuera brillaba el rosicler de los Alpes, sonaba la campana vespertina, y las Hijas de los rayos del Sol cantaban: «¡Dios les dé ventura!».



14. Espectros nocturnos

El sol se había puesto; las nubes, por entre las altas montañas, descendían hacia el Valle del Ródano; un viento de Mediodía, llegado de los ardientes desiertos arenosos de África, soplaba por encima de los Alpes: el «föhn», que rasgaba las nubes. Una vez hubo pasado su ráfaga impetuosa, prodújose un momento de absoluta calma. Las deshechas nubes se esparcieron en fantásticas figuras por entre las montañas, cubiertas de bosque, que dominan las aguas veloces del Ródano. Adoptaban las formas de los animales marinos del mundo primitivo, del águila que flota en los aires y de las saltadoras ranas del pantano; bajaban sobre la rauda corriente navegando en ella y, sin embargo, surcando el aire. El río arrastraba un abeto arrancado con todas sus raíces, y delante de él el agua formaba violentos remolinos. Era el Vértigo, una tropa de sus hermanos, que giraban en círculo en la rauda corriente. La luna iluminaba la nieve de las cumbres, los oscuros bosques y las blancas y singulares nubes, las caras de la noche, los espíritus de la fuerzas naturales. El campesino las veía a través de los cristales, sus huestes desfilaban por delante de la Virgen de los Ventisqueros. Salida de su palacio de cristal, navegaba en su frágil nave, un abeto arrancado de cuajo; el agua del glaciar la conducía, río abajo, hacia el amplio mar.
- ¡Llegan los invitados a la boda! - bramaban y cantaban el aire y el agua.
Espectros fuera, y espectros dentro. Babette había tenido un sueño muy raro.
Viose casada con Rudi, hacía ya largos años. El había salido a cazar gamos, mientras ella se quedaba en el pueblo, y a su lado estaba el inglés de rojas patillas. ¡Había tanto ardor en sus ojos, tanto hechizo en sus palabras! Le tendió la mano, y ella no tuvo más remedio que seguirlo. Abandonaron su tierra, descendiendo, siempre descendiendo. Babette experimentaba la sensación de llevar un enorme peso en el corazón, un peso cada vez más fatigoso; era un pecado contra Rudi y contra Dios. De pronto se encontró sola; los vestidos, desgarrados por los espinos; el cabello, gris. Dolorida, alzó los ojos a las alturas y vio a Rudi en el borde de la roca. Extendió hacia él los brazos, sin atreverse a llamarlo o suplicarle, aunque tampoco le hubiera servido de nada, pues muy pronto se dio cuenta de que no era él, sino solamente su chaqueta de caza y su sombrero, colgados del bastón de montaña, como solían ponerlos los cazadores para engañar a los gamos. Y en su dolor infinito exclamó Babette: «¡Ojalá hubiese muerto el día de mi boda, el más feliz de mi vida! ¡Señor, Dios mío, habría sido para mí una gracia, una dicha indecible! Nada mejor podía sucedernos, a Rudi y a mí. Nadie sabe qué le guarda lo por venir». Y, en su dolor sacrílego, se arrojó al precipicio. Resonó un acorde de violín, un tono lastimero...
Babette despertó, y el sueño se borró de su memoria, pero ella sabía que acababa de soñar algo horrible, en que había intervenido el joven inglés, a quien no había visto desde hacía meses y en quien no había vuelto a pensar. ¿Estaría en Montreux? ¿Lo vería en su boda? Una leve sombra se dibujó en torno a su linda boca, y sus cejas se contrajeron. Sin embargo, pronto volvió la sonrisa a sus labios y el brillo a sus ojos. El sol lucía maravillosamente en ellos, y mañana se casaría con Rudi.
Él estaba ya en el salón cuando ella bajó, y emprendieron el camino de Villeneuve. Eran felices, y también lo era el molinero, que no cesaba de reírse y dar rienda suelta a su buen humor. Era un buen padre, un alma honrada.
- Ahora somos los dueños de la casa - dijo el gato del salón.

15. Desenlace

No había anochecido aún cuando los tres alegres viajeros llegaron a Villeneuve. Después de cenar, el molinero se sentó con su pipa en una butaca, dispuesto a echar una siestecilla, mientras los novios salían de la ciudad cogidos del brazo y seguían la carretera que discurría por entre rocas cubiertas de vegetación silvestre, a lo largo del lago de aguas verdeazules. El tétrico castillo de Chillon reflejaba en él sus murallas grises y sus negras torres. La islita de las tres acacias se hallaba aún más cerca, como un ramillete sobre el lago.
- ¡Qué precioso debe de ser aquello! - dijo Babette. Volvió a sentir un deseo vehemente de visitar el islote, deseo que esta vez fue satisfecho en el acto. Había un bote a la orilla; el cabo que lo sujetaba era fácil de desatar. No había allí nadie a quien pedir permiso, y se embarcaron sin más preámbulos. Rudi era maestro en el arte de bogar. Los remos se cogían al agua dócil cual aletas de pez; aquella agua era muy dúctil y, al mismo tiempo, muy fuerte, toda ella espalda para cargar, boca para tragar, que sonríe con dulce sonrisa, a suavidad y la placidez mismas; y, sin embargo, puede infundir espanto y aniquilar lo que se pone a su alcance. El agua de la quilla salpicaba espumeante la popa de la embarcación, que en pocos minutos transportó a la pareja a la isla. Desembarcaron; sólo había sitio suficiente para un bailecito de los dos.
- Dieron unas vueltecitas, y luego se sentaron en un banco, bajo las acacias de ramas colgantes, mirándose a los ojos y cogidos de las manos. Todo, a su alrededor, aparecía radiante, bañado por los últimos rayos del sol. Los bosques de abetos de las montañas habían adquirido una tonalidad lila, comparable a la de los brezos en flor; y allí donde cesaban los árboles dejando lugar a la roca desnuda, el brillo era tal que parecía transparente. Las nubes lucían como oro rojo, y todo el lago era como un fresco y llameante pétalo de rosa. A medida que las sombras se elevaban hasta las nevadas montañas de Saboya, éstas iban tomando un color azuloscuro, mientras el borde superior refulgía como lava incandescente. Así debía ser en los primeros días del mundo, cuando las masas ígneas brotaron del seno de la tierra, conservando aún la temperatura del núcleo central. Fue un rosicler de los Alpes como Rudi y Babette no habían contemplado en su vida. La «Dent du Midi», cubierta de nieve, brillaba como el disco de la luna llena cuando aparece detrás del horizonte.
- ¡Cuánta belleza y cuánta dicha! - exclamaron los dos -. ¡Más no puede desearse en el mundo! - añadió Rudi -. Una hora como ésta vale por, una vida entera. Muchas veces me he sentido dichoso, y a menudo he pensado que había agotado toda la felicidad posible. Pero aquel día pasaba, y empezaba otro que aún me parecía más hermoso. Dios es infinitamente bueno, Babette.
- ¡Qué feliz soy! - respondió ella.
- Más no puede desearse en este mundo - repitió Rudi con exaltación.
Y llegó de las montañas de Saboya, de las montañas de Suiza, el tañido de las campanas vespertinas. Aureolado de oro, levantábase a Poniente el macizo azul oscuro del Jura.
- ¡Dios te dé lo más magnífico y lo mejor! - dijo Babette con voz dulce y cariñosa.
- ¡Me lo dará! - repuso Rudi -. Mañana lo tendré. Mañana serás mía del todo, serás mi mujercita querida.
- ¡El bote! - gritó ella de súbito.
La embarcación que debía volverlos a la orilla se había soltado y se alejaba a la deriva.
- ¡Voy a buscarlo! - dijo Rudi, y, quitándose rápidamente la chaqueta y los zapatos, saltó al lago y se puso a nadar con vigorosos movimientos en persecución de la barca.
El agua verdeazulada, procedente del glaciar, era fría, límpida y profunda. Rudi miró al fondo; dirigióle una única mirada, y, sin embargo, le pareció ver en él un anillo de oro que brillaba y rodaba por el suelo. Acordóse de su sortija de noviazgo, y aquélla se agrandó, extendiéndose a modo de círculo fulgurante, en cuyo interior brillaba el glaciar luminoso. A su alrededor abríase pavorosos abismos, en los que el agua goteaba con un sonido como de campanillas y con un resplandor azulado. En un instante vio cosas que nosotros no podríamos relatar sino con un gran número de palabras. Jóvenes cazadores y doncellas, hombres y mujeres, caídos un día en las grietas del glaciar, reaparecían ahora vivos, con los ojos abiertos y las bocas sonrientes.
Desde lo más profundo llegaba el sonido de las campanas de los pueblos sepultados. La comunidad estaba arrodillada bajo las bóvedas de los templos, cilindros de hielo componían los tubos de los órganos, el río de la montaña actuaba de organista. La Virgen de los Ventisqueros aparecía sentada en el suelo claro y transparente; levantábase hasta Rudi besándole los pies, y él sintió en todos sus miembros un estremecimiento de muerte, como una descarga eléctrica: ¡hielo y fuego a la vez!
- ¡Mío, mío! - resonaba en torno suyo y en su interior -. Te besé cuando eras aún muy pequeño, te besé en la boca. Ahora te beso en las plantas de los pies y en los talones; ¡eres mío del todo!
Y Rudi desapareció en el seno de las aguas límpidas y azules.
El silencio era absoluto. Las campanas de las iglesias cesaron de doblar, los últimos sonidos se esfumaron con el brillo de las rojas nubes.
- ¡Eres mío! - oyóse desde el fondo -; ¡eres mío! - repitió el eco en las alturas, en el infinito.
Es hermoso volar de un amor a otro amor, de la Tierra al Cielo. Vibró una cuerda de violín, resonó un triste acorde; el beso helado de la muerte venció lo perecedero. Terminó el prólogo para que pudiese empezar el drama de la vida, la disonancia se disolvió en armonía.
¿Llamas a esto una historia triste?
¡Pobre Babette! Para ella fue una hora de angustia; el bote se alejaba incesantemente. Nadie sabía que los novios se encontraban en la islita. Cerraba la noche, las nubes descendían, llegó la oscuridad, y ella seguía allí, sola y desesperada. Cerníase sobre su cabeza una tempestad; los relámpagos iluminaban las cumbres del Jura, Suiza y la Saboya; de todas las direcciones llegaban los rayos, y los truenos retumbaban incesantes, por espacio de minutos. Las chispas eléctricas rivalizaron pronto con el fulgor del sol, permitiendo contar las vides una por una, como a mediodía, y un instante más tarde reinaban las tinieblas más profundas. Los rayos dibujaban lazos y zigzags y precipitábanse en el lago, mientras el eco centuplicaba el fragor de los truenos. En la orilla, los pescadores sacaban sus barcas a tierra; personas y animales se pusieron a cobijo; la lluvia empezó a caer a torrentes.
- ¿Dónde están Rudi y Babette con este tiempo endiablado? - se preguntaba el molinero.
Babette estaba con las manos dobladas, caída la cabeza sobre el pecho, muda de dolor, exhausta a fuerza de gritar y de lamentarse. - ¡En el fondo de las aguas - se decía para sí -, está en el fondo, como debajo del glaciar!
Vínole entonces a la memoria lo que Rudi le había contado acerca de la muerte de su madre, de su salvación cuando lo sacaron casi cadáver de la grieta del glaciar. «¡La Virgen de los Ventisqueros lo ha recuperado!».
Y un relámpago fulguró con la intensidad del sol sobre la blanca nieve. Babette se puso de pie bruscamente, y en el mismo momento el lago se levantó como un rutilante glaciar, con la Virgen de los Ventisqueros en el centro, majestuosa, radiante, azulada, y a sus pies yacía el cuerpo de Rudi.
- ¡Mío! - gritó, y a su alrededor se extendieron nuevamente las tinieblas y las aguas embravecidas.
- ¡Cruel! - exclamó Babette -. ¿Por qué has tenido que hacerlo morir la víspera del día de nuestra dicha? Dios mío, ilumina mi entendimiento, ilumina mi corazón, pues no comprendo tus designios. Disuelve la oscuridad que me oculta tu sabiduría y tu misericordia.
Y Dios iluminó su corazón. Recorrió su alma un pensamiento instantáneo, un rayo de gracia: el sueño de la noche anterior cobró vida. Acordóse de las palabras que había pronunciado: el deseo de lo mejor para ella y para Rudi.
- ¡Ay de mí! ¿Habría en mi corazón la semilla del pecado? ¿Fue mi sueño una vida futura, cuyas cuerdas debían quebrarse para mi salvación? ¡Mísera de mí!
Seguía lamentándose en el seno de la noche tenebrosa. En medio del silencio profundo resonaban aún en sus oídos las palabras de Rudi, las últimas que le oyera: «¡Más felicidad no puede darme la vida!». Y resonaron con toda la plenitud de gozo, y encontraron eco en el torrente de su dolor. Dios le mostraba lo más conveniente, y esto la llenaba desconsuelo.

* * *

Han transcurrido unos años desde la desgracia. El lago sonríe, sonríen sus orillas; los viñedos hinchan sus jugosos racimos. Pasan vapores con ondeantes gallardetes; lanchas de recreo, con las dos velas desplegadas, vuelan cual mariposas por la superficie del agua. Ha sido inaugurado el ferrocarril que pasa por Chillon y se adentra en el Valle del Ródano. En cada estación se apean viajeros provistos de su guía, encuadernada en rojo, y leen en ella lo que de interesante van a ver. Visitan Chillon, contemplan la islita de las tres acacias y leen en el libro la historia de los novios que desembarcaron en ella un atardecer del año 1856; cómo murió el prometido, y cómo hasta la mañana siguiente no fueron oídos los gritos de socorro de la desesperada muchacha.
Pero la guía turística no habla de la vida retirada de Babette junto a su padre, no en el molino, habitado hoy por desconocidos, sino en la linda casita de las inmediaciones de la estación, desde cuyas ventanas mira la muchacha con frecuencia, a la hora de ponerse el sol, por encima de los castaños, las montañas nevadas recorridas antaño por Rudi. Contempla, al anochecer, el rosicler de los Alpes; las Hijas del Sol, desde allá arriba, repiten la canción del vagabundo a quien el huracán arrebató la capa y se la llevó. ¡Llevóse la envoltura, pero no el hombre!
Hay un brillo rosado en la nieve de la Cordillera como hay un brillo rosado en los corazones que creen que Dios nos da siempre lo que más nos conviene. Pero no siempre nos lo revela, como a Babette en su sueño.


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